Aunque 2025 acaba de arrancar, aún es tiempo de revisar algunos de los álbumes más interesantes que nos dejó el pasado año. Como el retorno en formato largo tras más de una década del sudafricano Nic Billington. Y es que, a pesar de una promoción prácticamente nula incluso en su propio país, "Dark Horse" es un disco que ha llamado la atención en algunas de las páginas webs de referencia en el ámbito de la música electrónica, en una de las cuales lo descubrí yo. El cantante sigue apostando por un dance-pop de pulida factura que no supone ninguna novedad estilísticamente, pero sí que nos reconcilia con un género que parecía estar viviendo a base de revisiones menores de sus grandes momentos. Y es que la propuesta de Nic no recurre al revival, pero sí al espíritu del pop bailable de finales del siglo pasado, actualizando, eso sí, su sonido. Aunque sin llegar a mimetizarse con ese pop electrónico un tanto "chicloso" (por aquello de bubblegum) y provocativo de artistas que triunfan masivamente en nuestros tiempos, como Charlie XCX o Girli.
En realidad, para los que hemos seguido durante pasados ejercicios la trayectoria del solista sudafricano, "Dark Horse" encierra pocas sorpresas, pues en buena medida se trata de una recopilación de los sencillos que el artista había ido publicando desde hacía unos cuantos años. Algo por otra parte cada vez más habitual en estos tiempos dominados por las plataformas de streaming. Por lo que el trámite ha consistido esencialmente en completar el tracklist hasta llegar a los diez temas de rigor. Los cuales, como también han claudicado a las imposiciones de TikTok, son en general bastante cortos, de apenas tres minutos. De manera que el disco se devora en poco más de media hora. Algo que no es malo per se, pero que deja con ganas de más, algo así como una edición "Deluxe" que incluyera algún descarte o alguna versión. Pero les prevengo: no busquen tales excesos, y limitense a dejarse llevar por estos diez temas que cubren un abanico de sonidos bastante amplio dentro de su género, lo que tal vez constituya su mayor acierto. Junto al sorprendente y meritorio nivel medio de sus composiciones, por supuesto.
"Dark Horse" lo abre "Dopamine", uno de los tres temas que no ha visto la luz en formato sencillo. Algo sorprendente por otra parte, pues se trata de uno de sus mejores momentos, ademas de la canción que nos presenta el álbum. Lo que demuestra lo seguro que se siente el australiano sobre la misma. Tras un comienzo envolvente y unas estrofas elegantes y bien musicadas, en el estribillo entra el contundente ritmo binario que arropa una melodía simple, pero muy certera. A partir de la segunda estrofa descubrimos una producción que, como en prácticamente todo el álbum, sin ser minimalista emplea los instrumentos justos, en un sabio equilibrio entre los teclados sintéticos y los juguetones, que se van reemplazando o superponiendo según conviene. Pese a su corta duración, hay espacio para una sencilla parte nueva que cambia la progresión armónica y desemboca en los coros de un Billington con más gusto cantando que potencia vocal. "Without A Warning" ya había sido publicada como sencillo en 2021, aunque yo la haya descubierto ahora. Un poco más lenta que la anterior, con el ritmo binario bien marcado desde el comienzo, su mejor baza es la suavidad y la elegancia con la que nos incita al baile. La composición es notable, siendo lo más llamativo que remate con una parte nueva de la que ya nunca sale, por lo que apenas el minutaje mínimo de tres minutos. Para mi gusto, un fallo es que las voces de Billington están mezcladas demasiado bajas, algo innecesario dada su solvencia como intérprete. "White Wedding", el sencillo que ya sí anticipó el álbum pocos meses antes de su publicación, es un acierto por partida doble: por su cambio de registro (también pop bailable pero mucho más contundente, de influencias rockeras y con una melodía en un tono mucho más bajo); y por su ubicación en el disco (justo cuando el melómano se empieza a preguntar si todo él va a transitar por los mismos terrenos de las dos primeras). La guitarra eléctrica, la contudencia de la caja de la batería, sus estrofas infecciosas, todo ello cautiva. Pero es que además, hay una parte nueva larga, y por fin el tramo final en el que toda la rabia contenida se desborda con esos "Start agaaaaiiin..." en notas altas que ahora sí se escuchan nítidamente, y que se superponen y acaban dando paso a un excelente solo de guitarra, algo tan poco habitual en la música electrónica de estos tiempos como efectivo hace unas décadas. Porque aunque no lo parezca, estamos ante una versión de uno de los temas emblemáticos del hoy ya prácticamente olvidado Billy Idol.
"Homesick", que ya había sido publicada como sencillo un par de años antes, es el cuarto corte. Sigue el tempo alto, pero la batería está menos sobredimensionada que las anteriores. En cambio los teclados destacan sobremanera, en especial en un estribillo que puntean como si hubiéramos retrocedido treinta y cinco años en el tiempo. La letra es de las más elaboradas del álbum, jugando a las contradicciones para describir la devastación interior que siente Billington al echar la vista atrás. Nuevamente la composición es muy completa, desembocando en una meritoria parte nueva que también ejerce de cierre tras más de tres minutos. "Slasher" ha sido el sencillo que ha servido oficialmente para presentar el álbum, y aun considerando el nivel de las anteriores, es uno de los mejores momentos del disco: mezcla de música de baile, pop melódico y energía rockera, sus tres minutos de oscuridad cálida, acentuada en su singular y provocativo videoclip, son disfrutables de principio a fin. Aunque para mí lo más notable es su excelente estribillo, largo e interpretado a varias voces que se complementan según la nota. La pena es que una vez más la parte nueva y el solo de guitarra ponen el punto final, puesto que el tema pedía a gritos una recreación final. "You Get Me High", sexto corte, fue en realidad el primer sencillo que adelantó el disco hace ya cuatro años. Y en él Billington ya anticipaba lo esencial de su propuesta: ritmo bailable, atmósferas ochenteras, su versátil voz interpretando con gusto melodía principal y coros, y esos sencillos teclados que pueden seguir sonando contemporáneos cuarenta años más tarde. Prueba del talento a la hora de musicar su composición es la etérea parada con la que presenta su segundo estribillo, y la desnudez casi extrema (voces reverberadas aparte) de otra excelente parte nueva.
"Dark Horse", el tema que da título al álbum, es otro de los escritos a propósito para el álbum. Y quizá el más diferente hasta ahora: estrofas en falsete, guiños funky, tempo algo menor, guitarras eléctricas contundentes, y un erotismo aún más acusado que en pasajes anteriores. Tal vez le falta algo de continuidad rítmica, pero lo compensa con ese cambio de registro que probablemente haya motivado el que sea el escogido para denominar el álbum, pese a no haber sido publicada como sencillo. Indudablemente superior me parece "Feel Again", el octavo corte, otro de los compuestos para la ocasión, y de los que tampoco ha visto la luz de manera independiente. Salvando las limitaciones, Billington juega a ser Michael Jackson en este tema de base rítmica contundente, bajo y teclados adictivos, estrofas y puente elaborados, estribillo pegadizo y la sorpresa de introducir la parte nueva justo cuando se espera el segundo estribillo. Su mayor defecto vuelve a ser que le hubiera venido de perlas un minutillo adicional. "Living To Die" ya había visto la luz como sencillo en Marzo de 2023: más reposado que la anterior, mantiene la contundencia rítmica, pero ofrece una letra más reflexiva ("Are We Living to Die? Or Die While We're Living?"). Una vez más la introducción de una distorsionada guitarra eléctrica complementa una paleta sonora sustentada en diversos teclados y programaciones, que vuelve a resultar certera y disfrutable a partes iguales. Y el cierre lo pone la primera balada en la carrera del sudafricano: los dos minutos de la brevísima "Goodbye" han sido publicados recientemente como el último sencillo del álbum. Pese a no ser su registro habitual, su voz profunda y bien entonada, los dos teclados que la vertebran (huyendo del tradicional piano), y las percusiones puntuales logran, junto a su bonita melodía, trasladar una honestidad que permite cerrar estas diez canciones por todo lo alto, a pesar del anticlímax que se le propone a una canción tan lenta en un disco tan bailable.
Y sin apenas darnos cuenta concluye este álbum sin temas de relleno que destila pulcritud y elegancia en sus diez grandes canciones, y que resulta apto para todos aquellos que disfrutan de la música pop intemporal orientada a la pista de baile. Con el aliciente de que no se restringe a una fórmula concreta, manteniendo sin embargo una sonoridad reconocible. Es cierto que muchos temas habrían admitido una vuelta de tuerca más, que a pesar de su técnica como cantante la voz de Billington puede ser un tanto justa para funcionar como solista, y que en realidad no hay nada nuevo en su propuesta. Pero es complicado encontrar un conjunto tan compacto y bien presentado de canciones en estos tiempos; les garantizo que el disfrute está asegurado. Lo que no me aventuro a especular es sobre su futuro. Da rabia que una obra tan madura, que podría triunfar en las listas de medio mundo y al tiempo satisfacer a la crítica, haya recibido una difusión tan absolutamente minoritaria. Una circunstancia que seguramente supondrá un inconveniente a la hora de que Billington se plantee darle continuidad. Pero también supongo que, tras quince años en el negocio, para el sudafricano este álbum habrá sido su reivindicación definitiva como artista. Una circunstancia de la cual todos los que lean esta entrada y descubran su música se harán partícipes. Se lo aseguro.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
domingo, 12 de enero de 2025
domingo, 29 de diciembre de 2024
London Grammar - "The Greatest Love (Deluxe Edition)" (2024)
La que hoy les traigo es la primera reseña en este humilde blog del trío británico London Grammar, a propósito de su cuarto álbum, "The Greatest Love". Aunque no es la primera vez que aparecen por aquí, pues "Nightcall", de su álbum de debut, ya formó parte de la lista de mejores canciones internacionales de 2013, y "Non Believer", de su segundo de disco, de la de mejores canciones internacionales de 2017. Pero con su cuarto álbum por fin han doblegado lo que para mí era su mayor hándicap: la predilección por los temas reposados, de tempo lento, y más bien conservadores desde el punto de vista instrumental. Unos pilares que en pequeñas dosis aseguran temas tan disfrutables como irreprochables, pero que cuando conforman el grueso de un disco son la semilla para que pueda aparecer el aburrimiento y la falta de ganas de adentrarse en un disco así (salvo días puntuales de estado de ánimo particularmente sombrío). Ello no quiere decir que los ingleses hayan variado radicalmente de registro, pero sí que se han atrevido con pequeñas innovaciones instrumentales y ciertos detalles estilísticos que ayudan a actualizar su propuesta. Y dado que conservan su innegable calidad a la hora de crear e interpretar sus canciones, el resultado merece sin duda la pena.
Eso sí, como habrán visto al comienzo, la reseña de hoy se refiere a la edición deluxe de "The Greatest Love". Pues es precisamente en los dos temas adicionales que contiene donde más arriesga el trío, no tanto en lo musical como en la búsqueda de otras emociones que no suelen surgir en la mayoría de esas canciones. Y es ese acercamiento al pop luminoso, a los ritmos ligeramente bailables, a las texturas más electrónicas, lo que oxigena el conjunto y lo hace apto para múltiples escuchas independientemente de nuestro estado ánimo. Aunque claro, como imaginan los temas extra se encuentran justo al final de la edición "estándar", por lo que para llegar a esa amplitud de miras hay que atravesar otras diez canciones que individualmente son irreprochables, pero que se pueden hacer un poco cuesta arriba; habría sido mucho mejor que estuvieran entremezcladas con el resto de temas.
"House" es el tema que abre el disco, y también su indiscutible momento estrella, pues fue escogido como primer sencillo. Con respecto a entregas anteriores del trío, este reencuentro mantiene intacta su personalidad, pero potencia la componente electrónica, con ese ritmo de drum & bass que consiguen acomodar con el arpegio de guitarra acústica del estribillo, en un saludable ejercicio de contemporaneidad. De hecho, en sus calmadas estrofas también hay espacio para efectos y teclados juguetones. El estribillo es notable; la etérea parte nueva en tonas altas, meritoria, los giros en la melodía en las repeticiones finales del estribillo, evidencias de lo elaborada que está la composición, y la interpretación del trío, tan solvente como acostumbra: una gran canción. "Fakest Bitch", segundo corte y cuarto sencillo, prosigue en su habitual senda intimista y melódica, pero es más conservadora en su interpretación, sustentada en la guitarra acústica de Dan Rothman y el piano de Dot Major. A lo largo del tema encontramos algún instrumento más (en esencia teclados reposados que llevan los acordes), pero al final todo depende, como de costumbre, de su trabajada composición (una larga estrofa, un puente claramente separado, un estribillo melancólico y una parte nueva en una progresión armónica diferente). Que vuelve a ser meritoria, pero que evoca una calma que hace que empiecen a aparecer los inconvenientes a los que aludía al principio. "You And I" es su último sencillo hasta la fecha, y vuelve a ser una canción notable, aunque en un registro demasiado parecido a su predecesora. A paliar la similitud entre ambas ayuda algún sampling esporádico y un teclado juguetón de original arpegio. El resto es tan efectivo como conocido: batería acústica, la steel guitar de Rothman, y una sección de cuerda muy presente, con protagonismo especial en la parte nueva. Afortunadamente la composición vuelve a ser intechable, y el cambio en la progresión armónica de la segunda mitad de su estribillo, el más llamativo detalle de esa brillantez compositiva.
Al menos "LA", su cuarto corte, arranca con una caja de ritmos y unos teclados más originales que sus dos predecesoras. Pero la propuesta vuelve a ser la misma: pausa, profundidad, elegancia, brillantez interpretativa, sección de cuerda... Una vez más la composición vuelve a ser lo mejor de la canción, junto a la forma en la que Hannah Reid se desdobla la voz en múltiples tomas hasta lograr un resultado espectacular, y al tramo instrumental final, en el que el productor Tim Bran se luce a la hora de crear una atmósfera ominosa. Curiosamente las alusiones a la ciudad de Los Ángeles de su letra no caen en tópicos californianos, sino que nos cuentan el estado del ánimo del trío tras pasar unos días allí. "Ordinary Life" podría haber sido perfectamente otro sencillo escogido por su refinamiento y su calidad, pero incide en ese hándicap al que me refería antes: lo que propone es muy similar a lo de casi todas sus predecesoras. Además, aquí el estribillo no es tan destacable (más allá del cambio en la progresión armónica y el sintetizador que contrasta con la guitarra y la sección de cuerda), pero las estrofas y el puente sí que destacan por sí mismas. "Santa Fe" vuelve a inspirarse en otra ciudad del Oeste de Estados Unidos y vuelve a proponernos otro momento reposado, con un interesante arpegio de guitarra y un teclado cuyas notas en los tramos instrumentales seguramente les recordarán al de los afiladores que hasta hace poco aún recorrían pueblos y ciudades de España. Las estrofas me parecen fantásticas; el estribillo, agradable sin más. Y la propuesta, pues más de lo mismo.
