Un año más que acaba de empezar. Momento de echar la vista atrás y proponer listas que nos permitan sintetizar lo mejor del 2015 que se nos acaba de escapar. Como ya viene siendo costumbre, no me atrevo a proponer una lista con los mejores álbumes del álbum, pues el volumen de discos publicados excede ampliamente los cincuenta o sesenta que consigo escuchar. Pero una vez más vuelvo a proponer una lista con 20 canciones internacionales que recordar de este 2015. Con los dos criterios habituales: seleccionar temas que hayan visto la luz en formato sencillo/videoclip, y una única canción por artista, para conseguir una panorámica más amplia del planeta musical contemporáneo. Como de costumbre siempre intentando localizar la emoción, el talento, la inspiración, la melodía y, al fin y al cabo, la calidad que, si se busca, es posible encontrar.
Ahí va la lista. Quizá haya sido uno de los años más fértiles en lo que llevamos de década, en particular en el ámbito de la música electrónica y muy específicamente en el del synth-pop, por eso esta lista es un poco más tecnificada que las de temporadas anteriores. Y probablemente también sea la más variopinta en cuanto a procedencia de los artistas: internet ha derribado prácticamente todas las fronteras:
1. Braids - "Miniskirt". Sin duda la canción del año. En realidad dos canciones en una, una balada personalísima y un trepidente drum&bass que convergen de manera sorprendente al final. Y con una letra excepcional.
2. Death Cab For Cutie - "Black sun". Quizá el mejor sencillo de su larga carrera, y eso que los han tenido fenomenales. Oscuro, desasosegante, en constante evolución... ¿Perfecto?
3. Florence & The Machine - "Queen of peace". La personalidad arrolladora de Florence en unas maravillosas estrofas y unos estridentes estribillos. Única
4. Rainmode - "7D". Este tema que vio la luz en 2014 en un ámbito muy minoritario y ya para el gran público en 2015 en su meritorio álbum de debut es lo más parecido en cuanto a perfección de matemática musical de los últimos años, tanto que sorprende que no sea una adaptación de un tema de música clásica.
5. Voltaire Twins - "Long weekend". Desde Australia, algo así como el mejor Thomas Dolby del siglo XXI pero con la vista puesta en los ochenta. Formidablemente instrumentado y mejor cantado.
6. Of Monsters and Men - "Empire". Su sencillez instrumental no puede ocultar la gran composición que es, brillantemente estructurada hasta llegar a su demoledor estribillo/arpegio de guitarra. Talento en esta puro.
7. Gypsy & The Cat + Client Liaison - "Evolution". Otros australianos que logran recrear lo mejor del pop sugestivo de sus compatriotas Cut Copy una exhibición de pop elegante.
8. New Order - "Tutti frutti". Aun sin Peter Hook, Bernard Sumner y compañía nos recuerdan que fueron pioneros a la hora de acercar la pista de baile al pop y aún saben dar con la tecla para que sigamos reverenciándolos.
9. The Prodigy - "The day is my enemy". Otros veteranos que son capaces de demostrar que aún dominan como nadie el big beat que tanto ayudaron a popularizar hace 20 años. Absolutamente demoledor.
10. Walk The Moon - "Different colors". Una banda estadounidense de segunda fila que ha encontrado en este colorido y vitalista tema el camino para llevar su carrera a otro nivel.
11. Noel Gallagher's High Flying Birds - "The dying of the light". En su segundo álbum el mayor de los Gallaghers siguió dando lecciones sobre cómo crear una balada de rock personal, de calidad y atemporal.
12. Cilia - "Silhouettes in slow motion". Otra artista sueca en la lista, y también uno de los más prometedores debuts de 2015. Muy en la línea de Susanne Sundfør, pero sin su vena cursi.
13. Hot Chip - "Huarache lights". Gracias a unos acordes imposibles y a unas tonalidades desquiciantes, la banda británica mantiene su status como la propuesta de largo recorrido más original de las islas.
14. Man Without Country - "Romanek". Su segundo álbum contenía varios momentos álgidos, como este largo tema que va atrapándote poco a poco hasta transportarte a su sugestiva atmósfera. Baile inteligente.
15. Josef Salvat - "Open season". El tercer representante de las antípodas entregó como segundo anticipio de su esperado "Night swim" un tema muy en la línea de Brandon Flowers, pero más inspirado que cualquiera de los sencillos de aquél. Cómo ser un crooner en el 2015.
16. Grimes - "Flesh without blood". La inclasificable canadiense propuso como estrella de su cuarto álbum este trallazo de aparente power pop con melodía atípica y todo tipo de guiños. Única.
17. MS MR - "Painted". A pesar de un piano electrónico un tanto trasnochado, todo un ejemplo de la fuerza que el dúo neoyorquino transfiere a sus temas de pop casi clásico.
18. Felix Da Housecat - "Is Everything Ok". En su flojísimo "Narrative of Thee Blast Illusion" sobresalía este tema de electroclash ralentizado y sobredosis de vocoder. Quien tuvo, retuvo.
19. Little Boots - "No pressure". El indie dance descarnado y contundente en el que ha evolucionado la propuesta musical de Victoria Heskey tiene en este sencillo su mejor exponente. Mejor a todo volumen.
20. Leftfield - "Bilocation". Su esperado "Alternative light source" tras 16 años de silencio no cumplió las expectativas, pero al menos entregaron su habitual contribución de trance pop, tan etéreo y sugestivo como lo recordábamos.
Confío en que esta lista tan variada les reconcilie o simplemente les amplíe las miras sobre lo que nos han ofrecido a nivel creativo los últimos doce meses. Que a pesar de cientos de reediciones, versiones y refritos varios, no ha estado nada mal.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
domingo, 17 de enero de 2016
martes, 12 de enero de 2016
Braids: "Deep in the iris" (2015)
El tercer álbum del trío canadiense ha sido para mí al menos una de las sorpresas de la temporada que acaba de terminar. Apenas los conocía de sus dos entregas anteriores, que me habían parecido interesantes instrumentalmente pero demasiado dispersas como composiciones pop. Pero con "Deep in the iris" han estructurado mejor sus creaciones y han contenido su tendencia a las veleidades experimentales. El resultado es un álbum relativamente corto (41 minutos y sólo 9 composiciones), con una personalidad muy acusada y un sonido muy actual pero pleno de inteligencia a la hora de crear e interpretar melodías de pop más accesibles para el gran público.
El trío gira en torno a la acusada personalidad de Raphaelle Standell-Preston, guitarrista, pianista, cantante y encargada de las mezclas en directo. Con unas excelentes cualidades vocales y un estilo que oscila entre la Björk menos histriónica y la Tori Amos más cálida. Que sin embargo no obliga a que sus temas se sostengan exclusivamente sobre su parte vocal, puesto que la combinación de instrumentos clásicos y sintetizadores de última generación tiene casi el mismo peso. Todo lo cual se pone de manifiesto en "Letting go", el tema que abre el disco y curiosamente uno de los menos inspirados. Aunque sí refleja con bastante precisión el pop a medio camino entre lo arty y lo experimental y de temática amorosa que sostendrá el álbum. Le sigue "Taste", tercer sencillo y una muestra mucho más inspirada de lo que el trío puede ofrecer: una bonita progresión armónica, sobre la que construyen una melodía dulce y muy elaborada sobre el arrepentimiento a la hora de abandonar una relación sentimental. Que se remata con un minuto y medio envolvente, sin percusión, para cerrar el tema de manera original. Tras él, "Blondie" recuerda al principio a la Björk más traviesa de "Venus as a boy", aunque la banda es capaz de evolucionar el tema hasta convertirlo en una especie de drum&bass del siglo XXI con el contraste entre su percusión acelerada y su lenta melodía. Si bien lo más interesante es la progresión armónica que introducen desde la parte nueva hasta el final, en una coda con predominio absoluto de la percusión más estridente.
"Happy When" es otra introspectiva y complicada de cantar melodía, arropada por una instrumentación electrónica y sin embargo curiosamente orgánica, con unos originales redobles de batería y un lento arpegio de guitarra para rematar un tema brillante pero difícil de disfrutar, y al que quizá le sobre algo de minutaje. "Miniskirt" es, además del primer sencillo, la joya absoluta del álbum: dos temas en uno, el primero una preciosa balada de estilo indie a lo Tori Amos, con una meritoria melodía y sintetizadores que van creciendo envonviéndola, que a los dos minutos y para sorpresa del oyente se transforma en el segundo tema, con otra estructura totalmente diferente, una batería excelente, y mucho más rápido, que recuerda a los mejores temas bailables de Lamb. Ambos con una instrumentación fascinante, que consigue cohesionarlos en uno solo, y con una de las mejores letras de estos últimos años sobre el sentimiento de posesión de algunos hombres respecto a las mujeres, y cómo las hacen sentir. Sin duda, una de las joyas del año que acaba de terminar.
