domingo, 25 de noviembre de 2018

Más álbumes decepcionantes de este flojo 2018

Este 2018 al que le queda poco más de un mes está resultando probablemente el año más decepcionante musicalmente hablando desde que mantengo este humilde blog. No tanto porque la disociación entre música de éxito y música alternativa por una parte, y música de calidad por otra, continúe, sino porque incluso dentro de los artistas que desde hace años sigo sus nuevas propuestas están suponiendo en muchos casos un bajón considerable respecto a sus entregas anteriores. Es el caso de tres artistas que ya habían aparecido por este blog y que esperaba le dieran un aliciente adicional al otoño con sus nuevos álbumes: Robyn, The Crystal Method y Man Without Country. Ninguno de ellos al final ha llegado a satisfacerme hasta el extremo de merecer una entrada independiente.

"Honey", el octavo álbum de la ya veterana Robyn, vio la luz hace unas semanas tras nada menos que ocho años desde su anterior entrega, ese desbordante "Body talk" con el que se aupó tanto a las listas de ventas como a las de mejores álbumes de casi todo el mundo. Desde entonces la cantante y compositora sueca ha ocupado su tiempo dedicándose a diversas colaboraciones (Neneh Cherry, Röyksopp, Mr. Tophat), como si no se encontrara lista para darle continuidad a su mejor disco hasta la fecha. Al final, hace unas semanas ha regresado con "Honey", un disco que por lo primero que sorprende por lo escaso de su contenido (nueve temas frente a los quince de "Body talk" se antoja poco para casi una década de silencio). Es cierto que el tema que lo abre y primer sencillo es notable. "Missing U" acierta mezclando electrónica, baile y melancolía, aunque en mi opinión queda lejos de "Dancing on my own" y "With every heartbeat", los formidables temas estrella de sus dos álbumes anteriores. Pero el resto del disco no se acerca siquiera al nivel ("Honey", el segundo sencillo, es un tema que pasa sin pena ni gloria, y el resto se pierde entre canciones que no habrían pasado de descartes en su anteriores álbumes como "Human being", y experimentos para llenar minutaje como "Beach2k20"). Ni siquiera hay colaboraciones de postín como en discos precedentes, y la impresión final es que "Honey" ha supuesto un importante paso atrás en su carrera, como también lo están reflejando sus ventas mucho menores. Así que habrá que ver si intenta darle continuidad en menos de ocho años.

Los norteamericanos The Crystal Method también han regresado hace unas semanas con su sexto álbum de estudio, "The trip home", tras cuatro años desde su meritorio "The Crystal Method". Y el retorno también ha sido mucho más flojo que su predecesor: mucho pitch, muchos sonidos estridentes, mucha percusión en primer plano como inamovibles señas de identidad, pero mucha menos inspiración que su predecesor: "Holy Arp", su primer sencillo, parece un "precalentamiento" en el estudio antes de empezar a componer en serio, "There's a Difference", el segundo, con la participación vocal del para mí desconocido Franky Pérez, es un tema de rock ramplón mucho menor que las excelentes colaboraciones vocales a cargo de por ejemplo Dia Frampton y LeAnn Rimes de su disco anterior, y "Ghost in the city" es otro tema vocal que intenta enganchar por estridencia y contundencia pero se queda en repetitivo y previsible. Y ni siquiera hay un tema oculto que tenga el nivel suficiente para contentar a sus seguidores, por lo que el conjunto es un disco tremendamente anodino y que desmerece un tanto del nivel medio de la discografía de la banda.

A una escala inferior, también ha supuesto una decepción el tercer álbum de Man Without Country, "Infinity mirror". En este caso la decepción ha sido menor porque se trata de una banda menos relevante en el panorama internacional, y porque ha pasado de ser un dúo a convertirse en el proyecto en solitario de Ryan James tras la salida de su compañero Tomas Greenhalf. Aquí el estilo sí es completamente reconocible con sus elegantes sintetizadores, sus guitarras tamizadas y sus voces distorsionadas, y el disco contiene el mismo número de temas que sus entregas anteriores, lo que no deja entrever complicaciones compositivas, pero lo cierto es que la chispa creativa (quizá por haberse convertido en un proyecto personal) le ha fallado a menudo a James. Y es que dos de sus sencillos (la correcta y reconocible "Remember the bad things", y el medio tiempo poco evocador "Lafayette", serían meros temas para completar el minutaje en su anterior entrega, el meritorio "Maximum Entropy"). Sólo su último sencillo (la relativamente bailable a pesar de su un tanto trasnochado piano electrónico "Achilles heel") nos recuerda lo prometedora que fue una vez esta banda. Mientras que el resto del álbum se mueve entre lo correcto y lo anodino, sin encontrar tampoco grandes momentos que nos enamoren.

Conforme acumulo decepciones de varios artistas a los que he seguido todos estos años trato de averiguar qué está sucediendo para que incluso quienes poseen una trayectoria musical relevante desde mi punto de vista bajen el listón con sus nuevas propuestas. Tengo la impresión de que la menor relevancia de la música como generadora de ingresos, y el que tantos y tantos tótems de otras décadas sigan siendo difundidos en nuestros días como si estuvieran de plena actualidad, está afectando a la motivación creativa de muchos de los artistas actualmente en activo. Eso o que la edad no perdona, la creatividad se reduce y la música se vuelve más una profesión que una ilusión. En todo caso seguiré la trayectoria de estos tres artistas, pues no pierdo la esperanza de que en un futuro vuelvan por donde solían.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Cat Power: "Wanderer" (2018)

