Casi cinco años ha tardado en ver la luz el esperado nuevo álbum de Orbital. Y es que los hermanos Paul & Phil Hartnoll por fin han regresado hace un par de meses con "Optical delusion", el décimo álbum de estudio de su discografía. Tras más de tres décadas de exitosa carrera a nivel tanto de crítica como de público, lo primero que cabe preguntarse ante este nuevo disco es si aún están lo suficientemente en forma como para crear nuevas canciones que se sostengan por sí mismas, y no sirvan simplemente de mera excusa para regresar a actuar en diversos festivales esta próxima temporada. Una pregunta ante la que cabe agradecer que se hayan tomado el tiempo que han considerado necesario hasta estar convencidos de haber reunido una decena de canciones que pueda mirar de tú a tú al grueso de su notable discografía. Algo que, ya les adelanto, han conseguido una vez más.
No estamos, obviamente, ante un álbum destinado a marcar un hito en la historia de la música electrónica, como en su momento lograron con "In sides" (1996), ni siquiera ante una entrega necesaria para reforzar una ya de por sí intachable reputación. Simplemente se trata de una colección de canciones razonablemente consistente y de buen nivel medio, casi todas ellas con la participación de artistas invitados que les aportan esas partes vocales que tanto les gustan a los Hartnoll. Unas colaboraciones con las que, además, exhiben su capacidad de adaptarse a tantos colaboradores para sacarles lo mejor sin que ello les suponga alejarse de su personal estilo. Pero que les ayuda a renovar permanentemente su sonido, acercándolo ligeramente a otras propuestas. Eso sí, sin gran espacio para la experimentación o para las tendencias más musicales más actuales, que los dos miembros del dúo ya andan cerca de los sesenta años.
El disco lo abre "Ringa Ringa (The Old Pandemic Folk Song)", elegido también como segundo sencillo a finales de del año pasado, y que formó parte de mi lista de otras veinte canciones internacionales recomendables de 2022. Compuesto como casi todo el disco por Paul Hartnoll, cuenta con la participación vocal del inclasificable combo femenino Mediæval Bæbes. Pretendidamente es un buen reflejo de lo que encierra esta nueva entrega del duo. Ante todo, un sonido cien por cien Orbital: esos teclados de reminiscencias acid marcando el ritmo bien al frente, su orientación a la pista de baile, y sus etéreos pasajes vocales, resultarán inconfundibles para sus seguidores. Además, parte de una buena composición, y el desarrollo la enriquece lo suficiente sin alargarlo en demasía. Si bien queda claro que su carrera cuenta con sencillos más descollantes. Le sigue "Day One", con la colaboración de la para mí desconocida Dina Ipavic. Un tema más contundente que el anterior, con su bombo sobredimensionado en primer plano, su atmósfera espacial, una eficaz progresión armónica, y una melodía principal etérea que a mí recuerda poderosamente a la de "Halcyon And On And On", el recordado momentazo de su álbum marrón (1993): a pesar de los treinta años transcurridos, las similitudes entre ambas canciones son evidentes. Dicho lo cual, la mayor contención en su duración de este nuevo tema, el teclado principal más estridente que sustenta las partes instrumentales, y la apoteosis instrumental de su tercio final, lo hacen disfrutable por sí mismo. Aunque para mí el momentazo absoluto del álbum es "Are you alive?". Compuesto junto al dúo guitarrero de Brighton Penelope Isles, estamos en mi opinión ante uno de las grandes canciones de este 2023: de una delicadeza exquisita en sus estrofas, de una frialdad envolvente en ese fantástico estribillo que cambia con cada repetición, de un ritmo original, de una sucesión de sintetizadores que demuestran lo solventes que son a estas alturas los hermanos Hartnoll añadiendo capas y capas a sus composiciones, lo que realmente transporta el tema a otra dimensión es la variación en su ritmo que introducen cuando otros artistas menos talentosos ya habrían estado recurriendo al "chorus to fade" (algo, por cierto, que por desgracia se ha perdido en la versión publicada como tercer sencillo): ese desfase electrónico de sus convincentes tres minutos finales es la que lo vuelve irresistible.