Tras este temazo casi cualquier canción palidecería, y eso es lo le sucede a "Getting Tired", otro original y complejo medio tiempo, con una batería y un piano muy originales y una atmósfera envolvente que no desentona en el nivel medio del álbum. "Sore Eyes", el séptimo corte, es para mi gusto uno de los más conseguidos, ya que por un lado adopta un ritmo binario rápido, más sencillo y bailable que el del resto del álbum, y por otra propone en su mayor parte una mayor desnudez instrumental como mecanismo para maximizar su carga emocional, muy en la línea de los buenos momentos de The XX. Aunque lo que realmente hace brillar el tema es la excelente progresión armónica del estribillo. "Bunny rose", el segundo sencillo del álbum, es otro de sus momentos álgidos: unas armonías delicadas y elegantes para envolver una letra que reflexiona qué hay de malo en la soltería si no se ha dado con la persona adecuada. Y con una estupenda coda final instrumental de casi un minuto, con el arpegio de guitarra envuelto entre capas de sintetizadores. Así, casi como quien no quiere la cosa, surge en nuestro reproductor "Warm Like Summer", el último corte, cuyo título describe certeramente lo que nos sugiere este tema. Que sin ser el más brillante sí que constituye una manera reposada y elegante de cerrar el álbum y salir de la particular ambientación creada por los canadienses, con otra original batería y teclados juguetones en torno a la voz sugerente de Raphaelle .
A pesar de unos sencillos muy bien elegidos que deberían servir para alinear las expectativas del oyente, cuando lleguemos al final de "Deep in the iris" es probable que nuestra sensación sea que no hemos sido capaces de sacarle todo lo bueno que encierra. Aunque si le vamos dando sucesivas oportunidades y conseguimos abrir nuestra mente a otras maneras de estructurar e interpretar pop del siglo XXI, seguro que cada nueva escucha nos reportará una mayor satisfacción. Porque bajo su envoltorio de álbum conceptual contiene mucho talento, y eso es algo siempre digno de reconocimiento y elogio.
El trío gira en torno a la acusada personalidad de Raphaelle Standell-Preston, guitarrista, pianista, cantante y encargada de las mezclas en directo. Con unas excelentes cualidades vocales y un estilo que oscila entre la Björk menos histriónica y la Tori Amos más cálida. Que sin embargo no obliga a que sus temas se sostengan exclusivamente sobre su parte vocal, puesto que la combinación de instrumentos clásicos y sintetizadores de última generación tiene casi el mismo peso. Todo lo cual se pone de manifiesto en "Letting go", el tema que abre el disco y curiosamente uno de los menos inspirados. Aunque sí refleja con bastante precisión el pop a medio camino entre lo arty y lo experimental y de temática amorosa que sostendrá el álbum. Le sigue "Taste", tercer sencillo y una muestra mucho más inspirada de lo que el trío puede ofrecer: una bonita progresión armónica, sobre la que construyen una melodía dulce y muy elaborada sobre el arrepentimiento a la hora de abandonar una relación sentimental. Que se remata con un minuto y medio envolvente, sin percusión, para cerrar el tema de manera original. Tras él, "Blondie" recuerda al principio a la Björk más traviesa de "Venus as a boy", aunque la banda es capaz de evolucionar el tema hasta convertirlo en una especie de drum&bass del siglo XXI con el contraste entre su percusión acelerada y su lenta melodía. Si bien lo más interesante es la progresión armónica que introducen desde la parte nueva hasta el final, en una coda con predominio absoluto de la percusión más estridente.
"Happy When" es otra introspectiva y complicada de cantar melodía, arropada por una instrumentación electrónica y sin embargo curiosamente orgánica, con unos originales redobles de batería y un lento arpegio de guitarra para rematar un tema brillante pero difícil de disfrutar, y al que quizá le sobre algo de minutaje. "Miniskirt" es, además del primer sencillo, la joya absoluta del álbum: dos temas en uno, el primero una preciosa balada de estilo indie a lo Tori Amos, con una meritoria melodía y sintetizadores que van creciendo envonviéndola, que a los dos minutos y para sorpresa del oyente se transforma en el segundo tema, con otra estructura totalmente diferente, una batería excelente, y mucho más rápido, que recuerda a los mejores temas bailables de Lamb. Ambos con una instrumentación fascinante, que consigue cohesionarlos en uno solo, y con una de las mejores letras de estos últimos años sobre el sentimiento de posesión de algunos hombres respecto a las mujeres, y cómo las hacen sentir. Sin duda, una de las joyas del año que acaba de terminar.
Tras este temazo casi cualquier canción palidecería, y eso es lo le sucede a "Getting Tired", otro original y complejo medio tiempo, con una batería y un piano muy originales y una atmósfera envolvente que no desentona en el nivel medio del álbum. "Sore Eyes", el séptimo corte, es para mi gusto uno de los más conseguidos, ya que por un lado adopta un ritmo binario rápido, más sencillo y bailable que el del resto del álbum, y por otra propone en su mayor parte una mayor desnudez instrumental como mecanismo para maximizar su carga emocional, muy en la línea de los buenos momentos de The XX. Aunque lo que realmente hace brillar el tema es la excelente progresión armónica del estribillo. "Bunny rose", el segundo sencillo del álbum, es otro de sus momentos álgidos: unas armonías delicadas y elegantes para envolver una letra que reflexiona qué hay de malo en la soltería si no se ha dado con la persona adecuada. Y con una estupenda coda final instrumental de casi un minuto, con el arpegio de guitarra envuelto entre capas de sintetizadores. Así, casi como quien no quiere la cosa, surge en nuestro reproductor "Warm Like Summer", el último corte, cuyo título describe certeramente lo que nos sugiere este tema. Que sin ser el más brillante sí que constituye una manera reposada y elegante de cerrar el álbum y salir de la particular ambientación creada por los canadienses, con otra original batería y teclados juguetones en torno a la voz sugerente de Raphaelle .
A pesar de unos sencillos muy bien elegidos que deberían servir para alinear las expectativas del oyente, cuando lleguemos al final de "Deep in the iris" es probable que nuestra sensación sea que no hemos sido capaces de sacarle todo lo bueno que encierra. Aunque si le vamos dando sucesivas oportunidades y conseguimos abrir nuestra mente a otras maneras de estructurar e interpretar pop del siglo XXI, seguro que cada nueva escucha nos reportará una mayor satisfacción. Porque bajo su envoltorio de álbum conceptual contiene mucho talento, y eso es algo siempre digno de reconocimiento y elogio.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
The Crystal Method: "The Crystal Method" (2014)
Antes de comenzar esta entrada, me disculpo por estar reseñando a finales de 2015 un álbum que vio la luz a principios de 2014 en un blog que principalmente intenta revisar la actualidad musical. Como he resaltado en varias ocasiones soy sólo un aficionado apasionado a la música popular contemporánea, y aunque sigo con regularidad algún que otro programa de radio, varias webs musicales, otros tantos blogs, alguna playlist de streaming e incluso alguna revista musical, el panorama musical actual es tan variopinto y complejo que cabe la posibilidad de que se me escapen lanzamientos de artistas que sigo y aprecio, y no me tope con ellos hasta muchos meses más tarde. Eso es lo que me ha sucedido con "The Crystal Method", el último álbum del dúo estadounidense del mismo nombre. Que sorprendentemente para mí ha pasado desapercibido en todos los canales que como digo tengo establecidos para mantenerme al día musicalmente. Y digo sorprendentemente porque se trata de una banda consolidada en la música electrónica, con más de 20 años de carrera y montones de temas esparcidos por los más diversos medios (desde películas hasta videojuegos). Quizá porque el dúo formado por los estadounidenses Scott Kirkland y Ken D. Jordan ha estado siempre a la sombra de los tótems del subgénero del big beat al que mayoritariamente pertenecen, los británicos The Chemical Brothers y The Prodigy. Pero aunque esas dos formaciones han publicado precisamente nuevos álbumes en 2015, sus entregas han resultado en mi opinión sensiblemente inferiores a las de sus vecinos del otro lado del Atlántico (el "Born in the echoes" de los primeros los muestra secos de ideas y abusando de los temas monocordes, siendo su colaboración con Beck el único momento destacable, y el "The day is my enemy" de los segundos aporta el tema del mismo título, seguramente su mejor sencillo en lo que llevamos de siglo, pero el álbum repite su archiconocida fórmula una y otra vez hasta resultar desesperante). Por lo que para todos aquellos que disfrutan con el indie-dance y el breakbeat no dudo en recomendar "The Crystal Method" antes que cualquiera de los dos.
Este "The Crystal Method" es el quinto álbum de estudio con nuevas composiciones del dúo. Un álbum de creación y publicación tortuosa, a causa de la enfermedad y posterior cirugía cerebral a la que fue sometido Scott Kirkland. Afortunadamente, tras una larga gestación y superados los problemas de salud este recomendable álbum vio la luz a comienzos de 2014. La principal virtud del álbum es que sortea con inteligencia y talento el principal lastre del big beat (y en general de buena parte de la música electrónica que se publica en las últimas décadas): lo restrictivo del formato. A nadie escapa que la electrónica, tanto la orientada a la pista de baile como la orientada a la habitación del aficionado, se ha labrado su seña de identidad huyendo de la estructura de la canción pop clásica, maximizando el ritmo y minimizando la progresión armónica y la melodía. Lo cual es efectivo y asumible... hasta un cierto punto. Porque las posibilidades creativas de los instrumentos de percusión son mucho menores que las de aquellos que pueden reproducir notas musicales. Y el abuso de ritmos sin notas que los sustenten (por originales y elaborados que estén), acaba casi siempre resultando monótono. Quizá conocedores de esto, o quizá porque sus conocimientos musicales les permiten crear ritmos chirriantes sin desatender completamente armonías y melodías, "The Crystal method" contiene la dosis necesaria de musicalidad para que el álbum resulte mucho más rico y ameno. Pero sin defraudar a quienes buscan la estridencia más efectiva.
