jueves, 28 de mayo de 2026

The Neighbourhood - "(((((ultraSOUND)))))+"

Con la entrada de hoy voy a dar por terminada mi revisión de álbumes publicados en 2025 que aún tenía pendientes (ya toca, que estamos a finales de Mayo). Aunque en realidad el disco que les traigo fue publicado en su configuración final el pasado mes de Febrero. Les aclaro la paradoja: "(((((ultraSOUND)))))", el quinto álbum de la banda californiana The Neighborhood, veía la luz el pasado mes de Noviembre, tras cinco años de silencio. A pesar de su considerable extensión (quince canciones y cincuenta y siete minutos), cuando me hice con él su escucha no sólo no se me hacía larga, sino que se volvía más disfrutable con cada nueva escucha, algo directamente imputable a su excelente momento compositivo. Así que fue tan sólo una sorpresa relativa que el pasado mes de Febrero publicaran la edición "+" del mismo (estilizada con el signo de la suma al final de los cuatro paréntesis del título original). En ella el quinteto añadía cinco canciones nuevas al disco, superando así los setenta y tres minutos de duración total. Pero lo que sí me sorprendió fue que ninguna de esas canciones desmereciera a sus quince antecesoras, y en algún caso incluso rindiera al nivel de las mejores. Por lo cual lo que ahora les reseño es esa edición "deluxe", que como ya habrán adivinado a estas alturas es para mí el mejor disco "del pasado 2025", pues ningún otro posee tanta cantidad de grandes momentos.

Y lo curioso es que no había nada en la trayectoria del quinteto que anticipara este salto cualitativo. De hecho, ésta es la primera vez que aparecen por este blog; ni siquiera con su álbum anterior ("Chip Chrome & the Mono-Tones", 2020) llamaron especialmente mi atención, más allá de un segundo sencillo ("Lost in Translation") más inspirado compositivamente y bailable de lo habitual en ellos. Pero, tal vez por la arrolladora personalidad de su vocalista Jesse Rutherford (conocido también por sus relaciones con Billie Eilish y Anabel Englund), o tal vez por la poco habitual extensión del álbum, decidí darle una oportunidad a este (((((ultraSOUND))))) y me encontré con un disco impecable. Sin que ello se debiera a una revolución estilística; los miembros de la banda eran los habituales, e incluso el productor, Jono Dorr, que tanto ha contribuido a forjar su sonido, repetía en este quinto álbum. Ni siquiera la temática, centrada en el desamor y la renovación personal, se alejaba en exceso de lo esperado. Y es que, al fin y al cabo, lo que en realidad le faltaba a su rock oscuro y elegante, a medio camino entre los ámbitos alternativo y mainstream, era simplemente una mayor calidad en sus canciones. Y aquí la han encontrado. Aunque, obviamente, con algunos matices que intentaré explorar en los siguientes párrafos.

El álbum lo abre "Hula Girl", también escogido como tercer sencillo. Un medio tiempo de base guitarrera que contrasta con una sensibilidad de la que harán gala a lo largo de prácticamente todos los temas. El primer estribillo, de influencias psicodélicas, da paso a un segundo estribillo más intimista, casi acústico, y la solvencia del grupo da brillo a un tramo final en el que el cambio de melodía compite con las guitarras de Zachary Abels y Jeremiah Freedman. Le sigue "OMG", segundo sencillo a pesar de carecer de un video-clip propio: tempo más alto, unas guitarras aceradas marcando una certera progresión armónica y una compleja batería sincopada que seguramente recuerden a los buenos tiempos de Garbage en las estrofas, si bien su estribillo resulta claramente más melódico y armonioso que el del grupo de Butch Vig, con los coros de toda la banda arropando a Rutherford. No hay parte nueva, pero sí un original y obsesivo crescendo que sirve de preludio para la explosión de las repeticiones finales del estribillo. "Lovebomb" fue su cuarto y último sencillo ya bien entrado 2026, y es también uno de mis momentos favoritos del disco: un tema de pop luminoso, en el que las preciosas guitarras que se disfrutan desde el inicio están arropadas por pequeños detalles electrónicos que le dan más profundidad a su sonido. Si las estrofas son brillantes, el estribillo de notas largas es aún superior, en especial cuando los coros cantan una segunda melodía ("You just gotta say a few magic words..."), que deja con ganas de mucho más. Aparte de la curiosidad de que escuchamos por primera vez la palabra "ultrasound", que repetirán por lo menos en otras cuatro canciones del álbum. Y el cuarto corte es nada menos que su tema estrella, un primer sencillo que formó parte de mi lista de mejores canciones de 2025: "Private" es un tema de una tenebrosidad que recuerda a Depeche Mode (si bien la interpretación vocal de Rutherford es mucho más profunda y canónica que la que estridente que haría Dave Gaham), a partir de un poderoso bajo que sostiene la sección rítmica, y que va recibiendo apoyos puntuales de las dos guitarras (más continuados a partir de la segunda estrofa), la batería y algún que otro teclado. En realidad no hay un estribillo como tal, pero las slide guitars, los coros, y la intensidad de una canción que nunca deja de crecer lo compensan sobradamente. Y la letra es el mejor complemento para la "privacidad" que sugiere su sonoridad.

Que los cuatro primeros cortes de un álbum sean también sus cuatro sencillos suele ser una estrategia para generar una imagen favorable del álbum, y dejar que el resto del mismo aguante como pueda. Pero, como ya imaginan, no es el caso de ultraSOUND. Y ello se pone de manifiesto desde el quinto corte, la inquietante y hasta desquiciante "Lil Ol Me": rock tenebroso que mantiene el mismo acorde en estrofas y tramos instrumentales mientras que efectos y sirenas vuelven la atmósfera más desasosegante, y un estribillo difícil de aprehender que, sin embargo, funciona como agarradera para una canción de vocación experimental que también se beneficia de breves pero precisos solos de guitarra. "Planet" cambia totalmente el tercio, baja el tempo y nos propone un medio tiempo cálido de ritmo muy marcado en el que la melodía vocal de Rutherford nos envuelve a la vez que nos sorprende con un estribillo que recuerda a los primeros tiempos en solitario de Michael Jackson... para luego dar paso a distorsionados pasajes sonoros presididos por las guitarras, en un singular cóctel que, no obstante, resulta disfrutable. "Holy Ghost", no compuesta por la banda sino por Justyn Pilbrow (guitarrista de la banda de rock neozelandesa Elemeno P) es otro de mis momentos favoritos del álbum: la oscuridad típica de la banda, en la que los instrumentos van entrando poco a poco, casi sin hacer ruido, y un estribillo que cambia la tonalidad, de una dulzura que parece imposible de romper... aunque en realidad es la antesala de una intensidad mucho mayor a partir de ese punto, con mención especial para el formidable riff de guitarra de Abels, y el subidón para el poco a poco nos habían ido predisponiendo. Los detalles electrónicos para que la voz de Rutherford entre como un instrumento más, o para aumentar la densidad de los pasajes instrumentales, demuestran que también Dorr ha estado especialmente inspirado en este disco. El octavo tema, "Rabbit", es también el más largo del disco, un hecho que ya anticipa su pausado comienzo a dos guitarras. En esta ocasión los efectos electrónicos y los ecos que le añaden a la voz de Rutherford enturbian en algunos momentos la melodía, y no terminan de casar con una caja de la batería demasiado blanda, pero las partes instrumentales, de guitarras líquidas, y los coros psicodélicos del tramo final ("Walking in the rain, till I see a rainbow...") son suficiente contrapeso para que la canción no baje excesivamente el nivel.

A estas alturas ya sí es extraño que no haya habido ningún bajón reseñable, y de hecho, es el único tramo del álbum cuyo nivel se termina resintiendo un tanto un tanto, pero "Tides", el noveno corte, sigue manteniendo el listón alto. Partiendo de una de las mejores interpretaciones de Brandon Fied a la batería, el resto de instrumentos van edificando un medio tiempo menos oscuro que elegante sobre un arpegio de guitarra que también sostiene las estrofas. Un elaborado estribillo y una llamativa parte acústica antes del tramo final mejoran la impresión final, y los inesperados chillidos de Rutherford terminan de rematar una canción que, pese a no ser de las punteras del álbum, se disfruta más con cada sucesiva escucha. "Daisy Chain", el décimo corte, de elaborado comienzo, cuenta con una melodía tan elaborada en sus estrofas que parece una versión. Además, aquí el bajo no se limita a seguir los acordes sin más, sino que juega a recorrer las escalas, en una interpretación realmente notable de Michael Margott. Y el inesperado cambio de tonalidad, que le aporta un matiz siniestro, refleja el excelente momento de la banda. Así que, pese a que tampoco es de los momentos álgidos de (((((ultraSOUND)))))+, supera sin problemas el reto. Las guitarras reverberadas por los dos canales con las que arranca "Zombie" ya nos avisan que aquí también hay creatividad suficiente, y aunque las estrofas y estribillos son simplemente correctos, una larga y meritoria parte acústica mejora el resultado final. Solamente "Mama Drama", un tema conscientemente reposado, dedicado a una madre cualquiera, desentona un poco del resto, no tanto porque su suavidad no esté conseguida, sino porque, a pesar de su largo y ambiental comienzo, y del cambio que da paso a su coral estribillo, se aleja en demasía del nervio contenido que vertebra el resto de (((((ultraSOUND)))))+. Y por eso es, en mi humilde opinión, la peor canción del disco. Aunque conviene recordar que es ya la duodécima, un ordinal que la mayoría de álbumes actuales ni siquiera alcanza.

