El dúo germano-inglés Kaleida ha retornado este 2024 con su tercer álbum, "In Arms". Un álbum que, a decir de sus dos componentes (la vocalista Christina Wood y la teclista Cicely Goulder), estuvo a punto de no existir. Y es que tras la discreta repercusión de su segundo disco, el notable aunque un tanto irregular "Oddysey", ambas decidieron tácitamente que su carrera musical estaba llegando a su fin, y emprendieron vidas separadas (hasta el extremo de poner el Océano Atlántico de por medio). Pero hoy en día las posibilidades de creación a distancia son casi infinitas y así, intercambiando sin pretensiones demos y maquetas, han conseguido finalmente crear las diez canciones que conforman su tercera entrega. Un disco que incluso permite apreciar una evidente evolución en su sonido, sin por ello renunciar a su estilo sensible, intimista y un tanto devastado, pero más rico en su instrumentación y más elaborado en sus arreglos. Algo que podría haber sido una excelente noticia, pues seguramente si de algo pecaba hasta ahora su propuesta era de espartana y un tanto conservadora, pero que desgraciadamente se ve lastrada por su colección de composiciones menos inspirada hasta la fecha.
Una circunstancia que no era fácil predecir a la vista del tracklist de "In Arms" (10 canciones, 2 más que su predecesor, lo que en principio sugería un más elevado nivel creativo), y sobre todo, de los sencillos que lo anticiparon: "Hollow", "Seagull Nun" y "Stranger". Pero es que Wood y Goulder esta vez sí acertaron de pleno a la hora de escoger los temas estrella del disco, y esa terna sin duda constituye los tres momentos más recomendables del mismo. Lo malo es que el bajón de los otros siete temas de "In Arms" es evidente, por lo que (con los lógicos matices dependiendo de la canción), nos encontramos hasta el disco más flojo de su carrera.
Además de tratarse del mejor tema del álbum, y de su primer sencillo, "Hollow" es el corte que lo abre. Retoma la propuesta del dúo justo donde la dejó "Oddysey", en un saludable ejercicio de inspirado continuismo. Porque desde el mismo comienzo las voces tenebrosas de Wood, el oscuro acompañamiento de Goulder y la sencilla programación de la batería resultan absolutamente reconocibles. Pero la canción avanza y llama la atención que la programación se complica con hi-hats y redobles varios, aparecen más teclados y hasta un piano electrónico en un estribillo relativamente movido. Para la segunda estrofa se reservan la sorpresa de un muy elaborado, para tratarse de un tema de pop, arpegio de bajo. Y de postre, un largo y elaborado tramo instrumental. Con todo ello el dúo pone de manifiesto su intención (plenamente conseguida en este caso) de enriquecer su sonido. El problema, como decía antes, es que composiciones así no abundan: "Generation", el siguiente corte, insiste en esos ritmos programados sincopados heredados del hip-hop más tradicional que suponen toda una novedad. Pero la progresión armónica no tiene nada de especial, y la melodía vocal deja bastante indiferente, pues ni siquiera aprovecha las excelentes cualidades vocales de Wood. Los arreglos entre jazzísticos y siniestros que se dejan entrever conforme avanza el tema tampoco ayudan. Afortunadamente, con el tercer corte la ilusión por encontrarse ante un gran disco aumenta: "Seagull Nun", segundo sencillo, las devuelve a su singular estilo, tan tétrico como adictivo. El empleo combinado de una batería real y una progrmación que la complementa, un bajo slap en primer plano que repite machaconamente esa sencilla pero eficaz progresión armónica, y un tramo final en el que sin estridencias juegan con todos los elementos empleados, ayudan a realzar una composición notable. Pero la cosa se desinfla de nuevo en el siguiente tema: "Choices", con la colaboración del para mí desconocido Robot Koch. El dúo baja el tempo para intentar construir una balada desgarradora. Y aun cuando mantienen ese sonido más elaborado y la progresión armónica es válida, la melodía resulta hasta cargante de poco inspirada, por lo que las emociones brillan por su ausencia y sus tres minutos y medios se hacen incluso largos.