El regreso de la estadounidense Chan Marshall a la actualidad musical se ha hecho esperar más de seis años. Una circunstancia anómala, ya que en sus más de veinte años de carrera nunca antes había tardado tanto en darle continuidad a su anterior entrega. Pero es que este "Wanderer" debía prolongar el que hasta la fecha había sido el mayor hito de su carrera: ese "Sun" (2012) con el que abrazó acertadamente la contemporaneidad musical y logró además su mayor éxito comercial (nada menos que el Top 10 en las listas de álbumes de su país). Repetir el éxito parecía tarea complicada, pero es lo que su sello discográfico de siempre, Matador, esperaba. Así que cuando hace un año Marshall les entregó el grueso de las canciones de este nuevo álbum, la compañía las rechazó por entenderlas un retroceso en su propuesta (según la propia Marshall, le pusieron el ejemplo del "25" de Adele para que entendiera cómo debía sonar un disco de una artista femenina en 2018, clásico pero contemporáneo). La estadounidense optó entonces por buscar otro sello que estuviera dispuesto a publicarlas, lo encontró en Domino, completó la lista de canciones con un dúo con Lana del Rey, y aquí tenemos finalmente "Wanderer" entre nosotros.

La cuestión obvia es si realmente se trataba de una colección de temas para que cogieran polvo en una estantería (o al menos para volverlas a grabar en el estudio), o su publicación ha merecido la pena. Y la respuesta es compleja, como la personalidad de la propia artista. Es cierto que instrumentalmente hablando el álbum supone un indudable retroceso: no ya por la ausencia casi total de elementos electrónicos (el auto-tune es la única excepción), sino porque la mayoría de las canciones están instrumentadas con lo mínimo, la calidad del sonido es muy pobre y no hay espacio para todo lo que no sea el folk-blues más clásico. En descargo de lo anterior hay que recordar que Marshall no sólo compone y canta, sino que por lo general interpreta todos los instrumentos, lo que supone un indudable esfuerzo que lleva tiempo. Además, a la estadounidense no se le ha olvidado componer, ni tampoco ha renegado de sus señas de identidad como artista, por lo que los temas entroncan bien con el grueso de su carrera y hay los suficientes momentos de inspiración como para dedicarle una reseña.

"Wanderer", el tema que abre y títula el disco, es un buen ejemplo de esa doble vertiente positiva y negativa de la que hablaba antes: un bonito himno, prácticamente a capella, con la voz de Marshall doblada en múltiples tonos, pero muy corto, que deja la sensación de composición a medio explotar. "In your face" es el primero de los múltiples temas lentos del disco, oscuro y desabrido, sobre una progresión armónica bien construida pero simple y repetida hasta la saciedad en más de cuatro minutos. Mejor me parece "You get", un medio tiempo tortuoso, sobre otra sencilla pero efectiva proyección armónica (que al menos cambia en su parte nueva), que transpira desazón y rabia a partes iguales sin necesidad de ser ruidista, y con una original y entrecortada batería. "Woman" es el indudable tema estrella del disco, su primer sencillo, a dúo con Lana del Rey. Con un bonito comienzo que no repite en el resto del tema (y que por cierto no aparece en la versión single, ni en el videoclip), otra progresión armónica de blues desgarrado marca de la casa en las excelentes estrofas, un estribillo que tarda en llegar y que cuando lo hace puede parecernos demasiado simple pero no desentona, y una letra que reivindica ese feminismo tan en auge, resulta convincente. Aunque es cierto que apenas se distingue la voz de Del Rey de la de Marshall (de hecho Lana ni siquiera aparece en el videoclip), por lo que la evaluación de la parte vocal del tema no es demasiado favorable.

Tras estos cuatro temas de balance indudablemente favorable el disco pega un bajón en su tramo central: "Horizon" es una canción lenta y monótona, con guiños psicodélicos en su desarrollo y sobre todo con un inesperado abuso del auto-tune que no termina de encajar con una instrumentación tan clásica y co el zumbido de fondo de la mala grabación. "Stay", segundo sencillo, es una versión del mediocre tema de Rihanna, cuyo mayor acierto es que cambia sutilmente acordes y melodía llevándola a su terreno de manera que cuesta reconocer la original, pero que al volver a tener un tempo tan lento amenaza con una peligrosa sensación de aburrimiento. "Black" quizá sea mi segundo momento preferido del álbum: guitarra acústica al frente para llevar una sencilla pero efectiva progresión armónica, voces dobladas, tenebrismo, una excelente letra sobre el maltrato y la violencia de fatal desenlace, y probablemente el mejor estribillo del disco. Pero con "Robin Hood", el listón vuelve a bajar: muy folk, pero muy espartana, muy corta y muy simplona estructuralmente, nuevamente con la sensación de canción a medio componer.

Y los últimos tres temas de este relativamente corto álbum vuelven a ofrecernos un panorama irregular: "Nothing Really Matters" es un tema lento más, sobre el casi inevitable piano y con la casi inevitable atmósfera de tristeza y autodestrucción, que no desentona con el conjunto pero no aporta nada nuevo. Más interesante es "Me voy", con el título en español, y una guitarra que parece sacada del lejano oeste: otra balada llena de desazón, un estribillo en la que la voz de Marshall luce como en ningún otro momento del álbum, y por qué no decirlo, una letra escasa y tremendamente simple. Y el álbum se cierra con "Wanderer / Exit", que a pesar de lo que su título pueda indicar es otro tema totalmente diferente del "Wanderer" que abre el disco: también sin percusión, también con ambición de himno, también demasiado corto y sin embargo disfrutable gracias a su bonita y a la vez triste melodía.