El álbum se abre con su primer sencillo, "Emulator", uno de sus mejores momentos y un excelente reflejo de lo que señalaba antes. Porque efectivamente tenemos la dosis esperable de un ritmo binario brutal, con un bombo y sobre todo una caja potentísimos, y sintetizadores que chirrían a diestro y siniestro. Pero justo cuando parece que el tema se va a quedar en eso, Kirkland y Jordan alteran la hasta entonces progresión monocorde con la sucesión justa de compases para lograr subir el resultado a otra cota. Y para, tras el previsible intervalo para coger fuerzas, explotar con toda su energía. Le sigue "Over it", segundo sencillo, un medio tiempo con la participación vocal de Dia Frampton. Que hace que el tema deje de ser esencialmente instrumental para convertirse en una especie de pop enervante, y efectivo, con una sorprendente sección de cuerda sintetizada, que sin llegar a la altura de "Emulator" queda en un muy buen nivel. El tercer corte, "Sling The Decks", nuevamente instrumental, aunque parece que tiene a Peter Hook al bajo durante su comienzo, podría ser la sintonía de la nueva entrega de "Guitar hero", si bien luego convive con el habitual despliegue de pitches que suben y bajan hasta conseguir acertadamente su propósito de enardecer al oyente.
El tramo intermedio del álbum es el menos brillante, aunque se deje oír. "Storm The Castle" baja un poco el listón y es la primera canción en la que el dúo da la impresión de estar explotando conscientemente su "fórmula", aunque sigue teniendo un ritmo vertiginoso, una contundencia incontestable y tampoco rehúye una breve progresión armónica cerca del final. "110 To The 101" es un medio tiempo instrumental y obsesivo con la suficiente musicalidad para no resultar monótono, pero sin nada que realmente enganche. "Jupiter Shift" logra trasladar esa atmósfera espacial a la que alude el título y recuerda a mejores tiempos de The Chemical Brothers, pero vuelve a tener un punto anodino que no le favorece. E incuestionablemente mejor es "Dosimeter", que juega con el oyente con su principio machacón a lo Underworld, para pasado el primer minuto frenar el ritmo y convertirlo en un medio tiempo con una sencilla pero eficaz progresión armónica y sintetizadores chirriantes que se cuelan por todas partes para deleite del oyente (aunque volver a acelerar el ritmo cerca del final me parece un recurso poco acertado).
El octavo tema, "Grace", es para mí el momento álgido del disco. Nuevamente se trata de un tema con su sello personal en la instrumentación, pero que no renuncia a una estructura de tema pop-soul "convencional", con la estelar intervención vocal (hay que ver cómo ha mejorado su capacidad interpretativa esta chica con los años) de LeAnn Rimes. La progresión armónica es excelente, salvo en los tramos en que LeAnn repite aquello de "Isn't that what we love for?", demasiado desnudos y un tanto alejado de la tensa atmósfera del resto del tema. Pero en especial el prometedor comienzo el intervalo instrumental en el que el tema hace una pausa para la explosión final enganchan por completo al melómano. El siguiente corte, "Difference", es otro momento recomendable y lo más parecido al trash metal que le recuerdo al dúo (algo en lo que influye poderosamente la intervención vocal de Franky Perez). Un tema con una guitarra tremenda, que se arrastra por momentos y que aturde en otros. Y con el mérito de que su rock duro no colisiona con la reconocible personalidad de The Crystal Method en la instrumentación, lo que confirma su talento como músicos. Tras un breve interludio ("Metro"), el álbum se cierra con "After hours", el cuarto corte con una intervención vocal completa (la para mi desconocida Afrobeta): una canción menos inspirada, con reminiscencias árabes y toques psicodélicos a lo Aphex Twin, que deja un tanto indiferente como cierre del álbum.
Por versatilidad musical, capacidad para hacer convivir el big beat con acordes y melodías, duración de las composiciones, contemporaneidad de su sonido y número de temas recomendables, "The Crystal Method" me parece el álbum de música electrónica más completo de las últimas temporadas (sin llegar a ser un álbum excepcional). Una pena que haya pasado prácticamente desapercibido a nivel internacional. Así que spero que al menos esta entrada le gane algún adepto.
Este "The Crystal Method" es el quinto álbum de estudio con nuevas composiciones del dúo. Un álbum de creación y publicación tortuosa, a causa de la enfermedad y posterior cirugía cerebral a la que fue sometido Scott Kirkland. Afortunadamente, tras una larga gestación y superados los problemas de salud este recomendable álbum vio la luz a comienzos de 2014. La principal virtud del álbum es que sortea con inteligencia y talento el principal lastre del big beat (y en general de buena parte de la música electrónica que se publica en las últimas décadas): lo restrictivo del formato. A nadie escapa que la electrónica, tanto la orientada a la pista de baile como la orientada a la habitación del aficionado, se ha labrado su seña de identidad huyendo de la estructura de la canción pop clásica, maximizando el ritmo y minimizando la progresión armónica y la melodía. Lo cual es efectivo y asumible... hasta un cierto punto. Porque las posibilidades creativas de los instrumentos de percusión son mucho menores que las de aquellos que pueden reproducir notas musicales. Y el abuso de ritmos sin notas que los sustenten (por originales y elaborados que estén), acaba casi siempre resultando monótono. Quizá conocedores de esto, o quizá porque sus conocimientos musicales les permiten crear ritmos chirriantes sin desatender completamente armonías y melodías, "The Crystal method" contiene la dosis necesaria de musicalidad para que el álbum resulte mucho más rico y ameno. Pero sin defraudar a quienes buscan la estridencia más efectiva.
El álbum se abre con su primer sencillo, "Emulator", uno de sus mejores momentos y un excelente reflejo de lo que señalaba antes. Porque efectivamente tenemos la dosis esperable de un ritmo binario brutal, con un bombo y sobre todo una caja potentísimos, y sintetizadores que chirrían a diestro y siniestro. Pero justo cuando parece que el tema se va a quedar en eso, Kirkland y Jordan alteran la hasta entonces progresión monocorde con la sucesión justa de compases para lograr subir el resultado a otra cota. Y para, tras el previsible intervalo para coger fuerzas, explotar con toda su energía. Le sigue "Over it", segundo sencillo, un medio tiempo con la participación vocal de Dia Frampton. Que hace que el tema deje de ser esencialmente instrumental para convertirse en una especie de pop enervante, y efectivo, con una sorprendente sección de cuerda sintetizada, que sin llegar a la altura de "Emulator" queda en un muy buen nivel. El tercer corte, "Sling The Decks", nuevamente instrumental, aunque parece que tiene a Peter Hook al bajo durante su comienzo, podría ser la sintonía de la nueva entrega de "Guitar hero", si bien luego convive con el habitual despliegue de pitches que suben y bajan hasta conseguir acertadamente su propósito de enardecer al oyente.
El tramo intermedio del álbum es el menos brillante, aunque se deje oír. "Storm The Castle" baja un poco el listón y es la primera canción en la que el dúo da la impresión de estar explotando conscientemente su "fórmula", aunque sigue teniendo un ritmo vertiginoso, una contundencia incontestable y tampoco rehúye una breve progresión armónica cerca del final. "110 To The 101" es un medio tiempo instrumental y obsesivo con la suficiente musicalidad para no resultar monótono, pero sin nada que realmente enganche. "Jupiter Shift" logra trasladar esa atmósfera espacial a la que alude el título y recuerda a mejores tiempos de The Chemical Brothers, pero vuelve a tener un punto anodino que no le favorece. E incuestionablemente mejor es "Dosimeter", que juega con el oyente con su principio machacón a lo Underworld, para pasado el primer minuto frenar el ritmo y convertirlo en un medio tiempo con una sencilla pero eficaz progresión armónica y sintetizadores chirriantes que se cuelan por todas partes para deleite del oyente (aunque volver a acelerar el ritmo cerca del final me parece un recurso poco acertado).
El octavo tema, "Grace", es para mí el momento álgido del disco. Nuevamente se trata de un tema con su sello personal en la instrumentación, pero que no renuncia a una estructura de tema pop-soul "convencional", con la estelar intervención vocal (hay que ver cómo ha mejorado su capacidad interpretativa esta chica con los años) de LeAnn Rimes. La progresión armónica es excelente, salvo en los tramos en que LeAnn repite aquello de "Isn't that what we love for?", demasiado desnudos y un tanto alejado de la tensa atmósfera del resto del tema. Pero en especial el prometedor comienzo el intervalo instrumental en el que el tema hace una pausa para la explosión final enganchan por completo al melómano. El siguiente corte, "Difference", es otro momento recomendable y lo más parecido al trash metal que le recuerdo al dúo (algo en lo que influye poderosamente la intervención vocal de Franky Perez). Un tema con una guitarra tremenda, que se arrastra por momentos y que aturde en otros. Y con el mérito de que su rock duro no colisiona con la reconocible personalidad de The Crystal Method en la instrumentación, lo que confirma su talento como músicos. Tras un breve interludio ("Metro"), el álbum se cierra con "After hours", el cuarto corte con una intervención vocal completa (la para mi desconocida Afrobeta): una canción menos inspirada, con reminiscencias árabes y toques psicodélicos a lo Aphex Twin, que deja un tanto indiferente como cierre del álbum.