"Hansaplast" mejora un poco a su predecesora, y se asemeja en su resultado a lo que podría ser una canción estándar de sus dos temas anteriores. Si bien es cierto que, como sucede más a menudo de lo deseable, la devastación de Wood puede llegar a sonar impostada, y el tramo previo a la repetición final del estribillo es tremendamente monótono. Pero el estribillo es digno, y aunque la instrumentación incurre por vez primera en el disco en el defecto de resultar excesivamente escueta, a partir del segundo estribillo está más trabajada, incluyendo varias voces que le hacen los coros a Wood. Tiene que llegar "Stranger", sexto corte y tercer sencillo, para recordarnos el talento que encierra a veces el dúo. Porque desde el mismo comienzo ya nos cautivan con uno de esos estribillos tan melancólicos como infecciosos. Las estrofas empiezan más flojas, pero conforme avanzan las notas mejoran notablemente, y permiten a Wood exhibir toda su amplitud vocal. Además, los teclados de Goulder están bien escogidos y rellenan bien el espectro. La pega es que la percusión lastra en parte el resultado, pues el tema pedía a gritos un ritmo binario más continuado y contundente. En todo caso, un corte más brillante que "Kilda", el medio tiempo que lo sigue y en el que sí aciertan con esa percusión arrastrada que sostiene el tema, pero no del todo con una composición en la que el oficio predomina sobre la inspiración, y una instrumentación en la que, salvo lo ya programado, poco menos que se limitan a incorporar una especie de mellotron. A cambio, la letra es bonita (lástima de esa pronunciación no muy trabajada de Wood), y termina por suponer uno de los pocos momentos álgidos de los no escogidos como sencillos.
"Endless Youth" es probablemente el tema más luminoso de un disco previsiblemente oscuro. Y ésa es la razón por la que destaca, dado que en realidad, ni a nivel compositivo ni instrumental es nada especial, y encima le sobra minutaje. Por resaltar algo, mencionaré la forma en la que se complementan la batería y la percusión programada, tanto en estrofas como estribillos. "Hey Little Precious" es el último pasaje en el que podamos reconocer a las Kaleida que se han ganado un prestigio en el circuito alternativo. La instrumentación es razonablemente completa (aunque de nuevo falla el ritmo), pero las estrofas no están mal y desembocan con naturalidad en un estribillo largo pero eficaz. Y por una vez, la parte nueva introduce un estimulante cambio de tonalidad gracias a una progresión armónica francamente elaborada para su corta duración. Dado que el cierre lo pone, como no podía ser de otra manera, una balada ("Don´t Turn Me Out", con la colaboración de Other Lives), en la que, ahora sí, se entiende esa instrumentación austera y enfocada casi exclusivamente en la parte vocal, y que no se puede decir que peque de simplona, pero que simplemente no llega a generar emociones. Y que provoca, para más inri, que al terminar tengamos la impresión de que durante la escucha de "In Arms" hayamos podido pasar algo destacable por alto.
Porque salvar tres temas (cinco siendo generosos) de diez, y eso tras cuatro años de silencio, no se puede decir que sea un gran logro. Por mucho que los sencillos defiendan el álbum de la mejor manera posible. Tal vez la frialdad del método creativo haya influido en que la magia no haya surgido con la misma intensidad que cuando ambas compartían espacio creativo. Aunque obviamente Goulder haya mejorado su habilidad para arropar la notable voz de su compañera, y aunque se aprecie ese intento porque haya una evolución en una carrera que hasta ahora se había caracterizado por una personalidad musical muy marcada pero poco versátil. Así que no sé si ellas tendrán esta misma sensación de no haber llegado a donde esperaban y darán el proyecto por concluido, o se retarán a ellas mismas para entregar un cuarto álbum más acorde a lo que sabemos que son capaces de dar. Toca esperar.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
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jueves, 12 de septiembre de 2024
sábado, 24 de octubre de 2020
Kaleida: "Odyssey" (2020)
Justo al cumplirse tres años desde su álbum de debut (ese interesante y por momentos brillante "Tear the roots" que reseñé en este mismo blog), el dúo femenino británico Kaleida ha publicado "Odyssey", su nuevo disco. Una entrega en la que la vocalista Christina Wood y la teclista Cicely Goulder han afrontado el siempre difícil reto del segundo álbum sin modificar apenas su propuesta respecto al primero. Propuesta que (debo empezar aclarando) a mi modo de ver no es el electropop en el que se las suele categorizar. Porque aquí no abundan los bombos sobredimensionados, ni los sintetizadores de última generación, ni los trallazos para la pista de baile. Lo que rige la propuesta musical del dúo es el "menos es más" que tanto talento require para sostenerse.
