Este 2018 al que le queda poco más de un mes está resultando probablemente el año más decepcionante musicalmente hablando desde que mantengo este humilde blog. No tanto porque la disociación entre música de éxito y música alternativa por una parte, y música de calidad por otra, continúe, sino porque incluso dentro de los artistas que desde hace años sigo sus nuevas propuestas están suponiendo en muchos casos un bajón considerable respecto a sus entregas anteriores. Es el caso de tres artistas que ya habían aparecido por este blog y que esperaba le dieran un aliciente adicional al otoño con sus nuevos álbumes: Robyn, The Crystal Method y Man Without Country. Ninguno de ellos al final ha llegado a satisfacerme hasta el extremo de merecer una entrada independiente.
"Honey", el octavo álbum de la ya veterana Robyn, vio la luz hace unas semanas tras nada menos que ocho años desde su anterior entrega, ese desbordante "Body talk" con el que se aupó tanto a las listas de ventas como a las de mejores álbumes de casi todo el mundo. Desde entonces la cantante y compositora sueca ha ocupado su tiempo dedicándose a diversas colaboraciones (Neneh Cherry, Röyksopp, Mr. Tophat), como si no se encontrara lista para darle continuidad a su mejor disco hasta la fecha. Al final, hace unas semanas ha regresado con "Honey", un disco que por lo primero que sorprende por lo escaso de su contenido (nueve temas frente a los quince de "Body talk" se antoja poco para casi una década de silencio). Es cierto que el tema que lo abre y primer sencillo es notable. "Missing U" acierta mezclando electrónica, baile y melancolía, aunque en mi opinión queda lejos de "Dancing on my own" y "With every heartbeat", los formidables temas estrella de sus dos álbumes anteriores. Pero el resto del disco no se acerca siquiera al nivel ("Honey", el segundo sencillo, es un tema que pasa sin pena ni gloria, y el resto se pierde entre canciones que no habrían pasado de descartes en su anteriores álbumes como "Human being", y experimentos para llenar minutaje como "Beach2k20"). Ni siquiera hay colaboraciones de postín como en discos precedentes, y la impresión final es que "Honey" ha supuesto un importante paso atrás en su carrera, como también lo están reflejando sus ventas mucho menores. Así que habrá que ver si intenta darle continuidad en menos de ocho años.
Los norteamericanos The Crystal Method también han regresado hace unas semanas con su sexto álbum de estudio, "The trip home", tras cuatro años desde su meritorio "The Crystal Method". Y el retorno también ha sido mucho más flojo que su predecesor: mucho pitch, muchos sonidos estridentes, mucha percusión en primer plano como inamovibles señas de identidad, pero mucha menos inspiración que su predecesor: "Holy Arp", su primer sencillo, parece un "precalentamiento" en el estudio antes de empezar a componer en serio, "There's a Difference", el segundo, con la participación vocal del para mí desconocido Franky Pérez, es un tema de rock ramplón mucho menor que las excelentes colaboraciones vocales a cargo de por ejemplo Dia Frampton y LeAnn Rimes de su disco anterior, y "Ghost in the city" es otro tema vocal que intenta enganchar por estridencia y contundencia pero se queda en repetitivo y previsible. Y ni siquiera hay un tema oculto que tenga el nivel suficiente para contentar a sus seguidores, por lo que el conjunto es un disco tremendamente anodino y que desmerece un tanto del nivel medio de la discografía de la banda.
A una escala inferior, también ha supuesto una decepción el tercer álbum de Man Without Country, "Infinity mirror". En este caso la decepción ha sido menor porque se trata de una banda menos relevante en el panorama internacional, y porque ha pasado de ser un dúo a convertirse en el proyecto en solitario de Ryan James tras la salida de su compañero Tomas Greenhalf. Aquí el estilo sí es completamente reconocible con sus elegantes sintetizadores, sus guitarras tamizadas y sus voces distorsionadas, y el disco contiene el mismo número de temas que sus entregas anteriores, lo que no deja entrever complicaciones compositivas, pero lo cierto es que la chispa creativa (quizá por haberse convertido en un proyecto personal) le ha fallado a menudo a James. Y es que dos de sus sencillos (la correcta y reconocible "Remember the bad things", y el medio tiempo poco evocador "Lafayette", serían meros temas para completar el minutaje en su anterior entrega, el meritorio "Maximum Entropy"). Sólo su último sencillo (la relativamente bailable a pesar de su un tanto trasnochado piano electrónico "Achilles heel") nos recuerda lo prometedora que fue una vez esta banda. Mientras que el resto del álbum se mueve entre lo correcto y lo anodino, sin encontrar tampoco grandes momentos que nos enamoren.