"Kind of Man", séptimo corte, se construye sobre un arpegio de guitarra de Rothman efectivo pero que puede terminar cansando tras tantas repeticiones en estrofas y estribillos (es seguramente la progresión armónica más floja del álbum), por lo que resulta extraño que fuera escogida como uno de los momentos álgidos del disco. La batería de Major, con su ritmo sincopado, es la pequeña nota de originalidad que ofrece el tema, si bien en directo Reid altera un tanto la interpretación vocal y la hace crecer en cierta medida. "Rescue", con el omnipresente piano de Major aderezado desde el mismo comienzos por efectos sonoros, por fin altera un poco la propuesta con un tempo un poquito más alto y una programación más moderna. Aunque se trata de una de las composiciones menos inspiradas del disco: no en sus estrofas, largas y trabajadas, sino en un estribillo que es simplemente una secuencia tras otra de "na na nas" sin más sustancia; algo que su parte nueva, de las más livianas del disco, tampoco termina de contrarrestar. Sea por esa simpleza o porque el tema lo merece, el caso es que cuando por fin llega "Into Gold" el subidón es inevitable. Noveno corte y tercer sencillo, además del tema más largo de la colección, no es que su propuesta sea radicalmente diferente. Pero sí que la desolación que traslada la excelente interpretación vocal de Reid se apoya desde el mismo comienzo en un sintetizador "lead" más que en el tradicional piano. Y cuando su formidable estribillo en notas altas es remachado por loops vocales distorsionados, ya sí que nos convencemos de que esta vez el trío sí que va en serio a por esos nuevos sonidos. El bombo de la segunda estrofa confirma un tempo más alto, y su segundo estribillo sin percusión ya anuncia un crescendo que arranca con el sintetizador más estridente de todo el álbum. Lo que sigue es más de un minuto instrumental apto para bailar gracias a un colchón sonoro que hace guiños a algunos de los mejores hallazgos de la música techno. Aunque sin perder ni un ápice de su personalidad.
La edición estándar la cierra "The Greatest Love", el tema que da título al álbum. Y que, ahora sí que procede, ralentiza de nuevo el tempo y nos propone una balada con tintes épicos que no desentonaría en el repertorio de Florence + The Machine. De nuevo asistimos a una estupenda interpretación de Reid, un cambio de tonalidad entre medias de su segunda estrofa que enriquece la composición, una instrumentación efectiva dentro de su convencionalismo, un apoteósico tramo final, y una curiosa ambivalencia en su letra, que no se sabe si defiende o cosifica a las mujeres. "Players and Losers" es el primero de esos dos temas adicionales que enriquecen la versión deluze, algo que queda patente desde el singular arpegio de no se sabe muy bien qué instrumento, pero que lleva el ritmo sin necesidad apenas de otra clase de percusión. Una vez más disfrutamos de otra bonita composición de principio a fin. Un detalle adicional a su favor es el juego de voces deconstruidas y sampleadas que arropan su estribillo y parte de las estrofas. Pero la joya que, junto con "Into Gold", encierra el álbum en mi opinión es un "Keep On Dreaming" al que sólo el exceso de celo por no salirse de la línea estilística principal puede explicar su exclusión del tracklist estándar. Un ejercicio coral de optimismo, luminoso de principio a fin, con un precioso teclado que interpreta un arpegio de puro house, una percusión sencillísima a base de un bombo que se basta y se sobra para llevar el ritmo, y un estribillo en notas altas absolutamente pegadizo como principales bazas. Sólo le falta terminar de explotar en su tramo final para haberse convertido en uno de los temas de cabecera de la banda. Por último, el tercer añadido de la edición deluxe es la versión demo de "House". Que aparte de interesante como curiosidad, llama la atención por lo elaborada de su instrumentación para tratarse de una demo: hasta muchas de las frases de Reid están dobladas con una reverberación precisa, que no se obtiene precisamente en una primera toma. Y que cierra así el álbum de la misma forma que lo abría.
Al final llama la atención cómo ese pequeño paso al frente termina por hacer justicia a una de las bandas más injustamente infravaloradas hasta ahora del panorama musical contemporáneo. Porque desde hace años sabemos que se trata de tres excelentes instrumentistas, con una vocalista maravillosa en su registro, y una ambición por crear temas de un pop barroco e intemporal que prime la calidad por encima de cualquier otra consideración. Algo que se les ha venido reconociendo en su país de origen, donde todos sus álbumes han alcanzado al menos el Top 3, incluido este "The Greatest Love" que los ha acercado aunque sea tímidamente a sonidos más actuales. Me imagino que este pequeño paso adelante en su registro no pasará de una curiosidad en su próxima entrega, viendo el poco protagonismo que le han conferido al mismo. En todo caso, mientras que mantengan su talento creativo y su gusto por la música con mayúsculas al margen de modas, seguirán siendo absolutamente recomendables. Aun cuando no siempre apetezca escucharlos.
Eso sí, como habrán visto al comienzo, la reseña de hoy se refiere a la edición deluxe de "The Greatest Love". Pues es precisamente en los dos temas adicionales que contiene donde más arriesga el trío, no tanto en lo musical como en la búsqueda de otras emociones que no suelen surgir en la mayoría de esas canciones. Y es ese acercamiento al pop luminoso, a los ritmos ligeramente bailables, a las texturas más electrónicas, lo que oxigena el conjunto y lo hace apto para múltiples escuchas independientemente de nuestro estado ánimo. Aunque claro, como imaginan los temas extra se encuentran justo al final de la edición "estándar", por lo que para llegar a esa amplitud de miras hay que atravesar otras diez canciones que individualmente son irreprochables, pero que se pueden hacer un poco cuesta arriba; habría sido mucho mejor que estuvieran entremezcladas con el resto de temas.
"House" es el tema que abre el disco, y también su indiscutible momento estrella, pues fue escogido como primer sencillo. Con respecto a entregas anteriores del trío, este reencuentro mantiene intacta su personalidad, pero potencia la componente electrónica, con ese ritmo de drum & bass que consiguen acomodar con el arpegio de guitarra acústica del estribillo, en un saludable ejercicio de contemporaneidad. De hecho, en sus calmadas estrofas también hay espacio para efectos y teclados juguetones. El estribillo es notable; la etérea parte nueva en tonas altas, meritoria, los giros en la melodía en las repeticiones finales del estribillo, evidencias de lo elaborada que está la composición, y la interpretación del trío, tan solvente como acostumbra: una gran canción. "Fakest Bitch", segundo corte y cuarto sencillo, prosigue en su habitual senda intimista y melódica, pero es más conservadora en su interpretación, sustentada en la guitarra acústica de Dan Rothman y el piano de Dot Major. A lo largo del tema encontramos algún instrumento más (en esencia teclados reposados que llevan los acordes), pero al final todo depende, como de costumbre, de su trabajada composición (una larga estrofa, un puente claramente separado, un estribillo melancólico y una parte nueva en una progresión armónica diferente). Que vuelve a ser meritoria, pero que evoca una calma que hace que empiecen a aparecer los inconvenientes a los que aludía al principio. "You And I" es su último sencillo hasta la fecha, y vuelve a ser una canción notable, aunque en un registro demasiado parecido a su predecesora. A paliar la similitud entre ambas ayuda algún sampling esporádico y un teclado juguetón de original arpegio. El resto es tan efectivo como conocido: batería acústica, la steel guitar de Rothman, y una sección de cuerda muy presente, con protagonismo especial en la parte nueva. Afortunadamente la composición vuelve a ser intechable, y el cambio en la progresión armónica de la segunda mitad de su estribillo, el más llamativo detalle de esa brillantez compositiva.
Al menos "LA", su cuarto corte, arranca con una caja de ritmos y unos teclados más originales que sus dos predecesoras. Pero la propuesta vuelve a ser la misma: pausa, profundidad, elegancia, brillantez interpretativa, sección de cuerda... Una vez más la composición vuelve a ser lo mejor de la canción, junto a la forma en la que Hannah Reid se desdobla la voz en múltiples tomas hasta lograr un resultado espectacular, y al tramo instrumental final, en el que el productor Tim Bran se luce a la hora de crear una atmósfera ominosa. Curiosamente las alusiones a la ciudad de Los Ángeles de su letra no caen en tópicos californianos, sino que nos cuentan el estado del ánimo del trío tras pasar unos días allí. "Ordinary Life" podría haber sido perfectamente otro sencillo escogido por su refinamiento y su calidad, pero incide en ese hándicap al que me refería antes: lo que propone es muy similar a lo de casi todas sus predecesoras. Además, aquí el estribillo no es tan destacable (más allá del cambio en la progresión armónica y el sintetizador que contrasta con la guitarra y la sección de cuerda), pero las estrofas y el puente sí que destacan por sí mismas. "Santa Fe" vuelve a inspirarse en otra ciudad del Oeste de Estados Unidos y vuelve a proponernos otro momento reposado, con un interesante arpegio de guitarra y un teclado cuyas notas en los tramos instrumentales seguramente les recordarán al de los afiladores que hasta hace poco aún recorrían pueblos y ciudades de España. Las estrofas me parecen fantásticas; el estribillo, agradable sin más. Y la propuesta, pues más de lo mismo.
"Kind of Man", séptimo corte, se construye sobre un arpegio de guitarra de Rothman efectivo pero que puede terminar cansando tras tantas repeticiones en estrofas y estribillos (es seguramente la progresión armónica más floja del álbum), por lo que resulta extraño que fuera escogida como uno de los momentos álgidos del disco. La batería de Major, con su ritmo sincopado, es la pequeña nota de originalidad que ofrece el tema, si bien en directo Reid altera un tanto la interpretación vocal y la hace crecer en cierta medida. "Rescue", con el omnipresente piano de Major aderezado desde el mismo comienzos por efectos sonoros, por fin altera un poco la propuesta con un tempo un poquito más alto y una programación más moderna. Aunque se trata de una de las composiciones menos inspiradas del disco: no en sus estrofas, largas y trabajadas, sino en un estribillo que es simplemente una secuencia tras otra de "na na nas" sin más sustancia; algo que su parte nueva, de las más livianas del disco, tampoco termina de contrarrestar. Sea por esa simpleza o porque el tema lo merece, el caso es que cuando por fin llega "Into Gold" el subidón es inevitable. Noveno corte y tercer sencillo, además del tema más largo de la colección, no es que su propuesta sea radicalmente diferente. Pero sí que la desolación que traslada la excelente interpretación vocal de Reid se apoya desde el mismo comienzo en un sintetizador "lead" más que en el tradicional piano. Y cuando su formidable estribillo en notas altas es remachado por loops vocales distorsionados, ya sí que nos convencemos de que esta vez el trío sí que va en serio a por esos nuevos sonidos. El bombo de la segunda estrofa confirma un tempo más alto, y su segundo estribillo sin percusión ya anuncia un crescendo que arranca con el sintetizador más estridente de todo el álbum. Lo que sigue es más de un minuto instrumental apto para bailar gracias a un colchón sonoro que hace guiños a algunos de los mejores hallazgos de la música techno. Aunque sin perder ni un ápice de su personalidad.
La edición estándar la cierra "The Greatest Love", el tema que da título al álbum. Y que, ahora sí que procede, ralentiza de nuevo el tempo y nos propone una balada con tintes épicos que no desentonaría en el repertorio de Florence + The Machine. De nuevo asistimos a una estupenda interpretación de Reid, un cambio de tonalidad entre medias de su segunda estrofa que enriquece la composición, una instrumentación efectiva dentro de su convencionalismo, un apoteósico tramo final, y una curiosa ambivalencia en su letra, que no se sabe si defiende o cosifica a las mujeres. "Players and Losers" es el primero de esos dos temas adicionales que enriquecen la versión deluze, algo que queda patente desde el singular arpegio de no se sabe muy bien qué instrumento, pero que lleva el ritmo sin necesidad apenas de otra clase de percusión. Una vez más disfrutamos de otra bonita composición de principio a fin. Un detalle adicional a su favor es el juego de voces deconstruidas y sampleadas que arropan su estribillo y parte de las estrofas. Pero la joya que, junto con "Into Gold", encierra el álbum en mi opinión es un "Keep On Dreaming" al que sólo el exceso de celo por no salirse de la línea estilística principal puede explicar su exclusión del tracklist estándar. Un ejercicio coral de optimismo, luminoso de principio a fin, con un precioso teclado que interpreta un arpegio de puro house, una percusión sencillísima a base de un bombo que se basta y se sobra para llevar el ritmo, y un estribillo en notas altas absolutamente pegadizo como principales bazas. Sólo le falta terminar de explotar en su tramo final para haberse convertido en uno de los temas de cabecera de la banda. Por último, el tercer añadido de la edición deluxe es la versión demo de "House". Que aparte de interesante como curiosidad, llama la atención por lo elaborada de su instrumentación para tratarse de una demo: hasta muchas de las frases de Reid están dobladas con una reverberación precisa, que no se obtiene precisamente en una primera toma. Y que cierra así el álbum de la misma forma que lo abría.
Al final llama la atención cómo ese pequeño paso al frente termina por hacer justicia a una de las bandas más injustamente infravaloradas hasta ahora del panorama musical contemporáneo. Porque desde hace años sabemos que se trata de tres excelentes instrumentistas, con una vocalista maravillosa en su registro, y una ambición por crear temas de un pop barroco e intemporal que prime la calidad por encima de cualquier otra consideración. Algo que se les ha venido reconociendo en su país de origen, donde todos sus álbumes han alcanzado al menos el Top 3, incluido este "The Greatest Love" que los ha acercado aunque sea tímidamente a sonidos más actuales. Me imagino que este pequeño paso adelante en su registro no pasará de una curiosidad en su próxima entrega, viendo el poco protagonismo que le han conferido al mismo. En todo caso, mientras que mantengan su talento creativo y su gusto por la música con mayúsculas al margen de modas, seguirán siendo absolutamente recomendables. Aun cuando no siempre apetezca escucharlos.
martes, 24 de diciembre de 2024
Rüfüs Du Sol - "Inhale/Exhale" (2024)
Hoy les traigo una nueva reseña de una de las bandas habituales de este humilde blog. Se trata del trío australiano Rüfüs Du Sol (hasta hace unos años conocido simplemente como Rüfüs), que han regresado hace unas semanas a la actualidad con el que es ya su quinto álbum de estudio: "Inhale/Exhale". Tres años han transcurrido desde ese "Surrender" (2021) que se enmarcaba una vez más en sus patrones habituales: personalidad musical marcada, buen nivel medio de sus canciones, homogeneidad estilística (algo más de lo deseable), y algún que otro momento estelar. Algo a lo que ya nos tienen acostumbrados los de Sydney, y que los sencillos que fueron anticipando esta nueva entrega se encargaron de refrendar de nuevo. La novedad en este caso hubo que buscarla en el tracklist que dieron a conocer semanas antes de la publicación del álbum: nada menos que quince canciones y casi una hora de música, su disco más largo con diferencia hasta la fecha. La pregunta que surgió entonces era inevitable: ¿habían dado estos tres años para ese derroche creativo, o simplemente se habían mostrado menos exigentes a la hora de seleccionar los entre nueve y once temas que componían cada uno de sus álbumes anteriores?