No significa esto que no vayamos a encontrar sintetizadores, ni que casi todos los temas tengan sus estrofas, estribillos, partes nuevas y codas como corresponde al pop clásico. Es más que lo que busca el dúo es sobre todo aflorar determinados sentimientos (melancolía, tristeza, introspección) y no tanto alegrarnos esas tardes de otoño cada vez más cortas. De hecho, a menudo las canciones están construidas sobre unas pocas pistas, de manera que cuando se incorpora un nuevo instrumento es casi un acontecimiento. Y no es extraño escuchar instrumentos orgánicos como baterías, pianos y guitarras eléctricas. Lo que ciertamente no encontrarán es auto-tunes, ni el ubicuo Ableton Live. Por eso lo equívoco de presentarlas como electropop; para mí hablar de indie-pop intimista sería una forma más precisa de definirlas.
En lo que constituye toda una declaración de intenciones, el álbum lo abre el tema que da título al disco y que mejor lo define: "Odyssey" es un precioso tema de pop intimista con varias partes claramente diferenciadas en el que además de la certera progresión armónica y la sobrecogedora melodía de sus estrofas, lo que más llama la atención es la guitarra que la vertebra casi desde el comienzo, así como los sencillos pero eficaces timbales que aparecen a partir de la segunda estrofa, fiel reflejo de un tema que no deja de evolucionar compositivamente y de crecer instrumentalmente de principio a fin. A mi modo de ver resulta inferior "Other side", el sencillo que anticipó el álbum hace ahora cuatro meses. Y es que a veces la excelente voz de Wood puede resultar excesivamente triste si la melodía no le ayuda, y éste es claramente el caso. Aunque, como casi todos, el tema está bien estructurado y producido. "The news", tercer corte, vuelve a ponernos la carne de gallina con su devastadora tristeza ya desde el comienzo (sólo la voz de Wood y el piano de Goulder con otra fantástica estrofa). El extraño cambio de progresión armónica en el estribillo acaba por resultar original tras muchas escuchas, el synclavier de la segunda estrofa un certero detalle, y las cuerdas del estribillo final tan esperables como disfrutables. "Feed us some" fue el tercer sencillo y es quizá el tema más bailable del disco, con su arpegio de piano obsesivo, y ahora sí un bombo en primer plano y las palmadas que hacen de caja para recordarnos que el intimismo puede tener ritmo. Pero la tonalidad de la canción es extraña, la melodía un tanto deslavazada y el piano puede llegar a cansar, por lo que el resultado no pasa de correcto.
"Long noon" fue el segundo sencillo el pasado verano, y es para mí una de las mejores canciones en lo que va de año. Esta vez la maravillosa combinación de progresión armónica y melodía no sólo transmite melancolía, sino también desesperación, y en vez de sucumbir a la tentación de dejarla "acústica" (voz y piano, como al comienzo), el dúo va añadiendo poco a poco instrumentos, incluyendo un gélido sintetizador, un pizzicato electrónico, la programación de percusión más meritoria del disco, y otra inspirada guitarra; sólo el intervalo instrumental pierde algo de fuerza frente al resto. "Josephine" amaga con dejarse llevar por el intimismo espartano que tanto les gusta, pero un precioso estribillo compensa los excesos de las estrofas tanto melódicamente como instrumentalmente, y el resultado es notable. "Fake", el penúltimo corte, es un compendio de lo expuesto en los seis temas anteriores, con una melodía más cautivadora en el estribillo que en las estrofas pero a la que le falta algo de contundencia para grabarse en la mente de quienes escuchen el álbum. Y "No computer" cierra el álbum apostando por la experimentación más que ningún otro corte, priorizando las atmósferas envolventes sobre la melancolía vocal, con pasajes que pueden recordarnos a los de Rüfus du Sol, dando como resultado un tema quizá no especialmente disfrutable pero sí muy interesante de escuchar y que mantiene la atención hasta el final.
