jueves, 29 de agosto de 2019

Bleached: "Don't you think you've had enough?" (2019)

Tras el paréntesis vacacional toca retomar las reseñas de algunos de los álbumes más interesantes de este 2019. Entre los cuales se encuentra sin duda "Don't you think you've had enough?", el tercer álbum de Bleached, o lo que es lo mismo las californianas Jennifer y Jessica Clavin. Un álbum que se ha hecho esperar más de tres años desde aquel "Welcome the worms" que reseñé en este mismo blog (si bien la espera se ha hecho más llevadera gracias a "Can You Deal?", su EP de 2017). En todo caso una espera que ha estado plenamente justificada: Bleached siguen manteniendo la capacidad de sonar originales y creativas (con lo complicado que es a estas alturas de la historia del punk-rock...), pero en esta última entrega han evolucionado sabiamente su propuesta hacia otros ámbitos como el funk-rock o incluso un pop medianamente bailable sin por ello perder su acusada personalidad, ni venderse a las tendencias actuales más prescindibles.

Probablemente la clave de este saludable equilibrio entre pasado y presente resida en su capacidad como compositoras. Y es que cualquier álbum de las Clavin es una incitación a apreciar todo lo que pueden dar de sí unos inesperados cambios de tonalidad o unos arreglos que logran encajar en un mismo tema tramos aparentemente irreconciliables. Pero es que además saben mirar al pasado para coger inspiración sin que exista peligro de revival, y todo ello en unos temas de duraciones siempre contenidas. De suerte que "Don't you think you've had enough?" sólo dura 39 minutos, pero entre sus doce canciones hay propuestas que en manos de una banda menos talentosa serviría para dos o tres discos. Eso sí, no es oro todo lo que reluce y también nos toparemos con alguna que otra composición menor, que incluso ha visto la luz en formato sencillo.

No es el caso de "Heartbeat Away", el tema que abre el disco y uno de mis favoritos: un medio tiempo de ritmo marcado y guitarra principal distorsionada contundente y fácilmente integrable en el sonido de la banda, con un fantástico estribillo (si bien tal vez excesivamente deudor de la clásica "Only in dreams" de Weezer), y que de manera sorprendente evoluciona a una parte nueva casi onírica (intervalo instrumental incluido), y que de manera más sorprendente todavía saben reconducir de vuelta a la repetición final del estribillo y al arpegio de guitarra con el que se cierra. Pero sí de "Hard to Kill", el segundo sencillo: más orientado hacia el funky en sus rítmicas guitarras, su atmósfera un tanto oscura no termina de encajar con el "silbidito" que preside los tramos instrumentales. Bastante más interesante es en mi opinión "Daydream", original en su comienzo pero que en seguida resulta ser un clásico tema de punk-rock, probablemente el más respetuoso con el resto de su discografía: rabia contagiosa con un estribillo coreable que cambia el ritmo de la batería poco menos que con cada frase, y una brillante de manera de enlazar de vuelta con las estrofas. "I Get What I Need" es el segundo de esos temas menores a los que me refería (a mí me recuerda a los primeros tiempos de Siouxie and The Banshees con su ritmo entrecortado y su instrumentación un tanto desnuda), pero afortunadamente dura poco más de cien segundos.

El tramo central del álbum me parece el más inspirado: "Somebody Dial 911" es la primera aproximación al universo pop, con un bonito arpegio de bajo al comienzo, una declaración de amor sobre unas estrofas melódicas soportadas por un bajo slap y unos adornos de guitarra muy originales, unos teclados claramente perceptibles para dar más luz al conjunto y un estribillo que con una naturalidad apabullante añade frases extra a partir de su segunda repetición. "Kiss you goodbye", recientemente escogido como tercer sencillo, es otro buen momento, algo así como una puesta al día de lo que hacían Blondie a finales de los setenta (de hecho es fácil confundir a Jennifer con Debbie Harry en las estrofas): ni punk, ni pop, ni disco, sino una infecciosa mezcla de todo lo anterior, con una extrañísima parte nueva, una subida de tono en los últimos estribillos y un tramo instrumental final presidido por un teclado que, aunque pueda parecer lo contrario, funcionan. Aunque debo reconocer que prefiero "Rebound City", punk-rock luminoso y trabajado compositivamente con una simpática historia sobre cuatro posibles novios cuya letra cambia en la última repetición del estribillo, y que contiene el mejor solo de guitarra del disco. Y sobre todo "Silly Girl", mi canción favorita del álbum (y posiblemente también de las hermanas, dado que el largo título del álbum es precisamente una de las frases de su estribillo), un medio tiempo de pop intimista y evocador en las estrofas que se acerca en el estribillo al indie-rock de principios de los noventa gracias a la distorsión en voz y guitarra principal, y que es apto incluso para la pista de baile. Lástima que dure tan poco.

El último tercio del disco baja un poquito el nivel pero aun así resulta convincente. "Valley to LA" es su más claro acercamiento al country-rock en estrofas e intervalos instrumentales, si bien su estribillo pegadizo y colorista la mantiene en el terreno del punk-rock californiano. "Real life" es un tema directo, energizante, que es capaz de maridar unas estrofas que son puro punk con un puente sorprendente melódico sobre un teclado envolvente, y terminar de rematar el conjunto con un estribillo disfrutable a medio camino entre ambos. "Awkward Phase" es una evocadora historia que recuerda los primeros escarceos amorosos en la adolescencia, construida sobre un bajo y guitarra clásicos en las estrofas, y que deviene en otro estribillo muy tarareable típico del dúo. Y el álbum lo cierra curiosamente el que fue su primer sencillo, "Shitty Ballet", que juega la carta de la ruptura estilística ya que durante sus tres primeros minutos es un tema acústico a dos voces sobre una sencilla guitarra acústica, eso sí con una melodía de giros extraños en las estrofas y mucho más clásica y disfrutable en el estribillo. Y que se guarda para el final la sorpresa de la repetición del estribillo con toda la energía, la distorsión y la parafernalia rockera del resto de la banda.

