Me resulta extraño reseñar en junio de 2017 un álbum que vio la luz en 2016 (de hecho, hace justo un año). Pero es que este "Heartbreak hi" ha sido un álbum que, aun teniendo una repercusión minoritaria, se ha ido abriendo camino gradualmente en el panorama musical desde que su primer video-clip ("Hold on") fue publicado hace cuatro largos años. Poco a poco, el boca a boca y el efecto contagio en internet han hecho que finalmente llegue hasta mis oidos el debut de este dúo londinense formado por la cantante Alice Fox y el instrumentista Jack St. James. Y desde entonces he quedado atrapado por su pop tecnológico excelentemente instrumentado y muy alejado del mero revival ochentero que predomina en tantas otras bandas del panorama alternativo actual.
Lo más relevante de este "Heartbreak hi" es que nada menos que siete de sus trece temas han ido viendo la luz en formato sencillo/videoclip a lo largo de estos cuatro años, el último, "We are" (por cierto el tema con el que los descubrí), hace tres meses). Ello asegura que el nivel medio del álbum. Pero afortunadamente no implica que se trate de una mera colección de canciones colocadas secuencialmente: el disco posee una cohesión estilística y sonora muy saludable en sus cuarenta y ocho minutos, a pesar de haberse ido grabando en pequeñas dosis. Y con la suficiente variedad en tempos, atmósferas y estructuras para que cada canción tenga su personalidad propia.
"Even the echoes", el tema que lo abre, no es curiosamente ni de los que han ido viendo la luz en formato sencillo estos años, ni uno de sus mejores momentos: más atmosférico que rítmico, su melodía es quizá demasiado pop, y los "pájaros electrónicos" que la adornan en su mayor parte un tanto cansinos. Afortunadamente en seguida da paso a "Heartbreak hi", quinto sencillo (aunque vio originalmente la luz en 2012) y tal vez el estribillo más redondo de todo el álbum. Bien es cierto que son tres minutos justos, que una parte no desdeñable del mismo se va en su gradual comienzo, que las estrofas son cortas y de melodía sencilla (aunque con una progresión armónica razonablemente elaborada), pero el contraste entre la negatividad de la letra y la luminosidad de la música en su estribillo es absolutamente infalible. Le sigue "Shiver", el segundo sencillo de su carrera, quizá con un estribillo menos rompedor pero superior en términos globales a la anterior: el precioso synclavier que sostiene el comienzo y las estrofas se conjuga perfectamente con la voz de Alice, que demuestra de lo que es capaz en un estribillo que acaba muy alto en la escala. Aunque Jack no se queda corto luciéndose en el tramo final instrumental con su Novation launchpad.
"We are", remezclada respecto a la versión del álbum al ser extraída como séptimo sencillo es, sin ser el mejor momento del álbum (en mi opinión las estrofas pierden demasiada fuerza respecto a su certero estribillo), otro tratado de Jack a la hora de instrumentar en 2017 otra elaborada melodía pop. "When you go" es el primer tema claramente lento del álbum. Y aunque en estos tempos no se desenvuelven con la emotividad de por ejemplo Claire, sí que suplen esta carencia con otra excelente interpretación de Alice y la capacidad para armonizar instrumentos de Jack. "Hold on", sexto corte y el tema con el que se dieron a conocer, es todavía mi favorito de la banda: ese bajo sintetizado a lo electroclash cuyo volumen va subiendo para dar paso a unas estrofas formidables, por elegancia y por cómo los sintetizadores se entrecruzan para resaltar los acordes menores, hasta desembocar en un estribillo que encaja con una naturalidad pasmosa. Sin olvidar cómo Jack sigue añadiendo más instrumentos para enriquecer cada repetición, o ese intervalo instrumental en el que cambian el ritmo a cuaternario, acentuando el dramatismo.