Tras un arranque tan notable, resulta relativamente esperable que el disco pegue un pequeño bajón. Y eso es lo que sucede con "You Are The Frequency", esta vez junto a los para mí desconocidos Little Pest. Un tema particularmente estridente, y plagado de voces distorsionadas hasta el extremo, su ritmo sincopado le aporta originalidad pero le resta pegada. Afortunadamente, el piano de puro house que vertebra el tema en su segunda mitad le confiere una cercanía que lo convierte en disfrutable de ahí hasta el final. Si bien para mí resulta superior "The New Abnormal", el quinto corte, de original título por cierto. Instrumental de principio a fin, es cierto que podríamos haberlo encontrado en casi cualquier disco del dúo, pero esa progresión armónica tan familiar que sorprende que no la hayan compuesto hasta ahora, la forma tan original como la van variando, ese teclado chirriante marca de la casa, y la forma como van entrando y saliendo los distintos sintetizadores en un frenesí que nunca resulta monótono, ideal para disfrutar a altas horas de la madrugada, confirman que de la "fórmula Orbital" aún puede extraerse un jugo sustancioso. Algo que en buena medida resulta también aplicable a "Home", compuesto a medias con la singular solista londinense Anna B Savage, que se encarga también de la fuertemente personal parte vocal. Una interpretación que condiciona el resultado de un tema que comienza como una balada intimista pero que acaba deviniendo en un desquiciante ejercicio de techno intemporal, con la excelente progresión armónica del estribillo y la habilidad del dúo para crear un arreglo que suene diferente a estas alturas como bazas adicionales.
El último tercio del disco sí baja claramente el nivel, pero es que hasta aquí pocos peros se le han podido poner a lo escuchado. A ese menor nivel contribuye decisivamente "Dirty Rat", desacertadamente elegido a mi modo de ver como primer sencillo, con la colaboración de la banda de post-punk Sleaford Mods. Y es que la propuesta de los de Notthingham está demasiado alejada de la de los hermanos Hartnoll como para lograr un buen maridaje, así que sus provocativas y monocordes estrofas se antojan demasiado poco para lo que había ofrecido hasta ahora "Optical delusion". Incluso aunque tenga el acierto que entregar un estribillo con una progresión armónica completa que mejora apreciablemente la impresión global. Pero se trata indudablemente de un sencillo menor en su discografía. "Requiem for the Pre-Apocalypse", octavo corte, con su ritmo de drum&bass y sus sintetizadores corales, me recuerda a la electrónica sincopada y a la irregularidad estilística de su "Snivilization" (1994). Así que, a pesar de que en su estribillo instrumental se vuelve más accesible, no pasa de ser un tema simplemente correcto. "What a Surprise", nuevamente con la colaboración de Little Pest, sube el listón hasta convertirse en el último momento álgido del disco: tenebroso, pausado, con un dramatismo que me recuerda al de muchos momentos de su antecesor "Monsters Exist" (2018): unas escuetas frases declamadas, una duración contenida, y un epatante contraste entre sus distintos sintetizadores la hacen fácilmente reconocible. Y el álbum lo cierra "Moon Princess", con la partición vocal de la también desconocida Coppe. Una canción cuya atmósfera encaja a la perfección con su título, y cuyo marcadísimo ritmo se adhiere inmediatamente a nuestro cerebro. Pero con una melodía vocal de notas lentas que no ayuda a realzar la instrumentación, e incluso puede resultar desagradable por momentos. En realidad quizá estemos ante el momento más experimental de todo el disco, y por eso parece razonable ubicarlo donde no altere el normal devenir del resto de canciones, pero es obvio que no contribuye a cerrar el álbum por todo lo alto.