Está claro que al disco le habría venido bien algún tema más: sólo ocho canciones y treinta y cinco minutos tras tres años de silencio está en el límite de lo admisible en un segundo álbum. Tampoco considero la elección de los sencillos especialmente acertada, pues se han dejado fuera casi todos los mejores momentos. Y un cambio de estilo a la hora de interpretar alguna de las canciones menos inspiradas, o incluso un punto más de variedad a la hora de instrumentar algún tema, habría oxigenado el conjunto. En todo caso Wood y Goulder son muy buenas en sus parcelas, y han conseguido dar con la tecla de la inspiración en la composición y en la producción el suficiente número de veces como para que el disco resulte globalmente recomendable. Parece que están teniendo además una mayor repercusión en los medios y en el público en general (algunos de sus vídeos superan ya las cien mil reproducciones en Youtube). Ojalá estas tendencias se confirmen y les animen a seguir con su carrera como dúo, porque no estamos sobrados de artistas capaces de generar tantas emociones.
No significa esto que no vayamos a encontrar sintetizadores, ni que casi todos los temas tengan sus estrofas, estribillos, partes nuevas y codas como corresponde al pop clásico. Es más que lo que busca el dúo es sobre todo aflorar determinados sentimientos (melancolía, tristeza, introspección) y no tanto alegrarnos esas tardes de otoño cada vez más cortas. De hecho, a menudo las canciones están construidas sobre unas pocas pistas, de manera que cuando se incorpora un nuevo instrumento es casi un acontecimiento. Y no es extraño escuchar instrumentos orgánicos como baterías, pianos y guitarras eléctricas. Lo que ciertamente no encontrarán es auto-tunes, ni el ubicuo Ableton Live. Por eso lo equívoco de presentarlas como electropop; para mí hablar de indie-pop intimista sería una forma más precisa de definirlas.
En lo que constituye toda una declaración de intenciones, el álbum lo abre el tema que da título al disco y que mejor lo define: "Odyssey" es un precioso tema de pop intimista con varias partes claramente diferenciadas en el que además de la certera progresión armónica y la sobrecogedora melodía de sus estrofas, lo que más llama la atención es la guitarra que la vertebra casi desde el comienzo, así como los sencillos pero eficaces timbales que aparecen a partir de la segunda estrofa, fiel reflejo de un tema que no deja de evolucionar compositivamente y de crecer instrumentalmente de principio a fin. A mi modo de ver resulta inferior "Other side", el sencillo que anticipó el álbum hace ahora cuatro meses. Y es que a veces la excelente voz de Wood puede resultar excesivamente triste si la melodía no le ayuda, y éste es claramente el caso. Aunque, como casi todos, el tema está bien estructurado y producido. "The news", tercer corte, vuelve a ponernos la carne de gallina con su devastadora tristeza ya desde el comienzo (sólo la voz de Wood y el piano de Goulder con otra fantástica estrofa). El extraño cambio de progresión armónica en el estribillo acaba por resultar original tras muchas escuchas, el synclavier de la segunda estrofa un certero detalle, y las cuerdas del estribillo final tan esperables como disfrutables. "Feed us some" fue el tercer sencillo y es quizá el tema más bailable del disco, con su arpegio de piano obsesivo, y ahora sí un bombo en primer plano y las palmadas que hacen de caja para recordarnos que el intimismo puede tener ritmo. Pero la tonalidad de la canción es extraña, la melodía un tanto deslavazada y el piano puede llegar a cansar, por lo que el resultado no pasa de correcto.