Pues la respuesta admite tanto un sí como un no. Porque es cierto que hay más momentos álgidos que en otras entregas de la banda, e incluso dos o tres canciones con una mayor variedad estilística que en cualquiera de ellas. Pero para bien o para mal, siguen fieles a ese sonido tan acusadamente homogéneo que tiende a perjudicarles en álbumes completos, y la sensación de que hay la inspiración no ha estado siempre al mismo nivel se hace presente en su segunda mitad. Por lo cual el disco vuelve a ser una baza segura para quienes gusten de su pop-dance elegante y bien instrumentado, pero no llega a dar el aldabonazo que seguramente ellos esperaban (de hecho, a nivel ventas se trata de su disco más flojo hasta la fecha, no ha subido del Top 3 en su país de origen, cuando son uno de los grupos más populares por aquellos lares). En todo caso, sus quince cortes presentan un balance claramente favorable, y dan para un análisis pormenorizado.
Podría pensarse que el tema de inicio, "Inhale", de menos de dos minutos y con un mensaje que claramente pretende dar comienzo a la experiencia sonora, es poco más que una intro. Sin embargo, se trata de una excelente composición, oscura y envolvente, con su estrofa y su estribillo claramente diferenciados. Tanto, que da rabia que los de Sydney no se hayan decidido a convertirlo en una canción completa, agregándole su ritmo cuaternario y sus crescendos, porque sin duda lo merece. Afortunadamente, el corte que le sigue, "Lately", también segundo sencillo, es otro momento notable: también oscuro, también envolvente, también tarda hasta casi el final del primer estribillo en entrar su batería. Pero el sintetizador infeccioso de su estribillo ya nos había embaucado, así como los efectos de la percusión electrónica que van adornando la segunda estrofa. No hay parte nueva, pero el tramo instrumental casi desnudo, con protagonismo especial para el sampling femenino, que prepara el crescendo para las repeticiones finales del estribillo, está logrado. Si bien el tema no termina de crecer todo lo que apuntaba, quizá por lo limitado de su estribillo. El comienzo de "Breathe" es excelente, con ese sintetizador en cascada que da paso a otro más discreto que lleva los acordes, y justo después a la voz de Tyrone Lindqvist. De nuevo un tema "marca de la casa", sus continuas paradas, sus teclados chirriantes y sus efectivos crescendos lo convierten en un potencial candidato a quinto sencillo, aun cuando es cierto que su estribillo peca de excesivamente simple. A continuación nos encontramos con el sencillo que anticipó el álbum: "Music Is Better" son cuatro minutos de puro hedonismo y un vídeo-clip mareante, ahora sí con un estribillo más elaborado, pero que desgraciadamente los australianos se encargan de repetir más de la cuenta. No se olvidan, por supuesto, de su habitual carrusel de instrumentos que van y vienen, pero esa repetición excesiva de los estribillos, y una letra excesivamente simple, se antojan innegables indicios de que para tratarse del supuesto tema estrella del álbum, se queda un poco corto.
Más meritorio me parece "Levitating", quinto corte y uno de los momentos álgidos de "Inhale/Exhale". En esta ocasión, el trío baja el tempo, recurre a otro sampling muy adecuado (coral en este caso), aumenta el tenebrismo con una singular percusión que rehúye del tradicional ritmo cuaternario (hasta redobles encontramos antes de la repetición final del estribillo), y remata el conjunto con un Lindqvist que fuerza la voz al máximo en una compleja melodía de notas altas. El balsámico teclado que aparece en la segunda estrofa, tan meritorio que parece casi una guitarra, confirma que los australianos también saben explorar nuevos terrenos, si parten, como es el caso, de una buena composición, y tienen claro a dónde la quieren llevar. El festival continúa con "Break My Love", que deja atrás experimentos y se erige probablemente en la mejor canción del disco. Sabiamente elegida como tercer sencillo, una vez más es el sampling con el que arranca y que la vertebra la evidencia de que el trío opta habitualmente por pocos instrumentos y sonidos para sus canciones, pero los escoge certeramente. Bailable y refinado, sus estrofas son de las mejores que los australianos han compuesto jamás. Y la habilidad con la que preparan el terreno para su disfrutable estribillo, más que notable. Además, por fin nos ofrecen una parte nueva diferente, aunque en realidad no alteran la progresión armónica. Solamente la letra peca, como en otras ocasiones, de sencilla para lo que el resto del tema propone. "In The Moment", séptimo corte, retoma tímidamente esa senda experimental ya mencionada, pero sin dejar de lado el pop bailable y cantable que les caracteriza. Empezando por una progresión armónica que, si se fijan, en su comienzo y estrofas recordará a algunos de los giros de nuestro flamenco. Pero su estribillo ya es un puro llenapistas, sirviéndose de un teclado preeminente que recordará a los sonidos de los DJs más comerciales. La típica parada para coger fuerzas se sale de lo habitual en el trío gracias a ese sampling de voces femeninas negras que le añaden, y que hace que el tema crezca lo suficiente hasta el final. Por desgracia, tras estos siete temas entre lo notable y lo sobresaliente, llega el primer tema menor del disco: "New York" es una canción bastante lenta, lo que por sí no es malo, pero sigue sonando a Rüfüs gracias a esa percusión de factoría industrial y a ese arpegio de teclado que es casi un nenúfar que irán distorsionando a gusto. La melodía es agradable y suficientemente elaborada, los coros femeninos ("I see the ligth in your eyes..."), reparadores, y la intención de adentrarse en otros terrenos, innegable. Pero el resultado evidencia que estos registros no son los mejores para los australianos. Y menos cuando deciden ubicar una canción así justo en el ecuador del álbum.
Aunque con "The Life" recuperan tempo y estilo, el resto del álbum ya no es igual de meritorio que su primera mitad. La atmósfera envolvente, casi espacial en este caso, sigue ahí, así como las percusiones abundantes, la melodía de notas altas, el sampling hacia la mitad del tema... Todo es reconocible. Pero el ritmo cuaternario, escaso de bombo, hace que la canción no se decante entre un momento intimista para nuestro dormitorio o un trallazo para nuestra pista de baile, y la cosa se queda en un correcto término medio (a pesar de que compositivamente es uno de los momentos más trabajados). "Pressure" está más definida, y por tanto resulta más lograda. Tanto, que recientemente ha sido escogida como cuarto sencillo. Una melodía de frases larguísimas en las estrofas (poniendo a prueba la capacidad pulmonar de Lindqvist), y una guitarra rítmica en el estribillo tan distorsionada que parece un sintetizador, son los elementos más singulares de otra buena canción, presidida por esa oscuridad creciente tan característica, y al mismo tiempo tan poco original, en un tema al que le sobra algo de minutaje. "Fire / Desire" es otra de esas canciones de los australianos que podrían pertenecer a cualquier disco y que podríamos haber escuchado ya decenas de veces con anterioridad. Todo correcto, todo disfrutable... todo previsible... hasta ese ritmo tan poco contundente que juega en su contra. "Edge of the Earth" se mueve por territorios muy similares a la anterior, pero ofrece un estribillo en falsete deudor de la época de la música disco, que marida sorprendetemente bien con las atmósferas expansivas y los teclados sintéticos del trío. La steel guitar que rellena su espartana parte media también le añade algo de singularidad, y el sencillo ritmo binario potencia sus virtudes, en lo que para mí constituye el último momento notable del disco.
Porque "Standing at the Gates", décimo tercer corte, es meritorio desde el punto de vista exploratorio: un momento reposado hasta el extremo de contar con una viola en sus escuetas estrofas, original en una percusión electrónica que se sale de los ritmos convencionales, y delicada gracias a ese teclado líquido que hace las veces de piano de cola en esta balada futurista. Pero nuevamente demuestra que los australianos tienen tablas para salir airosos de este tipo de probaturas, pero no es el registro en el que dan lo mejor de sí mismos, y el conjunto resulta un tanto anodino. "Belong", penúltimo corte, ahora sí con toda una sección de cuerda desde el comienzo, es la canción más larga del álbum, un curioso intento de casar clasicismo musical con un arpegio de bajo sintetizado propio de la música de baile de los noventa. Saludable desde el punto de vista experimental, no tanto desde un resultado al que le falta cierta continuidad a lo largo de su extensión, y que no aporta la originalidad suficiente como para resultar disfrutable por sí misma a estas alturas del disco (aunque seguramente si figurara, por ejemplo, en lugar de "Music Is Better", recibiría mayores elogios). Y "Exhale" pone el cierre con una progresión armónica curiosamente colorista y la mayor cantidad de efectos sobre la voz de Lindqvist, cambiada de tono y postprocesada para luego superponerla a la original. En lo que de nuevo constituye un intento de lograr una mayor originalidad en su sonido, pero que nuevamente queda en tierra de nadie, pues ni funciona en la pista de baile ni sube el ánimo en una lluviosa tarde de otoño, dejando finalmente un sabor de boca menos bueno del que deberían estos quince cortes.
Y es que no hay que olvidar que en "Inhale/Exhale" hay nada menos que nueve o diez momentos que merecen reconocimiento. Y eso es más que en cualquier otro álbum suyo, desde luego más que en la inmensa mayoría de álbumes actuales, y algo no demasiado habitual en artistas cuya trayectoria ya es lo suficientemente extensa. El problema es la aparente repetición en la fórmula: incluso aunque los samplings estén muy bien escogidos, aunque las percusiones se intenten adecuar a cada composición, aunque cada tema posea sus propios sonidos sintetizados... Todo termina por sonar parecido, y los esfuerzos por introducir cierta experimentación no terminan de cuajar en la mayoría de los casos, por lo que el supuesto derroche creativo de esta quinta entrega queda diluido. Además, falta un tema de postín que tire de todo el conjunto, y la sensación predominante tras repetidas escuchas es que estamos ante un disco que podría no ser el más reciente de la banda sino cualquiera de los anteriores (más largo y ambicioso, eso sí). Todo lo cual por sí no es malo, ya que se trata de una de las bandas más solventes de la música de baile actual, y sus señas de identidad son un valor seguro al margen de modas. Pero el tiempo de que den el salto a ese grupo de éxito masivo a nivel mundial (a nivel de crítica pero también de público) va pasando y siguen sin alcanzar aquello a lo que parecían aspirar. En todo caso, un álbum recomendable, sobre todo si no se consume en una única sesión.
Pues la respuesta admite tanto un sí como un no. Porque es cierto que hay más momentos álgidos que en otras entregas de la banda, e incluso dos o tres canciones con una mayor variedad estilística que en cualquiera de ellas. Pero para bien o para mal, siguen fieles a ese sonido tan acusadamente homogéneo que tiende a perjudicarles en álbumes completos, y la sensación de que hay la inspiración no ha estado siempre al mismo nivel se hace presente en su segunda mitad. Por lo cual el disco vuelve a ser una baza segura para quienes gusten de su pop-dance elegante y bien instrumentado, pero no llega a dar el aldabonazo que seguramente ellos esperaban (de hecho, a nivel ventas se trata de su disco más flojo hasta la fecha, no ha subido del Top 3 en su país de origen, cuando son uno de los grupos más populares por aquellos lares). En todo caso, sus quince cortes presentan un balance claramente favorable, y dan para un análisis pormenorizado.
Podría pensarse que el tema de inicio, "Inhale", de menos de dos minutos y con un mensaje que claramente pretende dar comienzo a la experiencia sonora, es poco más que una intro. Sin embargo, se trata de una excelente composición, oscura y envolvente, con su estrofa y su estribillo claramente diferenciados. Tanto, que da rabia que los de Sydney no se hayan decidido a convertirlo en una canción completa, agregándole su ritmo cuaternario y sus crescendos, porque sin duda lo merece. Afortunadamente, el corte que le sigue, "Lately", también segundo sencillo, es otro momento notable: también oscuro, también envolvente, también tarda hasta casi el final del primer estribillo en entrar su batería. Pero el sintetizador infeccioso de su estribillo ya nos había embaucado, así como los efectos de la percusión electrónica que van adornando la segunda estrofa. No hay parte nueva, pero el tramo instrumental casi desnudo, con protagonismo especial para el sampling femenino, que prepara el crescendo para las repeticiones finales del estribillo, está logrado. Si bien el tema no termina de crecer todo lo que apuntaba, quizá por lo limitado de su estribillo. El comienzo de "Breathe" es excelente, con ese sintetizador en cascada que da paso a otro más discreto que lleva los acordes, y justo después a la voz de Tyrone Lindqvist. De nuevo un tema "marca de la casa", sus continuas paradas, sus teclados chirriantes y sus efectivos crescendos lo convierten en un potencial candidato a quinto sencillo, aun cuando es cierto que su estribillo peca de excesivamente simple. A continuación nos encontramos con el sencillo que anticipó el álbum: "Music Is Better" son cuatro minutos de puro hedonismo y un vídeo-clip mareante, ahora sí con un estribillo más elaborado, pero que desgraciadamente los australianos se encargan de repetir más de la cuenta. No se olvidan, por supuesto, de su habitual carrusel de instrumentos que van y vienen, pero esa repetición excesiva de los estribillos, y una letra excesivamente simple, se antojan innegables indicios de que para tratarse del supuesto tema estrella del álbum, se queda un poco corto.
Más meritorio me parece "Levitating", quinto corte y uno de los momentos álgidos de "Inhale/Exhale". En esta ocasión, el trío baja el tempo, recurre a otro sampling muy adecuado (coral en este caso), aumenta el tenebrismo con una singular percusión que rehúye del tradicional ritmo cuaternario (hasta redobles encontramos antes de la repetición final del estribillo), y remata el conjunto con un Lindqvist que fuerza la voz al máximo en una compleja melodía de notas altas. El balsámico teclado que aparece en la segunda estrofa, tan meritorio que parece casi una guitarra, confirma que los australianos también saben explorar nuevos terrenos, si parten, como es el caso, de una buena composición, y tienen claro a dónde la quieren llevar. El festival continúa con "Break My Love", que deja atrás experimentos y se erige probablemente en la mejor canción del disco. Sabiamente elegida como tercer sencillo, una vez más es el sampling con el que arranca y que la vertebra la evidencia de que el trío opta habitualmente por pocos instrumentos y sonidos para sus canciones, pero los escoge certeramente. Bailable y refinado, sus estrofas son de las mejores que los australianos han compuesto jamás. Y la habilidad con la que preparan el terreno para su disfrutable estribillo, más que notable. Además, por fin nos ofrecen una parte nueva diferente, aunque en realidad no alteran la progresión armónica. Solamente la letra peca, como en otras ocasiones, de sencilla para lo que el resto del tema propone. "In The Moment", séptimo corte, retoma tímidamente esa senda experimental ya mencionada, pero sin dejar de lado el pop bailable y cantable que les caracteriza. Empezando por una progresión armónica que, si se fijan, en su comienzo y estrofas recordará a algunos de los giros de nuestro flamenco. Pero su estribillo ya es un puro llenapistas, sirviéndose de un teclado preeminente que recordará a los sonidos de los DJs más comerciales. La típica parada para coger fuerzas se sale de lo habitual en el trío gracias a ese sampling de voces femeninas negras que le añaden, y que hace que el tema crezca lo suficiente hasta el final. Por desgracia, tras estos siete temas entre lo notable y lo sobresaliente, llega el primer tema menor del disco: "New York" es una canción bastante lenta, lo que por sí no es malo, pero sigue sonando a Rüfüs gracias a esa percusión de factoría industrial y a ese arpegio de teclado que es casi un nenúfar que irán distorsionando a gusto. La melodía es agradable y suficientemente elaborada, los coros femeninos ("I see the ligth in your eyes..."), reparadores, y la intención de adentrarse en otros terrenos, innegable. Pero el resultado evidencia que estos registros no son los mejores para los australianos. Y menos cuando deciden ubicar una canción así justo en el ecuador del álbum.