Como suele suceder con los álbums de Bleached, múltiples escuchas de este "Don't you think you've had enough?" permiten seguir descubriendo nuevos detalles, guiños, giros en las letras y su especial habilidad con los arreglos. Pero sobre todo debo resaltar su capacidad para insuflar aires nuevos a la música escrita e interpretada con guitarras: hace unos pocos meses me quejaba en una amarga entrada del declive de la música rock, y justo han venido las hermanas Clavin a devolverme la confianza en que el género aún no está completamente agotado, en que sólo necesita talento y las ideas claras. Es una lástima que su propuesta siga siendo tan minoritaria: merecerían ser cabeza de cartel de los mejores festivales de verano, pero ya sabemos que la invasión del reguetón y los viejos dinosaurios han cerrado las puertas de estos eventos a la buena música contemporánea. Aunque esté hecha con guitarras.

jueves, 18 de julio de 2019

Madonna: "Madame X (Deluxe Edition)" (2019)

El pasado mes de junio ha visto la luz "Madame X", el decimoquinto álbum de estudio de Madonna, probablemente el mayor icono de la música pop aún en activo. Un disco que ha tardado más de cuatro años en dar continuidad a su flojo "Rebel heart". Y que para mí al menos había generado grandes expectativas desde el momento en que supe que, para su elaboración, la Ciccione había vuelto a reclutar a Mirwais Ahmadzaï. Porque para mí los trabajos con el productor francés han sido (con permiso de la época dorada con Patrick Leonard durante la segunda mitad de los ochenta) los mejores en su carrera: por activa y por pasiva he defendido que "American life", su incomprendido álbum de 2003 hecho íntegramente junto con Mirwais, sigue siendo el mejor de su discografía, y sigue sonando aún fresco y lleno de talento muchos años después. Así que confiaba en encontrarme con una obra de igual calibre. Pero desgraciamente "Madame X" queda muy por debajo. No sólo eso; en dura pugna con "I'm breathless" (1990), lucha por convertirse en el peor álbum de su carrera. Tal cual. Y ni siquiera encontraremos en él un tema estrella del nivel de "Vogue" que lo salve de la debacle, como sucedía en aquél.

Es cierto que en la edición "Deluxe" que estoy reseñando sólo la mitad de los temas llevan la firma de Madonna y Mirwais; la otra mitad está compuesta o producida por otros colaboradores como Mike Dean, Diplo o Jason Evigan. Pero ni siquiera esas canciones de M&M forman parte de lo mejor de "Madame X"; al contrario, muchas de ellas quedan lejos de la originalidad en la producción y la explosiva mezcla de guitarras acústicas y sintetizadores imposibles que caracterizaban sus colaboraciones de antaño, y simplemente tratan de suplirla con una especie de art-pop deslavazado e inconexo, realmente difícil de disfrutar. Por otra parte, el álbum pone claramente de manifiesto que "Madame X" ha renunciado a marcar tendencias (musicales y estilísticas) como hizo durante tantos años, y simplemente trata de suplir esa carencia arrimándose desesperadamente a lo que más fuerte esté pegando en el maltrecho panorama musical. Aunque eso signifique abrazar incluso el infame reguetón.

Porque este decepcionante álbum se abre con el si cabe más decepcionante aún primer sencillo, ese "Medellín" a medias con Maluma, que naufraga en su intento por maridar el reguetón más comercial y el pop etéreo y envolvente de la época "Ray of light", y que ha dado como resultado el sencillo de menor pegada comercial en la carrera de ambos, además de la evidencia de que para los seguidores de la ambición rubia "no todo vale" a la hora de intentar recuperar presencia en las listas de ventas. Un fracaso estrepitoso como primer sencillo, y para el que sin embargo no había grandes alternativas en el resto del disco. Porque ya desde el segundo corte, la prometedora en su primera parte y luego delirante "Dark ballet", cada escucha se vuelve una lucha sin éxito por encontrar esas grandes canciones que siempre ha habido en todos los álbumes de la diva. Si bien es cierto que podremos encontrar retazos de buenas composiciones, como las dos primeras de las tres canciones que en realidad conforman "God control": esa sobredosis de auto-tune casi declamada y cíclica que desemboca después en un sobrecogedor coro... para luego devenir en su tercera parte en una vulgar imitación del "New York City boy" de Pet Shop Boys, mezcla de disco ochentero y philly setentero, pero con una melodía mucho más pobre, y que además no encaja en absoluto con las dos partes anteriores, como el coro superpuesto al final se encarga de dejar patente. El comienzo de "Future" es relativamente prometedor, pero en seguida descubriremos que se trata de un dub demasiado lento que repite sin variación durante cuatro minutos la misma progresión armónica, con una instrumentación pobre y una sección de viento nada bien encajada en el conjunto.