"Long noon" fue el segundo sencillo el pasado verano, y es para mí una de las mejores canciones en lo que va de año. Esta vez la maravillosa combinación de progresión armónica y melodía no sólo transmite melancolía, sino también desesperación, y en vez de sucumbir a la tentación de dejarla "acústica" (voz y piano, como al comienzo), el dúo va añadiendo poco a poco instrumentos, incluyendo un gélido sintetizador, un pizzicato electrónico, la programación de percusión más meritoria del disco, y otra inspirada guitarra; sólo el intervalo instrumental pierde algo de fuerza frente al resto. "Josephine" amaga con dejarse llevar por el intimismo espartano que tanto les gusta, pero un precioso estribillo compensa los excesos de las estrofas tanto melódicamente como instrumentalmente, y el resultado es notable. "Fake", el penúltimo corte, es un compendio de lo expuesto en los seis temas anteriores, con una melodía más cautivadora en el estribillo que en las estrofas pero a la que le falta algo de contundencia para grabarse en la mente de quienes escuchen el álbum. Y "No computer" cierra el álbum apostando por la experimentación más que ningún otro corte, priorizando las atmósferas envolventes sobre la melancolía vocal, con pasajes que pueden recordarnos a los de Rüfus du Sol, dando como resultado un tema quizá no especialmente disfrutable pero sí muy interesante de escuchar y que mantiene la atención hasta el final.
Está claro que al disco le habría venido bien algún tema más: sólo ocho canciones y treinta y cinco minutos tras tres años de silencio está en el límite de lo admisible en un segundo álbum. Tampoco considero la elección de los sencillos especialmente acertada, pues se han dejado fuera casi todos los mejores momentos. Y un cambio de estilo a la hora de interpretar alguna de las canciones menos inspiradas, o incluso un punto más de variedad a la hora de instrumentar algún tema, habría oxigenado el conjunto. En todo caso Wood y Goulder son muy buenas en sus parcelas, y han conseguido dar con la tecla de la inspiración en la composición y en la producción el suficiente número de veces como para que el disco resulte globalmente recomendable. Parece que están teniendo además una mayor repercusión en los medios y en el público en general (algunos de sus vídeos superan ya las cien mil reproducciones en Youtube). Ojalá estas tendencias se confirmen y les animen a seguir con su carrera como dúo, porque no estamos sobrados de artistas capaces de generar tantas emociones.
domingo, 13 de mayo de 2018
Kaleida: "Tear the roots" (2017)
En el otoño del año pasado vio la luz el álbum de debut del dúo londinense Kaleida. Formado por Christina Wood (voz) y la alemana Cicely Goulder (teclados, producción), no se trata de un dúo femenino al uso. Es decir, no optan por una imagen agresiva, ni por un pop de contenido sexual y mensajes feministas. Al contrario, lo que nos ha estado proponiendo el dúo desde que debutó con su primer EP "Think" hace un par de temporadas es un pop barroco y minimalista a la vez, sobre un colchón electrónico reducido a la mínima expresión posible. Todo un ejercicio de estilo en una época en la que las canciones se pueden enriquecer con más y más pistas sin tener que arruinarse en tecnología.
Reducir el número de instrumentos al mínimo no es sin embargo algo nuevo en el pop electrónico: ahí tenemos a los australianos Rüfus sin ir más lejos. Pero Kaleida llevan la idea al extremo: quizá movidas por la búsqueda de la sensibilidad como leif motiv a lo The XX, Goulder y Wood instrumentan sus canciones con percusiones sencillas, una línea de bajo sobre la que desarrollar las progresiones armónicas y apenas algún sintetizador adicional, casi siempre poco estridente. Eso sí, la voz de Wood, una mezcla entre Florence Welch y Elena Tonra de Daughter, está siempre en primer plano, y a menudo está doblada en tonos diferentes, o incluso pre-sintetizada y luego añadida a las pistas vocales. Lo que podría llegar a interpretarse como una contradicción en un sonido por lo demás tan espartano. O también como un refuerzo de su personalidad muscial.
Al final lo que importa es el resultado. Y la razón por la que estoy reseñando este álbum en mayo aunque lo escuché por primera vez en octubre es precisamente que "Tear the roots" es un disco en el que a menudo predominan sus virtudes, pero en otras ocasiones ganan sus defectos, lo que ha hecho que me haya acercado y alejado de él varias veces a lo largo de estos meses. Pero al final la personalidad musical del dúo se ha impuesto, y aquí estoy dedicándoles una entrada completa. Quizá si hubieran aprovechado más temas de sus dos EPs previos para el álbum (sólo uno de sus once temas ha acabado aquí, las otras diez canciones fueron escritas ex professo para "Tear the roots") el balance habría sido más claramente favorable.