Podemos concluir que el largo parón no ha afectado en exceso al talento creativo de Marshall, pero ni su maternidad en 2015, ni sus múltiples hospitalizaciones han dejado una huella perceptible en sus composiciones. Al contrario, esa mirada al pasado que hace que "Wanderer" parezca más un álbum de sus comienzos a finales de los noventa que de 2018 es lo que resulta más apreciable en esta colección de canciones. Que probablemente no merecieran quedar en olvido como pretendían en Matador, pero que hubieran necesitado otra vuelta de tuerca y otro estímulo creativo para haber consolidado su carrera más allá del circuito indie. Tal cual ha quedado contiene buenos momentos y resulta disfrutable para sus seguidores, pero también es claramente una oportunidad perdida en su carrera. Y probablemente ya no haya más.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Orbital: "Monsters exist" (2018)

El regreso de los hermanos Paul y Phil Hartnoll ha sido una de las agradables (y no demasiado esperadas) noticias de la temporada. Y es que cuando en 2012 publicaron el que hasta la fecha era su último álbum (el recomendable "Wonky"), anunciaron que era el punto y final a su carrera. Circunstancia que parecieron confirmar el proyecto de Paul Hartnoll en solitario ("8:58", que vio la luz en 2015), y su posterior colaboración con Vince Clarke en 2016 (ese interesante "2square" que también reseñé en este humilde blog). Pero por lo que sabemos ahora, Paul y su hermano Phil volvieron a ensayar e intentar componer juntos ya a finales de 2016, y como vieron que la química entre ellos seguía existiendo y la creatividad aparecía sin esfuerzo, fueron componiendo poco a poco los temas de este "Monsters exist" que se ha publicado hace unas pocas semanas. Y que supone nada menos que su noveno álbum de estudio a lo largo de prácticamente treinta años de carrera. Una trayectoria lo suficientemente extensa como para que la primera pregunta sea si realmente el retorno merecía la pena.

Y la respuesta es un sí rotundo: no sólo han vuelto a la carga con las ganas de unos adolescentes, sino que han entregado sin duda uno de los mejores álbumes de su carrera, en dura pugna con su mítico "In sides" de 1996. La mejor prueba de esta afirmación la constituye el hecho de que además de los nueve temas y cincuenta minutos del álbum oficial, en la edición deluxe el dúo entrega nada menos que seis temas adicionales, junto con un par de remezclas de canciones del álbum oficia, por lo cual estamos ante setenta y cuatro minutos de música creada para la ocasión. Y la segunda prueba la constituye que, en mi opinión, todos los temas del álbum oficial se sitúan por encima de todos los temas de la edición deluxe. Es decir, que Paul y Phil saben perfectamente cuándo han dado con la tecla.

La primera vez que aciertan con ella es en el tema que abre el disco y además le da título: "Monsters exist" es efectivamente un tema tenebroso, rotundo y chirriante a partes iguales, con una percusión contundente, no orientado a la pista de baile, con sus arabescos de sintetizadores y sus voces post-procesadas, y rebosante de talento, como lo muestra el sintetizador que lleva la melodía principal y que no aparece hasta el tercer minuto. Igual de brillante aunque en un registro totalmente diferente se sitúa "Hoo Hoo Ha Ha": ahora sí con una de esas progresiones armónicas desquiciantes que parecen no tener un patrón fijo tan típicas de la banda, un ritmo binario rápido y efectivo, y sobre todo esa trompeta sintetizada que tanto contrasta con el resto, y que aunque al principio parece una broma se vuelve más y más adictiva con cada escucha. "The raid" vuelve a ralentizar el ritmo y se sitúa un escalón por debajo de los dos anteriores, con su comienzo de película de ciencia-ficción de serie B y sus voces sampleadas, aunque a partir del segundo minuto su batería arrestrada, su atmósfera ominosa y un certero sintetizador principal logran que suba el nivel.

"P.H.U.K." vuelve a acelerar el tempo y se constituye en el tema que mejor enlaza con el estilo tradicional de la banda (de hecho esa debió de ser la razón principal por la que lo eligieron como segundo sencillo hace unas cuantas semanas): una base 100% house, muchos guiños al intelligent techno y un carrusel de partes diferenciadas que se van sucediendo y que harán las delicias de cualquier festival de verano. Aunque a mi modo de ver no le hace sombra a "Tiny foldable cities", el primer sencillo y también el mejor tema del disco (y uno de los mejores de su carrera): un medio tiempo introspectivo, con unos sintetizadores tremendamente originales, que no para de crecer y que sobre todo emociona cuando a partir del tercer minuto surge ese teclado rápido que remata con mucho talento el conjunto, y que deja en mal lugar a todos aquellos creadores de música electrónica que repiten una y otra vez la misma sucesión de compases hasta llegar a los seis minutos de rigor. Tras semejante exhibición, "Buried Deep Within" bastante hace con no desentonar, con sus tramos atmosféricos al comienzo y a mitad del tema y ese ritmo binario efectivo que tarda en entrar.