Aunque con "The Life" recuperan tempo y estilo, el resto del álbum ya no es igual de meritorio que su primera mitad. La atmósfera envolvente, casi espacial en este caso, sigue ahí, así como las percusiones abundantes, la melodía de notas altas, el sampling hacia la mitad del tema... Todo es reconocible. Pero el ritmo cuaternario, escaso de bombo, hace que la canción no se decante entre un momento intimista para nuestro dormitorio o un trallazo para nuestra pista de baile, y la cosa se queda en un correcto término medio (a pesar de que compositivamente es uno de los momentos más trabajados). "Pressure" está más definida, y por tanto resulta más lograda. Tanto, que recientemente ha sido escogida como cuarto sencillo. Una melodía de frases larguísimas en las estrofas (poniendo a prueba la capacidad pulmonar de Lindqvist), y una guitarra rítmica en el estribillo tan distorsionada que parece un sintetizador, son los elementos más singulares de otra buena canción, presidida por esa oscuridad creciente tan característica, y al mismo tiempo tan poco original, en un tema al que le sobra algo de minutaje. "Fire / Desire" es otra de esas canciones de los australianos que podrían pertenecer a cualquier disco y que podríamos haber escuchado ya decenas de veces con anterioridad. Todo correcto, todo disfrutable... todo previsible... hasta ese ritmo tan poco contundente que juega en su contra. "Edge of the Earth" se mueve por territorios muy similares a la anterior, pero ofrece un estribillo en falsete deudor de la época de la música disco, que marida sorprendetemente bien con las atmósferas expansivas y los teclados sintéticos del trío. La steel guitar que rellena su espartana parte media también le añade algo de singularidad, y el sencillo ritmo binario potencia sus virtudes, en lo que para mí constituye el último momento notable del disco.
Porque "Standing at the Gates", décimo tercer corte, es meritorio desde el punto de vista exploratorio: un momento reposado hasta el extremo de contar con una viola en sus escuetas estrofas, original en una percusión electrónica que se sale de los ritmos convencionales, y delicada gracias a ese teclado líquido que hace las veces de piano de cola en esta balada futurista. Pero nuevamente demuestra que los australianos tienen tablas para salir airosos de este tipo de probaturas, pero no es el registro en el que dan lo mejor de sí mismos, y el conjunto resulta un tanto anodino. "Belong", penúltimo corte, ahora sí con toda una sección de cuerda desde el comienzo, es la canción más larga del álbum, un curioso intento de casar clasicismo musical con un arpegio de bajo sintetizado propio de la música de baile de los noventa. Saludable desde el punto de vista experimental, no tanto desde un resultado al que le falta cierta continuidad a lo largo de su extensión, y que no aporta la originalidad suficiente como para resultar disfrutable por sí misma a estas alturas del disco (aunque seguramente si figurara, por ejemplo, en lugar de "Music Is Better", recibiría mayores elogios). Y "Exhale" pone el cierre con una progresión armónica curiosamente colorista y la mayor cantidad de efectos sobre la voz de Lindqvist, cambiada de tono y postprocesada para luego superponerla a la original. En lo que de nuevo constituye un intento de lograr una mayor originalidad en su sonido, pero que nuevamente queda en tierra de nadie, pues ni funciona en la pista de baile ni sube el ánimo en una lluviosa tarde de otoño, dejando finalmente un sabor de boca menos bueno del que deberían estos quince cortes.
Y es que no hay que olvidar que en "Inhale/Exhale" hay nada menos que nueve o diez momentos que merecen reconocimiento. Y eso es más que en cualquier otro álbum suyo, desde luego más que en la inmensa mayoría de álbumes actuales, y algo no demasiado habitual en artistas cuya trayectoria ya es lo suficientemente extensa. El problema es la aparente repetición en la fórmula: incluso aunque los samplings estén muy bien escogidos, aunque las percusiones se intenten adecuar a cada composición, aunque cada tema posea sus propios sonidos sintetizados... Todo termina por sonar parecido, y los esfuerzos por introducir cierta experimentación no terminan de cuajar en la mayoría de los casos, por lo que el supuesto derroche creativo de esta quinta entrega queda diluido. Además, falta un tema de postín que tire de todo el conjunto, y la sensación predominante tras repetidas escuchas es que estamos ante un disco que podría no ser el más reciente de la banda sino cualquiera de los anteriores (más largo y ambicioso, eso sí). Todo lo cual por sí no es malo, ya que se trata de una de las bandas más solventes de la música de baile actual, y sus señas de identidad son un valor seguro al margen de modas. Pero el tiempo de que den el salto a ese grupo de éxito masivo a nivel mundial (a nivel de crítica pero también de público) va pasando y siguen sin alcanzar aquello a lo que parecían aspirar. En todo caso, un álbum recomendable, sobre todo si no se consume en una única sesión.
miércoles, 27 de noviembre de 2024
Feeder - "Black / Red" (2024)
Con la presente entrada vuelvo a traerles por aquí a unos viejos conocidos del blog: los galeses Feeder, que, pese a que sólo han transcurrido un par de años desde su última entrega ("Torpedo", 2022), hace unos meses han publicado el que es ya su duodécimo álbum de estudio: "Black / Red". Reducidos desde hace tiempo a dúo, en realidad es poco más que el proyecto en solitario de Grant Nicholas, compositor, guitarrista y cantante de todos los temas, acompañado por su bajista de siempre, el solvente Taka Hirose. Aunque llevan ya casi treinta años en activo, esta última entrega constituye una novedad en su discografía: estamo ante su primer disco doble. En un tiempo en el que las canciones cada vez se acortan más y los álbumes son cada vez más cortos, Nicholas ha optado por ir contra corriente y entregar nada menos que dieciocho nuevas composiciones. Una decisión arriesgada y que suscita la pregunta inevitable: ¿de verdad había material para tantos cortes?
Me temo que la respuesta es un sí y no. Indudablemente Feeder lleva décadas siendo una de las bandas más solventes del rock internacional, y el nivel medio de sus discos nunca ha flaqueado en exceso, gracias al innegable torrente creativo de Nicholas. Pero indudablemente su personalidad musical ya está muy definida a estas alturas, y el margen para experimentar y evolucionar es pequeño, por lo que salvo que las composiciones fueran prácticamente todas excelentes, un disco tan extenso se haría forzosamente un poco pesado. En parte es el caso de este "Black / Red": lo que encierra no es ninguna sorpresa para los que conocemos su trayecotria, y aunque en general las canciones poseen un buen nivel medio, probablemente un disco más corto y con una selección más arriesgada de los momentos más destacados habría funcionado mejor. Más aún cuando la diferencia entre el primer disco ("Black") y el segundo ("Red") es relativamente pequeña: tal vez más rockero el primero, tal vez menos eléctrico el segundo, en realidad ambos andan sobrados de energía, de distorsión y de intensidad. Por lo que la inclusión de las canciones en uno u otro tampoco aclara demasiado. Con lo cual mi reseña de alguno de los cortes forzosamente remitirá a la de piezas anteriores del disco.
El atracón lo abre "Droids", en realidad la única composición que realmente posee formato y duración de intro: un intenso y distorsionado preludio a lo que vendrá a continuación. Los dos siguientes cortes, "ELF" y "Playing with Fire", fueron los que anticiparon el álbum hace poco más de año, en un doble sencillo que ya adelantaba las intenciones de Nicholas. Pese al juguetón teclado de su comienzo, "ELF" es un tema de tempo alto muy del estilo Feeder, melódico y hasta sinfónico en sus estrofas, agresivo y contundente en la instrumentación de su estribillo e intervalos instrumentales. Su denunciadora letra, que urge a todos a actuar antes de que el planeta se vaya definitivamente por la borda, le aporte el toque de profundidad y hasta conciencia social, aunque el optimismo de su parte nueva, con redobles de batería incluidos, muestra que según el galés aún hay esperanza de unirse y actuar. "Playing with Fire" es más oscura y guitarrera, y claramente más apta para un momento álgido de sus conciertos. De nuevo estamos ante otra buena composición, especialmente en su ominoso estribillo, con el infeccioso bajo programado presidiendo intervalos instrumentales como instrumento más destacado, y un breve pero meritorio solo de guitarra antes de las repeticiones finales del estribillo. "Vultures" no ha sido escogida como sencillo, pero me parece de los momentos más notables de esta nueva entrega: de reminiscencias setenteras, su altísimo tempo en la segunda mitad de las estrofas y sus trepidentes rasgueos de guitarra encajan paradójicamente a la perfección con un estribillo de tempo mucho menor. Ambos tramos comparten una meritoria progresión armónica (que cambia de tonalidad en su parte nueva), y una elaborada composición, demostrando una vez más que hard-rock y melodías no están reñidos. La pena es que el solo de guitarra sea un visto y no visto.
"Sahara" tal vez recuerde a los momentos más grandilocuentes de la segunda época de Oasis (incluso en su sección de cuerda y en sus pasajes psicodélicos): un medio tiempo de melodía de notas largas y vocación coral, cuyo primer estribillo es casi inexistente, pero que afortunadamente desemboca en otro más reconocible y disfrutable. "Hey You", el sexto corte de "Black", fue escogido como cuarto y penúltimo sencillo. Un acierto en mi opinión, pues los galeses se olvidan de tanta distorsión y nos ofrecen uno de esos medios tiempos elegantes e interpeladores con los que tanto nos han cautivado a lo largo de las pasadas décadas. Además, los teclados y la percusión aportan cierta originalidad instrumental al tema, y una brillante parte nueva lo convierten casi desde la primera escucha en uno de los momentos más reconocibles de esta nueva entrega. "The Knock", escogido como segundo sencillo a medias con "Soldiers of Love", de "Red", es uno más de esos temas rápidos, contudentes y guitarreros típicos de Feeder, que solamente destaca gracias a un estribillo en acordes mayores tan elaborado como notable. Porque el resto adolece ya de recrear un camino ya transitado, eso sí con oficio y creatividad suficientes como para que los legos en la producción de la banda lo puedan encontrar disfrutable. "Perfume", penúltimo corte de Black, es uno de los momentos más duros del disco: voz distorsionada, ritmo pesado, sendos riffs de guitarra compitiendo en agresividad por cada canal, estrofas oscuras hasta lo hiriente. Aunque la letra del estribillo admita cierta debilidad humana, todo un ejercicio de contrastes dentro de un tema más en su carrera. En cambio "AI Man", aparte de tocar un asunto de máxima actualidad, convence por esa atmósfera de pérdida de control de la situación que desprenden sus estrofas, aumentada por una letra en perfecta sintonía con la música. Los arpegios de guitarra (no sólo de la principal, también de la que se escucha en segundo plano) son francamente interesantes. Y los arreglos de acuerda en puentes y estribillo (tal vez demasiado camuflados), así como los efectos robóticos de la parte nueva, le aportan una dosis extra de dramatismo. La única pega es que el estribillo es más bien escueto.
"Sleeping Dogs Lie" abre "Red", aunque para quienes escuchen el álbum en streaming o en CD, apenas notarán el cambio de tercio. Aparte de su elaborado comienzo, con guitarras que se van superponiendo, lo que nos encontramos es otra dosis de punk-rock de altos vuelos, tan efectivo como poco original en sus estrofas, si bien en el primer tramo de su estribillo bajan el tempo, captando así nuestra atención. Aunque seguramente lo más interesante sea el cambio de tonalidad y de ritmo en su muy elaborada parte nueva. Así que prefiero claramente el segundo corte: "Scream", también contundente y distorsionado, pero mucho más llamativo a nivel de armonías y melodía, como ya anuncia el arpegio de guitarra de su comienzo. Unas interesantes estrofas dan paso a un doble estribillo, muy diferentes entre sí y ambos tan disfrutables como los intervalos instrumentales. Otra destacable parte nueva confirma la calidad del tema, del que quizá lo más destacable instrumentalmente hablando sea la gran variedad de registros de su batería. "Submarine" baja el tiempo y oscurece su propuesta al principio, pero se reserva la sorpresa de intercambiar la distorsión por la intimidad de una guitarra acústica en los puentes. Y aunque el estribillo se hace de rogar, merece la pena, puesto que Nicholas se anima a darnos otra lección sobre cómo componerlos. Sólo la dureza de su principal tramo instrumental y del tramo final desentonan un poco del conjunto. El cuarto corte de "Red", "Lost in the Wilderness", fue también su tercer sencillo. Y uno de los temas más pop del disco: el habitual arpegio de guitarra, otra buena progresión armónica para que descolle una melodía más luminosa en sus estrofas que en su estribillo, y un cambio de tonalidad para enlazar con su tramo instrumental. El pero aquí vuelve a ser que suena demasiado próximo a tantos otros temas de la banda, sin nada que interpretativamente la haga destacar.
"Memory Loss" nos trae de nuevo a los Feeder más cercanos al proyecto en solitario de Grant Nicholas: preponderancia de la guitarra acústica, melodía interpretada en parte a dos voces en dos escalas diferentes. Una vez más a una correcta estrofa le sucede un estribillo disfrutable e intimista a partes iguales, casi susurrado. Aquí la parte nueva le pega tal giro al tema que puede resultar chocante, aunque está perfectamente armonizado con el resto de la composición. Y el resultado en general oxigena un poco la homogeneidad del disco. Aunque a mi modo de ver no iguala el resultado alcanzado por el siguiente corte: "Unconditional", reciente quinto sencillo y para mí el mejor tema del álbum. Otro tema de pop-rock elegante y enérgico a partes iguales, en el que los pedales de distorsión dejan paso a varios instrumentos desenchufados y la sección de cuerda más perceptible del disco. Las múltiples voces entrecruzadas de Nicholas en su larga parte nueva también le aportan ese toque de distinción. Y la humanidad de su letra termina por convencernos de que, aparte de tirar de oficio, Nicholas aún es capaz de entregar temazos como los de hace décadas. Como era de esperar, "Here Comes the Hurricane", antepenúltimo corte, baja un poco el listón, pero no deja de ser otro saludable ejercicio de punk-rock tanto para dejarse llevar dando saltos como para corear en cualquier festival. Nicholas repite aquí el recurso de doblarse la voz en octavas diferentes, y añade las típicas paradas para coger impulso antes de uno de esos estribillos en cascada, que esta vez no merece tanto la pena como los "ooh ooh" posteriores. Eso sí, al tema le falta crecer un poco conforme avanza el minutaje: sólo la parte nueva añade algo de condimento. "Soldiers Of Love" se permite pequeñas concesiones al folklore local (la gaita de su comienzo, los redobles de tambor en los que se basa la interpretación de la batería). Al bajar el tempo y predominar los instrumentos acústicos, la canción se vuelve más distinguible que muchas de sus hermanas. Aunque, con sus estribillo de notas altas y mensaje esperanzador, y esa parte nueva tan envolvente, personalmente creo que habría pegado más como cierre del álbum que como penúltimo corte. Porque el cierre real a tanto derroche creativo lo pone "Ghosts On Parade" con ese vertiginoso arpegio de guitarra que lo vertebra desde su mismo comienzo. No son malas sus estrofas, pero en realidad su razón de ser es ese estribillo de ritmo parcialmente sincopado y fuerza desbocada, y en menor medida la solvencia de sus dos tramos instrumentales, también en la línea de la segunda época de Oasis. Si bien creo que había opciones de más nivel para haber rematado "Red" en un punto más álgido.
