Con la entrada de hoy voy a dar por terminada mi revisión de álbumes publicados en 2025 que aún tenía pendientes (ya toca, que estamos a finales de Mayo). Aunque en realidad el disco que les traigo fue publicado en su configuración final el pasado mes de Febrero. Les aclaro la paradoja: "(((((ultraSOUND)))))", el quinto álbum de la banda californiana The Neighborhood, veía la luz el pasado mes de Noviembre, tras cinco años de silencio. A pesar de su considerable extensión (quince canciones y cincuenta y siete minutos), cuando me hice con él su escucha no sólo no se me hacía larga, sino que se volvía más disfrutable con cada nueva escucha, algo directamente imputable a su excelente momento compositivo. Así que fue tan sólo una sorpresa relativa que el pasado mes de Febrero publicaran la edición "+" del mismo (estilizada con el signo de la suma al final de los cuatro paréntesis del título original). En ella el quinteto añadía cinco canciones nuevas al disco, superando así los setenta y tres minutos de duración total. Pero lo que sí me sorprendió fue que ninguna de esas canciones desmereciera a sus quince antecesoras, y en algún caso incluso rindiera al nivel de las mejores. Por lo cual lo que ahora les reseño es esa edición "deluxe", que como ya habrán adivinado a estas alturas es para mí el mejor disco "del pasado 2025", pues ningún otro posee tanta cantidad de grandes momentos.
Y lo curioso es que no había nada en la trayectoria del quinteto que anticipara este salto cualitativo. De hecho, ésta es la primera vez que aparecen por este blog; ni siquiera con su álbum anterior ("Chip Chrome & the Mono-Tones", 2020) llamaron especialmente mi atención, más allá de un segundo sencillo ("Lost in Translation") más inspirado compositivamente y bailable de lo habitual en ellos. Pero, tal vez por la arrolladora personalidad de su vocalista Jesse Rutherford (conocido también por sus relaciones con Billie Eilish y Anabel Englund), o tal vez por la poco habitual extensión del álbum, decidí darle una oportunidad a este (((((ultraSOUND))))) y me encontré con un disco impecable. Sin que ello se debiera a una revolución estilística; los miembros de la banda eran los habituales, e incluso el productor, Jono Dorr, que tanto ha contribuido a forjar su sonido, repetía en este quinto álbum. Ni siquiera la temática, centrada en el desamor y la renovación personal, se alejaba en exceso de lo esperado. Y es que, al fin y al cabo, lo que en realidad le faltaba a su rock oscuro y elegante, a medio camino entre los ámbitos alternativo y mainstream, era simplemente una mayor calidad en sus canciones. Y aquí la han encontrado. Aunque, obviamente, con algunos matices que intentaré explorar en los siguientes párrafos.
El álbum lo abre "Hula Girl", también escogido como tercer sencillo. Un medio tiempo de base guitarrera que contrasta con una sensibilidad de la que harán gala a lo largo de prácticamente todos los temas. El primer estribillo, de influencias psicodélicas, da paso a un segundo estribillo más intimista, casi acústico, y la solvencia del grupo da brillo a un tramo final en el que el cambio de melodía compite con las guitarras de Zachary Abels y Jeremiah Freedman. Le sigue "OMG", segundo sencillo a pesar de carecer de un video-clip propio: tempo más alto, unas guitarras aceradas marcando una certera progresión armónica y una compleja batería sincopada que seguramente recuerden a los buenos tiempos de Garbage en las estrofas, si bien su estribillo resulta claramente más melódico y armonioso que el del grupo de Butch Vig, con los coros de toda la banda arropando a Rutherford. No hay parte nueva, pero sí un original y obsesivo crescendo que sirve de preludio para la explosión de las repeticiones finales del estribillo. "Lovebomb" fue su cuarto y último sencillo ya bien entrado 2026, y es también uno de mis momentos favoritos del disco: un tema de pop luminoso, en el que las preciosas guitarras que se disfrutan desde el inicio están arropadas por pequeños detalles electrónicos que le dan más profundidad a su sonido. Si las estrofas son brillantes, el estribillo de notas largas es aún superior, en especial cuando los coros cantan una segunda melodía ("You just gotta say a few magic words..."), que deja con ganas de mucho más. Aparte de la curiosidad de que escuchamos por primera vez la palabra "ultrasound", que repetirán por lo menos en otras cuatro canciones del álbum. Y el cuarto corte es nada menos que su tema estrella, un primer sencillo que formó parte de mi lista de mejores canciones de 2025: "Private" es un tema de una tenebrosidad que recuerda a Depeche Mode (si bien la interpretación vocal de Rutherford es mucho más profunda y canónica que la que estridente que haría Dave Gaham), a partir de un poderoso bajo que sostiene la sección rítmica, y que va recibiendo apoyos puntuales de las dos guitarras (más continuados a partir de la segunda estrofa), la batería y algún que otro teclado. En realidad no hay un estribillo como tal, pero las slide guitars, los coros, y la intensidad de una canción que nunca deja de crecer lo compensan sobradamente. Y la letra es el mejor complemento para la "privacidad" que sugiere su sonoridad.
Que los cuatro primeros cortes de un álbum sean también sus cuatro sencillos suele ser una estrategia para generar una imagen favorable del álbum, y dejar que el resto del mismo aguante como pueda. Pero, como ya imaginan, no es el caso de ultraSOUND. Y ello se pone de manifiesto desde el quinto corte, la inquietante y hasta desquiciante "Lil Ol Me": rock tenebroso que mantiene el mismo acorde en estrofas y tramos instrumentales mientras que efectos y sirenas vuelven la atmósfera más desasosegante, y un estribillo difícil de aprehender que, sin embargo, funciona como agarradera para una canción de vocación experimental que también se beneficia de breves pero precisos solos de guitarra. "Planet" cambia totalmente el tercio, baja el tempo y nos propone un medio tiempo cálido de ritmo muy marcado en el que la melodía vocal de Rutherford nos envuelve a la vez que nos sorprende con un estribillo que recuerda a los primeros tiempos en solitario de Michael Jackson... para luego dar paso a distorsionados pasajes sonoros presididos por las guitarras, en un singular cóctel que, no obstante, resulta disfrutable. "Holy Ghost", no compuesta por la banda sino por Justyn Pilbrow (guitarrista de la banda de rock neozelandesa Elemeno P) es otro de mis momentos favoritos del álbum: la oscuridad típica de la banda, en la que los instrumentos van entrando poco a poco, casi sin hacer ruido, y un estribillo que cambia la tonalidad, de una dulzura que parece imposible de romper... aunque en realidad es la antesala de una intensidad mucho mayor a partir de ese punto, con mención especial para el formidable riff de guitarra de Abels, y el subidón para el poco a poco nos habían ido predisponiendo. Los detalles electrónicos para que la voz de Rutherford entre como un instrumento más, o para aumentar la densidad de los pasajes instrumentales, demuestran que también Dorr ha estado especialmente inspirado en este disco. El octavo tema, "Rabbit", es también el más largo del disco, un hecho que ya anticipa su pausado comienzo a dos guitarras. En esta ocasión los efectos electrónicos y los ecos que le añaden a la voz de Rutherford enturbian en algunos momentos la melodía, y no terminan de casar con una caja de la batería demasiado blanda, pero las partes instrumentales, de guitarras líquidas, y los coros psicodélicos del tramo final ("Walking in the rain, till I see a rainbow...") son suficiente contrapeso para que la canción no baje excesivamente el nivel.
