Una de las sorpresas que nos ha dejado este 2022 que ya ha iniciado su segunda mitad ha sido el regreso a la actividad de Victoria Hesketh, más conocida como Little Boots. Quien comenzó a finales de la pasada década una carrera fulgurante con su techno-pop bailable y de reminiscencias ochenteras, el cual le valió entrar en el Top 5 del Reino Unido con su álbum de debut ("Hands", 2009), pero que tras un segundo álbum rechazado por su compañía por excesivamente endeble (y que no es complicado encontrar en ediciones pirata), orientó su carrera hacia el indie-dance, con temas de percusión prominente y un limitado esfuerzo en progresiones armónicas y melodías, los cuales le permitieron editar otros dos álbumes por su cuenta ("Nocturnes", 2013, y "Working Girl", 2015), cada vez menos brillantes y de mucha menor repercusión. Heskey se refugió entonces en la publicación de temas sueltos y remezclas, potenciando su faceta de DJ, y durante la pandemia prácticamente desapareció del panorama musical. Así que ni yo ni prácticamente nadie esperábamos este "Tomorrow's Yesterday", un álbum completo con once temas nuevos, y con el que ha retomado su carrera musical siete años después, supuestamente con la excusa de telonear a ABBA en su triunfal gira de despedida, comenzada hace unos meses.
Para este retorno, que pinta a última bala en la recámara, Little Boots ha abandonado esa faceta de DJ, y ha creado un disco que contiene temas bailables, pero que sobre todo encierra pop de tintes clásicos, con ciertas evocaciones a la música disco de los setenta y al synth-pop de los ochenta. Un sonido no tan personal como a ella seguramente le gustaría, y que por momentos más que retro suena un poco añejo. Pero que se sostiene dignamente frente al resto de su discografía. Casi más grave resulta constatar el hecho de que la inspiración no la ha visitado muy a menudo en estos siete años, y la mayoría de los temas aguantan más por su solvencia como teclista y por sus tablas como creadora que por contener progresiones armónicas originales o melodías cautivadoras. De hecho, durante semanas dudé si reseñar este "Tomorrow's Yesterday" en este humilde blog. Pero al final el cariño que musicalmente le tengo a la inglesa, y ciertos temas que ganan tras sucesivas escuchas, han inclinado la balanza a su favor.
El disco lo abre "Love The Beginning", toda una declaración de intenciones por su título, y una buena muestra de lo que nos vamos a encontrar: una pianista solvente, una caja de ritmos más bien simple en primer plano, la voz de Hesketh doblada durante todo el tema, unas estrofas no demasiado inspiradas, un estribillo que no pasa de correcto, un sintetizador que pretende simular una sección de cuerda sin conseguirlo del todo, y un final un poco largo. Le sigue "Silver balloons", el primer sencillo en anticipar su retorno, que sin ser ni mucho menos un temazo, sí justifica en cierta medida su retorno: un bajo sintetizado penetrante, unas cajas contundentes, unas estrofas un tanto entrecortadas pero que no desentonan, y un estribillo que suena a finales de los ochenta, no especialmente brillante pero bien arropado por el piano electrónico y los sintetizadores que, ahora sí, evocan correctamente una sección de cuerda. Le sigue "Landline", segundo sencillo extraído, otra percusión programada sencilla y contundente, una progresión armónica que nos recordará a más de un tema de la última década del siglo pasado, unas estrofas completamente anodinas, y un estribillo que podría pasar por un momento no demasiado inspirado de los Stock, Aitken & Waterman. "Back to mine" baja el tempo y nos ofrece un medio tempo cálido que por momentos puede retrotraernos esos momentos desenfados de NOmBE, aunque lo único llamativo es ese segundo estribillo que se enlaza con naturalidad con el primero, y un recurso nada habitual como es la subida gradual del tempo en sus casi dos minutos finales.
"Crying on the inside" fue el tercer sencillo a principios de año. Un tema de puro pop intemporal, que insiste en las cajas contundentes para contrarrestrar una melodía dulce, sobre todo en su tarareable aunque un tanto meloso estribillo. Lo mejor es ese parón a varias voces justo antes de la repetición final del estribillo. "Heavenly" insiste en esa música disco retro, con su piano electrónico que es puro house, sus overdubs espaciales, su bajo slap, los compases al final de cada estribillo que recuerdan a los de tantas bandas negras de finales de los setenta y primeros ochenta... lástima que compositivamente el tema no pase de meramente correcto. "Deborah", el séptimo corte, parte de otra caja de ritmos que permanece prácticamente constante a lo largo de toda la canción, y nos ofrece otras estrofas insulsas que desembocan en un estribillo agradable pero sin gancho (más allá de los tres acordes que lo cambian de tonalidad al final), y que tiene como instrumento más llamativo la guitarra funky que acompaña prácticamente toda la composición. "Out (Out)", cuarto y último sencillo, también sitúa al frente desde el comienzo la contundente caja programada, pero aporta como elemento original los samples de una voz masculina. Las estrofas vuelven a pecar de espartanas, pero el puente al estribillo está más elaborado que en otras composciones. Lo que sucede es que el estribillo es prácticamente monocorde, y por muchos guiños a la pista de baile de hace unos décadas que contenga, el resultado no pasa de mediocre.
Y así, cuando ya empezamos a convencernos de que el retorno de Little Boots no ha merecido la pena, surge de improviso "Want You Back", escondido como noveno corte. Sin duda, su mejor tema en prácticamente una década: otro bajo infeccioso desde el comienzo, otra programación de batería contundente (aunque con una percusión de apoyo más elaborada), que sirven de soporte a una progresión armónica en acordes mayores, sencilla pero efectiva, sobre todo en las que son con diferencia las mejores estrofas del álbum, muy musicales y animadas. El estribillo un tanto mecánico le resta algún punto, y le habría venido bien un cambio de tonalidad en una parte nueva diferenciada y no la un tanto previsible pero correcta "paradita", escasa de instrumentos, con la que comienza la repetición final del estribillo. Pero aun con esos defectos, que le impiden figurar entre lo mejor de la discografía de Hesketh, casi por sí solo justifica el retorno, e incluso insufla energía a los dos cortes finales: "Nothing ever changes", que me recuerda a lo que hacían Beats International a finales de los ochenta, acercando el pop bailable a las influencias dubs en otro tema que destaca más por su propuesta que por su inspiración (tal vez de ahí su corta duración). Y "Tomorrow's Yesterdays", la canción que, además de cerrar el álbum, le da título: ahora sí, una balada con piano y mellotron, de corte clásico, melancólica sin resultar empalagosa, de estribillo elaborado y evocador ("You and I'd be coming home, In a town we'll never know, To a house we'll never own..."), que no pone los pelos de punta pero que resulta un cierre digno con sus "ooh ooh... ooh ooh ooh" y su parte nueva que bebe indisimuladamente de Lennon & McCartney.
Y así, con un temazo y tres buenos momentos se cierra este "Tomorrow's Yesterdays", que apenas consigue un aprobado a pesar de haber supuestamente requerido siete años de preparación, y que genera muchas dudas sobre el proyecto de Little Boots. Porque incluso con el tirón de ABBA, su repercusión ha sido incluso menor que lo que su nivel medio merecería. Y si no estás en la cresta de la ola, pero tampoco te apoya el público alternativo, la tentación de tirar la toalla debe de ser alta. La verdad es que no sé si nos perderíamos demasiado si ello sucediera, pues este eventual canto del cisne tampoco genera grandes expectativas sobre una futura entrega. En todo caso, un álbum digno, y que para los que gustan de la música que tanto se bailaba hace treinta o cuarenta años, recibirá más de una escucha.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
lunes, 11 de julio de 2022
domingo, 5 de junio de 2022
Feeder - "Torpedo" (2022)
Dos años y medio después de la publicación de "Tallulah", la banda galesa liderada por Grant Nicholas ha regresado hace un par de meses a la actualidad musical con "Torpedo", su undécimo álbum de estudio. Un lapso no excesivo para un grupo que lleva ya nada menos que un cuarto de siglo cultivando su particular rock distorsionado, a medio camino entre lo crudo y lo melódico. Y que, como sucede en estos casos, cabe el riesgo de identificar más como una excusa para volver a salir de gira y que sus fieles disfruten con sus grandes clásicos, que como un auténtico esfuerzo creativo. El cual, por otra parte, tal vez no sería justo exigirles a estas alturas de su carrera. Así pues, si optamos por la primera interpretación, el álbum resulta claramente defendible; si ponemos el foco en la segunda, el resultado es un tanto anodino. Aunque con matices.
Esos matices tienen que ver más con la composición que con la instrumentación. Porque a la hora de vertebrar sus creaciones, Nicholas, Hirose y el resto de miembros que en estos últimos años conforman el grupo, no se han complicado: guitarras distorsionadas, baterías clásicas, platillos omnipresentes... No hay espacio para la sorpresa, ni para el cambio de registro, y apenas el justo para la adición de instrumentos poco frecuentes, por lo que no resulta demasiado sencillo distinguir unas canciones de otras. Lo cual no significa que la producción y la instrumentación sean poco adecuadas: simplemente resultan eficaces dentro de su previsibilidad. Algo que afortunadamente no sucede con todas las composiciones. Porque aunque es lógico que en su undécima entrega Nicholas tire de oficio a la hora de rellenar nuevas partituras, sigue quedando espacio para cambios de tonalidades inesperados, para partes nuevas muy notables, o para riffs agrios que sorprendentemente desembocan en estribillos coreables. No es algo que suceda siempre, pero sí es lo que más ayuda a sacar lo mejor de "Torpedo".
El primer corte fue también elegido recientemente como tercer sencilo: "The healing", con la sección de cuerda bien presente al comienzo y en un discreto segundo plano acompañando el resto de la canción. Medio tiempo clásico de la banda, en el que la guitarra acústica vertebra unas estrofas solamente correctas, y un primer estribillo discreto, que afortunadamente dará paso a un segundo estribillo más disfrutable conforme avancen sus nada menos que seis minutos. Agradable, pero desde luego no un futuro clásico de la banda. "Torpedo", el siguiente corte, que además da título al álbum, es quizá el tema más crudo del disco: riff distorsionado en primer plano, platillos ruidosos en unas hirientes estrofas y tramos instrumentales, que sin embargo encajan razonablemente bien con un estribillo muy musical, incluido el cambio de tonalidad justo al final. El álbum sigue en un nivel parecido con "When it all breaks down", cuyo punteo inicial de guitarra replican luego las un tanto repetitivas estrofas, que en nada previenen del enérgico riff instrumental que precede a otro estribillo tarareable. Aunque lo único realmente meritorio del tema es su elaborada parte nueva.