El último tercio del álbum se inicia con "Vision OnE", mi tercer tema favorito: otra vez una atmósfera envolvente, un ritmo que al principio empieza siendo sincopado pero acabará siendo binario, y una clara orientación a la pista de baile, aunque lo mejor es ese estridente sintetizador con el pitch a tope y la exhibición de nuevos sonidos y melodías que van introduciendo sin parar a partir de las dos progresiones armónicas claramente diferencias que vertebran el tema. "The End IS Nigh", el penúltimo corte, ha sido recientemente elegido como tercer sencillo, una elección a mi modo de ver incorrecta, porque posiblemente se trate del corte más experimental de todo el disco, con esas partes lentas que se arrastran sin progresión armónica que las sostenga, y los samplings de susurros femeninos saltando aquí y allá, aunque, cuando surge, la melodía principal no desentona con el nivel medio del álbum. Y el broche de oro lo pone "There Will Come a Time", que cuenta con la participacón vocal (que no cantada) del físico, divulgador y antiguo teclista de D:Ream Brian Cox. Construida sobre la que es sin duda una de las mejores letras del año, sobre la realidad de la vida humana en el universo, es fascinante cómo los Hartnoll usan ese discurso para ir desarrollando el tema, usando determinadas frases, preguntas y parones para introduciendo efectos, sonidos y cambios, creando un conjunto cautivador de más de siete minutos no apto para la pista de baile pero sí para tocar nuestra fibra sensible en cualquier momento, y que barre de un plumazo la etiqueta de fría que suele arrastrar este tipo de música.

La edición deluxe es como decía la mejor prueba del excelente momento creativo de los hermanos Hartnoll. Hay curiosidades ("A Long Way from Home", una demo que por primera vez en su carrera los muestra componiendo exclusivamente con una ¡guitarra acústica! y un teclado al viento), probaturas sobre la viabilidad creativa de la banda ("Analogue Test Oct 16"), momentos para la pista de baile ("Kaiju"), una remezcla interesante aunque sin mejorar el original de "Tiny Foldable Cities", la versión puramente instrumental de "There Will Come a Time" (que permite observar lo bien que han construido el tema a partir de la parte vocal), y sobre todo dos canciones que probablemente no llegan al nivel de las nueve del álbum oficial pero que sin duda habrían entrado en la mayoría de sus discos: "Dressing Up in Other People's Clothes" (con su bombo sobredimensionado, su parafernalia de efectos y su elaborada melodía principal) y "To Dream Again" (con sus clásicos acordes en séptima, su ritmo vertiginoso y su superposición de sintetizadores infecciosos).

Así que después de casi ochenta y cinco minutos de música sin espacio para el aburrimiento las conclusiones no pueden ser más favorables: Paul y Phil han vuelto cuando les ha apetecido, y sin presión han creado uno de los mejores álbumes en lo que llevamos de temporada, bien entroncado con el grueso de su carrera, con guiños a sus momentos más reconocibles tanto en la pista de baile como en la habitación de nuestra casa, partiendo de buenas composiciones que desarrollar y sobre todo con un talento sorprendente para seguir creando y enlazando sonidos nuevos a estas alturas de su carrera. Y eso sin recurrir a la poco menos que imprescindible en este tipo de álbumes intervenciones vocales cantadas con las que dar variedad al conjunto. Sólo nos queda confiar en que este retorno no sea algo puntual , y que en no muchos años puedan darle continuidad. Porque la música electrónica les sigue necesitando.

sábado, 13 de octubre de 2018

El temido (y fallido) segundo álbum

En la presente entrada voy a hablarles de un tema que, no por recurrente, deja de ser cierto en el siempre complicado panorama musical: el temido (y fallido) segundo álbum. Porque entre las novedades que esperaba con ilusión esta temporada se encontraban tres bandas de las que me hice eco en este humilde blog por el buen nivel de su álbum de debut. Confiaba en que sus segundas entregas mantuvieran al menos ese nivel y las consolidaran musicalmente hablando, pudiendo dedicarles así sus reseñas independientes. Y sin embargo, tras unas cuantas decepcionantes escuchas, me veo obligado a dedicarles una entrada común, porque lo único que han tenido en común ha sido desgraciadamente que se tratan en mi opinión de segundos álbumes fallidos, de retrocesos en sus carreras en el peor momento, y quién sabe incluso si del final de las mismas. Estoy hablando de los nuevos álbumes de Train To Spain, Tiny Deaths y Night Club.

Los suecos Train To Spain debutaron en el año 2015 con "What's all about". Aunque tardé en toparme con él a causa de su escasa difusión, me conquistó la manera como recreaba el italo-disco de los ochenta, manteniendo su esencia pero sin embargo consiguiendo un sonido propio, relativamente reconocible, y sobre todo con algunos temas realmente notables ("Keep on running", "Work harder", "Blipblop"). De hecho, parecía que la banda iba destinada a seguir creciendo, porque como anticipo a su segundo álbum publicaron hace poco más de dos años un sencillo ("Believe in love") que me encantó con esa inyección de optimismo que habían sabido conjugar con su peculiar mirada al pasado. Pero cuando, tras dos largos años, por fin le han dado continuidad con "A journey" hace unas pocas semanas, el resultado ha sido completamente fallido: sí que mantienen el sonido retro, pero les falta la inspiración. El álbum se abre con el único tema realmente destacable ("I follow you"), disfrutable a pesar de su estructura un poco extraña en la transición estrofa-estribillo. Y el resto de los temas (hasta que llega la mencionada "Believe in love", recuperada aquí para cerrar el disco) es una vana esperanza de que acierten con la tecla de la inspiración. Cosa que no sucede, limitándose a tirar de oficio para llegar hasta el final de una entrega muy discreta.