A estas alturas ya sí es extraño que no haya habido ningún bajón reseñable, y de hecho, es el único tramo del álbum cuyo nivel se termina resintiendo un tanto un tanto, pero "Tides", el noveno corte, sigue manteniendo el listón alto. Partiendo de una de las mejores interpretaciones de Brandon Fied a la batería, el resto de instrumentos van edificando un medio tiempo menos oscuro que elegante sobre un arpegio de guitarra que también sostiene las estrofas. Un elaborado estribillo y una llamativa parte acústica antes del tramo final mejoran la impresión final, y los inesperados chillidos de Rutherford terminan de rematar una canción que, pese a no ser de las punteras del álbum, se disfruta más con cada sucesiva escucha. "Daisy Chain", el décimo corte, de elaborado comienzo, cuenta con una melodía tan elaborada en sus estrofas que parece una versión. Además, aquí el bajo no se limita a seguir los acordes sin más, sino que juega a recorrer las escalas, en una interpretación realmente notable de Michael Margott. Y el inesperado cambio de tonalidad, que le aporta un matiz siniestro, refleja el excelente momento de la banda. Así que, pese a que tampoco es de los momentos álgidos de (((((ultraSOUND)))))+, supera sin problemas el reto. Las guitarras reverberadas por los dos canales con las que arranca "Zombie" ya nos avisan que aquí también hay creatividad suficiente, y aunque las estrofas y estribillos son simplemente correctos, una larga y meritoria parte acústica mejora el resultado final. Solamente "Mama Drama", un tema conscientemente reposado, dedicado a una madre cualquiera, desentona un poco del resto, no tanto porque su suavidad no esté conseguida, sino porque, a pesar de su largo y ambiental comienzo, y del cambio que da paso a su coral estribillo, se aleja en demasía del nervio contenido que vertebra el resto de (((((ultraSOUND)))))+. Y por eso es, en mi humilde opinión, la peor canción del disco. Aunque conviene recordar que es ya la duodécima, un ordinal que la mayoría de álbumes actuales ni siquiera alcanza.
Afortunadamente, en la edición estándar del álbum aún quedan en sus tres cortes restantes una joya por disfrutar. Antes de eso, "Crushed" es un corte sorprendemente sereno para lo que se supone que es el "sonido The Neighbourhood", en el que llaman la atención su ritmo sincopado, un estribillo a varias voces, y una trabajada parte nueva, y en el que las dos guitarras rellenan las frecuencias principales sin llamar innecesariamente la atención. Todo correcto, pero muy lejos de "Mute", mi tercer tema favorito del álbum: rock marca de la casa, en el que la progresión armónica (la misma durante todo el tema, el único defecto que se le puede poner) queda bien remarcada por una de sus habituales guitarras afiladas. Y en el que poco a poco va llegando el bajo, la distorsión, el estribillo de notas altas... Hasta su original letra ("Mute" alude al hecho de que Rutherford no escucha ya a una persona a la que no le interesa escuchar) suma puntos. Y que, pese a no contar con parte nueva, deja con ganas de más. Y "Stupid Boy" ponía con solvencia el cierre a la edición estándar de (((((ultraSOUND))))), sin el "+": aquí están de vuelta la tenebrosidad, la capacidad de captar nuestra atención sin necesidad de estridencias... pero también las guitarras que se entrecruzan, la dulzura de su estribillo, la intensidad creciente, e incluso los chillidos de Rutherford cerca del final ("And the user and the boomer..."). En suma, un excelente compendio de todo lo que encerraba la versión estándar del álbum. Y uso a propósito el pretérito porque conforme arranca "Start", el que es ya el decimosexto corte, queda claro que la edición deluxe no se limita a recoger descartes que recorran de nuevo la misma senda musical, sino que expanden su horizonte sonoro: porque pese a que con menos de tres minutos no hay espacio para florituras, ya la batería que escuchamos desde el arranque no es la acústica habitualmente empleada por Brandon Fried, sino una electrónica y probablemente programada (puesto que también acompaña elementos de percusión), en el que su delicioso y largo estribillo cambia una única vez para lo que parece una parte nueva de notas altas, en el que las guitarras recorren con originales arpegios la progresión armónica, y en el que hasta los efectos sonoros finales denotan una mayor vocación de experimentación electrónica.