Afortunadamente, en la edición estándar del álbum aún quedan en sus tres cortes restantes una joya por disfrutar. Antes de eso, "Crushed" es un corte sorprendemente sereno para lo que se supone que es el "sonido The Neighbourhood", en el que llaman la atención su ritmo sincopado, un estribillo a varias voces, y una trabajada parte nueva, y en el que las dos guitarras rellenan las frecuencias principales sin llamar innecesariamente la atención. Todo correcto, pero muy lejos de "Mute", mi tercer tema favorito del álbum: rock marca de la casa, en el que la progresión armónica (la misma durante todo el tema, el único defecto que se le puede poner) queda bien remarcada por una de sus habituales guitarras afiladas. Y en el que poco a poco va llegando el bajo, la distorsión, el estribillo de notas altas... Hasta su original letra ("Mute" alude al hecho de que Rutherford no escucha ya a una persona a la que no le interesa escuchar) suma puntos. Y que, pese a no contar con parte nueva, deja con ganas de más. Y "Stupid Boy" ponía con solvencia el cierre a la edición estándar de (((((ultraSOUND))))), sin el "+": aquí están de vuelta la tenebrosidad, la capacidad de captar nuestra atención sin necesidad de estridencias... pero también las guitarras que se entrecruzan, la dulzura de su estribillo, la intensidad creciente, e incluso los chillidos de Rutherford cerca del final ("And the user and the boomer..."). En suma, un excelente compendio de todo lo que encerraba la versión estándar del álbum. Y uso a propósito el pretérito porque conforme arranca "Start", el que es ya el decimosexto corte, queda claro que la edición deluxe no se limita a recoger descartes que recorran de nuevo la misma senda musical, sino que expanden su horizonte sonoro: porque pese a que con menos de tres minutos no hay espacio para florituras, ya la batería que escuchamos desde el arranque no es la acústica habitualmente empleada por Brandon Fried, sino una electrónica y probablemente programada (puesto que también acompaña elementos de percusión), en el que su delicioso y largo estribillo cambia una única vez para lo que parece una parte nueva de notas altas, en el que las guitarras recorren con originales arpegios la progresión armónica, y en el que hasta los efectos sonoros finales denotan una mayor vocación de experimentación electrónica.

"Good Grief" encaja de manera más natural con la sonoridad general del resto del álbum, aunque también se aprecia una mayor presencia de la electrónica, con más efectos, voces procesadas que se entrecruzan, batería digital, y una contribución proporcionalmente menor de las guitarras, que sólo empiezan con sus consabidos arpegios a partir de la primera repetición del estribillo, y que sólo reclaman protagonismo en el tramo final. Pero se trata de otro tema absorbente, que sin necesidad de estridencias nos traslada a un lugar diferente. Lo que más llama la atención de "Lulu" es que una canción de este nivel se hubiera quedado fuera de las quince originales: pop marca de la casa, ahora sí con predominancia de los instrumentos convencionales, unas estrofas de una elegancia adictiva, un estribillo que baja las revoluciones y desnuda la melodía vocal, una producción rica en detalles que van enriqueciendo el tema a partir de la segunda estrofa (desde los teclados etéreos hasta los redobles de la caja de la batería), una parte nueva que en realidad se convierte en coda con un inesperado y fascinante cambio de tonalidad, y un cautivador final que va retirando instrumentos a la vez que baja el tempo. "Red Flag" es, ahora sí, ese corte que muchos de sus fans habrían rechazado de haber formado parte de los quince inicialmente seleccionados: desde el mismo comienzo ya parece un remix de alguna canción de la banda, por la superposición de voces distorsionadas, los sintetizadores vertiginosos, el crescendo de batería y unos ritmoa programados que la enfocan hacia la pista de baile como nunca antes su carrera. Es cierto que no pega demasiado con sus diecinueve hermanas, pero gracias sobre todo a sus tramos vocales, sabiamente contrarrestados por lead synthesizers, salen airosos del ejercicio, anticipando tal vez una mayor exploración de este tipo de sonidos en futuras entregas de los californianos. Y el cierre definitivo lo pone el corte número veinte, "Bed", otra gran canción que, por alguna razón que no se entiende muy bien, finiquitan con un "chorus to fade" antes de llegar a los dos minutos y medio: teclados en trémolo en primer plano desde el inicio, la voz de Rutherford sabiamente distorsionada sin alcanzar una saturación excesiva (que bastantes dosis de auto-tune recibimos hoy en día), y un doble estribillo que, sirviéndose de la misma progresión armónica, consigue que el tema crezca aunque no haya ni una sola guitarra. Aunque quizá deberíamos hablar de una seductora melodía que nunca deja de evolucionar...

Si han llegado hasta aquí, comprenderán que, incluso aunque algunos cortes no rayen a la misma altura, e incluso que "Mama" desentone ligeramente, hay una docena de grandes canciones, con una personalidad inconfundible a pesar de no repetir la fórmula, y con un arrollador talento para mantenernos en vilo sin necesidad de apelar al ruidismo. Es cierto que tal vez abusen de "amagar" con una catarsis rockera que nunca llega, que el sonido de la batería a veces es poco pulido, que alguna canción aún podía haber dado más de sí con el añadido de una parte nueva, o que el componente electrónico en los temas adicionales de la edición "+" es apreciablemente mayor. Pero todo ello son defectos menores para una obra que nunca será un gran éxito comercial (no hay temas de gancho para el gran público), pero que sí les ha garantizado una repercusión más allá del mundillo indie, hasta el punto de que ya está anunciado que pasarán por España próximamente para presentar este gran álbum. Ahora la duda es si tardarán otros cinco años en reunir otro puñado de canciones, y sobre todo, si mantendrán el mismo nivel creativo e interpretativo. Ojalá.

sábado, 16 de mayo de 2026

Portugal. The Man - "SHISH" (2025)

A pesar de que el mes de Mayo está ya bien avanzado, aún me toca reseñarles algunas de las novedades más interesantes que vieron la luz durante los últimos meses del pasado 2025. Así que aquí les traigo la reseña de "SHISH", el décimo álbum de los estadounidenses Portugal. The Man. La banda de Alaska es ya una vieja conocida de este blog, pues a largo de los años he ido reseñando por aquí su formidable "Evil Friends" (2013), su más comercial aunque un tanto irregular "Woodstock" (2017), y su más reciente y discreto "Chris Black Changed My Life" (2023). Da la casualidad, además, de que Portugal. The Man comparten la misma situación discográfica que les comentaba hace unos días cuando les reseñaba el último disco de Bob Moses, "BLINK". Y es que los estadounidenses terminaron con su anterior álbum contrato con su discográfica de los últimos años, y para este "SHISH" se han visto obligados a buscar acomodo en un sello más pequeño. Un hecho que, por cierto, ha tenido en ellos la misma consecuencia que en el dúo canadiense: una evidente mayor libertad creativa.

Este libertad puede no ser tan obvia como en el caso de Bob Moses, pues la banda de John Gourlye siempre se ha caraceterizado por su capacidad para condensar en un mismo álbum una ingente cantidad de influencias y variaciones sobre su rock psicodélico de referencia. Pero en "SHISH" esa mayor independencia les ha permitido a su líder y cantante John Gourley y al productor y multiinstrumentista Kane Ritchotte dar rienda suelta como nunca antes a su capacidad creativa, de suerte que en sus diez cortes y cuarenta y dos minutos encontrarán en realidad no menos de quince canciones diferentes, en un ejercicio extremo que evidentemente les resta comercialidad pero les hace ganar puntos ante quienes valoran el afán por no repetirse, por ir creciendo a la vez que ahondan en su singularísima personalidad musical. Exploración que aquí se extiende también a su temática, más personal que nunca hasta ahora, pues el nombre del álbum proviene de Shishmaref, un pequeño pueblo pesquero ubicado en una isla al noroeste de Alaska, y "Shish" es como los locales llaman cariñosamente al lugar. Para la banda este término representa la comunidad y la conexión con la tierra natal, por lo que sus textos exploran la identidad y la vida tan al norte de nuestro planeta.