Más sorprendente es si cabe el retroceso de los estadounidenses Tiny Deaths, que me cautivaron con su sencillo, orgánico y sugestivo "Elegies" de principios del año pasado, con momentos tan brillantes como "Ever", "Wrong", o "The gardener". Para darle continuidad con "Magic", el dúo ha mantenido la sencillez en la instrumentación, pero ha dado un giro electrónico bastante acusado a su sonido (cosa que, como saben quienes siguen este blog, no es en absoluto un movimiento estilístico que yo rechace). Hasta el punto de que cuesta reconocerlos. A ese inconveniente de la pérdida de personalidad se le añade un problema aún mayor: preocupados por esa sonoridad más contemporánea, han descuidado las composiciones, y de los cuatro sencillos publicados, sólo el tercero (la desasosegante "Us"), nos recuerda el talento que exhibieron para generar emociones con su disco de debut, mientras que los otros tres ("Don't let go", "Always" y "Away") se pierden en esa exploración sonora, sin estribillos que los sostengan ni melodías que nos enganchen.

La última (y menor decepción) de los segundos álbumes que he escuchado en estas últimas semanas ha sido el retorno del dúo estadounidense Night Club. La decepción ha sido menor porque la electrónica oscura de su debut ("Requiem for romance", 2016) no llegó a ser lo suficientemente redonda como para merecer una entrada en este blog (menos de media hora, una instrumentación simplista, muchos temas previsibles), pero la sensual voz y presencia de Emily Kavanaugh, la estridente y efectiva "Bad girl" y sobre todo la irresistible "Psychosuperlover", que si hubiera caído en manos de Kylie Minogue en sus años dorados habría sido un éxito mundial, me hacían anhelar esperanza de que en su "Scary world" (2018) ampliaran esos aciertos. Desgraciadamente ha sido al contrario: el sonido sigue siendo preocupantemente simple, la propuesta contundente-estridente sigue siendo su inamovible bandera, y lo que es peor, no hay ni siquiera una gran canción a la que agarrarse en sus escasos treinta minutos (el supuesto tema estrella, "Candy Coated Suicide" es un pobre remedo de sus hermanos del primer álbum, con el estribillo como único argumento para intentar cautivarnos).

Y es que se vuelve a confirmar que el segundo álbum es el más determinante en la carrera de cualquier artista: si expande las virtudes de su primer álbum a la vez que consolida su personalidad, seguramente estemos ante un artista que consolidará su legión de seguidores y perdurará en el tiempo. Si en cambio se limita a repetirse a sí mismo pero con menos inspiración (como Train To Spain o Night Club), o da un giro estilístico acusado sin acordarse de que debe tener buenas composiciones para sostenerlo (como Tiny Deaths), el resultado será fallido, y su carrera se verá seriamente cuestionada. Una pena que haya sucedido en estos tres casos; sólo espero que los futuros segundos álbumes de otros artistas descubiertos para el público en español por este humilde blog no resulten igual de fallidos.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Death Cab For Cutie: "Thank you for today" (2018)

Uno de los álbumes más esperados de este 2018 era el retorno de Death Cab For Cutie, que vio la luz hace poco más de un mes. En primer lugar porque la banda de Ben Gibbard es sin duda una de las que mejores momentos nos ha ido regalando a lo largo del presente siglo en sus ocho álbumes anteriores. Y en segundo lugar, porque éste es su primer álbum sin Chris Walla, guitarrista principal, compositor frecuente junto a Gibbard de muchos de sus temas, y productor de varios de sus álbumes. "Thank you for today" es el primer álbum de la banda sin su "segundo de a bordo", y había que calibrar si su ausencia inclinaba la balanza en un sentido favorable o desfavorable.

Afortunadamente el resultado no defraudará a los seguidores habituales de la banda, y posiblemente ganará a la mayoría de los adeptos que los descubran con él. Como es lógico, Gibbard se ha encargado en exclusiva de la composición de los diez temas. Y, con muy buen criterio, ha vuelto a reclutar como productor a Rich Costey, quien ya se encargó con maestría de dotar a su anterior álbum, "Kintsugi" (2015) de un sonido respetuoso con la personalidad de la banda a la vez que rico en texturas y abierto a las nuevas tendencias. Para completar los aciertos, a la banda se ha incorporado como guitarrista principal Dave Depper, un músico eficaz que parece sentirse cómodo con los arpegios cristalinos tan típicos de los estadounidenses. Estas tres buenas decisiones provocan que, salvo para los mejores conocedores de la banda, la ausencia de Walla pase prácticamente inadvertida. Y si encima tenemos en cuenta que a Gibbard se le sigue encendiendo con frecuencia la bombilla de la inspiración, probablemente estemos hablando de uno de los mejores discos en lo que llevamos de 2018.

Aunque debo indicar que la selección de los sencillos no reafirma esa impresión de gran álbum. El segundo de ellos es también el tema que abre el disco, "I dreamt we spoke again", que por supuesto no es un mal tema, que tiene en su letra y en la original batería del estribillo sus dos puntos fuertes. y que agradará a los fans de la banda con su atmósfera introspectiva y sus arpegios de guitarra en los intervalos instrumentales. Pero a la canción le falta un poco de gancho (y quizá haber rematado un poco más la composición con alguna parte nueva o alguna otra sorpresa) para llegar al nivel de sus grandes clásicos. Prefiero el segundo corte, "Summer Years", más rápido, con un precioso arpegio de guitarra y una melodía oscura en la que Gibbard canta más que nunca como Neil Tennant y nos refrenda el estupendo estado de su talento para crear canciones capaces de ponernos los pelos de punta. El tercer corte es probablemente el tema más diferente y vitalista del disco, y es lógico que Gibbbard lo escogiera como sencillo de presentación para que nadie pensara que se trataba de un disco exclusivamente continuista: "Gold rush", supuestamente con la participación de Yoko Ono en la composición, es un medio tiempo que arranca muy bien con su progresión armónica de acordes mayores, su percusión sucia y la repetición del título cada cuatro compases. Pero al tema le falta en mi opinión un estribillo más definido, y sobre todo evolucionar conforme avanza el minutaje.