"Good Grief" encaja de manera más natural con la sonoridad general del resto del álbum, aunque también se aprecia una mayor presencia de la electrónica, con más efectos, voces procesadas que se entrecruzan, batería digital, y una contribución proporcionalmente menor de las guitarras, que sólo empiezan con sus consabidos arpegios a partir de la primera repetición del estribillo, y que sólo reclaman protagonismo en el tramo final. Pero se trata de otro tema absorbente, que sin necesidad de estridencias nos traslada a un lugar diferente. Lo que más llama la atención de "Lulu" es que una canción de este nivel se hubiera quedado fuera de las quince originales: pop marca de la casa, ahora sí con predominancia de los instrumentos convencionales, unas estrofas de una elegancia adictiva, un estribillo que baja las revoluciones y desnuda la melodía vocal, una producción rica en detalles que van enriqueciendo el tema a partir de la segunda estrofa (desde los teclados etéreos hasta los redobles de la caja de la batería), una parte nueva que en realidad se convierte en coda con un inesperado y fascinante cambio de tonalidad, y un cautivador final que va retirando instrumentos a la vez que baja el tempo. "Red Flag" es, ahora sí, ese corte que muchos de sus fans habrían rechazado de haber formado parte de los quince inicialmente seleccionados: desde el mismo comienzo ya parece un remix de alguna canción de la banda, por la superposición de voces distorsionadas, los sintetizadores vertiginosos, el crescendo de batería y unos ritmoa programados que la enfocan hacia la pista de baile como nunca antes su carrera. Es cierto que no pega demasiado con sus diecinueve hermanas, pero gracias sobre todo a sus tramos vocales, sabiamente contrarrestados por lead synthesizers, salen airosos del ejercicio, anticipando tal vez una mayor exploración de este tipo de sonidos en futuras entregas de los californianos. Y el cierre definitivo lo pone el corte número veinte, "Bed", otra gran canción que, por alguna razón que no se entiende muy bien, finiquitan con un "chorus to fade" antes de llegar a los dos minutos y medio: teclados en trémolo en primer plano desde el inicio, la voz de Rutherford sabiamente distorsionada sin alcanzar una saturación excesiva (que bastantes dosis de auto-tune recibimos hoy en día), y un doble estribillo que, sirviéndose de la misma progresión armónica, consigue que el tema crezca aunque no haya ni una sola guitarra. Aunque quizá deberíamos hablar de una seductora melodía que nunca deja de evolucionar...
Si han llegado hasta aquí, comprenderán que, incluso aunque algunos cortes no rayen a la misma altura, e incluso que "Mama" desentone ligeramente, hay una docena de grandes canciones, con una personalidad inconfundible a pesar de no repetir la fórmula, y con un arrollador talento para mantenernos en vilo sin necesidad de apelar al ruidismo. Es cierto que tal vez abusen de "amagar" con una catarsis rockera que nunca llega, que el sonido de la batería a veces es poco pulido, que alguna canción aún podía haber dado más de sí con el añadido de una parte nueva, o que el componente electrónico en los temas adicionales de la edición "+" es apreciablemente mayor. Pero todo ello son defectos menores para una obra que nunca será un gran éxito comercial (no hay temas de gancho para el gran público), pero que sí les ha garantizado una repercusión más allá del mundillo indie, hasta el punto de que ya está anunciado que pasarán por España próximamente para presentar este gran álbum. Ahora la duda es si tardarán otros cinco años en reunir otro puñado de canciones, y sobre todo, si mantendrán el mismo nivel creativo e interpretativo. Ojalá.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
jueves, 28 de mayo de 2026
sábado, 16 de mayo de 2026
Portugal. The Man - "SHISH" (2025)
A pesar de que el mes de Mayo está ya bien avanzado, aún me toca reseñarles algunas de las novedades más interesantes que vieron la luz durante los últimos meses del pasado 2025. Así que aquí les traigo la reseña de "SHISH", el décimo álbum de los estadounidenses Portugal. The Man. La banda de Alaska es ya una vieja conocida de este blog, pues a largo de los años he ido reseñando por aquí su formidable "Evil Friends" (2013), su más comercial aunque un tanto irregular "Woodstock" (2017), y su más reciente y discreto "Chris Black Changed My Life" (2023). Da la casualidad, además, de que Portugal. The Man comparten la misma situación discográfica que les comentaba hace unos días cuando les reseñaba el último disco de Bob Moses, "BLINK". Y es que los estadounidenses terminaron con su anterior álbum contrato con su discográfica de los últimos años, y para este "SHISH" se han visto obligados a buscar acomodo en un sello más pequeño. Un hecho que, por cierto, ha tenido en ellos la misma consecuencia que en el dúo canadiense: una evidente mayor libertad creativa.
Este libertad puede no ser tan obvia como en el caso de Bob Moses, pues la banda de John Gourlye siempre se ha caraceterizado por su capacidad para condensar en un mismo álbum una ingente cantidad de influencias y variaciones sobre su rock psicodélico de referencia. Pero en "SHISH" esa mayor independencia les ha permitido a su líder y cantante John Gourley y al productor y multiinstrumentista Kane Ritchotte dar rienda suelta como nunca antes a su capacidad creativa, de suerte que en sus diez cortes y cuarenta y dos minutos encontrarán en realidad no menos de quince canciones diferentes, en un ejercicio extremo que evidentemente les resta comercialidad pero les hace ganar puntos ante quienes valoran el afán por no repetirse, por ir creciendo a la vez que ahondan en su singularísima personalidad musical. Exploración que aquí se extiende también a su temática, más personal que nunca hasta ahora, pues el nombre del álbum proviene de Shishmaref, un pequeño pueblo pesquero ubicado en una isla al noroeste de Alaska, y "Shish" es como los locales llaman cariñosamente al lugar. Para la banda este término representa la comunidad y la conexión con la tierra natal, por lo que sus textos exploran la identidad y la vida tan al norte de nuestro planeta.
El álbum lo abre su primer sencillo e indiscutible tema estrella, "Denali". Tras un largo comienzo ambiental y desasosegante, lo que entra es un poderoso primer riff de guitarra, y dieciséis compases después, otro riff de guitarra superpuesto aún más agresivo. Sin embargo, en cuanto aparece la melodía vocal el tema se aleja de su hardcore inicial y se convierte en uno de sus clásicos himnos de indie-rock, llamativamente cálido y luminoso para provenir de donde provienen... hasta que el siguiente intervalo instrumental retorne, si cabe, aún más rabiosamente hardcore... Y así esta aparentemente irreconciliable doble cara de la moneda se sigue desarrollando hasta el final (cómo será la cosa que hasta añaden un saxofón en las repeticiones finales del estribillo), y sin embargo, el resultado es bastante convincente, hasta el extremo de que la canción formó parte de mi lista de otras 20 canciones internacionales recomendables de 2025. De "Pittman Ralliers" podemos decir que es su segundo corte... pero ya no podemos hablar de su segunda canción, pues se distinguen dos claramente diferenciadas: una primera que directamente podrían haber firmado Korn, muy cruda en su comienzo, pero más incluso en su desarrollo (seguramente haya quien no la resista y termine pulsando el botón de forward) y, tras dos minutos, un tramo instrumental de casi un minuto que es pura música electrónica a lo Say Hi, que ni siquiera guarda relación alguna en cuanto a progresión armónica o a tempo con la anterior, y que a mi modo de ver y pese a su brevedad, resulta más interesante. Le sigue "Angoon", también elegida como tercer sencillo. Mucho más reposada e intimista que las anteriores en su comienzo, encierra otro estribillo de rock distorsionado tan inesperado como efectivo, incluso a pesar de su contraste con la interpretación en falsete de John Gourley. Para dar continuidad a ese carrousel de ideas del que les hablaba, la melodía de la segunda estrofa es absolutamente diferente a la de la primera, y la forma como guitarra y saxofón se dan réplica en el puente, original y efectiva. Un largo solo de guitarra en un tramo que evoca poderosamente al grunge de los noventa es la antesala a un tramo final, presidido por un sintetizador lento y un tanto inquietante, de peculiar melodía vocal que se extiende hasta su singularísimo cierre.
