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miércoles, 22 de abril de 2026

Nation Of Language - "Dance Called Memory" (2025)

Una entrada más contiúno reseñando álbumes del último tramo de 2025 que se me habían quedado en el tintero, pero que, en mi opinión, merecen una entrada independiente. Y es que el último tramo del pasado ejercicio fue seguramente el más apasionante en cuanto a novedades musicales desde la pandemia, una tendencia positiva que confirma el revitalecimiento de la creatividad musical de la que ya llevo tiempo hablándoles. Además, el caso que hoy nos ocupa es particularmente interesante, porque se trata de la segunda vez que el trío neoyorkino Nation Of Language aparece por aquí, pero lo que voy a desgranar es su cuarto álbum, "Dance Called Memory". Y ello implica, como podrán imaginar, una recuperación de las mejores sensaciones por parte de una banda que resultó muy prometedora en sus inicios, pero que se había desinflado un tanto en sus dos entregas posteriores.

En efecto, quienes siguen desde hace años este blog probablemente recuerden que en su momento reseñé su álbum de debut, "Introduction, Presence" (2020), en el que, a pesar de que su mirada al post-punk y al incipiente synth-pop coincidente con el cambio de la década de los setenta a los ochenta era tal vez demasiado obvia, se apreciaba en varios cortes un talento que iba más allá de la mera recreación de un sonido indudablemente relevante pero ya un tanto pasado de moda. Sin embargo, la continuación de dicho álbum ("A Way Forward", 2021), llegó tal vez demasiado rápido (ya saben, el miedo al siempre difícil segundo álbum: que se olviden de nosotros, que respondamos a las expectativas, que ampliemos nuestra repercusión...), y me pareció claramente inferior, hasta el punto de no salvar siquiera alguno de sus sencillos para mi lista de mejores canciones de aquel ejercicio. Y tras dos años de silencio, el que en apariencia iba a marcar su trayectoria como banda ("Strange Disciple", 2023) resultó de nuevo una pequeña decepción, relativamente plano y escaso de momentos que engancharan. Por tanto, cuando afronté la escucha de "Dance Called Memory" lo hice con las expectativas relativamente bajas, casi esperando que fuera su canto del cisne. Sin embargo, me encontré por fin con algo más de personalidad en su sonido, y sobre todo, con un puñado de composiciones que recuperaban o incluso superaban la brillantez de su álbum de debut. Así que por eso los tienen por aquí de nuevo.

El álbum lo abre "Can't Face Another One", lo que constituye una clara declaración de intenciones. Porque sólo así se debe entender una apuesta por un tema lento (podríamos hablar de una balada) para arrancar un disco a cargo de un grupo cuyas referencias estilísticas y cuyas supuestas habilidades creativas y musicales se alejan por completo de las canciones "lentas". Y sin embargo, la propuesta funciona. A destacar en el éxito de la misma tanto la notable y sentida interpretación vocal de su líder Ian Devaney (que ha mejorado sus habilidades vocales, sin llegar obviamente a ser un portento), como la manera en la que consiguen acompañarla, con unas guitarras suaves y sencillas, un teclado en bucle y otro más étero que transmiten el sosiego necesario para una letra tan desoladora ("I don't wanna break my fall"). Y cómo va creciendo en intensidad sin necesidad de endurecer la percusión. Le sigue "In Another Life", que ya sí retoma el tempo alto, las melodías pop y la sonoridad de los primeros ochenta (algo que queda bien claro desde que arranca el arpegio de la steel guitar de Devaney). Aunque su "estribillo" (si es que podemos considerarlo como tal) no sea particularmente adictivo, el contraste entre las notas de la guitarra de Devaney y la melodía vocal llevan el tema a un nivel que probablemente no habían alcanzado desde su álbum de debut. Le sigue "Silhouette", un tema que renuncia a una melodía pop adictiva como la de su antecesora, aunque, como puede apreciarse en sus interpretaciones en directo, no al casi predecible sonido espartano, en el que una sencilla caja de ritmos y el bajo de notas precisas de Alex MacKay bastan para sostener la canción. Sin olvidarnos de la intensidad de su meritoria parte nueva. El cuarto corte, "Now That You're Gone", pese a no haber sido escogido como sencillo, es musicalmente uno de sus momentos álgidos desde ese comienzo rotundo en el que el contagioso bajo de MacKay y el teclado sinfónico de Aidan Noell en perfecta armonía captan inmediatamente nuestra atención. El ritmo sincopado de la caja de ritmos (casi un dembow) puede no parecer el más adecuado para una banda como Nation Of Language, pero el caso es que entronca perfectamente con los largos pasajes instrumentales a lo New Order, en los que se nota al trío disfrutado. Si bien es cierto que la ausencia de una estructura clara estrofa - estribillo la puede volver un poco menos accesible que otras canciones del álbum.

