domingo, 30 de octubre de 2022

Sigrid - "How to Let Go" (2022)

La de hoy es la primera entrada que dedico a la joven noruega Sigrid. Quien debutó en 2019 con un interesante álbum ("Sucker Punch"), del que me llamó especialmente la atención la bailable y ochentera "Mine Right Now". Pero al que le faltó un punto de consistencia para merecer una entrada independiente en este humilde blog. Algo que sí ha logrado con este "How to Let Go" que ha visto la luz hace unos meses. No gracias a la variedad en su propuesta (todas las canciones son claramente diferentes entre sí), sino porque ha conseguido que la mayoría de ellas merezcan nuestra atención. Algo que afortunadamente no ha ido reñido con su repercusión comercial, pues el disco, además de llegar a ser el más vendido en su país, también ha alcanzado el número dos de las listas británicas.

La propuesta de Sigrid es relativamente sencilla: pop contemporáneo, no demasiado difícil de digerir pero tampoco exento de calidad, que se va aproximando en cada momento a distintas corrientes y estilos sin dejar por ello de ser pop de consumo masivo. Es cierto que, a pesar de las notables cualidades vocales de la noruega, esas aproximaciones le restan algo de personalidad a su sonido, pero como contrapartida aseguran un álbum apto para muchos momentos y muchos potenciales oyentes. Señalar, además, que Sigrid participa en la creación de todas las canciones junto a "Sly" (Sylvester Sivertsen), el exitoso compositor danés que también se encarga de producir la práctica totalidad del disco. Primando siempre el impacto directo, con temas cortos que provocan que, a pesar de un tracklist relativamente extenso (12 cortes), el álbum sólo dure treinta y siete minutos.

El disco lo abre "It Gets Dark", elegida también como tercer sencillo. Un medio tiempo de inicio cinematográfico, estrofas armoniosas y complicadas de interpretar por su amplitud vocal, y estribillo más contundente, con un curioso bajo sintetizado que pocos esperarían como contrapunto a la distorsionada guitarra acústica, y que deja con ganas de más. Superior me parece "Burning Bridges", segundo corte, segundo sencillo, y mi segundo momento favorito del álbum: unos desconcertantes segundos de zumbido inicial que dan paso a un tema más rápido, que combina una letra de desamor y unas estrofas oscuras con un estribillo intenso muy bien realzado por una sección de cuerda sintetizada, y que vuelva a terminar tan repentinamente como comenzó. "Risk of Getting Hurt" es otro tema interesante construido a partir de un arpegio de guitarra eléctrica en las estrofas y un distorsionadísimo sintetizador en el estribillo, con unas estrofas cálidas, un estribillo complejo y difícil de cantar, y una elaborada parte nueva, y como único pero un ritmo sincopado que le confiere personalidad pero que quizá no era lo más indicado para sacarle todo el partido. "Thank Me Later" vuelve a subir el tempo y tras su comienzo instrumental de pura fantasía, propone un tema de estructura y arreglos pop clásico (arrancando con bajo, batería y voz, para añadir posteriormente la guitarra), que remata un bonito estribillo con una letra excelente ("I need to let you go, let you go / It's better for us both / You don't see it, but I'm doin' us a favour"), y que complementa otra muy completa parte nueva (cambio de tonalidad incluido).

"Mirror" fue el sencillo que anticipó el álbum hace ya más de un año. Otro medio tiempo corto y directo, con batería muy marcada, bailable gracias a su bajo sincopado y al piano electrónico de su estribillo, y con otra original sección de cuerda sintetizada, deudora de la música disco de finales de los setenta, que no desagrada pero que desde mi punto de vista flojea un tanto como eventual tema estrella del disco. A pesar de ser una balada un tanto convencional de piano y voz, me parece más interesante "Last to Know", con una desgarradora letra que refleja la intención de ocultar los sentimientos a una ex-pareja tras haber encontrado un nuevo amor, y una casi tan desgarradora interpretación vocal de la noruega, combinando sensibilidad y rabia a partes iguales. "Dancer", el séptimo corte, es mi tercer momento favorito. Un tema de pop-rock "arrastrado" que en sus estrofas recuerda mucho al "Shakermaker" de Oasis, pero que en su estribillo de notas altas y potentes Sigrid sabe llevar a su terreno. Y que vuelve a convencer en otra parte nueva tan elaborada como bien entroncada con el resto de la composición. "A Driver Saved My Night" es probablemente el tema más bailable y disfrutable del disco: un ritmo contagioso, una melodía pegadiza en las estrofas, un puente que coge fuerza, y un estribillo que vuelve a la progresión armónica principal con protagonismo destacado para la infecciosa guitarra eléctrica.

A pesar de lo que su título pudiera indicar, "Mistake Like You" es una balada relativamente colorista, casi dulce, en la que Sigrid lleva el teclado principal además de la voz, y que aunque no llega a resultar aburrida, tal vez sea el momento más prescindible del disco, incluso con un solo de guitarra eléctrica un tanto anacrónico. Afortunadamente le sigue mi tema favorito del álbum, "Bad Life", junto a la banda británica Bring Me The Horizon, un grupo que nunca ha acabado de alcanzar un gran reconocimiento de la crítica, pero que aquí crea a medias con Sigrid una brillante balada de rock que arranca con piano y se desarrolla con guitarras distorsionadas, y que sobrecoge por su preciosa letra sobre una persona al borde del suicidio, y su excelente melodía, que va creciendo desde la sobriedad de las estrofas hasta el nervio de los estribillos. Y en la que, por difícil que pueda parecer, Oliver Sykes, el cantante británico, gana a Sigrid en una interpretación vocal fantástica, todo lo cual justifica sobradamente su elección como cuarto sencillo. "Grow" es una balada acústica que vuelve a recordar a varias de las interpretadas por Liam Gallagher, coreable en su doble estribillo pero un tanto simple en su desarrollo, pues ni la composición ni la instrumentación varían apenas de principio a fin. Y, casi sin tregua, el disco lo cierra "High Note", otro tema lento y breve pero más interesante, aún relativamente convencional en su producción, pero que al menos va creciendo conforme avanza, especialmente con el cambio de tonalidad de su tramo final.