En todo caso, como suele ser habitual en los discos de Orbital, con cada nueva escucha iremos descubriendo nuevos detalles, apreciando mejor la singularidad de cada composición, y recreándonos con el cuidado con el que han mimado cada detalle. Hasta convencernos de que no estamos ni mucho menos ante un álbum menor de su discografía, sino ante una saludable y solvente reivindicación de ellos mismos. Tal vez haya faltado una colaboración de postín que los devuelva a la primera línea de la comercialidad internacional, pero aun así el álbum está funcionando bien en listas, y sin ir más lejos alcanzó hace unas semanas el Top 6 en el Reino Unido, una posición que hacía tiempo no lograban. Y es que los Hartnoll han conseguido crear una base estable de seguidores, que saben apreciar un álbum de música electrónica que va a resultar interesante de principio a fin, y que va a poseer siempre la musicalidad suficiente para que no cueste anirmarse a reproducirlo. Me congratulo por ello. Y espero que el paso del tiempo no les impida entregar todavía un par de álbumes más, por lo menos. Porque siguen siendo necesarios en el panorama musical.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
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lunes, 15 de mayo de 2023
jueves, 1 de noviembre de 2018
Orbital: "Monsters exist" (2018)
El regreso de los hermanos Paul y Phil Hartnoll ha sido una de las agradables (y no demasiado esperadas) noticias de la temporada. Y es que cuando en 2012 publicaron el que hasta la fecha era su último álbum (el recomendable "Wonky"), anunciaron que era el punto y final a su carrera. Circunstancia que parecieron confirmar el proyecto de Paul Hartnoll en solitario ("8:58", que vio la luz en 2015), y su posterior colaboración con Vince Clarke en 2016 (ese interesante "2square" que también reseñé en este humilde blog). Pero por lo que sabemos ahora, Paul y su hermano Phil volvieron a ensayar e intentar componer juntos ya a finales de 2016, y como vieron que la química entre ellos seguía existiendo y la creatividad aparecía sin esfuerzo, fueron componiendo poco a poco los temas de este "Monsters exist" que se ha publicado hace unas pocas semanas. Y que supone nada menos que su noveno álbum de estudio a lo largo de prácticamente treinta años de carrera. Una trayectoria lo suficientemente extensa como para que la primera pregunta sea si realmente el retorno merecía la pena.
Y la respuesta es un sí rotundo: no sólo han vuelto a la carga con las ganas de unos adolescentes, sino que han entregado sin duda uno de los mejores álbumes de su carrera, en dura pugna con su mítico "In sides" de 1996. La mejor prueba de esta afirmación la constituye el hecho de que además de los nueve temas y cincuenta minutos del álbum oficial, en la edición deluxe el dúo entrega nada menos que seis temas adicionales, junto con un par de remezclas de canciones del álbum oficia, por lo cual estamos ante setenta y cuatro minutos de música creada para la ocasión. Y la segunda prueba la constituye que, en mi opinión, todos los temas del álbum oficial se sitúan por encima de todos los temas de la edición deluxe. Es decir, que Paul y Phil saben perfectamente cuándo han dado con la tecla.
La primera vez que aciertan con ella es en el tema que abre el disco y además le da título: "Monsters exist" es efectivamente un tema tenebroso, rotundo y chirriante a partes iguales, con una percusión contundente, no orientado a la pista de baile, con sus arabescos de sintetizadores y sus voces post-procesadas, y rebosante de talento, como lo muestra el sintetizador que lleva la melodía principal y que no aparece hasta el tercer minuto. Igual de brillante aunque en un registro totalmente diferente se sitúa "Hoo Hoo Ha Ha": ahora sí con una de esas progresiones armónicas desquiciantes que parecen no tener un patrón fijo tan típicas de la banda, un ritmo binario rápido y efectivo, y sobre todo esa trompeta sintetizada que tanto contrasta con el resto, y que aunque al principio parece una broma se vuelve más y más adictiva con cada escucha. "The raid" vuelve a ralentizar el ritmo y se sitúa un escalón por debajo de los dos anteriores, con su comienzo de película de ciencia-ficción de serie B y sus voces sampleadas, aunque a partir del segundo minuto su batería arrestrada, su atmósfera ominosa y un certero sintetizador principal logran que suba el nivel.
