El segundo álbum de Imagine Dragons es sin duda uno de los álbumes más esperados de este 2015. Su debut de 2012 ("Night visions"), a medio camino entre la música comercial y la alternativa, fue ganando gradualmente adeptos con su mezcla de estilos hasta llegar a un público muy amplio. De hecho, la reseña que escribí sobre el mismo es una de las entradas más leídas de este humilde blog. Así que a la hora de valorar este "Smoke + mirrors" me parece útil poner en perspectiva lo que ya reseñé entonces. Reconocía su "esfuerzo loable por crear verdaderas canciones y lograr que suenen contemporáneas", pero también dejaba entrever que necesitaban "un sonido algo más definido y personal". Casi tres años después, su respuesta (el siempre trascendental segundo álbum) no sólo ha mantenido ese esfuerzo (diecisiete canciones nada menos), sino que en vez de definir su estilo han optado por hacer de la amplitud estilística su seña de identidad, manteniendo para ello al británico Alex Da Kid en la producción.
Lo que es más evidente, han intentado encontrar entre esa variedad estilística el éxito masivo. Incluso revisitando los temas bandera de su álbum de debut bajo un nuevo prisma. Y lo cierto es que formalmente lo han hecho bien, y el álbum es un carrusel de temas claremente diferenciados. Aunque desgraciadamente no todos los estilos a los que se arriman tienen el mismo interés creativo, ni los muestra igualmente resolutivos en su aproximación. Con el agravante de una preocupante falta de creatividad a la hora de rematar con estribillos meritorios la mayor parte de sus temas.
De hecho, los sencillos que han presentado el álbum hasta ahora han fracasado comercialmente como composiciones individuales. "Shots", el tema que abre el disco y tercer sencillo, es de los tres presentados el más decente, con sus bonitos teclados en trémolo resaltando unas convincentes estrofas, aunque el estribillo coral no bien enlazado echa en parte por tierra el resultado. "Gold" es el segundo corte y segundo sencillo, aparte del obvio intento por recrear "Radioactive". Pero el problema es que la atmósfera está más conseguida que la melodía: una producción intrigante y meritoria, con samples aquí y allá, queda arruinada por un irritante silbidito y una intensidad impostada que naufraga especialmente en el estribillo. "Smoke+mirrors", tercer corte y tema que da título al álbum, promete más calidad con otro interesante comienzo y otra acertada melodía en unas estrofas más intimistas, pero el tema desemboca en un envolvente estribillo que mezcla el falsete a lo Coldplay con fraseos que son casi gritos, en un cóctel mal digerido.
"I'm so sorry", intenta acercarse al rock americano más histrónico que inspirado (pongamos por ejemplo Aerosmith), y aunque el riff de guitarra que sostiene el comienzo y las estrofas es original e interesante, nuevamente el puente les muestra falsamente rabiosos, el estribillo es poco más que una sucesión de chillidos sobre una percusión reptante, y el desahogo final para demostrar qué duros saben ser no viene a cuento. "I bet my life", el descarado intento por repetir "On top of the world" y primer sencillo, es un tema tan luminoso y vitalista como pretenden, y la lograda progresión armónica de las estrofas está perfectamente resaltada por una melodía certera, pero una vez más el estribillo resulta simple y hueco, y en este caso los arreglos no son demasiado acertados (hasta el punto de que últimamente, en sus actuaciones en vivo, le han dado un toque más folk). "Polaroid", sexto corte, es un tema menor, con mucho peso de la parte vocal y la instrumentación electrónica para intenar darle un barniz de pop contemporáneo al tema con el que mantenerlo a flote. "Friction", séptimo corte, los acerca al nu metal de por ejemplo Korn, en el tema más monocorde y violento del álbum, en un estilo que se nota claramente que no es el suyo pero al que los aires egipcios de las guitarras le favorecen y le dotan de personalidad.
"It comes back to you" podría pasar perfectamente por un tema de los Snow Patrol, a medio camino entre el pop y el rock e igual de intrascendente que la mayoría de los temas de la banda británica. "Dream", noveno corte, es una balada que intenta recrear claramente el "Bleeding out" de su primer álbum: una bonita melodía y una acertada producción, con una omnipresente percusión y la sección de cuerda y el piano de contrapunto, hacen que esa uno de los temas más redondos del disco, aunque personalmente creo que le falta un punto de emoción en el estribillo. "Trouble", décimo corte, juega la baza de los arreglos acústicos con toques folk, aunque nuevamente se queda sólo en correcto, cuando no anodino. "Summer" empieza con un cristalino arpegio de guitarra, marca de la casa y en la línea de "Amsterdam", pero otra vez el tema adquiere un aire a sus paisanos The Killers en horas bajas, y los falsetes distantes del estribillo hacen el resto. "Hopeless opus" tiene, como su nombre indica, vocación de himno, pero a pesar de una producción muy conseguida, su endeblez a lo "Give peace a chance" y un solo que podría haber firmado Brian May en sus tiempos má previsibles la convierten en otro momento cuestionable. Y el disco lo cierra en su edición estándar "The fall", con su comienzo luminoso, sus discretas estrofas, un estribillo por una vez a tono con el tema y por encima de todo un meritorio crescendo de casi tres minutos, obviamente con la intención de cerrar el disco de la manera más apoteósica posible.
Curiosamente (y de veras que no lo hago por ir a contracorriente), este disco variopinto y poco inspirado da lugar a sus mejores momentos en la edición Deluxe. Son cuatro nuevos temas en los que parece que los de Las Vegas se quitan las máscaras, se relajan y empiezan por fin a rendir al mismo nivel que lo habían hecho en sus meritorias entregas para varias bandas sonoras de los últimos tiempos. Empezando con el, para mí, mejor tema de lejos del álbum: "Thief". Una guitarra desconcertante al comienzo da lugar a una pieza de rock con los arpegios líquidos, la energía y las sensacionales melodías de los mejores Feeder. Una auténtica maravilla, sin necesidad de una producción que camufle defectos (incluso el solo de guitarra se sale de los convencionalismos). "The unknown", claramente inferior aunque superior al nivel medio del álbum, recurre a la percusión programada más elaborada del mismo, y aunque las estrofas vuelven a tener un deje impostado, el puente al estribillo entona el tema y el estribillo, ahora sí, es intimista y sensible, y desemboca en un minuto final muy disfrutable. "Second chances" es, en mi opinión, el segundo mejor tema del álbum, unas armonías preciosas, con una producción que se limita a dejar hacer a los instrumentos convencionales sin alterarlos, todos ellos ejecutados a un gran nivel (especialmente el violoncello), la letra más convincente del disco y un tramo instrumental al final realmente maravilloso. Y el último corte nuevo de la edición Deluxe es la acústica, introspectiva y también inspirada "Release", apenas dos minutos en los que Dan Reynolds canta con una naturalidad apabullante un tema sin apenas instrumentar pero tan certero que no lo necesita. Y que resulta una forma mucho mejor de cerar el disco que "The fall".
Es decir, si revisamos todos los temas reseñados, encontramos sólo cuatro o cinco realmente meritorios, y sólo uno o como mucho dos entre los trece que conforman la edición estándar. El resto, aunque los lleve a transitar múltiples terrenos, siempre se queda a medio camino, de manera que sólo el melómano con cierta predisposición es capaz de aguantar los casi sesenta y cinco minutos del álbum. Casi me alegro del fracaso comercial de los sencillos, pues les debería mostrar a ellos (y probablemente a su discográfica), que salvo para los productos musicales prefabricados es más fácil triunfar siendo uno mismo que jugando a ser otra cosa. Porque a pesar de esta decepción en toda regla, Imagine Dragons demuestran que saben componer temas excelentes. Ojalá las tensas correas del negocio musical se lo sigan permitiendo.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
viernes, 20 de marzo de 2015
sábado, 14 de marzo de 2015
El panorama musical español en 2014
Un año más, y como ya viene siendo habitual, he decidido dedicar una entrada al panorama musical español durante el pasado año 2014. Un panorama que en mi opinión sigue en encefalograma plano. Veamos por qué.
En el ámbito meramente comercial la situación sigue en estado comatoso: la música de artistas hispanoamericanos o que cantan en español ganan por abrumadora mayoría (37 de los 50 más vendidos) a los artistas que cantan en otros idiomas y anglosajones (que, nos guste o no, siempre aportarán un número mayor de propuestas interesantes). Y es que con unas ventas que siguen en mínimos históricos, las compañías de discos se han vuelto aún más conservadoras y los compradores más limitados en sus gustos, dando la impresión que sólo aquellos que tienen club de fans potentes entre las adolescentes son capaces de lograr que los aficionados se gasten unos euros en ellos.