Pese a no haber sido elegida como sencillo, "Knik" es, con diferencia, mi corte favorito del álbum: a partir de un elegante arpegio de guitarra desarrollan un medio tiempo reposado en el que son capaces de aflorar una delicadeza envolvente que puede recordar a los The Neighbourhood más recientes. La melodía a dos voces de Gourley y Zoe Manville funciona de maravilla, el cambio en los acordes con el que enlazan estrofas y estribillos, toda una lección de solvencia, y su tendencia a enlazar ideas yuxtapuestas en pocos segundos está aquí más controlada a pesar de sus casi seis minutos, por lo que el resultado final es mucho más accesible para el gran público que la mayoría de cortes... Bueno, hasta que pasados tres minutos tenemos que hablar de una nueva canción adosada a la anterior, mucho más rockera y contundente, con una preciosa melodía y un fantástico solo de guitarra que, no obstante, no desentona con todo lo que nos había ofrecido la primera canción del tema. "Shish", el corte que da título al álbum, comienza con una chirriante melodía vocal, que parece japonesa aunque se supone que en realidad se inspira en su Alaska natal. En seguida evoluciona hacia una melodía más "convencional" (para lo que son ellos), porque el rock desabrido de sus dos primeros minutos da lugar a un medio tiempo de puro pop inspirado en los años ultimos años sesenta, luminoso y disfrutable... para volver luego a la melodía japonesa y a un crudo solo de guitarra... que da paso a otra parte coral completamente diferente a todo lo anterior. En suma, sirve perfectamente para representar los inabarcables vaivenes de este disco. "Mush" fue escogido en su momento como "doble cara A" junto con "Tanana", y desde su mismo comienzo se entiende el motivo: estamos ante el tema de tempo más alto del álbum, de guitarras aceradas y melodía vocal vertiginosa, incluyendo un doble interesante estribillo en el que se alternan las voces y breves intervalos realmente crudos. Aunque no podía faltar un medio minuto final en el que frenan el tempo y retiran instrumentos... hasta volver a la breve catarsis final. "Tyonek" es lo más parecido a una balada que encontraremos en el álbum durante su primer minuto, de melodía agradable e instrumentación discreta, pero que en realidad se transforma en otro tema completamente diferente, de puro hardcore, a partir de entonces, aunque su excelente estribillo, melodioso hasta el extremo, nos pueda volver a despistar. Es un corte al que cuesta acostumbrarse por sus contrastes, pero de los más disfrutables una vez nos acostumbramos a él.
"Kokhanockers", con su comienzo tan elaborado y su atmósfera relativamente reposada (guitarras eléctricas aparte), es seguramente el corte más psicodélico de un álbum al que ese término no se le puede aplicar tan extensivamente como en otras entregas, y también el que mejor entronca con los mejores momentos de "Chris Black Changed My Life". Una vez más el solo de guitarra, de duración limitada, se ajusta perfectamente a lo que el álbum requiere, y la coda final, casi otro tema diferente una vez más, pone el cierre perfecto con su progresión armónica en acordes mayores a un tema de melodía tan certera que cuesta creer que no se trate de una versión. "Tanana", penúltimo corte, fue como les decía el segundo sencillo a medias con "Mush", e incide en esos medios tiempos de indie-rock psicodélico que tanto dominan, hasta el punto de que por su riqueza instrumental y por el equilibrio que consigue añadiéndo a todo el elenco de músicos múltiples efectos en el estudio, la considero el corte mejor producido del álbum. Porque una vez más cuesta hablar de una única canción al escuchar una parte nueva que tiene personalidad propia. Y el cierre lo pone "Father Gun", que de nuevo arranca con unos compases que no guardarán relación alguna con el resto del tema, pues en seguida nos encontramos con un pasaje de virtuosismo hardcore... que en seguida baja las revoluciones y se vuelve más accesible con su melodía "marca de la casa"... Aunque la rabia de los tramos más ásperos irá volviendo periódicamente tanto en las partes vocales como en las instrumentales... como durante prácticamente todo el álbum.
Si han conseguido situarse en el análisis de los diez cortes, no les extrañará que concluya diciendo que las sesiones de grabación de "SHISH" perfectamente podrían haber dado para convertirlo en un disco doble; tal es la cantidad de ideas, pasajes y trozos que aparecen y desaparecen por aquí y por allá. Pero ya sabemos que Portugal. The Man son una anomalía en el panorama musical, y mientras que tantos y tantos artistas repiten hasta la saciedad una misma progresión armónica y repiten en distintas canciones las mismas percusiones o los mismos plugins del Ableton o del Cubase, a Gourley y compañía lo que les gusta son los saltos mortales, la exploración sin fin de las posibilidades de un tema hasta que desemboca en otro completamente diferente, y el reto de volver a encajarlo con la idea original. Por ello es un disco que requiere muchas escuchas; es la única manera de empezar a situarse, y de comenzar a apreciarlo. Pero si salen airosos del reto, descubrirán un disco adictivo, al que se vuelve no ya para digerirlo, sino para disfrutarlo. Así que sólo queda que sigan con ganas de seguir explorándose a ellos mismos y poniéndonos a prueba a todos los que nos cansa la exasperante previsibilidad de casi toda la música contemporánea, sea del estilo que sea.