Llegar al cuarto corte sin ningún temazo no es la mejor de las situaciones. Y la canción que nos encontramos ahí, "Magpie", el sencillo que anticipó el álbum, sin resultar un mal momento, tampoco mejora excesivamente el panorama: otro riff contundente para sostener los tramos instrumentales y unas estrofas casi monocordes, trallazos de guitarras distorsionadas complementando la voz también tratada de Nicholas, y un estribillo más musicado pero aun así bastante oscuro. Nuevamente es la parte nueva lo más inspirado del mismo. Afortunadamente la siguiente canción, "Hide and seek", aunque sigue sin acercarse a lo que los galeses sabemos que son capaces de ofrecer, sí supone un (pequeño) punto de inflexión. Arranca con esa acústica luminosa que cultivó hace unos años Nicholas en su único álbum en solitario ("Yorktown heights", 2014), y aunque su desarrollo inicialmente lento la puede hacer un poquito pesada, ese estribillo psicodélico sí resulta claramente diferenciable de lo escuchado hasta ahora, y la parte nueva vuelve a ser llamativa por trabajada e inspirada. La cosa sigue yendo para arriba con "Decompress", en mi opinión el mejor momento del disco. Rock duro en sus intervalos y estrofas, energizante y a la vez excelentemente entroncado con un melódico estribillo gracias a un brillante puente. Mención especial para su inesperada y certera parada, en la que desarrollan su evocadora parte nueva, una vez más de lo más acertado del tema, junto a uno de los poquísimos solos de guitarra del disco.
El último tercio del álbum abunda en esa mayor inspiración del corte anterior: "Wall of silence" fue el segundo sencillo hace unos meses, y me parece el más meritorio de los tres elegidos: suena a Feeder de toda la vida, con esas distorsiones de guitarra, esos platillos omnipresentes y esos fogonazos de guitarra distorsionada que tan bien conviven con su elaborada melodía, realzada de nuevo por otra estupenda parte nueva. "Slow strings", como su título indica, es quizá el tema más lento del disco, de una oscuridad en sus estrofas que poco a poco va dando paso a una relativa luminosidad, aunque su mayor aliciente es ese nervio latente, casi acústico hasta el último minuto, potenciado por su melodía de notas más bien bajas, en la que Nicholas apenas fuerza la voz. "Born to love you" probablemente no pasará a la discografía selecta de la banda, pero la banda tira de oficio para sacarle el jugo a una composición que muchos grupos en activo jamás llegarán a ser capaces de firmar, con una letra llamativamente romántica y optimista y otra parte nueva en la que merece detenerse. Y "Submission" pone el cierre a estos cuarenta y un minutos con el tema más "experimental" del disco: un medio tiempo expansivo, también oscuro en sus largas estrofas, y rematado por otro bonito estribillo con unas cuerdas de fondo, que mejora la impresión global no ya de esta canción, sino de "Torpedo" en su conjunto.
Gracias al arreón de su segunda mitad, con cinco buenos momentos que, no obstante, no llegarán a convertirse en nuevos clásicos de la banda, el álbum resulta defendible. Aunque es obvio que cinco canciones anodinas son muchas, y que la falta de variedad de registros del disco tampoco juega a su favor. En todo caso, para todos sus seguidores resultará una entrega interesante, como lo prueba que hace unas semanas alcanzara el Top 5 de álbumes en el Reino Unido. Y es que si obviamos aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, y nos fijamos en el encefalograma prácticamente plano del rock actual, seguramente le demos a una oportunidad a este "Torpedo", al igual que yo se la he terminado dando en la presente reseña.
Esos matices tienen que ver más con la composición que con la instrumentación. Porque a la hora de vertebrar sus creaciones, Nicholas, Hirose y el resto de miembros que en estos últimos años conforman el grupo, no se han complicado: guitarras distorsionadas, baterías clásicas, platillos omnipresentes... No hay espacio para la sorpresa, ni para el cambio de registro, y apenas el justo para la adición de instrumentos poco frecuentes, por lo que no resulta demasiado sencillo distinguir unas canciones de otras. Lo cual no significa que la producción y la instrumentación sean poco adecuadas: simplemente resultan eficaces dentro de su previsibilidad. Algo que afortunadamente no sucede con todas las composiciones. Porque aunque es lógico que en su undécima entrega Nicholas tire de oficio a la hora de rellenar nuevas partituras, sigue quedando espacio para cambios de tonalidades inesperados, para partes nuevas muy notables, o para riffs agrios que sorprendentemente desembocan en estribillos coreables. No es algo que suceda siempre, pero sí es lo que más ayuda a sacar lo mejor de "Torpedo".
El primer corte fue también elegido recientemente como tercer sencilo: "The healing", con la sección de cuerda bien presente al comienzo y en un discreto segundo plano acompañando el resto de la canción. Medio tiempo clásico de la banda, en el que la guitarra acústica vertebra unas estrofas solamente correctas, y un primer estribillo discreto, que afortunadamente dará paso a un segundo estribillo más disfrutable conforme avancen sus nada menos que seis minutos. Agradable, pero desde luego no un futuro clásico de la banda. "Torpedo", el siguiente corte, que además da título al álbum, es quizá el tema más crudo del disco: riff distorsionado en primer plano, platillos ruidosos en unas hirientes estrofas y tramos instrumentales, que sin embargo encajan razonablemente bien con un estribillo muy musical, incluido el cambio de tonalidad justo al final. El álbum sigue en un nivel parecido con "When it all breaks down", cuyo punteo inicial de guitarra replican luego las un tanto repetitivas estrofas, que en nada previenen del enérgico riff instrumental que precede a otro estribillo tarareable. Aunque lo único realmente meritorio del tema es su elaborada parte nueva.
Llegar al cuarto corte sin ningún temazo no es la mejor de las situaciones. Y la canción que nos encontramos ahí, "Magpie", el sencillo que anticipó el álbum, sin resultar un mal momento, tampoco mejora excesivamente el panorama: otro riff contundente para sostener los tramos instrumentales y unas estrofas casi monocordes, trallazos de guitarras distorsionadas complementando la voz también tratada de Nicholas, y un estribillo más musicado pero aun así bastante oscuro. Nuevamente es la parte nueva lo más inspirado del mismo. Afortunadamente la siguiente canción, "Hide and seek", aunque sigue sin acercarse a lo que los galeses sabemos que son capaces de ofrecer, sí supone un (pequeño) punto de inflexión. Arranca con esa acústica luminosa que cultivó hace unos años Nicholas en su único álbum en solitario ("Yorktown heights", 2014), y aunque su desarrollo inicialmente lento la puede hacer un poquito pesada, ese estribillo psicodélico sí resulta claramente diferenciable de lo escuchado hasta ahora, y la parte nueva vuelve a ser llamativa por trabajada e inspirada. La cosa sigue yendo para arriba con "Decompress", en mi opinión el mejor momento del disco. Rock duro en sus intervalos y estrofas, energizante y a la vez excelentemente entroncado con un melódico estribillo gracias a un brillante puente. Mención especial para su inesperada y certera parada, en la que desarrollan su evocadora parte nueva, una vez más de lo más acertado del tema, junto a uno de los poquísimos solos de guitarra del disco.
El último tercio del álbum abunda en esa mayor inspiración del corte anterior: "Wall of silence" fue el segundo sencillo hace unos meses, y me parece el más meritorio de los tres elegidos: suena a Feeder de toda la vida, con esas distorsiones de guitarra, esos platillos omnipresentes y esos fogonazos de guitarra distorsionada que tan bien conviven con su elaborada melodía, realzada de nuevo por otra estupenda parte nueva. "Slow strings", como su título indica, es quizá el tema más lento del disco, de una oscuridad en sus estrofas que poco a poco va dando paso a una relativa luminosidad, aunque su mayor aliciente es ese nervio latente, casi acústico hasta el último minuto, potenciado por su melodía de notas más bien bajas, en la que Nicholas apenas fuerza la voz. "Born to love you" probablemente no pasará a la discografía selecta de la banda, pero la banda tira de oficio para sacarle el jugo a una composición que muchos grupos en activo jamás llegarán a ser capaces de firmar, con una letra llamativamente romántica y optimista y otra parte nueva en la que merece detenerse. Y "Submission" pone el cierre a estos cuarenta y un minutos con el tema más "experimental" del disco: un medio tiempo expansivo, también oscuro en sus largas estrofas, y rematado por otro bonito estribillo con unas cuerdas de fondo, que mejora la impresión global no ya de esta canción, sino de "Torpedo" en su conjunto.
Gracias al arreón de su segunda mitad, con cinco buenos momentos que, no obstante, no llegarán a convertirse en nuevos clásicos de la banda, el álbum resulta defendible. Aunque es obvio que cinco canciones anodinas son muchas, y que la falta de variedad de registros del disco tampoco juega a su favor. En todo caso, para todos sus seguidores resultará una entrega interesante, como lo prueba que hace unas semanas alcanzara el Top 5 de álbumes en el Reino Unido. Y es que si obviamos aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, y nos fijamos en el encefalograma prácticamente plano del rock actual, seguramente le demos a una oportunidad a este "Torpedo", al igual que yo se la he terminado dando en la presente reseña.
domingo, 8 de mayo de 2022
Bob Moses - "The Silence in Between" (2022)
Cuatro años han transcurrido desde que reseñé por última vez un álbum del dúo canadiense Bob Moses, aquel "Battle Lines" que encerraba unos cuantos buenos momentos pero que no acabó de proporcionarles el espaldarazo que buscaban. Es cierto que a finales del verano de 2020 publicaron un EP bastante extenso ("Desire", cuyo tema homónimo formó parte de mi lista de otras 25 canciones recomendables de 2020), pero a pesar de su clara inclinación hacia un sonido más electrónico y orientado a la pista de baile, tampoco encerraba un nivel medio particularmente alto, con lo cual lo dejé pasar. Así que cuando hace un par de meses vio la luz este "The Silence in Between", afronté su escucha con cierto recelo, desconfiando por una parte de que Tom Howie y Jimmy Vallance hubieran estado lo suficientemente inspirados en las composiciones, y sobre todo desconcertado por otra respecto a la línea sonora que le otorgarían a este álbum que tan crucial se antoja para su carrera.
Como pueden ya adivinar por el mero hecho de estar dedicándoles una entrada independiente, mis recelos se han mostrado infundados. Por un lado, han sido capaces de reunir un número de buenas composiciones similar al de "Battle Lines", no para conformar un gran álbum, pero sí un disco más que digno. Y por otro y casi más importante, han decidido apostar de manera más clara por los sonidos contemporáneos, a veces más bailables, a veces simplemente pop electrónico de patrones clásicos, consiguiendo así aumentar su personalidad musical, y alejando esa tendencia a la instrumentación un tanto anodina que sobrevolaba a menudo su anterior entrega. El resultado de todo ello es seguramente el álbum más equilibrado de su carrera, diez canciones que satisfarán los gustos de un público que busque pop de calidad. Si bien la selección de sus cuatro sencillos podría haber sido más acertada.