Para que el disco hubiera resultado redondo seguramente habría venido de perlas algún tema rápido más, una instrumentación algo más contemporánea en determinados momentos, y una apuesta por un sonido un tanto más personal. Porque pese a la calidad de Sigrid como compositora y sus cualidades como intérprete, si se sacan de contexto no es fácil reconocer como suyas muchos de las canciones de este disco. Lo cual puede perjudicar su carrera a largo plazo. Pero por ahora su juventud y su energía le aseguran un público fiel y un éxito internacional merecido, incluso aunque ni por estilo ni por propuesta se alinee con las modas actuales. De modo que sólo queda seguir esperando que en siguientes entregas continúe añadiendo buenos momentos a su discografía, para así terminar de consolidarse como una de las mejores apuestas del pop de los años veinte.

miércoles, 12 de octubre de 2022

Odesza - "The Last Goodbye" (2022)

Casi cinco años después de su último álbum de estudio ("A moment apart"), el dúo estadounidense Odesza ha regresado con el que es su cuarto disco, "The Last Goodbye". Un periodo aparentemente largo, aunque en realidad no lo ha sido tanto, pues entre medias Harrison Mills y Clayton Knight crearon el proyecto "Bronson" junto al productor australiano Golden Features, el cual dio como resultado un disco homónimo que ya reseñé en este mismo blog. Y cuyas exploraciones más orientadas a la pista de baile y a un sonido un tanto más crudo se dejan sentir en este regreso de Odesza. Una nueva entrega que, además, se ha beneficiado de que la todopoderosa Apple escogiera el tema que da título a la misma para una de sus campañas publicitarias más recientes. Lo que deja bien a las claras la influencia de la banda de Washington en la música contemporánea actual. Y que este álbum ecléctico y fácil de degustar pone de manifiesto.

Y es que pese a la cantidad de canciones que conforman "The Last Goodbye" (trece, ocho de ellas con invitados que se encargan de la parte vocal), se trata de un álbum de duración muy contenida para lo que se estila en discos de música electrónica (cincuenta minutos). Ello provoca que el disco fluya con dinamismo, y si algún tema en concreto nos llena menos, en seguida llega otro que cambia de registro y oxigena la escucha. Porque en esta nueva entrega el dúo ha potenciado su eclecticismo como seña de identidad, y aunque nos siguen proponiendo las influencias étnicas, los pasajes ambientales y las atmósferas envolventes que siempre les han caracterizado, no dudan en alternarlos con momentos más bailables o acercamientos al pop más actual. El resultado es lógicamente un tanto irregular, pero los aciertos priman sobre los errores, como lo demuestran los nada menos que seis sencillos ya extraídos.

"This version of you", el tema que abre el disco, enlaza perfectamente con el punto en el que el dúo dejó "A moment apart": un medio tiempo envolvente, sin apenas base rítmica, con una parte vocal declamada, y un crescendo antes del piano final, cuyo objetivo parece crear el clima para el resto del disco. Más interesante por sí misma resulta "Wide Awake", el siguiente corte, recientemente escogida como quinto sencillo. Con una complicada melodía de notas altas bien interpretada por Charlie Houston, llama la atención porque su colorida instrumentación a base de sintetizadores y efectos da paso en seguida a un contundente ritmo binario que la orienta hacia la pista de baile. Aunque ello no está reñido con un estribillo intimista y casi desnudo en su segunda repetición, ni con un sencillo pero apoteósico sintetizador en los intervalos instrumentales. Un tema notable, si bien personalmente prefiero "Love letter", tercer corte y tercer sencillo. Creada junto al también dúo de música electrónica The Knocks, el resultado es menos insulso de lo habitual en este anodino dúo: la voz de James Patterson canta una sencilla melodía y da vida a una progresión armónica sugestiva, que no varía en su desarrollo pero que incita al baile. Todo ello rematado por una de las mejores instrumentaciones del disco, variando continuamente con samplings diversos, teclados que aparecen y desaparecen y sólo unas notas de piano para cohesionar el junto.

"Behind the sun", cuarto sencillo además de cuarto corte, es un medio tiempo construido sobre un sampling de música iraní, que nos remite a los Odesza más reconocibles, pero que a pesar de su elaborada percusión y la contundencia de sus coros, supone un indudable bajón tras los dos temas anteriores. Pero la cosa en seguida remonta gracias a "Forgive me", mi segundo momento favorito del álbum, a pesar de no haber sido escogida como sencillo. Interpretada por la británica Izzy Bizu con la obvia intención de armonizar al máximo con el estilo de la composición, se trata de un tema de pop luminoso y rabiosamente contemporáneo, directo y con unas estrofas que levantan el ánimo a cualquiera. Una bonita producción, a partir de un bajo real, que va incorporando instrumentos poco a poco y añade la contundencia de la caja de la batería en su correcto y sinfónico estribillo, rematan poco más de tres minutos que podrían haber sido un éxito mundial en la voz de cualquiera de las veinteañeras que pululan en estos tiempos por las listas anglosajonas. "North Garden" recupera los Odesza "clásicos", con un sampling del pop de los sesenta, percusiones que varían continuamente, y efectos varios en otro momento más relajante que emocionante. Le sigue "Better now", segundo sencillo, con la participación vocal de la representante portuguesa en el Festival de Eurovisión de este año, Maro. Un tema cálido, no sólo por la voz de la portuguesa, pero para mi gusto un poco lento para que el contraste de su poderosa línea de bajo sintetizada y las estridencias instrumentales de su estribillo logren el resultado pretendido.

Escondido como octavo corte encontramos "The Last Goodbye", primer sencillo además de ser la canción que da título al álbum. Y que sin duda es su mejor momento, tanto que se ha convertido ya en el apoteósico cierre de sus conciertos, amén de la ya comentada campaña de Apple. Excepcionalmente cantada por la poderosa voz de Bettye LaVette, combina un fantástico y envolvente comienzo, un preludio que da paso a los flasheos del sintetizador principal antes de que finalmente entre la composición completa (no sólo estribillo, también estrofa), y con un largo interludio presidido por un efectivo bajo slap, antes de los dos minutos de apoteósico baile final (guitarra eléctrica incluida). Quizá con una duración un poquito más corta (ahora son seis minutos) sería una de los candidatas a canción del año. "All My Life" es quizá el tema más ambiental del álbum, una agradable superposición de trémolos que fluyen para aterrizar tras el subidón precedente, de resultado agradable pero no perdurable. "Equal" regresa a los tempos más altos y la electrónica más contundente. Con la voz de la británica Låpsley comandando un tema que combina estrofas más reposadas con un estribillo más estridente, es el tema que mejor encaja con la identidad del sello de Ninja Tune, donde habitualmente publican los estadounidenses. Si bien le falta algo de variedad para erigirse como uno de los grandes momentos del disco.