Conforme acumulo decepciones de varios artistas a los que he seguido todos estos años trato de averiguar qué está sucediendo para que incluso quienes poseen una trayectoria musical relevante desde mi punto de vista bajen el listón con sus nuevas propuestas. Tengo la impresión de que la menor relevancia de la música como generadora de ingresos, y el que tantos y tantos tótems de otras décadas sigan siendo difundidos en nuestros días como si estuvieran de plena actualidad, está afectando a la motivación creativa de muchos de los artistas actualmente en activo. Eso o que la edad no perdona, la creatividad se reduce y la música se vuelve más una profesión que una ilusión. En todo caso seguiré la trayectoria de estos tres artistas, pues no pierdo la esperanza de que en un futuro vuelvan por donde solían.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
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domingo, 25 de noviembre de 2018
martes, 24 de febrero de 2015
Man Without Country: Maximum Entropy (2015)
Tras el paréntesis vacacional y la revisión de los mejores temas de 2014, retomo las entradas dedicadas a reseñar lo más señalado de los nuevos lanzamientos musicales. Voy a escribir sobre "Maximum entropy", el segundo disco del dúo galés Man Without Country. Un disco que llega tres años después de su álbum de debut, "Foe", que los sitúo como una de las nuevas propuestas más interesantes de los últimos años en el panorama synth-pop, pero que también dejó claro que su obsesión con los sonidos atmosféricos se trasladaba de manera un tanto amateur a sus creaciones, que en general quedaban relativamente dispersas entre tanto barroquismo.
En este "Maximum entropy" Ryan James y Tomas Greenhalf no se han movido un ápice de esa obsesión tan personal por las composiciones envolventes, que tienden una red en torno al receptor para atraparlo en ella, pero han dado un paso adelante a la hora de defender mejor la estructura y las melodías vocales de sus canciones, y ello juega muy a su favor. Como también ayuda el haber abandonado la preeminencia de los temas rápidos, ahora más sabiamente conjugados con más tiempos medios e incluso alguna "balada". No obstante, en mi opinión aún conceden demasiada importancia a la atmósfera, y a menudo sobran reverberaciones, trémolos, samples, y ecos aquí y allá, aparte de que en prácticamente todos los temas la parte vocal está excesivamente distorsionada y mezclada demasiado baja, lo cual está en línea con su propuesta y probablemente camufla las limitadas cualidades vocales de Ryan, pero también hace a menudo imposible comprender los textos, resultando imprescindible internet para localizarlos y seguirlos. Quizá si siguen ganando gradualmente adeptos, acaben en manos de un productor que sepa respetarles la personalidad pero sepa pulirles esos defectos.
Porque si, como en mi caso, nos hacemos con un programa básico de remasterización, rescatamos las partes vocales subiendo la mezcla en las frecuencias medias y abrillantando un poco los agudos, descubriremos un buen puñado de temas más que interesantes, que además ganan con cada nueva escucha. Empezando por el que abre el disco, "Claymation", que ya dieron a conocer hace unos meses en el EP del mismo título. Uno de los temas más pop que han escrito hasta la fecha: directo, de duración contenida, con una estrofas oscuras y envolventes marcas de la casa, que dan paso a un estribillo luminoso, coronado por un bonito intervalo instrumental que gira en torno a un bonito solo de un lejano sintetizador y una original percusión. Aunque no es el caso de "Entropy", segundo corte sólo interesante por el ritmo sincopado y estridente a base de percusiones superpuestas y bajos sintetizados que se complementan, pero sin una auténtica composición que sustente el tema. El dúo vuelve a la senda de la inspiración con "Laws of motion", tercer corte y sencillo de presentación del disco, que ya publicaron a finales del año pasado y que formó parte de mi lista con los mejores temas de 2014. Una canción a dúo con Morgan Kibby (de White Sea y M83), que atrapa con su inicio etéreo, su bajo poderoso y su melodía de tonos altísimos. Virtudes que pasados tres minutos dejan hueco a una nueva progresión armónica, más colorista y que sirve como estupendo colofón.