"The answer" es otro buen tema que puede recordar a las Client más pop, por su ambientación oscura y la rabia contenida que encierra su estribillo. Pero es más rica instrumentalmente que lo habitual en sus paisanas, aunque la batería electrónica un tanto simple le resta algún punto. "Resonate", octavo corte y cuarto sencillo, es un tema correcto a la vez su mayor apuesta por una balada "clásica" y relativamente dulce, si bien el sintetizador distorsionado que lleva la progresión armónica y los otros muchos que la van adornando le niegan ese clasicismo. "All of time" fue el tercer sencillo de su carrera y también mi otro tema favorito del álbum: el único con un bombo marcado que lo orienta más claramente a la pista de baile a pesar de su letra melancólica, empieza directamente con la parte vocal y una instrumentación más austera de lo habitual, pero Jack termina por desplegar todo su arsenal en un maravilloso estribillo que puede recordar a los momentos más sintéticos de Kate Bush. Aunque lo mejor del tema surge con un muy elaborado puente sobre el que se van añadiendo instrumentos para enlazarlo de manera magistral con una versión alterada del estribillo sobre la misma progresión armónica.
El tramo final de este excelente álbum no desentona, pero no es lo mejor del mismo. Lo inicia "History", un tema lento y simplemente correcto que se acerca al R&B sintético de esta última década con su ritmo sincopado y su desnudez en las estrofas, complementadas por un estribillo de puro pop excelentemente armonizado. "Close my eyes" acelera el tempo, y con su batería sencilla y su atmósfera tenebrosa puede recordar al principio a Goldfrapp, si bien el estribillo de notas altas y luminosamente pop lo desmiente. El penúltimo corte es una versión de Bon Iver, "Perth", que además vio la luz como sexto sencillo. Y que demuestra el talento del dúo para explotar temas ajenos llevándolos a su terreno, armonizándolos y mejorándolos con sus cualidades vocales e instrumentales. Lástima que el tema original no dé para mucho, y a pesar de la intuición a la hora de ir añadiendo sintetizadores y doblando voces, su versión acabe repitiendo más de lo deseable eso de "Still alive for you love" (si de verdad quieren escuchar lo que dan de sí Avec Sans versionando, busquen en Youtube su maravillosa interpretación de "Will do", de TV on The Radio). Y el cierre lo pone "Mistakes", que como cabe esperar es otro tema lento (por cierto mi favorito de entre los de tempo más reposado), ahora sí con la sensibilidad más a flor de piel en las estrofas, unos sintetizadores juguetones a lo Andy Barlow (Lamb), y la sorpresa final del ritmo casi bailable para rematar.
La riqueza, el dinamismo, la sensibilidad e incluso el alma de "Heartbreak hi" permite disfrutarlo cada vez mas en sucesivas escuchas. Aunque lo que más sorprende del mismo, más allá de su calidad, es la madurez que destila: cuesta admitir que se trata de un álbum de debut. En un mundo ideal habría sido uno de los álbumes del año para crítica y público. Por mi parte sólo espero que le den continuidad alguna vez, aunque han puesto el listón muy alto.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
martes, 27 de junio de 2017
domingo, 28 de mayo de 2017
Joe Goddard - "Electric lines" (2017)
Uno de los discos inesperados de 2017 ha sido el de Joe Goddard, compositor, teclista y vocalista ocasional de los a veces brillantes, a veces desconcertantes Hot Chip. Tras más de quince años teniendo al sexteto británico de dance-pop como principal ocupación, finalmente Goddard se ha decidido a dar una continuación a su tímido álbum de debut en solitario, ese "Harvest Festival" que pasó tan desapercibido en 2009. Este "Electric lines" responde para lo bueno y para lo malo a algunos de los clichés que se les suponen a los álbumes de miembros de bandas que no son sus líderes: vocalistas diversos, estilos alejados unos de otros, altibajos de inspiración, una mayor vocación experimental... Pero afortunadamente todo ello se complementa con una notable dosis de talento (probablemente derivado de la tranquilidad a la hora de ir reuniendo temas para este proyecto, sin urgencia en publicarlos). Con lo cual el resultado, sin ser un álbum completamente redondo, sí que es uno de los más interesantes que he tenido la oportunidad de escuchar en lo que llevamos de año. Y me atrevo a decir que por variedad e inspiración supera no ya a su debut, sino a cualquiera de los seis publicados por Hot Chip. Con lo que la viabilidad de este proyecto paralelo de Goddard está más que justificada.