"P.H.U.K." vuelve a acelerar el tempo y se constituye en el tema que mejor enlaza con el estilo tradicional de la banda (de hecho esa debió de ser la razón principal por la que lo eligieron como segundo sencillo hace unas cuantas semanas): una base 100% house, muchos guiños al intelligent techno y un carrusel de partes diferenciadas que se van sucediendo y que harán las delicias de cualquier festival de verano. Aunque a mi modo de ver no le hace sombra a "Tiny foldable cities", el primer sencillo y también el mejor tema del disco (y uno de los mejores de su carrera): un medio tiempo introspectivo, con unos sintetizadores tremendamente originales, que no para de crecer y que sobre todo emociona cuando a partir del tercer minuto surge ese teclado rápido que remata con mucho talento el conjunto, y que deja en mal lugar a todos aquellos creadores de música electrónica que repiten una y otra vez la misma sucesión de compases hasta llegar a los seis minutos de rigor. Tras semejante exhibición, "Buried Deep Within" bastante hace con no desentonar, con sus tramos atmosféricos al comienzo y a mitad del tema y ese ritmo binario efectivo que tarda en entrar.
El último tercio del álbum se inicia con "Vision OnE", mi tercer tema favorito: otra vez una atmósfera envolvente, un ritmo que al principio empieza siendo sincopado pero acabará siendo binario, y una clara orientación a la pista de baile, aunque lo mejor es ese estridente sintetizador con el pitch a tope y la exhibición de nuevos sonidos y melodías que van introduciendo sin parar a partir de las dos progresiones armónicas claramente diferencias que vertebran el tema. "The End IS Nigh", el penúltimo corte, ha sido recientemente elegido como tercer sencillo, una elección a mi modo de ver incorrecta, porque posiblemente se trate del corte más experimental de todo el disco, con esas partes lentas que se arrastran sin progresión armónica que las sostenga, y los samplings de susurros femeninos saltando aquí y allá, aunque, cuando surge, la melodía principal no desentona con el nivel medio del álbum. Y el broche de oro lo pone "There Will Come a Time", que cuenta con la participacón vocal (que no cantada) del físico, divulgador y antiguo teclista de D:Ream Brian Cox. Construida sobre la que es sin duda una de las mejores letras del año, sobre la realidad de la vida humana en el universo, es fascinante cómo los Hartnoll usan ese discurso para ir desarrollando el tema, usando determinadas frases, preguntas y parones para introduciendo efectos, sonidos y cambios, creando un conjunto cautivador de más de siete minutos no apto para la pista de baile pero sí para tocar nuestra fibra sensible en cualquier momento, y que barre de un plumazo la etiqueta de fría que suele arrastrar este tipo de música.
La edición deluxe es como decía la mejor prueba del excelente momento creativo de los hermanos Hartnoll. Hay curiosidades ("A Long Way from Home", una demo que por primera vez en su carrera los muestra componiendo exclusivamente con una ¡guitarra acústica! y un teclado al viento), probaturas sobre la viabilidad creativa de la banda ("Analogue Test Oct 16"), momentos para la pista de baile ("Kaiju"), una remezcla interesante aunque sin mejorar el original de "Tiny Foldable Cities", la versión puramente instrumental de "There Will Come a Time" (que permite observar lo bien que han construido el tema a partir de la parte vocal), y sobre todo dos canciones que probablemente no llegan al nivel de las nueve del álbum oficial pero que sin duda habrían entrado en la mayoría de sus discos: "Dressing Up in Other People's Clothes" (con su bombo sobredimensionado, su parafernalia de efectos y su elaborada melodía principal) y "To Dream Again" (con sus clásicos acordes en séptima, su ritmo vertiginoso y su superposición de sintetizadores infecciosos).