El álbum lo abre su primer sencillo e indiscutible tema estrella, "Denali". Tras un largo comienzo ambiental y desasosegante, lo que entra es un poderoso primer riff de guitarra, y dieciséis compases después, otro riff de guitarra superpuesto aún más agresivo. Sin embargo, en cuanto aparece la melodía vocal el tema se aleja de su hardcore inicial y se convierte en uno de sus clásicos himnos de indie-rock, llamativamente cálido y luminoso para provenir de donde provienen... hasta que el siguiente intervalo instrumental retorne, si cabe, aún más rabiosamente hardcore... Y así esta aparentemente irreconciliable doble cara de la moneda se sigue desarrollando hasta el final (cómo será la cosa que hasta añaden un saxofón en las repeticiones finales del estribillo), y sin embargo, el resultado es bastante convincente, hasta el extremo de que la canción formó parte de mi lista de otras 20 canciones internacionales recomendables de 2025. De "Pittman Ralliers" podemos decir que es su segundo corte... pero ya no podemos hablar de su segunda canción, pues se distinguen dos claramente diferenciadas: una primera que directamente podrían haber firmado Korn, muy cruda en su comienzo, pero más incluso en su desarrollo (seguramente haya quien no la resista y termine pulsando el botón de forward) y, tras dos minutos, un tramo instrumental de casi un minuto que es pura música electrónica a lo Say Hi, que ni siquiera guarda relación alguna en cuanto a progresión armónica o a tempo con la anterior, y que a mi modo de ver y pese a su brevedad, resulta más interesante. Le sigue "Angoon", también elegida como tercer sencillo. Mucho más reposada e intimista que las anteriores en su comienzo, encierra otro estribillo de rock distorsionado tan inesperado como efectivo, incluso a pesar de su contraste con la interpretación en falsete de John Gourley. Para dar continuidad a ese carrousel de ideas del que les hablaba, la melodía de la segunda estrofa es absolutamente diferente a la de la primera, y la forma como guitarra y saxofón se dan réplica en el puente, original y efectiva. Un largo solo de guitarra en un tramo que evoca poderosamente al grunge de los noventa es la antesala a un tramo final, presidido por un sintetizador lento y un tanto inquietante, de peculiar melodía vocal que se extiende hasta su singularísimo cierre.

Pese a no haber sido elegida como sencillo, "Knik" es, con diferencia, mi corte favorito del álbum: a partir de un elegante arpegio de guitarra desarrollan un medio tiempo reposado en el que son capaces de aflorar una delicadeza envolvente que puede recordar a los The Neighbourhood más recientes. La melodía a dos voces de Gourley y Zoe Manville funciona de maravilla, el cambio en los acordes con el que enlazan estrofas y estribillos, toda una lección de solvencia, y su tendencia a enlazar ideas yuxtapuestas en pocos segundos está aquí más controlada a pesar de sus casi seis minutos, por lo que el resultado final es mucho más accesible para el gran público que la mayoría de cortes... Bueno, hasta que pasados tres minutos tenemos que hablar de una nueva canción adosada a la anterior, mucho más rockera y contundente, con una preciosa melodía y un fantástico solo de guitarra que, no obstante, no desentona con todo lo que nos había ofrecido la primera canción del tema. "Shish", el corte que da título al álbum, comienza con una chirriante melodía vocal, que parece japonesa aunque se supone que en realidad se inspira en su Alaska natal. En seguida evoluciona hacia una melodía más "convencional" (para lo que son ellos), porque el rock desabrido de sus dos primeros minutos da lugar a un medio tiempo de puro pop inspirado en los años ultimos años sesenta, luminoso y disfrutable... para volver luego a la melodía japonesa y a un crudo solo de guitarra... que da paso a otra parte coral completamente diferente a todo lo anterior. En suma, sirve perfectamente para representar los inabarcables vaivenes de este disco. "Mush" fue escogido en su momento como "doble cara A" junto con "Tanana", y desde su mismo comienzo se entiende el motivo: estamos ante el tema de tempo más alto del álbum, de guitarras aceradas y melodía vocal vertiginosa, incluyendo un doble interesante estribillo en el que se alternan las voces y breves intervalos realmente crudos. Aunque no podía faltar un medio minuto final en el que frenan el tempo y retiran instrumentos... hasta volver a la breve catarsis final. "Tyonek" es lo más parecido a una balada que encontraremos en el álbum durante su primer minuto, de melodía agradable e instrumentación discreta, pero que en realidad se transforma en otro tema completamente diferente, de puro hardcore, a partir de entonces, aunque su excelente estribillo, melodioso hasta el extremo, nos pueda volver a despistar. Es un corte al que cuesta acostumbrarse por sus contrastes, pero de los más disfrutables una vez nos acostumbramos a él.

"Kokhanockers", con su comienzo tan elaborado y su atmósfera relativamente reposada (guitarras eléctricas aparte), es seguramente el corte más psicodélico de un álbum al que ese término no se le puede aplicar tan extensivamente como en otras entregas, y también el que mejor entronca con los mejores momentos de "Chris Black Changed My Life". Una vez más el solo de guitarra, de duración limitada, se ajusta perfectamente a lo que el álbum requiere, y la coda final, casi otro tema diferente una vez más, pone el cierre perfecto con su progresión armónica en acordes mayores a un tema de melodía tan certera que cuesta creer que no se trate de una versión. "Tanana", penúltimo corte, fue como les decía el segundo sencillo a medias con "Mush", e incide en esos medios tiempos de indie-rock psicodélico que tanto dominan, hasta el punto de que por su riqueza instrumental y por el equilibrio que consigue añadiéndo a todo el elenco de músicos múltiples efectos en el estudio, la considero el corte mejor producido del álbum. Porque una vez más cuesta hablar de una única canción al escuchar una parte nueva que tiene personalidad propia. Y el cierre lo pone "Father Gun", que de nuevo arranca con unos compases que no guardarán relación alguna con el resto del tema, pues en seguida nos encontramos con un pasaje de virtuosismo hardcore... que en seguida baja las revoluciones y se vuelve más accesible con su melodía "marca de la casa"... Aunque la rabia de los tramos más ásperos irá volviendo periódicamente tanto en las partes vocales como en las instrumentales... como durante prácticamente todo el álbum.

Si han conseguido situarse en el análisis de los diez cortes, no les extrañará que concluya diciendo que las sesiones de grabación de "SHISH" perfectamente podrían haber dado para convertirlo en un disco doble; tal es la cantidad de ideas, pasajes y trozos que aparecen y desaparecen por aquí y por allá. Pero ya sabemos que Portugal. The Man son una anomalía en el panorama musical, y mientras que tantos y tantos artistas repiten hasta la saciedad una misma progresión armónica y repiten en distintas canciones las mismas percusiones o los mismos plugins del Ableton o del Cubase, a Gourley y compañía lo que les gusta son los saltos mortales, la exploración sin fin de las posibilidades de un tema hasta que desemboca en otro completamente diferente, y el reto de volver a encajarlo con la idea original. Por ello es un disco que requiere muchas escuchas; es la única manera de empezar a situarse, y de comenzar a apreciarlo. Pero si salen airosos del reto, descubrirán un disco adictivo, al que se vuelve no ya para digerirlo, sino para disfrutarlo. Así que sólo queda que sigan con ganas de seguir explorándose a ellos mismos y poniéndonos a prueba a todos los que nos cansa la exasperante previsibilidad de casi toda la música contemporánea, sea del estilo que sea.

jueves, 7 de mayo de 2026

Bob Moses - "BLINK" (2025)

A pesar de encontrarnos ya en el mes de Mayo, aún sigo reseñando álbumes que se me habían quedado pendientes de los últimos meses de 2025, el periodo más fecundo en novedades musicales interesantes desde la pandemia de 2020. Así que ahora voy a adentrarme en "BLINK", el cuarto álbum de estudio del dúo de Vancouver Bob Moses. Un disco que llega tras un cambio de discográfica. Y es que a pesar de contener buenos momentos, ni "Battle Lines" (2018) ni "The Silence In Between" (2022) consigueron mantener las expectativas comerciales que se habían creado en torno a ellos con su álbum de debut ("Days Gone By", 2015), por lo que el vocalista y guitarrista Tom Howie y el productor y teclista Jimmy Vallance se vieron obligados a dar continuidad a su carrera en AWAL Recordings, un sello independiente. Un cambio a menor que suena a proyecto que se desinfla, pero que en este caso ha supuesto una apreciable revitalización estilística y una mayor inspiración creativa.

Producido principalmente por los propios Bob Moses, el cambio más evidente de este cuarto álbum frente a sus dos predecesores es la producción electrónica de baile, con menor presencia de guitarras y más de sintetizadores brillantes y percusiones contundentes. Aunque ello no les aleja de la elegancia habitual de su sonido, ni de la forma en la que siguen jugando con el equilibrio entre el pop y el dance, entre el ritmo hedonista y las letras reflexivas. Condensado en tan sólo diez canciones y treinta y ocho minutos, es un disco directo, sin espacio para el aburrimiento, y con las dosis justas de variaciones entre sus temas para que no dé la impresión de que estamos escuchando el mismo una y otra vez. Sin olvidarnos de la imprescindible inspiración compositiva, que aquí se traduce en una mayor naturalidad creativa que en sus dos álbumes anteriores, como si hubieran agradecido abandonar la obligación de crear pelotazos comerciales para poder ser ellos mismos y gestionar su proyecto conforme a su criterio, sin exigencias discográficas.