Al igual que sucede con "Summer Years", la canción que sucede al supuesto sencillo estrella del álbum es en mi opinión claramente superior, y una de mis favoritas en lo que va de año: "Your Hurricane" es una nueva demostración de lo que puede dar de sí esta maravillosa banda: un delicado sintetizador que da paso a un medio tiempo de batería contundente, una preciosa guitarra y una melodía en las estrofas maravillosa, aunque la del estribillo no se queda atrás. Además, ahora el tema sí crece y evoluciona de manera inteligente, recurriendo a sintetizadores adicionales, segundas voces y cambios en la melodía del estribillo... quizá su única pega pueda ser que recuerde más de la cuenta a "Black sun", el tema de referencia de "Kintsugi". Casi del mismo nivel es el siguiente corte, "When we drive", o cómo llevar una estructura compositiva sencilla y típica (estrofa de dos acordes que derivan a un tercero justo para entrar en un estribillo de una sola frase) a cotas formidables de emoción: nos podemos imaginar a Gibbard y a su pareja por esas autopistas del medio Oeste estadounidense disfrutando al compás de esta canción que no para de enriquecer su instrumentación conforme avanza (guitarra acústica, efectos espaciales, sintetizadores en segundo plano...). Y para no perder la tónica, el nivel baja con "Autumn love", el tercer sencillo hasta la fecha, que nos recuerda al "For you" de Electronic, el proyecto paralelo de Bernard Sumner en los noventa en su guitarrero comienzo, pero que luego no acaba de coger el ritmo en unas estrofas un tanto entrecortadas y en un estribillo con abuso de "oh oh" y unas notas demasiado altas.

El tramo final del álbum sigue acogiendo momentos de gran nivel. El primero el séptimo corte, "Northern lights", quizá mi segundo tema favorito del álbum: una canción rápida (nada de aburguesarse con la edad), que comienza con un arpegio de guitarra-bajo que recuerda a New Order, y un perfecto equilibrio entre la steel guitar y el piano acústico, antes de que empiece otra bonita estrofa sobre esos mismos acordes, aunque lo realmente memorable son su excelente estribillo y el intervalo instrumental, que me recuerda al de "What do you want from me" de Monaco, el proyecto paralelo de Peter Hook en los noventa (la cosa va de proyectos paralelos de New Order). "You moved away", el octavo corte, es quizá el tema más original desde el punto de vista instrumental, expansivo sobre un sintetizador al que es difícil detectarle los cambios de notas, y con un estribillo aderezado por una original percusión, que sin ser un gran tema no obliga a pulsar el forward. Muy superior es "Near/Far", la penúltima canción, otro tema rápido, con un ritmo binario marcado más propio de una banda de veinteañeros, que sin casi preparación nos introduce en otra estrofa elegante marca de la casa, que desemboca con la misma premura en un doble estribillo realmente cautivador, que además cambia a partir de la segunda repetición de un modo tan natural que resulta casi imperceptible. Y quizá con la mejor producción del disco, acelerando y frenando el tema, enriqueciéndolo con instrumentos de unas partes que son utilizados a propósito en otras... todo un despliegue de inteligencia. Y Gibbard juega al despiste con "60 & Punk", pues parece que nos va a entregar el inevitable "baladón" que aún no ha aparecido por el disco, y su comienzo con voz y un precioso piano nos lo hacen creer, pero en seguida llega la batería y el tema se vuelve más instrumentado de lo que parece: una balada, sí, pero menos convencional, con una bonita letra sobre un ídolo musical de Gibbard (no sabemos si real o ficticio) aparentemente venido a menos como punto fuerte.

Y así terminan estos treinta y ocho minutos que se hacen más cortos si cabe al carecer de desperdicio. Apenas hay temas menores, y sí varios momentos que nos obligan a seguir maravillándonos ante el talento creativo y sobre todo la capacidad para evocar sentimientos de Gibbard, algo tan difícil en el más que prefabricado panorama musical contemporáneo, donde los estadounidenses siguen brillando con luz propia. Por cierto, es de agradecer que un cuarentón como Gibbard siga creyendo que el pop independiente e intimista aún puede expresarse a través de tempos medianamente altos. Así que ver si para el décimo álbum sigue conservando la inspiración y las ganas de que no nos aburguesemos. Gracias, Sr. Gibbard.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Rick Astley: "Beautiful life" (2018)

El retorno del británico Rick Astley hace un par de años, coincidiendo con su cincuenta cumpleaños, fue una de las agradables sorpresas del 2016: después de un larguísimo parón, y sólo cuando su vida personal le permitió retomar las labores de composición, resurgió con un álbum más que decente, ese "50" respetuoso con su carrera y sus gustos musicales, que sonaba maduro pero no rancio. Eso sí, cuando reseñé el disco, no esperaba que en tan sólo un par de temporadas volviera a la carga con otros doce temas. Supongo que el éxito de su retorno aceleró este "Beautiful life", pero a su edad Astley no debería tener prisa por reivindicarse, ni por demostrar que sigue activo. Y me temo que bastante de eso hay detrás de este álbum, claramente inferior a su predecesor.

Y es que "Beautiful life" queda bastante por debajo de "50". De manera obvia en los sencillos (aquí no hay ningún éxito del calibre de "Keep singing" o sobre todo "Angels on my side"), pero de manera más preocupante en la inspiración: son muchas las canciones que tiran de la voz de Astley y de su cultura musical para resultar dignas, pero hay mucho más oficio que de magia. Aunque el hecho de que Astley se haya vuelto a encargar de componer, producir y cantar todos los temas asegura que el resultado sea homogéneo y consistente con el resto de su carrera. Por lo que se trata de un álbum claramente destinado a sus seguidores de toda la vida, más o menos indulgentes con su nivel medio. Pero no va a abrirle ningún otro camino.