"Electric lines" es un álbum largo (supera la hora de duración en sus trece cortes), con temas en su mayoría desarrollados sin prisa, que en cada escucha permite descubrir nuevos detalles. Y que se abre con uno de sus mejores momentos: "Ordinary madness" es uno de los dos temas en la que británica Jess MIlls (alias SLO) se encarga con acierto de la parte vocal. Y que aunque arranca con un ritmo sincopado alejado de la contundencia binaria que podría esperarse, pronto adquiere un barniz pop con su preciosa melodía en las estrofas y sus arabescos de sintetizadores, que culminan en un estribillo irresistible, con una guitarra eléctrica que la hace ahora sí apta para el baile. Y con una parte nueva elaborada que encaja perfectamente con todo el conjunto, que desemboca en un tramo instrumental en el que Goddard se nota que disfruta. Le sigue "Lose your love", para mí no muy acertadamente escogida como primer sencillo. Porque aunque era de esperar que la vocación de DJ de Goddard salga a la luz sampleando el "I Don’t Wanna Lose Your Love", una cara B de The Emotions de 1976, su funky y sus coros en falsete no terminan de encajar del todo con el auto-tune y el loop sintetizado que vertebran la canción. Aparte de que la progresión armónica es todo el tiempo los mismos cuatro acordes, que se prolongan más de lo deseable. Algo parecido aunque con un resultado algo mejor le sucede a "Home", tercer sencillo, otro tema construido sobre un sampling ("We’re On Our Way Home" de 1978 a cargo de Brainstorm), cuyo comienzo disco sobre un piano setentero no casa bien con las estrofas de synthpop melancólico que le suceden. Para desembocar además en un estribillo que vuelve a ser otro sampling del mismo tema, y sobre el que el bombo que añade Goddard y su melodía paralela en falsete luchan como pueden por abrirse paso. Si a ello le añadimos que el cuarto corte, "Lasers", es una petardada instrumental de ritmo binario ramplón sobre el que efectivamente campan a sus anchas sonidos de láseres durante casi cinco inacabables minutos, probablemente piensen que me he equivocado al dedicarle una entrada a este disco.
Pero a partir de este punto el álbum, aunque sigue un tanto disperso, gana muchos enteros. "Human heart" es prácticamente una balada, construida eso si sobre un bombo marcado y una bonita progresión armónica que marca un piano electrónico (ahora sí, con varias partes bien enlazadas), que tarda casi minuto y medio en arrancar con su sensible melodía y otro minuto y medio más hasta que entra la caja, coincidiendo con un sintético e interesante intervalo instrumental, y que remata abusando del auto-tune, a lo Daft Punk. "Children" es el tema más largo del álbum: siete minutos (probablemente demasiados, aunque Goddard intenta que sucedan cosas a lo largo de toda su extensión) de techno espacial que nos retrotrae a los noventa con su superposición de sintetizadores y sus reminiscencias a Robert Miles (incluyendo el título) a partir de una progresión armónica inmutable. "Truth is light" es un medio tiempo sintético que nos recuerda a los que a veces entregaban Leftfield, por su introspección y su melodía suave arropada por arabescos de sintetizadores, aunque con la originalidad de una letra que es casi una oda a la luz. Y "Nothing moves", el octavo corte, se aproxima al trip-hop gracias a ese ritmo arrastrado, aunque progresión armónica y melodía la acercan al pop clásico, y los intervalos instrumentales a los que a menudo introduce Vince Clarke en sus canciones.
Tras estos dos temas de nivel correcto pero no espectaculares nos encontramos con la canción más claramente "Hot Chip" del álbum: "Electric lines", que también da título al álbum. En primer lugar porque Goddard recluta a Alexis Taylor, vocalista y compositor principal junto a él mismo de la banda británica. Y en segundo lugar por el resultado: un comienzo estimulante, que va entrando poco a poco, y que da pie a una letra fantástica en la que Taylor crea una analogía entre cómo las personas van cambiando como si fueran componente electrónicos que se actualizan conscientemente. Pero también una melodía exasperantemente simple (los dos mismos versos repetidos una y otra vez, hasta que por fin llega un estribillo... de un solo verso), y una obvia falta de recursos para hacer crecer el tema hasta donde prometía. Afortudamente justo a continuación irrumpe la joya del álbum: "Music is the answer", tercer sencillo y segunda colaboración con la vocalista SLO, que en realidad es una versión de la para mí desconocida Celeda. Otro tema de techno-pop intimista, con una percusión electrónica original, una melodía preciosa que evoluciona con inteligencia en cada una de sus partes y que defiende la música como solución a todos los males, y un estribillo con un cambio de tonalidad fantástico, que Goddard convierte en bailable con una naturalidad pasmosa. Aunque lo mejor es el intervalo instrumental tras el primer estribillo, donde Goddard explota al máximo su talento para adornar con pequeños fraseos vocales unas armonías de sintetizadores que recuerdan a Pet Shop Boys.