Terminar con un momento no especialmente llamativo un disco de nada menos que dieciocho canciones y sesenta y seis minutos no es la mejor de las ideas. Porque abunda en el que a mi modo de ver es el principal problema de "Black / Red": es un álbum excelente, pero no lo parece. Si se fijan, he destacado nada menos que doce de sus temas, una auténtica barbaridad para un álbum de canciones nuevas a cargo de una banda que tampoco llevaba tanto tiempo inactiva. Pero es que, además, podría haber destacado prácticamente los dieciocho: no hay ningún momento flojo, y resaltar unos frente a otros es casi una cuestión de gustos personales. Lo que está claro es que el nivel del disco, tanto a nivel creativo como interpretativo, es alto, y desde luego mucho más que la inmensa mayoría de los publicados este año. Pero la presentación de las canciones resulta demasiado homogénea, casi monótona: incluso llega a dar pereza intentar localizar nuestros momentos favoritos. Tampoco hay ningún temazo que descolle, y el abuso de la distorsión sí puede provocar que a menudo nos contentemos con escuchar sólo "Black" o "Red". Habría hecho falta una mayor diferenciación en cuanto a la producción, tal vez introduciendo más electrónica como en sus discos más recordados ("Echo Park" (2001), "Comfort In Sound" (2002)), o tal vez alargando algunas canciones y acortando otras, e introduciendo algo más de experimentación. Pero Nicholas ha ido a "lo fácil" (entrecomillo porque en realidad es lo difícil): sólo buenas canciones y buenas hechuras de rock de toda la vida. Sus seguidores acérrimos estarán encantados, pero los que sabemos de su talento aún tenemos la esperanza de que dé el aldabonazo con alguna de sus nuevas entregas. Porque está capacitado para ello. Por desgracia, no será este por otra parte más que recomendable "Black / Red".
Me temo que la respuesta es un sí y no. Indudablemente Feeder lleva décadas siendo una de las bandas más solventes del rock internacional, y el nivel medio de sus discos nunca ha flaqueado en exceso, gracias al innegable torrente creativo de Nicholas. Pero indudablemente su personalidad musical ya está muy definida a estas alturas, y el margen para experimentar y evolucionar es pequeño, por lo que salvo que las composiciones fueran prácticamente todas excelentes, un disco tan extenso se haría forzosamente un poco pesado. En parte es el caso de este "Black / Red": lo que encierra no es ninguna sorpresa para los que conocemos su trayecotria, y aunque en general las canciones poseen un buen nivel medio, probablemente un disco más corto y con una selección más arriesgada de los momentos más destacados habría funcionado mejor. Más aún cuando la diferencia entre el primer disco ("Black") y el segundo ("Red") es relativamente pequeña: tal vez más rockero el primero, tal vez menos eléctrico el segundo, en realidad ambos andan sobrados de energía, de distorsión y de intensidad. Por lo que la inclusión de las canciones en uno u otro tampoco aclara demasiado. Con lo cual mi reseña de alguno de los cortes forzosamente remitirá a la de piezas anteriores del disco.
El atracón lo abre "Droids", en realidad la única composición que realmente posee formato y duración de intro: un intenso y distorsionado preludio a lo que vendrá a continuación. Los dos siguientes cortes, "ELF" y "Playing with Fire", fueron los que anticiparon el álbum hace poco más de año, en un doble sencillo que ya adelantaba las intenciones de Nicholas. Pese al juguetón teclado de su comienzo, "ELF" es un tema de tempo alto muy del estilo Feeder, melódico y hasta sinfónico en sus estrofas, agresivo y contundente en la instrumentación de su estribillo e intervalos instrumentales. Su denunciadora letra, que urge a todos a actuar antes de que el planeta se vaya definitivamente por la borda, le aporte el toque de profundidad y hasta conciencia social, aunque el optimismo de su parte nueva, con redobles de batería incluidos, muestra que según el galés aún hay esperanza de unirse y actuar. "Playing with Fire" es más oscura y guitarrera, y claramente más apta para un momento álgido de sus conciertos. De nuevo estamos ante otra buena composición, especialmente en su ominoso estribillo, con el infeccioso bajo programado presidiendo intervalos instrumentales como instrumento más destacado, y un breve pero meritorio solo de guitarra antes de las repeticiones finales del estribillo. "Vultures" no ha sido escogida como sencillo, pero me parece de los momentos más notables de esta nueva entrega: de reminiscencias setenteras, su altísimo tempo en la segunda mitad de las estrofas y sus trepidentes rasgueos de guitarra encajan paradójicamente a la perfección con un estribillo de tempo mucho menor. Ambos tramos comparten una meritoria progresión armónica (que cambia de tonalidad en su parte nueva), y una elaborada composición, demostrando una vez más que hard-rock y melodías no están reñidos. La pena es que el solo de guitarra sea un visto y no visto.
"Sahara" tal vez recuerde a los momentos más grandilocuentes de la segunda época de Oasis (incluso en su sección de cuerda y en sus pasajes psicodélicos): un medio tiempo de melodía de notas largas y vocación coral, cuyo primer estribillo es casi inexistente, pero que afortunadamente desemboca en otro más reconocible y disfrutable. "Hey You", el sexto corte de "Black", fue escogido como cuarto y penúltimo sencillo. Un acierto en mi opinión, pues los galeses se olvidan de tanta distorsión y nos ofrecen uno de esos medios tiempos elegantes e interpeladores con los que tanto nos han cautivado a lo largo de las pasadas décadas. Además, los teclados y la percusión aportan cierta originalidad instrumental al tema, y una brillante parte nueva lo convierten casi desde la primera escucha en uno de los momentos más reconocibles de esta nueva entrega. "The Knock", escogido como segundo sencillo a medias con "Soldiers of Love", de "Red", es uno más de esos temas rápidos, contudentes y guitarreros típicos de Feeder, que solamente destaca gracias a un estribillo en acordes mayores tan elaborado como notable. Porque el resto adolece ya de recrear un camino ya transitado, eso sí con oficio y creatividad suficientes como para que los legos en la producción de la banda lo puedan encontrar disfrutable. "Perfume", penúltimo corte de Black, es uno de los momentos más duros del disco: voz distorsionada, ritmo pesado, sendos riffs de guitarra compitiendo en agresividad por cada canal, estrofas oscuras hasta lo hiriente. Aunque la letra del estribillo admita cierta debilidad humana, todo un ejercicio de contrastes dentro de un tema más en su carrera. En cambio "AI Man", aparte de tocar un asunto de máxima actualidad, convence por esa atmósfera de pérdida de control de la situación que desprenden sus estrofas, aumentada por una letra en perfecta sintonía con la música. Los arpegios de guitarra (no sólo de la principal, también de la que se escucha en segundo plano) son francamente interesantes. Y los arreglos de acuerda en puentes y estribillo (tal vez demasiado camuflados), así como los efectos robóticos de la parte nueva, le aportan una dosis extra de dramatismo. La única pega es que el estribillo es más bien escueto.
"Sleeping Dogs Lie" abre "Red", aunque para quienes escuchen el álbum en streaming o en CD, apenas notarán el cambio de tercio. Aparte de su elaborado comienzo, con guitarras que se van superponiendo, lo que nos encontramos es otra dosis de punk-rock de altos vuelos, tan efectivo como poco original en sus estrofas, si bien en el primer tramo de su estribillo bajan el tempo, captando así nuestra atención. Aunque seguramente lo más interesante sea el cambio de tonalidad y de ritmo en su muy elaborada parte nueva. Así que prefiero claramente el segundo corte: "Scream", también contundente y distorsionado, pero mucho más llamativo a nivel de armonías y melodía, como ya anuncia el arpegio de guitarra de su comienzo. Unas interesantes estrofas dan paso a un doble estribillo, muy diferentes entre sí y ambos tan disfrutables como los intervalos instrumentales. Otra destacable parte nueva confirma la calidad del tema, del que quizá lo más destacable instrumentalmente hablando sea la gran variedad de registros de su batería. "Submarine" baja el tiempo y oscurece su propuesta al principio, pero se reserva la sorpresa de intercambiar la distorsión por la intimidad de una guitarra acústica en los puentes. Y aunque el estribillo se hace de rogar, merece la pena, puesto que Nicholas se anima a darnos otra lección sobre cómo componerlos. Sólo la dureza de su principal tramo instrumental y del tramo final desentonan un poco del conjunto. El cuarto corte de "Red", "Lost in the Wilderness", fue también su tercer sencillo. Y uno de los temas más pop del disco: el habitual arpegio de guitarra, otra buena progresión armónica para que descolle una melodía más luminosa en sus estrofas que en su estribillo, y un cambio de tonalidad para enlazar con su tramo instrumental. El pero aquí vuelve a ser que suena demasiado próximo a tantos otros temas de la banda, sin nada que interpretativamente la haga destacar.
"Memory Loss" nos trae de nuevo a los Feeder más cercanos al proyecto en solitario de Grant Nicholas: preponderancia de la guitarra acústica, melodía interpretada en parte a dos voces en dos escalas diferentes. Una vez más a una correcta estrofa le sucede un estribillo disfrutable e intimista a partes iguales, casi susurrado. Aquí la parte nueva le pega tal giro al tema que puede resultar chocante, aunque está perfectamente armonizado con el resto de la composición. Y el resultado en general oxigena un poco la homogeneidad del disco. Aunque a mi modo de ver no iguala el resultado alcanzado por el siguiente corte: "Unconditional", reciente quinto sencillo y para mí el mejor tema del álbum. Otro tema de pop-rock elegante y enérgico a partes iguales, en el que los pedales de distorsión dejan paso a varios instrumentos desenchufados y la sección de cuerda más perceptible del disco. Las múltiples voces entrecruzadas de Nicholas en su larga parte nueva también le aportan ese toque de distinción. Y la humanidad de su letra termina por convencernos de que, aparte de tirar de oficio, Nicholas aún es capaz de entregar temazos como los de hace décadas. Como era de esperar, "Here Comes the Hurricane", antepenúltimo corte, baja un poco el listón, pero no deja de ser otro saludable ejercicio de punk-rock tanto para dejarse llevar dando saltos como para corear en cualquier festival. Nicholas repite aquí el recurso de doblarse la voz en octavas diferentes, y añade las típicas paradas para coger impulso antes de uno de esos estribillos en cascada, que esta vez no merece tanto la pena como los "ooh ooh" posteriores. Eso sí, al tema le falta crecer un poco conforme avanza el minutaje: sólo la parte nueva añade algo de condimento. "Soldiers Of Love" se permite pequeñas concesiones al folklore local (la gaita de su comienzo, los redobles de tambor en los que se basa la interpretación de la batería). Al bajar el tempo y predominar los instrumentos acústicos, la canción se vuelve más distinguible que muchas de sus hermanas. Aunque, con sus estribillo de notas altas y mensaje esperanzador, y esa parte nueva tan envolvente, personalmente creo que habría pegado más como cierre del álbum que como penúltimo corte. Porque el cierre real a tanto derroche creativo lo pone "Ghosts On Parade" con ese vertiginoso arpegio de guitarra que lo vertebra desde su mismo comienzo. No son malas sus estrofas, pero en realidad su razón de ser es ese estribillo de ritmo parcialmente sincopado y fuerza desbocada, y en menor medida la solvencia de sus dos tramos instrumentales, también en la línea de la segunda época de Oasis. Si bien creo que había opciones de más nivel para haber rematado "Red" en un punto más álgido.
Terminar con un momento no especialmente llamativo un disco de nada menos que dieciocho canciones y sesenta y seis minutos no es la mejor de las ideas. Porque abunda en el que a mi modo de ver es el principal problema de "Black / Red": es un álbum excelente, pero no lo parece. Si se fijan, he destacado nada menos que doce de sus temas, una auténtica barbaridad para un álbum de canciones nuevas a cargo de una banda que tampoco llevaba tanto tiempo inactiva. Pero es que, además, podría haber destacado prácticamente los dieciocho: no hay ningún momento flojo, y resaltar unos frente a otros es casi una cuestión de gustos personales. Lo que está claro es que el nivel del disco, tanto a nivel creativo como interpretativo, es alto, y desde luego mucho más que la inmensa mayoría de los publicados este año. Pero la presentación de las canciones resulta demasiado homogénea, casi monótona: incluso llega a dar pereza intentar localizar nuestros momentos favoritos. Tampoco hay ningún temazo que descolle, y el abuso de la distorsión sí puede provocar que a menudo nos contentemos con escuchar sólo "Black" o "Red". Habría hecho falta una mayor diferenciación en cuanto a la producción, tal vez introduciendo más electrónica como en sus discos más recordados ("Echo Park" (2001), "Comfort In Sound" (2002)), o tal vez alargando algunas canciones y acortando otras, e introduciendo algo más de experimentación. Pero Nicholas ha ido a "lo fácil" (entrecomillo porque en realidad es lo difícil): sólo buenas canciones y buenas hechuras de rock de toda la vida. Sus seguidores acérrimos estarán encantados, pero los que sabemos de su talento aún tenemos la esperanza de que dé el aldabonazo con alguna de sus nuevas entregas. Porque está capacitado para ello. Por desgracia, no será este por otra parte más que recomendable "Black / Red".
domingo, 3 de noviembre de 2024
Pixey - "Million Dollar Baby" (2024)
El disco que les traigo hoy es un caso singular. Porque teóricamente se trata del primer álbum de Pixie (nombre artístico de Elizabeth Sinead Hillesdon), una de las promesas de las Islas Británicas en estos últimos años. Pero en realidad quienes siguen este blog posiblemente recuerden que en 2022 ya reseñé "Dreams, Pains & Paper Planes", su debut en formato "largo". Y es que estamos ante uno de esos extraños recovecos de la industria musical, que bajo ciertos criterios no del todo claros ni homogéneos a veces considera discos de debut unos formatos, y otras veces otros. Por lo que en general prensa y crítica han saludado este "Million Dollar Baby" como el álbum de la debut de la inglesa, aunque para mí se trata del siempre difícil segundo álbum. Difícil ya que los ocho temas de "Dreams, Pains & Paper Planes" pusieron el listón muy alto, y ahora las diez canciones de esta nueva entrega se enfrentan al reto de mantener el listón.