"Healing Grid" es un cinematográfico pasaje, en el que sucesivos samplings dan calidez a una colorista progresión armónica, en otro momento marca de la casa, agradable y lo suficientemente corta para que no se haga aburrida. "I Can't sleep", el penúltimo corte, es otro momento interesantes: arranca como "otro tema ambiental más" del dúo, pero en seguida una percusión sencilla, un ritmo arrastrado y un amago de melodía en un idioma ininteligible dan paso a un medio tiempo más crudo y personal de lo que cabría esperar, con mención especial para la superposición de melodías sintetizadas de su minuto final. Y el disco lo cierra "Light Of Day", un en apariencia reposado tema que recientemente ha visto la luz como sexto sencillo (no se pierdan el fantástico vídeo que lo acompaña), cuyos seis minutos en el álbum resultan un tanto excesivos, pero que acortados a cuatro en su versión single permiten comprobar como la un tanto repetitiva melodía vocal del islandés Ólafur Arnalds no es todo lo que encierra este tema, realzado por unos intervalos instrumentales movidos y conmovedores con esos crescendos sinfónicos arropando el efectivo sintetizador principal.

"The Last Goodbye" es uno de esos discos elaborados que ganan con cada escucha. Por ejemplo cuando reparemos en que el final de canción suela confluir hasta solaparse con el comienzo de la siguiente, o cuando nos demos cuenta de que algunas de las secciones de cuerda que escuchamos no son sintetizadas sino reales. La nómina de cantantes está bien escogida, pues casi todos se alinean en sus interpretaciones con la propuesta del tema en cuestión, y los abundantes sampling vocales hacen el disco apto para aquellos a los que la electrónica puramente instrumental les aburre. Además, el contar con un tema estrella tan claro ayuda a consolidarlo como un paso adelante en su carrera. Porque aunque es obvio que al disco aún le sobran momentos derivativos para ser igualmente disfrutable de principio a fin, posee los suficientes puntos álgidos, bien ubicados además, para explicar por qué ha alcanzado un meritorio puesto 11 en la lista de ventas de los E.E.U.U. Por desgracia, aquí en Europa seguirán siendo unos perfectos desconocidos, así que sólo espero que esta entrada contribuya minímamente a paliar esta circunstancia.

martes, 20 de septiembre de 2022

Let's Eat Grandma - "Two Ribbons"

Casi cuatro años después de "I'm all ears", el álbum que les dio a conocer al público internacional y que obtuvo el aplauso unánime de la crítica, el dúo británico Let's Eat Grandma le ha dado continuidad con "Two Ribbons", su tercer álbum de estudio. Un tiempo en el que Rosa Walton y Jenny Hollingworth han crecido, dejando de ser las adolescentes que maravillaron al mundo con su madurez creativa, para convertirse ya en unas mujercitas de las que lógicamente cabría esperar aún mayor solidez. Algo que este álbum no termina de mostrar. Aparentemente satisfechas con el resultado de su anterior entrega, el dúo ha vuelto a contar el productor David Wrench, por lo que al menos la continuidad sonora y estilística es evidente. Pero la duración de este nuevo disco es nada menos que doce minutos inferior a la del anterior, algo que indirectamente ya deja entrever una menor inspiración. Y que repetidas escuchas confirman. No es que se trate ni mucho menos de un mal álbum, pero sus seguidores esperábamos algo más.

A esa ligera sensación de decepción contribuye sin duda el tracklist del disco. Y es que en lugar de esparcir sus buenos momentos a lo largo de los poco más de treinta y ocho minutos, las chicas han optado por poner toda la carne en el asador desde el mismo arranque. Con lo cual la primera mitad del álbum resulta espectacular, confirmando que lo de "I'm all ears" no era casualidad. Pero la segunda mitad se desinfla entre fallidos intentos de adentrarse por otros terrenos y un par de canciones que en realidad son poco más que interludios de un minuto y medio como mucho. Un bajón que resulta aún más inesperado si tenemos en cuenta los casi cuatro años de los que el dúo ha dispuesto para crear nuevas composiciones. No sé si es que la presión ha pesado, o si han estado mal aconsejadas a la hora de expandir su sonido, el caso es que el resultado global es claramente menos satisfactorio que el de su predecesor.

Algo que, como digo, es imposible apreciar durante sus primeros cortes. Como "Happy New Year", tercer sencillo y el tema encargado de abrir boca: cerca de cinco minutos que capturan brillantemente el positivismo ante la oportunidad que siempre supone comenzar un nuevo año. Teclados sencillos y estridentes a partes iguales, una excelente melodía en las estrofas, frecuentes variaciones instrumentales, un estribillo más reconocible por el teclado que lo sustenta que por su melodía vocal, y la elaborada y casi coral parte nueva. Cuya sonoridad, además, entronca perfectamente con la que dejaron en los últimos compases de "I'm all ears". "Levitating", segundo corte y cuarto sencillo, insiste si cabe un poco más en ese electro-pop de andar por casa que el dúo cultiva con esa singular mezcla de ingenuidad y experimentación. Por momentos tal vez demasiado pop, su extraño estribillo a dos voces de notas muy diferentes termina convenciendo tras unas cuantas escuchas. Y todo ello con otra letra plena de romántica sinceridad, rematada por un extraño y original solo de sintetizador a modo de cierre. Si bien para mí el mejor momento del disco es su siguiente corte, "Watching you go". Recientemente escogido como quinto sencillo, desde el comienzo la excelente combinación de su progresión armónica y su melodía, de una elegancia melancólica, hace aflorar en el melómano sentimientos que creía olvidados. El estribillo, de una tristeza sobrecogedora y rematado con esa desnudez instrumental de la frase que le da título, raya a gran altura. Y solamente el estridente solo de guitarra del final desentona un poco con esa electrónica de andar por casa que tan bien dominan. En todo caso, hasta este punto el álbum es prácticamente impecable.

El álbum sigue convenciendo porque el cuarto corte es nada menos que "Hall of Mirrors", el primer sencillo extraído y seguramente la segunda mejor canción del álbum: tras otro original comienzo, nos entregan nuevamente una elegante estrofa sobre un colchón sintetizado que, sabiamente dimensionado por un espartano puente, da paso a un estribillo no tan certero pero que no desentona. Además, conforme avanza el minutaje podemos apreciar toda la exhibición de los más diversos sintetizadores rellenando el espacio, pero nada anticipa la sorpresa de un solo de saxofón, un instrumento casi erradicado de la música contemporánea. Ni esa nueva variante que le dan al tema antes de algo tan singular que no puedo calificar exactamente como la repetición final del estribillo. El quinto corte, "Insect Loop", sin llegar al nivel de los cuatro anteriores, sigue siendo un tema notable, con esos originales loops de sintetizadores en ambos extremos desde el comienzo, y otra melodía de pop certera, pero el arpegio de guitarra, demasiado alto y desnudo, le resta puntos (no así la guitarra distorsionada que marca los acordes a partir de la segunda estrofa, ni el arpegio de la guitarra acústica en lo que, siendo generosos, podríamos identificar como estribillo). Otro punto a su favor es la parte nueva, que vuelve a rayar a gran altura, pero el solo de guitarra posterior hace que nos olvidemos de ella. Tras él, los oníricos treinta segundos de "Half Light" se disculpan como un interludio inocuo, pero desgraciadamente marcan el comienzo de un desplome que ya no se detendrá.