Descorazonador es que el álbum más vendido haya sido "Terral" de Pablo Alborán, cantante que por cuarto año consecutivo es el más vendido en España con su estilo trasnochado, ñoño y sensiblero. Descorazonador es que en los 10 primeros álbumes del año no haya uno solo de un artista de fuera de España (la cerrazón al resto del mundo en el momento más globalizado de la historia de la humanidad es más que paradójico, casi escalofriante en un país que teóricamente pertenece al primer mundo). Descorazonador es que el primer álbum de un artista anglosajón sea el del grupo adolescente One Direction, pues lanza un claro mensaje de que respecto a lo que viene "de fuera" a lo que más interés prestamos es a las propuestas prefabricadas (el primer disco de un artista extranjero con una mínima reputación es el de Coldplay, en el puesto 17). Y descorazonador es que hay que irse al puesto 43 para encontrar el primer álbum correspondiente a una artista que haya debutado en el panorama musical internacional en 2014 (5 Seconds Of Summer, poco más que una boyband de tantas). A todo lo cual hay que sumar la escasa presencia de la música de actualidad en la televisión (a pesar del incremento de canales de la TDT) y su menguante presencia en las radios privadas, que a menudo dan prioridad al tema insignia de un artista antes que a su nuevo lanzamiento.
En la música alternativa la cosa no ha ido mucho mejor. Los madrileños Vetusta Morla son los primeros en la lista, en el puesto 33, aunque su rock forzadamente histriónico y escaso de inspiración no justifica a mi modo de ver siquiera ese puesto. Tampoco han abundado en exceso las nuevas entregas de artistas consagrados en este mundillo (Sr. Chinarro, Remate, Los Enemigos...), como no lo es que el tema más comentado en el mundillo sea el provocativo y de dudoso gusto "Me gusta que pegues", de Los Punsetes. Ni siquiera la música electrónica en general y disco en paricular ha ayudado en subir el listón, con el buque insigna John Talabot más centrado en pinchar en festivales diversos que en dar continuidad a su interesante pero ya lejano "Fin" (2012). Puestos a resaltar algún retorno, tal vez me quede con el del dúo vasco Single, que a pesar de varios años de silencio siguen con su mundo paralelo de pop bien facturado e ingenioso, aunque de inspiración variable. Y en el campo de las nuevas propuestas, la única que realmente ha llamado mi atención han sido los madrileños de The Hardcore Of Beauty, con un estilo inclasificable pero una calidad incuestionable en el EP que presentó hace unos meses "Brand new Moses".
Con lo que este año para mí los triunfadores absolutos han sido Sidonie. Como ya sucedió el año pasado con La Sonrisa de Julia, les lastra el hecho de ser demasiado alternativos para obtener un éxito comercial masivo, pero también demasiado mainstream para que el mundillo independiente los considere genuinos. Pero su álbum "Sierra y Canadá", que reseñé en este mismo blog, suponía una acertada vuelta de tuerca en su estilo, manteniendo su personalidad pero acercándolos mínimamente a la tecnología del siglo XXI. Además, el nivel medio compositivo era más que decente y contaba con sencillos dignos de perdurar: "Un día de mierda" y sobre todo "Sierra y Canadá", una emotiva historia de amor frustrado entre artefactos que puntualmente cobran vida. Que por su ingeniosa letra, su sensibilidad y sus armonías merece, desde mi punto de vista, el título de canción nacional del año. Lástima que haya pasado desapercibida para tantos y tantos potenciales melómanos.
En el ámbito meramente comercial la situación sigue en estado comatoso: la música de artistas hispanoamericanos o que cantan en español ganan por abrumadora mayoría (37 de los 50 más vendidos) a los artistas que cantan en otros idiomas y anglosajones (que, nos guste o no, siempre aportarán un número mayor de propuestas interesantes). Y es que con unas ventas que siguen en mínimos históricos, las compañías de discos se han vuelto aún más conservadoras y los compradores más limitados en sus gustos, dando la impresión que sólo aquellos que tienen club de fans potentes entre las adolescentes son capaces de lograr que los aficionados se gasten unos euros en ellos.
Descorazonador es que el álbum más vendido haya sido "Terral" de Pablo Alborán, cantante que por cuarto año consecutivo es el más vendido en España con su estilo trasnochado, ñoño y sensiblero. Descorazonador es que en los 10 primeros álbumes del año no haya uno solo de un artista de fuera de España (la cerrazón al resto del mundo en el momento más globalizado de la historia de la humanidad es más que paradójico, casi escalofriante en un país que teóricamente pertenece al primer mundo). Descorazonador es que el primer álbum de un artista anglosajón sea el del grupo adolescente One Direction, pues lanza un claro mensaje de que respecto a lo que viene "de fuera" a lo que más interés prestamos es a las propuestas prefabricadas (el primer disco de un artista extranjero con una mínima reputación es el de Coldplay, en el puesto 17). Y descorazonador es que hay que irse al puesto 43 para encontrar el primer álbum correspondiente a una artista que haya debutado en el panorama musical internacional en 2014 (5 Seconds Of Summer, poco más que una boyband de tantas). A todo lo cual hay que sumar la escasa presencia de la música de actualidad en la televisión (a pesar del incremento de canales de la TDT) y su menguante presencia en las radios privadas, que a menudo dan prioridad al tema insignia de un artista antes que a su nuevo lanzamiento.
En la música alternativa la cosa no ha ido mucho mejor. Los madrileños Vetusta Morla son los primeros en la lista, en el puesto 33, aunque su rock forzadamente histriónico y escaso de inspiración no justifica a mi modo de ver siquiera ese puesto. Tampoco han abundado en exceso las nuevas entregas de artistas consagrados en este mundillo (Sr. Chinarro, Remate, Los Enemigos...), como no lo es que el tema más comentado en el mundillo sea el provocativo y de dudoso gusto "Me gusta que pegues", de Los Punsetes. Ni siquiera la música electrónica en general y disco en paricular ha ayudado en subir el listón, con el buque insigna John Talabot más centrado en pinchar en festivales diversos que en dar continuidad a su interesante pero ya lejano "Fin" (2012). Puestos a resaltar algún retorno, tal vez me quede con el del dúo vasco Single, que a pesar de varios años de silencio siguen con su mundo paralelo de pop bien facturado e ingenioso, aunque de inspiración variable. Y en el campo de las nuevas propuestas, la única que realmente ha llamado mi atención han sido los madrileños de The Hardcore Of Beauty, con un estilo inclasificable pero una calidad incuestionable en el EP que presentó hace unos meses "Brand new Moses".
Con lo que este año para mí los triunfadores absolutos han sido Sidonie. Como ya sucedió el año pasado con La Sonrisa de Julia, les lastra el hecho de ser demasiado alternativos para obtener un éxito comercial masivo, pero también demasiado mainstream para que el mundillo independiente los considere genuinos. Pero su álbum "Sierra y Canadá", que reseñé en este mismo blog, suponía una acertada vuelta de tuerca en su estilo, manteniendo su personalidad pero acercándolos mínimamente a la tecnología del siglo XXI. Además, el nivel medio compositivo era más que decente y contaba con sencillos dignos de perdurar: "Un día de mierda" y sobre todo "Sierra y Canadá", una emotiva historia de amor frustrado entre artefactos que puntualmente cobran vida. Que por su ingeniosa letra, su sensibilidad y sus armonías merece, desde mi punto de vista, el título de canción nacional del año. Lástima que haya pasado desapercibida para tantos y tantos potenciales melómanos.
martes, 24 de febrero de 2015
Man Without Country: Maximum Entropy (2015)
Tras el paréntesis vacacional y la revisión de los mejores temas de 2014, retomo las entradas dedicadas a reseñar lo más señalado de los nuevos lanzamientos musicales. Voy a escribir sobre "Maximum entropy", el segundo disco del dúo galés Man Without Country. Un disco que llega tres años después de su álbum de debut, "Foe", que los sitúo como una de las nuevas propuestas más interesantes de los últimos años en el panorama synth-pop, pero que también dejó claro que su obsesión con los sonidos atmosféricos se trasladaba de manera un tanto amateur a sus creaciones, que en general quedaban relativamente dispersas entre tanto barroquismo.
En este "Maximum entropy" Ryan James y Tomas Greenhalf no se han movido un ápice de esa obsesión tan personal por las composiciones envolventes, que tienden una red en torno al receptor para atraparlo en ella, pero han dado un paso adelante a la hora de defender mejor la estructura y las melodías vocales de sus canciones, y ello juega muy a su favor. Como también ayuda el haber abandonado la preeminencia de los temas rápidos, ahora más sabiamente conjugados con más tiempos medios e incluso alguna "balada". No obstante, en mi opinión aún conceden demasiada importancia a la atmósfera, y a menudo sobran reverberaciones, trémolos, samples, y ecos aquí y allá, aparte de que en prácticamente todos los temas la parte vocal está excesivamente distorsionada y mezclada demasiado baja, lo cual está en línea con su propuesta y probablemente camufla las limitadas cualidades vocales de Ryan, pero también hace a menudo imposible comprender los textos, resultando imprescindible internet para localizarlos y seguirlos. Quizá si siguen ganando gradualmente adeptos, acaben en manos de un productor que sepa respetarles la personalidad pero sepa pulirles esos defectos.