Un reto del que les adelanto que Pixey sale ilesa, aunque con matices. Porque es cierto que el número de canciones con un nivel de calidad similar al de su predecesor es alto. Pero también aparecen los momentos menos relevantes. Algo por otra parte normal si tenemos en cuenta que el tiempo para preparar este segundo disco probablemente fue menor que el de su primera entrega. Más la presión añadida de estar a la altura de las expectativas, y ciertas ganas de explorar nuevos territorios. Aunque puede afirmarse que estilísticamente se ha mantenido en parámetros muy similares a los de su debut; algo en lo que no cabe duda de que habrá influido tanto su buen hacer con teclados y programaciones como la producción de Richard Turvey, su colaborador habitual. Un hecho que también tiene su parte menos buena, pues el sonido de las canciones sigue pecando de excesiva reverberación, lo que les confiere una presentación ampulosa y en ocasiones dificulta apreciar algunos detalles instrumentales.
El álbum lo abre "Man Power", que no ha sido escogido como sencillo, pero que sin duda es un trallazo para empezar por todo lo alto: medio tiempo de bajo sintetizado infeccioso, batería de ritmo marcado y unos teclados a lo "Are Friends Electric?" del legendario Gary Numan que avanzan una progresión armónica colorista, en acordes mayores. Sobre todo en ese excelente estribillo que mezcla notas arrastradas y fraseos rápidos con solvencia. Y que deja con ganas de más. Un anhelo que atiende "Million Dollar Baby", segundo sencillo además del tema que da título al álbum. De tempo más alto, sus estrofas espartanas (poco más que voz, bajo, batería y un sintetizador puntual) rayan a buen altura, aunque no tanto como otro estribillo de pop irresistible, complejo, y de letra picantona. Una parte nueva agradable pero etérea da paso a esa esperada repetición final en el que la consabida parada funciona a la perfección. Eso sí, una pena que el vertiginoso solo de guitarra no se perciba del todo por esa reverberación excesiva ya mencionada. "The Thrill Of It" mantiene el disco en un buen nivel: primer sencillo, su largo y sinfónico comienzo, en el que nos presenta su incendiario estribillo, hace prever lo mejor. El primer tramo de la estrofa baja un poco el nivel, pero en cuanto los acordes del estribillo aparecen en la segunda parte de la misma la cosa vuelve a mejorar. Por otra parte, el ritmo sincopado del tema le resta algo de pegada pero le aporta personalidad, una personalidad realzada porque Hillesdon renuncia a la segunda estrofa y la sustituye por un fraseo que recuerda a los de Karl Hyde, el líder de "Underworld". El tema es brillante aunque abusa un poco de estribillo, pero es que compositivamente no daba para más; quizá por eso no era el mejor candidato a figurar como tema estrella del álbum.
Con "Best Friend" el álbum ya sí baja claramente. Se trata de un medio tiempo expansivo y reposado, de original ritmo sincopado y teclados que expanden las notas de los acordes como si de orquestas de cuerda se tratara. Con lo cual adquiere una atmósfera ligérsica, incluso psicodélica mediante los originales teclados que protagonizan los tramos instrumentales tras los estribillos. Y que además de agradable, y de ganar con sucesivas escuchas, muestra por dónde puede ir la evolución de la inglesa. Pero que desde luego no puede decirse que funcione como pop contagioso. En esa mezcla de pop reposado y en busca de nuevos caminos se inscribe también "Damage", el quinto corte. Con una batería y un bajo muy originales, sus estrofas declamadas reflejan una evidente pérdida de creatividad respecto a sus melódicas antecesoras. Al igual que esa progresión armónica de los mismos cuatro acordes durante toda la extensión del mismo. Reflejos de una composición más pobre que otras, y que ni su excelente bajo pueden paliar. Si bien no se trata de una mala canción, y detalles como el teclado reproducido a la inversa de su parte nueva lo confirman. "Give a Little of Your Love" supone el tercer tema menor en una encadenación que sí resulta preocupante. Pixie nos propone nuevamente un medio tiempo, en esta caso de teclados sesenteros e influencias caribeñas. La melodía que canta es agradable pero muy simple, y esos coros a lo Swing Out Sister que la adornan no son suficientes para ocultarlo. Por lo que su elección como cuarto sencillo me parece todo un error. Afortunadamente el disco por fin levanta el álbum con la guitarrera "Love Like Heaven", ahora sí presidida por la luminosidad que Hillesdon suele conferir a sus mejores creaciones. Sobre la base de una buena composición, la batería es estupenda, y los coros "germánicos" sílaba a sílaba tan originales como eficaces para introducir un estribillo que, sin ser directo, va gustando un poco más con cada escucha. Es cierto que no hay parte nueva, pero su relativamente corta duración casi hace que ni nos demos cuenta.
El último tercio del álbum arranca con "Bring Back the Beat", tercer sencillo y para mí, el éxito más claro del álbum. Con la colaboración de Tom McFarland de Jungle, la sección de viento que lo preside desde el mismo comienzo nos retrotrae al desenfreno lúdico de mediados de los sesenta. Y curiosamente marida muy bien con las estrofas más electrónicas del disco, repletas de sintetizadores programados, y realzadas con una guitarra acelerada en su repetición. Pero es el estribillo el que nos provoca el subidón, tan redondo que cuesta creer que no estemos ante una versión. Una parte nueva que vuelve a frenar el tema y deja que poco a poco entren los distintos instrumentos (hasta una percusión acústica se puede escuchar) nos ayuda a disfrutar del tramo final de mi canción favorita del disco. "Oxygen", el penúltimo corte, mantiene el tempo alto, y deja que el ritmo lo lleve en esta ocasión una vertiginosa caja de ritmos que acompaña a la batería. Sus meritorias estrofas, contenidas, dan paso a un excelente estribillo, lleno de apoteosis tarareable y con un punto de rabia. Al que en esta ocasión acompaña la mejor parte nueva del disco, compuesta en otra tonalidad y saturada de excelentes versos. Todo ello en menos de tres minutos. Y el cierre lo pone "The War In My Mind", que renuncia a ser la balada del disco pero sí baja el tempo y nos ofrece una canción sorprendentemente sinfónica, con dos secciones de cuerda liderando partes instrumentales y arropando estrofas y estribillos. Los cuales encajan a la perfección pese al contraste entre la introspección de las primeras y las notas altas de los segundos, demostrando que Pixey no tendrá un torrente de voz, pero es una cantante solvente. Además, estamos ante el tema mejor producido de todo el disco, un derroche de instrumentos e ideas bien traídas en poco más de cuatro minutos. Y una excelente forma de rematar el álbum.
Siguiendo las tendencias actuales, "Million Dollar Baby" es un disco corto: treinta y cuatro minutos para los diez temas de rigor. Las primeras veces pueden parecer suficientes, pero conforme se le va cogiendo el punto a algunas canciones, y se van apreciando los numerosos detalles que encierra su instrumentación, sí que deja con ganas de más. Porque en el fondo encierra siete canciones de notable para arriba. Y las tres que bajan el listón no lo hacen tanto como para que tener que pulsar el forward. Aunque el hecho de que estén las tres encadenadas y en el tramo central del álbum es un riesgo para una artista que evidentemente se está intentando consolidar. En todo caso el balance de este "Million Dollar Baby" es favorable: pop ambicioso y fresco en su mayor parte, bien instrumentado y que suena actual a pesar de echar frecuentemente la vista al pasado en busca de inspiración. Creo que con este hito la carrera de Pixey está asegurada; sólo falta que pula algunos pequeños defectos, y que crítica y público se fijen más en ella. Talento tiene, sin duda.
Un reto del que les adelanto que Pixey sale ilesa, aunque con matices. Porque es cierto que el número de canciones con un nivel de calidad similar al de su predecesor es alto. Pero también aparecen los momentos menos relevantes. Algo por otra parte normal si tenemos en cuenta que el tiempo para preparar este segundo disco probablemente fue menor que el de su primera entrega. Más la presión añadida de estar a la altura de las expectativas, y ciertas ganas de explorar nuevos territorios. Aunque puede afirmarse que estilísticamente se ha mantenido en parámetros muy similares a los de su debut; algo en lo que no cabe duda de que habrá influido tanto su buen hacer con teclados y programaciones como la producción de Richard Turvey, su colaborador habitual. Un hecho que también tiene su parte menos buena, pues el sonido de las canciones sigue pecando de excesiva reverberación, lo que les confiere una presentación ampulosa y en ocasiones dificulta apreciar algunos detalles instrumentales.
El álbum lo abre "Man Power", que no ha sido escogido como sencillo, pero que sin duda es un trallazo para empezar por todo lo alto: medio tiempo de bajo sintetizado infeccioso, batería de ritmo marcado y unos teclados a lo "Are Friends Electric?" del legendario Gary Numan que avanzan una progresión armónica colorista, en acordes mayores. Sobre todo en ese excelente estribillo que mezcla notas arrastradas y fraseos rápidos con solvencia. Y que deja con ganas de más. Un anhelo que atiende "Million Dollar Baby", segundo sencillo además del tema que da título al álbum. De tempo más alto, sus estrofas espartanas (poco más que voz, bajo, batería y un sintetizador puntual) rayan a buen altura, aunque no tanto como otro estribillo de pop irresistible, complejo, y de letra picantona. Una parte nueva agradable pero etérea da paso a esa esperada repetición final en el que la consabida parada funciona a la perfección. Eso sí, una pena que el vertiginoso solo de guitarra no se perciba del todo por esa reverberación excesiva ya mencionada. "The Thrill Of It" mantiene el disco en un buen nivel: primer sencillo, su largo y sinfónico comienzo, en el que nos presenta su incendiario estribillo, hace prever lo mejor. El primer tramo de la estrofa baja un poco el nivel, pero en cuanto los acordes del estribillo aparecen en la segunda parte de la misma la cosa vuelve a mejorar. Por otra parte, el ritmo sincopado del tema le resta algo de pegada pero le aporta personalidad, una personalidad realzada porque Hillesdon renuncia a la segunda estrofa y la sustituye por un fraseo que recuerda a los de Karl Hyde, el líder de "Underworld". El tema es brillante aunque abusa un poco de estribillo, pero es que compositivamente no daba para más; quizá por eso no era el mejor candidato a figurar como tema estrella del álbum.
Con "Best Friend" el álbum ya sí baja claramente. Se trata de un medio tiempo expansivo y reposado, de original ritmo sincopado y teclados que expanden las notas de los acordes como si de orquestas de cuerda se tratara. Con lo cual adquiere una atmósfera ligérsica, incluso psicodélica mediante los originales teclados que protagonizan los tramos instrumentales tras los estribillos. Y que además de agradable, y de ganar con sucesivas escuchas, muestra por dónde puede ir la evolución de la inglesa. Pero que desde luego no puede decirse que funcione como pop contagioso. En esa mezcla de pop reposado y en busca de nuevos caminos se inscribe también "Damage", el quinto corte. Con una batería y un bajo muy originales, sus estrofas declamadas reflejan una evidente pérdida de creatividad respecto a sus melódicas antecesoras. Al igual que esa progresión armónica de los mismos cuatro acordes durante toda la extensión del mismo. Reflejos de una composición más pobre que otras, y que ni su excelente bajo pueden paliar. Si bien no se trata de una mala canción, y detalles como el teclado reproducido a la inversa de su parte nueva lo confirman. "Give a Little of Your Love" supone el tercer tema menor en una encadenación que sí resulta preocupante. Pixie nos propone nuevamente un medio tiempo, en esta caso de teclados sesenteros e influencias caribeñas. La melodía que canta es agradable pero muy simple, y esos coros a lo Swing Out Sister que la adornan no son suficientes para ocultarlo. Por lo que su elección como cuarto sencillo me parece todo un error. Afortunadamente el disco por fin levanta el álbum con la guitarrera "Love Like Heaven", ahora sí presidida por la luminosidad que Hillesdon suele conferir a sus mejores creaciones. Sobre la base de una buena composición, la batería es estupenda, y los coros "germánicos" sílaba a sílaba tan originales como eficaces para introducir un estribillo que, sin ser directo, va gustando un poco más con cada escucha. Es cierto que no hay parte nueva, pero su relativamente corta duración casi hace que ni nos demos cuenta.
El último tercio del álbum arranca con "Bring Back the Beat", tercer sencillo y para mí, el éxito más claro del álbum. Con la colaboración de Tom McFarland de Jungle, la sección de viento que lo preside desde el mismo comienzo nos retrotrae al desenfreno lúdico de mediados de los sesenta. Y curiosamente marida muy bien con las estrofas más electrónicas del disco, repletas de sintetizadores programados, y realzadas con una guitarra acelerada en su repetición. Pero es el estribillo el que nos provoca el subidón, tan redondo que cuesta creer que no estemos ante una versión. Una parte nueva que vuelve a frenar el tema y deja que poco a poco entren los distintos instrumentos (hasta una percusión acústica se puede escuchar) nos ayuda a disfrutar del tramo final de mi canción favorita del disco. "Oxygen", el penúltimo corte, mantiene el tempo alto, y deja que el ritmo lo lleve en esta ocasión una vertiginosa caja de ritmos que acompaña a la batería. Sus meritorias estrofas, contenidas, dan paso a un excelente estribillo, lleno de apoteosis tarareable y con un punto de rabia. Al que en esta ocasión acompaña la mejor parte nueva del disco, compuesta en otra tonalidad y saturada de excelentes versos. Todo ello en menos de tres minutos. Y el cierre lo pone "The War In My Mind", que renuncia a ser la balada del disco pero sí baja el tempo y nos ofrece una canción sorprendentemente sinfónica, con dos secciones de cuerda liderando partes instrumentales y arropando estrofas y estribillos. Los cuales encajan a la perfección pese al contraste entre la introspección de las primeras y las notas altas de los segundos, demostrando que Pixey no tendrá un torrente de voz, pero es una cantante solvente. Además, estamos ante el tema mejor producido de todo el disco, un derroche de instrumentos e ideas bien traídas en poco más de cuatro minutos. Y una excelente forma de rematar el álbum.
Siguiendo las tendencias actuales, "Million Dollar Baby" es un disco corto: treinta y cuatro minutos para los diez temas de rigor. Las primeras veces pueden parecer suficientes, pero conforme se le va cogiendo el punto a algunas canciones, y se van apreciando los numerosos detalles que encierra su instrumentación, sí que deja con ganas de más. Porque en el fondo encierra siete canciones de notable para arriba. Y las tres que bajan el listón no lo hacen tanto como para que tener que pulsar el forward. Aunque el hecho de que estén las tres encadenadas y en el tramo central del álbum es un riesgo para una artista que evidentemente se está intentando consolidar. En todo caso el balance de este "Million Dollar Baby" es favorable: pop ambicioso y fresco en su mayor parte, bien instrumentado y que suena actual a pesar de echar frecuentemente la vista al pasado en busca de inspiración. Creo que con este hito la carrera de Pixey está asegurada; sólo falta que pula algunos pequeños defectos, y que crítica y público se fijen más en ella. Talento tiene, sin duda.
lunes, 14 de octubre de 2024
Shelter Boy - "Merciland" (2024)
El álbum que les traigo hoy es uno de los más minoritarios a nivel difusión que he reseñado en estos últimos años. Se trata "Merciland", el segundo disco de Shelter Boy, el proyecto en solitario de Simon Graupner. El músico nacido en Leipzig sorprendió en 2021 a todos los que valoramos el pop alternativo con su debut en formato álbum: "Failure Familiar" era un disco un tanto disperso y de calidad variable según el momento, pero ya dejaba entrever grandes canciones. Aunque curiosamente no en la mejor tradición alemana, sino en la británica. Así que aunque el disco no me satisfizo lo suficiente como para traerlo por aquí, sí que me acordé de incluir la excelente "Atmosphere" en mi lista de mejores cancione de aquel ejercicio. Y desde aquel entonces sigo con interés las andanzas de Graupner, quien hace unos meses confirmó las expectativas que había depositado en él con este notable "Merciland".