El álbum lo abre la oscura "Seen It Coming", un buen reflejo de lo que nos vamos a encontrar en estos cuarenta y pocos minutos. Una progresión armónica que juega con la repetitividad, pero lo suficientemente variada para no cansar, y el bombo bien marcado en cuanto Howie ha cantado lo suficiente de la primera estrofa. Y conforme avanza el tema, los esperables tramos en los que la guitarra eléctrica de Howie y los teclados de Vallance arropan las repeticiones del estribillo, demostrando su solvencia como instrumentistas. Le sigue "Love Brand New", segundo sencillo extraído, un tema notable gracias a su obsesivo bajo sintetizado, su elaborada, bonita y difícil de cantar melodía que me vuelve a recordar a la elegancia de los buenos Tears For Fears, y los excelentes riffs de guitarra de Howie. "Never Ending", tercer corte y tercer sencillo, es un tema más melódico e introspectivo, con la voz de Howie y los teclados en trémolo de Vallance como principal argumento, y cuya melodía de notas altas requiere cantar su estribillo en falsete, algo tan complejo de interpretar como en comparación poco disfrutable. Afortunadamente, los juguetones teclados de los extensos tramos instrumentales compensan en parte este inconveniente.
De una manera un tanto sorpresiva, "Time and Time Again" fue elegido hace ya medio año como primer sencillo. Sorprendente no porque no suene a Bob Moses, ni por la contundencia de sus pasajes instrumentales, sino porque su melodía consiste simplemente en un estribillo un tanto largo que deviene en un segundo estribillo sobre la misma progresión armónica, el cual es repetido un par de veces a lo largo del tema. Y nada más: poco para defender lo que encierra el disco. Afortunadamente, "Back to You" recupera en seguida la buena senda: un medio tiempo bien ubicado en el tracklist del disco, de instrumentación convencional, que sin resultar un temazo mejora el nivel de la anterior gracias a un bonito arpegio de guitarra en sus partes instrumentales y a cierta ampulosidad deudora de grupos como Keane o Coldplay (cuando aún eran una banda defendible). Aunque lo mejor del disco empieza justo en ese instante. Primero con "Hanging on", cuarto sencillo y en mi opinión la segunda mejor canción del disco: tempo alto, buena base programada, elegantes estrofas (enriquecidas con un precioso sintetizador en su segunda repetición), un estribillo sencillo pero bien arropado por sus estruendosos sintetizadores y una sensacional parte nueva, elaborada y de meritoria melodía. Y la guinda la pone "The Rush", para mí la mejor canción de su carrera hasta la fecha: tempo tan alto como su predecesora, pero más oscura e incitante al baile con su bombo sobredimensionado, sus estrofas sin tregua para tomar aire, la escala descendente de su bajo programado, la rotura de cristales con la que van marcando las distintas partes, y un estribillo marca de la casa sobre una estupenda progresión armónica, como los diversos teclados que juegan sobre ella se encargan de demostrar. Su gélida y electrónica parte nueva permite coger fuerzas para la repetición final, que deja con ganas de más.
Después de este subidón, el tramo final no desentona: "Broken Belief", con ese teclado que tanto recuerda (en otra progresión armónica) a la mítica "Are Friends Electric" con la que Gary Numan dio comienzo al pop sintetizado hace 44 años, nos propone unas estrofas declamadas que, aunque lógicamente menos meritorias desde el punto de vista compositivo que las musicadas, suponen una variación refrescante, sobre todo gracias a uno de los mejores estribillos del disco, elegante y envolvente a partes iguales, y que en sus repeticiones finales reluce con certeros elementos de percusión adicionales. "Ordinary friend", el penúltimo corte, es una balada desolada con el obsesivo piano de Vallance yendo de un extremo al otro de nuestros auriculares, con quizá demasiados huecos entre los fraseos de su melodía, y la ominosa guitarra de Howie como mejor baza. Y el disco lo cierra "Believe", que encierra la frase que da título al disco: Bob Moses en estado puro, tensión y oscuridad a partes iguales, estrofas muy elaboradas arropadas por efectos vocales, un primer estribillo pegadizo con ciertas dosis de optimismo en su un tanto extraña letra, y un marcado ritmo cuarternario a partir de entonces para servir de apoyo al resto de un tema más experimental de lo que cabría esperar para un tema de despedida.
El disco mejora con sucesivas escuchas, pues su en apariencia sencilla electrónica está en realidad bastante elaborada, y permite ir descubriendo nuevos detalles. La versátil y siempre efectiva voz de Howie también se presta a escuchas detalladas. Y en general ese gusto por seguir "sonando frescos", con predominio de los tempos altos y los ritmos marcados, ayuda al favorable balance final. No sé si el público de Bob Moses apreciará este giro hacia una mayor contemporaneidad, o por el contrario habría esperado un álbum más "maduro", en el peor sentido de la palabra, pero a mí desde luego me ha convencido: siguen sonando a ellos mismos, con talento, elegancia y buenas dotes instrumentales, pero el disco no se presta a bostezos, ni da pereza decidirse a introducirlo en nuestro reproductor. Así que no sé si tardarán otros cuatro años en darle continuidad, pero si lo hacen, ya saben qué senda deberían seguir de ahora en adelante.
Como pueden ya adivinar por el mero hecho de estar dedicándoles una entrada independiente, mis recelos se han mostrado infundados. Por un lado, han sido capaces de reunir un número de buenas composiciones similar al de "Battle Lines", no para conformar un gran álbum, pero sí un disco más que digno. Y por otro y casi más importante, han decidido apostar de manera más clara por los sonidos contemporáneos, a veces más bailables, a veces simplemente pop electrónico de patrones clásicos, consiguiendo así aumentar su personalidad musical, y alejando esa tendencia a la instrumentación un tanto anodina que sobrevolaba a menudo su anterior entrega. El resultado de todo ello es seguramente el álbum más equilibrado de su carrera, diez canciones que satisfarán los gustos de un público que busque pop de calidad. Si bien la selección de sus cuatro sencillos podría haber sido más acertada.
El álbum lo abre la oscura "Seen It Coming", un buen reflejo de lo que nos vamos a encontrar en estos cuarenta y pocos minutos. Una progresión armónica que juega con la repetitividad, pero lo suficientemente variada para no cansar, y el bombo bien marcado en cuanto Howie ha cantado lo suficiente de la primera estrofa. Y conforme avanza el tema, los esperables tramos en los que la guitarra eléctrica de Howie y los teclados de Vallance arropan las repeticiones del estribillo, demostrando su solvencia como instrumentistas. Le sigue "Love Brand New", segundo sencillo extraído, un tema notable gracias a su obsesivo bajo sintetizado, su elaborada, bonita y difícil de cantar melodía que me vuelve a recordar a la elegancia de los buenos Tears For Fears, y los excelentes riffs de guitarra de Howie. "Never Ending", tercer corte y tercer sencillo, es un tema más melódico e introspectivo, con la voz de Howie y los teclados en trémolo de Vallance como principal argumento, y cuya melodía de notas altas requiere cantar su estribillo en falsete, algo tan complejo de interpretar como en comparación poco disfrutable. Afortunadamente, los juguetones teclados de los extensos tramos instrumentales compensan en parte este inconveniente.
De una manera un tanto sorpresiva, "Time and Time Again" fue elegido hace ya medio año como primer sencillo. Sorprendente no porque no suene a Bob Moses, ni por la contundencia de sus pasajes instrumentales, sino porque su melodía consiste simplemente en un estribillo un tanto largo que deviene en un segundo estribillo sobre la misma progresión armónica, el cual es repetido un par de veces a lo largo del tema. Y nada más: poco para defender lo que encierra el disco. Afortunadamente, "Back to You" recupera en seguida la buena senda: un medio tiempo bien ubicado en el tracklist del disco, de instrumentación convencional, que sin resultar un temazo mejora el nivel de la anterior gracias a un bonito arpegio de guitarra en sus partes instrumentales y a cierta ampulosidad deudora de grupos como Keane o Coldplay (cuando aún eran una banda defendible). Aunque lo mejor del disco empieza justo en ese instante. Primero con "Hanging on", cuarto sencillo y en mi opinión la segunda mejor canción del disco: tempo alto, buena base programada, elegantes estrofas (enriquecidas con un precioso sintetizador en su segunda repetición), un estribillo sencillo pero bien arropado por sus estruendosos sintetizadores y una sensacional parte nueva, elaborada y de meritoria melodía. Y la guinda la pone "The Rush", para mí la mejor canción de su carrera hasta la fecha: tempo tan alto como su predecesora, pero más oscura e incitante al baile con su bombo sobredimensionado, sus estrofas sin tregua para tomar aire, la escala descendente de su bajo programado, la rotura de cristales con la que van marcando las distintas partes, y un estribillo marca de la casa sobre una estupenda progresión armónica, como los diversos teclados que juegan sobre ella se encargan de demostrar. Su gélida y electrónica parte nueva permite coger fuerzas para la repetición final, que deja con ganas de más.
Después de este subidón, el tramo final no desentona: "Broken Belief", con ese teclado que tanto recuerda (en otra progresión armónica) a la mítica "Are Friends Electric" con la que Gary Numan dio comienzo al pop sintetizado hace 44 años, nos propone unas estrofas declamadas que, aunque lógicamente menos meritorias desde el punto de vista compositivo que las musicadas, suponen una variación refrescante, sobre todo gracias a uno de los mejores estribillos del disco, elegante y envolvente a partes iguales, y que en sus repeticiones finales reluce con certeros elementos de percusión adicionales. "Ordinary friend", el penúltimo corte, es una balada desolada con el obsesivo piano de Vallance yendo de un extremo al otro de nuestros auriculares, con quizá demasiados huecos entre los fraseos de su melodía, y la ominosa guitarra de Howie como mejor baza. Y el disco lo cierra "Believe", que encierra la frase que da título al disco: Bob Moses en estado puro, tensión y oscuridad a partes iguales, estrofas muy elaboradas arropadas por efectos vocales, un primer estribillo pegadizo con ciertas dosis de optimismo en su un tanto extraña letra, y un marcado ritmo cuarternario a partir de entonces para servir de apoyo al resto de un tema más experimental de lo que cabría esperar para un tema de despedida.