Así que después de casi ochenta y cinco minutos de música sin espacio para el aburrimiento las conclusiones no pueden ser más favorables: Paul y Phil han vuelto cuando les ha apetecido, y sin presión han creado uno de los mejores álbumes en lo que llevamos de temporada, bien entroncado con el grueso de su carrera, con guiños a sus momentos más reconocibles tanto en la pista de baile como en la habitación de nuestra casa, partiendo de buenas composiciones que desarrollar y sobre todo con un talento sorprendente para seguir creando y enlazando sonidos nuevos a estas alturas de su carrera. Y eso sin recurrir a la poco menos que imprescindible en este tipo de álbumes intervenciones vocales cantadas con las que dar variedad al conjunto. Sólo nos queda confiar en que este retorno no sea algo puntual , y que en no muchos años puedan darle continuidad. Porque la música electrónica les sigue necesitando.
Y la respuesta es un sí rotundo: no sólo han vuelto a la carga con las ganas de unos adolescentes, sino que han entregado sin duda uno de los mejores álbumes de su carrera, en dura pugna con su mítico "In sides" de 1996. La mejor prueba de esta afirmación la constituye el hecho de que además de los nueve temas y cincuenta minutos del álbum oficial, en la edición deluxe el dúo entrega nada menos que seis temas adicionales, junto con un par de remezclas de canciones del álbum oficia, por lo cual estamos ante setenta y cuatro minutos de música creada para la ocasión. Y la segunda prueba la constituye que, en mi opinión, todos los temas del álbum oficial se sitúan por encima de todos los temas de la edición deluxe. Es decir, que Paul y Phil saben perfectamente cuándo han dado con la tecla.
La primera vez que aciertan con ella es en el tema que abre el disco y además le da título: "Monsters exist" es efectivamente un tema tenebroso, rotundo y chirriante a partes iguales, con una percusión contundente, no orientado a la pista de baile, con sus arabescos de sintetizadores y sus voces post-procesadas, y rebosante de talento, como lo muestra el sintetizador que lleva la melodía principal y que no aparece hasta el tercer minuto. Igual de brillante aunque en un registro totalmente diferente se sitúa "Hoo Hoo Ha Ha": ahora sí con una de esas progresiones armónicas desquiciantes que parecen no tener un patrón fijo tan típicas de la banda, un ritmo binario rápido y efectivo, y sobre todo esa trompeta sintetizada que tanto contrasta con el resto, y que aunque al principio parece una broma se vuelve más y más adictiva con cada escucha. "The raid" vuelve a ralentizar el ritmo y se sitúa un escalón por debajo de los dos anteriores, con su comienzo de película de ciencia-ficción de serie B y sus voces sampleadas, aunque a partir del segundo minuto su batería arrestrada, su atmósfera ominosa y un certero sintetizador principal logran que suba el nivel.
"P.H.U.K." vuelve a acelerar el tempo y se constituye en el tema que mejor enlaza con el estilo tradicional de la banda (de hecho esa debió de ser la razón principal por la que lo eligieron como segundo sencillo hace unas cuantas semanas): una base 100% house, muchos guiños al intelligent techno y un carrusel de partes diferenciadas que se van sucediendo y que harán las delicias de cualquier festival de verano. Aunque a mi modo de ver no le hace sombra a "Tiny foldable cities", el primer sencillo y también el mejor tema del disco (y uno de los mejores de su carrera): un medio tiempo introspectivo, con unos sintetizadores tremendamente originales, que no para de crecer y que sobre todo emociona cuando a partir del tercer minuto surge ese teclado rápido que remata con mucho talento el conjunto, y que deja en mal lugar a todos aquellos creadores de música electrónica que repiten una y otra vez la misma sucesión de compases hasta llegar a los seis minutos de rigor. Tras semejante exhibición, "Buried Deep Within" bastante hace con no desentonar, con sus tramos atmosféricos al comienzo y a mitad del tema y ese ritmo binario efectivo que tarda en entrar.