Este libertad puede no ser tan obvia como en el caso de Bob Moses, pues la banda de John Gourlye siempre se ha caraceterizado por su capacidad para condensar en un mismo álbum una ingente cantidad de influencias y variaciones sobre su rock psicodélico de referencia. Pero en "SHISH" esa mayor independencia les ha permitido a su líder y cantante John Gourley y al productor y multiinstrumentista Kane Ritchotte dar rienda suelta como nunca antes a su capacidad creativa, de suerte que en sus diez cortes y cuarenta y dos minutos encontrarán en realidad no menos de quince canciones diferentes, en un ejercicio extremo que evidentemente les resta comercialidad pero les hace ganar puntos ante quienes valoran el afán por no repetirse, por ir creciendo a la vez que ahondan en su singularísima personalidad musical. Exploración que aquí se extiende también a su temática, más personal que nunca hasta ahora, pues el nombre del álbum proviene de Shishmaref, un pequeño pueblo pesquero ubicado en una isla al noroeste de Alaska, y "Shish" es como los locales llaman cariñosamente al lugar. Para la banda este término representa la comunidad y la conexión con la tierra natal, por lo que sus textos exploran la identidad y la vida tan al norte de nuestro planeta.
El álbum lo abre su primer sencillo e indiscutible tema estrella, "Denali". Tras un largo comienzo ambiental y desasosegante, lo que entra es un poderoso primer riff de guitarra, y dieciséis compases después, otro riff de guitarra superpuesto aún más agresivo. Sin embargo, en cuanto aparece la melodía vocal el tema se aleja de su hardcore inicial y se convierte en uno de sus clásicos himnos de indie-rock, llamativamente cálido y luminoso para provenir de donde provienen... hasta que el siguiente intervalo instrumental retorne, si cabe, aún más rabiosamente hardcore... Y así esta aparentemente irreconciliable doble cara de la moneda se sigue desarrollando hasta el final (cómo será la cosa que hasta añaden un saxofón en las repeticiones finales del estribillo), y sin embargo, el resultado es bastante convincente, hasta el extremo de que la canción formó parte de mi lista de otras 20 canciones internacionales recomendables de 2025. De "Pittman Ralliers" podemos decir que es su segundo corte... pero ya no podemos hablar de su segunda canción, pues se distinguen dos claramente diferenciadas: una primera que directamente podrían haber firmado Korn, muy cruda en su comienzo, pero más incluso en su desarrollo (seguramente haya quien no la resista y termine pulsando el botón de forward) y, tras dos minutos, un tramo instrumental de casi un minuto que es pura música electrónica a lo Say Hi, que ni siquiera guarda relación alguna en cuanto a progresión armónica o a tempo con la anterior, y que a mi modo de ver y pese a su brevedad, resulta más interesante. Le sigue "Angoon", también elegida como tercer sencillo. Mucho más reposada e intimista que las anteriores en su comienzo, encierra otro estribillo de rock distorsionado tan inesperado como efectivo, incluso a pesar de su contraste con la interpretación en falsete de John Gourley. Para dar continuidad a ese carrousel de ideas del que les hablaba, la melodía de la segunda estrofa es absolutamente diferente a la de la primera, y la forma como guitarra y saxofón se dan réplica en el puente, original y efectiva. Un largo solo de guitarra en un tramo que evoca poderosamente al grunge de los noventa es la antesala a un tramo final, presidido por un sintetizador lento y un tanto inquietante, de peculiar melodía vocal que se extiende hasta su singularísimo cierre.
Pese a no haber sido elegida como sencillo, "Knik" es, con diferencia, mi corte favorito del álbum: a partir de un elegante arpegio de guitarra desarrollan un medio tiempo reposado en el que son capaces de aflorar una delicadeza envolvente que puede recordar a los The Neighbourhood más recientes. La melodía a dos voces de Gourley y Zoe Manville funciona de maravilla, el cambio en los acordes con el que enlazan estrofas y estribillos, toda una lección de solvencia, y su tendencia a enlazar ideas yuxtapuestas en pocos segundos está aquí más controlada a pesar de sus casi seis minutos, por lo que el resultado final es mucho más accesible para el gran público que la mayoría de cortes... Bueno, hasta que pasados tres minutos tenemos que hablar de una nueva canción adosada a la anterior, mucho más rockera y contundente, con una preciosa melodía y un fantástico solo de guitarra que, no obstante, no desentona con todo lo que nos había ofrecido la primera canción del tema. "Shish", el corte que da título al álbum, comienza con una chirriante melodía vocal, que parece japonesa aunque se supone que en realidad se inspira en su Alaska natal. En seguida evoluciona hacia una melodía más "convencional" (para lo que son ellos), porque el rock desabrido de sus dos primeros minutos da lugar a un medio tiempo de puro pop inspirado en los años ultimos años sesenta, luminoso y disfrutable... para volver luego a la melodía japonesa y a un crudo solo de guitarra... que da paso a otra parte coral completamente diferente a todo lo anterior. En suma, sirve perfectamente para representar los inabarcables vaivenes de este disco. "Mush" fue escogido en su momento como "doble cara A" junto con "Tanana", y desde su mismo comienzo se entiende el motivo: estamos ante el tema de tempo más alto del álbum, de guitarras aceradas y melodía vocal vertiginosa, incluyendo un doble interesante estribillo en el que se alternan las voces y breves intervalos realmente crudos. Aunque no podía faltar un medio minuto final en el que frenan el tempo y retiran instrumentos... hasta volver a la breve catarsis final. "Tyonek" es lo más parecido a una balada que encontraremos en el álbum durante su primer minuto, de melodía agradable e instrumentación discreta, pero que en realidad se transforma en otro tema completamente diferente, de puro hardcore, a partir de entonces, aunque su excelente estribillo, melodioso hasta el extremo, nos pueda volver a despistar. Es un corte al que cuesta acostumbrarse por sus contrastes, pero de los más disfrutables una vez nos acostumbramos a él.