El disco mejora con sucesivas escuchas, pues su en apariencia sencilla electrónica está en realidad bastante elaborada, y permite ir descubriendo nuevos detalles. La versátil y siempre efectiva voz de Howie también se presta a escuchas detalladas. Y en general ese gusto por seguir "sonando frescos", con predominio de los tempos altos y los ritmos marcados, ayuda al favorable balance final. No sé si el público de Bob Moses apreciará este giro hacia una mayor contemporaneidad, o por el contrario habría esperado un álbum más "maduro", en el peor sentido de la palabra, pero a mí desde luego me ha convencido: siguen sonando a ellos mismos, con talento, elegancia y buenas dotes instrumentales, pero el disco no se presta a bostezos, ni da pereza decidirse a introducirlo en nuestro reproductor. Así que no sé si tardarán otros cuatro años en darle continuidad, pero si lo hacen, ya saben qué senda deberían seguir de ahora en adelante.
domingo, 24 de abril de 2022
Josef Salvat - "Islands" (2022)
Apenas hace un año que reseñaba en este mismo blog la por entonces última entrega del crooner australiano Josef Salvat, su EP "The Close / Le Réveil" (2021), que para mí constituyó en realidad su tercer disco de estudio, pues encerraba seis nuevos temas y duraba apenas seis minutos menos que "Modern anxiety" (2020), su anterior álbum. Pero se ve que el convulso periodo que para todos ha significado la pandemia ha servido en su caso para estimular su vertiente creativa, acortando los casi cinco años que habían transcurrido entre su álbum de debut y su segunda entrega a unos poco frecuentes doce meses desde entonces para cada nueva entrega.
Cabría pensar que tan llamativa aceleración en su carrera hubiera sido la consecuencia directa de un menor esfuerzo en la instrumentación de sus nuevas composiciones, que Salvat crea habitualmente con voz y piano, pues la tentación de publicar un álbum con sólo esos dos instrumentos, que acortaría muchísimo el tiempo de elaboración de las canciones, debe de estar siempre presente. No es el caso, sin embargo, de este "Islands" que, por el contrario, incide en los temas repletos de sintetizadores elaborados y de detalles electrónicos que llevan un considerable tiempo preparar hasta lograr los arreglos deseados. Además, Salvat deja para otro momento el esperable "álbum de madurez", y aunque las baladas son un terreno que domina, opta mayoritariamente por los tempos altos, orientados a la pista de baile, pero sin perder ese pop elegante, intemporal y estupendamente interpretado que le caracteriza.
El álbum se abre con el primer sencillo, y también su mejor momento, para que no haya lugar a dudas: "I'm sorry", que ya formó parte de mi lista de mejores canciones internacionales del año 2021. Un tema rápido que representa muy bien esta colección de canciones, de bajo y percusión sintéticos, ochenteros e infecciosos, sobre el que se desarrolla una muy elaborada melodía en las estrofas, en las que la fantástica voz de Salvat se permite diversas alteraciones, y que desemboca en un estribillo honesto y de puro subidón pop a partes iguales, que redondea con un segundo estribillo cuando empieza aquello de "Another end plays out...", y que está tan condensado que deja con ganas de más. El segundo corte es otro de los momentazos del disco: "Promiscuity", reciente tercer sencillo es, como su explícito título indica, una oda al sexo desacomplejado entre personas de distintos géneros y edades en distintos lugares, en el que además de la letra su ritmo discotequero, su excelente guitarra eléctrica de puro funky, y una percusión que suena contemporánea sin epatar, rematan otras brillantes estrofas y un excitante estribillo en falsete. Lo cierto es que sería muy complicado mantener el nivel de estas dos primeras canciones, y "The drum", segundo sencillo y tercer corte, no lo consigue del todo, aunque instrumentalmente no desentona gracias a otra dosis de electrónica sintética añeja y moderna al mismo tiempo, unas estrofas correctas y un estribillo elegante de tintes sinfónicos.
"So Lite" mantiene el tempo alto, y experimenta un poco más con la instrumentación que las anteriores, en la línea de "Peaches" de su anteriormente citado EP. El estribillo recupera ritmo cuaternario y disfrute, y la letra juega con la obsesión con los productos lights de nuestras sociedades, aludiendo en este caso a su interlocutor/a. Pero se trata de un tema más interesante que brillante. "Pleasure pain" arranca con un extraño piano y diversos samplings que en seguida dan paso a un cálido medio tiempo de pop evocador. Vuelve a resultar más llamativo que disfrutable debido a esa inesperadamente contundente sobredosis de bajos, que sin embargo encaja bien con el colchón de sintetizadores que llevan la progresión armónica. "Sunbeams" es, por fin, la esperada balada, pero con matices: el piano que la sustenta viene acompañado por una percusión sincopada cuya contundencia va creciendo conforme avanza el minutaje, por unos omnipresentes bajos que burbujean, y por gran cantidad de efectos en las diversas pistas vocales. De suerte que, sin ser un gran tema, atrapa nuestra atención hasta el final. Aunque prefiero el séptimo corte, "Honey on the Tongue", más que una balada un auténtico baladón que ralentiza definitivamente el tempo, con una preciosa progresión armónica que cambia por completo en el estribillo, una fantástica interpretación vocal de Salvat, que pone los pelos de punta cuando repite "I don't love you anymore", y la suficiente dosis de teclados (muy a lo Braids, por cierto), que permiten alejar el tema de una producción excesivamente convencional. Aunque lo que más me gusta es el inesperado cambio de melodía vocal en su tramo final.
El último tercio del disco arranca con la delicada y estimulante "Happy": una delicia de pop que se desarrolla poco a poco, con una melodía de mucha amplitud vocal en las estrofas, y de estribillo en falsete que cautiva con sus bajos entrecortados y su programación sintética, perfecta para las más distinguidas pistas de baile. A ello Salvat añade otro segundo estribillo de una única frase ("I'm not sorry yet"), y una parte nueva en la que él se encarga de todos los coros mientras que incisivamente nos pregunta "Is that what you want? A life without love?" para rematar otra certera letra. "Billion faces" desconcierta un poquito con su extraña "guitarra", pero en seguida Salvat nos deja ver que estamos ante el tema más oscuro del disco, de estrofas angustiadas que desembocan en un estribillo en el que su original piano sirve de base para otra melodía muy difícil de interpretar, y que aporta algo de luz al conjunto. Si bien su instrumental y chirriante parte nueva vuelve a recordarnos que no todo es luminoso en la paleta del australiano. "Changes", el penúltimo corte, es otro tema dinámico, de similar colchón rítmico a otros anteriores, con unas estrofas en notas bajas, una llamativa parada y un estribillo agradable, un pelín meloso en su primera parte, pero certero en su segunda. Y en el que una elaborada parte nueva, que encaja brillantemente con el estribillo, completan otro momento notable. Y el disco lo cierra "Islands", la canción que da título al disco, y que puede recordar a los buenos momentos de Keane en esas estrofas presididas por una sencilla pero efectiva guitarra que lleva los acordes. El estribillo también desprende energía, y los coros que se hace Salvat a sí mismo le dotan de originalidad, pero la melodía resulta un tanto enrevesada, y el ritmo un tanto entrecortado, y el solo de guitarra del final un tanto excesivo para este tipo de composición, por lo que no lo considero entre lo mejor del álbum.
Como pueden comprobar, pese a carecer de un par de momentos más de gran nivel que hicieran de "Islands" un álbum a la altura de "Night swim" (2016), el balance final de estas once canciones es claramente favorable. Porque ninguna de ellas desentona, el nivel medio es bueno, y la propuesta, coherente de principio a fin. Todo ello demuestra una vez más que una parte no desdeñable de la mejor música contemporánea que se crea en la actualidad procede de nuestras antípodas: respetando los patrones que han hecho del pop un género inmortal, actualizando su sonido a las posibilidades tecnológicas actuales, pero sin ensuciarlo con esos géneros tan atonales y mediocres creativamente que tanto daño han hecho a la música popular en las últimas décadas. Si a ello le añadimos la elegancia compositiva e interpretativa de Salvat, estaremos ante uno de los artistas más interesantes de la actualidad, que en un mundo ideal sería una de las grandes figuras del panorama internacional, pues su propuesta es apta para el gran público, y su imagen acompaña. Así que espero que por lo menos para los seguidores de este humilde blog sí sea uno de esos grandes nombres, como lo es para mí.
Cabría pensar que tan llamativa aceleración en su carrera hubiera sido la consecuencia directa de un menor esfuerzo en la instrumentación de sus nuevas composiciones, que Salvat crea habitualmente con voz y piano, pues la tentación de publicar un álbum con sólo esos dos instrumentos, que acortaría muchísimo el tiempo de elaboración de las canciones, debe de estar siempre presente. No es el caso, sin embargo, de este "Islands" que, por el contrario, incide en los temas repletos de sintetizadores elaborados y de detalles electrónicos que llevan un considerable tiempo preparar hasta lograr los arreglos deseados. Además, Salvat deja para otro momento el esperable "álbum de madurez", y aunque las baladas son un terreno que domina, opta mayoritariamente por los tempos altos, orientados a la pista de baile, pero sin perder ese pop elegante, intemporal y estupendamente interpretado que le caracteriza.
El álbum se abre con el primer sencillo, y también su mejor momento, para que no haya lugar a dudas: "I'm sorry", que ya formó parte de mi lista de mejores canciones internacionales del año 2021. Un tema rápido que representa muy bien esta colección de canciones, de bajo y percusión sintéticos, ochenteros e infecciosos, sobre el que se desarrolla una muy elaborada melodía en las estrofas, en las que la fantástica voz de Salvat se permite diversas alteraciones, y que desemboca en un estribillo honesto y de puro subidón pop a partes iguales, que redondea con un segundo estribillo cuando empieza aquello de "Another end plays out...", y que está tan condensado que deja con ganas de más. El segundo corte es otro de los momentazos del disco: "Promiscuity", reciente tercer sencillo es, como su explícito título indica, una oda al sexo desacomplejado entre personas de distintos géneros y edades en distintos lugares, en el que además de la letra su ritmo discotequero, su excelente guitarra eléctrica de puro funky, y una percusión que suena contemporánea sin epatar, rematan otras brillantes estrofas y un excitante estribillo en falsete. Lo cierto es que sería muy complicado mantener el nivel de estas dos primeras canciones, y "The drum", segundo sencillo y tercer corte, no lo consigue del todo, aunque instrumentalmente no desentona gracias a otra dosis de electrónica sintética añeja y moderna al mismo tiempo, unas estrofas correctas y un estribillo elegante de tintes sinfónicos.