Por versatilidad musical, capacidad para hacer convivir el big beat con acordes y melodías, duración de las composiciones, contemporaneidad de su sonido y número de temas recomendables, "The Crystal Method" me parece el álbum de música electrónica más completo de las últimas temporadas (sin llegar a ser un álbum excepcional). Una pena que haya pasado prácticamente desapercibido a nivel internacional. Así que spero que al menos esta entrada le gane algún adepto.
jueves, 3 de diciembre de 2015
New Order: "Music complete" (2015)
En la presente entrada voy a reseñar el resultado de uno de los retornos estelares de esta temporada: el de los británicos New Order, tras nada menos que una década sin pisar un estudio de grabación. Un retorno con matices, ya que por vez primera no han contado con el que fue su bajista durante más de treinta años. Y es que Peter Hook ha hecho prevalecer sus diferencias irreconciliables con Bernard Sumner sobre la idea de volver a crear música con sus compañeros de viaje. Un ausencia notable, pues el bajo de Hook siempre ha sido una de las señas de identidad de New Order y sus aportaciones a las composiciones de la banda siempre le han dado un punto tenebrista y experimental muy de agradecer a lo largo de su carrera.
¿Y cuál es el resultado de esta nueva versión reducida de New Order? Pues un álbum bastante flojo, incluso decepcionante. La banda ha recuperado para este álbum la preeminencia de los temas bailables, sintéticos, de largos desarrollos, sobre ese pop-rock guitarrero que es la otra cara de la moneda de su identidad y que ha alumbrado un puñado de sus canciones legendarias. Y aunque no necesito ocultar aquí que esos temas bailables, con largos tramos instrumentales, han sido siempre mis favoritos en su trayectoria, para que los nuevos temas funcionen no sólo necesitan ceñirse a esos parámetros, sino que requieren la oportuna inspiración compositiva y una buena dosis de tensión interpretativa para alcanzar la excelencia. Y de eso, desgraciadamente, no hay demasiado en "Music complete". A pesar de los más de 64 minutos que consumen sus once nuevas composiciones. Y de todos los colaboradores de postín (Brandon Flowers, Ellie Jackson de LaRoux, Tom Rowlands de The Chemical Brothers e Iggy Pop).
Curiosamente el tema que anticipó el álbum en formato sencillo y que abre el disco, "Restless", juega a enganchar al fan de toda la vida de la banda. Porque es un tema que se aleja de la propuesta bailable de la mayoría de temas del álbum, e incluso propone un comienzo basado en una línea de bajo en la que hasta el mejor conocedor de la banda creería reconocer a Peter Hook. Pero no, es Tom Chapman quien recrea el sonido. A pesar de lo cual no es un temazo, si bien cumple su cometido gracias a su correcto doble estribillo, su letra depresiva y su tramo final instrumental. Apenas llega a cumplir con lo que se le espera "Singularity", segundo corte y primera de las dos colaboraciones en la composición y la producción con Tom Rowlands. Un tema que queda lejos de "Here to stay", aquella estupenda colaboración entre ambos artistas para la película "24 Hour Party People" que vio la luz en 2002. Sorprendentemente simple en el ritmo, sin magia en la melodía, un tanto previsible en los tramos instrumentales... El tercer corte, "Plastic", a pesar de su atrayente comienzo, vuelve a quedar por debajo de las expectativas, a causa de unas estrofas de melodía simplísima y apenas susurradas por Sumner, una progresión armónica que tampoco es ningún prodigio de complejidad, una aparición meramente testimonial de Elly Jackson a los coros, y un exceso de minutaje.
"Tutti frutti", cuarto tema y segundo sencillo, nos pone en guardia por sus frases en italiano al comienzo y el piano sintetizado de Gillian Gilbert, que estaba de actualidad hace un cuarto de siglo. La primera estrofa es también muy floja, pero el ritmo va penetrando, el estribillo está por fin a la altura de lo que cabe esperar, la segunda estrofa aporta una melodía distinta, la parte nueva está conseguida, al final Sumner deja con buen criterio que Elly cante un estribillo ella sola, los violines sintetizados dan un buen contrapunto al bajo... Y al final la sensación que queda es la de que es el primer tema que realmente merece la pena. "People on the high line" propone un groove original y un tanto alejado de los parámetros habituales en la banda, y los diferentes instrumentos se complementan muy bien, pero la melodía de las estrofas es una vez más demasiado ramplona y el estribillo demasiado anodino. Si bien es un tema superior a "Stray Dog", un tema de más de seis minutos en el que Iggy Pop hace lo único que está capacitado para hacer: declamar una serie de reflexiones escritas por Sumner acerca del secreto del amor, sobre un inquietante colchón instrumental que por momentos recuerda al post-rock.
Afortunadamente el séptimo corte, "Academic", no sólo sube el listón sino que en mi opinión es el único gran tema del álbum. Y, casualidad o no, precisamente se trata de un corte plenamente académico en la trayectoria de New Order. De su lado más guitarrero y menos bailable además, lo que vuelve a ser una paradoja en este álbum orientado en su otra vertiente. Pero su comienzo de guitarras cristalinas, la enérgica y cautivadora progresión armónica (por una vez también en las estrofas), una melodía más rica, la letra marca de la casa, el largo tramo instrumental al final, incluso los compases instrumentales entre estrofas y estribillos que colocan, sí están al nivel de sus grandes momentos. Si bien puestos a ponerle algún pero, quizá le sobre también algo de minutaje. Lamentablemente "Nothing but a fool", el siguiente corte, con su desconcertante comienzo acústico, casi de película del Oeste, sus oscuras estrofas que no terminan de casar con el estribillo de puro pop límpido e insustancial, y sus casi ¡ocho minutos! de duración vuelve al nivel medio del álbum. Al rescate viene "Unlearn this hatred", en mi opinión el tercer tema realmente reseñable del álbum y la segunda colaboración con Tom Rowlands: ahora el comienzo sí es más prometedor que el de "Singularity", la contundencia de la bailable base rítmica en las estrofas disimula que la progresión armónica sea un único acorde, el estribillo es armónico, elaborado e infeccioso, y la interesante parte nueva engancha de manera muy original con la tercera estrofa. Además, por única vez en todo el álbum la duración del tema es la adecuada, sin prolongaciones innecesarias.
El disco se cierra con dos temas más: "The game", que es la canción que más recuerda a los New Order de mediados de los ochenta, con una certera Gillian Gilbert a los teclados, un estribillo largo y decente, y un solo completo de guitarra en el tramo final, pero al que le falta inspiración para estar a la altura de los mejores momentos del álbum; y "Superheated", la colaboración con Brandon Flowers, que efectivamente suena más como un tema de los Killers más luminosamente pop que como un tema propio de New Order, y quizá por eso puede desentonar un poco en el estilo general del álbum, aparte de que el protagonismo vocal de Flowers se limita erróneamente al tramo final del tema.
Soy consciente de que la banda de Manchester ha sido más siempre capaz de entregar temas memorables que álbumes redondos (baste recordar aquel más que mediocre "Brotherhood" de 1986 que sin embargo contenía la ya mítica "Bizarre love triangle"). Pero para haber estado una década alejados de los estudios de grabación esperaba una mayor elaboración de las composiciones (en general las estrofas de casi todos los temas son meros trámites), un mayor vigor de la instrumentación y un mejor aprovechamiento de los colaboradores invitados. Hay un temazo, un par de momentos notables y otros dos que pueden dar el pego, y con eso sin duda bastará para contentar a sus miles de fans, pero paren Vds. de contar. Personalmente prefiero las "Lost sirens" que publicaron en 2013 con descartes de su por aquel entonces última visita a los estudios de grabación: la mitad de duración, el mismo número de canciones destacables.
¿Y cuál es el resultado de esta nueva versión reducida de New Order? Pues un álbum bastante flojo, incluso decepcionante. La banda ha recuperado para este álbum la preeminencia de los temas bailables, sintéticos, de largos desarrollos, sobre ese pop-rock guitarrero que es la otra cara de la moneda de su identidad y que ha alumbrado un puñado de sus canciones legendarias. Y aunque no necesito ocultar aquí que esos temas bailables, con largos tramos instrumentales, han sido siempre mis favoritos en su trayectoria, para que los nuevos temas funcionen no sólo necesitan ceñirse a esos parámetros, sino que requieren la oportuna inspiración compositiva y una buena dosis de tensión interpretativa para alcanzar la excelencia. Y de eso, desgraciadamente, no hay demasiado en "Music complete". A pesar de los más de 64 minutos que consumen sus once nuevas composiciones. Y de todos los colaboradores de postín (Brandon Flowers, Ellie Jackson de LaRoux, Tom Rowlands de The Chemical Brothers e Iggy Pop).