Es muy complicado llamar la atención con una propuesta como la del alemán: pop al margen de las modas, sostenido esencialmente por los archiconocidos guitarra - bajo - batería, sin una temática singular, ni una producción recargada. Ni siquiera la voz de Shelter Boy es nada especial. Con lo que la propuesta lo fía todo al talento del alemán para introducir en su particular coctelera elementos del mejor pop de los setenta, ochenta y noventa, y extraer un puñado de composiciones impecables, saludablemente diferentes entre sí pero presididas por un innegable buen gusto. Con el acierto adicional de renunciar a cualquier tipo de experimentación descontrolada o a temas de relleno. Sólo pop, puro pop en diez canciones y poco más de media hora. Algo a lo que seguramente contribuye la producción de Sebastian Schütze y Bernhard Pausch junto al propio Graupner.
El álbum arranca con "Parade", un medio tiempo que comienza acústico y reposado en sus primeras estrofas, pero que luego se convierte en una canción bastante más enérgica. No es de los momentos álgidos del álbum, pero su regusto a Paul Weller, el llamativo arpegio de guitarra que adorna el estribillo, la singular guitarra de la segunda estrofa y la forma con que ésta evoluciona en una larga y compleja parte nueva, le confieren interés. Le sigue "Messed Up Kids", el primer sencillo en anticipar este álbum hace algo más de un año. Un tema de tempo más alto, con unos inesperados "ooh ooh" vocales completando los habituales bajo, guitarra y batería de las estrofas, que desembocan en un precioso estribillo al final de cual casi nos podemos imaginar que es Noel Gallagher el que está añadiendo los punteos de guitarra. El cambio de ritmo al final del segundo estribillo y en toda la parte nueva son un reflejo más del bullir de ideas (correctamente ordenadas, eso sí) que pululan por la mente del germánico, que incluso renuncia a la esperable repetición final del estribillo. El tercer corte, también segundo sencillo, es para mí el mejor tema del álbum, y una de las mejores canciones de pop que he escuchado en la presente década. Sólo el error imperdonable de no descubrirla hasta el comienzo de este 2024 me impidió incluirla en la lista de mejores canciones internacionales de 2023, donde tendría que haber figurado. Porque "Moving Backwards" es un tema tan pulido en su música y tan desabrido en su letra que parece mentira que no se trate de una versión. Sus estrofas en dos tramos quedan sabiamente realzadas por un sencillo sintetizador que lleva los acordes de esta parte. Y estribillo y partes instrumentales comparten un maravilloso arpegio de guitarra que devuelve la ilusión por la mejor música pop. Si a ello le añadimos una melodía impecable, que logra explotar al máximo las no excesivas cualidades vocales de Graupner, entenderemos el porqué de mi fascinación por este tema.
"Your Favourite Song", reciente cuarto sencillo, sigue rentabilizando las múltiples vertientes de la propuesta musical de Shelter Boy, en este caso con un tema presidido por un bajo slap alto y contundente en primer plano, que se ve acompañado por una batería que perfectamente podría haber sido extraída de las sencillas cajas de ritmos del sonido Madchester. Pero es que además las estrofas, cuando por fin entran, rayan a alto nivel, con el aliciente de que entre ellas son muy diferentes. Y el estribillo es otro subidón de adrenalina. En este caso la parte nueva es en realidad un largo tramo instrumental en el que guitarras y teclados se van alterando protagonismo, y que en un giro final complejo el alemán logra armonizar perfectamente con las repeticiones finales del estribilo. "Growing Pains", tercer sencillo, es otra gran canción, repleta de inspiración. Sostenida en este caso por un elaborado piano en las melódicas estrofas, podría pasar por un momento animado de unos Keane que han vuelto a recuperar la inspiración. Aunque ese irrestible estribillo guitarrero sería demasiado para ellos, y más bien parece digno de una banda británica con ganas de fomentar el pogo en sus conciertos. Quizá sea de los momentos en los que más llama la atención la elaborada producción, sin elementos originales o excesivamente contemporáneos, pero capaces de sacar el máximo de instrumentos tradicionales, como lo demuestra su fantástico intervalo instrumental final. "Jamie T Forever", sexto corte, tal vez nos recuerde en su bajo y su guitarra a The Stone Roses, y es que en este acaso Graupner coquetea con el pop bailable, aunque la excelente steel guitar del estribillo consigue que el tema funcione esencialmente como una propuesta pop elegante. Por ponerle algún pero, quizá le falte algo más de desarrollo, pues se queda en los tres minutos justos.
Con "A Ringing Glass" el disco baja un peldaño. Aunque no se trata en absoluto de un mal tema: un medio tiempo de pulida fachada, en el que quizá el bajo sincopado ya no sorprenda tanto, y en el que unas estrofas y un estribillos se ven reforzados por una parte nueva más inspirada si cabe. Y con los tramos instrumentales presididos por un lead synthesizer como detalle más original. "How To: Make It Worse" nos devuelve al pop colorista, incluso con esa parada tan singular en el que, pleno de ironía, Shelter Boy canta aquello de "You and I, and the third, this is so hard to make it worse...". Pero es que a sus luminosas estrofas, con palmadas incluidas, le roba casi todo el protagonismo un estribillo espectacular, en el que la energía cae por la cascada que representan esas guitarras desdobladas por los dos canales. Si bien nuevamente se echa de menos una mayor duración con la que terminar de explotar tantos hallazgos. "If You" es el tema más Oasis del disco, podría pasar perfectamente por un tema perdido de las sesiones de "What's The Story (Morning Glory)?". No ya por las guitarras de su comienzo, ni por la pandereta que podríamos imaginar tocada por Liam, ni por las segundas voces en las que parece que escuchamos a Noel, sino sobre todo por ese estribillo con la caja de la batería doblada que perfectamente podría haber el mayor de los Gallagher en su época de mayor inspiración. Y como, casi sin darnos cuenta, nos hemos plantado en el final del disco, Graupner nos propone a modo de cierre un tema reposado: "Weird Life". Seguramente conocedor de sus limitaciones vocales, no intenta ofrecernos un baladón de campanillas, sino que juega con otros elementos: dos guitarras doblándose con arpegios similares, buenas dosis de melancolía, una flauta sintetizada, y una machacona caja de ritmos que la aleja del concepto de balada. Tanto que el acelerado bajo de la segunda estrofa seguramente haría las delicias de Flea si tuviera oportunidad de escucharlo. Y ya con el tema mediado entra lo que en realidad termina siendo su estribillo, aunque la larga parte nueva, sin percusión, casi nos lo haga olvidar.
Sucesivas escuchas permiten apreciar mejor la riqueza musical de este disco de sencilla apariencia. Y su contenida duración deja con ganas de mucho más. Porque a pesar de su discreta voz, de una presencia que no le favorece (con todos los respetos, aparte de su discutible nombre artístico, su imagen parece la de un adolescente rebelde de los suburbios de cualquier ciudad industrial en decadencia), y de no pertenecer siquiera a un país con una tradición musical en la línea de su propuesta, el balance de "Merciland" es netamente favorable. Por eso da tanta rabia constatar su nula repercusión en los medios, causante entre otras cosas de que su gira sea poco más que unas cuantas fechas por su nación. Les aseguro que la mayoría de las bandas de pop en activo actualmente (nombren las que quieran, según su comercialidad o su prestigio en los medios) andan muy lejos de entregar diez canciones como las que encierra Shelter Boy en este excelente disco. Así que si les gusta el pop y pueden, no dejen pasar la oportunidad: háganse con él, y luego me cuentan.
Es muy complicado llamar la atención con una propuesta como la del alemán: pop al margen de las modas, sostenido esencialmente por los archiconocidos guitarra - bajo - batería, sin una temática singular, ni una producción recargada. Ni siquiera la voz de Shelter Boy es nada especial. Con lo que la propuesta lo fía todo al talento del alemán para introducir en su particular coctelera elementos del mejor pop de los setenta, ochenta y noventa, y extraer un puñado de composiciones impecables, saludablemente diferentes entre sí pero presididas por un innegable buen gusto. Con el acierto adicional de renunciar a cualquier tipo de experimentación descontrolada o a temas de relleno. Sólo pop, puro pop en diez canciones y poco más de media hora. Algo a lo que seguramente contribuye la producción de Sebastian Schütze y Bernhard Pausch junto al propio Graupner.
El álbum arranca con "Parade", un medio tiempo que comienza acústico y reposado en sus primeras estrofas, pero que luego se convierte en una canción bastante más enérgica. No es de los momentos álgidos del álbum, pero su regusto a Paul Weller, el llamativo arpegio de guitarra que adorna el estribillo, la singular guitarra de la segunda estrofa y la forma con que ésta evoluciona en una larga y compleja parte nueva, le confieren interés. Le sigue "Messed Up Kids", el primer sencillo en anticipar este álbum hace algo más de un año. Un tema de tempo más alto, con unos inesperados "ooh ooh" vocales completando los habituales bajo, guitarra y batería de las estrofas, que desembocan en un precioso estribillo al final de cual casi nos podemos imaginar que es Noel Gallagher el que está añadiendo los punteos de guitarra. El cambio de ritmo al final del segundo estribillo y en toda la parte nueva son un reflejo más del bullir de ideas (correctamente ordenadas, eso sí) que pululan por la mente del germánico, que incluso renuncia a la esperable repetición final del estribillo. El tercer corte, también segundo sencillo, es para mí el mejor tema del álbum, y una de las mejores canciones de pop que he escuchado en la presente década. Sólo el error imperdonable de no descubrirla hasta el comienzo de este 2024 me impidió incluirla en la lista de mejores canciones internacionales de 2023, donde tendría que haber figurado. Porque "Moving Backwards" es un tema tan pulido en su música y tan desabrido en su letra que parece mentira que no se trate de una versión. Sus estrofas en dos tramos quedan sabiamente realzadas por un sencillo sintetizador que lleva los acordes de esta parte. Y estribillo y partes instrumentales comparten un maravilloso arpegio de guitarra que devuelve la ilusión por la mejor música pop. Si a ello le añadimos una melodía impecable, que logra explotar al máximo las no excesivas cualidades vocales de Graupner, entenderemos el porqué de mi fascinación por este tema.
"Your Favourite Song", reciente cuarto sencillo, sigue rentabilizando las múltiples vertientes de la propuesta musical de Shelter Boy, en este caso con un tema presidido por un bajo slap alto y contundente en primer plano, que se ve acompañado por una batería que perfectamente podría haber sido extraída de las sencillas cajas de ritmos del sonido Madchester. Pero es que además las estrofas, cuando por fin entran, rayan a alto nivel, con el aliciente de que entre ellas son muy diferentes. Y el estribillo es otro subidón de adrenalina. En este caso la parte nueva es en realidad un largo tramo instrumental en el que guitarras y teclados se van alterando protagonismo, y que en un giro final complejo el alemán logra armonizar perfectamente con las repeticiones finales del estribilo. "Growing Pains", tercer sencillo, es otra gran canción, repleta de inspiración. Sostenida en este caso por un elaborado piano en las melódicas estrofas, podría pasar por un momento animado de unos Keane que han vuelto a recuperar la inspiración. Aunque ese irrestible estribillo guitarrero sería demasiado para ellos, y más bien parece digno de una banda británica con ganas de fomentar el pogo en sus conciertos. Quizá sea de los momentos en los que más llama la atención la elaborada producción, sin elementos originales o excesivamente contemporáneos, pero capaces de sacar el máximo de instrumentos tradicionales, como lo demuestra su fantástico intervalo instrumental final. "Jamie T Forever", sexto corte, tal vez nos recuerde en su bajo y su guitarra a The Stone Roses, y es que en este acaso Graupner coquetea con el pop bailable, aunque la excelente steel guitar del estribillo consigue que el tema funcione esencialmente como una propuesta pop elegante. Por ponerle algún pero, quizá le falte algo más de desarrollo, pues se queda en los tres minutos justos.
Con "A Ringing Glass" el disco baja un peldaño. Aunque no se trata en absoluto de un mal tema: un medio tiempo de pulida fachada, en el que quizá el bajo sincopado ya no sorprenda tanto, y en el que unas estrofas y un estribillos se ven reforzados por una parte nueva más inspirada si cabe. Y con los tramos instrumentales presididos por un lead synthesizer como detalle más original. "How To: Make It Worse" nos devuelve al pop colorista, incluso con esa parada tan singular en el que, pleno de ironía, Shelter Boy canta aquello de "You and I, and the third, this is so hard to make it worse...". Pero es que a sus luminosas estrofas, con palmadas incluidas, le roba casi todo el protagonismo un estribillo espectacular, en el que la energía cae por la cascada que representan esas guitarras desdobladas por los dos canales. Si bien nuevamente se echa de menos una mayor duración con la que terminar de explotar tantos hallazgos. "If You" es el tema más Oasis del disco, podría pasar perfectamente por un tema perdido de las sesiones de "What's The Story (Morning Glory)?". No ya por las guitarras de su comienzo, ni por la pandereta que podríamos imaginar tocada por Liam, ni por las segundas voces en las que parece que escuchamos a Noel, sino sobre todo por ese estribillo con la caja de la batería doblada que perfectamente podría haber el mayor de los Gallagher en su época de mayor inspiración. Y como, casi sin darnos cuenta, nos hemos plantado en el final del disco, Graupner nos propone a modo de cierre un tema reposado: "Weird Life". Seguramente conocedor de sus limitaciones vocales, no intenta ofrecernos un baladón de campanillas, sino que juega con otros elementos: dos guitarras doblándose con arpegios similares, buenas dosis de melancolía, una flauta sintetizada, y una machacona caja de ritmos que la aleja del concepto de balada. Tanto que el acelerado bajo de la segunda estrofa seguramente haría las delicias de Flea si tuviera oportunidad de escucharlo. Y ya con el tema mediado entra lo que en realidad termina siendo su estribillo, aunque la larga parte nueva, sin percusión, casi nos lo haga olvidar.