Porque si, como en mi caso, nos hacemos con un programa básico de remasterización, rescatamos las partes vocales subiendo la mezcla en las frecuencias medias y abrillantando un poco los agudos, descubriremos un buen puñado de temas más que interesantes, que además ganan con cada nueva escucha. Empezando por el que abre el disco, "Claymation", que ya dieron a conocer hace unos meses en el EP del mismo título. Uno de los temas más pop que han escrito hasta la fecha: directo, de duración contenida, con una estrofas oscuras y envolventes marcas de la casa, que dan paso a un estribillo luminoso, coronado por un bonito intervalo instrumental que gira en torno a un bonito solo de un lejano sintetizador y una original percusión. Aunque no es el caso de "Entropy", segundo corte sólo interesante por el ritmo sincopado y estridente a base de percusiones superpuestas y bajos sintetizados que se complementan, pero sin una auténtica composición que sustente el tema. El dúo vuelve a la senda de la inspiración con "Laws of motion", tercer corte y sencillo de presentación del disco, que ya publicaron a finales del año pasado y que formó parte de mi lista con los mejores temas de 2014. Una canción a dúo con Morgan Kibby (de White Sea y M83), que atrapa con su inicio etéreo, su bajo poderoso y su melodía de tonos altísimos. Virtudes que pasados tres minutos dejan hueco a una nueva progresión armónica, más colorista y que sirve como estupendo colofón.
"Oil spill" vuelve a ser más interesante por su instrumentación y su atmósfera que por la composición en sí. Inicia además el tramo más lento y difícil de disfrutar del disco. "Loveless marriage" es mucho más interesante (una balada gélida con una letra que incide en las relaciones que se derrumban como principal eje argumental del álbum y que crece hasta el desgarro cuando entra toda la percusión y el arpegio de piano cerca del cuarto minuto), pero es sólo el segundo de los tres temas lentos consecutivos. Y el tercero, "Deadsea", aunque desde luego nos transporta al escenario que indica su título, es un sofocante tema casi instrumental al que le sobran al menos la segunda mitad de sus más de siete minutos (minutaje que sólo podría haber estado justificado si se le hubiera elegido como el tema de cierre del disco). Así que cuando empieza el séptimo corte (mi segundo tema favorito, "Catfish", con la colaboración vocal de la danesa Lisa Alma), su ritmo rápido, su concreción y la manera como va creciendo, hacen que el receptor anhele desesperadamente el bombo para dar rienda suelta al hedonismo tras tantos minutos de recogimiento. Además, el dúo enriquece el tema con inteligentes armonías, un excepcional uso de la caja de la batería sintetizada (alejada de la jerarquía del simple ritmo binario) y sintetizadores programados que se balancean entre los dos canales. Lástima que la progresión armónica sean siempre los mismos tres acordes: con un poco más de creatividad sería uno de los mejores temas de los últimos años.
"Romanek", octavo corte, es otro de los momentos álgidos del álbum: también bailable, menos directa que la anterior, está construida sobre una lograda progresión armónica de ocho acordes repetida sin fin, y va creciendo gradualmente añadiendo instrumentos y detalles que envuelven al receptor hasta atraparlo. Una parte vocal más larga y trabajada de lo que parece, y la contundencia en la percusión y de un infeccioso sintetizador que aparecen tras casi cuatro minutos completan un panorama cautivador. "Virga" completa el tramo más notable de "Maximum entropy": estamos ante el segundo tema más pop del disco, con una percusión nuevamente muy elaborada y un comienzo muy sugerente, unas estrofas muy correctas y un cautivador y extrañamente optimista estribillo. El disco vuelve a encallar un tanto con "Incubation", un tema demasiado largo, que durante buena parte parece un mero interludio instrumental pleno de efectos, y que a lo sumo podría haber servido (nuevamente) de tema de cierre. "Deliver us from evil" es tan gélida como su título indica, pero la tensión instrumental y otra excepcional batería convierten una composición anodina en un tema que se deja escuchar. Y el álbum concluye con el sexto pasaje recomendable, una versión del clásico por excelencia de The Beloved, uno de los mejores y más injustamente olvidados grupos de finales de los ochenta y principios de los noventa: "Sweet harmony" sigue siendo una gran canción, y con esta versión los galeses juegan a ser los herederos de Jon Marsh y compañía con su propuesta tecnológica, subyugante y envolvente, aunque no terminan de llevar el tema a su terreno e incluso respetan el solo de saxo de la original en su tramo final.
En definitiva, "Maximum entropy" nos muestra que Man Without Country ha crecido mucho, que se puede ser atmosférico y sofisticado sin caer en el aburrimiento tan común en las bandas electrónicas escandinavas (con Royksopp a la cabeza), y que ello no está reñido con buenos momentos pop. Les falta abandonar definitivamente ciertos clics y señas de identidad que les perjudican más que benefician, controlar el minutaje en ocasiones, ordenar mejor los temas que conforman sus álbumes y saber prescindir de uno o dos cortes sin sustancia. Todos ellos aspectos corregibles si logran mantener un cierto nivel de inspiración y siguen evolucionando. Esperemos que sea el caso.
En este "Maximum entropy" Ryan James y Tomas Greenhalf no se han movido un ápice de esa obsesión tan personal por las composiciones envolventes, que tienden una red en torno al receptor para atraparlo en ella, pero han dado un paso adelante a la hora de defender mejor la estructura y las melodías vocales de sus canciones, y ello juega muy a su favor. Como también ayuda el haber abandonado la preeminencia de los temas rápidos, ahora más sabiamente conjugados con más tiempos medios e incluso alguna "balada". No obstante, en mi opinión aún conceden demasiada importancia a la atmósfera, y a menudo sobran reverberaciones, trémolos, samples, y ecos aquí y allá, aparte de que en prácticamente todos los temas la parte vocal está excesivamente distorsionada y mezclada demasiado baja, lo cual está en línea con su propuesta y probablemente camufla las limitadas cualidades vocales de Ryan, pero también hace a menudo imposible comprender los textos, resultando imprescindible internet para localizarlos y seguirlos. Quizá si siguen ganando gradualmente adeptos, acaben en manos de un productor que sepa respetarles la personalidad pero sepa pulirles esos defectos.
Porque si, como en mi caso, nos hacemos con un programa básico de remasterización, rescatamos las partes vocales subiendo la mezcla en las frecuencias medias y abrillantando un poco los agudos, descubriremos un buen puñado de temas más que interesantes, que además ganan con cada nueva escucha. Empezando por el que abre el disco, "Claymation", que ya dieron a conocer hace unos meses en el EP del mismo título. Uno de los temas más pop que han escrito hasta la fecha: directo, de duración contenida, con una estrofas oscuras y envolventes marcas de la casa, que dan paso a un estribillo luminoso, coronado por un bonito intervalo instrumental que gira en torno a un bonito solo de un lejano sintetizador y una original percusión. Aunque no es el caso de "Entropy", segundo corte sólo interesante por el ritmo sincopado y estridente a base de percusiones superpuestas y bajos sintetizados que se complementan, pero sin una auténtica composición que sustente el tema. El dúo vuelve a la senda de la inspiración con "Laws of motion", tercer corte y sencillo de presentación del disco, que ya publicaron a finales del año pasado y que formó parte de mi lista con los mejores temas de 2014. Una canción a dúo con Morgan Kibby (de White Sea y M83), que atrapa con su inicio etéreo, su bajo poderoso y su melodía de tonos altísimos. Virtudes que pasados tres minutos dejan hueco a una nueva progresión armónica, más colorista y que sirve como estupendo colofón.
"Oil spill" vuelve a ser más interesante por su instrumentación y su atmósfera que por la composición en sí. Inicia además el tramo más lento y difícil de disfrutar del disco. "Loveless marriage" es mucho más interesante (una balada gélida con una letra que incide en las relaciones que se derrumban como principal eje argumental del álbum y que crece hasta el desgarro cuando entra toda la percusión y el arpegio de piano cerca del cuarto minuto), pero es sólo el segundo de los tres temas lentos consecutivos. Y el tercero, "Deadsea", aunque desde luego nos transporta al escenario que indica su título, es un sofocante tema casi instrumental al que le sobran al menos la segunda mitad de sus más de siete minutos (minutaje que sólo podría haber estado justificado si se le hubiera elegido como el tema de cierre del disco). Así que cuando empieza el séptimo corte (mi segundo tema favorito, "Catfish", con la colaboración vocal de la danesa Lisa Alma), su ritmo rápido, su concreción y la manera como va creciendo, hacen que el receptor anhele desesperadamente el bombo para dar rienda suelta al hedonismo tras tantos minutos de recogimiento. Además, el dúo enriquece el tema con inteligentes armonías, un excepcional uso de la caja de la batería sintetizada (alejada de la jerarquía del simple ritmo binario) y sintetizadores programados que se balancean entre los dos canales. Lástima que la progresión armónica sean siempre los mismos tres acordes: con un poco más de creatividad sería uno de los mejores temas de los últimos años.