Más floja es si cabe "Batuka", una melodía simplísima y ultra-repetitiva de clara inspiración étnica sobre un colchón de tambores interpretado por el colectivo portugués Batukadeiras. "Killers Who Are Partying" podría ser esa gran canción que estamos buscando: su letra (la más comprometida, a contracorriente y provocativa del álbum), tiene el nivel suficiente, compositivamente está trabajada y se nota la mano de Mirwais en que su guitarra y su batería programada (cuando por fin entra) son originales. Pero vuelve a ser demasiado lenta, un poco monótona, más larga de lo deseable, y el estribillo en portugués no es coartada suficiente. Así que no es hasta el séptimo corte ("Crave", con una pequeña participación vocal del rapero Swae Lee) cuando al fin nos convencemos de que estamos ante un álbum de la Ciccione: un tema lo suficientemente inspirado como para que su elección como segundo sencillo y "tema estrella" alternativo por si fallaba "Medellín" fuera obvia. Una vez más de ritmo lento, pero dulce, íntimo, romántico, con una bonita melodía, en la línea de "X-Static Process" aunque con menos nivel, le falta un estribillo más definido y le falla una mejor evolución instrumental a lo largo de su minutaje para haberse convertido en un nuevo "clásico" de su discofragía. Desgraciadamente "Crazy" vuelve a suponer un bajón, y sin ser realmente un mal tema, vuelve a arrimarse a ritmos que no son del gusto de los seguidores de la diva, y resulta anodino y hasta un poco reiterativo a la hora de cantar en portugués.

"Come Alive" se aleja de los parámetros globales del álbum e insufla por ello una pequeña dosis de energía en medio de tanta lentitud y mediocridad: algo más rápida sin llegar a ser bailable, está estructurada sobre una melodía más elaborada y definida, y sobre todo la variación de la progresión armónica en el estribillo le da puntos, aunque Madonna no la canta nada bien, con una voz demasiado nasal que puede resultar cargante. "Extreme Occident", a pesar de que vuelve a ser más lenta de lo esperado, empieza bien, con su progresión armónica de acordes menores que en la primera estrofa llevan un synclavier y en la segunda estrofa un piano, pero los bongos que "interrumpen" el tema a la mitad cortan un poco el desarrollo, y los fraseos en portugués (¡otra vez!) cerca del final hacen que no termine de cuajar. Aunque por supuesto se trata de un tema más interesante que "Faz Gostoso", una horrible versión, con sección de samba incluida, del tema original en portugués de la brasileña Blaya, y que refleja lo perdida que anda musicalmente Madonna. Desconcierto que confirma "Bitch I'm loca", el segundo reguetón y la segunda colaboración con Maluma, más epatante y prescindible si cabe que "Medellín". Para hacer la escucha secuencial más difícil, el salto estilístico que pega "Madame X" en el siguiente corte ("I Don't Search I Find") es de los que cuesta digerir: al fin un tema bailable y de ritmo binario más convencional, pero que a pesar de los esfuerzos de Mirwais se queda en una pobre evocación del "Bedtime story" con el que Madonna jugó a ser Björk hace un cuarto de siglo.

Y cuando ya parece que lo mejor es que tiremos la toalla e interrumpamos "Madame X", los dos temas finales justifican haber aguantado tanta lentitud y tantas influencias latinas: "Looking for Mercy" es una convincente aproximación a la época de William Orbit y "Ray Of light": lento, sí, pero con un bombo prominente, un certero colchón de teclados, una melodía bien trabajada sobre una introspectiva progresión armónica y arreglos de cuerda para completar el conjunto; sólo falla un estribillo un tanto cansino. Y el cierre, "I Rise" es, ahora sí, el tema que estábamos buscando: un medio tiempo oscuro, incisivo, que tal vez se parezca un poco más de la cuenta a "Frozen", pero que cuenta con una interesantísima y difícil de encajar en el conjunto guitarra eléctrica, y una parafernalia de efectos en la percusión que complementan la melodía más conseguida del disco, por fin con un estribillo de nivel en el que la mezcla de voces reverberadas y auto-tune hace maravillas. Y que de manera lógica fue escogido por Madonna como el sencillo promocional de "Madame X".

Este pequeño arreón final no debe ocultar que de quince temas hay apenas cuatro dignos de la trayectoria de la diva, y sólo uno que se acerca a lo que se espera de cualquiera de sus sencillos (en la edición limitada hay otro tema recomendable, "Funana", hecho con Mirwais). Demasiado lento, obsesionado por arrimarse a los aires latinos aunque estos carezcan de la calidad suficiente para asimilarlos en su discografía, fatigoso a la hora de meter frases en portugués en cualquier parte, con experimentos que naufragan a la hora de encajar distintas canciones dentro de un mismo tema, sin una línea estilística definida, obligándonos a pulsar el botón de "forward" unas cuantas veces... Sé que con sesenta años probablemente no deberíamos exigirle a la estadounidense demasiado, y tendríamos que contentarnos con que aún siga en activo, no se haya auto-destruído como tantos compañeros de generación y siga renunciando a vivir de las rentas. Pero cuatro años de preparativos, y tanto colaborador estelar, deberían haber dado para bastante más.

lunes, 17 de junio de 2019

Mating Ritual: "Hot content" (2019)

Es sorprendente la prolificidad de Ryan Marshall Lawhon, el carismático líder de los estadounidenses Mating Ritual: aún no hace un año que reseñé en este humilde blog su segundo álbum ("Light myself on fire", 2018) que a su vez había visto la luz apenas un año después de su álbum de debut ("How you gonna stop it?", 2017), y aquí estoy reseñando el que es ya su tercer disco. Cuesta encontrar en el panorama alternativo contemporáneo un caso tan extremo de velocidad a la hora de construir una discografía. Y si el año pasado intentaba encontrar la justificación para tal derroche creativo en temas que se hubieran quedado al margen de su álbum de debut, o en que el resultado final del mismo no hubiera sido del todo satisfactorio para la banda, este año he optado por no buscar explicaciones: Ryan simplemente tenía otra vez suficientes canciones listas, y las ha grabado junto a su hermano Taylor y el resto de la banda, para publicarlas hace unas semanas.