Curiosamente el tema que anticipó el álbum en formato sencillo y que abre el disco, "Restless", juega a enganchar al fan de toda la vida de la banda. Porque es un tema que se aleja de la propuesta bailable de la mayoría de temas del álbum, e incluso propone un comienzo basado en una línea de bajo en la que hasta el mejor conocedor de la banda creería reconocer a Peter Hook. Pero no, es Tom Chapman quien recrea el sonido. A pesar de lo cual no es un temazo, si bien cumple su cometido gracias a su correcto doble estribillo, su letra depresiva y su tramo final instrumental. Apenas llega a cumplir con lo que se le espera "Singularity", segundo corte y primera de las dos colaboraciones en la composición y la producción con Tom Rowlands. Un tema que queda lejos de "Here to stay", aquella estupenda colaboración entre ambos artistas para la película "24 Hour Party People" que vio la luz en 2002. Sorprendentemente simple en el ritmo, sin magia en la melodía, un tanto previsible en los tramos instrumentales... El tercer corte, "Plastic", a pesar de su atrayente comienzo, vuelve a quedar por debajo de las expectativas, a causa de unas estrofas de melodía simplísima y apenas susurradas por Sumner, una progresión armónica que tampoco es ningún prodigio de complejidad, una aparición meramente testimonial de Elly Jackson a los coros, y un exceso de minutaje.
"Tutti frutti", cuarto tema y segundo sencillo, nos pone en guardia por sus frases en italiano al comienzo y el piano sintetizado de Gillian Gilbert, que estaba de actualidad hace un cuarto de siglo. La primera estrofa es también muy floja, pero el ritmo va penetrando, el estribillo está por fin a la altura de lo que cabe esperar, la segunda estrofa aporta una melodía distinta, la parte nueva está conseguida, al final Sumner deja con buen criterio que Elly cante un estribillo ella sola, los violines sintetizados dan un buen contrapunto al bajo... Y al final la sensación que queda es la de que es el primer tema que realmente merece la pena. "People on the high line" propone un groove original y un tanto alejado de los parámetros habituales en la banda, y los diferentes instrumentos se complementan muy bien, pero la melodía de las estrofas es una vez más demasiado ramplona y el estribillo demasiado anodino. Si bien es un tema superior a "Stray Dog", un tema de más de seis minutos en el que Iggy Pop hace lo único que está capacitado para hacer: declamar una serie de reflexiones escritas por Sumner acerca del secreto del amor, sobre un inquietante colchón instrumental que por momentos recuerda al post-rock.
Afortunadamente el séptimo corte, "Academic", no sólo sube el listón sino que en mi opinión es el único gran tema del álbum. Y, casualidad o no, precisamente se trata de un corte plenamente académico en la trayectoria de New Order. De su lado más guitarrero y menos bailable además, lo que vuelve a ser una paradoja en este álbum orientado en su otra vertiente. Pero su comienzo de guitarras cristalinas, la enérgica y cautivadora progresión armónica (por una vez también en las estrofas), una melodía más rica, la letra marca de la casa, el largo tramo instrumental al final, incluso los compases instrumentales entre estrofas y estribillos que colocan, sí están al nivel de sus grandes momentos. Si bien puestos a ponerle algún pero, quizá le sobre también algo de minutaje. Lamentablemente "Nothing but a fool", el siguiente corte, con su desconcertante comienzo acústico, casi de película del Oeste, sus oscuras estrofas que no terminan de casar con el estribillo de puro pop límpido e insustancial, y sus casi ¡ocho minutos! de duración vuelve al nivel medio del álbum. Al rescate viene "Unlearn this hatred", en mi opinión el tercer tema realmente reseñable del álbum y la segunda colaboración con Tom Rowlands: ahora el comienzo sí es más prometedor que el de "Singularity", la contundencia de la bailable base rítmica en las estrofas disimula que la progresión armónica sea un único acorde, el estribillo es armónico, elaborado e infeccioso, y la interesante parte nueva engancha de manera muy original con la tercera estrofa. Además, por única vez en todo el álbum la duración del tema es la adecuada, sin prolongaciones innecesarias.
El disco se cierra con dos temas más: "The game", que es la canción que más recuerda a los New Order de mediados de los ochenta, con una certera Gillian Gilbert a los teclados, un estribillo largo y decente, y un solo completo de guitarra en el tramo final, pero al que le falta inspiración para estar a la altura de los mejores momentos del álbum; y "Superheated", la colaboración con Brandon Flowers, que efectivamente suena más como un tema de los Killers más luminosamente pop que como un tema propio de New Order, y quizá por eso puede desentonar un poco en el estilo general del álbum, aparte de que el protagonismo vocal de Flowers se limita erróneamente al tramo final del tema.
Soy consciente de que la banda de Manchester ha sido más siempre capaz de entregar temas memorables que álbumes redondos (baste recordar aquel más que mediocre "Brotherhood" de 1986 que sin embargo contenía la ya mítica "Bizarre love triangle"). Pero para haber estado una década alejados de los estudios de grabación esperaba una mayor elaboración de las composiciones (en general las estrofas de casi todos los temas son meros trámites), un mayor vigor de la instrumentación y un mejor aprovechamiento de los colaboradores invitados. Hay un temazo, un par de momentos notables y otros dos que pueden dar el pego, y con eso sin duda bastará para contentar a sus miles de fans, pero paren Vds. de contar. Personalmente prefiero las "Lost sirens" que publicaron en 2013 con descartes de su por aquel entonces última visita a los estudios de grabación: la mitad de duración, el mismo número de canciones destacables.
domingo, 15 de noviembre de 2015
¿Cuándo dejamos de seguir la música popular contemporánea?
Hace unos meses vio la luz en la web skynetandebert.com un más que interesante estudio sobre algo que para la mayoría de los que sobrepasamos ya la treintena es de sobra conocido: el fenómeno que se esconde detrás de la manida frase "la música de mis tiempos era mejor". Una afirmación tras la cual se hallan una serie de claves que este estudio desvela a partir de los perfiles de miles de usuarios de Spotify en E.E.U.U.
Sin dar una referencia exacta, el estudio sitúa hacia la mitad de la treintena la edad a partir de la cual, de media, cerramos nuestros oídos a la continua evolución de la música popular contemporánea. Es decir, desde ese punto en adelante, si seguimos escuchando música popular y no nos desconectamos definitivamente, optaremos por artistas que marcaron nuestras preferencias antes de esa fecha. E incluso aunque esos artistas continúen en activo entregando nuevas creaciones, normalmente preferiremos los temas de su carrera que nos cautivaron cuando éramos más jóvenes. Algo que no sólo es perceptible en las radiofórmulas que sintonizaremos (habitualmente aquellas que radien temas de los ochenta o los noventa), sino a la hora de seleccionar los conciertos a los que asistiremos, donde si se me permite el término, preferiremos a dinosaurios (pongamos por ejemplo U2), cuando no directamente a bandas que son reformaciones de perfil bajo de artistas que en su tiempo nos cautivaron (caso de la formación actual de Queen).
Estadísticamente el estudio identifica tres etapas evolutivas en la evolución de nuestras preferencias musicales: durante la adolescencia es cuando escuchamos casi en exclusiva propuestas musicales mayoritarias (me atrevería a añadir aquí que nuestros gustos están menos definidos y somos más vulnerables a las armas del negocio musical y a las modas emparentadas con dichas propuestas); a partir de la veintena esas preferencias conviven con la natural afirmación de nuestra personalidad musical; y a partir de la treintena es cuando completamos el ciclo evolutivo y alcanzamos la congelación definitiva de nuestras preferencias musicales.
El estudio apunta alguna de las causas para esa congelación de los gustos musicales que sufrimos mayoritariamente llegados a esa edad. El más obvio es que se trata de la edad en la que alcanzamos la madurez vital, y ello implica habitualmente no sólo la llegada de la paternidad, sino la consolidación de nuestras responsabilidades laborales, y en sentido amplio un menor tiempo que dedicar a cualquier tipo de actividad lúdica. Que se ve potenciado por el hecho de que a esa edad empezamos a escuchar mayoritariamente propuestas musicales pensadas para nuestros hijos. Directamente relacionado con lo anterior es el conflicto que surge inevitablemente entre los padres y sus hijos (y según el estudio, especialmente hijas) adolescentes a la hora de priorizar la música que se reproduce en nuestros hogares, donde para obtener la posición de privilegio el argumento de la "calidad musical" va a aparecer desde el primer momento.
Una tercera razón muy interesante y con la que me identifico plenamente es que, conforme se van cumpliendo años, los interesados en el planeta musical van descubriendo otras propuestas y géneros menos populares que los que se radiaban en las emisoras de radio cuando ellos eran adolescentes, pero que satisfacen mejor su paladar de "melómanos adultos". Más relevante aún es el hecho de que los hombres se apartan antes de las propuestas musicales mayoritarias (yo apostillaría prefabricadas) y en mucha mayor medida que las mujeres. Ahora bien, este "mejor comportamiento" de los hombres se ve empañado por el hecho de que son ellos quienes en mayor medida se cierran a las nuevas propuestas musicales conforme avanzan en la treintena...
No todo es negativo respecto a la paternidad: el estudio también confirma que nuestros pequeños acompañantes posibilitarán la llegada a nuestros hogares de nuevas propuestas musicales que de otra forma estarían vedadas. Especialmente cuando alcancen la adolescencia. Me atrevo a añadir aquí que por el hecho de que sean nuevas propuestas no necesariamente serán mejores que las que conozcamos "de nuestros tiempos", o de las que hayamos descubierto en nuestro viraje a propuestas más minoritarias (de hecho en este mismo blog ya he presentado en alguna ocasión estudios sobre el indudablemente empobrecimiento creativo de la música contemporánea en las últimas décadas), pero siempre nos cerrará puertas a nuevas melodías que podrían emocionarnos si les diéramos una oportunidad.