"Romanek", octavo corte, es otro de los momentos álgidos del álbum: también bailable, menos directa que la anterior, está construida sobre una lograda progresión armónica de ocho acordes repetida sin fin, y va creciendo gradualmente añadiendo instrumentos y detalles que envuelven al receptor hasta atraparlo. Una parte vocal más larga y trabajada de lo que parece, y la contundencia en la percusión y de un infeccioso sintetizador que aparecen tras casi cuatro minutos completan un panorama cautivador. "Virga" completa el tramo más notable de "Maximum entropy": estamos ante el segundo tema más pop del disco, con una percusión nuevamente muy elaborada y un comienzo muy sugerente, unas estrofas muy correctas y un cautivador y extrañamente optimista estribillo. El disco vuelve a encallar un tanto con "Incubation", un tema demasiado largo, que durante buena parte parece un mero interludio instrumental pleno de efectos, y que a lo sumo podría haber servido (nuevamente) de tema de cierre. "Deliver us from evil" es tan gélida como su título indica, pero la tensión instrumental y otra excepcional batería convierten una composición anodina en un tema que se deja escuchar. Y el álbum concluye con el sexto pasaje recomendable, una versión del clásico por excelencia de The Beloved, uno de los mejores y más injustamente olvidados grupos de finales de los ochenta y principios de los noventa: "Sweet harmony" sigue siendo una gran canción, y con esta versión los galeses juegan a ser los herederos de Jon Marsh y compañía con su propuesta tecnológica, subyugante y envolvente, aunque no terminan de llevar el tema a su terreno e incluso respetan el solo de saxo de la original en su tramo final.
En definitiva, "Maximum entropy" nos muestra que Man Without Country ha crecido mucho, que se puede ser atmosférico y sofisticado sin caer en el aburrimiento tan común en las bandas electrónicas escandinavas (con Royksopp a la cabeza), y que ello no está reñido con buenos momentos pop. Les falta abandonar definitivamente ciertos clics y señas de identidad que les perjudican más que benefician, controlar el minutaje en ocasiones, ordenar mejor los temas que conforman sus álbumes y saber prescindir de uno o dos cortes sin sustancia. Todos ellos aspectos corregibles si logran mantener un cierto nivel de inspiración y siguen evolucionando. Esperemos que sea el caso.
sábado, 17 de enero de 2015
Las 20 mejores canciones internacionales de 2014
Enero es momento de echar la vista atrás y proponer listas que nos permitan sintetizar lo mejor del año que se nos acaba de escapar. Como ya viene siendo costumbre, no me atrevo a proponer una lista con los mejores álbumes de 2014, pues el volumen de discos publicados excede ampliamente la cantidad que puedo escuchar. Pero una vez más vuelvo a proponer una lista con 20 canciones internacionales que recordar de este 2014. Con dos criterios: seleccionar temas que hayan visto la luz en formato sencillo/videoclip, y una única canción por artista, para conseguir una panorámica más amplia del planeta musical contemporáneo. Como de costumbre siempre intentando localizar la emoción, el talento, la inspiración la creatividad y, al fin y al cabo, la calidad que, si se busca, es posible encontrar.
Ahí va la lista. No ha sido en mi opinión el mejor año en lo que llevamos de década, pero al menos estos 20 artistas nos han entregado momentos dignos de recordar:
1. Broken Bells - "Perfect world". De lejos el mejor tema de 2014: más de seis minutos para explotar una preciosa progresión armónica y un mejor arpegio de sintetizador mediante una insospechada cantidad de partes con melodías vocales diferentes, coronadas por el mejor solo de guitarra del año y aún otra melodía más con la que aterrizar. Puro derroche.
2. Alt-J - "Hunger of the pine". Cómo evolucionar su personalísimo sonido en el que en mi opinión es el mejor tema de trip-hop en lo que llevamos de siglo. Teletransportación.
3. Noel Gallagher - "In the heat of the moment". El mayor de los Gallagher ha regresado con su mejor tema en solitario, que mezcla sus obsesiones retro con una melodía maravillosa digna de los mejores tiempos de Oasis. Live forever.
4. LaRoux - "Let me down gently". Mereció la pena esperar cinco años por esta sintética balada desgarrada que se convierte en un medio tiempo bailable. Para dejarse llevar.
5. Grant Nicholas - "Time stood still". Tanto en la versión electrificada de "Yorktown heights" como en la acústica que vio la luz en formato sencillo meses después, una composición irreprochable del líder de Feeder. Talento.
6. Fall Out Boy - "Immortals". Si Michael Jackson fuera realmente inmortal, este podría ser perfectamente uno de esos temazos de rock para las masas que solía entregaba en cada disco.
7. TV On The Radio - "Happy idiot". Tres minutos de pura energía en los que las guitarras recuperan todo el protagonismo. Rock multirracial.
8. Royksopp & Robyn - "Do it again". Su aburrido mini-album encerraba este trallazo de sintetizadores acolchados y bombo poderoso que integra y a la vez respeta la identidad de ambos artistas. Irresistible.
9. Kasabian - "Bow". Serge Pizzorno se atreve por primera vez a cantar en solitario el mejor sencillo de 48:13. Rock sin complejos.
10. Lamb - "We fall in love". Su retorno los ha devuelto tan singulares como siempre pero con ritmos más rápidos. Sugestivo.
11. Man Without Country feat. Morgan Kibby - "Laws of motion". La voz de Kibby les permite dar el salto de calidad hacia un sonido mucho más nítido. Atmosférico.
12. Jessie Ware - "Tough love". Aun recreando claramente el "Time after time" de Cyndi Lauper treinta años después, es aún más difícil de cantar y tan emotivo como aquel. Calidad.
13. Erasure - "Reason". El mejor sencillo en una década de Vince Clarke y Andy Bell. La magia del doble estribillo.
14. Madonna - "Living for love". La piratería anticipó el que iba a ser el primer sencillo de Madonna en tres años. House clásico, la personalidad musical de la diva en la melodía y un sonido actualizado. Cincuenta y seis años y aún en lo alto.
15. Aphex Twin - "Minipops 67 [120.2]". El sencillo más claro en años del especialísimo Richard D. James, tan personal como de costumbre. Ambient meets vocoder.
16. Client - "Refuge". Su resurrección nos ha permitido disfrutar de una nueva dosis de pop sintetizado de calidad. Elegantes.
17. FKA twigs - "Two weeks". R&B del futuro hecho presente en 2014. Para oídos sin complejos.
18. Ella Henderson – "Ghost". De lo mejor de la música contemporánea comercial, una melodía digna de los mejores momentos de Diane Warren. Ochentera.
19. Simple Minds - "Honest town". La participación en la composición de Iain Cook de Chvrches le da un barniz contemporáneo al personal sonido de la legendaria banda. Clásicos.
20. Sharon Van Etten - "Our love". Su folk-rock pulido pero convencional gana muchos enteros cuando incorpora detalles contemporáneos. Sensibilidad.
Seguro que si han tenido oportunidad de escuchar todos los temas coincirán conmigo en que, a pesar de que cada vez cuesta encontrar más el talento, 2014 ha tenido momentos emocionantes. Aunque no es difícil que el 2015 nos lo ponga un poco más fácil.
Ahí va la lista. No ha sido en mi opinión el mejor año en lo que llevamos de década, pero al menos estos 20 artistas nos han entregado momentos dignos de recordar:
1. Broken Bells - "Perfect world". De lejos el mejor tema de 2014: más de seis minutos para explotar una preciosa progresión armónica y un mejor arpegio de sintetizador mediante una insospechada cantidad de partes con melodías vocales diferentes, coronadas por el mejor solo de guitarra del año y aún otra melodía más con la que aterrizar. Puro derroche.
2. Alt-J - "Hunger of the pine". Cómo evolucionar su personalísimo sonido en el que en mi opinión es el mejor tema de trip-hop en lo que llevamos de siglo. Teletransportación.
3. Noel Gallagher - "In the heat of the moment". El mayor de los Gallagher ha regresado con su mejor tema en solitario, que mezcla sus obsesiones retro con una melodía maravillosa digna de los mejores tiempos de Oasis. Live forever.
4. LaRoux - "Let me down gently". Mereció la pena esperar cinco años por esta sintética balada desgarrada que se convierte en un medio tiempo bailable. Para dejarse llevar.