El álbum empieza por todo lo alto con "Time of Your Life", que fue también elegido como primer sencillo y tema estrella del disco, además de ser mi momento favorito del mismo. Y en el que se aprecia claramente esa consolidación de un sonido más electrónico y bailable, a pesar de no recurrir a un tempo muy alto. Pero lo más llamativo es, sin duda, el optimismo que desprende, tanto en su letra como en su melodía, incluso en el infeccioso teclado que arropa las voces de Howie. Y que se complementa con otro disfrutable sintetizador que rellena los intervalos instrumentales. Sólo se le puede reprochar su brevedad excesiva, un hecho que no fue obstáculo para que formara parte de mi lista de mejores canciones internacionales de 2025. El dúo se lo sigue poniendo fácil a quien se adentre en "Blink", pues el segundo corte fue también el segundo sencillo extraído: "Waiting on the World" se ajusta más claramente a ese giro hacia el deep house que mencionaba antes, por su tempo más alto, su atmósfera más oscura, sus maquinales intervalos instrumentales monocordes, el despliegue de sintetizadores que arropan la progresión armónica... Tal vez Howie abuse de doblarse las voces en el estribillo, y el piano que lleva los acordes en el estribillo y la parte nueva (que no es tal) es posiblemente demasiado sencillo, pero se trata de un pasaje convincente. La colaboración de CRi (o lo que es lo mismo, Christophe Dubé, un artista de música electrónica de Quebec) en el tercer corte deja claro que la profundización en la vertiente electrónica de "Blink" es global: "Keep Love Waiting" es un tema envolvente y elegante, muy en la línea que se le supone a los mejores Bob Moses, con una melodía de notas altas y una notable producción en la que los instrumentos van entrando poco a poco para realzar su vocación de llenapistas antes de ir desvaneciéndose para regresar en busca de la catarsis final, y que con buen criterio fue recientemente escogido como quinto y último sencillo.

El dúo sigue poniendo todas sus cartas sobre la mesa con "Last Forever", cuarto corte y tercer sencillo, además del tema de melodía más sinfónica y uno de los más asimilables al deep house que citan como una de sus influencias principales. Tanto es así que Vallance se limita en los tramos instrumentales a repetir con su sintetizador la frase "Wish I could find the way to make it last forever" con la que Howie cierra un estribillo en el que la temática de la fugacidad del tiempo, presente en todo el disco, se hace aquí especialmente palpable. Eso sí, tampoco en esta oportunidad hay parte nueva que enriquezca la canción, y los cambios se limitan a un pasaje reposado de algunos de los versos ya conocidos. "We Made It" es el primer corte no extraído como sencillo con el que nos topamos, pero ello no obedece a un cambio estilístico significativo: nuevamente contraponen a una progresión armónica y una melodía elaboradas un ritmo obsesivo con un bajo sintetizado sobredimensionado, y sin miedo a añadir pistas a su potente base percusiva. Sólo algo tan subjetivo como su capacidad para emocionar explica un menor protagonismo frente a sus cuatro predecesoras. "Higher Ground", sin cambiar estilísticamente de tercio, es quizá uno de los mejores momentos no extraídos como sencillo: un tema directo (3 minutos justos), de comienzo cálido y que en seguida evoluciona a un tempo alto, un ritmo bailable con percusiones más adictivas que contundentes, y teclados en trémolo. El contraste entre las estrofas en tonos bajos y el estribillo en tonos altos funciona perfectamente, además de permitir apreciar la versatilidad vocal de Howie. "Better Broken", séptimo corte, es seguramente el que mejor entronca con el sonido de "The Silence In Between", algo evidente desde su mismo comienzo con el arpegio de guitarra eléctrica en primer plano y un ritmo sincopado que la aleja de las pistas y le otorga una mayor transcendencia. Un estribillo más complejo de interpretar que cautivador, y el hecho de que repitan exactamente la misma progresión armónica de principio a fin le restan puntos, aunque el resultado es agradable.

"Mine to Hold" sube el nivel con su colchón de sintetizadores desde el mismo comienzo y un desarrollo en el que bombo y caja se hacen de rogar, aunque cuando llegan rematan perfectamente la composición. El estelar teclado de Vallance tras el segundo estribillo y el tramo final recuerdan poderosamente a los momentos más house de los australianos Rufüs Du Sol, con los que comparten elegancia y melodías vocales de notas altas. El penúltimo corte, "No One Has to Know" es el único radicalmente distinto a sus compañeros de álbum. Y es que aquí el dúo nos ofrece la única "balada" del álbum. Y entrecomillo el término porque, en efecto, es un tema de tempo bajo y sensibilidad a flor de piel, pero lo elaborada de su programación electrónica, con redobles continuos, hi-hats que entran y salen, y samplings complementarios, se alejan de la sencillez de este tipo de canciones. Pero tanto el melancólico teclado de Wallace que lleva los acordes, como la sentida interpretación de Howie, y una melodía sugerente, la hacen apta para tal calificativo. Aunque eso sí, todo ello en apenas dos y minutos y medio. Y de manera llamativa, el dúo renuncia a que este "lento" cierre el disco, lo que habría sido perfectamente natural, y reivindica hasta el final su mayor dosis de hedonismo y disfrute colocando como corte final "Blink", el tema que da título al disco, además de su cuarto sencillo. Estamos ante la canción más larga del álbum, aparte de la más llamativa en sus arreglos (con percusiones que recuerdan a las del "Homogenic" de Björk y teclados que reproducen sus notas en sentido inverso, creando unas capas que envuelven las extensas estrofas de Howie). Y con significativos cambios en los instrumentos que van apariciendo y desapareciendo conforme avanza el minutaje (tanto que sólo el piano que marca los acordes permanece prácticamente invariado a lo largo del mismo). Personalmente a mí me parece una meritoria actualización de ese dance envolvente que creaba hace unas décadas el productor William Orbit, además de la mejor evidencia de sus ganas por explorar variaciones en su sonido sin renunciar a su personalidad.

A pesar de este cierre francamente convincente, "BLINK" seguramente siga sin ser ese álbum redondo que Bob Moses siempre han parecido a punto de entregar: falta algún tema más de postín, algo más de riesgo en determinados momentos, estribillos más asequibles, partes nuevas que lleven algunas de sus mejores composiciones a otra dimensión... Y es que no todo lo pueden solucionar intervalos instrumentales desnudos o crescendos catárquicos. Pero sí me parece una saludable vuelta a sus orígenes, alejándose de ese convencionalismo que le restaba puntos y les encorsetaba en cierta medida. Aparte de que el grueso de las diez composiciones del álbum rayan a gran altura, como muestra que de la mayoría de ellas he incluido el enlace de Youtube. Así que esperemos que este retorno a la senda en la que más pueden aportar al panorama musical no sea algo transitorio, y que esa menor distribución comercial quede contrarrestada por una libertad creativa aún mayor. Porque talento tienen de sobra.

miércoles, 22 de abril de 2026

Nation Of Language - "Dance Called Memory" (2025)

Una entrada más contiúno reseñando álbumes del último tramo de 2025 que se me habían quedado en el tintero, pero que, en mi opinión, merecen una entrada independiente. Y es que el último tramo del pasado ejercicio fue seguramente el más apasionante en cuanto a novedades musicales desde la pandemia, una tendencia positiva que confirma el revitalecimiento de la creatividad musical de la que ya llevo tiempo hablándoles. Además, el caso que hoy nos ocupa es particularmente interesante, porque se trata de la segunda vez que el trío neoyorkino Nation Of Language aparece por aquí, pero lo que voy a desgranar es su cuarto álbum, "Dance Called Memory". Y ello implica, como podrán imaginar, una recuperación de las mejores sensaciones por parte de una banda que resultó muy prometedora en sus inicios, pero que se había desinflado un tanto en sus dos entregas posteriores.

En efecto, quienes siguen desde hace años este blog probablemente recuerden que en su momento reseñé su álbum de debut, "Introduction, Presence" (2020), en el que, a pesar de que su mirada al post-punk y al incipiente synth-pop coincidente con el cambio de la década de los setenta a los ochenta era tal vez demasiado obvia, se apreciaba en varios cortes un talento que iba más allá de la mera recreación de un sonido indudablemente relevante pero ya un tanto pasado de moda. Sin embargo, la continuación de dicho álbum ("A Way Forward", 2021), llegó tal vez demasiado rápido (ya saben, el miedo al siempre difícil segundo álbum: que se olviden de nosotros, que respondamos a las expectativas, que ampliemos nuestra repercusión...), y me pareció claramente inferior, hasta el punto de no salvar siquiera alguno de sus sencillos para mi lista de mejores canciones de aquel ejercicio. Y tras dos años de silencio, el que en apariencia iba a marcar su trayectoria como banda ("Strange Disciple", 2023) resultó de nuevo una pequeña decepción, relativamente plano y escaso de momentos que engancharan. Por tanto, cuando afronté la escucha de "Dance Called Memory" lo hice con las expectativas relativamente bajas, casi esperando que fuera su canto del cisne. Sin embargo, me encontré por fin con algo más de personalidad en su sonido, y sobre todo, con un puñado de composiciones que recuperaban o incluso superaban la brillantez de su álbum de debut. Así que por eso los tienen por aquí de nuevo.