Sucesivas escuchas permiten apreciar mejor la riqueza musical de este disco de sencilla apariencia. Y su contenida duración deja con ganas de mucho más. Porque a pesar de su discreta voz, de una presencia que no le favorece (con todos los respetos, aparte de su discutible nombre artístico, su imagen parece la de un adolescente rebelde de los suburbios de cualquier ciudad industrial en decadencia), y de no pertenecer siquiera a un país con una tradición musical en la línea de su propuesta, el balance de "Merciland" es netamente favorable. Por eso da tanta rabia constatar su nula repercusión en los medios, causante entre otras cosas de que su gira sea poco más que unas cuantas fechas por su nación. Les aseguro que la mayoría de las bandas de pop en activo actualmente (nombren las que quieran, según su comercialidad o su prestigio en los medios) andan muy lejos de entregar diez canciones como las que encierra Shelter Boy en este excelente disco. Así que si les gusta el pop y pueden, no dejen pasar la oportunidad: háganse con él, y luego me cuentan.
jueves, 12 de septiembre de 2024
Kaleida - "In Arms" (2024)
El dúo germano-inglés Kaleida ha retornado este 2024 con su tercer álbum, "In Arms". Un álbum que, a decir de sus dos componentes (la vocalista Christina Wood y la teclista Cicely Goulder), estuvo a punto de no existir. Y es que tras la discreta repercusión de su segundo disco, el notable aunque un tanto irregular "Oddysey", ambas decidieron tácitamente que su carrera musical estaba llegando a su fin, y emprendieron vidas separadas (hasta el extremo de poner el Océano Atlántico de por medio). Pero hoy en día las posibilidades de creación a distancia son casi infinitas y así, intercambiando sin pretensiones demos y maquetas, han conseguido finalmente crear las diez canciones que conforman su tercera entrega. Un disco que incluso permite apreciar una evidente evolución en su sonido, sin por ello renunciar a su estilo sensible, intimista y un tanto devastado, pero más rico en su instrumentación y más elaborado en sus arreglos. Algo que podría haber sido una excelente noticia, pues seguramente si de algo pecaba hasta ahora su propuesta era de espartana y un tanto conservadora, pero que desgraciadamente se ve lastrada por su colección de composiciones menos inspirada hasta la fecha.
Una circunstancia que no era fácil predecir a la vista del tracklist de "In Arms" (10 canciones, 2 más que su predecesor, lo que en principio sugería un más elevado nivel creativo), y sobre todo, de los sencillos que lo anticiparon: "Hollow", "Seagull Nun" y "Stranger". Pero es que Wood y Goulder esta vez sí acertaron de pleno a la hora de escoger los temas estrella del disco, y esa terna sin duda constituye los tres momentos más recomendables del mismo. Lo malo es que el bajón de los otros siete temas de "In Arms" es evidente, por lo que (con los lógicos matices dependiendo de la canción), nos encontramos hasta el disco más flojo de su carrera.
Además de tratarse del mejor tema del álbum, y de su primer sencillo, "Hollow" es el corte que lo abre. Retoma la propuesta del dúo justo donde la dejó "Oddysey", en un saludable ejercicio de inspirado continuismo. Porque desde el mismo comienzo las voces tenebrosas de Wood, el oscuro acompañamiento de Goulder y la sencilla programación de la batería resultan absolutamente reconocibles. Pero la canción avanza y llama la atención que la programación se complica con hi-hats y redobles varios, aparecen más teclados y hasta un piano electrónico en un estribillo relativamente movido. Para la segunda estrofa se reservan la sorpresa de un muy elaborado, para tratarse de un tema de pop, arpegio de bajo. Y de postre, un largo y elaborado tramo instrumental. Con todo ello el dúo pone de manifiesto su intención (plenamente conseguida en este caso) de enriquecer su sonido. El problema, como decía antes, es que composiciones así no abundan: "Generation", el siguiente corte, insiste en esos ritmos programados sincopados heredados del hip-hop más tradicional que suponen toda una novedad. Pero la progresión armónica no tiene nada de especial, y la melodía vocal deja bastante indiferente, pues ni siquiera aprovecha las excelentes cualidades vocales de Wood. Los arreglos entre jazzísticos y siniestros que se dejan entrever conforme avanza el tema tampoco ayudan. Afortunadamente, con el tercer corte la ilusión por encontrarse ante un gran disco aumenta: "Seagull Nun", segundo sencillo, las devuelve a su singular estilo, tan tétrico como adictivo. El empleo combinado de una batería real y una progrmación que la complementa, un bajo slap en primer plano que repite machaconamente esa sencilla pero eficaz progresión armónica, y un tramo final en el que sin estridencias juegan con todos los elementos empleados, ayudan a realzar una composición notable. Pero la cosa se desinfla de nuevo en el siguiente tema: "Choices", con la colaboración del para mí desconocido Robot Koch. El dúo baja el tempo para intentar construir una balada desgarradora. Y aun cuando mantienen ese sonido más elaborado y la progresión armónica es válida, la melodía resulta hasta cargante de poco inspirada, por lo que las emociones brillan por su ausencia y sus tres minutos y medios se hacen incluso largos.
"Hansaplast" mejora un poco a su predecesora, y se asemeja en su resultado a lo que podría ser una canción estándar de sus dos temas anteriores. Si bien es cierto que, como sucede más a menudo de lo deseable, la devastación de Wood puede llegar a sonar impostada, y el tramo previo a la repetición final del estribillo es tremendamente monótono. Pero el estribillo es digno, y aunque la instrumentación incurre por vez primera en el disco en el defecto de resultar excesivamente escueta, a partir del segundo estribillo está más trabajada, incluyendo varias voces que le hacen los coros a Wood. Tiene que llegar "Stranger", sexto corte y tercer sencillo, para recordarnos el talento que encierra a veces el dúo. Porque desde el mismo comienzo ya nos cautivan con uno de esos estribillos tan melancólicos como infecciosos. Las estrofas empiezan más flojas, pero conforme avanzan las notas mejoran notablemente, y permiten a Wood exhibir toda su amplitud vocal. Además, los teclados de Goulder están bien escogidos y rellenan bien el espectro. La pega es que la percusión lastra en parte el resultado, pues el tema pedía a gritos un ritmo binario más continuado y contundente. En todo caso, un corte más brillante que "Kilda", el medio tiempo que lo sigue y en el que sí aciertan con esa percusión arrastrada que sostiene el tema, pero no del todo con una composición en la que el oficio predomina sobre la inspiración, y una instrumentación en la que, salvo lo ya programado, poco menos que se limitan a incorporar una especie de mellotron. A cambio, la letra es bonita (lástima de esa pronunciación no muy trabajada de Wood), y termina por suponer uno de los pocos momentos álgidos de los no escogidos como sencillos.
"Endless Youth" es probablemente el tema más luminoso de un disco previsiblemente oscuro. Y ésa es la razón por la que destaca, dado que en realidad, ni a nivel compositivo ni instrumental es nada especial, y encima le sobra minutaje. Por resaltar algo, mencionaré la forma en la que se complementan la batería y la percusión programada, tanto en estrofas como estribillos. "Hey Little Precious" es el último pasaje en el que podamos reconocer a las Kaleida que se han ganado un prestigio en el circuito alternativo. La instrumentación es razonablemente completa (aunque de nuevo falla el ritmo), pero las estrofas no están mal y desembocan con naturalidad en un estribillo largo pero eficaz. Y por una vez, la parte nueva introduce un estimulante cambio de tonalidad gracias a una progresión armónica francamente elaborada para su corta duración. Dado que el cierre lo pone, como no podía ser de otra manera, una balada ("Don´t Turn Me Out", con la colaboración de Other Lives), en la que, ahora sí, se entiende esa instrumentación austera y enfocada casi exclusivamente en la parte vocal, y que no se puede decir que peque de simplona, pero que simplemente no llega a generar emociones. Y que provoca, para más inri, que al terminar tengamos la impresión de que durante la escucha de "In Arms" hayamos podido pasar algo destacable por alto.
Porque salvar tres temas (cinco siendo generosos) de diez, y eso tras cuatro años de silencio, no se puede decir que sea un gran logro. Por mucho que los sencillos defiendan el álbum de la mejor manera posible. Tal vez la frialdad del método creativo haya influido en que la magia no haya surgido con la misma intensidad que cuando ambas compartían espacio creativo. Aunque obviamente Goulder haya mejorado su habilidad para arropar la notable voz de su compañera, y aunque se aprecie ese intento porque haya una evolución en una carrera que hasta ahora se había caracterizado por una personalidad musical muy marcada pero poco versátil. Así que no sé si ellas tendrán esta misma sensación de no haber llegado a donde esperaban y darán el proyecto por concluido, o se retarán a ellas mismas para entregar un cuarto álbum más acorde a lo que sabemos que son capaces de dar. Toca esperar.
Una circunstancia que no era fácil predecir a la vista del tracklist de "In Arms" (10 canciones, 2 más que su predecesor, lo que en principio sugería un más elevado nivel creativo), y sobre todo, de los sencillos que lo anticiparon: "Hollow", "Seagull Nun" y "Stranger". Pero es que Wood y Goulder esta vez sí acertaron de pleno a la hora de escoger los temas estrella del disco, y esa terna sin duda constituye los tres momentos más recomendables del mismo. Lo malo es que el bajón de los otros siete temas de "In Arms" es evidente, por lo que (con los lógicos matices dependiendo de la canción), nos encontramos hasta el disco más flojo de su carrera.
Además de tratarse del mejor tema del álbum, y de su primer sencillo, "Hollow" es el corte que lo abre. Retoma la propuesta del dúo justo donde la dejó "Oddysey", en un saludable ejercicio de inspirado continuismo. Porque desde el mismo comienzo las voces tenebrosas de Wood, el oscuro acompañamiento de Goulder y la sencilla programación de la batería resultan absolutamente reconocibles. Pero la canción avanza y llama la atención que la programación se complica con hi-hats y redobles varios, aparecen más teclados y hasta un piano electrónico en un estribillo relativamente movido. Para la segunda estrofa se reservan la sorpresa de un muy elaborado, para tratarse de un tema de pop, arpegio de bajo. Y de postre, un largo y elaborado tramo instrumental. Con todo ello el dúo pone de manifiesto su intención (plenamente conseguida en este caso) de enriquecer su sonido. El problema, como decía antes, es que composiciones así no abundan: "Generation", el siguiente corte, insiste en esos ritmos programados sincopados heredados del hip-hop más tradicional que suponen toda una novedad. Pero la progresión armónica no tiene nada de especial, y la melodía vocal deja bastante indiferente, pues ni siquiera aprovecha las excelentes cualidades vocales de Wood. Los arreglos entre jazzísticos y siniestros que se dejan entrever conforme avanza el tema tampoco ayudan. Afortunadamente, con el tercer corte la ilusión por encontrarse ante un gran disco aumenta: "Seagull Nun", segundo sencillo, las devuelve a su singular estilo, tan tétrico como adictivo. El empleo combinado de una batería real y una progrmación que la complementa, un bajo slap en primer plano que repite machaconamente esa sencilla pero eficaz progresión armónica, y un tramo final en el que sin estridencias juegan con todos los elementos empleados, ayudan a realzar una composición notable. Pero la cosa se desinfla de nuevo en el siguiente tema: "Choices", con la colaboración del para mí desconocido Robot Koch. El dúo baja el tempo para intentar construir una balada desgarradora. Y aun cuando mantienen ese sonido más elaborado y la progresión armónica es válida, la melodía resulta hasta cargante de poco inspirada, por lo que las emociones brillan por su ausencia y sus tres minutos y medios se hacen incluso largos.
"Hansaplast" mejora un poco a su predecesora, y se asemeja en su resultado a lo que podría ser una canción estándar de sus dos temas anteriores. Si bien es cierto que, como sucede más a menudo de lo deseable, la devastación de Wood puede llegar a sonar impostada, y el tramo previo a la repetición final del estribillo es tremendamente monótono. Pero el estribillo es digno, y aunque la instrumentación incurre por vez primera en el disco en el defecto de resultar excesivamente escueta, a partir del segundo estribillo está más trabajada, incluyendo varias voces que le hacen los coros a Wood. Tiene que llegar "Stranger", sexto corte y tercer sencillo, para recordarnos el talento que encierra a veces el dúo. Porque desde el mismo comienzo ya nos cautivan con uno de esos estribillos tan melancólicos como infecciosos. Las estrofas empiezan más flojas, pero conforme avanzan las notas mejoran notablemente, y permiten a Wood exhibir toda su amplitud vocal. Además, los teclados de Goulder están bien escogidos y rellenan bien el espectro. La pega es que la percusión lastra en parte el resultado, pues el tema pedía a gritos un ritmo binario más continuado y contundente. En todo caso, un corte más brillante que "Kilda", el medio tiempo que lo sigue y en el que sí aciertan con esa percusión arrastrada que sostiene el tema, pero no del todo con una composición en la que el oficio predomina sobre la inspiración, y una instrumentación en la que, salvo lo ya programado, poco menos que se limitan a incorporar una especie de mellotron. A cambio, la letra es bonita (lástima de esa pronunciación no muy trabajada de Wood), y termina por suponer uno de los pocos momentos álgidos de los no escogidos como sencillos.
"Endless Youth" es probablemente el tema más luminoso de un disco previsiblemente oscuro. Y ésa es la razón por la que destaca, dado que en realidad, ni a nivel compositivo ni instrumental es nada especial, y encima le sobra minutaje. Por resaltar algo, mencionaré la forma en la que se complementan la batería y la percusión programada, tanto en estrofas como estribillos. "Hey Little Precious" es el último pasaje en el que podamos reconocer a las Kaleida que se han ganado un prestigio en el circuito alternativo. La instrumentación es razonablemente completa (aunque de nuevo falla el ritmo), pero las estrofas no están mal y desembocan con naturalidad en un estribillo largo pero eficaz. Y por una vez, la parte nueva introduce un estimulante cambio de tonalidad gracias a una progresión armónica francamente elaborada para su corta duración. Dado que el cierre lo pone, como no podía ser de otra manera, una balada ("Don´t Turn Me Out", con la colaboración de Other Lives), en la que, ahora sí, se entiende esa instrumentación austera y enfocada casi exclusivamente en la parte vocal, y que no se puede decir que peque de simplona, pero que simplemente no llega a generar emociones. Y que provoca, para más inri, que al terminar tengamos la impresión de que durante la escucha de "In Arms" hayamos podido pasar algo destacable por alto.
Porque salvar tres temas (cinco siendo generosos) de diez, y eso tras cuatro años de silencio, no se puede decir que sea un gran logro. Por mucho que los sencillos defiendan el álbum de la mejor manera posible. Tal vez la frialdad del método creativo haya influido en que la magia no haya surgido con la misma intensidad que cuando ambas compartían espacio creativo. Aunque obviamente Goulder haya mejorado su habilidad para arropar la notable voz de su compañera, y aunque se aprecie ese intento porque haya una evolución en una carrera que hasta ahora se había caracterizado por una personalidad musical muy marcada pero poco versátil. Así que no sé si ellas tendrán esta misma sensación de no haber llegado a donde esperaban y darán el proyecto por concluido, o se retarán a ellas mismas para entregar un cuarto álbum más acorde a lo que sabemos que son capaces de dar. Toca esperar.
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