5. Grant Nicholas - "Time stood still". Tanto en la versión electrificada de "Yorktown heights" como en la acústica que vio la luz en formato sencillo meses después, una composición irreprochable del líder de Feeder. Talento.
6. Fall Out Boy - "Immortals". Si Michael Jackson fuera realmente inmortal, este podría ser perfectamente uno de esos temazos de rock para las masas que solía entregaba en cada disco.
7. TV On The Radio - "Happy idiot". Tres minutos de pura energía en los que las guitarras recuperan todo el protagonismo. Rock multirracial.
8. Royksopp & Robyn - "Do it again". Su aburrido mini-album encerraba este trallazo de sintetizadores acolchados y bombo poderoso que integra y a la vez respeta la identidad de ambos artistas. Irresistible.
9. Kasabian - "Bow". Serge Pizzorno se atreve por primera vez a cantar en solitario el mejor sencillo de 48:13. Rock sin complejos.
10. Lamb - "We fall in love". Su retorno los ha devuelto tan singulares como siempre pero con ritmos más rápidos. Sugestivo.
11. Man Without Country feat. Morgan Kibby - "Laws of motion". La voz de Kibby les permite dar el salto de calidad hacia un sonido mucho más nítido. Atmosférico.
12. Jessie Ware - "Tough love". Aun recreando claramente el "Time after time" de Cyndi Lauper treinta años después, es aún más difícil de cantar y tan emotivo como aquel. Calidad.
13. Erasure - "Reason". El mejor sencillo en una década de Vince Clarke y Andy Bell. La magia del doble estribillo.
14. Madonna - "Living for love". La piratería anticipó el que iba a ser el primer sencillo de Madonna en tres años. House clásico, la personalidad musical de la diva en la melodía y un sonido actualizado. Cincuenta y seis años y aún en lo alto.
15. Aphex Twin - "Minipops 67 [120.2]". El sencillo más claro en años del especialísimo Richard D. James, tan personal como de costumbre. Ambient meets vocoder.
16. Client - "Refuge". Su resurrección nos ha permitido disfrutar de una nueva dosis de pop sintetizado de calidad. Elegantes.
17. FKA twigs - "Two weeks". R&B del futuro hecho presente en 2014. Para oídos sin complejos.
18. Ella Henderson – "Ghost". De lo mejor de la música contemporánea comercial, una melodía digna de los mejores momentos de Diane Warren. Ochentera.
19. Simple Minds - "Honest town". La participación en la composición de Iain Cook de Chvrches le da un barniz contemporáneo al personal sonido de la legendaria banda. Clásicos.
20. Sharon Van Etten - "Our love". Su folk-rock pulido pero convencional gana muchos enteros cuando incorpora detalles contemporáneos. Sensibilidad.
Seguro que si han tenido oportunidad de escuchar todos los temas coincirán conmigo en que, a pesar de que cada vez cuesta encontrar más el talento, 2014 ha tenido momentos emocionantes. Aunque no es difícil que el 2015 nos lo ponga un poco más fácil.
lunes, 29 de diciembre de 2014
TV On The Radio: Seeds (2014)
El quinto álbum de los neoyorkinos TV On The Radio los ha devuelto a la actualidad musical tras más de tres años de silencio. Un periodo marcado por el fallecimiento de su bajista, Gerard Smith, a causa de un cáncer de pulmón. Circunstancia que hizo tambalearse a la banda, pero que la he hecho resurgir aún más ambiciosa y versátil si cabe que antes.
Esta versatilidad constituye a la vez la mayor virtud y el mayor defecto de este "Seeds". No me resisto en esta ocasión a recuperar la información que proporciona la wikipedia sobre los géneros que teóricamente abarca este álbum: a los ya habituales en la banda art-rock e indie-rock, añade funk y synthpop. Y aún creo que se queda corta, pues también podría incluir punk o simplemente pop. Y todo ello en tan sólo 12 composiciones y 53 minutos. De ahí que sea difícil que cualquiera de los potenciales admiradores de la banda queden completamente satisfechos con este "Seeds". Aunque lógicamente la crítica internacional apreciará este tour de force que tantos palos toca.
En esa mayor amplitud de miras tiene una influencia incuestionable David Sitek, guitarrista y principal programador de la banda, además de productor de todos los temas. Sitek es un productor de nivel mundial, y en estos tres años ha expandido sus ya amplios horizontes produciendo a artistas muy dispares, desde Santigold a Beady Eye pasando por The Yeah Yeah Yeahs o Kelis. E indudablemente todo ello ha tenido su reflejo en la variedad de registros de "Seeds". Aunque con el pero de que el sonido de la banda pierde personalidad de unos temas a otros (a veces ni la característica voz de Tunde Adebimpe permite reconocerlos) y la escasez de temas de verdadero postín que consoliden el álbum y le permitan ser recordados dentro de unos años.
Buena prueba de esta variedad es "Quartz", el tema que abre el disco: un aparente gospel construido sobre un loop de la voz de Adebimpe y unos variopintos coros, con una luminosa progresión armónica y una melodía de tonos altos que amaga con convertirse en un tema soul, pero que acaba resultando una especie de funk del siglo XXI con un sintetizador etéreo completando el panorama. "Careful you", segundo corte y segundo sencillo, es en mi opinión una cuestionable elección para defender el disco: probablemente su tema más electrónico a causa de su percusión programada y sus bajos sintéticos superpuestos, es una composición simplemente correcta en sus estrofas y estribillos, que deja la sensación de que lo único realmente especial es su coda de medio minuto al final. Aunque lógicamente no se trata de un mal tema. "Could you" supone el reencuentro con el art-rock característico de la banda: un tema rápido, bien construido, presidido por una guitarra cuyos arpegios siguen, de manera un tanto cuestionable, la melodía en las estrofas, y una llamativa sección de viento reforzando el estribillo y los intervalos instrumentales.
"Happy idiot", cuarto corte y sencillo de presentación del álbum es, curiosamente, el tema más corto del disco: directo, rebosante de energía, bien arreglado, difícil de cantar y con mención especial para la superposición de talentosas guitarras entre Sitek y Kyp Malone, más fácil de percibir en directo que en el álbum, se trata de una de los mejores temas de indie-rock de este 2014 que está a punto de terminar. Desfortunadamente le sigue "Test pilot", una balada con un ritmo sincopado y una elaborada superposición de voces que resulta bastante anodina. "Love stained" sube el listón, aunque vuelve a parecer varias canciones en una: casi tan lenta como la anterior, combina unas estrofas sutiles y atmosféricas con un primer estribillo enérgico y un segundo estribillo a medio camino entre las otras dos partes. "Ride" es casi más interesante por sus dos minutos de intro instrumental, pura psicodelia luminosa con el aderezo de un violonchelo, que por el rock etéreo con toques soul en el que deriva. "Right now" vuelve a dar otro volantazo: es otro tema descaradamente pop con guiños soul, vitalista, bien producido, con unas preciosas armonías vocales, una melodía plenamente tarareable, el estribillo más redondo del álbum y el hallazgo de una originalísima y muy inteligentemente encajada guitarra que adorna casi todo el tema por el altavoz izquierda.
"Winter" podría pasar por un revival rockero de Lenny Kravitz, que lamentablemente apunta en su comienzo más de lo que luego ofrece (probablemente el simplón y lento ritmo binario no le hace ningún favor). "Lazerray", inminente tercer sencillo, les devuelve al indie-rock con un claro influjo punk, convirtiéndose en el tema más cañero del álbum: guitarras que "rascan", partes que se enlazan sin tregua, estribillos que amagan antes de llegar, un tramo final apoteósico... vamos, el tema menos original y novedoso, pero a la vez uno de los más disfrutables. "Trouble" cambia una vez más de registro, optando por una acústica sesentera que desemboca en unas programaciones arrastradas y un estribillo un poco cansino. Afortunadamente el álbum se cierra con "Seeds", la canción que da título a todo el álbum y uno de sus momentos álgidos: un extraño tema con un comienzo electrónico (un bajo sintetizado que literalmente atraviesa la en esta oportunidad armoniosa voz de Adebimpe), un estribillo doble con unas armonías vocales aún menos habituales, y una deriva soul apoteósica en su parte nueva gracias a una inesperada progresión armónica en acordes mayores, que acaba por convertirse en un colchón de luminosos sintetizadores: tan compleja de analizar y digerir como efectiva tras unas cuantas escuchas.
Porque en el fondo de eso se trata: de abrir la mente y dejar que maridajes poco frecuentes cobren forma ante nuestros sorprendidos oídos. Cada escucha se convertirá en un nuevo descubrimiento y una experiencia diferente y recomendable. Aunque probablemente el álbum nunca llegue a formar parte de nuestra lista íntima de pequeños tesoros.