¿Y el resultado? Pues por increíble que parezca, el álbum es lo suficientemente coherente y elaborado como para que parezca que han gastado dos o tres años para crearlo. Estilísticamente se sitúa a medio camino entre el más guitarrero y luminoso "How you gonna stop it?" y el más sintético y oscuro "Light myself on fire". Y si lo evaluamos globalmente, creo que es ligeramente inferior a éste, aunque claramente superior a aquél. Pero en todo caso vuelve a ser un soplo de aire fresco entre tanta mediocridad, con su pop de tintes clásicos, sus irresistibles estribillos y la sorprendente personalidad que saben conferir a cada una de sus canciones. Once esta vez, treinta y siete minutos que saben a poco.

El primer tema ("A beginning (descent)") es en realidad un breve y sin embargo atrayente prólogo que da paso al que para mí es el mejor tema del disco: "U.N.I.", también tercer sencillo, es una de esas canciones que te atrapa desde su primer escucha y que a la vez parece una versión de algún clásico por descubrir gracias a su perfección compositiva. Pop clásico en su estructura, con guitarras de inspiración funky, un bajo sintetizado que le acerca al electro-pop, apta para el baile y sobre todo con un estribillo maravilloso (cambio de tonalidad incluida), que sólo iguala el precioso intervalo instrumental. Tras semejante exhibición sólo es posible ir a peor, pero el caso es que "Panic attack" mantiene bastante bien el tipo: unas estrofas un tanto frías y extrañas con protagonismo especial para la percusión al final de cada verso, que en cuanto dan paso al puente (perfectamente arreglado) ya anticipan el excelente estribillo, tan rabioso como tarareable, y en el que guitarras y teclados tejen un colchón original y muy compensado, como puede apreciarse en la repetición instrumental final. "Falling back" fue el segundo sencillo: una sencilla caja de ritmos y un comienzo algo más suave y sintético en sus estrofas, que en el puente transita con otro meritorio arreglo a un doble estribillo crudo y de aires ochenteros que crece cuando entra el arpegio de guitarra, y que sorprende por su certera producción en su repetición sin apenas instrumentos cerca del final.

"Future now" exalta la vena ruidista gracias las distorsiones de guitarra y la voz de Ryan prácticamente gritando, y la conjuga hábilmente con una curiosa mezcla de teclados juguetones y guiños a los ochenta, gracias a un puente que es capaz de encajar estos mundos aparentemente separados, y a un estribillo instrumental que intercambia ruido por melodía. "Boys don't have to be boys", el siguiente corte, es un medio tiempo recupera en parte la vena étnica que se asomó con gusto en su anterior disco, gracias a las marimbas de su comienzo y su estribillo, si bien lo importante es que estamos ante otra progresión armónica muy bien armonizada, incluyendo esa especie de estribillo alternativo en su segunda repetición, las mejores estrofas del álbum, y quizá también la mejor instrumentación. Le sigue "The name of love", la primera de las dos baladas del disco, y la más elaborada instrumentalmente. Es un tema al que en realidad se le pueden poner pocos peros, pero el limitado registro de la voz de Ryan no es el más idóneo para esta historia de desazón, y la superposición de meritorios sintetizadores (pitch y auto-tune mediante) no termina de compensar el conjunto. Aunque tampoco podemos hablar un mal tema.

El último tramo del álbum lo inicia "October lover", la canción que anticipó el álbum. Que aunque se trata de un tema original, algo así como The Killers meets The Cure, con ese pop enérgico y luminoso que equilibra guitarras y teclados con bajo y baterías convencionales, resulta algo vacuo a causa de ese estribillo en falsete que casi parece cantado por un niño y que le resta credibilidad al resultado. "Good God Regina is a bomb", la canción más corta del álbum, me parece bastante más interesante. Se trata del tema más rápido del disco, puro power pop que rehúye de la simpleza instrumental y la suple por esos intervalos instrumentales que hacen las veces de estribillo y que provocan un subidón de adrenalina. "Stupid romantic things", el penúltimo corte, es la segunda balada del disco, algo más convencional que la anterior, y que cuenta con su largo estribillo (quizá repetido en exceso) como mejor baza, aunque ni la voz en falsete de Ryan ni los abundantes pasajes instrumentales, un tanto derivativos, terminan de enganchar. Afortundamente el álbum lo cierra otro de sus momentos álgidos: "Game", el cuarto sencillo y mi segundo tema favorito. Con el mejor comienzo del disco: sorpresivo, envolvente y armonioso a partes iguales, sólo las estrofas con esa primera nota tan larga al principio de cada verso bajan un poco el nivel. Pero en cuanto entra el puente la inspiración es imposible de ocultar, y el estribillo es de una sensibilidad y una inteligencia exquisitas. Y la parte nueva (sobre la misma progresión armónica, es cierto, casi declamada), mejora si cabe el resultado.