"I'm Not Ready for the Change" puede desconcertar con su comienzo más propio de una banda sonora de una película sobre la exploración espacial, pero en seguida se vuelve uno de los temas más asequibles del disco. Y ello a pesar de que la afinación de la guitarra de Devaney parece (cosa de los efectos) alterada a conciencia para que suene mal. Pero a unas estrofas disfrutables le sigue el estribillo más completo del disco, por lo que no es de extrañar que fuera elegida como segundo sencillo de presentación. Más considerando el intenso teclado que va saltando en bucle a partir del segundo estribillo, que ayuda a que el tema evolucione satifactoriamente hasta el final. "Can You Reach Me?", decididamente más acústica aunque no por ello menos disfrutable, lo fía casi todo a su melodía apoteósica... hasta que entran los estridentes teclados de Noell. Y el inesperado bajo programado que vertebra el estribillo sin percusión alguna pone la nota de originalidad al tiempo que refrenda esa mayor personalidad musical de la que les hablaba al comienzo. Algo que se extiende a los vertiginosos cambios de acordes de la guitarra antes de la parte nueva, tan solventes como más propios de los que hacían bandas como Love hace casi sesenta años. En todo caso, mi momento favorito de "Dance Called Memory" es "Inept Apollo", que ya desde su comienzo industrial parece el eslabón perdido entre el "Movement" de New Order y el "A Broken Frame" de Depeche Mode: tempo alto a pesar de su ritmo sólo ligeramente marcado, una melodía que juega a ser pop clásico sin serlo, y que no deja de evolucionar (comparen, por ejemplo, los versos de su primera estrofa con los de la segunda). Y el estribillo que arranca con "How many miles ago?", aunque puede chocar un poco por contraste, termina funcionando... como enlace a esos intervalos instrumentales presididos por un teclado juguetón que seguramente les recuerde a The Human League. No es de extrañar que fuera escogida como primer sencillo, ni tampoco que formara parte de mi lista de mejores canciones internacionales de 2025.

El último tercio del disco arranca con "Under The Water", que podría haber sido la mejor canción del álbum... si se hubieran decidido a ir a por todas en su instrumentación. Porque su progresión armónica en acordes mayores es irresistible desde su mismo comienzo, cuando la machaca el bajo sintetizado con arpegio de repetición alta... y más incluso cuando en la segunda estrofa un teclado programado luminoso la lleva a cotas más altas de disfrute. Pero también porque su melodía de notas largas es casi un himno, y Devaney la interpreta con un respeto reverencial. Pero como les decía creo que el tema pide a gritos "explotar" a partir de su segundo estribillo, algo que habría requerido una caja de ritmos contundente y una guitarra eléctrica que llevara el ritmo... pero nos quedamos con las ganas. Aun así, fue escogida como tercer sencillo por la incuestionable calidad de su composición. "In Your Head", penúltimo corte, más fría y rítmica que su predecesora, no aporta sorpresas desde el punto de vista musical, pero su cuidada melodía, los sencillos efectos con los complementan uno de los ritmos más claramente cuaternarios de todo el álbum, y especialmente los tramos instrumentales que arrancan a partir del segundo minuto, la convierten en otro de los pasajes más meritorios del mismo. Aunque lo mejor es la rabia (en su voz y en su guitarra) que despliega Devaney desde ahí hasta casi el final. Y, quizá para cerrar el círculo de manera análoga a como lo abrieron, el trío concluye el viaje con "Nights of Weight", otra balada de induddable calidad aunque de propuesta casi minimalista: apenas la guitarra y la voz de Devaney, una melodía triste y una letra desoladora puntualmente arropadas por un sencillo teclado de Noell o por el bajo de MacKay. Y que en tres minutos justos tiene tiempo suficiente para dejarnos tocados con su intensidad. Y para confirmar que Nation Of Language ha recuperado definitivamente su mejor versión en estas diez canciones.