"Sunday", séptimo corte, es un tema lento construido sobre una caja de ritmos un tanto convencional (con la caja en cada cuatro compases y los platos a partes iguales por ambos extremos), en el cual la omnipresente guitarra acústica puede hacer que dejemos de prestar atención a sus bonitas y dulces estrofas, pero el estribillo de notas altas tampoco ayuda, pues resulta demasiado dulzón. Y a pesar de los intentos por mantener la producción al mismo nivel que los primeros cinco cortes, conforme el tema avanza se pierde entre pasajes anodinos y excesivamente alargados. "In The Cemetery" es otro evocador interludio, que igual puede recordarnos a un bucólico cementerio que a un pasaje de electrónica campestre de un artista nórdico cualquiera, y que sin ser desagradable se queda muy lejos de cualquiera de los temazos de la primera mitad del álbum. Pero es que tras él ya sólo quedan dos canciones, encima lentas las dos: "Strange conversations" es el tema menos LEG que han grabado hasta ahora, una balada acústica como otras miles que ya hemos escuchado en tantos otros artistas, de melodía correcta y por momentos agradable, pero que por mucho que le añadan una guitarra eléctrica y una sección de cuerda sintetizada a su tramo final para dotarle de algo más de contudencia, confirma que lo que le da valor al dúo son sus arreglos electrónicos y sus ritmos menos reposados. Y el disco lo cierra "Two Ribbons", el tema que le da título, además del segundo sencillo (y el peor de su carrera, me atrevo a decir): casi cinco minutos y medio que se vuelven demasiado lentos después del tema anterior, considerando además su monótona progresión armónica (simplemente se limita a cambiar entre los mismos dos acordes a lo largo de sus larguísimas estrofas, que abarcan desde el principio al final del tema),y que su estribillo, más entonado, es demasiado breve para mejorar la impresión global del mismo. Con lo cual el final del disco casi supone un alivio, quedando lejos de esa fantástica primera mitad.

Quizá un reflejo de ese menor impacto de lo esperado al que aludía al principio de esta entrada haya sido el devenir comercial del disco. El cual, aun entendiendo que se trata de unas artistas de música independiente, muy alejadas además de las modas de encefalograma plano que copan actualmente las listas, ha quedado sensiblemente por debajo de lo esperado. Y es que tras la repercusión que habían tenido hace cuatro años, llegar solamente al puesto 26 en la lista de su país se antoja demasiado poco. Y ello a pesar de que cuatro de los cinco sencillos extraídos no tienen nada que envidiar a los mejores temas de los dos primeros álbumes del dúo. Así que el futuro de Let's Eat Grandma se antoja un poco incierto: puede que definitivamente pierdan la chispa y el declive las haga convertirse en una propuesta anodina, o puede que mantengan la creatividad de estos excelentes sencillos, y antes de que transcurran otros cuatro años les den continuidad, aprovechando para reivindicarse a sí mismas. O incluso que intenten labrarse unas carreras en solitario. Habrá que verlo.

domingo, 28 de agosto de 2022

Florence + The Machine - "Dance fever" (2022)

El pasado mes de Mayo vio la luz "Dance fever", el quinto álbum de Florence + The Machine. Que podemos resumir en los cuatro años transcurridos desde "High as hope" (2018), una entrega con buenos momentos aunque menos sólida que sus discos anteriores, y en el reclutamiento de dos colaboradores de postín: el ubicuo Jack Antonoff, responsable de los éxitos de Lorde además de líder de Bleachers, y Dave Bayley, líder de los tan de moda últimamente Glass Animals. Tiempo y nombres que, sin embargo, no han producido el resultado esperado. Y es que para mí es evidente que "Dance fever" es el álbum más flojo en la carrera de la británica. Aunque afortunadamente eso no significa que se trate de un mal álbum.

Quizá las dos razones detrás de ese bajón un tanto inesperado sean la pérdida de parte de su identidad musical, y la abundancia de momentos anodinos entre sus catorce canciones (en realidad doce temas completos). Respecto a la pérdida de identidad, la voz poderosa y personal de Florence sigue ahí, y los textos a veces duros y a veces provocativos, también. Pero históricamente su música, aunque ecléctica, se ha encuadrado mayoritariamente en una suerte de pop barroco, con instrumentos poco habituales en el panorama contemporáneo como un ominipresente harpa, violines, coros de raíces celtas, y una profusión de instrumentos convencionales orientados siempre a dorta de un gran vigor a sus canciones. Pero en "Dance fever" apenas hay arpas, poco barroquisimo, y algunas canciones resultan incluso espartanas en sus arreglos. Hasta el punto de que, si elimináramos la voz de Florence, costaría reconocerlas como temas suyos. Por su parte, los momentos anodinos son fáciles de localizar, y desmerecen en buena medida los buenos pasajes, que por fortuna también los hay.

Ese sonido espartano se hace evidente desde el mismo comienzo del álbum, de lo cual se encarga "King", elegido también como primer sencillo: compositivamente no es un mal tema, y los "ohhh" del tramo final poseen cierta energía. Pero instrumentalmente es un tanto ramplón, abusa de la misma progresión armónica, y ni siquiera el violín sirve para rellenar los múltiples huecos en su sonido. Ese sonido un tanto pobre e impersonal se hace más patente si cabe en "Free", recientemente escogido como cuarto sencillo: más rápido y enérgico que su predecesora, no es tampoco una mala canción, pero el bajo sintetizado es de demo de grupo cutre. Y la canción es absolutamente lineal, no hay apenas cambios musicales entre estrofas y estribillo, tampoco una parte nueva, ni espacio para un solo en condiciones de algún instrumento. Con lo cual, cuando termina, la sensación es casi de fatiga. "Choreomania", pese a no haber sido escogida como sencillo, es la primera canción que realmente hace justicia a la fama de la banda: un loop sintetizado que ahora sí suena limpio, unas frases declamadas que crean el clima adecuado, y una bonita (aunque apenas la cambian un poco en la segunda estrofa) progresión armónica sobre la que Florence desplega una resplandeciente melodía. Además, el uso de los coros para retrasar la entrada de la caja de la batería hasta el segundo estribillo es original y efectivo a la hora de aumentar la garra del tema.