Y con los últimos compases de la caja de ritmos y el teclado de Taylor se acaba este notable álbum, tan fresco creativamente y tan lleno de ideas, con muchos momentos brillantes y ninguno que desentone, y que muestra el camino que deberían seguir tantos y tantos artistas que andan atascados entre el trap y el reguetón que arrasan comercialmente y la nostalgia por el revival. Desgraciadamente, la rapidez y el talento creativo de Mating Ritual es inversamente proporcional a su repercusión (baste decir que los elaborados vídeo-clips de este "Hot content" acumulan poco más de unas pobres diez mil visitas), por lo que en cualquier momento temo que tiren la toalla y nos quedemos sin una de las mejores bandas del panorama alternativo actual. Sólo queda esperar que algún anuncio, o alguna película, recuperen alguno de los muchos buenos temas de este disco y le otorguen la repercusión que merecen (y que obtendrían), como sucedió hace un par de temporadas con el "Feel it still" de Portugal. The Man. O que Ryan pase de todo, siga a lo suyo, y el año que viene retorne con su cuarto álbum. Veremos qué sucede antes.

domingo, 2 de junio de 2019

Lamb: "The secret of letting go" (2019)

Quienes siguen habitualmente este blog sabrán que el dúo británico Lamb es una de mis debilidades históricas. Desde hace un cuarto de siglo Louise Rhodes y Andy Barlow han ido alimentando un proyecto personal, vanguardista en las formas y clásico en las melodías, que se ha mantenido sin perder un ápice de identidad al margen de ventas y modas. Por lo que, después de un lustro desde que vio la luz su anterior álbum (el notable "Backspace unwind"), contaba los días para que viera la luz este "The secret of letting go", su séptimo disco. Pero, después de unas cuantas escuchas, debo reconocer que el resultado no ha estado a la altura de las expectativas. No es que se trate de un mal álbum, pero está claro que no figurará entre lo más inspirado de su carrera, y sobre todo ha quedado lastrado por la espantosa elección de los sencillos de presentación.

Y es que a lo largo de su trayectoria Lamb siempre ha mantenido un delicado equilibrio entre grandes momentos de corte "clásico" y otros de delirio experimental. Un equilibrio que también se aprecia en esta nueva entrega, pero que se desbalancea más hacia lo segundo porque los tres sencillos publicados se enmarcan claramente en esa vertiente delirante y difícil de disfrutar. Lo que es peor: los tres están colocados seguidos, y muy al principio del álbum (en los cortes segundo, tercero, y cuarto), por lo que no están lejos de dañar irrevocablemente la impresión global del álbum. Afortunadamente, en los otros ocho temas del disco queda hueco suficiente para que nos sigan cautivando.

Es cierto que el álbum no comienza mal: "Phosphorous", a pesar de su escasa duración, es un tema lento y envolvente, con una estrofa gélida pero con un bonito estribillo que parece anticipar el buen momento creativo del dúo. Sin embargo, después aparece la prescindible terna de sencillos: "Moonshine", el segundo sencillo en ver la luz, con un ritmo originalísimo y la curiosidad de Andy Barlow haciendo coros, una canción desangelada e inquietante. "Armageddon waits", el primer tema en anticipar el álbum, también con las curiosidades de una bandurria y una orquesta sesentera entre tanto despliegue electrónico, pero muy flojo melódicamente. Y "Bulletproof", el sencillo actual, quizá el más prescindible de los tres con ese loop distorsionado, descendente y un tanto cargante que vertebra el tema de principio a fin. La exasperación del melómano parece ponerse a prueba porque ni siquiera el tema que da título al álbum, el quinto corte, mejora mucho el panorama durante sus primeros tres minutos: "The secret of letting go", dolorosamente biográfico, vuelve a insistir con un extraño goteo de sintetizador con el "pitch" a tope como forma de vertebrar otro delirio difícil de digerir... hasta que justo en su último minuto toman las riendas unas "slow strings" que le dan algo de armonía al tema, y nos hacen concebir esperanzas respecto al segundo tramo del álbum.

Que ya es otra cosa. Empezando por "Imperial measures", una balada marca de la casa, que sin llegar a figurar entre lo mejor de su discografía, ya vale más que todos los temas anteriores juntos: una bonita melodía, estupendamente interpretada por Louise sobre una instrumentación "clásica" (un sencillo sintetizador llevando los acordes y la sección de cuerda para realzar los estribillos), y apenas con la concesión de otro extraño sintetizador cerca del final. "The other shore" aunque también lenta cambia el tercio, y nos presenta una atmósfera ominosa y una melodía angustiosa (y no del todo redonda), en la que destaca una programación rítmica sigilosa pero muy original, y el tramo instrumental final. Después el dúo se permite el lujo de un tema prácticamente instrumental (Louise se dedica a hacer coros): "Deep delirium" propone la mejor progresión armónica del disco hasta el momento, y sobre ella despliega una batería jazzística que sirve de perfecto colchón de fondo al violín y a la trompeta que se relevan como encargados de la melodía principal, con un resultado tan original como convincente.

El último tercio del álbum lo inicia el que es claramente mi momento favorito: "Illumina", que curiosamente vio la luz de manera muy sigilosa como sencillo independiente hace año y medio. Es cierto que la melodía de las estrofas no es del todo certera, pero el estribillo (de una sola palabra) es cautivador gracias a ese ritmo de drumb&bass de la batería, el bajo sintetizado que se va distorsionando y el sintetizador casi líquido que logra que nos fijemos en él sin apenas notas, todo lo cual se aprecia muy bien en el pequeño intervalo instrumental que precede a la repetición final del estribillo. Después de tal despliegue, "The silence in between" apuesta por la salida más digna: el baladón del disco, piano al frente, la cálida voz de Louise y la sección de cuerda ya desde el comienzo. Nada novedoso, y quizá un pelín empalagosa, pero otro momento meritorio sin duda. Y el cierre lo pone mi segundo momento favorito del álbum: "One hand clapping" casi una balada folk de Cat Power al que se le ha incorporado una instrumentación más original. Con quizá las estrofas más perfectas del álbum y un estribillo de una dulzura casi infantil, que además contiene la letra más crítica del disco, denunciando metafóricamente los males del panorama mundial.