El álbum lo abre "Can't Face Another One", lo que constituye una clara declaración de intenciones. Porque sólo así se debe entender una apuesta por un tema lento (podríamos hablar de una balada) para arrancar un disco a cargo de un grupo cuyas referencias estilísticas y cuyas supuestas habilidades creativas y musicales se alejan por completo de las canciones "lentas". Y sin embargo, la propuesta funciona. A destacar en el éxito de la misma tanto la notable y sentida interpretación vocal de su líder Ian Devaney (que ha mejorado sus habilidades vocales, sin llegar obviamente a ser un portento), como la manera en la que consiguen acompañarla, con unas guitarras suaves y sencillas, un teclado en bucle y otro más étero que transmiten el sosiego necesario para una letra tan desoladora ("I don't wanna break my fall"). Y cómo va creciendo en intensidad sin necesidad de endurecer la percusión. Le sigue "In Another Life", que ya sí retoma el tempo alto, las melodías pop y la sonoridad de los primeros ochenta (algo que queda bien claro desde que arranca el arpegio de la steel guitar de Devaney). Aunque su "estribillo" (si es que podemos considerarlo como tal) no sea particularmente adictivo, el contraste entre las notas de la guitarra de Devaney y la melodía vocal llevan el tema a un nivel que probablemente no habían alcanzado desde su álbum de debut. Le sigue "Silhouette", un tema que renuncia a una melodía pop adictiva como la de su antecesora, aunque, como puede apreciarse en sus interpretaciones en directo, no al casi predecible sonido espartano, en el que una sencilla caja de ritmos y el bajo de notas precisas de Alex MacKay bastan para sostener la canción. Sin olvidarnos de la intensidad de su meritoria parte nueva. El cuarto corte, "Now That You're Gone", pese a no haber sido escogido como sencillo, es musicalmente uno de sus momentos álgidos desde ese comienzo rotundo en el que el contagioso bajo de MacKay y el teclado sinfónico de Aidan Noell en perfecta armonía captan inmediatamente nuestra atención. El ritmo sincopado de la caja de ritmos (casi un dembow) puede no parecer el más adecuado para una banda como Nation Of Language, pero el caso es que entronca perfectamente con los largos pasajes instrumentales a lo New Order, en los que se nota al trío disfrutado. Si bien es cierto que la ausencia de una estructura clara estrofa - estribillo la puede volver un poco menos accesible que otras canciones del álbum.

"I'm Not Ready for the Change" puede desconcertar con su comienzo más propio de una banda sonora de una película sobre la exploración espacial, pero en seguida se vuelve uno de los temas más asequibles del disco. Y ello a pesar de que la afinación de la guitarra de Devaney parece (cosa de los efectos) alterada a conciencia para que suene mal. Pero a unas estrofas disfrutables le sigue el estribillo más completo del disco, por lo que no es de extrañar que fuera elegida como segundo sencillo de presentación. Más considerando el intenso teclado que va saltando en bucle a partir del segundo estribillo, que ayuda a que el tema evolucione satifactoriamente hasta el final. "Can You Reach Me?", decididamente más acústica aunque no por ello menos disfrutable, lo fía casi todo a su melodía apoteósica... hasta que entran los estridentes teclados de Noell. Y el inesperado bajo programado que vertebra el estribillo sin percusión alguna pone la nota de originalidad al tiempo que refrenda esa mayor personalidad musical de la que les hablaba al comienzo. Algo que se extiende a los vertiginosos cambios de acordes de la guitarra antes de la parte nueva, tan solventes como más propios de los que hacían bandas como Love hace casi sesenta años. En todo caso, mi momento favorito de "Dance Called Memory" es "Inept Apollo", que ya desde su comienzo industrial parece el eslabón perdido entre el "Movement" de New Order y el "A Broken Frame" de Depeche Mode: tempo alto a pesar de su ritmo sólo ligeramente marcado, una melodía que juega a ser pop clásico sin serlo, y que no deja de evolucionar (comparen, por ejemplo, los versos de su primera estrofa con los de la segunda). Y el estribillo que arranca con "How many miles ago?", aunque puede chocar un poco por contraste, termina funcionando... como enlace a esos intervalos instrumentales presididos por un teclado juguetón que seguramente les recuerde a The Human League. No es de extrañar que fuera escogida como primer sencillo, ni tampoco que formara parte de mi lista de mejores canciones internacionales de 2025.

El último tercio del disco arranca con "Under The Water", que podría haber sido la mejor canción del álbum... si se hubieran decidido a ir a por todas en su instrumentación. Porque su progresión armónica en acordes mayores es irresistible desde su mismo comienzo, cuando la machaca el bajo sintetizado con arpegio de repetición alta... y más incluso cuando en la segunda estrofa un teclado programado luminoso la lleva a cotas más altas de disfrute. Pero también porque su melodía de notas largas es casi un himno, y Devaney la interpreta con un respeto reverencial. Pero como les decía creo que el tema pide a gritos "explotar" a partir de su segundo estribillo, algo que habría requerido una caja de ritmos contundente y una guitarra eléctrica que llevara el ritmo... pero nos quedamos con las ganas. Aun así, fue escogida como tercer sencillo por la incuestionable calidad de su composición. "In Your Head", penúltimo corte, más fría y rítmica que su predecesora, no aporta sorpresas desde el punto de vista musical, pero su cuidada melodía, los sencillos efectos con los complementan uno de los ritmos más claramente cuaternarios de todo el álbum, y especialmente los tramos instrumentales que arrancan a partir del segundo minuto, la convierten en otro de los pasajes más meritorios del mismo. Aunque lo mejor es la rabia (en su voz y en su guitarra) que despliega Devaney desde ahí hasta casi el final. Y, quizá para cerrar el círculo de manera análoga a como lo abrieron, el trío concluye el viaje con "Nights of Weight", otra balada de induddable calidad aunque de propuesta casi minimalista: apenas la guitarra y la voz de Devaney, una melodía triste y una letra desoladora puntualmente arropadas por un sencillo teclado de Noell o por el bajo de MacKay. Y que en tres minutos justos tiene tiempo suficiente para dejarnos tocados con su intensidad. Y para confirmar que Nation Of Language ha recuperado definitivamente su mejor versión en estas diez canciones.

A pesar de la consolidación en su trayectoria que supone este cuarto álbum, es justo reconocer que los de Brooklyn siguen sin ser una propuesta para todos los públicos. Por una parte, su mirada al pasado los aleja de las modas actuales y los confina a un ámbito minoritario. Por otra, su insistencia en una producción espartana, aunque ésta funciona por su inteligencia a la hora de escoger los escasos instrumentos y por la calidad de prácticamente todas sus composiciones, les limita creativamente. A pesar de su mayor personalidad, sus referencias musicales continúan siendo un tanto obvias. Y aspectos menores, como la más bien deficiente vocalización de Devaney, les dificultan el acceso a mercados donde la música en inglés, si se entiende bien, podría alcanzar una mayor repercusión. De todas formas, si se fijan, no he dejado sin enlace de Youtube ni una sola de sus canciones. Y eso es mucho decir en estos tiempos. Pero es que al disco no le sobra absolutamente nada, y es una excelente demostración de que con buenas composiciones y solvencia interpretativa se puede llegar muy lejos. Dado que lo segundo se presupone que lo seguirán manteniendo, ahora sólo queda esperar que sigan para adelante como banda, y que en su siguiente entrega las partituras mantengan el tipo.

lunes, 6 de abril de 2026

Florence + The Machine "Everybody Scream" (2025)

En esta entrada continúo con las reseñas de álbumes de 2025 que se me habían quedado pendientes. Llego ahora a "Everybody Scream", el sexto álbum de Florence + The Machine. Uno de los lanzamientos más esperados del pasado ejercicio, tanto por el prestigio de Florence Welch como por el hecho de que llegaba tras tres años y medios de silencio y unas dificultades personales que estuvieron cerca de costarle la vida. Expectativa que se reflejó tanto a nivel comercial (el disco llegó a número uno en el Reino Unido y al número cuatro en Estados Unidos a finales del año pasado), como a nivel de crítica, con unas valoraciones que oscilaron entre las categorías de "notable" y "excepcional". Ya les adelanto que yo me inclino por el "notable", dado que no me parece el mejor disco de la galesa, pero sí que considero que supone una clara mejoría frente a sus dos entregas anteriores ("High as Hope", de 2018, y "Dance Fever", de 2022). Algo en lo que probablemente haya influido el cambio de colaboradores, puesto que en "Everybody Scream" apoyan a Welch a la hora de componer y producir Aaron Dessner (el guitarrista de The National) y Mark Bowen, guitarrista de la banda galesa Idles.

Con su personalidad desbordante siempre presente, Florence + The Machine siguen en esta sexta entrega de las modas imperantes y mantienen sus señas de identidad habituales: doce canciones (sólo una por debajo de los tres minutos ), bases rockeras, letras comprometidas sin alinearse necesariamente con el buenismo actual, instrumentación singular (con las omnipresentes harpa y sección de cuerda) y alejada de las programaciones y la electrónica, y mucho espacio para el lucimiento interpretativo de la galesa. Es decir, sin sorpresas frente a discos anteriores, si acaso cabe apreciar una mayor homogeneidad estilística que en sus dos primeros discos. Por lo que el mejor o peor resultado depende esencialmente de la inspiración a la hora de componer los nuevos temas, y en menor medida, de la habilidad de Dessner y Bowen para hacerlos crecer hasta extraerles el máximo partido. Ambos factores están razonablemente conseguidos, y por eso mi impresión favorable, aunque creo que ambos frentes (composición y producción) podían haber dado más de sí.