"Kokhanockers", con su comienzo tan elaborado y su atmósfera relativamente reposada (guitarras eléctricas aparte), es seguramente el corte más psicodélico de un álbum al que ese término no se le puede aplicar tan extensivamente como en otras entregas, y también el que mejor entronca con los mejores momentos de "Chris Black Changed My Life". Una vez más el solo de guitarra, de duración limitada, se ajusta perfectamente a lo que el álbum requiere, y la coda final, casi otro tema diferente una vez más, pone el cierre perfecto con su progresión armónica en acordes mayores a un tema de melodía tan certera que cuesta creer que no se trate de una versión. "Tanana", penúltimo corte, fue como les decía el segundo sencillo a medias con "Mush", e incide en esos medios tiempos de indie-rock psicodélico que tanto dominan, hasta el punto de que por su riqueza instrumental y por el equilibrio que consigue añadiéndo a todo el elenco de músicos múltiples efectos en el estudio, la considero el corte mejor producido del álbum. Porque una vez más cuesta hablar de una única canción al escuchar una parte nueva que tiene personalidad propia. Y el cierre lo pone "Father Gun", que de nuevo arranca con unos compases que no guardarán relación alguna con el resto del tema, pues en seguida nos encontramos con un pasaje de virtuosismo hardcore... que en seguida baja las revoluciones y se vuelve más accesible con su melodía "marca de la casa"... Aunque la rabia de los tramos más ásperos irá volviendo periódicamente tanto en las partes vocales como en las instrumentales... como durante prácticamente todo el álbum.
Si han conseguido situarse en el análisis de los diez cortes, no les extrañará que concluya diciendo que las sesiones de grabación de "SHISH" perfectamente podrían haber dado para convertirlo en un disco doble; tal es la cantidad de ideas, pasajes y trozos que aparecen y desaparecen por aquí y por allá. Pero ya sabemos que Portugal. The Man son una anomalía en el panorama musical, y mientras que tantos y tantos artistas repiten hasta la saciedad una misma progresión armónica y repiten en distintas canciones las mismas percusiones o los mismos plugins del Ableton o del Cubase, a Gourley y compañía lo que les gusta son los saltos mortales, la exploración sin fin de las posibilidades de un tema hasta que desemboca en otro completamente diferente, y el reto de volver a encajarlo con la idea original. Por ello es un disco que requiere muchas escuchas; es la única manera de empezar a situarse, y de comenzar a apreciarlo. Pero si salen airosos del reto, descubrirán un disco adictivo, al que se vuelve no ya para digerirlo, sino para disfrutarlo. Así que sólo queda que sigan con ganas de seguir explorándose a ellos mismos y poniéndonos a prueba a todos los que nos cansa la exasperante previsibilidad de casi toda la música contemporánea, sea del estilo que sea.
jueves, 7 de mayo de 2026
Bob Moses - "BLINK" (2025)
A pesar de encontrarnos ya en el mes de Mayo, aún sigo reseñando álbumes que se me habían quedado pendientes de los últimos meses de 2025, el periodo más fecundo en novedades musicales interesantes desde la pandemia de 2020. Así que ahora voy a adentrarme en "BLINK", el cuarto álbum de estudio del dúo de Vancouver Bob Moses. Un disco que llega tras un cambio de discográfica. Y es que a pesar de contener buenos momentos, ni "Battle Lines" (2018) ni "The Silence In Between" (2022) consigueron mantener las expectativas comerciales que se habían creado en torno a ellos con su álbum de debut ("Days Gone By", 2015), por lo que el vocalista y guitarrista Tom Howie y el productor y teclista Jimmy Vallance se vieron obligados a dar continuidad a su carrera en AWAL Recordings, un sello independiente. Un cambio a menor que suena a proyecto que se desinfla, pero que en este caso ha supuesto una apreciable revitalización estilística y una mayor inspiración creativa.
Producido principalmente por los propios Bob Moses, el cambio más evidente de este cuarto álbum frente a sus dos predecesores es la producción electrónica de baile, con menor presencia de guitarras y más de sintetizadores brillantes y percusiones contundentes. Aunque ello no les aleja de la elegancia habitual de su sonido, ni de la forma en la que siguen jugando con el equilibrio entre el pop y el dance, entre el ritmo hedonista y las letras reflexivas. Condensado en tan sólo diez canciones y treinta y ocho minutos, es un disco directo, sin espacio para el aburrimiento, y con las dosis justas de variaciones entre sus temas para que no dé la impresión de que estamos escuchando el mismo una y otra vez. Sin olvidarnos de la imprescindible inspiración compositiva, que aquí se traduce en una mayor naturalidad creativa que en sus dos álbumes anteriores, como si hubieran agradecido abandonar la obligación de crear pelotazos comerciales para poder ser ellos mismos y gestionar su proyecto conforme a su criterio, sin exigencias discográficas.
El álbum empieza por todo lo alto con "Time of Your Life", que fue también elegido como primer sencillo y tema estrella del disco, además de ser mi momento favorito del mismo. Y en el que se aprecia claramente esa consolidación de un sonido más electrónico y bailable, a pesar de no recurrir a un tempo muy alto. Pero lo más llamativo es, sin duda, el optimismo que desprende, tanto en su letra como en su melodía, incluso en el infeccioso teclado que arropa las voces de Howie. Y que se complementa con otro disfrutable sintetizador que rellena los intervalos instrumentales. Sólo se le puede reprochar su brevedad excesiva, un hecho que no fue obstáculo para que formara parte de mi lista de mejores canciones internacionales de 2025. El dúo se lo sigue poniendo fácil a quien se adentre en "Blink", pues el segundo corte fue también el segundo sencillo extraído: "Waiting on the World" se ajusta más claramente a ese giro hacia el deep house que mencionaba antes, por su tempo más alto, su atmósfera más oscura, sus maquinales intervalos instrumentales monocordes, el despliegue de sintetizadores que arropan la progresión armónica... Tal vez Howie abuse de doblarse las voces en el estribillo, y el piano que lleva los acordes en el estribillo y la parte nueva (que no es tal) es posiblemente demasiado sencillo, pero se trata de un pasaje convincente. La colaboración de CRi (o lo que es lo mismo, Christophe Dubé, un artista de música electrónica de Quebec) en el tercer corte deja claro que la profundización en la vertiente electrónica de "Blink" es global: "Keep Love Waiting" es un tema envolvente y elegante, muy en la línea que se le supone a los mejores Bob Moses, con una melodía de notas altas y una notable producción en la que los instrumentos van entrando poco a poco para realzar su vocación de llenapistas antes de ir desvaneciéndose para regresar en busca de la catarsis final, y que con buen criterio fue recientemente escogido como quinto y último sencillo.