Un buen ejemplo de lo que digo es "Beautiful life", el tema que titula, abre el disco y es además su supuesto sencillo estrella: bailable (sí, bailable), con su guitarra de influencia funky y su guiño al sonido philly en sus violines sintetizados, pero rutinario a pesar del espacio que deja para los arreglos contemporáneos, sin magia en su melodía, y sin ni siquiera espacio para que Astley luzca sus cualidades vocales. "Chance to dance", con pinta de frustrado tercer sencillo, vuelve a resultar correcto, con esos coros a lo The Christians que adornan las estrofas y la guitarra acústica llevando la progresión armónica, y quizá un poquito superior a la anterior gracias a su parte nueva y a que sí se deja hueco para lucirse, pero vuelve a faltar gancho, y el estribillo deja indiferente. "She makes me", con su batería programada y su arpegio de guitarra, comienza con mejor pinta, pero el estribillo con sus acordes menores resulta demasiado convencional, transitando por caminos quizá ya demasiado explorados, y algo parecido sucede con su parte nueva. Y "Shivers" tampoco acaba de remontar el vuelo, con su para mí obvio intento de imitar a los Imagine Dragons (casi parece que escuchamos la voz de Dan Reynolds) y su flojo estribillo.

"Last night on earth", el quinto corte, sigue sin ser el momento que nos enganche: un medio tiempo correcto, que vuelve a sonar más medido que inspirado, pero que conforme avanza da los primeros síntomas positivos, porque antes de las últimas repeticiones del estribillo Astley se arrima a lo que parecen unos coros gospel, y el efecto sí que llama la atención y hace concebir esperanzas de cara al resto del disco. Esperanzas que se confirman en "Every corner", para mí el primer momento realmente reseñable: un tema más oscuro, con cierta rabia, un ritmo sincopado menos convencional, unos teclados relativamente originales, un estribillo no especialmente bonito pero efectivo con sus coros femeninos... Y que llegan a su máxima expresión con "I need the light", para mí el mejor momento del disco: un precioso (y complicado) arpegio de piano, la voz desgarrada de Astley y una atmósfera fría y oscura, rematada ahora sí por un sencillo pero efectivo estribillo, y sobre todo por una preciosa parte nueva instrumental con un piano espectacular. "Better together", el octavo corte, no es capaz de mantener el nivel, pero tampoco desentona, con su atmósfera tenebrosa, su original guitarra al final de cada compás, y un estribillo pegadizo.

El último tercio del disco se inicia con "Empty heart", con la voz y la guitarra acústica de Astley: una vuelta a la convencionalidad, evocadora pero un tanto previsible, aunque el elaborado estribillo a lo Noel Gallagher, con sección de viento para rematarlo, y una de las mejores interpretaciones vocales de Astley, mejoran el resultado global. "Rise up", décimo corte, una balada en la que Astley susurra durante las estrofas sobre una progresión armónica de reminiscencias psicodélica y unos inesperados bongos, vuelve a resultar agradable pero poco cautivadora, a pesar de que en su parte nueva el tema crece. "Try", penúltimo tema y sencillo actual, es para mí el segundo mejor momento del álbum: aunque no pueda quitarse de encima la sensación de haberse inspirado en el "Yellow" de Coldplay (sobre todo en su contundente estribillo), la melodía de las intimistas estrofas es bonita, en la del estribillo Astley puede dar rienda suelta a todo su chorro de voz, y en su parte nueva la sección de cuerda sintetizada completa con gusto el conjunto. Y el álbum se cierra con el inesperado gong que da comienzo a "The good old days", un medio tiempo más contundente y guitarrero y menos intimista de lo que cabría esperar para terminar el disco, con una bonita progresión armónica y sobre todo un respetuoso homenaje a alguno de los álbumes que marcaron los gustos musicales del británico (cita desde el "Yellow submarine" de The Beatles al "A night at the opera" de Queen), reconociendo además la influencia de sus hermanos a la hora de dar forma a sus preferencias.

Ese empujón que le da Astley al álbum a partir de su sexto corte es el que me ha animado a dedicarle una entrada en este humilde blog. Porque evaluado fríamente, cinco temas relevantes pueden ser suficientes para hacerle un hueco en nuestra discoteca personal. Lo que sucede es que da la impresión de que es cuando Astley se olvida de gustar y de plegarse a lo "fácil", y decide ser el mismo, es decir, en esa segunda mitad del álbum, cuando sigue ofreciendo buenos temas. Y eso es muy peligroso a estas alturas de su carrera, porque no lo necesita y porque las ventas le pueden fallar (como de hecho le ha sucedido en parte). Así que si en algún momento decide darle continuidad a este "Beautiful life", espero que se tome su tiempo para hacerlo, y que se dedique sobre todo a disfrutar componiendo e interpretando. Será la mejor manera de asegurar que nosotros lo haremos también.

lunes, 27 de agosto de 2018

Florence + The Machine: "High as hope" (2018)

Uno de los álbumes más esperados de este 2018 que tan flojo está resultando respecto a grandes lanzamientos ha sido el regreso de Florence + The Machine. "High as hope" es su cuarto álbum de estudio, y llega tres años después de "How big, how blue, how beautiful" (2015). Un periodo no demasiado largo si tenemos en cuenta que para su tercera entrega Florence Welch se había tomado sus cuatro largos años. De hecho, "High as hope" es su álbum más corto hasta la fecha (los mínimos diez temas de rigor y apenas cuarenta minutos), lo que refleja que probablemente ha llegado justa a nivel de creatividad para completar el disco. Una impresión que se acrecienta tras unas cuantas escuchas. Porque aunque no se trate de un mal álbum, y Florence quizá lo haya cantado mejor que nunca, sí que es en mi opinión el más flojo hasta la fecha en su carrera.