A modo de conclusión diré que, una vez leído el estudio en detalle, me he dado cuenta de que este blog surgió en buena medida como resultado de mi lucha interna en la treintena (recién alcanzada la paternidad) por rebelarme contra esa tendencia a la congelación de gustos. Porque no se me escapa que una parte considerable de los álbumes que reseño provienen de artistas que ya estaban en activo en mi adolescencia (sin ir más lejos la siguiente entrada estará dedicada a "Music complete", el retorno de New Order tras diez años sin entrar en un estudio de grabación). Pero también es cierto que para la selección de muchas de las nuevas propuestas que presento influye en mi subconsciente la certeza de que, si les dieran una oportunidad, las mismas gustarían a amigos y conocidos con los que compartía gustos musicales hace un cuarto de siglo pero que se "quedaron congelados" como presenta el estudio hace unos cuantos años. Así que seguiré intentando luchar contra esta corriente en sucesivas entradas.
Sin dar una referencia exacta, el estudio sitúa hacia la mitad de la treintena la edad a partir de la cual, de media, cerramos nuestros oídos a la continua evolución de la música popular contemporánea. Es decir, desde ese punto en adelante, si seguimos escuchando música popular y no nos desconectamos definitivamente, optaremos por artistas que marcaron nuestras preferencias antes de esa fecha. E incluso aunque esos artistas continúen en activo entregando nuevas creaciones, normalmente preferiremos los temas de su carrera que nos cautivaron cuando éramos más jóvenes. Algo que no sólo es perceptible en las radiofórmulas que sintonizaremos (habitualmente aquellas que radien temas de los ochenta o los noventa), sino a la hora de seleccionar los conciertos a los que asistiremos, donde si se me permite el término, preferiremos a dinosaurios (pongamos por ejemplo U2), cuando no directamente a bandas que son reformaciones de perfil bajo de artistas que en su tiempo nos cautivaron (caso de la formación actual de Queen).
Estadísticamente el estudio identifica tres etapas evolutivas en la evolución de nuestras preferencias musicales: durante la adolescencia es cuando escuchamos casi en exclusiva propuestas musicales mayoritarias (me atrevería a añadir aquí que nuestros gustos están menos definidos y somos más vulnerables a las armas del negocio musical y a las modas emparentadas con dichas propuestas); a partir de la veintena esas preferencias conviven con la natural afirmación de nuestra personalidad musical; y a partir de la treintena es cuando completamos el ciclo evolutivo y alcanzamos la congelación definitiva de nuestras preferencias musicales.
El estudio apunta alguna de las causas para esa congelación de los gustos musicales que sufrimos mayoritariamente llegados a esa edad. El más obvio es que se trata de la edad en la que alcanzamos la madurez vital, y ello implica habitualmente no sólo la llegada de la paternidad, sino la consolidación de nuestras responsabilidades laborales, y en sentido amplio un menor tiempo que dedicar a cualquier tipo de actividad lúdica. Que se ve potenciado por el hecho de que a esa edad empezamos a escuchar mayoritariamente propuestas musicales pensadas para nuestros hijos. Directamente relacionado con lo anterior es el conflicto que surge inevitablemente entre los padres y sus hijos (y según el estudio, especialmente hijas) adolescentes a la hora de priorizar la música que se reproduce en nuestros hogares, donde para obtener la posición de privilegio el argumento de la "calidad musical" va a aparecer desde el primer momento.
Una tercera razón muy interesante y con la que me identifico plenamente es que, conforme se van cumpliendo años, los interesados en el planeta musical van descubriendo otras propuestas y géneros menos populares que los que se radiaban en las emisoras de radio cuando ellos eran adolescentes, pero que satisfacen mejor su paladar de "melómanos adultos". Más relevante aún es el hecho de que los hombres se apartan antes de las propuestas musicales mayoritarias (yo apostillaría prefabricadas) y en mucha mayor medida que las mujeres. Ahora bien, este "mejor comportamiento" de los hombres se ve empañado por el hecho de que son ellos quienes en mayor medida se cierran a las nuevas propuestas musicales conforme avanzan en la treintena...
No todo es negativo respecto a la paternidad: el estudio también confirma que nuestros pequeños acompañantes posibilitarán la llegada a nuestros hogares de nuevas propuestas musicales que de otra forma estarían vedadas. Especialmente cuando alcancen la adolescencia. Me atrevo a añadir aquí que por el hecho de que sean nuevas propuestas no necesariamente serán mejores que las que conozcamos "de nuestros tiempos", o de las que hayamos descubierto en nuestro viraje a propuestas más minoritarias (de hecho en este mismo blog ya he presentado en alguna ocasión estudios sobre el indudablemente empobrecimiento creativo de la música contemporánea en las últimas décadas), pero siempre nos cerrará puertas a nuevas melodías que podrían emocionarnos si les diéramos una oportunidad.
A modo de conclusión diré que, una vez leído el estudio en detalle, me he dado cuenta de que este blog surgió en buena medida como resultado de mi lucha interna en la treintena (recién alcanzada la paternidad) por rebelarme contra esa tendencia a la congelación de gustos. Porque no se me escapa que una parte considerable de los álbumes que reseño provienen de artistas que ya estaban en activo en mi adolescencia (sin ir más lejos la siguiente entrada estará dedicada a "Music complete", el retorno de New Order tras diez años sin entrar en un estudio de grabación). Pero también es cierto que para la selección de muchas de las nuevas propuestas que presento influye en mi subconsciente la certeza de que, si les dieran una oportunidad, las mismas gustarían a amigos y conocidos con los que compartía gustos musicales hace un cuarto de siglo pero que se "quedaron congelados" como presenta el estudio hace unos cuantos años. Así que seguiré intentando luchar contra esta corriente en sucesivas entradas.
viernes, 30 de octubre de 2015
Voltaire Twins: "Milky waves" (2015)
El de Voltaire Twins es probablemente el álbum más minoritario que he reseñado hasta ahora en este humilde blog. Y es que la revolución digital ha permitido acceder con comodidad a miles de propuestas musicales que hace sólo unos años hubieran sido inalcanzables. Pero hoy en día, las aplicaciones de música en streaming (en mi caso fundamentalmente Grooveshark, hasta que la cerraron hace unos meses, y más recientemente Rdio) permiten encontrar prácticamente toda la música que se publica en cualquier parte del mundo. Y aunque la recomendación de artistas similares a otros que estemos escuchando que proponen estas aplicaciones no está del todo conseguida, siempre hay páginas y blogs que generan listas de reproducción basadas en estas aplicaciones en los que sí podemos encontrar un gran abanico de nuevas propuestas dentro de un estilo musical concreto.
Así es como conocí hace algo más de dos años al dúo australiano Voltaire Twins. Más concretamente a través del tema "Animalia", una formidable carta de presentación de su synth-pop de reminiscencias ochenteras, sonido nítido y muy elaborado y gusto por las melodías cautivadoras y bien interpretadas. Aunque no busquen esta canción en "Milky waves", su álbum de debut que ha visto la luz hace un par de meses. Un álbum que no sólo rehúye los primeros sencillos de su carrera, sino que sorprende por lo justo de su propuesta (sólo 10 canciones en apenas 34 minutos). A pesar de lo cual contiene más ideas y propuestas que la mayoría de los álbumes publicados esta temporada en torno al pop instrumentado con máquinas. Ideas no siempre aprovechadas, todo hay que decirlo. Porque se nota que los hermanos Jaymes y Tegan Voltaire han intentado condensar toda su creatividad en un marco relativamente restringido, y ello causa que buena parte de los temas amaguen con convertirse en temazos pero den tantos saltos con nuevas partes, cambios de ritmo y juegos instrumentales fantasiosos que se queden a menudo por el camino. Como le sucede al tema que abre boca, "I'm awake", algo así como una actualización de los delirios pop de Thomas Dolby que, tras más de dos minutos, adopta un ritmo binario más claro y trepidante en lo que parece un prometedor crescendo que no acaba de llegar.
En menor medida también le sucede a "Goodnight, spirit", segundo corte y segundo sencillo extraído del álbum. Un medio tiempo que empieza desnudo hasta que de pronto aparece la meritoria progresión armónica que envuelve las estrofas. Pero luego la sucesión de partes diferentes y ritmos que aparecen y desaparecen en sólo tres minutos hacen que sea difícil engancharse al resultado. Afortunadamente, "Long weekend", tercer corte y primer sencillo, aun respetando las influencias de los ochenta y cautivando con la nitidez y la calidad de sus instrumentos, mantiene una estructura más convencional, y el toque bailable que adorna sus elegantes estrofas y la pegada de su estribillo la convierten en uno de los grandes temas del año. Lamentablemente, "This is the place" vuelve a ser un tema de ideas valiosas (la recuperación del sonido philly con violines sintetizados y una guitarra eléctrica que es puro funky) pero no lo suficientemente redondo, quizá por las notas tan altas en que terminan casi todas las frases del estribillo.