El disco lo abre "Convolution", que quizá sea una apuesta demasiado arriesgada, pues sus dos primeros minutos son prácticamente un loop en el que Wood repite hasta el hartazgo aquello de "Hockey season", en la mejor tradición de la fría música electrónica alemana. Es cierto que luego quedan otros tres minutos con una cierta estructura de canción, una progresión armónica decente y una parte vocal elaborada (no sabría si calificarla de estrofa o de estribillo), pero el resultado no es del todo redondo. Bastante más satisfactorio es "Echo saw you", el segundo corte, melancólico y espartano, pero con una melodía tan difícil de interpretar como evocadora y una sensibilidad que recuerda a los mejores tiempos de Everything But The Girl. Incluso el sencillo piano que tímidamente aparece para remarcar los acordes en el tramo final resulta efectivo para rematar uno de los mejores temas del año pasado, que ya formó parte de mi lista de mejores canciones de 2017. Lo malo es que el álbum vuelve a encallar en el siguiente corte, "All the pretty pieces", que mantiene el estilo de los dos temas anteriores pero resulta monótono porque repite una y otra vez el mismo tramo vocal, además de un tanto impostado en la tristeza extrema que traslada la interpretación vocal de Wood.
Siguiendo los vaivenes que caracterizan este disco, el cuarto tema, "Division", remonta el vuelo y es quizá mi momento favorito: una progresión armónica que nos resultará familiar por otras grandes canciones pero que resulta muy efectiva, unas estrofas y un estribillo tan oscuros como adictivos, y un puente instrumental final (prácticamente la línea de bajo y las voces sintetizadas mezclada con la voz real) tan sencillo como meritorio (por ponerle un pero, el sintetizador final que remarca los acordes es disonante con la progresión armónica principal en algunos compases). Ahora el álbum no pega tanto bajón porque "Free", la siguiente canción, es una balada con voz y piano (además de algunos adornos electrónicos) que no inventa nada pero resulta agradable y, en sus estrofas, casi notable. Aunque notablemente inferior a "Think", el tema con el que se dieron a conocer, y el único de sus dos EPs que ha sobrevivido hasta este álbum de debut. Que empieza con una caja ritmos que es puro house de finales de los ochenta, sigue con una estrofa larga, elaborada y correcta y remata con un estribillo extenso y con un muy original cambio de tonalidad en el medio. Si a eso le añadimos que la instrumentación evoluciona más que en otras canciones (sin exagerar tampoco), entenderemos por qué sigue siendo su canción de referencia. El problema es que el siguiente tema, "Coco", vuelve a bajar el listón, resultando otra vez frío a la vez que trágico e insulso con su melodía reiterativa de notas altas.
El tramo final del disco se mueve en la misma irregularidad: el siguiente corte, "Meter", es otra gran canción, y mi segundo momento favorito. Con los mismos ingredientes (voces sintetizadas, acordes sustentados por el bajo sintetizado, ritmo contenido, percusión sencilla), su eficaz estrofa prepara el terreno para un maravilloso estribillo (ese "Keep the needle running" se adhiere sin remedio a nuestro cerebro), y el sencillo puente instrumental y la repetición del estribillo sin armonía alguna nos acaban de emocionar. "House of pulp" es el único tema que cambia el registro, pues aun siendo espartano y estructurado en torno a las voces de Wood como de costumbre, se orienta hace un estilo más claramente pop, menos introspectivo y tenebroso, con un resultado agradable y que oxigena el conjunto. Pero luego nos topamos con el último patinazo del disco: Wood y GOulder intentan llevar el gran éxito pop de mediados de los ochente "99 luftballons" de los alemanes Nena a su terreno, y lo hacen transformando su vitalista y casi punk progresión armónica en otra de acordes menores que le quita toda la chispa, y encima lo ralentizan hasta convertirlo en aburrido. Afortunadamente el disco se cierra con el tema que da título al álbum, "Tear the roots", que como cabía esperar es una buena canción. Claramente deudor de los Portishead de "Dummy", es un tema de trip-hop nocturno, relativamente desnudo, de interpretación vocal muy complicada (también emulando a Beth Gibbons) y con las sorpresas de una viola para resaltar la progresión armónica en el estribillo y un violín para el cautivador intervalo instrumental.