Quizá lo que más se aprecia en esta cuarta entrega respecto a sus predecesoras es la falta de inteligencia para arreglar, instrumentar y evolucionar las canciones. Y es que la idea de reclutar a Emile Haynie como productor no me ha parecido especialmente acertada. Porque no es lo mismo producir a Lana del Rey o a Bruno Mars que a Florence + The Machine, que es una artista mucho más compleja, menos convencional, y que requiere de mucho talento para sacarle todo el partido. La mayoría de los temas de "High as hope" pecan de escasa evolución instrumental, y el sonido dista de ser redondo. Personalmente echo mucho de menos a Paul Epworth, que sacó mucho lustre a las mejores canciones de sus dos primeros álbumes, o incluso a Markus Dravs, que mantuvo el tipo en su tercer álbum. Probablemente haya influido el deseo de Florence de entregar un álbum más íntimo y homogéneo, pero el caso es que no hay espacio para innovaciones, y sí para pensar a menudo qué bien habría quedado tal canción si... Incluso el característico harpa de Tom Monger suena más deslucido.

Todo ello se aprecia en "June": una íntima confesión de los sentimientos de Florence después de un concierto, con una melodía agradable y su sello inconfundible en los coros barrocos del estribillo, pero quizá demasiado lenta para abrir el álbum, y de evolución un tanto previsible. Claramente mejor es "Hunger", sin duda uno de los mejores momentos del disco (no en vano fue su segundo sencillo): más dinámica, más pop sin perder su personalidad, con otra letra excelente, una maravillosa interpretación de Florence, y una bonita melodía, que incluye una certera parte nueva. Aunque nuevamente queda la sensación de que la instrumentación no llena bien el espectro, y que además no evoluciona todo lo que debería. "Southern London forever" baja nuevamente el nivel: su compleja melodía, en mutación permanente, nunca termina de enganchar, y sus bajadas y subidas de ritmo tampoco ayudan, y el tema se acaba haciendo un tanto largo. Menos mal que inmediatamente surge "Big God", para mí el mejor tema del álbum, sobre una tenebrosa progresión armónica sostenida por el piano, que Florence lleva a lo sublime con una maravillosa melodía. Y que ahora cuenta por fin con una instrumentación más adecuada (muy en la línea de Portishead, por cierto), sobre todo cuando, tras ese interludio coral tan desasosegante como reconocible, entra la sección de viento.

"Sky full of song", menos inspirada pero superior en mi opinión a "June" y "Southern London forever", cumple su papel (de hecho fue el primer sencillo): otra canción lenta, bien interpretada, con una melodía que juega a ser optimista sin terminar de serlo, a la que en mi opinión le falta gancho en el estribillo y un desarrollo instrumental definido. "Grace" se construye sobre un bonito (y tal vez demasiado clásico) piano, pero en su contra juegan su cadencia (ya venimos de varios temas lentos) y su instrumentación un tanto espartana (ya tocaría algo más original, que diera colorido al álbum), por lo que el fantasma del aburrimiento acecha peligrosamente. En esta oportunidad es "Patricia" (el tercer sencillo) la canción que viene a recordarnos que la energía y los temas dinámicos también eran parte del repertorio de la londinense. Y eso que el comienzo vuelve a ser lento y desnudo, pero su doble estribillo cautiva precisamente por su fuerza, y los toques soul de su progresión armónica y sus coros le sientan muy bien. Si bien de nuevo da la impresión de que el tema no acaba de explotar instrumentalmente, y se limita más bien a dar pie a todos los músicos sin un propósito del todo definido.

"100 years" sí es capaz de darle continuidad a lo más certero de Patricia, y es en mi opinión el tercer mejor momento del álbum: mucho piano y mucho tramo desnudo, es cierto, pero el barroquismo de su estribillo es absolutamente reconocible, sobre todo en esa un tanto inesperada parte nueva que desborda sensualidad y calor, y que mantiene ya el tipo hasta el final. Tras su cinematográfico comienzo, "The end of love" confirma que es un tema claramente adecuado para la penúltima escena de una película romántica, con una bonita melodía, una estructura clara y la desnudez instrumental esperable. Y "No choir" cierra el álbum con un tema lento más, en el que lo más reseñable es su bonita letra y su agradable melodía, sin que haya habido espacio para sorpresas ni para un tema realmente rápido que levante al público en sus conciertos.

Porque en el fondo ése es el principal problema de "High as hope": que es el álbum menos versátil de Florence + The Machine hasta la fecha, y nos muestra a un artista menos poliédrica, muy enfocada en los temas lentos y en el intimismo, y además con una instrumentación menos conseguida que en sus predecesores. El álbum ganaría con un tema realmente experimental, con una versión de algún clásico llevado al terreno de la banda, con un tema de tempo 120 bpms... Tal cual ha quedado no es, por supuesto, un mal álbum (estamos hablando de uno de los mejores artistas en lo que llevamos de siglo), pero parece claro que apenas perdurará uno o dos de sus temas en sus conciertos dentro de unos años. Esperemos al menos que no se trate del desgraciadamente habitual giro a la madurez (Florence ha cumplido 31 años), porque nos impediría volver a disfrutar de muchas de las facetas de esta gran artista.

Translate