"Glass tooth", el quinto y maravilloso corte, es mi tema favorito del álbum: inspirado en el sonido que hacían los Japan o los Visage a principios de los ochenta, crean sobre una subyugante progresión armónica una melodía de fraseos dobles en las estrofas, originalísima, y la rematan con un estribillo precioso, realzado por una guitarra eléctrica que realiza un arpegio excepcional, casi oculto. Además, lo culminan con más de dos minutos instrumentales en el que demuestran su habilidad para armonizar instrumentos (sólo cabe cuestionar que la progresión armónica de este tramo no sea la misma de las estrofas, pues habría quedado aun mejor). Sin llegar a la misma altura, "Modern gore" es otro de los momentos álgidos del álbum: el ritmo del "Be my baby" de The Ronettes introduce un tema que evoluciona hacia el pop sintetizado que podrían haber firmado los mejores Thompson Twins, con una estructura razonablemente convencional y unas certeras armonías. "Slow down", el séptimo corte, es por así decirlo el tema lento del álbum, nuevamente de claras influencias ochenteras en la instrumentación (incluso en las guitarras). Pero aunque agradable, tampoco llega a ser un tema redondo.
"Black beach", el octavo corte, sorprende por su sencilla percusión electrónica, un calco de las que se hacían con el Roland 808 hace treinta años. Los arreglos están muy conseguidos, y cada parte encaja acertadamente con la siguiente, reflejando el talento del dúo, aunque de nuevo priman las ideas más que el resultado. "Mystery flight" es el cuarto gran momento del álbum, y sin duda su tema más elegante, de una sensibilidad extrema gracias a la cuidada melodía, la mejor interpretación de Tegan, la certera selección de instrumentos que van arropando la canción sin restarle protagonismo a la composición, la riqueza de su parte nueva, un estribillo del que es imposible cansarse y la propina de una exquisita coda instrumental. Y "You are the end", el tema que cierra este breve álbum, incurre parcialmente en el principal defecto del mismo: tiene mimbres para ser una gran canción, desde su inquietante comienzo hasta el bonito tramo cantado a dos voces en el que el bajo sintetizado delinea una bonita progresión armonica, pero no se resiste a la tentación y vuelve a derivar hacia terrenos más experimentales, especialmente en su tramo final.
Recomiendo sucesivas y atentas escuchas de "Milky waves" para extraer todo lo que encierran los cerebros de estos dos hermanos. Que aunque parece que han tenido problemas para alcanzar el mínimo exigible para un álbum que se publique en el año 2015, bullen con buenas ideas que se miran con naturalidad en espejos de hace treinta años sin que por ello dejen de sonar actuales. Y con un talento incuestionable cuando consiguen dar en la diana. Algo así como la "versión buena" de los para mí sólo discretos Chvrches, que tan de moda están en el panorama internacional estas últimas fechas. Ah, si los críticos musicales se toparan con Voltaire Twins en su lugar...
Así es como conocí hace algo más de dos años al dúo australiano Voltaire Twins. Más concretamente a través del tema "Animalia", una formidable carta de presentación de su synth-pop de reminiscencias ochenteras, sonido nítido y muy elaborado y gusto por las melodías cautivadoras y bien interpretadas. Aunque no busquen esta canción en "Milky waves", su álbum de debut que ha visto la luz hace un par de meses. Un álbum que no sólo rehúye los primeros sencillos de su carrera, sino que sorprende por lo justo de su propuesta (sólo 10 canciones en apenas 34 minutos). A pesar de lo cual contiene más ideas y propuestas que la mayoría de los álbumes publicados esta temporada en torno al pop instrumentado con máquinas. Ideas no siempre aprovechadas, todo hay que decirlo. Porque se nota que los hermanos Jaymes y Tegan Voltaire han intentado condensar toda su creatividad en un marco relativamente restringido, y ello causa que buena parte de los temas amaguen con convertirse en temazos pero den tantos saltos con nuevas partes, cambios de ritmo y juegos instrumentales fantasiosos que se queden a menudo por el camino. Como le sucede al tema que abre boca, "I'm awake", algo así como una actualización de los delirios pop de Thomas Dolby que, tras más de dos minutos, adopta un ritmo binario más claro y trepidante en lo que parece un prometedor crescendo que no acaba de llegar.
En menor medida también le sucede a "Goodnight, spirit", segundo corte y segundo sencillo extraído del álbum. Un medio tiempo que empieza desnudo hasta que de pronto aparece la meritoria progresión armónica que envuelve las estrofas. Pero luego la sucesión de partes diferentes y ritmos que aparecen y desaparecen en sólo tres minutos hacen que sea difícil engancharse al resultado. Afortunadamente, "Long weekend", tercer corte y primer sencillo, aun respetando las influencias de los ochenta y cautivando con la nitidez y la calidad de sus instrumentos, mantiene una estructura más convencional, y el toque bailable que adorna sus elegantes estrofas y la pegada de su estribillo la convierten en uno de los grandes temas del año. Lamentablemente, "This is the place" vuelve a ser un tema de ideas valiosas (la recuperación del sonido philly con violines sintetizados y una guitarra eléctrica que es puro funky) pero no lo suficientemente redondo, quizá por las notas tan altas en que terminan casi todas las frases del estribillo.
"Glass tooth", el quinto y maravilloso corte, es mi tema favorito del álbum: inspirado en el sonido que hacían los Japan o los Visage a principios de los ochenta, crean sobre una subyugante progresión armónica una melodía de fraseos dobles en las estrofas, originalísima, y la rematan con un estribillo precioso, realzado por una guitarra eléctrica que realiza un arpegio excepcional, casi oculto. Además, lo culminan con más de dos minutos instrumentales en el que demuestran su habilidad para armonizar instrumentos (sólo cabe cuestionar que la progresión armónica de este tramo no sea la misma de las estrofas, pues habría quedado aun mejor). Sin llegar a la misma altura, "Modern gore" es otro de los momentos álgidos del álbum: el ritmo del "Be my baby" de The Ronettes introduce un tema que evoluciona hacia el pop sintetizado que podrían haber firmado los mejores Thompson Twins, con una estructura razonablemente convencional y unas certeras armonías. "Slow down", el séptimo corte, es por así decirlo el tema lento del álbum, nuevamente de claras influencias ochenteras en la instrumentación (incluso en las guitarras). Pero aunque agradable, tampoco llega a ser un tema redondo.
"Black beach", el octavo corte, sorprende por su sencilla percusión electrónica, un calco de las que se hacían con el Roland 808 hace treinta años. Los arreglos están muy conseguidos, y cada parte encaja acertadamente con la siguiente, reflejando el talento del dúo, aunque de nuevo priman las ideas más que el resultado. "Mystery flight" es el cuarto gran momento del álbum, y sin duda su tema más elegante, de una sensibilidad extrema gracias a la cuidada melodía, la mejor interpretación de Tegan, la certera selección de instrumentos que van arropando la canción sin restarle protagonismo a la composición, la riqueza de su parte nueva, un estribillo del que es imposible cansarse y la propina de una exquisita coda instrumental. Y "You are the end", el tema que cierra este breve álbum, incurre parcialmente en el principal defecto del mismo: tiene mimbres para ser una gran canción, desde su inquietante comienzo hasta el bonito tramo cantado a dos voces en el que el bajo sintetizado delinea una bonita progresión armonica, pero no se resiste a la tentación y vuelve a derivar hacia terrenos más experimentales, especialmente en su tramo final.
Recomiendo sucesivas y atentas escuchas de "Milky waves" para extraer todo lo que encierran los cerebros de estos dos hermanos. Que aunque parece que han tenido problemas para alcanzar el mínimo exigible para un álbum que se publique en el año 2015, bullen con buenas ideas que se miran con naturalidad en espejos de hace treinta años sin que por ello dejen de sonar actuales. Y con un talento incuestionable cuando consiguen dar en la diana. Algo así como la "versión buena" de los para mí sólo discretos Chvrches, que tan de moda están en el panorama internacional estas últimas fechas. Ah, si los críticos musicales se toparan con Voltaire Twins en su lugar...
domingo, 4 de octubre de 2015
Little Boots: "Working girl" (2015)
Victoria Hesketh, más conocida como Little Boots, ha regresado hace un par de meses a la primera plana de la actualidad musical con la publicación de su tercer álbum de estudio, "Working girl". Un álbum que por segunda vez ha visto la luz en su propio sello discográfico, y con el que a mi entender la británica intenta auto-afirmarse en su estilo. Porque al éxito de crítica y ventas de "Hands" en 2009, con su propuesta actualizada, bailable y entonada del techno-pop de los ochenta, le sucedió un largo paréntesis de cuatro años que concluyó cuando "Nocturnes", un disco mucho más house, orientado a la electrónica más independiente y anodino, vio finalmente la luz prácticamente a la vez que el bootleg "Beat of your heart", el supuesto segundo disco grabado realmente como continuación estilística de "Hands" y que nunca llegó a publicarse por razones desconocidas (ya que sin llegar a la inspiración de "Hands" sí mantenía suficientemente el tipo). Con lo cual este tercer disco actúa a modo de consolidación de la propuesta de "Nocturnes", añadiéndole si cabe un toque más personal y reivindicativamente feminista a las letras, quedando por tanto en parámetros muy lejanos a los de su álbum de debut.
Lo que desgraciadamente es una mala noticia para sus seguidores. Porque una cosa es no querer terminar como un remedo de Kylie Minogue, y otra escorarse tanto en su propuesta que apenas logre comulgar con unos pocos miles de seguidores. Y es que Little Boots es una meritoria instrumentista, con una buena formación musical y una voz agradable (en ocasiones demasiado doblada). Pero si lo fía a todo a la pista de baile más fría y alternativa, y da la espalda a las armonías pop, esas cualidades son difíciles de exhibir. A pesar de que prácticamente cada uno de los temas cuente con un productor diferente, algo muy difícil de percibir en una propuesta de espectro tan limitado.