Esta versatilidad constituye a la vez la mayor virtud y el mayor defecto de este "Seeds". No me resisto en esta ocasión a recuperar la información que proporciona la wikipedia sobre los géneros que teóricamente abarca este álbum: a los ya habituales en la banda art-rock e indie-rock, añade funk y synthpop. Y aún creo que se queda corta, pues también podría incluir punk o simplemente pop. Y todo ello en tan sólo 12 composiciones y 53 minutos. De ahí que sea difícil que cualquiera de los potenciales admiradores de la banda queden completamente satisfechos con este "Seeds". Aunque lógicamente la crítica internacional apreciará este tour de force que tantos palos toca.
En esa mayor amplitud de miras tiene una influencia incuestionable David Sitek, guitarrista y principal programador de la banda, además de productor de todos los temas. Sitek es un productor de nivel mundial, y en estos tres años ha expandido sus ya amplios horizontes produciendo a artistas muy dispares, desde Santigold a Beady Eye pasando por The Yeah Yeah Yeahs o Kelis. E indudablemente todo ello ha tenido su reflejo en la variedad de registros de "Seeds". Aunque con el pero de que el sonido de la banda pierde personalidad de unos temas a otros (a veces ni la característica voz de Tunde Adebimpe permite reconocerlos) y la escasez de temas de verdadero postín que consoliden el álbum y le permitan ser recordados dentro de unos años.
Buena prueba de esta variedad es "Quartz", el tema que abre el disco: un aparente gospel construido sobre un loop de la voz de Adebimpe y unos variopintos coros, con una luminosa progresión armónica y una melodía de tonos altos que amaga con convertirse en un tema soul, pero que acaba resultando una especie de funk del siglo XXI con un sintetizador etéreo completando el panorama. "Careful you", segundo corte y segundo sencillo, es en mi opinión una cuestionable elección para defender el disco: probablemente su tema más electrónico a causa de su percusión programada y sus bajos sintéticos superpuestos, es una composición simplemente correcta en sus estrofas y estribillos, que deja la sensación de que lo único realmente especial es su coda de medio minuto al final. Aunque lógicamente no se trata de un mal tema. "Could you" supone el reencuentro con el art-rock característico de la banda: un tema rápido, bien construido, presidido por una guitarra cuyos arpegios siguen, de manera un tanto cuestionable, la melodía en las estrofas, y una llamativa sección de viento reforzando el estribillo y los intervalos instrumentales.
"Happy idiot", cuarto corte y sencillo de presentación del álbum es, curiosamente, el tema más corto del disco: directo, rebosante de energía, bien arreglado, difícil de cantar y con mención especial para la superposición de talentosas guitarras entre Sitek y Kyp Malone, más fácil de percibir en directo que en el álbum, se trata de una de los mejores temas de indie-rock de este 2014 que está a punto de terminar. Desfortunadamente le sigue "Test pilot", una balada con un ritmo sincopado y una elaborada superposición de voces que resulta bastante anodina. "Love stained" sube el listón, aunque vuelve a parecer varias canciones en una: casi tan lenta como la anterior, combina unas estrofas sutiles y atmosféricas con un primer estribillo enérgico y un segundo estribillo a medio camino entre las otras dos partes. "Ride" es casi más interesante por sus dos minutos de intro instrumental, pura psicodelia luminosa con el aderezo de un violonchelo, que por el rock etéreo con toques soul en el que deriva. "Right now" vuelve a dar otro volantazo: es otro tema descaradamente pop con guiños soul, vitalista, bien producido, con unas preciosas armonías vocales, una melodía plenamente tarareable, el estribillo más redondo del álbum y el hallazgo de una originalísima y muy inteligentemente encajada guitarra que adorna casi todo el tema por el altavoz izquierda.
"Winter" podría pasar por un revival rockero de Lenny Kravitz, que lamentablemente apunta en su comienzo más de lo que luego ofrece (probablemente el simplón y lento ritmo binario no le hace ningún favor). "Lazerray", inminente tercer sencillo, les devuelve al indie-rock con un claro influjo punk, convirtiéndose en el tema más cañero del álbum: guitarras que "rascan", partes que se enlazan sin tregua, estribillos que amagan antes de llegar, un tramo final apoteósico... vamos, el tema menos original y novedoso, pero a la vez uno de los más disfrutables. "Trouble" cambia una vez más de registro, optando por una acústica sesentera que desemboca en unas programaciones arrastradas y un estribillo un poco cansino. Afortunadamente el álbum se cierra con "Seeds", la canción que da título a todo el álbum y uno de sus momentos álgidos: un extraño tema con un comienzo electrónico (un bajo sintetizado que literalmente atraviesa la en esta oportunidad armoniosa voz de Adebimpe), un estribillo doble con unas armonías vocales aún menos habituales, y una deriva soul apoteósica en su parte nueva gracias a una inesperada progresión armónica en acordes mayores, que acaba por convertirse en un colchón de luminosos sintetizadores: tan compleja de analizar y digerir como efectiva tras unas cuantas escuchas.
Porque en el fondo de eso se trata: de abrir la mente y dejar que maridajes poco frecuentes cobren forma ante nuestros sorprendidos oídos. Cada escucha se convertirá en un nuevo descubrimiento y una experiencia diferente y recomendable. Aunque probablemente el álbum nunca llegue a formar parte de nuestra lista íntima de pequeños tesoros.
lunes, 15 de diciembre de 2014
Lamb: Backspace unwind (2014)
Los ingleses Lamb han retornado a la actualidad en 2014 con su sexto álbum de estudio, "Backspace unwind". Han transcurrido tres años desde que Andy Barlow y Lou Rhodes recuperaran su actividad musical en 2011 gracias a su autoeditado álbum, "5". Y a pesar de los años transcurridos desde su debut hace casi 20 años, han sido relativamente fieles a su costumbre de entregar tras un disco más introspectivo y lineal otro más vitalista y variado. Lo que no necesariamente significa que "Backspace unwind" sea superior a "5", sino simplemente más o menos adecuado a un estado de ánimo concreto. De hecho, puestos a escuchar ambos álbumes en su atmósfera idónea, "5" generará probablemente más emociones. Aunque eso no significa que "Backspace unwind" resulte decepcionante, ni tampoco que se aleje de la acusada personalidad del dúo, esa imposible mezcla entre la voz folk de Rhodes y los originalísimos colchones electrónicos de Barlow.
La intención de recuperar registros que se alejen de la mera instrospección queda patente desde el primer corte: "In binary" es efectivamente un ritmo binario más rápido que cualquiera de los que nos entregaron en "5". Aunque no es un gran tema, la mezcla entre el ultra-distorsionado vía pitch teclado delirante y una melodía marca de la casa ponen de manifiesto que no es su intención renunciar a su identidad. Lo cual queda confirmado por "We fall in love", segundo corte y hasta la fecha único sencillo del disco. Superior al anterior y de indudable calidad aunque sin llegar al nivel de sus mejores clásicos, conjuga un teclado más propio de una canción de cuna con una percusión rápida e infecciosa y la voz reverberada de Rhodes, que canta sobre una meritoria progresión armónica. El tercer tema, "As satellites go by" es una canción con una instrumentación un poco más convencional, basado en un bonito piano y la certera voz de Rhodes, aunque sin la magia de sus momentos más emotivos.
"Backspace unwind", cuarto corte y tema que da título al álbum, refleja bien a las claras la orientación más vitalista del disco, puesto que se trata de la composición con un ritmo más rápido (por encima de 120 bpms) que ha grabado Lamb en mucho tiempo. Eso sí, rehúyen del sobredimensionado bombo discotequero y optan por un sinfín de adornos barrocos y sintéticos, sin apenas otro instrumento que el bajo para llevar la progresión armónica. Vuelve a resultar un tema un tanto frío, más interesante que emocionante. "Shines like this" nos retrotrae al intimismo de "5", con la voz completamente doblada de Rhodes como principal aliciente de una composición corta y relativamente carente de gancho. Afortunadamente el siguiente corte, "What makes as human", es una de las tres joyas del disco: un tema genuino de la banda, puro trip-hop del siglo XXI sobre una preciosa progresión armónica, realzada por unas slow strings sintetizadas que se conjugan con otra impresionante programación de batería y percusión, totalmente contrapuesta a la melodía y sin embargo magistralmente engarzada con ella. Con una cautivadora letra sobre la condición humana y una coda apoteósica.
"Nobody else" es la segunda joya del disco: con una atmósfera de club nocturno del siglo XXI, aunque con más instrumentos reales que la anterior (incluida la pertinente orquesta sinfónica), Rhodes borda una melodía de notas tremendamente altas en las estrofas, que se relajan un poco en un estribillo tenebroso pero también de gran calidad. "Seven sails", séptimo corte, es más interesante por ser el tema en la que Barlow más lleva al extremo su exorbitante imaginación a la hora de arreglar y producir canciones que por la composición en sí: construye un colchón imposible de bajo sintetizado y percusión sobre la que Rhodes canta una melodía delirante en las estrofas y sorprendentemente digerible en el estribillo, convenientemente complementada además por un sintetizador imposible en el tramo final. Todo un shock para todos aquellos que no hayan escuchado antes al dúo inglés.