El último tercio del álbum se inicia con "Vision OnE", mi tercer tema favorito: otra vez una atmósfera envolvente, un ritmo que al principio empieza siendo sincopado pero acabará siendo binario, y una clara orientación a la pista de baile, aunque lo mejor es ese estridente sintetizador con el pitch a tope y la exhibición de nuevos sonidos y melodías que van introduciendo sin parar a partir de las dos progresiones armónicas claramente diferencias que vertebran el tema. "The End IS Nigh", el penúltimo corte, ha sido recientemente elegido como tercer sencillo, una elección a mi modo de ver incorrecta, porque posiblemente se trate del corte más experimental de todo el disco, con esas partes lentas que se arrastran sin progresión armónica que las sostenga, y los samplings de susurros femeninos saltando aquí y allá, aunque, cuando surge, la melodía principal no desentona con el nivel medio del álbum. Y el broche de oro lo pone "There Will Come a Time", que cuenta con la participacón vocal (que no cantada) del físico, divulgador y antiguo teclista de D:Ream Brian Cox. Construida sobre la que es sin duda una de las mejores letras del año, sobre la realidad de la vida humana en el universo, es fascinante cómo los Hartnoll usan ese discurso para ir desarrollando el tema, usando determinadas frases, preguntas y parones para introduciendo efectos, sonidos y cambios, creando un conjunto cautivador de más de siete minutos no apto para la pista de baile pero sí para tocar nuestra fibra sensible en cualquier momento, y que barre de un plumazo la etiqueta de fría que suele arrastrar este tipo de música.
La edición deluxe es como decía la mejor prueba del excelente momento creativo de los hermanos Hartnoll. Hay curiosidades ("A Long Way from Home", una demo que por primera vez en su carrera los muestra componiendo exclusivamente con una ¡guitarra acústica! y un teclado al viento), probaturas sobre la viabilidad creativa de la banda ("Analogue Test Oct 16"), momentos para la pista de baile ("Kaiju"), una remezcla interesante aunque sin mejorar el original de "Tiny Foldable Cities", la versión puramente instrumental de "There Will Come a Time" (que permite observar lo bien que han construido el tema a partir de la parte vocal), y sobre todo dos canciones que probablemente no llegan al nivel de las nueve del álbum oficial pero que sin duda habrían entrado en la mayoría de sus discos: "Dressing Up in Other People's Clothes" (con su bombo sobredimensionado, su parafernalia de efectos y su elaborada melodía principal) y "To Dream Again" (con sus clásicos acordes en séptima, su ritmo vertiginoso y su superposición de sintetizadores infecciosos).
Así que después de casi ochenta y cinco minutos de música sin espacio para el aburrimiento las conclusiones no pueden ser más favorables: Paul y Phil han vuelto cuando les ha apetecido, y sin presión han creado uno de los mejores álbumes en lo que llevamos de temporada, bien entroncado con el grueso de su carrera, con guiños a sus momentos más reconocibles tanto en la pista de baile como en la habitación de nuestra casa, partiendo de buenas composiciones que desarrollar y sobre todo con un talento sorprendente para seguir creando y enlazando sonidos nuevos a estas alturas de su carrera. Y eso sin recurrir a la poco menos que imprescindible en este tipo de álbumes intervenciones vocales cantadas con las que dar variedad al conjunto. Sólo nos queda confiar en que este retorno no sea algo puntual , y que en no muchos años puedan darle continuidad. Porque la música electrónica les sigue necesitando.
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