Esa alternancia entre momentos un tanto pesados y grandes canciones hace que al final cueste formular una opinión global sobre "Tear the roots". Una solución puede ser transformarlo en un mini LP disfrutable de principio a fin, o pulsar el forward en varias ocasiones. Porque cuando dan con la tecla su propuesta es cautivadora y casi brillante, pero ellas mismas no parecen ser capaces de darse cuenta. Algo parecido sucede con la voz de Wood: sus cualidades están fuera de toda duda, y sus interpretaciones a veces son casi perfectas, pero otras se quedan en la forma y no suenan del todo creíbles, y su dicción tampoco es la mejor. Incluso con la instrumentación de Goulder, correcta en general pero a la que con frecuencia se le echa de menos algo más de riesgo. Si a todo ello le añadimos que el álbum no ha tenido demasiada repercusión, nos quedará la duda sobre si este "Tear the roots" tendrá alguna vez continuidad. Esperemos que, si llega ese momento, sepan distinguir mejor el grano de la paja: ahí estará la clave de su carrera.
Reducir el número de instrumentos al mínimo no es sin embargo algo nuevo en el pop electrónico: ahí tenemos a los australianos Rüfus sin ir más lejos. Pero Kaleida llevan la idea al extremo: quizá movidas por la búsqueda de la sensibilidad como leif motiv a lo The XX, Goulder y Wood instrumentan sus canciones con percusiones sencillas, una línea de bajo sobre la que desarrollar las progresiones armónicas y apenas algún sintetizador adicional, casi siempre poco estridente. Eso sí, la voz de Wood, una mezcla entre Florence Welch y Elena Tonra de Daughter, está siempre en primer plano, y a menudo está doblada en tonos diferentes, o incluso pre-sintetizada y luego añadida a las pistas vocales. Lo que podría llegar a interpretarse como una contradicción en un sonido por lo demás tan espartano. O también como un refuerzo de su personalidad muscial.
Al final lo que importa es el resultado. Y la razón por la que estoy reseñando este álbum en mayo aunque lo escuché por primera vez en octubre es precisamente que "Tear the roots" es un disco en el que a menudo predominan sus virtudes, pero en otras ocasiones ganan sus defectos, lo que ha hecho que me haya acercado y alejado de él varias veces a lo largo de estos meses. Pero al final la personalidad musical del dúo se ha impuesto, y aquí estoy dedicándoles una entrada completa. Quizá si hubieran aprovechado más temas de sus dos EPs previos para el álbum (sólo uno de sus once temas ha acabado aquí, las otras diez canciones fueron escritas ex professo para "Tear the roots") el balance habría sido más claramente favorable.
El disco lo abre "Convolution", que quizá sea una apuesta demasiado arriesgada, pues sus dos primeros minutos son prácticamente un loop en el que Wood repite hasta el hartazgo aquello de "Hockey season", en la mejor tradición de la fría música electrónica alemana. Es cierto que luego quedan otros tres minutos con una cierta estructura de canción, una progresión armónica decente y una parte vocal elaborada (no sabría si calificarla de estrofa o de estribillo), pero el resultado no es del todo redondo. Bastante más satisfactorio es "Echo saw you", el segundo corte, melancólico y espartano, pero con una melodía tan difícil de interpretar como evocadora y una sensibilidad que recuerda a los mejores tiempos de Everything But The Girl. Incluso el sencillo piano que tímidamente aparece para remarcar los acordes en el tramo final resulta efectivo para rematar uno de los mejores temas del año pasado, que ya formó parte de mi lista de mejores canciones de 2017. Lo malo es que el álbum vuelve a encallar en el siguiente corte, "All the pretty pieces", que mantiene el estilo de los dos temas anteriores pero resulta monótono porque repite una y otra vez el mismo tramo vocal, además de un tanto impostado en la tristeza extrema que traslada la interpretación vocal de Wood.