El tema que da título al álbum, "Everybody Scream", también elegido como primer sencillo, se encarga de abrirlo: los iniciales coros femeninos elaborados y barrocos dan paso a un ritmo sencillo y contundente, de base rockera. La progresión armónica es válida, pero en mi opinión ya en las estrofas los gritos del coro no terminan de casar con la voz de Welch. Y la larga parada que hace las veces de puente antes del estribillo termina de cortar la dinámica del tema, por lo que su más que decente estribillo ya no es capaz de remontar el vuelo (y menos aún cuando entre la segunda estrofa y el segundo estribillo volvemos a padecer la misma parada). Y porque la coda final (otros coros diferentes, aunque afortunadamente sin gritos), tampoco es nada allá. Y es que dedicar tanto tiempo para los gritos es una idea original y sirve de base para la temática del disco, pero es contraria al disfrute global de una composición así. Afortunadamente con "One of the Greats" la propuesta de la galesa recobra la senda esperada por sus seguidores. Segundo sencillo, su pausado rasgueo de guitarra eléctrica inicial avisa de que nos encontramos ante un medio tiempo intenso, de ritmo sincopado, larguísimas estrofas, estribillo tarareable, una especie de parte nueva en la que Welch suelta toda su verborrea sin alterar la progresión armónica, y el habitual barroquismo creciente en su elaborada producción. Seguramente se trata de la letra más destacada de todo el disco, pues trata sobre la misoginia y el sexismo en la industria musical, refiriéndose en todo momento a una rock star masculina sin revelar su nombre. Y quizá la reiteración de la misma progresión armónica sea el principal defecto de la canción, más aún teniendo en cuenta sus cerca de siete minutos. "Witch Dance" es un tema discreto en ek que la galesa tira de oficio. Porque en realidad las estrofas son más llamativas por la evocadora repetición de lo que parece un ritmo para realizar un conjuro, acompañado por los "ululos" del coro femenino, que por la melodía que canta Wells. Y su extenso puente - estribillo sirve para apreciar de nuevo sus cualidades vocales, pero no es una melodía fácil de digerir. Por lo que lo más interesante es su parte nueva - tramo final a lo Tori Amos, con el piano recorriendo las escalas y una melancolía sugerente. El cuarto corte, "Sympathy Magic", fue también el tercer sencillo, y sin duda el más digerible de todos los extraídos, por lo que fue la que elegí para formar parte de mi lista de las 20 mejores canciones de 2025. Mucho más luminosa que sus tres predecesoras (gracias a sus acordes mayores y a un tempo apreciablemente más alto), la forma como el harpa y la sección de cuerda arrancan es realmente meritoria. Y sobre todo, posee un melódico estribillo en notas altas que permite exhibir a Welch la potencia de su voz y sus pulmones. Y aunque nuevamente no se atreve a cambiar de progresión armónica, su tramo final, con las percusiones en primer plano y el teclado más estridente de todo el conjunto, nos avisa de que el ubicuo productor de música electrónica Danny L. Harle está colaborando en la producción, pese a que perfectamente podría haber pasado desapercibido.

"Perfume and Milk", un título francamente sugestivo, nos adentra en la parte menos conocida del álbum, y sirve para confirmar el buen nivel general del mismo. Otra pieza de rock barroco de energía contenida que nunca llega a explotar, posee una de las mejores melodías del disco en sus estrofas (incluso al margen de las subidas y bajadas por el pentagrama con las que la adorna Welch). Aunque en realidad no debería hablar de estrofas, pues ello implicaría hablar de un estribillo que no existe como tal, sólo una sucesión de versos. Por otra parte, es digno de mención cómo Aaron Desner, sin introducir variaciones llamativas en la instrumentación, logra que el tema se extienda hasta los cuatro minutos. "Buckle", sexto corte, ha sido el cuarto y último sencillo extraído. Una decisión acertada, en mi opinión, pues se trata del segundo tema con la melodía más definida y accesible del disco: hasta el primer puente sólo la sostiene la guitarra acústica y la voz de Florence, pero una vez llega el puente van entrando instrumentos y, en especial, un acertado cambio de tonalidad en algunos acordes que la vuelve mucho más rica musicalmente. Curiosamente carente de cualquier percusión, bastan simplemente los coros femeninos y algún instrumento en segundo plano para llevarla hasta el final, aunque creo que la composición demandaba un mayor despliegue de instrumentos en ese último tramo. "Kraken", otro título singular, recupera el tempo más alto y nos devuelve a la Welch más rítmicamente intensa de sus primeros tiempos. Aunque el bajo volumen de sus instrumentos y la suavidad de su interpretación vocal en sus estrofas no lo hacen prever. Pero cuando llega el puente ella se empieza a desmelenar, y nuevamente los coros terminan desempeñando un papel fundamental, pues hacen las veces de estribillo. Si bien, como en los dos cortes anteriores, creo que para redondear la canción habría hecho falta que esta explotara, y personalmente el sonido de la batería me parece bastante pobre. El piano que abre "The Old Religion" interpreta otra interesante progresión armónica en sus estrofas, que esta vez sí cambia (aunque no en exceso) en el estribillo. Y sobre ella la melodía de Welch posee la ductilidad suficiente para que ella la lleva a su terreno (más grave en sus estrofas, más aguda en su estribillo, disfrutable en todo caso). Además, posiblemente se trate de su letra más personal, dado que explora la adicción, la recuperación y la recaída utilizando la "vieja religión" como una metáfora de patrones destructivos pasados.

"Drink Deep", con su cinematográfico comienzo propio de una película de suspense en la tenebrosa Gran Bretaña rural, nos propone el que seguramente sea el momento más épico y personal de "Everybody Scream". La interpretación de Welch es, como siempre, excelente, pero la forma como arrastra el "deeeeeep" en los estribillos resulta un poco cargante. Y es una lástima, porque las estrofas sí merecen la pena, pero la cadencia y el ritmo apenas marcado tampoco ayudan, y la estruendosa explosión instrumental que proponen Harle y Dessner es más interesante que cautivadora, por lo que nos hallamos ante uno de los momentos más flojos del disco. "Music by Men" empieza intemporal, con la guitarra acústica de Aaron Dessner marcándole la progresión armónica a la interpretación vocal de Welch. Y lo que sigue es igual de intemporal: un tema reposado, con instrumentos que van incorporándose sin llamar la atención, y un estribillo en el que Welch demuestra poderío y arrepentimiento ("I know how to fall in love, I do it constantly, I fall in love with everyone I meet for 10 minutes at least") a partes iguales. Podría haber formado parte de cualquiera de sus álbumes pasados, pero también de los que estén por venir, y esto puede ser tanto una virtud como un defecto. A mi modo de ver el nivel sube con "You Can Have It All", el penúltimo corte. Empieza si cabe más sigilosa que las anteriores, pero la tensión de sus estrofas es patente, y la oscuridad presente no es sino un anticipo de la tormenta que está por venir... y que llega en un estribillo de tintes cinematográficos (a mí me gusta imaginármelo para redondear la secuencia estelar de una película de James Bond). La sección de cuerda chirriante sin llegar a desafinar aporta el toque de originalidad en la instrumentación. Y el final un tanto repentino sea quizás lo menos logrado, pues creo que podía haber durado un poco más y haber dado para un buen tramo instrumental final. Y, como era de esperar, el cierre lo pone el baladón del disco: "And Love" es un lento de corta duración, en el que al inevitable piano y a la esperada harpa se le superpone un original sintetizador que hace las veces de caja de música. La delicada interpretación de Welch ayuda a que el tema pueda pasar por una canción de las menos comerciales de Adele... hasta que se anima a interpretar las últimas frases una escala por encima, en un alarde de virtuosismo muy poco habitual. Y el optimista mensaje de su letra (ese "Peace is coming" que repite) el mejor reflejo de que, superados sus problemas personales, el balance vital y musical tras estas doce canciones es positivo para ella... y para nosotros.

Como pueden ver, he destacado con su enlace de Youtube siete de los doce cortes (y podría haber añadido alguno más), lo que refrenda ese balance notable del que les hablaba al principio. Respecto a los márgenes de mejora en la composición, probablemente coincidan en que el disco abusa de repetir la misma progresión armónica de principio a fin en muchos temas, y se echa de menos algún cambio de tonalidad que aporte riqueza al conjunto. La producción es compacta y homogénea, y el disco suena 100% a Florence + The Machine, pero creo que el sonido podía haber sido un poco más pulido (sobre todo en las frecuencias altas), las percusiones un poco más contemporáneas y, especialmente, haberse arriesgado un poco más con algunos cortes, para que a lo largo de su minutaje fueran creciendo y se volvieran más disfrutables e incluso distinguibles; tal cual han quedado, no es difícil confundir entre sí algunas canciones (especialmente en el tramo medio del álbum), y se echa en falta más rabia descontrolada. Aun así, un disco con la profundidad, las canciones, la personalidad y el mensaje de "Everybody Scream" siempre va a llamar la atención, y en este caso ha ayudado a consolidar (si es que hacía falta a estas alturas) a Florence Welch como una de las grandes artistas de nuestro tiempo, tanto a nivel de crítica como de público. Sólo queda esperar que siga así muchos más años.

martes, 17 de marzo de 2026

Circa Waves - "Death & Love" (2025)

Con esta entrada prosigo mis reseñas de álbumes relevantes publicados durante los últimos meses de 2025. La de hoy era ya una entrada esperada para los seguidores de este blog, puesto que hace unos meses reseñé por aquí "Death & Love, Pt. 1", el sexto álbum de la banda de Liverpool Circa Waves. Un álbum que añadía explícitamente la coletilla de "parte 1" porque ya cuando fue publicado se anunció como una primera parte de un álbum que se vería completado a finales de año con una "parte 2". En lo que representaba una arriesgada estrategia comercial, pues en el fondo se estaba obligando a sus seguidores a desembolsar el precio de dos álbumes en vez del de uno solo. Si bien, a cambio, permitía disfrutar de aproximadamente la mitad del mismo unos meses antes. El caso es que a finales de Octubre se publicó la que finalmente no fue la segunda parte, sino un álbum que ya perdía la coletilla de "part 1" al doblar el número de sus pistas y pasaba a llamarse simplemente "Death & Love". Es decir, el álbum definitivo incluye los nueve temas ya conocidos desde principios de año más otros nueve que son, en realidad, esa segunda parte que nunca llegó a ver la luz como tal. Por lo cual, a la hora de reseñar el álbum completo, les remito a mi entrada de "Death & Love, Pt. 1", que ahora mismo voy a completar con la reseña de las nueve canciones adicionales.