"Oil spill" vuelve a ser más interesante por su instrumentación y su atmósfera que por la composición en sí. Inicia además el tramo más lento y difícil de disfrutar del disco. "Loveless marriage" es mucho más interesante (una balada gélida con una letra que incide en las relaciones que se derrumban como principal eje argumental del álbum y que crece hasta el desgarro cuando entra toda la percusión y el arpegio de piano cerca del cuarto minuto), pero es sólo el segundo de los tres temas lentos consecutivos. Y el tercero, "Deadsea", aunque desde luego nos transporta al escenario que indica su título, es un sofocante tema casi instrumental al que le sobran al menos la segunda mitad de sus más de siete minutos (minutaje que sólo podría haber estado justificado si se le hubiera elegido como el tema de cierre del disco). Así que cuando empieza el séptimo corte (mi segundo tema favorito, "Catfish", con la colaboración vocal de la danesa Lisa Alma), su ritmo rápido, su concreción y la manera como va creciendo, hacen que el receptor anhele desesperadamente el bombo para dar rienda suelta al hedonismo tras tantos minutos de recogimiento. Además, el dúo enriquece el tema con inteligentes armonías, un excepcional uso de la caja de la batería sintetizada (alejada de la jerarquía del simple ritmo binario) y sintetizadores programados que se balancean entre los dos canales. Lástima que la progresión armónica sean siempre los mismos tres acordes: con un poco más de creatividad sería uno de los mejores temas de los últimos años.
"Romanek", octavo corte, es otro de los momentos álgidos del álbum: también bailable, menos directa que la anterior, está construida sobre una lograda progresión armónica de ocho acordes repetida sin fin, y va creciendo gradualmente añadiendo instrumentos y detalles que envuelven al receptor hasta atraparlo. Una parte vocal más larga y trabajada de lo que parece, y la contundencia en la percusión y de un infeccioso sintetizador que aparecen tras casi cuatro minutos completan un panorama cautivador. "Virga" completa el tramo más notable de "Maximum entropy": estamos ante el segundo tema más pop del disco, con una percusión nuevamente muy elaborada y un comienzo muy sugerente, unas estrofas muy correctas y un cautivador y extrañamente optimista estribillo. El disco vuelve a encallar un tanto con "Incubation", un tema demasiado largo, que durante buena parte parece un mero interludio instrumental pleno de efectos, y que a lo sumo podría haber servido (nuevamente) de tema de cierre. "Deliver us from evil" es tan gélida como su título indica, pero la tensión instrumental y otra excepcional batería convierten una composición anodina en un tema que se deja escuchar. Y el álbum concluye con el sexto pasaje recomendable, una versión del clásico por excelencia de The Beloved, uno de los mejores y más injustamente olvidados grupos de finales de los ochenta y principios de los noventa: "Sweet harmony" sigue siendo una gran canción, y con esta versión los galeses juegan a ser los herederos de Jon Marsh y compañía con su propuesta tecnológica, subyugante y envolvente, aunque no terminan de llevar el tema a su terreno e incluso respetan el solo de saxo de la original en su tramo final.
En definitiva, "Maximum entropy" nos muestra que Man Without Country ha crecido mucho, que se puede ser atmosférico y sofisticado sin caer en el aburrimiento tan común en las bandas electrónicas escandinavas (con Royksopp a la cabeza), y que ello no está reñido con buenos momentos pop. Les falta abandonar definitivamente ciertos clics y señas de identidad que les perjudican más que benefician, controlar el minutaje en ocasiones, ordenar mejor los temas que conforman sus álbumes y saber prescindir de uno o dos cortes sin sustancia. Todos ellos aspectos corregibles si logran mantener un cierto nivel de inspiración y siguen evolucionando. Esperemos que sea el caso.
En este "Maximum entropy" Ryan James y Tomas Greenhalf no se han movido un ápice de esa obsesión tan personal por las composiciones envolventes, que tienden una red en torno al receptor para atraparlo en ella, pero han dado un paso adelante a la hora de defender mejor la estructura y las melodías vocales de sus canciones, y ello juega muy a su favor. Como también ayuda el haber abandonado la preeminencia de los temas rápidos, ahora más sabiamente conjugados con más tiempos medios e incluso alguna "balada". No obstante, en mi opinión aún conceden demasiada importancia a la atmósfera, y a menudo sobran reverberaciones, trémolos, samples, y ecos aquí y allá, aparte de que en prácticamente todos los temas la parte vocal está excesivamente distorsionada y mezclada demasiado baja, lo cual está en línea con su propuesta y probablemente camufla las limitadas cualidades vocales de Ryan, pero también hace a menudo imposible comprender los textos, resultando imprescindible internet para localizarlos y seguirlos. Quizá si siguen ganando gradualmente adeptos, acaben en manos de un productor que sepa respetarles la personalidad pero sepa pulirles esos defectos.