"So Lite" mantiene el tempo alto, y experimenta un poco más con la instrumentación que las anteriores, en la línea de "Peaches" de su anteriormente citado EP. El estribillo recupera ritmo cuaternario y disfrute, y la letra juega con la obsesión con los productos lights de nuestras sociedades, aludiendo en este caso a su interlocutor/a. Pero se trata de un tema más interesante que brillante. "Pleasure pain" arranca con un extraño piano y diversos samplings que en seguida dan paso a un cálido medio tiempo de pop evocador. Vuelve a resultar más llamativo que disfrutable debido a esa inesperadamente contundente sobredosis de bajos, que sin embargo encaja bien con el colchón de sintetizadores que llevan la progresión armónica. "Sunbeams" es, por fin, la esperada balada, pero con matices: el piano que la sustenta viene acompañado por una percusión sincopada cuya contundencia va creciendo conforme avanza el minutaje, por unos omnipresentes bajos que burbujean, y por gran cantidad de efectos en las diversas pistas vocales. De suerte que, sin ser un gran tema, atrapa nuestra atención hasta el final. Aunque prefiero el séptimo corte, "Honey on the Tongue", más que una balada un auténtico baladón que ralentiza definitivamente el tempo, con una preciosa progresión armónica que cambia por completo en el estribillo, una fantástica interpretación vocal de Salvat, que pone los pelos de punta cuando repite "I don't love you anymore", y la suficiente dosis de teclados (muy a lo Braids, por cierto), que permiten alejar el tema de una producción excesivamente convencional. Aunque lo que más me gusta es el inesperado cambio de melodía vocal en su tramo final.
El último tercio del disco arranca con la delicada y estimulante "Happy": una delicia de pop que se desarrolla poco a poco, con una melodía de mucha amplitud vocal en las estrofas, y de estribillo en falsete que cautiva con sus bajos entrecortados y su programación sintética, perfecta para las más distinguidas pistas de baile. A ello Salvat añade otro segundo estribillo de una única frase ("I'm not sorry yet"), y una parte nueva en la que él se encarga de todos los coros mientras que incisivamente nos pregunta "Is that what you want? A life without love?" para rematar otra certera letra. "Billion faces" desconcierta un poquito con su extraña "guitarra", pero en seguida Salvat nos deja ver que estamos ante el tema más oscuro del disco, de estrofas angustiadas que desembocan en un estribillo en el que su original piano sirve de base para otra melodía muy difícil de interpretar, y que aporta algo de luz al conjunto. Si bien su instrumental y chirriante parte nueva vuelve a recordarnos que no todo es luminoso en la paleta del australiano. "Changes", el penúltimo corte, es otro tema dinámico, de similar colchón rítmico a otros anteriores, con unas estrofas en notas bajas, una llamativa parada y un estribillo agradable, un pelín meloso en su primera parte, pero certero en su segunda. Y en el que una elaborada parte nueva, que encaja brillantemente con el estribillo, completan otro momento notable. Y el disco lo cierra "Islands", la canción que da título al disco, y que puede recordar a los buenos momentos de Keane en esas estrofas presididas por una sencilla pero efectiva guitarra que lleva los acordes. El estribillo también desprende energía, y los coros que se hace Salvat a sí mismo le dotan de originalidad, pero la melodía resulta un tanto enrevesada, y el ritmo un tanto entrecortado, y el solo de guitarra del final un tanto excesivo para este tipo de composición, por lo que no lo considero entre lo mejor del álbum.
Como pueden comprobar, pese a carecer de un par de momentos más de gran nivel que hicieran de "Islands" un álbum a la altura de "Night swim" (2016), el balance final de estas once canciones es claramente favorable. Porque ninguna de ellas desentona, el nivel medio es bueno, y la propuesta, coherente de principio a fin. Todo ello demuestra una vez más que una parte no desdeñable de la mejor música contemporánea que se crea en la actualidad procede de nuestras antípodas: respetando los patrones que han hecho del pop un género inmortal, actualizando su sonido a las posibilidades tecnológicas actuales, pero sin ensuciarlo con esos géneros tan atonales y mediocres creativamente que tanto daño han hecho a la música popular en las últimas décadas. Si a ello le añadimos la elegancia compositiva e interpretativa de Salvat, estaremos ante uno de los artistas más interesantes de la actualidad, que en un mundo ideal sería una de las grandes figuras del panorama internacional, pues su propuesta es apta para el gran público, y su imagen acompaña. Así que espero que por lo menos para los seguidores de este humilde blog sí sea uno de esos grandes nombres, como lo es para mí.
lunes, 18 de abril de 2022
Más de 200.000 páginas vistas
Interrumpo mi revisión de las últimas novedades musicales para dedicar una breve entrada al hito que supone haber superado las 200.000 páginas vistas. Un gran logro si tenemos en cuenta que todo lo que no sea vídeo streaming está irremisiblemente destinado a ser minoritario en el mundo virtual de nuestros días. Aunque en mi humilde opinión un blog con texto explicativo y enlaces asociados siga siendo el mejor cauce para profundizar en lo que realmente encierra tal artista o tal álbum, sin limitarnos a una revisión más visual pero también más superficial. En todo caso, lo realmente llamativo de este logro no es que se haya alcanzado poco después de la primera década de existencia de este blog, sino que se ha logrado menos de un año después de haber superado la cifra de las 50.000 visitas. Es decir, en menos de doce meses el número de visitas a este blog sobre música contemporánea internacional ha CUADRUPLICADO sus visitas. Algo tan llamativo como inesperado por mi parte.
Tan tremendo incremento sólo se explica por una razón: tenacidad. Y es que cuando arranqué este blog en 2011, no me propuse hacerlo un sitio popular, ni mucho menos algo que rentabilizar monetariamente. Únicamente buscaba un cauce para compartir con hipotéticos melómanos al otro lado de la red una de mis grandes pasiones: la música pop y rock contemporáneas. Que por desgracia tan maltratada ha sido en este siglo XXI, cuando casi sin darnos cuenta ha pasado de ser uno de los grandes fenómenos culturales del ser humano a una manifestación artística relegada y reemplazada por la música plana, generada por algoritmos y por artistas sin apenas interés creativo, y de consumo fácil que tan ominipresente resulta en estos últimos tiempos. Algo contra lo que me rebelé hace once años, y en lo que si cabe me he ido reafirmando desde entonces. Por eso he empleado al comienzo de este párrafo la palabra tenacidad. Porque, inaccesible al desaliento, he seguido explorando a quienes continuaban con los géneros que transformaron la música contemporánea, cada vez más al margen de modas y canales de distribución al uso. De suerte que aquellos que, en mi opinión, superaban un umbral mínimo de calidad e interés necesarios, han ido recibiendo puntualmente su atención en este espacio.
En ningún momento me ha preocupado que la propuesta en cuestión pudiera ser minoritaria. No he pensado tampoco en a quién le podrían interesar mis reseñas. Simplemente me he dejado llevar, y con la misma frecuencia con la que continúo explorando nuevos álbumes cada semana, he continuado tenazmente reseñando aquellos discos que "pasaban el corte". Argumentando por qué, intentando resaltar sus virtudes y haciendo visible al mismo tiempo sus defectos. Comencé con un número de visitas realmente reducido, apenas unas pocas por entrada. Poquito a poco alguna de ellas tuvo algo más de tirón, y así alguna de ellas me sorprendía ocasionalmente al haber superado el centenar de visitas. Así hasta llegar a abril del año pasado, cuando por alguna de esas razones que sólo Google entiende, esa acumulación de tenaces entradas minoritarias de pronto prendió en el mundo virtual, y las visitas comenzaron a llegar por miles. De resultas que cuatro de las cinco páginas históricamente más vistas de este blog corresponden a artistas que serán desconocidos para casi el cien por cien de los potenciales melómanos en español, fíjense: Kaleida, Mating Ritual, NoMBe y Avec Sans. Y sin embargo...
Sin embargo para una pequeña porción de esos potenciales melómanos, esos nombres les resultan ya plenamente familiares. Porque este blog seguramente les ha ayudado a descubrir a esos otros artistas que, tenacidad al frente, siguen cultivando pop y rock que suenan contemporáneos y a la vez de calidad. Algo de lo que me siento tan orgulloso como del número de visitas alcanzadas. Y que me anima a continuar investigando el panorama musical, atento tanto a nuevos lanzamientos de esos artistas ya "clásicos" dentro de "pop, rock y más", como a nuevas propuestas musicales que se ciñan a los parámetros que a mi modo de ver son esenciales en la música contemporánea. Así que me congratulo ante todos estos ustedes por la cifra alcanzada, les doy mis más sinceras gracias por todas las muestras de atención recibidas, y les emplazo al siguiente hito de visitas. Que desconozco cuál será, pero que seguremente llegue más pronto que tarde.
GRACIAS.
Tan tremendo incremento sólo se explica por una razón: tenacidad. Y es que cuando arranqué este blog en 2011, no me propuse hacerlo un sitio popular, ni mucho menos algo que rentabilizar monetariamente. Únicamente buscaba un cauce para compartir con hipotéticos melómanos al otro lado de la red una de mis grandes pasiones: la música pop y rock contemporáneas. Que por desgracia tan maltratada ha sido en este siglo XXI, cuando casi sin darnos cuenta ha pasado de ser uno de los grandes fenómenos culturales del ser humano a una manifestación artística relegada y reemplazada por la música plana, generada por algoritmos y por artistas sin apenas interés creativo, y de consumo fácil que tan ominipresente resulta en estos últimos tiempos. Algo contra lo que me rebelé hace once años, y en lo que si cabe me he ido reafirmando desde entonces. Por eso he empleado al comienzo de este párrafo la palabra tenacidad. Porque, inaccesible al desaliento, he seguido explorando a quienes continuaban con los géneros que transformaron la música contemporánea, cada vez más al margen de modas y canales de distribución al uso. De suerte que aquellos que, en mi opinión, superaban un umbral mínimo de calidad e interés necesarios, han ido recibiendo puntualmente su atención en este espacio.
En ningún momento me ha preocupado que la propuesta en cuestión pudiera ser minoritaria. No he pensado tampoco en a quién le podrían interesar mis reseñas. Simplemente me he dejado llevar, y con la misma frecuencia con la que continúo explorando nuevos álbumes cada semana, he continuado tenazmente reseñando aquellos discos que "pasaban el corte". Argumentando por qué, intentando resaltar sus virtudes y haciendo visible al mismo tiempo sus defectos. Comencé con un número de visitas realmente reducido, apenas unas pocas por entrada. Poquito a poco alguna de ellas tuvo algo más de tirón, y así alguna de ellas me sorprendía ocasionalmente al haber superado el centenar de visitas. Así hasta llegar a abril del año pasado, cuando por alguna de esas razones que sólo Google entiende, esa acumulación de tenaces entradas minoritarias de pronto prendió en el mundo virtual, y las visitas comenzaron a llegar por miles. De resultas que cuatro de las cinco páginas históricamente más vistas de este blog corresponden a artistas que serán desconocidos para casi el cien por cien de los potenciales melómanos en español, fíjense: Kaleida, Mating Ritual, NoMBe y Avec Sans. Y sin embargo...