Lo primero que debo decir es que este galimatías, y esta obligación de pagar una segunda vez por las primeras nueve canciones ya conocidas, no afecta en absoluto a la homogeneidad del álbum: "Death & Love" es un álbum cohesionado de principio a fin. Lo que no significa ni mucho menos una uniformidad estilística, pues el cuarteto ya nos tiene habituados a expandir su indie-rock de referencia para acercarlo al pop acústico, al sonido retro de Nueva York de comienzos de los 2000, o incluso a canciones que podrían sonar en las pistas de baile más cool. Pero la sensación de estar escuchando un todo y no dos partes separadas es innegable. Algo a lo que seguramente ha contribuido que Kieran Shudall, su cantante y líder, haya ejercido también como productor de todas las canciones, las cuales además se han registrado en los mismos estudios. Otra cuestión es cuáles pueden haber sido las razones para entregar cada uno de sus dieciocho temas en una y otra mitad, porque no hay ninguna clave en su sonido ni en su temática que lo justifique. Lo que sí me atrevo a afirmar es que, aun siendo el "Pt. 1" un disco meritorio, el "Pt. 2" le supera en inspiración y versatilidad. Logrando así que los casi cincuenta y nueve minutos de la versión completa del disco no se hagan largos en absoluto. Aparte de constituir una rara avis en un panorama discográfico en el que cada vez son más frecuentes los álbumes de diez temas o menos, y apenas media hora de duración.

Este "Pt. 2" lo abre "Lost In The Fire", el que viene a ser el décimo corte del álbum definitivo. Tres minutos de rock contundente y vertiginoso, sin sorpresas: sólo una buena progresión armónica, una melodía cargada de energía, guitarras aceleradas por los dos canales, y un estribillo francamente disfrutable. Al ser, como casi todos, un tema corto, no se echa de menos una parte nueva, y el solo de guitarra, aunque podría haber durado el doble de compases, cumple su cometido. Le sigue "Stick Around", segundo sencillo de la versión completa del álbum o, si lo prefieren, quinto sencillo en total. Un tema que mantiene el tempo alto y la pugna de las guitarras de Joe Falconer y el propio Shudall, cada una por su canal, pero con una mayor luminosidad y vocación pop. Es un tema correcto tanto a nivel compositivo como interpretativo, pero prefiero al cuarteto cuando adopta un sonido más personal y toman más riesgos en sus arreglos; me suenan más auténticos que aquí. Así que indudablemente me quedo con "Cherry Bomb", primer sencillo de esta segunda parte, y que también apareció hace unas semanas en mi lista de las veinte mejores canciones internacionales de 2025: un ritmo algo más pausado y contundente, unas estrofas en las que los arpegios de guitarras se entrecruzan con los loops de sintetizadores, un puente que enlaza perfectamente con las estrofas y prepara para un estribillo en el que las voces femeninas ponen el ingenuo contrapunto... Y luego la forma como la canción va añadiendo y quitando instrumentos... y una excelente parte nueva que cambia la tonalidad y renuncia a una melodía cantada para ofrecernos el mejor solo de guitarra eléctrica de todo el disco, más original que virtuoso. Sin olvidarnos de una letra que parece un tributo a la lealtad de otras personas.

"Ten Outta Ten" baja el tempo y parte una curiosa melodía instrumental de reminiscencias japonesas para, a partir de ahí, construir uno de los pasajes menos previsibles del conjunto, conformado por varias partes difíciles de enlazar aunque no lo parezca, delicado, y con detalles atípicos como el estallido cada cuatro compases en el estribillo, o un segundo estribillo que acelera el ritmo y nos propone una guitarra que es puro funky... acompañada por una percusión... No es de extrañar que, para poder encajar la segunda estrofa Shudall tenga que parar completamente el tema... o que el tramo instrumental del final, en realidad un estribillo sin melodía vocal, suponga un cierre tan meritorio. El quinto corte, "Love Me For The Weekend", es otro reflejo del fantástico momento creativo de los de Liverpool: ya el teclado etéreo que va y viene en su comienzo predispone para lo que está por venir: un tema rápido de melodía optimista y base rítmica apta para dejarse llevar. Aunque sin duda lo más llamativo son todos las continuas subidas y bajadas de tono de las distintas partes de que consta, un recurso que hace décadas era relativamente habitual, pero que ahora nadie apenas usa, quizá por lo complicado de ir adaptando acordes y notas a esos continuos cambios. Y todo eso, más una meritoria parte nueva, en menos de tres minutos. "Sunbeams" es otro temazo, aunque claramente diferente a su interior: esta vez una batería programada sirve de base a un tema que apuesta por la sutileza desde su mismo comienzo, con una saludable desnudez instrumental (sobre todo en sus estrofas), y varios detalles electrónicos como las voces sintetizadas en el estribillo. Aunque lo que me gusta es la efectividad del arpegio de guitarra de Falconer antes y después de una extensa parte nueva que consiguen encajar en solo tres minutos.

El tercio final de la "segunda parte" lo inaugura "Old Ballons", que tras un inicio suave con un sintetizador nada electrónico deviene en un tema de tempo alto y corte poppy cien por cien british (tanto que casi nos podemos imaginar a Damon Albarn interpretándolo, en el periodo más pop de Blur: los "oooh oooh", el ritmo pesado de su estribillo, la psicodelia de su parte nueva... todo podría pasar como una recreación, tres décadas después, de su recordado "Country House"). Al escuchar el arranque "Sweet Simple Thing" con sus dos guitarras acústicas en primer plano, es posible que nos pongamos a consultar el tracklist para asegurarnos de que no es ésta la canción que cierra el álbum, pues todo apunta a ello: la melancolía de la melodía y la interpretación vocal de Shudall, la honestidad de su letra con el amor por las cosas simples y sencillas. Pero aunque se trata de un buen pasaje, reforzado por el inevitable violín, está claro que el cuarteto prefiere terminar su derroche creativo con un tema menos íntimo, por lo que ésta es simplemente el necesario reposo para despachar un lento yu tomar aire. Porque efectivamente "Wave Goodbye" (que juega con el nombre de la banda) es un tema de más empaque aunque en absoluto rockero, que llama la atención por su melodía de notas altas y por lo pegadizo de su tramo instrumental (que también hace las veces de estribillo), con unas sencillas notas de sintetizador en primer plano. Pero hay muchos más detalles como las segundas voces o el respetable número de adornos electrónicos. Todo lo cual funciona perfectamente a modo de síntesis de lo que encierran estas nueve (o dieciocho) canciones.

Dado el excelente nivel de sus nueve canciones "extra", casi todas ellas, como habrán visto, merecedoras de su propio enlace en Youtube, creo que una de las posibles explicaciones para la extraña y arriesgada estrategia de publicación del álbum sea la intención explícita de conferirle una mayor atención a las primeras nueve composiciones. Porque tal vez, de haberse publicado todas juntas, habrían pasado proporcionalmente más desapercibidas. En todo caso, toca celebrar el estupendo estado de forma de una banda que es capaz de una pirueta artística de este nivel en estos tiempos. Lo que lamento es que hace no tanto tiempo un grupo así sería un grupo para las masas consumidoras de pop-rock en todo el mundo, pues su propuesta nada tiene de extravagante o inaccesible, ero en esta época de predominio absoluto de solistas, de música seleccionada por algoritmos, y de redes sociales para alimentar historias personales, Circa Waves no pasa de ser una banda relativamente minoritaria, incluso en su país. Pero a nada que recibieran una atención adecuada a su talento, darían un salto espectacular. Quedémos, al menos, con el placer de disfrutar de una propuesta al alcance de muchos pero desconocida por casi todos. Y a la que espero que le quede cuerda para rato. Porque no abundan.

domingo, 8 de marzo de 2026

Elisabeth Elektra – "Hypersigil" (2025)

Una vez elaboradas las listas con las mejores canciones internacionales de 2025, toca recuperar las habituales reseñas de álbumes individuales. Que aún deben continuar con lanzamientos de los últimos meses de 2025, los cuales fueron inusualmente fructíferos en cuanto a novedades interesantes. Así que les adelanto que aún habrá varias entradas de discos de 2025 antes de adentrarnos en un 2026 cuyos dos primeros meses han sido comparativamente más flojos en lo musical. Empiezo, pues, por "Hypersigil", el segundo álbum de la galesa Elisabeth Elektra y el primero que reseño de ella, aunque su fantástico "My Sisters" ya había aparecido en mi lista de mejores canciones internacionales de 2020. Una cantante que es una total desconocida incluso en su país; no digamos ya en los países de habla hispana. Por desgracia, añado, porque se trata de una artista con una gran personalidad, que mira a los años ochenta para, a partir de ellos, elaborar una propuesta de pop sintético que intenta ser hechizante y picante a partes iguales, que guarda ciertas semejanzas con las de Kate Bush, Bat For Lashes o incluso Siouxsie and the Banshees, y que renuncia conscientemente a los sonidos contemporáneos, pero sin por ello ser un mero pastiche de los sonidos de aquellos años (como tan a menudo sucede con el synthwave).