Después de tres canciones que van de menos a más, nos topamos con "Back in town", el primer momento un tanto decepcionante del disco. Un elaborado comienzo con coros casi de película fantástica, que da paso a un tema lento sostenido por una melodía demasiado clásica, la cual insiste una y otra vez en aquello de "I came for the pleasure, but I stayed for the pain", y que se va tan anodinamente como llegó. Lo mejor de "Girls against God" es su título, pues por lo demás vuelve a ser otro tema lento, de sonido un tanto impersonal, con una simple guitarra acústica para sostenerla, y en la que una melodía muy bien interpretada y reforzada por las habituales voces dobladas y coros pero insípida, una letra que no encierra el desengaño contra la divinidad que cabría esperar, y una duración excesiva, resultan decepcionantes. Menos mal que cuando el tedio ya empieza a amenazar viene al rescate "Dream Girl Evil", el segundo gran momento del disco: por fin una canción que suena 100% a Florence + The Machine, con una progresión armónica más variada y de mucha mayor tensión, que permite a Welch brindarnos la mejor interpretación vocal de "Dream Fever". Y que pese a su cadencia sí va creciendo poco a poco hasta poner los pelos de punta cuando, a partir de la segunda repetición del estribillo, entran todos los instrumentos. Tanto, que es la primera canción que sí que ofrece un atisbo de solo de guitarra y una saludable parada antes de su precioso tramo instrumental final.

"Prayer factory" es el primero de los dos interludios del disco, apenas un minuto de misterio con fuertes reminiscencias a las bandas sonoras de las películas de detectives de hace unas décadas, que tal vez podría haber dado más de sí de haber sido desarrollada hasta un tema completo. "Cassandra" arranca tímida y poco prometedora, como apuntando a otra balada menor, pero conforme va avanzando la melodía va ganando solidez y garra, hasta llegar a un estribillo oscuro y enérgico, sin duda lo mejor de esta canción. Aunque nuevamente la instrumentación no acaba de resultar certera, hay huecos en los arreglos, y falta capacidad para sacarle toda la garra a la melodía: sólo los coros del tramo final y el medio minuto de cierre nos recuerdan que esto es realmente un tema suyo. "Heaven is here", segundo sencillo, comienza con una impactante interpretación casi a capella, donde Florence literalmente grita para dar rienda suelta a toda su energía... y poco más, voces haciendo ruidos, algún que otro golpe, y se acabó lo que se daba... "Daffodil" no mejora el panorama: Florence vuelve a brillar con su interpretación vocal desde el mismo comienzo, y la melodía sí que por fin incorpora elementos barrocos y de música clásica... pero el ritmo es pesado como en los temas flojos de la última época de Oasis, y la progresión armónica no encierra nada especial, por lo que aparte de aturdirnos por momentos, la melodía no logra cautivar.

Justo cuando comenzamos a pensar que el álbum se desliza sin frenos hacia un final insustancial, surge "My Love", tercer sencillo y el último gran momento del disco. Aunque de sus tres minutos y medio en realidad la canción no llega a tres (el comienzo son las típicas voces etéreas de Florence). La melodía permite a Welch lucir toda su amplitud vocal, con las estrofas en tonos bajos y el estribillo realmente alto. El piano lleva los acordes casi como si fuera un piano de house, pese a lo cual encaja bien en el ritmo un poco más alto de lo habitual. Además, la progresión armónica por fin cambia dos veces (en la segunda estrofa y en la parte nueva más elaborada de todo el álbum), y si bien el final podría haber dado un poco más de sí, es la mejor muestra de que aún podemos esperar grandes canciones de ellos. "Restraint" es el segundo interludio, una guitarra acústica y Welch cantando con una voz extraña y poco afortunada. "The bomb" es otra balada "de madurez", que no desagrada escuchar pero que tampoco aporta nada nuevo en sus menos de tres minutos, y que sin duda se habría quedado fuera de sus primeros álbumes. Y el colofón lo pone "Morning Elvis", una melancólica referencia a un supuesto encuentro con el legado del Rey del Rock que en realidad nunca llegó a suceder. Con dos steel guitars en primer plano, sin apenas percusión, resulta demasiado lenta, más aún después de otras dos canciones que tampoco destacaban ni por su ritmo ni por su energía. Aunque el estribillo es agradable, y bien complementado por las múltiples voces que doblan la voz principal.

La discografía de Florence + The Machine es ya tan sólida y extensa como para que un disco menor, del que tal vez en un futuro sólo rescate 2 o 3 canciones para sus giras, no va a suponer una merma en su prestigio. Y es posible que tampoco lo suponga comercialmente, pues "Dance fever" ha vuelto a alcanzar el número uno en su país, y ha sido Top 10 en las principales listas del planeta, incluyendo los Estados Unidos. Pero si de verdad quiere de ahora en adelante darle nuevos aires a su carrera, sería mejor que Florence Welch revise su nómina de colaboradores, y rescate a los que tanto lustre le dieron a sus primeros discos, en vez de optar por nombres de moda pero evidentemente sobrevalorados como creadores. En suma, un pequeño paso en falso, o cinco o seis momentos dignos de su discografía; lo que ustedes prefieran.

domingo, 24 de julio de 2022

Dubstar - "Two" (2022)

El pasado mes de Mayo ha visto la luz "Two", el quinto álbum de estudio de los británicos Dubstar. Aunque Sarah Blackwood y Chris Wilkie, actuales miembros del antiguo trío, han preferido titularlo "Two", es decir, el segundo álbum tras su reformación. A pesar del reinicio de la numeración debo empezar aclarando que, al igual que sucedía con "One" (2018), su anterior entrega, la ausencia del teclista y compositor Steve Hiller no ha alterado apenas la propuesta de Dubstar, que sigue manteniendo prácticamente la misma dosis de electrónica para arropar su pop elaborado y atemporal. En ello quizá haya tenido que ver la intervención de Stephen Hague como productor, un veterano de esto que alcanzó su cima allá por los ochenta produciendo a Pet Shop Boys, New Order o los propios Dubstar, y que ha vuelto a conferir su habitual pátina envolvente a las composiciones del dúo. Pero, ¿y las canciones?

Pues a pesar de que inconscientemente estemos ya acostumbrados a que la pandemia alterara el método creativo de infinidad de artistas, los cuales por lo general han regresado como consecuencia con obras menores, en el caso de Dubstar la inspiración les ha alcanzado para un buen número de temas. Porque "Two" no es un álbum maravilloso, ni siquiera el mejor de su discografía, pero sí un disco con los suficientes buenos momentos como para haber extraído ya cinco sencillos, que nada tienen que envidiar a sus clásicos de los 90. Aunque lógicamente hay matices.