El dúo sigue poniendo todas sus cartas sobre la mesa con "Last Forever", cuarto corte y tercer sencillo, además del tema de melodía más sinfónica y uno de los más asimilables al deep house que citan como una de sus influencias principales. Tanto es así que Vallance se limita en los tramos instrumentales a repetir con su sintetizador la frase "Wish I could find the way to make it last forever" con la que Howie cierra un estribillo en el que la temática de la fugacidad del tiempo, presente en todo el disco, se hace aquí especialmente palpable. Eso sí, tampoco en esta oportunidad hay parte nueva que enriquezca la canción, y los cambios se limitan a un pasaje reposado de algunos de los versos ya conocidos. "We Made It" es el primer corte no extraído como sencillo con el que nos topamos, pero ello no obedece a un cambio estilístico significativo: nuevamente contraponen a una progresión armónica y una melodía elaboradas un ritmo obsesivo con un bajo sintetizado sobredimensionado, y sin miedo a añadir pistas a su potente base percusiva. Sólo algo tan subjetivo como su capacidad para emocionar explica un menor protagonismo frente a sus cuatro predecesoras. "Higher Ground", sin cambiar estilísticamente de tercio, es quizá uno de los mejores momentos no extraídos como sencillo: un tema directo (3 minutos justos), de comienzo cálido y que en seguida evoluciona a un tempo alto, un ritmo bailable con percusiones más adictivas que contundentes, y teclados en trémolo. El contraste entre las estrofas en tonos bajos y el estribillo en tonos altos funciona perfectamente, además de permitir apreciar la versatilidad vocal de Howie. "Better Broken", séptimo corte, es seguramente el que mejor entronca con el sonido de "The Silence In Between", algo evidente desde su mismo comienzo con el arpegio de guitarra eléctrica en primer plano y un ritmo sincopado que la aleja de las pistas y le otorga una mayor transcendencia. Un estribillo más complejo de interpretar que cautivador, y el hecho de que repitan exactamente la misma progresión armónica de principio a fin le restan puntos, aunque el resultado es agradable.
"Mine to Hold" sube el nivel con su colchón de sintetizadores desde el mismo comienzo y un desarrollo en el que bombo y caja se hacen de rogar, aunque cuando llegan rematan perfectamente la composición. El estelar teclado de Vallance tras el segundo estribillo y el tramo final recuerdan poderosamente a los momentos más house de los australianos Rufüs Du Sol, con los que comparten elegancia y melodías vocales de notas altas. El penúltimo corte, "No One Has to Know" es el único radicalmente distinto a sus compañeros de álbum. Y es que aquí el dúo nos ofrece la única "balada" del álbum. Y entrecomillo el término porque, en efecto, es un tema de tempo bajo y sensibilidad a flor de piel, pero lo elaborada de su programación electrónica, con redobles continuos, hi-hats que entran y salen, y samplings complementarios, se alejan de la sencillez de este tipo de canciones. Pero tanto el melancólico teclado de Wallace que lleva los acordes, como la sentida interpretación de Howie, y una melodía sugerente, la hacen apta para tal calificativo. Aunque eso sí, todo ello en apenas dos y minutos y medio. Y de manera llamativa, el dúo renuncia a que este "lento" cierre el disco, lo que habría sido perfectamente natural, y reivindica hasta el final su mayor dosis de hedonismo y disfrute colocando como corte final "Blink", el tema que da título al disco, además de su cuarto sencillo. Estamos ante la canción más larga del álbum, aparte de la más llamativa en sus arreglos (con percusiones que recuerdan a las del "Homogenic" de Björk y teclados que reproducen sus notas en sentido inverso, creando unas capas que envuelven las extensas estrofas de Howie). Y con significativos cambios en los instrumentos que van apariciendo y desapareciendo conforme avanza el minutaje (tanto que sólo el piano que marca los acordes permanece prácticamente invariado a lo largo del mismo). Personalmente a mí me parece una meritoria actualización de ese dance envolvente que creaba hace unas décadas el productor William Orbit, además de la mejor evidencia de sus ganas por explorar variaciones en su sonido sin renunciar a su personalidad.
A pesar de este cierre francamente convincente, "BLINK" seguramente siga sin ser ese álbum redondo que Bob Moses siempre han parecido a punto de entregar: falta algún tema más de postín, algo más de riesgo en determinados momentos, estribillos más asequibles, partes nuevas que lleven algunas de sus mejores composiciones a otra dimensión... Y es que no todo lo pueden solucionar intervalos instrumentales desnudos o crescendos catárquicos. Pero sí me parece una saludable vuelta a sus orígenes, alejándose de ese convencionalismo que le restaba puntos y les encorsetaba en cierta medida. Aparte de que el grueso de las diez composiciones del álbum rayan a gran altura, como muestra que de la mayoría de ellas he incluido el enlace de Youtube. Así que esperemos que este retorno a la senda en la que más pueden aportar al panorama musical no sea algo transitorio, y que esa menor distribución comercial quede contrarrestada por una libertad creativa aún mayor. Porque talento tienen de sobra.
Producido principalmente por los propios Bob Moses, el cambio más evidente de este cuarto álbum frente a sus dos predecesores es la producción electrónica de baile, con menor presencia de guitarras y más de sintetizadores brillantes y percusiones contundentes. Aunque ello no les aleja de la elegancia habitual de su sonido, ni de la forma en la que siguen jugando con el equilibrio entre el pop y el dance, entre el ritmo hedonista y las letras reflexivas. Condensado en tan sólo diez canciones y treinta y ocho minutos, es un disco directo, sin espacio para el aburrimiento, y con las dosis justas de variaciones entre sus temas para que no dé la impresión de que estamos escuchando el mismo una y otra vez. Sin olvidarnos de la imprescindible inspiración compositiva, que aquí se traduce en una mayor naturalidad creativa que en sus dos álbumes anteriores, como si hubieran agradecido abandonar la obligación de crear pelotazos comerciales para poder ser ellos mismos y gestionar su proyecto conforme a su criterio, sin exigencias discográficas.