Porque si, como en mi caso, nos hacemos con un programa básico de remasterización, rescatamos las partes vocales subiendo la mezcla en las frecuencias medias y abrillantando un poco los agudos, descubriremos un buen puñado de temas más que interesantes, que además ganan con cada nueva escucha. Empezando por el que abre el disco, "Claymation", que ya dieron a conocer hace unos meses en el EP del mismo título. Uno de los temas más pop que han escrito hasta la fecha: directo, de duración contenida, con una estrofas oscuras y envolventes marcas de la casa, que dan paso a un estribillo luminoso, coronado por un bonito intervalo instrumental que gira en torno a un bonito solo de un lejano sintetizador y una original percusión. Aunque no es el caso de "Entropy", segundo corte sólo interesante por el ritmo sincopado y estridente a base de percusiones superpuestas y bajos sintetizados que se complementan, pero sin una auténtica composición que sustente el tema. El dúo vuelve a la senda de la inspiración con "Laws of motion", tercer corte y sencillo de presentación del disco, que ya publicaron a finales del año pasado y que formó parte de mi lista con los mejores temas de 2014. Una canción a dúo con Morgan Kibby (de White Sea y M83), que atrapa con su inicio etéreo, su bajo poderoso y su melodía de tonos altísimos. Virtudes que pasados tres minutos dejan hueco a una nueva progresión armónica, más colorista y que sirve como estupendo colofón.
"Oil spill" vuelve a ser más interesante por su instrumentación y su atmósfera que por la composición en sí. Inicia además el tramo más lento y difícil de disfrutar del disco. "Loveless marriage" es mucho más interesante (una balada gélida con una letra que incide en las relaciones que se derrumban como principal eje argumental del álbum y que crece hasta el desgarro cuando entra toda la percusión y el arpegio de piano cerca del cuarto minuto), pero es sólo el segundo de los tres temas lentos consecutivos. Y el tercero, "Deadsea", aunque desde luego nos transporta al escenario que indica su título, es un sofocante tema casi instrumental al que le sobran al menos la segunda mitad de sus más de siete minutos (minutaje que sólo podría haber estado justificado si se le hubiera elegido como el tema de cierre del disco). Así que cuando empieza el séptimo corte (mi segundo tema favorito, "Catfish", con la colaboración vocal de la danesa Lisa Alma), su ritmo rápido, su concreción y la manera como va creciendo, hacen que el receptor anhele desesperadamente el bombo para dar rienda suelta al hedonismo tras tantos minutos de recogimiento. Además, el dúo enriquece el tema con inteligentes armonías, un excepcional uso de la caja de la batería sintetizada (alejada de la jerarquía del simple ritmo binario) y sintetizadores programados que se balancean entre los dos canales. Lástima que la progresión armónica sean siempre los mismos tres acordes: con un poco más de creatividad sería uno de los mejores temas de los últimos años.
"Romanek", octavo corte, es otro de los momentos álgidos del álbum: también bailable, menos directa que la anterior, está construida sobre una lograda progresión armónica de ocho acordes repetida sin fin, y va creciendo gradualmente añadiendo instrumentos y detalles que envuelven al receptor hasta atraparlo. Una parte vocal más larga y trabajada de lo que parece, y la contundencia en la percusión y de un infeccioso sintetizador que aparecen tras casi cuatro minutos completan un panorama cautivador. "Virga" completa el tramo más notable de "Maximum entropy": estamos ante el segundo tema más pop del disco, con una percusión nuevamente muy elaborada y un comienzo muy sugerente, unas estrofas muy correctas y un cautivador y extrañamente optimista estribillo. El disco vuelve a encallar un tanto con "Incubation", un tema demasiado largo, que durante buena parte parece un mero interludio instrumental pleno de efectos, y que a lo sumo podría haber servido (nuevamente) de tema de cierre. "Deliver us from evil" es tan gélida como su título indica, pero la tensión instrumental y otra excepcional batería convierten una composición anodina en un tema que se deja escuchar. Y el álbum concluye con el sexto pasaje recomendable, una versión del clásico por excelencia de The Beloved, uno de los mejores y más injustamente olvidados grupos de finales de los ochenta y principios de los noventa: "Sweet harmony" sigue siendo una gran canción, y con esta versión los galeses juegan a ser los herederos de Jon Marsh y compañía con su propuesta tecnológica, subyugante y envolvente, aunque no terminan de llevar el tema a su terreno e incluso respetan el solo de saxo de la original en su tramo final.
En definitiva, "Maximum entropy" nos muestra que Man Without Country ha crecido mucho, que se puede ser atmosférico y sofisticado sin caer en el aburrimiento tan común en las bandas electrónicas escandinavas (con Royksopp a la cabeza), y que ello no está reñido con buenos momentos pop. Les falta abandonar definitivamente ciertos clics y señas de identidad que les perjudican más que benefician, controlar el minutaje en ocasiones, ordenar mejor los temas que conforman sus álbumes y saber prescindir de uno o dos cortes sin sustancia. Todos ellos aspectos corregibles si logran mantener un cierto nivel de inspiración y siguen evolucionando. Esperemos que sea el caso.
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