Sin embargo para una pequeña porción de esos potenciales melómanos, esos nombres les resultan ya plenamente familiares. Porque este blog seguramente les ha ayudado a descubrir a esos otros artistas que, tenacidad al frente, siguen cultivando pop y rock que suenan contemporáneos y a la vez de calidad. Algo de lo que me siento tan orgulloso como del número de visitas alcanzadas. Y que me anima a continuar investigando el panorama musical, atento tanto a nuevos lanzamientos de esos artistas ya "clásicos" dentro de "pop, rock y más", como a nuevas propuestas musicales que se ciñan a los parámetros que a mi modo de ver son esenciales en la música contemporánea. Así que me congratulo ante todos estos ustedes por la cifra alcanzada, les doy mis más sinceras gracias por todas las muestras de atención recibidas, y les emplazo al siguiente hito de visitas. Que desconozco cuál será, pero que seguremente llegue más pronto que tarde.
GRACIAS.
domingo, 20 de marzo de 2022
Alt-J - "The Dream" (2022)
Tras casi cinco años de silencio ha visto la luz "The dream", el cuarto álbum del trío británico Alt-J. Que con sus dos primeros discos ("An awesome way", de 2012 y "This is all yours", de 2014), merecieron sendas reseñas en este humilde blog, pues no en vano se trata probablemente de la banda más personal que ha surgido de allí en esta última década. Pero, como ya indiqué en una entrada dedicada a álbumes decepcionantes de 2017, su tercera entrega, "Relaxer", bajó claramente el listón, tanto por su menor inspiración como por su mucha menor duración. Así que, aunque contenía buenos momentos como "In cold blood" y, sobre todo, ese "Deadcrush" que sí formó parte de mi lista de mejores canciones internacionales de 2017, no le dediqué una reseña completa. Y lo interpreté como un bajón del cual ya probablemente no se iban a recuperar. De hecho, transcurrieron para ellos varios años de silencio absoluto, presagio, supuse yo, de su disolución. Sin embargo, durante la segunda mitad del año pasado fueron volviendo a la actividad con nuevos sencillos que, en general, parecían haber recuperado su mejor senda. Por lo cual cuando el mes pasado se publicó "The dream", decidí darle una oportunidad. Todo un acierto por mi parte, porque posiblemente estemos ante el álbum más meritorio de su carrera.
En principio el disco consta de doce cortes, pero es complicado decir cuántos canciones encierra en realidad. Porque uno de ellos ("Delta") dura apenas un minuto, un interludio en toda regla. Pero en los otros once también podemos encontrar unos cuantos interludios que no guardan relación con el resto de la canción (incluso más de uno en algún caso). Por lo que lo mejor es reseñarlo según el tracklist oficial y dejarse llevar por lo que va sucediendo en su personal universo musical, sea parte de una canción o de otra. Un universo que sigue orbitando en torno a la peculiar y no siempre entendible voz de Joe Newman, la gran variedad de registros de los teclados de Gus Unger-Hamilton y esas continuas paradas y arrancadas con baterías entrecortadas, coros inesperados, y guiños velados a estilos del siglo pasado.
El disco lo abre el que tal vez sea su mejor momento. Es habitual en los británicos colocar el tema de creatividad más desbordante al comienzo. Y ése es el caso una vez más de "Bane", más de cinco minutos que encierran nada menos que cuatro partes completamente diferentes: una primera ominosa sobre un arpegio de guitarra y un coro masculino, una segunda que juega con los trémolos vocales y guitarreros y cambia por dos veces la progresión armónica hasta que entran la batería electrónica y el piano, para en su último minuto ofrecer un excelente intervalo instrumental a medias entre el mellotron y otros coros distintos de los del comienzo. "U & Me", el primer sencillo que anticipó el disco el pasado septiembre, es justo lo contrario: una única progresión armónica de cuatro acordes explotada casi hasta la saciedad (sólo una breve parada), aunque es una sucesión de acordes que tiene gancho, por lo que las estrofas rayan a gran altura, y la habilidad de Newman a la guitarra y de Unger-Hamilton a los teclados saca todo el partido posible a la composición (sólo el estribillo baja un poco el nivel por simple y monótono). "Hard drive gold", tercer sencillo, también tiene su punto con el toque setentero de su sección rítmica, la elaborada melodía de sus estrofas, y el solo de teclado de su tramo instrumental, aunque lo más interesante es su letra, el particular punto de vista de un adolescente sobre el capitalismo. "Happier when you're gone" insiste en las melodías complejas y sus personales instrumentaciones con instrumentos que van y vienen, a los que se añade esta vez una sección de cuerda que es casi puro gospel. Pero en mi opinión no pone el acento en las partes más inspiradas de la composición, y por eso baja un poco el nivel frente a las tres anteriores.
"The actor" se ha convertido en el cuarto sencillo extraído hace tan sólo unas semanas. Quizá el tempo más bajo hasta ese punto, es el tema más electrónico del disco gracias a todos los sintetizadores que arropan sus estupendas estrofas. El estribillo tal vez sea menos inspirado, aunque ello queda compensado por su excelente instrumentación y por una letra que refleja la cara oculta de esta profesión, desde los castings fallidos hasta la omnipresente cocaína. "Get better", segundo sencillo, es el segundo tema más largo del disco, y quizá el más monótono. No tengo nada en contra de un tema sentimental construído casi exclusivamente sobre voz y guitarra acústica. El problema es que, a pesar de los originales giros en la progresión armónica y de sus bonitas estrofas, el estribillo es un tanto "blando", y sobre todo, conforme avanza el minutaje apenas "pasa nada" (apenas un sampling de una chica repitiendo el título del tema entre risas), algo muy llamativo en una banda que quizá peque por exceso de lo contrario. Mucho más interesante es "Chicago", otra de esas canciones compuesta en realidad por varios mini-temas entrelazados, que comienza lenta e intimista con la voz y la guitarra eléctrica de Newman, pero que tras un minuto se convierte en una especie de post-rock a lo Tortoise, reforzado por un bombo que resalta el que seguramente es el tempo más alto del disco. Y que da paso luego a varias melodías vocales diferentes, algunas en falsete, otras en un tono de voz normal, e incluso arpegios de piano claramente orientados a la pista de baile. El octavo corte tiene por título otra ciudad estadounidense, "Philadelphia", y es otra poderosa demostración de cómo Alt-J puede variar de registro (tenebroso y oscuro en este caso) y seguir sonando a ellos mismos. En este caso llama la atención la voz femenina casi lírica que introducen puntualmente en las estrofas, y el contraste que provoca con la batería electrónica, la sección de cuerda, y el órgano de música clásica con el que se luce Unger-Hamilton. Todo ello rematado por otro excelente cambio de progresión armónica en su último tercio, que cerca del final consiguen exitosamente armonizar con la principal del tema.
El último tercio del disco, indudablemente el más flojo, lo inicia "Walk a mile", con otro de esos interludios que suena a música negra del primer tercio del siglo XX, para dar paso a un medio tiempo de similar melodía a la del comienzo, y en el que se muestran más comedidos que de costumbre a la hora de ir desarrollándolo, enriqueciéndolo solamente con la instrumentación justa (aunque sus seis minutos y medio se terminan haciendo un poco largos). Como decía al cominezo, "Delta" es el único interludio separado como tal en el tracklist: otro cántico negroide que podría perfectamente aludir al delta del Río Mississipi. "Losing my mind", el penúltimo corte y último momento notable, parece que va a ser otro de esos medios tiempos sureños, pero una vez pasa el primer minuto aceleran un poco el tempo, le añaden contundencia en la batería y crean un colchón de sintetizadores electrónicos y psicodélicos al mismo tiempo... con sus correspondientes paradas acústicas y casi místicas. Y "Powders" es una adecuada forma de bajar el telón: un tema reposado, de bonitos arpegios de guitarras relajadas, melodía dulce y samplings vocales que no estorban y le dotan de originalidad en su segunda mitad.
"The dream" tiene la duración justa para que el derroche de ideas no resulte apabullante, pero también para no dejar la sensación de "álbum menor" que ensombrecía "Relaxer". Y es que está claro que la banda ha aprovechado estos casi cinco años de silencio para recuperar la creatividad y no tirar sólo de oficio o de versiones una vez en el estudio. El resultado es un álbum que, por supuesto, sigue sin ser apto para todos los públicos: lleno de variaciones, de melodías difíciles, de falsetes, de instrumentaciones atípicas, rabiosamente contemporáneo y al mismo tiempo alejado de las modas. Pero que mantiene un nivel medio muy saludable de principio a fin, seguramente más equilibrado que cualquiera de sus antecesores. Así que no queda sino saludar el regreso del trío a su mejor nivel, y confiar en que sigan manteniendo el suficiente tirón comercial para seguir creyendo en su proyecto con futuras entregas.
En principio el disco consta de doce cortes, pero es complicado decir cuántos canciones encierra en realidad. Porque uno de ellos ("Delta") dura apenas un minuto, un interludio en toda regla. Pero en los otros once también podemos encontrar unos cuantos interludios que no guardan relación con el resto de la canción (incluso más de uno en algún caso). Por lo que lo mejor es reseñarlo según el tracklist oficial y dejarse llevar por lo que va sucediendo en su personal universo musical, sea parte de una canción o de otra. Un universo que sigue orbitando en torno a la peculiar y no siempre entendible voz de Joe Newman, la gran variedad de registros de los teclados de Gus Unger-Hamilton y esas continuas paradas y arrancadas con baterías entrecortadas, coros inesperados, y guiños velados a estilos del siglo pasado.
El disco lo abre el que tal vez sea su mejor momento. Es habitual en los británicos colocar el tema de creatividad más desbordante al comienzo. Y ése es el caso una vez más de "Bane", más de cinco minutos que encierran nada menos que cuatro partes completamente diferentes: una primera ominosa sobre un arpegio de guitarra y un coro masculino, una segunda que juega con los trémolos vocales y guitarreros y cambia por dos veces la progresión armónica hasta que entran la batería electrónica y el piano, para en su último minuto ofrecer un excelente intervalo instrumental a medias entre el mellotron y otros coros distintos de los del comienzo. "U & Me", el primer sencillo que anticipó el disco el pasado septiembre, es justo lo contrario: una única progresión armónica de cuatro acordes explotada casi hasta la saciedad (sólo una breve parada), aunque es una sucesión de acordes que tiene gancho, por lo que las estrofas rayan a gran altura, y la habilidad de Newman a la guitarra y de Unger-Hamilton a los teclados saca todo el partido posible a la composición (sólo el estribillo baja un poco el nivel por simple y monótono). "Hard drive gold", tercer sencillo, también tiene su punto con el toque setentero de su sección rítmica, la elaborada melodía de sus estrofas, y el solo de teclado de su tramo instrumental, aunque lo más interesante es su letra, el particular punto de vista de un adolescente sobre el capitalismo. "Happier when you're gone" insiste en las melodías complejas y sus personales instrumentaciones con instrumentos que van y vienen, a los que se añade esta vez una sección de cuerda que es casi puro gospel. Pero en mi opinión no pone el acento en las partes más inspiradas de la composición, y por eso baja un poco el nivel frente a las tres anteriores.