A pesar de la consolidación en su trayectoria que supone este cuarto álbum, es justo reconocer que los de Brooklyn siguen sin ser una propuesta para todos los públicos. Por una parte, su mirada al pasado los aleja de las modas actuales y los confina a un ámbito minoritario. Por otra, su insistencia en una producción espartana, aunque ésta funciona por su inteligencia a la hora de escoger los escasos instrumentos y por la calidad de prácticamente todas sus composiciones, les limita creativamente. A pesar de su mayor personalidad, sus referencias musicales continúan siendo un tanto obvias. Y aspectos menores, como la más bien deficiente vocalización de Devaney, les dificultan el acceso a mercados donde la música en inglés, si se entiende bien, podría alcanzar una mayor repercusión. De todas formas, si se fijan, no he dejado sin enlace de Youtube ni una sola de sus canciones. Y eso es mucho decir en estos tiempos. Pero es que al disco no le sobra absolutamente nada, y es una excelente demostración de que con buenas composiciones y solvencia interpretativa se puede llegar muy lejos. Dado que lo segundo se presupone que lo seguirán manteniendo, ahora sólo queda esperar que sigan para adelante como banda, y que en su siguiente entrega las partituras mantengan el tipo.

martes, 22 de diciembre de 2020

Nation Of Language: "Introduction, presence" (2020)

Una de las bandas que ha publicado su álbum de debut en 2020 con mayor reconocimiento de la crítica especializada ha sido Nation Of Language. Con la mirada puesta en los primeros años ochenta y una propuesta a medio camino entre el post-punk y el techno-pop de aquel entonces, el trío no ofrece en realidad nada nuevo musicalmente hablando, pero sabe mirar con inteligencia y buenas dosis de talento a lo mejor que se hacía entonces en el panorama musical. Un panorama, por cierto, que en aquellos tiempos estaba copado por artistas británicos que estaban dejando atrás el punk para experimentar con los primeros instrumentos electrónicos, lo que nos puede hacer inferir que la banda surgió en las Islas. Craso error, puesto que el trío proviene en realidad de Nueva York. Pero es que la influencia de Joy Division / New Order en su música es tan intensa que parecen haber crecido musicalmente en Manchester.

Y es que la mayor virtud y a la vez el mayor defecto de este "Introduction, presence" es su parecido con el proyecto de Ian Curtis, Bernard Sumner y Peter Hook hace justo cuarenta años. No es ya que la voz de Ian Richard Devaney recuerde a la Curtis (aunque en mi opinión se parezca más a la de Matt Berninger, vocalista de The National); es que las sencillas programaciones, los arpegios de bajo, los fraseos poco acompasados... todo recuerda a una de las bandas más influyentes de la historia de la música justo cuando estaban transicionando entre los dos estilos que mencionaba. Banda cuya calidad y repercusión hoy nadie cuestiona, pero tan trillada ya como referencia que parece complicado labrarse una carrera musical sólo mirándose en su espejo. Aunque para crear un álbum que le rinda tributo sí que da.

Porque imitaciones aparte, el disco funciona de principio a fin. A ello contribuye que nada menos que siete de sus diez cortes hayan visto la luz en formato sencillo. El tercero de ellos el que abre boca: "Tournament". Casi sin más preámbulo, la voz de Devaney se pone al frente de un tema que refleja perfectamente lo que nos vamos a encontrar en el álbum: una instrumentación escueta sobre una bonita progresión armónica, hasta que en la segunda estrofa ya entra una sencilla batería programada, y poco después el bajo de Michael Sue-Poi "a lo Peter Hook", para evocar y emocionar a partes iguales (aunque para el último tercio se reservan otra melodía totalmente diferente con la que enriquecer la repetición final del estribillo). "Rush & fever" fue el segundo sencillo a principios de año, y su tempo ligeramente más alto y su elegante bajo anticipan otro gran momento, lo que se confirma desde que el teclado de Aidan Noell (muy en la línea del Vince Clarke de los ochenta) pasa al frente para reforzar el ritmo cuando conviene, y la interpretación entre altiva y sensible de Devaney completa el triunfo. "September again", cuarto sencillo, es si cabe aún más simple y espartana desde el punto de vista rítmico que las anteriores, y las notas altas de la melodía no son lo que mejor le viene a Devaney, por mucho que se doble la voz. Por eso lo que prefiero de este tema menor son los primeros tramos de las estrofas, de una elegancia incontestable.