El álbum arranca por todo lo alto, con "Token", cuarto sencillo y mi momento favorito del disco: el arpegio de piano que lo abre y que rellena todos los intervalos instrumentales es delicioso, pero deja el suficiente espacio para la sorpresa de un bajo sintetizado "trotón" que le otorga contundencia a su brillante proyección armónica. El estribillo es tan largo como musicalmente inspirado, y el cambio de tonalidad que introduce en sendos compases es un guiño a otras composiciones de la banda. La certera guitarra de Wilkie da lustre a la segunda proyección armónica, y la melodía diferente en las repeticiones finales del estribillo, y los elaborados juegos con la percusión electrónica de Hague terminan de rematar uno de mis temas favoritos en lo que va de año. "I can see you outside", segundo sencillo a finales del ya lejano 2020, no llega a tan alto nivel, pero su comienzo, con la batería programada y la manera como poco a poco van entrando piano y sintetizadores hasta dar pie a su melancólica estrofa, es fantástico. Lo que sucede es que el estribillo, por lo demás elaborado y agradable, cambia en demasía para mi gusto la atmósfera de las estrofas, y uno no sabe si está ante un tema bailable pero introspectivo o efervescente. No obstante, la buena instrumentación de Hague y la guitarra final de Wilkie, en un tramo final que es más instrumental que una mera repetición del estribillo, son más que recomendables. "Tectonic plates" fue el tercer sencillo hace ya casi un año: más lento que las dos anteriores, su base rítmica un tanto sincopada supone un saludable cambio de registro frente a las dos anteriores, pero el estribillo, salvo en su tramo final, se parece demasiado a las estrofas, que a su vez parten de la misma melodía que los tramos instrumentales del comienzo. Por lo cual, y a pesar de la solvencia instrumental y de la elegante producción, esa reiteración en la melodía es la que hace que la considere una canción menor.

"Lighthouse", el cuarto corte, con su comienzo de cuerdas sintetizadas más propio de una superproducción de Hollywood, no anticipa la oscuridad que encierran sus sentidas estrofas, ni la elegancia altiva de su excelente estribillo. La batería real, y los arreglos más clásicos contribuyen al impacto emocional de tema, aunque no tanto como ese segundo estribillo repleto de notas que Blackwood canta con maestría justo antes de un arpegio de guitarra "marca de la casa" de Wilkie. "Tears", siguiente corte, ha sido elegido recientemente como quinto sencillo: una elegante balada, con esos acordes que cambian la tonalidad estratégicamente situados, la impecable interpretación de Blackwood, un sencillo piano para vertebrar el tema, los detalles que poco a poco va añadiendo Hague (una sencilla caja de ritmos, la sección de cuerda recreando los acordes), y esa emoción contenida hacen que estemos ante otro de los grandes momentos del disco. Casi tanto como "Hygiene strip", el primer sencillo que anticipó las nuevas canciones de los británicos hace casi dos años: otra dosis de pop intemporal, con sus largas estrofas bien presentes desde el comienzo, una programación electrónica de caja contundente que poco a poco va creciendo al más puro estilo Hague, y un estribillo evocador que no para de retorcerse sobre acordes inesperados, hasta desembocar en sendas codas instrumentales que ponen el contrapunto.

"Blood", el séptimo corte, con su marcado ritmo entrecortado, y sus efectos electrónicos envolventes, vuelve a insuflarle a "Two" nuevos aires. Aunque la melodía de las estrofas tal vez se mimetice demasiado con la base rítmica, y por mucho que Hague y Wilkie vayan desplegando toda su parafernalia, o que Blackwood repita una y otra vez aquello de "when they show the light in your eyes, it's clear that blood..." en su tramo final, el resultado es un tanto monótono. "Social proof" parece el tema menos elaborado del disco, y probablemente es que no lo necesite: la steel guitar de Wilkie desde el comienzo, las elaboradas estrofas de Blackwood justo después, y uno de los mejores estribillos de su carrera, voz y guitarra compitiendo en arabescos melódicos. La guitarra acústica de la segunda estrofa y la descorazonadora letra, con su carga de rabiosa ironía, rematan el penúltimo gran pasaje de "Two". Porque el último es "Kissing To Be Unkind": pop dulce de notas altas, con la electrónica justa para no robarle el protagonismo a la interpretación de Blackwood. Como tampoco se lo roba la sencilla base rítmica, ni las guitarras relativamente simples de Wilkie. Todo para que una de las pocas partes nuevas del álbum resplandezca en su último tercio, antes de la repetición final del estribillo. Con la mejor de las intenciones el disco lo cierra "Perfect circle", una versión de R.E.M. perteneciente a su primer disco. Que parece más una reivindicación de la discografía de los de Athens que una búsqueda del mejor cierre posible, pues creo que todos estaremos de acuerdo en que la capacidad para crear grandes baladas de los estadounidenses fue creciendo con el paso de los años. Así que, aunque Blackwood y Wilkie logren llevar el tema a su terreno con una instrumentación sencilla y acústica, el resultado dista de ser un broche de oro.

Aun así, siete temas meritorios de diez canciones es un bagaje notable. Que demuestra que su retorno ha ido en serio, y que la segunda etapa de su carrera no va a desmerecer en demasía a la de sus primeros tres discos. Les faltará, como es lógico, el éxito comercial de entonces, pero quienes los conocen y quienes los recuerdan pueden seguir confiando en el dúo para entregar temas de pop clásico, muy trabajados, que apelan por igual a las emociones y a la capacidad de observación de los buenos melómenos. Por mi parte, sólo espero que haya un "Three", y que a ser posible no tengamos que esperar otros cuatro años para escucharlo. Porque siguen teniendo un lugar de privilegio en mi discoteca particular.

lunes, 11 de julio de 2022

Little Boots - "Tomorrow's Yesterdays" (2022)

Una de las sorpresas que nos ha dejado este 2022 que ya ha iniciado su segunda mitad ha sido el regreso a la actividad de Victoria Hesketh, más conocida como Little Boots. Quien comenzó a finales de la pasada década una carrera fulgurante con su techno-pop bailable y de reminiscencias ochenteras, el cual le valió entrar en el Top 5 del Reino Unido con su álbum de debut ("Hands", 2009), pero que tras un segundo álbum rechazado por su compañía por excesivamente endeble (y que no es complicado encontrar en ediciones pirata), orientó su carrera hacia el indie-dance, con temas de percusión prominente y un limitado esfuerzo en progresiones armónicas y melodías, los cuales le permitieron editar otros dos álbumes por su cuenta ("Nocturnes", 2013, y "Working Girl", 2015), cada vez menos brillantes y de mucha menor repercusión. Heskey se refugió entonces en la publicación de temas sueltos y remezclas, potenciando su faceta de DJ, y durante la pandemia prácticamente desapareció del panorama musical. Así que ni yo ni prácticamente nadie esperábamos este "Tomorrow's Yesterday", un álbum completo con once temas nuevos, y con el que ha retomado su carrera musical siete años después, supuestamente con la excusa de telonear a ABBA en su triunfal gira de despedida, comenzada hace unos meses.