"The actor" se ha convertido en el cuarto sencillo extraído hace tan sólo unas semanas. Quizá el tempo más bajo hasta ese punto, es el tema más electrónico del disco gracias a todos los sintetizadores que arropan sus estupendas estrofas. El estribillo tal vez sea menos inspirado, aunque ello queda compensado por su excelente instrumentación y por una letra que refleja la cara oculta de esta profesión, desde los castings fallidos hasta la omnipresente cocaína. "Get better", segundo sencillo, es el segundo tema más largo del disco, y quizá el más monótono. No tengo nada en contra de un tema sentimental construído casi exclusivamente sobre voz y guitarra acústica. El problema es que, a pesar de los originales giros en la progresión armónica y de sus bonitas estrofas, el estribillo es un tanto "blando", y sobre todo, conforme avanza el minutaje apenas "pasa nada" (apenas un sampling de una chica repitiendo el título del tema entre risas), algo muy llamativo en una banda que quizá peque por exceso de lo contrario. Mucho más interesante es "Chicago", otra de esas canciones compuesta en realidad por varios mini-temas entrelazados, que comienza lenta e intimista con la voz y la guitarra eléctrica de Newman, pero que tras un minuto se convierte en una especie de post-rock a lo Tortoise, reforzado por un bombo que resalta el que seguramente es el tempo más alto del disco. Y que da paso luego a varias melodías vocales diferentes, algunas en falsete, otras en un tono de voz normal, e incluso arpegios de piano claramente orientados a la pista de baile. El octavo corte tiene por título otra ciudad estadounidense, "Philadelphia", y es otra poderosa demostración de cómo Alt-J puede variar de registro (tenebroso y oscuro en este caso) y seguir sonando a ellos mismos. En este caso llama la atención la voz femenina casi lírica que introducen puntualmente en las estrofas, y el contraste que provoca con la batería electrónica, la sección de cuerda, y el órgano de música clásica con el que se luce Unger-Hamilton. Todo ello rematado por otro excelente cambio de progresión armónica en su último tercio, que cerca del final consiguen exitosamente armonizar con la principal del tema.
El último tercio del disco, indudablemente el más flojo, lo inicia "Walk a mile", con otro de esos interludios que suena a música negra del primer tercio del siglo XX, para dar paso a un medio tiempo de similar melodía a la del comienzo, y en el que se muestran más comedidos que de costumbre a la hora de ir desarrollándolo, enriqueciéndolo solamente con la instrumentación justa (aunque sus seis minutos y medio se terminan haciendo un poco largos). Como decía al cominezo, "Delta" es el único interludio separado como tal en el tracklist: otro cántico negroide que podría perfectamente aludir al delta del Río Mississipi. "Losing my mind", el penúltimo corte y último momento notable, parece que va a ser otro de esos medios tiempos sureños, pero una vez pasa el primer minuto aceleran un poco el tempo, le añaden contundencia en la batería y crean un colchón de sintetizadores electrónicos y psicodélicos al mismo tiempo... con sus correspondientes paradas acústicas y casi místicas. Y "Powders" es una adecuada forma de bajar el telón: un tema reposado, de bonitos arpegios de guitarras relajadas, melodía dulce y samplings vocales que no estorban y le dotan de originalidad en su segunda mitad.
"The dream" tiene la duración justa para que el derroche de ideas no resulte apabullante, pero también para no dejar la sensación de "álbum menor" que ensombrecía "Relaxer". Y es que está claro que la banda ha aprovechado estos casi cinco años de silencio para recuperar la creatividad y no tirar sólo de oficio o de versiones una vez en el estudio. El resultado es un álbum que, por supuesto, sigue sin ser apto para todos los públicos: lleno de variaciones, de melodías difíciles, de falsetes, de instrumentaciones atípicas, rabiosamente contemporáneo y al mismo tiempo alejado de las modas. Pero que mantiene un nivel medio muy saludable de principio a fin, seguramente más equilibrado que cualquiera de sus antecesores. Así que no queda sino saludar el regreso del trío a su mejor nivel, y confiar en que sigan manteniendo el suficiente tirón comercial para seguir creyendo en su proyecto con futuras entregas.
domingo, 20 de febrero de 2022
Aurora - "The Gods We Can Touch" (2022)
El mes pasado ha visto la luz "The Gods We Can Touch", el tercer álbum de la noruega Aurora Aksnes. Que sin duda ha sido uno de los discos más esperados por la crítica internacional en los últimos tiempos, gracias a la cada vez mayor repercusión que ha ido logrando Aurora con cada nueva entrega. Hasta el extremo de haber generado un auténtico culto en torno a su figura, mezcla de modernidad y tradición, de urbanismo y naturaleza, en el que el personaje es tan importante como la propia propuesta musical. Culto aumentado sabiamente por los nada menos que cinco sencillos de adelanto que vieron la luz desde el verano del año pasado para anticipar el disco. Y que ya dejaban entrever una variedad estilística en absoluto reñida ni con la calidad ni con la pegada comercial.
Para producir el álbum, la compositora ha contado con su colaborador habitual Magnus Skylstad, aunque también hay espacio para otros productores. Ese continuismo creativo refleja que ambos entendían que su propuesta aún podía dar de sí sin necesidad de influencias externas. Y es que ese pop a veces barroco, otras arty, que igual se arrima al cine de mediados del siglo XX que al electro-pop, pero que siempre mantiene la personalidad de la noruega, da cabida a buena parte de la música popular de los últimos setenta años. Algo que la no siempre apreciable variedad de registros vocales de Aurora asegura llevar a buen puerto. De ahí las nada menos que quince canciones que encierra el álbum, un caudal creativo llamativo si tenemos en cuenta que aún no han transcurrido siquiera tres años desde su anterior entrega. Y que suponen un sugestivo recorrido por su desbordante universo personal. Aunque no es oro todo lo que reluce.
Y es que con frecuencia la mezcla de versatilidad y ambición deviene en discos irregulares, con grandes momentos pero también con grandes pifias. No es el caso de este álbum, pero con un tracklist más contenido seguramente hubiera resultado más disfrutable de principio a fin. No lo digo por el tema que le da inicio, "The Forbidden fruits of Eden", un coro evocador y mágico de apenas cuarenta segundos que funciona para crear la atmósfera necesaria, pero sí por ejemplo por "Everything matters": quinto sencillo, con la participación en la composición y en la interpretación de la francesa Claire Pommet, es un medio tiempo oscuro que no termina de maridar bien sus guitarra y pianos acústicos con los bajos sobredimensionados y las voces distorsionadas, y puede resultar entre aburrido y desconcertante para dar comienzo al disco. Afortunadamente "Giving In To The Love" retoma en seguida la senda de los grandes momentos pop. Elegida como segundo sencillo, su equilibrio entre la contundencia percusiva a lo Kate Bush y la melodía ampulosa a lo Florence + The Machine, y su excelente segundo estribillo con cambio de progresión armónica incluida, su letra reivindicativa y sus apoteósicos "la ra la ra" en su tramo final, provocan que sus tres minutos justos sepan a poco. Aunque el gran momento del disco, y uno de los mejores del año pasado como ya reflejé en mi lista de mejores canciones internacionales de 2021 es, sin duda, "Cure For Me": primer sencillo en ser extraído, su electrónica contemporánea sin necesidad de resultar excesivamente arriesgada, su bonita melodía y, sobre todo, sus infecciosos puente y estribillos (coreografía incluida), son garantía de éxito. Aunque hay que destacar lo bien producido que está, siempre creciendo añadiendo elementos como la fantástica percusión electrónica que aparece a partir de su segundo estribillo, la envolvente parada posterior, o los cambios en la melodía en su repetición final... Una auténtica maravilla.
Después de tamaño despliegue cualquier canción languidecería, pero "You Keep Me Crawling" aguanta el tipo llevándose la propuesta a otros terrenos: un medio tiempo angustioso, con sección de cuerda sintetizada, sencillos ritmos programados y un estribillo a varias voces que no entusiasma pero tampoco cansa gracias a su corta duración. No corre la misma suerte "Exist For Love", en realidad un tema publicado hace casi dos años más como epílogo de su anterior "A Different Kind of Human (Step 2)" que como anticipo de este "The Gods We Can Touch": reposado, acústico, y edulcorado en demasía, desentona un tanto del resto del álbum, y está ubicado además en un lugar inadecuado, pues parte por completo la atmósfera generada hasta entonces. Así que mi sugerencia es que pulsen el botón de "forward" sin dudarlo. Afortunadamente, la feminista y reivindicativa "Heathens", tercer sencillo extraído, recobra rápidamente el pulso gracias a ese pop barroco de barniz contemporáneo (que mezcla arpegios de guitarra acústica con una programada sincopada), con una melodía muy personal, etérea y difícil de interpretar al mismo tiempo. Aunque prefiero ese piano casi jazzístico y ese contrabajo que sirven de base a "The Innocent", otro singular tema de art-pop que es capaz de contraponer a esos instrumentos tradicionales samples vocales y percusiones brasileñas, y que se acaba adheriendo a nuestro cerebro gracias a su pegadizo estribillo. El siguiente corte, "Exhale Inhale", baja el tempo y nos propone una base de teclados juguetones combinados con sección de cuerda, y una melodía de gran amplitud vocal que recuerda a la primera época de Björk, en otro ejercicio de estilo más interesante que disfrutable.