Y así, sigilosamente, se apaga este álbum que empieza ilusionante, se enfanga en su desarrollo y remonta en su segunda mitad. Después de un montón de escuchas, creo que el balance debe ser positivo: cada vez que nos llega una nueva entrega de Lamb no sabremos si será la última, y que podamos salvar cinco o seis temas que no desmerezcan los mejores momentos de su carrera ya es bastante. Claro que habría preferido un álbum más inspirado, y sobre todo algún sencillo más certero. Pero siempre nos podremos consolar pensando que dentro de unos años acabarán dándole continuidad a este irregular "The secret of letting go". Eso espero.

sábado, 18 de mayo de 2019

El declive del rock (y una lista de veinte temas recomendados para compensar) (2019)

Hace tiempo que vengo
Escribí hace unos años una entrada en la que resaltaba cómo la guitarra eléctrica poco a poco iba perdiendo fuerza como instrumento de referencia en la música contemporánea, y unos meses más tarde enfrenté este hecho al imparable auge del auto-tune como "instrumento" que la iba reemplazando. No quiero ahora repetir lo que expuse entonces, sólo me atreveré a constatar que lo que en su momento anticipé no podía estar más encaminado.

Y es que sólo falta echar un vistazo a los festivales que han empezado a recorrer en 2019 la geografía española. Aún vemos convocatorias multitudinarias de artistas de rock en sus diferentes estilos, es cierto. Pero basta fijarse en que los nombres que logran ese nivel de convocatoria son en su inmensa mayoría grandes veteranos que alcanzaron su gloria hace tres o cuatro décadas. Pongamos por ejemplo el reciente concierto de Metallica hace unos días en Madrid: sesenta y ocho mil personas, sí, pero bastaba echar un vistazo al público para descubrir que la media de edad rondaba los cincuenta, y que los únicos jóvenes que aparecían por allí eran hijos a los que sus padres les habían inculcado el amor por la banda estadounidense. Pero si nos movemos al panorama de los festivales la cosa pinta igual: los cabezas de cartel son a menudo artistas de rock, sí, pero apenas aparecen nombres de menos de medio siglo (de The Foo Fighters a The Smashing Pumpkins). Hay bandas de rock más jóvenes, es cierto, pero ésas suelen aparecer en letras visiblemente más pequeñas, porque desde hace mucho tiempo no surge una gran banda de rock que mueva masas a nivel mundial. Ni en el panorama mainstream ni en el alternativo.

No sólo eso: a nada que hayan tenido oportunidad de asistir a algún macrofestival con varios escenarios en paralelo, habrán podido comprobar que el escenario donde actúan los rockeros a menudo flojea en cuanto a ambiente (salvo los cabezas de cartel), mientras que en otros escenarios más destinados por ejemplo al hip-hop o a la música electrónica apenas cabe un alfiler. Y en este caso, a diferencia de lo que suele ser habitual por estos lares, España no es una excepción: vayan al festival que quieran, analicen la lista de ventas de cualquier país, y verán lo que cuesta encontrar una banda de rock que haya surgido en la presente década que tenga un tirón comparable al de las grandes bandas de hace décadas (quizá podríamos citar a The 1975, eso sí a años luz por ejemplo de los Oasis de hace veinte años).

Cuando empecé mi blog hace ya ocho años, incluí a propósito la palabra rock en su denominación, porque mi expectativa (y mi intención) era poder seguir dando una humildísima ventana a artistas que cultivaran ese maravilloso género. Pero soy perfectamente consciente de que cada vez reseño menos discos de rock. En realidad lo considero una consecuencia de lo que he expuesto más arriba. Además, creo que los artistas de rock en general se han quedado anclados en el pasado, que en general han levantado un muro frente a las nuevas tecnologías (aunque paradójicamente sus antepasados abrazaron la electricidad como la tecnología que permitiría proporcionar una nueva dimensión a las guitarras acústicas), y que al mismo tiempo han perdido el virtuosismo al que obligaban los menores medios que había entonces.

Lo cierto es que esta situación me incomoda, así que desde este humilde blog me he propuesto forzar una entrada que gire exclusivamente en torno al mundo del rock. Y para ello les voy a proponer una lista de lo que en mi opinión son veinte grandes temas de rock que han visto la luz desde el comienzo de la década en 2011. Sin tener en cuenta el número de visualizaciones en youtube, sin un orden en particular, sin comentarios sobre las canciones, sin repetir artistas, sin cerrarse a la tecnología, ni limitarse a determinadas corrientes. Simplemente rock. Espero que la disfruten tanto como yo:

Bleached - "Wednesday night melody"
Fall Out Boy - "My songs know what you did in the dark"
The Horrors - "Machine"
The Killers - "Run for cover"
Mainland - "Not as cool as me"
Feeder - "Children of the sun"
Noel Gallagher - "In the heat of the moment"
Kasabian - "Re-wired"
TV On The Radio - "Happy idiot"
The Black Keys - "Little black submarines"
Beady Eye - "Flick of the finger"
Imagine Dragons - "Radioactive"
Garbage - "Blood for poppies"
Rolling Blackouts Coastal Fever - "Talking straight"
Lala Lala - "Destroyer"
Sleater-Kinney - "Fangless"
Partner - "Play the field"
Amber Run - "No answers"
Bob Mould - "Hold On"
Portugal. The Man - "Evil friends"

viernes, 3 de mayo de 2019

Pet Shop Boys: "Agenda" (2019)

Cuando los seguidores del carismático dúo británico contábamos las semanas para que viera la luz el anunciado último álbum de su trilogía a medias con Stuart Price, Pet Shop Boys se han quedado con nosotros publicando por sorpresa un EP... con la producción de Tim Powell. Una nueva jugada a la que ya debiéramos estar acostumbrados los que conocemos su habitual tendencia a epatar e ir contra corriente, pero que en esta oportunidad viene justificada más que nunca por la situación política en su país. Y es que el Brexit tiene convulsionado al Reino Unido, y Neil Tennant y Chris Lowe no han querido quedarse al margen de esa situación. Y lo han hecho como siempre con suma inteligencia: publicando este materail justo cuando los plazos para la salida vencían (en teoría) y evitando contaminar políticamente su próximo álbum con Stuart Price.