Y eso que el resultado final podía haber sido mucho peor de lo que al final ofrece este "Working girl". Me explico: el álbum fue precedido a finales de 2014 por el EP "Business pleasure", que ya anticipaba esa reafirmación estilística pero con escasa creatividad. Algo aplicable no sólo al sencillo que se extrajo de él (la experimental y superflua "Taste it"), sino también a los otros dos cortes que han acabado en el álbum (el house simplón de "Heroine" y la gélida y obsesiva "Business pleasure", que daba título al mismo), siendo curiosamente "Pretty tough" (el único con algo más de musicalidad), el tema que se ha quedado fuera. Es decir, una reafirmación de estilo a coste de vulgaridad y falta de sustancia. Afortunadamente entre el resto de temas hay dos o tres que dan el pego y sobre todo un par de buenas canciones, que nos demuestran que a Little Boots no se le ha olvidado componer.
Quitando las simpáticas "Intro" e "Interlude", piezas no musicales que simulan la interacción del oyente con el contestador del sello discográfico, el álbum consta de doce composiciones originales, una más en la edición Deluxe. Se abre con "Working girl", el tema que da título al disco y cuya versión acústica también cierra la edición Deluxe. Un tema presidido por un infeccioso loop sintetizado, y construido sobre una progresión armónica elaborada pero sin gancho, del que lo más salvable es un estribillo de aprobado raspado. "No pressure", tercer sencillo, se mueve en los mismos parámetros, aunque en este caso el colchón instrumental es un poquito menos espartano y el estribillo algo más eficaz en su incitación al baile. "Get things done", cuarto sencillo, es uno de los temas que dan el pego con su bajo slap delineando una progresión armónica ahora sí más cercana en las estrofas y en el estribillo. Aunque el estribillo tiene la frase que da título al tema encajada con calzador, lo que le resta algún que otro punto.
Tras ya la citada "Taste it" nos encontramos la con diferencia mejor composición del álbum: "Real girl" baja los bpm y nos ofrece un tema de pop del año 2015. Porque el pop con mayúsculas es el que mejor sigue dominando Little Boots, logrando que un loop de sintetizador infeccioso y que recuerda a los usados por Madonna en buena parte de "Rebel Heart" desemboque con naturalidad en un estribillo de pop cautivador llevado a su máxima expresión en la tercera repetición, cuando se elimina por unos segundos la programación de la batería. La ya citada "Heroine" baja muchos enteros, y el siguiente corte, "The game", imita sin disimulo los arreglos que hicieron Soul II Soul hace un cuarto de siglo en su mítica "Back to life", pero con una composición más floja que aquella. Menos mal que tras ella se encuentra "Help too", el segundo momento inspirado del álbum, y no porque sea uno de los más lentos, pero sí porque el contraste en las estrofas entre la programación de la percusión y los sintetizadores que van y vienen la hacen reconocible, y una vez que nos topamos con su preciosa entrada al estribillo ya nos predisponemos para disfrutar de sus meritorias armonías.
Nuevamente hay que superar el bajón que supone la ya citada "Business pleasure" para encontrarse con la atmosférica "Paradise", cuyo indie-house puede ser disfrutable en determinados momentos y circunstancias, sobre todo si nos dejamos llevar por su piano sintetizado en el correcto estribillo. "Better in the morning", el segundo sencillo, juega a la pretendida inocencia pop de por ejemplo Ariana Grande, pero modas al margen es un tema de una candidez impostada y una melodía excesivamente simple. Y "Desire", el tema adicional de la edición deluxe, podría ser el tercero que mantenga el tipo en determinadas pistas de baile, puesto que al esperable sonido espartano se le añade un curioso juego entre una programación que rehúye del ritmo binario y unos teclados que rehúsan completar los compases hasta llegar a un estribillo en el que, ver para creer, nos encontramos la única guitarra del álbum.
Con lo que al completar la escucha la sensación predominante es la de un álbum relativamente flojo, y quien sabe si la segunda y última oportunidad perdida de Victoria para consolidar su carrera. Una pena, porque como demuestra en momentos puntuales, sabe hacerlo mucho mejor, pero se la nota más preocupada por labrarse una personalidad propia en el panorama musical que por llenar sus discos de buenas canciones. Lo que en mi opinión no es a la larga una buena estrategia.
Lo que desgraciadamente es una mala noticia para sus seguidores. Porque una cosa es no querer terminar como un remedo de Kylie Minogue, y otra escorarse tanto en su propuesta que apenas logre comulgar con unos pocos miles de seguidores. Y es que Little Boots es una meritoria instrumentista, con una buena formación musical y una voz agradable (en ocasiones demasiado doblada). Pero si lo fía a todo a la pista de baile más fría y alternativa, y da la espalda a las armonías pop, esas cualidades son difíciles de exhibir. A pesar de que prácticamente cada uno de los temas cuente con un productor diferente, algo muy difícil de percibir en una propuesta de espectro tan limitado.
Y eso que el resultado final podía haber sido mucho peor de lo que al final ofrece este "Working girl". Me explico: el álbum fue precedido a finales de 2014 por el EP "Business pleasure", que ya anticipaba esa reafirmación estilística pero con escasa creatividad. Algo aplicable no sólo al sencillo que se extrajo de él (la experimental y superflua "Taste it"), sino también a los otros dos cortes que han acabado en el álbum (el house simplón de "Heroine" y la gélida y obsesiva "Business pleasure", que daba título al mismo), siendo curiosamente "Pretty tough" (el único con algo más de musicalidad), el tema que se ha quedado fuera. Es decir, una reafirmación de estilo a coste de vulgaridad y falta de sustancia. Afortunadamente entre el resto de temas hay dos o tres que dan el pego y sobre todo un par de buenas canciones, que nos demuestran que a Little Boots no se le ha olvidado componer.
Quitando las simpáticas "Intro" e "Interlude", piezas no musicales que simulan la interacción del oyente con el contestador del sello discográfico, el álbum consta de doce composiciones originales, una más en la edición Deluxe. Se abre con "Working girl", el tema que da título al disco y cuya versión acústica también cierra la edición Deluxe. Un tema presidido por un infeccioso loop sintetizado, y construido sobre una progresión armónica elaborada pero sin gancho, del que lo más salvable es un estribillo de aprobado raspado. "No pressure", tercer sencillo, se mueve en los mismos parámetros, aunque en este caso el colchón instrumental es un poquito menos espartano y el estribillo algo más eficaz en su incitación al baile. "Get things done", cuarto sencillo, es uno de los temas que dan el pego con su bajo slap delineando una progresión armónica ahora sí más cercana en las estrofas y en el estribillo. Aunque el estribillo tiene la frase que da título al tema encajada con calzador, lo que le resta algún que otro punto.
Tras ya la citada "Taste it" nos encontramos la con diferencia mejor composición del álbum: "Real girl" baja los bpm y nos ofrece un tema de pop del año 2015. Porque el pop con mayúsculas es el que mejor sigue dominando Little Boots, logrando que un loop de sintetizador infeccioso y que recuerda a los usados por Madonna en buena parte de "Rebel Heart" desemboque con naturalidad en un estribillo de pop cautivador llevado a su máxima expresión en la tercera repetición, cuando se elimina por unos segundos la programación de la batería. La ya citada "Heroine" baja muchos enteros, y el siguiente corte, "The game", imita sin disimulo los arreglos que hicieron Soul II Soul hace un cuarto de siglo en su mítica "Back to life", pero con una composición más floja que aquella. Menos mal que tras ella se encuentra "Help too", el segundo momento inspirado del álbum, y no porque sea uno de los más lentos, pero sí porque el contraste en las estrofas entre la programación de la percusión y los sintetizadores que van y vienen la hacen reconocible, y una vez que nos topamos con su preciosa entrada al estribillo ya nos predisponemos para disfrutar de sus meritorias armonías.
Nuevamente hay que superar el bajón que supone la ya citada "Business pleasure" para encontrarse con la atmosférica "Paradise", cuyo indie-house puede ser disfrutable en determinados momentos y circunstancias, sobre todo si nos dejamos llevar por su piano sintetizado en el correcto estribillo. "Better in the morning", el segundo sencillo, juega a la pretendida inocencia pop de por ejemplo Ariana Grande, pero modas al margen es un tema de una candidez impostada y una melodía excesivamente simple. Y "Desire", el tema adicional de la edición deluxe, podría ser el tercero que mantenga el tipo en determinadas pistas de baile, puesto que al esperable sonido espartano se le añade un curioso juego entre una programación que rehúye del ritmo binario y unos teclados que rehúsan completar los compases hasta llegar a un estribillo en el que, ver para creer, nos encontramos la única guitarra del álbum.
Con lo que al completar la escucha la sensación predominante es la de un álbum relativamente flojo, y quien sabe si la segunda y última oportunidad perdida de Victoria para consolidar su carrera. Una pena, porque como demuestra en momentos puntuales, sabe hacerlo mucho mejor, pero se la nota más preocupada por labrarse una personalidad propia en el panorama musical que por llenar sus discos de buenas canciones. Lo que en mi opinión no es a la larga una buena estrategia.
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