El álbum empieza por todo lo alto con "Time of Your Life", que fue también elegido como primer sencillo y tema estrella del disco, además de ser mi momento favorito del mismo. Y en el que se aprecia claramente esa consolidación de un sonido más electrónico y bailable, a pesar de no recurrir a un tempo muy alto. Pero lo más llamativo es, sin duda, el optimismo que desprende, tanto en su letra como en su melodía, incluso en el infeccioso teclado que arropa las voces de Howie. Y que se complementa con otro disfrutable sintetizador que rellena los intervalos instrumentales. Sólo se le puede reprochar su brevedad excesiva, un hecho que no fue obstáculo para que formara parte de mi lista de mejores canciones internacionales de 2025. El dúo se lo sigue poniendo fácil a quien se adentre en "Blink", pues el segundo corte fue también el segundo sencillo extraído: "Waiting on the World" se ajusta más claramente a ese giro hacia el deep house que mencionaba antes, por su tempo más alto, su atmósfera más oscura, sus maquinales intervalos instrumentales monocordes, el despliegue de sintetizadores que arropan la progresión armónica... Tal vez Howie abuse de doblarse las voces en el estribillo, y el piano que lleva los acordes en el estribillo y la parte nueva (que no es tal) es posiblemente demasiado sencillo, pero se trata de un pasaje convincente. La colaboración de CRi (o lo que es lo mismo, Christophe Dubé, un artista de música electrónica de Quebec) en el tercer corte deja claro que la profundización en la vertiente electrónica de "Blink" es global: "Keep Love Waiting" es un tema envolvente y elegante, muy en la línea que se le supone a los mejores Bob Moses, con una melodía de notas altas y una notable producción en la que los instrumentos van entrando poco a poco para realzar su vocación de llenapistas antes de ir desvaneciéndose para regresar en busca de la catarsis final, y que con buen criterio fue recientemente escogido como quinto y último sencillo.
El dúo sigue poniendo todas sus cartas sobre la mesa con "Last Forever", cuarto corte y tercer sencillo, además del tema de melodía más sinfónica y uno de los más asimilables al deep house que citan como una de sus influencias principales. Tanto es así que Vallance se limita en los tramos instrumentales a repetir con su sintetizador la frase "Wish I could find the way to make it last forever" con la que Howie cierra un estribillo en el que la temática de la fugacidad del tiempo, presente en todo el disco, se hace aquí especialmente palpable. Eso sí, tampoco en esta oportunidad hay parte nueva que enriquezca la canción, y los cambios se limitan a un pasaje reposado de algunos de los versos ya conocidos. "We Made It" es el primer corte no extraído como sencillo con el que nos topamos, pero ello no obedece a un cambio estilístico significativo: nuevamente contraponen a una progresión armónica y una melodía elaboradas un ritmo obsesivo con un bajo sintetizado sobredimensionado, y sin miedo a añadir pistas a su potente base percusiva. Sólo algo tan subjetivo como su capacidad para emocionar explica un menor protagonismo frente a sus cuatro predecesoras. "Higher Ground", sin cambiar estilísticamente de tercio, es quizá uno de los mejores momentos no extraídos como sencillo: un tema directo (3 minutos justos), de comienzo cálido y que en seguida evoluciona a un tempo alto, un ritmo bailable con percusiones más adictivas que contundentes, y teclados en trémolo. El contraste entre las estrofas en tonos bajos y el estribillo en tonos altos funciona perfectamente, además de permitir apreciar la versatilidad vocal de Howie. "Better Broken", séptimo corte, es seguramente el que mejor entronca con el sonido de "The Silence In Between", algo evidente desde su mismo comienzo con el arpegio de guitarra eléctrica en primer plano y un ritmo sincopado que la aleja de las pistas y le otorga una mayor transcendencia. Un estribillo más complejo de interpretar que cautivador, y el hecho de que repitan exactamente la misma progresión armónica de principio a fin le restan puntos, aunque el resultado es agradable.
"Mine to Hold" sube el nivel con su colchón de sintetizadores desde el mismo comienzo y un desarrollo en el que bombo y caja se hacen de rogar, aunque cuando llegan rematan perfectamente la composición. El estelar teclado de Vallance tras el segundo estribillo y el tramo final recuerdan poderosamente a los momentos más house de los australianos Rufüs Du Sol, con los que comparten elegancia y melodías vocales de notas altas. El penúltimo corte, "No One Has to Know" es el único radicalmente distinto a sus compañeros de álbum. Y es que aquí el dúo nos ofrece la única "balada" del álbum. Y entrecomillo el término porque, en efecto, es un tema de tempo bajo y sensibilidad a flor de piel, pero lo elaborada de su programación electrónica, con redobles continuos, hi-hats que entran y salen, y samplings complementarios, se alejan de la sencillez de este tipo de canciones. Pero tanto el melancólico teclado de Wallace que lleva los acordes, como la sentida interpretación de Howie, y una melodía sugerente, la hacen apta para tal calificativo. Aunque eso sí, todo ello en apenas dos y minutos y medio. Y de manera llamativa, el dúo renuncia a que este "lento" cierre el disco, lo que habría sido perfectamente natural, y reivindica hasta el final su mayor dosis de hedonismo y disfrute colocando como corte final "Blink", el tema que da título al disco, además de su cuarto sencillo. Estamos ante la canción más larga del álbum, aparte de la más llamativa en sus arreglos (con percusiones que recuerdan a las del "Homogenic" de Björk y teclados que reproducen sus notas en sentido inverso, creando unas capas que envuelven las extensas estrofas de Howie). Y con significativos cambios en los instrumentos que van apariciendo y desapareciendo conforme avanza el minutaje (tanto que sólo el piano que marca los acordes permanece prácticamente invariado a lo largo del mismo). Personalmente a mí me parece una meritoria actualización de ese dance envolvente que creaba hace unas décadas el productor William Orbit, además de la mejor evidencia de sus ganas por explorar variaciones en su sonido sin renunciar a su personalidad.
A pesar de este cierre francamente convincente, "BLINK" seguramente siga sin ser ese álbum redondo que Bob Moses siempre han parecido a punto de entregar: falta algún tema más de postín, algo más de riesgo en determinados momentos, estribillos más asequibles, partes nuevas que lleven algunas de sus mejores composiciones a otra dimensión... Y es que no todo lo pueden solucionar intervalos instrumentales desnudos o crescendos catárquicos. Pero sí me parece una saludable vuelta a sus orígenes, alejándose de ese convencionalismo que le restaba puntos y les encorsetaba en cierta medida. Aparte de que el grueso de las diez composiciones del álbum rayan a gran altura, como muestra que de la mayoría de ellas he incluido el enlace de Youtube. Así que esperemos que este retorno a la senda en la que más pueden aportar al panorama musical no sea algo transitorio, y que esa menor distribución comercial quede contrarrestada por una libertad creativa aún mayor. Porque talento tienen de sobra.
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