Para este retorno, que pinta a última bala en la recámara, Little Boots ha abandonado esa faceta de DJ, y ha creado un disco que contiene temas bailables, pero que sobre todo encierra pop de tintes clásicos, con ciertas evocaciones a la música disco de los setenta y al synth-pop de los ochenta. Un sonido no tan personal como a ella seguramente le gustaría, y que por momentos más que retro suena un poco añejo. Pero que se sostiene dignamente frente al resto de su discografía. Casi más grave resulta constatar el hecho de que la inspiración no la ha visitado muy a menudo en estos siete años, y la mayoría de los temas aguantan más por su solvencia como teclista y por sus tablas como creadora que por contener progresiones armónicas originales o melodías cautivadoras. De hecho, durante semanas dudé si reseñar este "Tomorrow's Yesterday" en este humilde blog. Pero al final el cariño que musicalmente le tengo a la inglesa, y ciertos temas que ganan tras sucesivas escuchas, han inclinado la balanza a su favor.

El disco lo abre "Love The Beginning", toda una declaración de intenciones por su título, y una buena muestra de lo que nos vamos a encontrar: una pianista solvente, una caja de ritmos más bien simple en primer plano, la voz de Hesketh doblada durante todo el tema, unas estrofas no demasiado inspiradas, un estribillo que no pasa de correcto, un sintetizador que pretende simular una sección de cuerda sin conseguirlo del todo, y un final un poco largo. Le sigue "Silver balloons", el primer sencillo en anticipar su retorno, que sin ser ni mucho menos un temazo, sí justifica en cierta medida su retorno: un bajo sintetizado penetrante, unas cajas contundentes, unas estrofas un tanto entrecortadas pero que no desentonan, y un estribillo que suena a finales de los ochenta, no especialmente brillante pero bien arropado por el piano electrónico y los sintetizadores que, ahora sí, evocan correctamente una sección de cuerda. Le sigue "Landline", segundo sencillo extraído, otra percusión programada sencilla y contundente, una progresión armónica que nos recordará a más de un tema de la última década del siglo pasado, unas estrofas completamente anodinas, y un estribillo que podría pasar por un momento no demasiado inspirado de los Stock, Aitken & Waterman. "Back to mine" baja el tempo y nos ofrece un medio tempo cálido que por momentos puede retrotraernos esos momentos desenfados de NOmBE, aunque lo único llamativo es ese segundo estribillo que se enlaza con naturalidad con el primero, y un recurso nada habitual como es la subida gradual del tempo en sus casi dos minutos finales.

"Crying on the inside" fue el tercer sencillo a principios de año. Un tema de puro pop intemporal, que insiste en las cajas contundentes para contrarrestrar una melodía dulce, sobre todo en su tarareable aunque un tanto meloso estribillo. Lo mejor es ese parón a varias voces justo antes de la repetición final del estribillo. "Heavenly" insiste en esa música disco retro, con su piano electrónico que es puro house, sus overdubs espaciales, su bajo slap, los compases al final de cada estribillo que recuerdan a los de tantas bandas negras de finales de los setenta y primeros ochenta... lástima que compositivamente el tema no pase de meramente correcto. "Deborah", el séptimo corte, parte de otra caja de ritmos que permanece prácticamente constante a lo largo de toda la canción, y nos ofrece otras estrofas insulsas que desembocan en un estribillo agradable pero sin gancho (más allá de los tres acordes que lo cambian de tonalidad al final), y que tiene como instrumento más llamativo la guitarra funky que acompaña prácticamente toda la composición. "Out (Out)", cuarto y último sencillo, también sitúa al frente desde el comienzo la contundente caja programada, pero aporta como elemento original los samples de una voz masculina. Las estrofas vuelven a pecar de espartanas, pero el puente al estribillo está más elaborado que en otras composciones. Lo que sucede es que el estribillo es prácticamente monocorde, y por muchos guiños a la pista de baile de hace unos décadas que contenga, el resultado no pasa de mediocre.

Y así, cuando ya empezamos a convencernos de que el retorno de Little Boots no ha merecido la pena, surge de improviso "Want You Back", escondido como noveno corte. Sin duda, su mejor tema en prácticamente una década: otro bajo infeccioso desde el comienzo, otra programación de batería contundente (aunque con una percusión de apoyo más elaborada), que sirven de soporte a una progresión armónica en acordes mayores, sencilla pero efectiva, sobre todo en las que son con diferencia las mejores estrofas del álbum, muy musicales y animadas. El estribillo un tanto mecánico le resta algún punto, y le habría venido bien un cambio de tonalidad en una parte nueva diferenciada y no la un tanto previsible pero correcta "paradita", escasa de instrumentos, con la que comienza la repetición final del estribillo. Pero aun con esos defectos, que le impiden figurar entre lo mejor de la discografía de Hesketh, casi por sí solo justifica el retorno, e incluso insufla energía a los dos cortes finales: "Nothing ever changes", que me recuerda a lo que hacían Beats International a finales de los ochenta, acercando el pop bailable a las influencias dubs en otro tema que destaca más por su propuesta que por su inspiración (tal vez de ahí su corta duración). Y "Tomorrow's Yesterdays", la canción que, además de cerrar el álbum, le da título: ahora sí, una balada con piano y mellotron, de corte clásico, melancólica sin resultar empalagosa, de estribillo elaborado y evocador ("You and I'd be coming home, In a town we'll never know, To a house we'll never own..."), que no pone los pelos de punta pero que resulta un cierre digno con sus "ooh ooh... ooh ooh ooh" y su parte nueva que bebe indisimuladamente de Lennon & McCartney.