El tercio final del álbum comienza con la tercera joya del disco y mi composición favorita: "Doves and ravens" es sencillamente una balada con un piano maravilloso recorriendo una excepcional progresión armónica y unas estrofas dificilísimas de cantar, que dan paso a un estribillo emocionante en el que Barlow añade (esta vez de manera comedida) un sintetizador para realzar los acordes y algún que otro efecto. Y con aliciente de su poética letra de amor evaporado ("And the wind calls her name, so she's not alone. Doves and ravens came and they sing their song to the sun"). Pero desgraciadamente es el último gran tema, porque "Only our skin" es una nana esencialmente vocal más monótona que inspirada, "SH09 is back" es una composición relativamente rápida con batería y bajos reales tremendamente obsesiva pero extraña y con un toque humorístico poco afortunado, y "The caged bird sings" una decepción en toda regla, ya que se trata de una mera recreación de "Only our skin" de similar duración y monotonía, confirmándose como la decisión más desafortunada del álbum y la peor forma de ponerle cierre.
Lo que al fin y al cabo evidencia que estamos ante un álbum 100% Lamb: fascinante en su instrumentación, excelentemente cantado, con varios temas maravillosos (especialmente los lentos, el terreno que mejor dominan a pesar de que en este álbum se resisten a cultivarlo en exceso), el contrapunto de otros más delirantes que emocionantes, y algún otro de difícil justificación. No obstante, el balance sigue siendo positivo, por originalidad, por talento y por ganas de sorprender en un panorama internacional escaso en riesgos. Para lo demás simplemente basta con pulsar el botón de forward.
La intención de recuperar registros que se alejen de la mera instrospección queda patente desde el primer corte: "In binary" es efectivamente un ritmo binario más rápido que cualquiera de los que nos entregaron en "5". Aunque no es un gran tema, la mezcla entre el ultra-distorsionado vía pitch teclado delirante y una melodía marca de la casa ponen de manifiesto que no es su intención renunciar a su identidad. Lo cual queda confirmado por "We fall in love", segundo corte y hasta la fecha único sencillo del disco. Superior al anterior y de indudable calidad aunque sin llegar al nivel de sus mejores clásicos, conjuga un teclado más propio de una canción de cuna con una percusión rápida e infecciosa y la voz reverberada de Rhodes, que canta sobre una meritoria progresión armónica. El tercer tema, "As satellites go by" es una canción con una instrumentación un poco más convencional, basado en un bonito piano y la certera voz de Rhodes, aunque sin la magia de sus momentos más emotivos.
"Backspace unwind", cuarto corte y tema que da título al álbum, refleja bien a las claras la orientación más vitalista del disco, puesto que se trata de la composición con un ritmo más rápido (por encima de 120 bpms) que ha grabado Lamb en mucho tiempo. Eso sí, rehúyen del sobredimensionado bombo discotequero y optan por un sinfín de adornos barrocos y sintéticos, sin apenas otro instrumento que el bajo para llevar la progresión armónica. Vuelve a resultar un tema un tanto frío, más interesante que emocionante. "Shines like this" nos retrotrae al intimismo de "5", con la voz completamente doblada de Rhodes como principal aliciente de una composición corta y relativamente carente de gancho. Afortunadamente el siguiente corte, "What makes as human", es una de las tres joyas del disco: un tema genuino de la banda, puro trip-hop del siglo XXI sobre una preciosa progresión armónica, realzada por unas slow strings sintetizadas que se conjugan con otra impresionante programación de batería y percusión, totalmente contrapuesta a la melodía y sin embargo magistralmente engarzada con ella. Con una cautivadora letra sobre la condición humana y una coda apoteósica.
"Nobody else" es la segunda joya del disco: con una atmósfera de club nocturno del siglo XXI, aunque con más instrumentos reales que la anterior (incluida la pertinente orquesta sinfónica), Rhodes borda una melodía de notas tremendamente altas en las estrofas, que se relajan un poco en un estribillo tenebroso pero también de gran calidad. "Seven sails", séptimo corte, es más interesante por ser el tema en la que Barlow más lleva al extremo su exorbitante imaginación a la hora de arreglar y producir canciones que por la composición en sí: construye un colchón imposible de bajo sintetizado y percusión sobre la que Rhodes canta una melodía delirante en las estrofas y sorprendentemente digerible en el estribillo, convenientemente complementada además por un sintetizador imposible en el tramo final. Todo un shock para todos aquellos que no hayan escuchado antes al dúo inglés.
El tercio final del álbum comienza con la tercera joya del disco y mi composición favorita: "Doves and ravens" es sencillamente una balada con un piano maravilloso recorriendo una excepcional progresión armónica y unas estrofas dificilísimas de cantar, que dan paso a un estribillo emocionante en el que Barlow añade (esta vez de manera comedida) un sintetizador para realzar los acordes y algún que otro efecto. Y con aliciente de su poética letra de amor evaporado ("And the wind calls her name, so she's not alone. Doves and ravens came and they sing their song to the sun"). Pero desgraciadamente es el último gran tema, porque "Only our skin" es una nana esencialmente vocal más monótona que inspirada, "SH09 is back" es una composición relativamente rápida con batería y bajos reales tremendamente obsesiva pero extraña y con un toque humorístico poco afortunado, y "The caged bird sings" una decepción en toda regla, ya que se trata de una mera recreación de "Only our skin" de similar duración y monotonía, confirmándose como la decisión más desafortunada del álbum y la peor forma de ponerle cierre.
Lo que al fin y al cabo evidencia que estamos ante un álbum 100% Lamb: fascinante en su instrumentación, excelentemente cantado, con varios temas maravillosos (especialmente los lentos, el terreno que mejor dominan a pesar de que en este álbum se resisten a cultivarlo en exceso), el contrapunto de otros más delirantes que emocionantes, y algún otro de difícil justificación. No obstante, el balance sigue siendo positivo, por originalidad, por talento y por ganas de sorprender en un panorama internacional escaso en riesgos. Para lo demás simplemente basta con pulsar el botón de forward.
domingo, 23 de noviembre de 2014
Claire: The Great Escape (Bonus Track Version) (2014)
Antes que nada, y para aquellos lectores amantes de los detalles, debo señalar que aunque la versión "Bonus Track" de "The great escape" se publicó en junio del presente año, la primera versión del álbum que voy a reseñar hoy vio la luz en septiembre de 2013. En aquel momento no fui consciente de su publicación, y buceando en internet tampoco he sido capaz de encontrar el tracklist original, por lo que para mí lo que tiene sentido es reseñar la edición de 2014, con los 14 temas que lo conforman. Así que vamos allá.
Clarie es una de las bandas más interesantes que ha surgido en Alemania en los últimos años. Son originarios de Munich, y lo formaron un trío de jóvenes músicos y compositores que encontraron la vocalista perfecta en Josie-Claire Buerkle (participante en la edición alemana de "La voz"). Con un estilo que podríamos calificar de pop electrónico intemporal, enriquecido con toques de synth-pop, guiños indie y alguna reminiscencia hip-hop, son directos herederos de la tradición germánica de pop sintetizado y frío que marcaron artistas de los ochenta aún hoy recordados como Alphaville, Peter Schilling y especialmente Propaganda. Teniendo como principales elementos diferenciadores la versátil y cautivadora voz de Buerkle y el gusto por unos bajos sintéticos y sincopados situados siempre en primer plano, similares a los que encumbró el electro-clash hace algo más de una década. Pero sin hacer apenas guiños a las últimas tendencias en producción (ni auto-tunes, ni crescendos, ni bombos ultra-contundentes en cada beat, ni enriquecimiento a posteriori de todo el espectro de frecuencias...). De hecho, el álbum podría estar grabado perfectamente hace unos años, pues busca un sonido apto para todos los amantes del pop electrónico. Y algunos detalles como los overdubs de cajas de batería para recalcar la estructuración de algunas canciones, o el uso indisimulado de guitarras eléctricas en arpegios muy trabajados nos retrotraen claramente treinta años en el tiempo.
¿Y el contenido? Pues tratándose de un disco con tantas composiciones (los 14 temas son completos, no hay intros ni interludios), podríamos definirlo como irregular aunque brillante en suficientes ocasiones. Como en el tema que abre y el disco y uno de los tres sencillos que han publicado: "Broken promise land" es un tema que posiblemente les suene de algún anuncio televisivo, les muestra con esa frialdad tan germánica reforzada por una letra orientada en la misma dirección. Construido a partir de un bajo poderoso tan característico que recorre una inspirada progresión armónica, la voz de Buerkle sonando todo lo etérea de que es capaz, y una tamizada guitarra eléctrica reproducida al revés, es un tema cautivador y envolvente, al que sólo se le pueden cuestionar las voces masculinas sintetizadas con las que adornan su tramo final. "Games", segundo corte y otro de los tres sencllos, es un tema muy diferente, el mas bailable y cálido de todo el disco, como lo refleja ese ibicenco teclado que marca los acordes desde el inicio. Aunque parezca increíble, no es Florence Welch sino Buerkle la que canta, y de nuevo las voces masculinas que irrumpen a mitad del tema son lo más cuestionable de una bonita composición, bien realzada por el synclavier en los intervalos instrumentales tras los estribillos.