"A temporary high", décimo corte y desde hace unos días sexto sencillo publicado, da comienzo al tercio final del álbum. Se trata de un corte que bebe del synth-pop evocador de los ochenta que tanto se cultiva últimamente en el panorama alternativo internacional, y que se construye a partir de un teclado que podrían haber firmado los mismísimos Mating Ritual, si bien lo que le da solidez al tema son sus brillantes estrofas, sus crescendos, y otro estribillo elaborado y tarareable. Si bien para mí el tercer y último gran momento del álbum es "A Dangerous Thing". Cuarto sencillo extraído a principios de este año, va creciendo poco a poco a partir de su guitarra acústica inicial, de manera que sus intimistas estrofas terminan desembocando en el que inesperadamente resulta ser el mejor estribillo del disco, capaz de enlazar las notas de las distintas frases saltándose con mucha originalidad algunos compases. Y su pesimista letra (ese hiriente "There's no love in the end") entronca fantásticamente con la atmósfera de la canción, y llega a poner los pelos de punta. "Artemis" es un personalísimo tema sobre arpegios de guitarra y un acordeón que es puro tango de hace casi un siglo, sin percusión alguna, y sin embargo agradable a pesar de su clara intención exploratoria. "Blood in the wine" es el último gran momento del álbum: pop barroco que recuerda otra vez a Florence Welch, gracias al contraste entre sus intimistas estrofas y su estridente y apoteósico estribillo. Aunque ese bombo electrónico nos recuerda que la noruega tiene una mayor inquietud por sonar contemporánea que la galesa. Además, la producción vuelve a rayar a gran altura, añadiendo o quitando constantemente instrumentos, jugando con la percusión, y añadiendo un piano, una sección de cuerda, o efectos vocales, según lo va requiriendo el tema.
En los dos últimos cortes Aurora baja el tempo e intenta cerrar con su versión más intimista "This Could Be A Dream" es una bucólica balada, de melodía agradable sin resultar melosa y estribillo convincente que a mí me recuerda a algunos de los lentos menos ominosas de Pet Shop Boys, quizá por esa caja de ritmos sencilla pero claramente presente y esa cinematográfica sección de cuerda. Y la singular "nana" "A Little Place Called The Moon", acústica a lo Hollywood años cincuenta, tiene su punto a pesar de esos dos minutos de "oooh oooh" y el chirriante teclado que le sigue, si bien yo habría preferido un tema más rápido y de desenlace apoteósico para cerrar con otro estado de ánimo el conjunto.
Como puede deducirse, la variedad estilística es al mismo tiempo la mayor virtud y el mayor defecto de este muy elaborado disco. Personalmente yo habría preferido que se hubieran eliminado tres temas del tracklist ("Everything Matters", "Exist For Love" y "A Little Place Called The Moon"), con lo que habría quedado un disco aún con doce temas y una duración razonable, pero mucho más disfrutable de principio a fin. Pero la noruega posee una personalidad musical tan acusada, y es capaz de abarcar en su propuesta tantos estilos e influencias, que le preocupa más darle salida a sus inquietudes que entregar álbumes redondos. Aun así, por composición, producción, instrumentación, y capacidad de experimentación sin cerrarse público, la de Aurora es una de las propuestas más interesantes del panorama musical contemporáneo. No hay mejor evidencia que el hecho de que se hayan extraído ya nada menos que seis sencillos del mismo. Así que no lo duden y háganse con este "The Gods We Can Touch", discúlpenle su ambición excesiva, pulsen el "forward" cuando lo estimen oportuno, y vayan iniciando la cuenta atrás para su cuarto álbum. Que ya esperamos ansiosos.
Para producir el álbum, la compositora ha contado con su colaborador habitual Magnus Skylstad, aunque también hay espacio para otros productores. Ese continuismo creativo refleja que ambos entendían que su propuesta aún podía dar de sí sin necesidad de influencias externas. Y es que ese pop a veces barroco, otras arty, que igual se arrima al cine de mediados del siglo XX que al electro-pop, pero que siempre mantiene la personalidad de la noruega, da cabida a buena parte de la música popular de los últimos setenta años. Algo que la no siempre apreciable variedad de registros vocales de Aurora asegura llevar a buen puerto. De ahí las nada menos que quince canciones que encierra el álbum, un caudal creativo llamativo si tenemos en cuenta que aún no han transcurrido siquiera tres años desde su anterior entrega. Y que suponen un sugestivo recorrido por su desbordante universo personal. Aunque no es oro todo lo que reluce.
Y es que con frecuencia la mezcla de versatilidad y ambición deviene en discos irregulares, con grandes momentos pero también con grandes pifias. No es el caso de este álbum, pero con un tracklist más contenido seguramente hubiera resultado más disfrutable de principio a fin. No lo digo por el tema que le da inicio, "The Forbidden fruits of Eden", un coro evocador y mágico de apenas cuarenta segundos que funciona para crear la atmósfera necesaria, pero sí por ejemplo por "Everything matters": quinto sencillo, con la participación en la composición y en la interpretación de la francesa Claire Pommet, es un medio tiempo oscuro que no termina de maridar bien sus guitarra y pianos acústicos con los bajos sobredimensionados y las voces distorsionadas, y puede resultar entre aburrido y desconcertante para dar comienzo al disco. Afortunadamente "Giving In To The Love" retoma en seguida la senda de los grandes momentos pop. Elegida como segundo sencillo, su equilibrio entre la contundencia percusiva a lo Kate Bush y la melodía ampulosa a lo Florence + The Machine, y su excelente segundo estribillo con cambio de progresión armónica incluida, su letra reivindicativa y sus apoteósicos "la ra la ra" en su tramo final, provocan que sus tres minutos justos sepan a poco. Aunque el gran momento del disco, y uno de los mejores del año pasado como ya reflejé en mi lista de mejores canciones internacionales de 2021 es, sin duda, "Cure For Me": primer sencillo en ser extraído, su electrónica contemporánea sin necesidad de resultar excesivamente arriesgada, su bonita melodía y, sobre todo, sus infecciosos puente y estribillos (coreografía incluida), son garantía de éxito. Aunque hay que destacar lo bien producido que está, siempre creciendo añadiendo elementos como la fantástica percusión electrónica que aparece a partir de su segundo estribillo, la envolvente parada posterior, o los cambios en la melodía en su repetición final... Una auténtica maravilla.
Después de tamaño despliegue cualquier canción languidecería, pero "You Keep Me Crawling" aguanta el tipo llevándose la propuesta a otros terrenos: un medio tiempo angustioso, con sección de cuerda sintetizada, sencillos ritmos programados y un estribillo a varias voces que no entusiasma pero tampoco cansa gracias a su corta duración. No corre la misma suerte "Exist For Love", en realidad un tema publicado hace casi dos años más como epílogo de su anterior "A Different Kind of Human (Step 2)" que como anticipo de este "The Gods We Can Touch": reposado, acústico, y edulcorado en demasía, desentona un tanto del resto del álbum, y está ubicado además en un lugar inadecuado, pues parte por completo la atmósfera generada hasta entonces. Así que mi sugerencia es que pulsen el botón de "forward" sin dudarlo. Afortunadamente, la feminista y reivindicativa "Heathens", tercer sencillo extraído, recobra rápidamente el pulso gracias a ese pop barroco de barniz contemporáneo (que mezcla arpegios de guitarra acústica con una programada sincopada), con una melodía muy personal, etérea y difícil de interpretar al mismo tiempo. Aunque prefiero ese piano casi jazzístico y ese contrabajo que sirven de base a "The Innocent", otro singular tema de art-pop que es capaz de contraponer a esos instrumentos tradicionales samples vocales y percusiones brasileñas, y que se acaba adheriendo a nuestro cerebro gracias a su pegadizo estribillo. El siguiente corte, "Exhale Inhale", baja el tempo y nos propone una base de teclados juguetones combinados con sección de cuerda, y una melodía de gran amplitud vocal que recuerda a la primera época de Björk, en otro ejercicio de estilo más interesante que disfrutable.
"A temporary high", décimo corte y desde hace unos días sexto sencillo publicado, da comienzo al tercio final del álbum. Se trata de un corte que bebe del synth-pop evocador de los ochenta que tanto se cultiva últimamente en el panorama alternativo internacional, y que se construye a partir de un teclado que podrían haber firmado los mismísimos Mating Ritual, si bien lo que le da solidez al tema son sus brillantes estrofas, sus crescendos, y otro estribillo elaborado y tarareable. Si bien para mí el tercer y último gran momento del álbum es "A Dangerous Thing". Cuarto sencillo extraído a principios de este año, va creciendo poco a poco a partir de su guitarra acústica inicial, de manera que sus intimistas estrofas terminan desembocando en el que inesperadamente resulta ser el mejor estribillo del disco, capaz de enlazar las notas de las distintas frases saltándose con mucha originalidad algunos compases. Y su pesimista letra (ese hiriente "There's no love in the end") entronca fantásticamente con la atmósfera de la canción, y llega a poner los pelos de punta. "Artemis" es un personalísimo tema sobre arpegios de guitarra y un acordeón que es puro tango de hace casi un siglo, sin percusión alguna, y sin embargo agradable a pesar de su clara intención exploratoria. "Blood in the wine" es el último gran momento del álbum: pop barroco que recuerda otra vez a Florence Welch, gracias al contraste entre sus intimistas estrofas y su estridente y apoteósico estribillo. Aunque ese bombo electrónico nos recuerda que la noruega tiene una mayor inquietud por sonar contemporánea que la galesa. Además, la producción vuelve a rayar a gran altura, añadiendo o quitando constantemente instrumentos, jugando con la percusión, y añadiendo un piano, una sección de cuerda, o efectos vocales, según lo va requiriendo el tema.
En los dos últimos cortes Aurora baja el tempo e intenta cerrar con su versión más intimista "This Could Be A Dream" es una bucólica balada, de melodía agradable sin resultar melosa y estribillo convincente que a mí me recuerda a algunos de los lentos menos ominosas de Pet Shop Boys, quizá por esa caja de ritmos sencilla pero claramente presente y esa cinematográfica sección de cuerda. Y la singular "nana" "A Little Place Called The Moon", acústica a lo Hollywood años cincuenta, tiene su punto a pesar de esos dos minutos de "oooh oooh" y el chirriante teclado que le sigue, si bien yo habría preferido un tema más rápido y de desenlace apoteósico para cerrar con otro estado de ánimo el conjunto.
Como puede deducirse, la variedad estilística es al mismo tiempo la mayor virtud y el mayor defecto de este muy elaborado disco. Personalmente yo habría preferido que se hubieran eliminado tres temas del tracklist ("Everything Matters", "Exist For Love" y "A Little Place Called The Moon"), con lo que habría quedado un disco aún con doce temas y una duración razonable, pero mucho más disfrutable de principio a fin. Pero la noruega posee una personalidad musical tan acusada, y es capaz de abarcar en su propuesta tantos estilos e influencias, que le preocupa más darle salida a sus inquietudes que entregar álbumes redondos. Aun así, por composición, producción, instrumentación, y capacidad de experimentación sin cerrarse público, la de Aurora es una de las propuestas más interesantes del panorama musical contemporáneo. No hay mejor evidencia que el hecho de que se hayan extraído ya nada menos que seis sencillos del mismo. Así que no lo duden y háganse con este "The Gods We Can Touch", discúlpenle su ambición excesiva, pulsen el "forward" cuando lo estimen oportuno, y vayan iniciando la cuenta atrás para su cuarto álbum. Que ya esperamos ansiosos.
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