Una entrada más contiúno reseñando álbumes del último tramo de 2025 que se me habían quedado en el tintero, pero que, en mi opinión, merecen una entrada independiente. Y es que el último tramo del pasado ejercicio fue seguramente el más apasionante en cuanto a novedades musicales desde la pandemia, una tendencia positiva que confirma el revitalecimiento de la creatividad musical de la que ya llevo tiempo hablándoles. Además, el caso que hoy nos ocupa es particularmente interesante, porque se trata de la segunda vez que el trío neoyorkino Nation Of Language aparece por aquí, pero lo que voy a desgranar es su cuarto álbum, "Dance Called Memory". Y ello implica, como podrán imaginar, una recuperación de las mejores sensaciones por parte de una banda que resultó muy prometedora en sus inicios, pero que se había desinflado un tanto en sus dos entregas posteriores.
En efecto, quienes siguen desde hace años este blog probablemente recuerden que en su momento reseñé su álbum de debut, "Introduction, Presence" (2020), en el que, a pesar de que su mirada al post-punk y al incipiente synth-pop coincidente con el cambio de la década de los setenta a los ochenta era tal vez demasiado obvia, se apreciaba en varios cortes un talento que iba más allá de la mera recreación de un sonido indudablemente relevante pero ya un tanto pasado de moda. Sin embargo, la continuación de dicho álbum ("A Way Forward", 2021), llegó tal vez demasiado rápido (ya saben, el miedo al siempre difícil segundo álbum: que se olviden de nosotros, que respondamos a las expectativas, que ampliemos nuestra repercusión...), y me pareció claramente inferior, hasta el punto de no salvar siquiera alguno de sus sencillos para mi lista de mejores canciones de aquel ejercicio. Y tras dos años de silencio, el que en apariencia iba a marcar su trayectoria como banda ("Strange Disciple", 2023) resultó de nuevo una pequeña decepción, relativamente plano y escaso de momentos que engancharan. Por tanto, cuando afronté la escucha de "Dance Called Memory" lo hice con las expectativas relativamente bajas, casi esperando que fuera su canto del cisne. Sin embargo, me encontré por fin con algo más de personalidad en su sonido, y sobre todo, con un puñado de composiciones que recuperaban o incluso superaban la brillantez de su álbum de debut. Así que por eso los tienen por aquí de nuevo.
El álbum lo abre "Can't Face Another One", lo que constituye una clara declaración de intenciones. Porque sólo así se debe entender una apuesta por un tema lento (podríamos hablar de una balada) para arrancar un disco a cargo de un grupo cuyas referencias estilísticas y cuyas supuestas habilidades creativas y musicales se alejan por completo de las canciones "lentas". Y sin embargo, la propuesta funciona. A destacar en el éxito de la misma tanto la notable y sentida interpretación vocal de su líder Ian Devaney (que ha mejorado sus habilidades vocales, sin llegar obviamente a ser un portento), como la manera en la que consiguen acompañarla, con unas guitarras suaves y sencillas, un teclado en bucle y otro más étero que transmiten el sosiego necesario para una letra tan desoladora ("I don't wanna break my fall"). Y cómo va creciendo en intensidad sin necesidad de endurecer la percusión. Le sigue "In Another Life", que ya sí retoma el tempo alto, las melodías pop y la sonoridad de los primeros ochenta (algo que queda bien claro desde que arranca el arpegio de la steel guitar de Devaney). Aunque su "estribillo" (si es que podemos considerarlo como tal) no sea particularmente adictivo, el contraste entre las notas de la guitarra de Devaney y la melodía vocal llevan el tema a un nivel que probablemente no habían alcanzado desde su álbum de debut. Le sigue "Silhouette", un tema que renuncia a una melodía pop adictiva como la de su antecesora, aunque, como puede apreciarse en sus interpretaciones en directo, no al casi predecible sonido espartano, en el que una sencilla caja de ritmos y el bajo de notas precisas de Alex MacKay bastan para sostener la canción. Sin olvidarnos de la intensidad de su meritoria parte nueva. El cuarto corte, "Now That You're Gone", pese a no haber sido escogido como sencillo, es musicalmente uno de sus momentos álgidos desde ese comienzo rotundo en el que el contagioso bajo de MacKay y el teclado sinfónico de Aidan Noell en perfecta armonía captan inmediatamente nuestra atención. El ritmo sincopado de la caja de ritmos (casi un dembow) puede no parecer el más adecuado para una banda como Nation Of Language, pero el caso es que entronca perfectamente con los largos pasajes instrumentales a lo New Order, en los que se nota al trío disfrutado. Si bien es cierto que la ausencia de una estructura clara estrofa - estribillo la puede volver un poco menos accesible que otras canciones del álbum.