Los temas tercero al octavo, o lo que es lo mismo el grueso del álbum, son su tramo menos inspirado. Que empieza con la también fría y tremendamente representativa del estilo de la banda "Pioneers", que se queda cerca de ser recomendable sobre todo gracias a su sombría progresión armónica, sostenida por un bajo marca de la casa. Hay algún otro momento de nivel parecido ("Neon love", puro Propaganda, "You walk in beauty", con unas bonitas guitarras), pero también hay composiciones insulsas ("My audacity"), flojas ("Overdrive") e incluso aburridas ("Hallowed ground", demasiado lenta y con unas partes declamadas poco favorecedoras). Es un tramo muy largo para no tener ningún tema que realmente cautive, por lo cual cuando por fin llega "A million drums", el tema más genuinamente pop del disco, parece aún mejor de lo que es: otro bajo inconfundible, una progresión armónica luminosa en las estrofas adornada por un extraño arpegio de piano, una melodía muy sencilla repetida en todas las frases del estribillo y, realzándolo todo, una superposición de baterías y timbales que adoptan el ritmo de una marcha militar absolutamente irresistible.
El subidón dura poco, puesto que el tema que da título al álbum ("The great escape") es paradójicamente otro de los momentos más flojos del mismo, recurriendo inmediatamente a un poco armónico estribillo para sustentarlo. Afortunadamente "In two minds" remonta rápidamente el vuelo: una de las mejores baladas del año, que penetra hasta herirte poco a poco, con reminiscencias de Massive Attack en la producción y los silencios bien entendidos de Alt-J, y una fenomenal letra que Buerkle borda (doblándose las voces en momentos estratégicos). "Roll down run south" baja un poco el listón pero es otro momento álgido del disco, desde su comienzo con un teclado vocal más propio de los ochenta, hasta sus excelentes arreglos para dar entrada a un estribillo gélido pero demoledor. A "Resurrection" le falla que en realidad es un sólo un acertado estribillo (realzado con un piano house de toda la vida) alargado con efectos propios de la electrónica menos imaginativa. Y "The next ones to come", el tema que cierra el disco, aun siendo recomendable es el más flojo de los tres sencillos, ya que a pesar de unas meritorias estrofas y una instrumentación potente, está lastrado por una melodía en el estribillo demasiado simplona y unas partes declamadas que nada aportan, ambas influenciadas por el hip-hop más plano.
En resumidas cuentas, "The great escape" contiene suficientes momentos álgidos para no resultar decepcionante y muestra a Clarie como una banda solvente desde el punto de vista creativo. Les falta seleccionar un poco más el grano de la paja, y cuestionarse si quieren seguir sonando intemporales o adoptar un barniz más contemporáneo para así abarcar a un público más masivo. Veremos cómo evolucionan, si es que la involucración de Buerkle resiste su difusión claramente minoritaria.
Clarie es una de las bandas más interesantes que ha surgido en Alemania en los últimos años. Son originarios de Munich, y lo formaron un trío de jóvenes músicos y compositores que encontraron la vocalista perfecta en Josie-Claire Buerkle (participante en la edición alemana de "La voz"). Con un estilo que podríamos calificar de pop electrónico intemporal, enriquecido con toques de synth-pop, guiños indie y alguna reminiscencia hip-hop, son directos herederos de la tradición germánica de pop sintetizado y frío que marcaron artistas de los ochenta aún hoy recordados como Alphaville, Peter Schilling y especialmente Propaganda. Teniendo como principales elementos diferenciadores la versátil y cautivadora voz de Buerkle y el gusto por unos bajos sintéticos y sincopados situados siempre en primer plano, similares a los que encumbró el electro-clash hace algo más de una década. Pero sin hacer apenas guiños a las últimas tendencias en producción (ni auto-tunes, ni crescendos, ni bombos ultra-contundentes en cada beat, ni enriquecimiento a posteriori de todo el espectro de frecuencias...). De hecho, el álbum podría estar grabado perfectamente hace unos años, pues busca un sonido apto para todos los amantes del pop electrónico. Y algunos detalles como los overdubs de cajas de batería para recalcar la estructuración de algunas canciones, o el uso indisimulado de guitarras eléctricas en arpegios muy trabajados nos retrotraen claramente treinta años en el tiempo.
¿Y el contenido? Pues tratándose de un disco con tantas composiciones (los 14 temas son completos, no hay intros ni interludios), podríamos definirlo como irregular aunque brillante en suficientes ocasiones. Como en el tema que abre y el disco y uno de los tres sencillos que han publicado: "Broken promise land" es un tema que posiblemente les suene de algún anuncio televisivo, les muestra con esa frialdad tan germánica reforzada por una letra orientada en la misma dirección. Construido a partir de un bajo poderoso tan característico que recorre una inspirada progresión armónica, la voz de Buerkle sonando todo lo etérea de que es capaz, y una tamizada guitarra eléctrica reproducida al revés, es un tema cautivador y envolvente, al que sólo se le pueden cuestionar las voces masculinas sintetizadas con las que adornan su tramo final. "Games", segundo corte y otro de los tres sencllos, es un tema muy diferente, el mas bailable y cálido de todo el disco, como lo refleja ese ibicenco teclado que marca los acordes desde el inicio. Aunque parezca increíble, no es Florence Welch sino Buerkle la que canta, y de nuevo las voces masculinas que irrumpen a mitad del tema son lo más cuestionable de una bonita composición, bien realzada por el synclavier en los intervalos instrumentales tras los estribillos.
Los temas tercero al octavo, o lo que es lo mismo el grueso del álbum, son su tramo menos inspirado. Que empieza con la también fría y tremendamente representativa del estilo de la banda "Pioneers", que se queda cerca de ser recomendable sobre todo gracias a su sombría progresión armónica, sostenida por un bajo marca de la casa. Hay algún otro momento de nivel parecido ("Neon love", puro Propaganda, "You walk in beauty", con unas bonitas guitarras), pero también hay composiciones insulsas ("My audacity"), flojas ("Overdrive") e incluso aburridas ("Hallowed ground", demasiado lenta y con unas partes declamadas poco favorecedoras). Es un tramo muy largo para no tener ningún tema que realmente cautive, por lo cual cuando por fin llega "A million drums", el tema más genuinamente pop del disco, parece aún mejor de lo que es: otro bajo inconfundible, una progresión armónica luminosa en las estrofas adornada por un extraño arpegio de piano, una melodía muy sencilla repetida en todas las frases del estribillo y, realzándolo todo, una superposición de baterías y timbales que adoptan el ritmo de una marcha militar absolutamente irresistible.
El subidón dura poco, puesto que el tema que da título al álbum ("The great escape") es paradójicamente otro de los momentos más flojos del mismo, recurriendo inmediatamente a un poco armónico estribillo para sustentarlo. Afortunadamente "In two minds" remonta rápidamente el vuelo: una de las mejores baladas del año, que penetra hasta herirte poco a poco, con reminiscencias de Massive Attack en la producción y los silencios bien entendidos de Alt-J, y una fenomenal letra que Buerkle borda (doblándose las voces en momentos estratégicos). "Roll down run south" baja un poco el listón pero es otro momento álgido del disco, desde su comienzo con un teclado vocal más propio de los ochenta, hasta sus excelentes arreglos para dar entrada a un estribillo gélido pero demoledor. A "Resurrection" le falla que en realidad es un sólo un acertado estribillo (realzado con un piano house de toda la vida) alargado con efectos propios de la electrónica menos imaginativa. Y "The next ones to come", el tema que cierra el disco, aun siendo recomendable es el más flojo de los tres sencillos, ya que a pesar de unas meritorias estrofas y una instrumentación potente, está lastrado por una melodía en el estribillo demasiado simplona y unas partes declamadas que nada aportan, ambas influenciadas por el hip-hop más plano.
En resumidas cuentas, "The great escape" contiene suficientes momentos álgidos para no resultar decepcionante y muestra a Clarie como una banda solvente desde el punto de vista creativo. Les falta seleccionar un poco más el grano de la paja, y cuestionarse si quieren seguir sonando intemporales o adoptar un barniz más contemporáneo para así abarcar a un público más masivo. Veremos cómo evolucionan, si es que la involucración de Buerkle resiste su difusión claramente minoritaria.
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