Para completar los doce temas que conforman "Hypersigil" la galesa ha necesitado nada menos que un lustro. Algo que en parte se explica por sus colaboraciones con otros artistas, como Stuart Braithwaite de Mogwai, pero también supongo que por la escasa repercusión de su primer álbum, "Mercurial" (2020) y, no me engaño, porque su pop electrónico se aleja de lo que ahora mismo se considera un sonido contemporáneo. Pero nada de ello ha afectado a sus coordenadas musicales, que se mantienen en el mismo lugar en el que las había dejado establecidas entonces. Por lo que el éxito del álbum radica sobre todo en la mayor cantidad de composiciones de nivel alto que incluye. Aunque he de avisares que, bien su productor Jonny Scott, bien su ingenerio James Cunningham, o bien ella misma, han hecho un trabajo realmente cuestionable a la hora de registrar y mezclar los instrumentos que aparecen en cada una de las canciones, pues el sonido es realmente pobre, confuso, con las frecuencias medias mezcladas altísimas, y las altas mucho más bajas. Tanto, que para poder apreciar y disfrutar mejor el álbum, yo volví a ecualizar a mano todas las canciones y generar una nueva versión del CD, mucho más nítido y disfrutable en mi opinión. Por lo que les animo a que, si pueden, hagan lo mismo antes de juzgar este trabajo.

El álbum lo abre "Yearning", un medio tiempo contundente y de letra tórrida, acompañado por un vídeo muy sugerente. Y que tuvo la responsabilidad de ejercer como "el sencillo" del áblum, pues fue el único que se publicó en dicho formato días antes del álbum completo; después no hubo más. Afortunadamente es una excelente muestra de su contenido, y también una de las grandes canciones del año pasado, como lo evidencia el hecho de que formara parte de mi lista de otras 20 canciones recomendables de 2025. Quizá lo más relevante de su electro-pop de musicalidad retro sea la coda final sobre los mismos acordes del estribillo en el que Elisabeth completa sus coros con su suplicante "Can't you see I'm yearning?". Le sigue "Boys & Girls" otro medio tiempo también plagado de sintetizadores vintage, aderezado con otro de sonido chirriante mucho más contemporáneo, y percusiones en primer plano, de estrofas más reposadas pero con un doble estribillo (el primero más oscuro y penetrante, sobre todo en su desnuda repetición final, el segundo más luminoso) francamente recomendables. "Surround Me", el tercer corte, me parece un pequeño patinazo dentro de un álbum de nivel alto. Por una doble razón: la primera y más evidente es porque se trata de una balada de factura clásica, que a pesar de estar bien producida e integrada en la personalidad musical de la británica, no es el tipo de propuesta que la caracteriza. Y la segunda, porque al estar situada tan al comienzo del disco, puede trasladar la impresión de que "Hypersigil" será su disco "de madurez", más reposado de lo deseable. Por eso me parece uno de los momentos más flojos del disco, a pesar de que le reconozco el mérito al subidón de una parte nueva que, desgraciadamente, no tiene continuidad en el resto de la canción. El siguiente corte, "Desire", era un tema ya conocido de sobra para sus seguidores (vio la luz en 2024), y se trata de un buen momento de pop ardiente, tanto en su letra como en su música, en el que la novedad la pone una interesante guitarra que rellena espacios sin acaparar protagonistmo, y en el que lo más meritorio vuelven a ser sus dos estribillos.

"Honey" es, si cabe, un tema aún más lento que "Surround Me", pero su mayor tenebrosidad, y una sensación de electricidad contenida, la convierten en un momento más interesante que aquella. Las voces distorsionadas que van arropando la melodía vocal principal, claramente perceptibles sobre todo en la segunda estrofa y en el tramo final, y una parte nueva que, sin cambiar la progresión armónica, aumenta el impacto mediante la eliminación de instrumentos, son lo más destacado de otra canción que tampoco forma parte de lo más granado del álbum. "The Dream", sexto corte, ya había visto la luz como sencillo individual nada menos que en 2023, aunque sus elaboradas estrofas, la excelente progresión armónica de su estribillo, un estupendo bajo sintetizado que vertebra toda la canción, y especialmente la creación final que comienza con "You know what I want..." la siguen haciendo una canción disfrutable y digna de encontrar acomodo en su siguiente álbum. Si bien prefiero el tema que la sigue: "Warrior" es uno de mis dos momentos favoritos del disco. Una canción en la que la voz entra al mismo tiempo que el arpegio de guitarra y el sintetizador que lleva la progresión armónica, y que luego va creciendo poco a poco cuando entran el infeccioso bajo, la suave batería... hasta que sus extensas estrofas dan paso a un estribillo impecable, un subidón de reivindicación personal a la vez sinfónico y tarareable. Por si fuera poco, la sencilla parte nueva mantiene la adrenalina alta con su "Cry, cry". Optar entre ella y su inmediata seguidora, la irreprochable "Unbreakable", es ya cuestión de gustos. También con la voz desde el mismo comienzo, más envolvente y misteriosa en sus estrofas, también con una instrumentación que la va haciendo crecer poco a poco, su estribillo nuevamente de reafirmación personal es una auténtica maravilla, tanto por la progresión armónica que lo sostiene como por la energía de su melodía en notas altas. Y con el buen detalle final de no cortarla justo a los tres minutos para disfrutar una efectiva repetición final.

El tercio final del álbum arranca con "Sanctuary". Que no es en absoluto un mal tema, aunque parezca peor de lo que es por estar situado justo tras los dos trallazos anteriores. Las estrofas tal vez pequen de simples en su progresión armónica y melodía, pero el puente ya es plenamente armónico, y el estribillo es otro dardo de pop electrónico, con mención especial para el poderoso bajo en primer plano. En vez de parte nueva lo que hace Elisabeth es colocar una recreación más instrumentada del comienzo, y luego desnuda la canción para una apoteosis final que no es tanta, pero que raya a buena altura. El comienzo de "Poison" es puro Depeche Mode, pero en cuanto entran las estrofas nos damos cuenta de que el tempo es mucho más alto que en las canciones clásicas de los de Basildon. Y a unas estrofas más oscuras le sucede un estribillo de pop luminoso, en el que el veneno que le da título se interpreta en su sentido más positivo, eso sí, en un tempo nuevamente más bajo. Además, la parte nueva, sustentada con un sintetizador vertiginoso en acordes diferentes, es de la más recomendables del disco. Y en las repeticiones finales del estribillo ya sí se impone definitivamente el tempo. El penúltimo corte, "Broken Promises", es en realidad un tema rescatado del EP homónimo que publicó en 2023 la galesa en colaboración con sus paisanos Mogwai, uno de los iconos del post-rock. El tema no desentona, aunque se nota el mayor peso de las guitarras eléctricas y las distorsiones, incluyendo la voz de la propia Elisabeth. Pero la composición encaja perfectamente con la propuesta de "Hypersigil", incluyendo su estruendosa parte nueva. Y el cierre lo pone "The Stars", de lejos el mejor de los temas lentos del álbum: más emotivo, menos obvio, sobre un trémolo de sintetizadores en acordes menores que le permite a la galesa ofrecernos la que es en mi opinión la mejor interpretación vocal del disco. Sobre todo en sus introspectivas estrofas, porque en el estribillo no puede resistirse a su tendencia a la épica y a las baterías contundentes. Sin parte nueva que cambie el paso, no es la canción que más crece, pero sí cumple su papel de rematar el conjunto con un largo tramo sobre la progresión armónica del estribillo y una última confesión muy en la línea de la temática del álbum: "And I'll love you to the end of time".

Los casi cuarenta y seis minutos de "Hypersigil" pueden antojarse muchos en una época de álbumes de diez canciones y treinta minutos, pero en realidad pasan rápido y dejan con ganas de más. Porque en realidad no hay temas de relleno, y sí una loable cohesión estilística. Es cierto que el disco no suena actual, que tampoco incluye temas netamente bailables, y que no hay demasiado espacio para el riesgo ni para la experimentación. Pero, si en realidad nos fijamos un poco, tampoco suena actual buena parte del pop electrónico que triunfa actualmente en las listas de todo el mundo (de Taylor Swift a Harry Styles), y nadie parece reparar en ello. Así que para los que prefieren un pop más elaborado que el comercial, con su componente barroca, su sensualidad femenina, y su personalidad desbordante, pero no necesitan un sonido especialmente raro, este notable disco de Elisabeth Elektra puede perfectamente convertirse en su pequeño placer secreto. Otra cosa diferente es el futuro de una artista tan minoritaria; ella parece ajena a su prácticamente nula repercusión, pero es indudable que lo elaborado de su propuesta merecería un respaldo mayor para tener continuidad. Así que veremos si alguna vez llega a lanzar su tercer disco. Y, sobre todo, si es capaz de mantener el nivel de este segundo.

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