Como digo, para producir los trece minutos de esta mini-entrega, los británicos han reclutado a Tim Powell, ex-miembro del equipo de productores Xenomania, el cual produjo para ellos "Yes" en el año 2009. Y el resultado de su trabajo a los mandos ha sido en mi opinión superior al de aquél álbum, porque esta "agenda" sí suena plenamente a Pet Shop Boys, la orientación comercial de los temas no es tan obvia como ls de aquel album un tanto impersonal, y no hay concesiones a las modas más actuales. De hecho, los melómanos más jóvenes podrán objetar que Pet Shop Boys, quienes durante muchos años estuvieron a la vanguardia instrumental, suenan en 2019 un tanto rancios. Pero no hay que olvidar que estamos ante dos sesentones, por lo que mejor ser prácticos y contentarse con que suenen a ellos mismos, aunque sus sintetizadores y sus cajas de ritmos ya no encierren nada nuevo.

¿Y las canciones? Pues afortunadamente ninguna de las cuatro desmerece el grueso de su discografía. El tema estrella es obviamente "Give stupidity a chance". Ya habían hablado de la estupidez en su para mí superior "I'm with stupid" de 2006, pero ahora centran la estupidez en la decisión de los británicos de abandonar la Unión Europea, decisión que ellos reprueban en una letra que es un finísimo diágnostico de la política y la sociedad no sólo inglesa sino occidental. Y que causa que la música pase a un segundo plano, aunque se trata de una de esas melodías de pop matemáticamente perfecto que saben hacer como nadie, y que cuesta creer que nadie haya compuesto hasta ahora. Eso sí, la instrumentación es solamente correcta, la pista de baile queda lejos, y las dos cosas lastran un poco el resultado. Por eso mi tema favorito del EP es "On social media": más bailable, con su bajo sintetizado deudor del house, sus palmadas enlatadas, sus overdubs de percusión, su piano electrónico... todo de hace treinta años, sí, pero todo infalible en sus manos, sobre todo si como es el caso se pone al servicio de otra excelente melodía, incluyendo tres estrofas completas, dos partes nuevas y otro de sus genuinos coros masculinos, todo ello coronado por una excelente y mordaz letra sobre el uso actual de las redez sociales.

"What Are We Going to Do About the Rich?" es mi segundo pasaje favorito, y para mi gusto el de mejor comienzo, con su sección de cuerda primero y de viento después dando paso al tema de tempo más alto, y con una letra tan crítica y trascendente como la del resto del EP. Que vertebra otra bien elaborada melodía, con un estribillo tal vez un pelín obvio (incluyendo una subida de tono al final), que se ve compensado con creces por esa parte nueva en la que Neil medio canta medio declama sus aceradas consignas. Y cierra el disco la casi esperable balada, "The Forgotten Child". Perfectamente digna de sus grandes momentos intimistas, con su melodía de tonos más bajos, sus violines, los bongos que la acompañan durante toda su duración, el inevitable piano, y el trozo final instrumental con sorpresa incluida (caja de ritmos, teclado juguetón, synclavier y coros).

Mi principal miedo cuando supe de la inminente publicación de este EP fue que la fuerte componente política de las letras pudiera haber eclipsado las progresiones armónicas y las melodías que siempre han caracterizado al dúo. Pero no ha sido el caso: se ve que han esperado lo suficiente a tener buenas composiciones que pudieran sustentar su mensaje. Así que aunque es obvio que este EP no les va a granjear nuevos seguidores, sí que podrá figurar sin complejos junto al grueso de su discografía. Y además hace concecibir muy buenas esperanzas sobre su próximo álbum dentro de unos meses. Así que vuelvo a ponerme a contar las semanas.

lunes, 22 de abril de 2019

Lydmor: "I Told You I'd Tell Them Our Story" (2018)

Adentrándonos en la segunda mitad del mes de abril aún sigo reseñando álbumes que vieron la luz en 2018, y que por unas circunstancias u otras no he descubierto hasta hace apenas unos meses. Voy a hablarles hoy de "I Told You I'd Tell Them Our Story", el tercer álbum de la danesa Lydmor, que vio la luz a finales del pasado mes de septiembre. Hacía tiempo que no reseñaba en este blog un álbum procedente de Escandinavia, que como saben muchos aficionados a la música vanguardista es un territorio particularmente propicio, con Suecia claramente a la cabeza. Esta vez sin embargo no se trata de un artista sueco, sino de una solista danesa, que desgraciadamente aún sigue siendo marginal a nivel internacional. Y digo desgraciadamente porque, sin llegar a ser mi disco favorito de 2018, sí que lo considero uno de sus grandes momentos.

Muchas cosas sorprenden favorablemente en este álbum. Quizá la más inesperada sea la calidad de los textos. Sin ser el inglés su idioma nativo, la danesa lo emplea con una solvencia tremenda, usando términos y construyendo frases netamente más elaboradas y evocadoras que la inmensa mayoría de artistas anglosajones. Semejante nivel de sorpresa genera la producción: nada de usar la tecnología para evocar al pasado como otras muchas bandas nórdicas; la instrumentación es de plena actualidad, abierta a las últimas modas y tendencias sin sucumbir a ellas, y el sonido es limpio, cristalino, intachable. Una tercera sorpresa es la capacidad para hacer evolucionar las composiciones: eso de que tras el primer estribillo ya hemos escuchado el noventa por ciento de la canción no aplica aquí; más vale tener los oídos abiertos y escuchar con atención hasta el final para no dejar de descubrir giros, guiños, cambios, detalles que enriquecen cada composición.