Siguiendo los vaivenes que caracterizan este disco, el cuarto tema, "Division", remonta el vuelo y es quizá mi momento favorito: una progresión armónica que nos resultará familiar por otras grandes canciones pero que resulta muy efectiva, unas estrofas y un estribillo tan oscuros como adictivos, y un puente instrumental final (prácticamente la línea de bajo y las voces sintetizadas mezclada con la voz real) tan sencillo como meritorio (por ponerle un pero, el sintetizador final que remarca los acordes es disonante con la progresión armónica principal en algunos compases). Ahora el álbum no pega tanto bajón porque "Free", la siguiente canción, es una balada con voz y piano (además de algunos adornos electrónicos) que no inventa nada pero resulta agradable y, en sus estrofas, casi notable. Aunque notablemente inferior a "Think", el tema con el que se dieron a conocer, y el único de sus dos EPs que ha sobrevivido hasta este álbum de debut. Que empieza con una caja ritmos que es puro house de finales de los ochenta, sigue con una estrofa larga, elaborada y correcta y remata con un estribillo extenso y con un muy original cambio de tonalidad en el medio. Si a eso le añadimos que la instrumentación evoluciona más que en otras canciones (sin exagerar tampoco), entenderemos por qué sigue siendo su canción de referencia. El problema es que el siguiente tema, "Coco", vuelve a bajar el listón, resultando otra vez frío a la vez que trágico e insulso con su melodía reiterativa de notas altas.
El tramo final del disco se mueve en la misma irregularidad: el siguiente corte, "Meter", es otra gran canción, y mi segundo momento favorito. Con los mismos ingredientes (voces sintetizadas, acordes sustentados por el bajo sintetizado, ritmo contenido, percusión sencilla), su eficaz estrofa prepara el terreno para un maravilloso estribillo (ese "Keep the needle running" se adhiere sin remedio a nuestro cerebro), y el sencillo puente instrumental y la repetición del estribillo sin armonía alguna nos acaban de emocionar. "House of pulp" es el único tema que cambia el registro, pues aun siendo espartano y estructurado en torno a las voces de Wood como de costumbre, se orienta hace un estilo más claramente pop, menos introspectivo y tenebroso, con un resultado agradable y que oxigena el conjunto. Pero luego nos topamos con el último patinazo del disco: Wood y GOulder intentan llevar el gran éxito pop de mediados de los ochente "99 luftballons" de los alemanes Nena a su terreno, y lo hacen transformando su vitalista y casi punk progresión armónica en otra de acordes menores que le quita toda la chispa, y encima lo ralentizan hasta convertirlo en aburrido. Afortunadamente el disco se cierra con el tema que da título al álbum, "Tear the roots", que como cabía esperar es una buena canción. Claramente deudor de los Portishead de "Dummy", es un tema de trip-hop nocturno, relativamente desnudo, de interpretación vocal muy complicada (también emulando a Beth Gibbons) y con las sorpresas de una viola para resaltar la progresión armónica en el estribillo y un violín para el cautivador intervalo instrumental.
Esa alternancia entre momentos un tanto pesados y grandes canciones hace que al final cueste formular una opinión global sobre "Tear the roots". Una solución puede ser transformarlo en un mini LP disfrutable de principio a fin, o pulsar el forward en varias ocasiones. Porque cuando dan con la tecla su propuesta es cautivadora y casi brillante, pero ellas mismas no parecen ser capaces de darse cuenta. Algo parecido sucede con la voz de Wood: sus cualidades están fuera de toda duda, y sus interpretaciones a veces son casi perfectas, pero otras se quedan en la forma y no suenan del todo creíbles, y su dicción tampoco es la mejor. Incluso con la instrumentación de Goulder, correcta en general pero a la que con frecuencia se le echa de menos algo más de riesgo. Si a todo ello le añadimos que el álbum no ha tenido demasiada repercusión, nos quedará la duda sobre si este "Tear the roots" tendrá alguna vez continuidad. Esperemos que, si llega ese momento, sepan distinguir mejor el grano de la paja: ahí estará la clave de su carrera.
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