"I'm Not Ready for the Change" puede desconcertar con su comienzo más propio de una banda sonora de una película sobre la exploración espacial, pero en seguida se vuelve uno de los temas más asequibles del disco. Y ello a pesar de que la afinación de la guitarra de Devaney parece (cosa de los efectos) alterada a conciencia para que suene mal. Pero a unas estrofas disfrutables le sigue el estribillo más completo del disco, por lo que no es de extrañar que fuera elegida como segundo sencillo de presentación. Más considerando el intenso teclado que va saltando en bucle a partir del segundo estribillo, que ayuda a que el tema evolucione satifactoriamente hasta el final. "Can You Reach Me?", decididamente más acústica aunque no por ello menos disfrutable, lo fía casi todo a su melodía apoteósica... hasta que entran los estridentes teclados de Noell. Y el inesperado bajo programado que vertebra el estribillo sin percusión alguna pone la nota de originalidad al tiempo que refrenda esa mayor personalidad musical de la que les hablaba al comienzo. Algo que se extiende a los vertiginosos cambios de acordes de la guitarra antes de la parte nueva, tan solventes como más propios de los que hacían bandas como Love hace casi sesenta años. En todo caso, mi momento favorito de "Dance Called Memory" es "Inept Apollo", que ya desde su comienzo industrial parece el eslabón perdido entre el "Movement" de New Order y el "A Broken Frame" de Depeche Mode: tempo alto a pesar de su ritmo sólo ligeramente marcado, una melodía que juega a ser pop clásico sin serlo, y que no deja de evolucionar (comparen, por ejemplo, los versos de su primera estrofa con los de la segunda). Y el estribillo que arranca con "How many miles ago?", aunque puede chocar un poco por contraste, termina funcionando... como enlace a esos intervalos instrumentales presididos por un teclado juguetón que seguramente les recuerde a The Human League. No es de extrañar que fuera escogida como primer sencillo, ni tampoco que formara parte de mi lista de mejores canciones internacionales de 2025.
El último tercio del disco arranca con "Under The Water", que podría haber sido la mejor canción del álbum... si se hubieran decidido a ir a por todas en su instrumentación. Porque su progresión armónica en acordes mayores es irresistible desde su mismo comienzo, cuando la machaca el bajo sintetizado con arpegio de repetición alta... y más incluso cuando en la segunda estrofa un teclado programado luminoso la lleva a cotas más altas de disfrute. Pero también porque su melodía de notas largas es casi un himno, y Devaney la interpreta con un respeto reverencial. Pero como les decía creo que el tema pide a gritos "explotar" a partir de su segundo estribillo, algo que habría requerido una caja de ritmos contundente y una guitarra eléctrica que llevara el ritmo... pero nos quedamos con las ganas. Aun así, fue escogida como tercer sencillo por la incuestionable calidad de su composición. "In Your Head", penúltimo corte, más fría y rítmica que su predecesora, no aporta sorpresas desde el punto de vista musical, pero su cuidada melodía, los sencillos efectos con los complementan uno de los ritmos más claramente cuaternarios de todo el álbum, y especialmente los tramos instrumentales que arrancan a partir del segundo minuto, la convierten en otro de los pasajes más meritorios del mismo. Aunque lo mejor es la rabia (en su voz y en su guitarra) que despliega Devaney desde ahí hasta casi el final. Y, quizá para cerrar el círculo de manera análoga a como lo abrieron, el trío concluye el viaje con "Nights of Weight", otra balada de induddable calidad aunque de propuesta casi minimalista: apenas la guitarra y la voz de Devaney, una melodía triste y una letra desoladora puntualmente arropadas por un sencillo teclado de Noell o por el bajo de MacKay. Y que en tres minutos justos tiene tiempo suficiente para dejarnos tocados con su intensidad. Y para confirmar que Nation Of Language ha recuperado definitivamente su mejor versión en estas diez canciones.
A pesar de la consolidación en su trayectoria que supone este cuarto álbum, es justo reconocer que los de Brooklyn siguen sin ser una propuesta para todos los públicos. Por una parte, su mirada al pasado los aleja de las modas actuales y los confina a un ámbito minoritario. Por otra, su insistencia en una producción espartana, aunque ésta funciona por su inteligencia a la hora de escoger los escasos instrumentos y por la calidad de prácticamente todas sus composiciones, les limita creativamente. A pesar de su mayor personalidad, sus referencias musicales continúan siendo un tanto obvias. Y aspectos menores, como la más bien deficiente vocalización de Devaney, les dificultan el acceso a mercados donde la música en inglés, si se entiende bien, podría alcanzar una mayor repercusión. De todas formas, si se fijan, no he dejado sin enlace de Youtube ni una sola de sus canciones. Y eso es mucho decir en estos tiempos. Pero es que al disco no le sobra absolutamente nada, y es una excelente demostración de que con buenas composiciones y solvencia interpretativa se puede llegar muy lejos. Dado que lo segundo se presupone que lo seguirán manteniendo, ahora sólo queda esperar que sigan para adelante como banda, y que en su siguiente entrega las partituras mantengan el tipo.

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