Todo ello se aprecia en el tema que abre el álbum: "The mansion", un medio tiempo luminoso y no especialmente inspirado a nivel compositivo, pero con una excelente instrumentación (con mención especial para la percusión), que tras casi tres minutos cambia la progresión armónica sobre la misma melodía, llevando así el tema a terrenos más oscuros; y que medio minuto más tarde se convierte en un llenapistas al doblar sin previo aviso el bombo. Igual de original pero mucho más brillante es "Money towers", primer sencillo del álbum, y que formó parte de mi lista de mejores canciones de 2018. Para mí el mejor tema de synth-pop del año pasado: contemporáneo a más no poder en su sonido (no falta ni el dembow típico del reguetón ni el tramo instrumental de reminiscencias étnicas tras cada estribillo), con una gelidez nórdica elegantísima y una letra devastadora que encaja estupendamente con la atmósfera de la canción. El siguiente corte, "Killing time", fue también el siguiente sencillo en ver la luz: otro medio tiempo elegante, con una estrofa bonita y elaborada y un estribillo minimalista en el que cobran protagonismo las voces post-procesadas y los sintetizadores reproducidos al revés. "Claudia", siguiente corte, fue a su vez el tercer sencillo del disco. Casi una balada por su tempo (que no por su estilo), su gelidez cortante se multiplica cuando a partir del segundo estribillo entra un bajo distorsionado y un extenso pasaje declamado en el que la mujer protagonista que vende sus servicios se revela ante el sometimiento del dinero; a partir de ahí el tema es crudo, casi desabrido y profundamente impactante gracias a su sobredimensionado sintetizador del tramo final.

"Dim" vuelve a los medios tiempos sobre una original programación, sincopada y minimalista a partes iguales, proponiendo una estrofa y un estribillo muy elaborados, más propios de un cabaret a altas horas de la madrugada, que juega con el melómano con aquello del "fo-fo-follow you..." que tanto parece otra palabra mucho más fuerte. Tras el breve interludio que supone "Shuidan Lu" llega mi segundo momento favorito del álbum, "Soft islands". Ahora sí es una auténtica balada, que empieza sin tregua con la voz de Lydmor y un teclado para llevar los acordes, pero que cuando llega el primer estribillo ya se ha enriquecido con múltiples voces, una percusión tan extraña como certera y un par de sintetizadores que complementan sin hacerse notar. Y durante otros cuatro minutos el tema no deja de crecer: un arpegio de piano, el bombo, una letra que cautiva hasta el desasosiego con su dolorosa y repetitiva "water's too close to the ceiling", y que la danesa usa con maestría para convertir la balada en un aceleradísimo tema que mezcla a partes iguales trance en sus chirriantes sintetizadores y drum&bass en su imposible ritmo. Después de semejante exhibición el contrapunto lo pone "Nostalgia", el tema más convencional del álbum. No por la original instrumentación con la que nos atrapa desde el comienzo, sino por tratarse de un medio tiempo de pop dulce, algo así como si Nelly Furtado hubiera sido capaz de actualizarse hasta el año 2018, incluyendo el certero teclado que orla los ecos de Lydmor en su tramo final. "Queen of the night" es el segundo y último interludio, que da paso al tercio final del álbum.

Un tercio que no desmerece del resto del disco y que se abre con "UOME", en mi opinión el tercer mejor momento del disco. Arrimándose de nuevo a la pista de baile con el dembow y un sintetizador en trémolo protagonista tras cada estribillo como en "Money towers", es un tema más cálido y tarareable, que vuelve a cautivar por su formidable instrumentación y que contiene la doble sorpresa de una guitarra y una excelente segunda voz en los estribillos, antes de desnudar el tema y añadir un nuevo teclado a lo Rüfüs du Sol para su tramo final. "Trembling" baja solamente un poquito el nivel: otro medio tiempo más, con una melodía de notas muy altas en el estribillo sobre un jugetón synclavier que se adhiere sin remedio a nuestro cerebro, y al que sólo le lastra un poco su estrofa un tanto anodina, que Lydmor sabiamente esconde tras el primer estribillo y que rehúsa repetir, proponiéndonos en su lugar un sintetizador a lo chill-wave que repite las notas del synclavier. Y el cierre lo pone "Shanghai roar", para mi gusto el cuarto mejor momento del disco: una balada con una melodía preciosa (sobre todo en las estrofas), en la que el bajo sintetizado que entra en la tercera estrofa y el sintetizador que repite la voz post-procesada de la danesa ponen los elementos de originalidad, y el largo intervalo cuasi instrumental la emoción.

"I Told You I'd Tell Them Our Story" no es un álbum largo (cuarenta y dos minutos y sólo diez temas completos), por lo que no hay espacio para el aburrimiento... igual que empieza se va, dejándonos eso sí con ganas de más. Sólo le falta algún tema más accesible para el gran público, que pudiera hacer de gancho. Y es una pena, porque bien publicitado este álbum sin duda habría sido uno de los discos de cabecera de muchos críticos y de público asiduo a festivales de música independiente. Lo bueno es que a la danesa no parece afectarle la escasa repercusión de sus trabajos. Así que espero que dentro de otros dos o tres años Lydmor le dé continuidad a este disco. Y que sea capaz de alcanzar un nivel de inspiración similar. Será un gran disco.

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