Con "On Division St", nada menos que su séptimo sencillo y quizá el que más popular de todos está resultando, los neoyorkinos se quitan la careta definitivamente y copian tal cual la progresión armónica de "Bizarre love triangle", el clásico de New Order allá por 1986, incluso repitiendo prácticamente la misma secuencia de bajo. Esa sencilla y a la vez irresistible base les permite construir un tema que aunque más limitado melódicamente que el original, y más simple en los teclados de Noell respecto a los de Gillian Gilbert y Stephen Morris, sin duda raya a gran altura. Pero me niego a incluirlo en la lista de las mejores canciones del año como están haciendo muchas publicaciones especializadas, pues la apropiación es demasiado evidente. "Indignities", el quinto corte, no fue un sencillo tal cual sino uno de los primeros temas de su carrera, allá por 2017, cuando la influencia de Joy Division era aún más obvia y el post punk desasosegado encajaba más claramente en su abanico de influencias, si bien el resultado es más curioso que disfrutable. Prefiero sin duda "Automobile", que pese a ser mi canción favorita del álbum es una de las pocas que no ha aparecido como sencillo: la clave es otra certera progresión armónica, que en este caso refuerza una melodía coral y elegante a partes iguales a pesar de no tener estrofas y estribillos diferenciados, y que además deja espacio para unos nada complejos y sin embargo disfrutables intervalos instrumentales, en especial aquellos presididos por el bajo de Sue-Poi, y con algún que otro sintetizador de sonido espacial que parece reivindicar cierta contemporaneidad.

El último tercio del álbum lo inaugura "Friend machine", el quinto sencillo y el más techno-pop del álbum (casi podemos pensar que estamos escuchando a Gary Numan o a Visage). Aunque la canción resulta más interesante por su capacidad evocadora que disfrutable, sobre todo a causa de su melodía un tanto entrecortada y ese parón rítmico hacia la mitad tan poco adecuado. "Sacred tongue", octavo tema, es otro buen momento por descubrir, un medio tiempo cadencioso de instrumentación escasa y con la percusión más elaborada del disco, al que le falta un punto más de elaboración para descollar. "The motorist", penúltimo corte, fue también el primer sencillo del disco, y una clara reminiscencia de la atmósfera del mítico álbum "Power, corruption & lies" con el que New Order abrazó definitivamente la electrónica en 1983. Al tema quizá le sobran los puentes instrumentales tan largos sobre el mismo acorde y las frases declamadas en las estrofas, a la vez que le falta algo de gancho, pero los estribillos rezuman tristeza en su letra y en sus notas ("turn the pages, try to find another way..."). Y el disco lo cierra "The Wall & I", sexto sencillo, uno de los temas más rápidos del álbum y que conjuga una melodía relativamente melódica con una base rítmica contundente. Y todo ello aderezado con unos solos de bajo recomendables y un largo tramo instrumental final que ejerce con soltura su función de despedida.

Después de unas cuantas escuchas el disco se abre paso en nuestra colección y pide ser reproducido una y otra vez. Pero siendo honestos, tenemos que fijarnos con mucha atención si queremos encontrar algún detalle contemporáneo en la instrumentación que desmienta que el disco se grabó en realidad en 1981. Puestos a sacar defectos, también convendría que la distinción entre las diez canciones fuera mayor (el álbum es probablemente demasiado lineal), y que más a menudo las progresiones armónicas no repitieran de principio a fin de cada tema los mismos tres o cuarto cortes. Incluso la duración de algunas canciones (más de cinco minutos) resulta excesiva. Pese a todo, Nation Of Language consiguen eludir la etiqueta de revival, y eso es gracias a su capacidad creativa. Así que aunque por lo general prefiero propuestas más contemporáneas, "Introduction, presence" ya ha pasado a formar parte de mi discoteca particular. Habrá que ver si para el segundo álbum se atreven a arriesgar algo más (a riesgo de perder su personalidad) o si siguen mirando por el retrovisor a sus ídolos (a riesgo de repetirse más de la cuenta). Difícil paso adelante, del que veremos si salen bien parados. Si no, se quedarán en un "One-hit-wonder".

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