Y así, con un temazo y tres buenos momentos se cierra este "Tomorrow's Yesterdays", que apenas consigue un aprobado a pesar de haber supuestamente requerido siete años de preparación, y que genera muchas dudas sobre el proyecto de Little Boots. Porque incluso con el tirón de ABBA, su repercusión ha sido incluso menor que lo que su nivel medio merecería. Y si no estás en la cresta de la ola, pero tampoco te apoya el público alternativo, la tentación de tirar la toalla debe de ser alta. La verdad es que no sé si nos perderíamos demasiado si ello sucediera, pues este eventual canto del cisne tampoco genera grandes expectativas sobre una futura entrega. En todo caso, un álbum digno, y que para los que gustan de la música que tanto se bailaba hace treinta o cuarenta años, recibirá más de una escucha.

domingo, 5 de junio de 2022

Feeder - "Torpedo" (2022)

Dos años y medio después de la publicación de "Tallulah", la banda galesa liderada por Grant Nicholas ha regresado hace un par de meses a la actualidad musical con "Torpedo", su undécimo álbum de estudio. Un lapso no excesivo para un grupo que lleva ya nada menos que un cuarto de siglo cultivando su particular rock distorsionado, a medio camino entre lo crudo y lo melódico. Y que, como sucede en estos casos, cabe el riesgo de identificar más como una excusa para volver a salir de gira y que sus fieles disfruten con sus grandes clásicos, que como un auténtico esfuerzo creativo. El cual, por otra parte, tal vez no sería justo exigirles a estas alturas de su carrera. Así pues, si optamos por la primera interpretación, el álbum resulta claramente defendible; si ponemos el foco en la segunda, el resultado es un tanto anodino. Aunque con matices.

Esos matices tienen que ver más con la composición que con la instrumentación. Porque a la hora de vertebrar sus creaciones, Nicholas, Hirose y el resto de miembros que en estos últimos años conforman el grupo, no se han complicado: guitarras distorsionadas, baterías clásicas, platillos omnipresentes... No hay espacio para la sorpresa, ni para el cambio de registro, y apenas el justo para la adición de instrumentos poco frecuentes, por lo que no resulta demasiado sencillo distinguir unas canciones de otras. Lo cual no significa que la producción y la instrumentación sean poco adecuadas: simplemente resultan eficaces dentro de su previsibilidad. Algo que afortunadamente no sucede con todas las composiciones. Porque aunque es lógico que en su undécima entrega Nicholas tire de oficio a la hora de rellenar nuevas partituras, sigue quedando espacio para cambios de tonalidades inesperados, para partes nuevas muy notables, o para riffs agrios que sorprendentemente desembocan en estribillos coreables. No es algo que suceda siempre, pero sí es lo que más ayuda a sacar lo mejor de "Torpedo".

El primer corte fue también elegido recientemente como tercer sencilo: "The healing", con la sección de cuerda bien presente al comienzo y en un discreto segundo plano acompañando el resto de la canción. Medio tiempo clásico de la banda, en el que la guitarra acústica vertebra unas estrofas solamente correctas, y un primer estribillo discreto, que afortunadamente dará paso a un segundo estribillo más disfrutable conforme avancen sus nada menos que seis minutos. Agradable, pero desde luego no un futuro clásico de la banda. "Torpedo", el siguiente corte, que además da título al álbum, es quizá el tema más crudo del disco: riff distorsionado en primer plano, platillos ruidosos en unas hirientes estrofas y tramos instrumentales, que sin embargo encajan razonablemente bien con un estribillo muy musical, incluido el cambio de tonalidad justo al final. El álbum sigue en un nivel parecido con "When it all breaks down", cuyo punteo inicial de guitarra replican luego las un tanto repetitivas estrofas, que en nada previenen del enérgico riff instrumental que precede a otro estribillo tarareable. Aunque lo único realmente meritorio del tema es su elaborada parte nueva.

Llegar al cuarto corte sin ningún temazo no es la mejor de las situaciones. Y la canción que nos encontramos ahí, "Magpie", el sencillo que anticipó el álbum, sin resultar un mal momento, tampoco mejora excesivamente el panorama: otro riff contundente para sostener los tramos instrumentales y unas estrofas casi monocordes, trallazos de guitarras distorsionadas complementando la voz también tratada de Nicholas, y un estribillo más musicado pero aun así bastante oscuro. Nuevamente es la parte nueva lo más inspirado del mismo. Afortunadamente la siguiente canción, "Hide and seek", aunque sigue sin acercarse a lo que los galeses sabemos que son capaces de ofrecer, sí supone un (pequeño) punto de inflexión. Arranca con esa acústica luminosa que cultivó hace unos años Nicholas en su único álbum en solitario ("Yorktown heights", 2014), y aunque su desarrollo inicialmente lento la puede hacer un poquito pesada, ese estribillo psicodélico sí resulta claramente diferenciable de lo escuchado hasta ahora, y la parte nueva vuelve a ser llamativa por trabajada e inspirada. La cosa sigue yendo para arriba con "Decompress", en mi opinión el mejor momento del disco. Rock duro en sus intervalos y estrofas, energizante y a la vez excelentemente entroncado con un melódico estribillo gracias a un brillante puente. Mención especial para su inesperada y certera parada, en la que desarrollan su evocadora parte nueva, una vez más de lo más acertado del tema, junto a uno de los poquísimos solos de guitarra del disco.

El último tercio del álbum abunda en esa mayor inspiración del corte anterior: "Wall of silence" fue el segundo sencillo hace unos meses, y me parece el más meritorio de los tres elegidos: suena a Feeder de toda la vida, con esas distorsiones de guitarra, esos platillos omnipresentes y esos fogonazos de guitarra distorsionada que tan bien conviven con su elaborada melodía, realzada de nuevo por otra estupenda parte nueva. "Slow strings", como su título indica, es quizá el tema más lento del disco, de una oscuridad en sus estrofas que poco a poco va dando paso a una relativa luminosidad, aunque su mayor aliciente es ese nervio latente, casi acústico hasta el último minuto, potenciado por su melodía de notas más bien bajas, en la que Nicholas apenas fuerza la voz. "Born to love you" probablemente no pasará a la discografía selecta de la banda, pero la banda tira de oficio para sacarle el jugo a una composición que muchos grupos en activo jamás llegarán a ser capaces de firmar, con una letra llamativamente romántica y optimista y otra parte nueva en la que merece detenerse. Y "Submission" pone el cierre a estos cuarenta y un minutos con el tema más "experimental" del disco: un medio tiempo expansivo, también oscuro en sus largas estrofas, y rematado por otro bonito estribillo con unas cuerdas de fondo, que mejora la impresión global no ya de esta canción, sino de "Torpedo" en su conjunto.

Gracias al arreón de su segunda mitad, con cinco buenos momentos que, no obstante, no llegarán a convertirse en nuevos clásicos de la banda, el álbum resulta defendible. Aunque es obvio que cinco canciones anodinas son muchas, y que la falta de variedad de registros del disco tampoco juega a su favor. En todo caso, para todos sus seguidores resultará una entrega interesante, como lo prueba que hace unas semanas alcanzara el Top 5 de álbumes en el Reino Unido. Y es que si obviamos aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, y nos fijamos en el encefalograma prácticamente plano del rock actual, seguramente le demos a una oportunidad a este "Torpedo", al igual que yo se la he terminado dando en la presente reseña.

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