Tras esta maravilla de synth-pop el disco da un nuevo giro con "Funk you up", algo así como una recreación de los temas que pobablan el "Exit planet dust" de "The Chemical Brothers", con la misma propuesta monocorde aderazada con sintetizadores infecciosos y un ruidismo contagioso. Que no pasará a la historia pero resulta digna en sus tres minutos justos. "Bumps" es el penúltimo corte del álbum y una especie de homenaje a los Orbital más clásicos con su bombo marcado, su tempo que tan pronto sube como baja, sus cajas de música sintetizadas y su continuo esfuerzo por hacer evolucionar el tema. Y el álbum se cierra de manera desafortunada con una versión alargada (¡casi ocho minutos!) de "Lose your love", que como ya he explicado es en mi opinión uno de los momentos menos inspirados del disco, y que en versión extendida simplemente abunda en sus defectos.
Al terminar la escucha queda claro que el afán de Goddard por no dejarse de lado ninguno de sus géneros musicales de referencia ha primado sobre la elaboración de un álbum que reúna sólo aquellos en los que se desenvuelve mejor. Y además ha optado por elegir mayoritariamente sencillos que quizá sean los que más relevancia le vayan a otorga en la crítica especializada, pero que no son lo más representativo de su contenido, y su resultado es cuestionable. Pero también es cierto que sólo hay un tema que realmente sea de relleno, y que quitando aquellos en los que el sampling es el eje principal, el resto se mueve entre lo correcto y lo realmente inspirado, y sin sonar demasiado cercano a su banda de referencia. Así que el balance general es claramente favorable para todo el que guste del dance-pop en sentido amplio. Habrá que ver si alguna vez este "Electric lines" recibe una continuación, y si en ese caso volverá a predominar lo heterogéneo sobre lo inspirado.
"Electric lines" es un álbum largo (supera la hora de duración en sus trece cortes), con temas en su mayoría desarrollados sin prisa, que en cada escucha permite descubrir nuevos detalles. Y que se abre con uno de sus mejores momentos: "Ordinary madness" es uno de los dos temas en la que británica Jess MIlls (alias SLO) se encarga con acierto de la parte vocal. Y que aunque arranca con un ritmo sincopado alejado de la contundencia binaria que podría esperarse, pronto adquiere un barniz pop con su preciosa melodía en las estrofas y sus arabescos de sintetizadores, que culminan en un estribillo irresistible, con una guitarra eléctrica que la hace ahora sí apta para el baile. Y con una parte nueva elaborada que encaja perfectamente con todo el conjunto, que desemboca en un tramo instrumental en el que Goddard se nota que disfruta. Le sigue "Lose your love", para mí no muy acertadamente escogida como primer sencillo. Porque aunque era de esperar que la vocación de DJ de Goddard salga a la luz sampleando el "I Don’t Wanna Lose Your Love", una cara B de The Emotions de 1976, su funky y sus coros en falsete no terminan de encajar del todo con el auto-tune y el loop sintetizado que vertebran la canción. Aparte de que la progresión armónica es todo el tiempo los mismos cuatro acordes, que se prolongan más de lo deseable. Algo parecido aunque con un resultado algo mejor le sucede a "Home", tercer sencillo, otro tema construido sobre un sampling ("We’re On Our Way Home" de 1978 a cargo de Brainstorm), cuyo comienzo disco sobre un piano setentero no casa bien con las estrofas de synthpop melancólico que le suceden. Para desembocar además en un estribillo que vuelve a ser otro sampling del mismo tema, y sobre el que el bombo que añade Goddard y su melodía paralela en falsete luchan como pueden por abrirse paso. Si a ello le añadimos que el cuarto corte, "Lasers", es una petardada instrumental de ritmo binario ramplón sobre el que efectivamente campan a sus anchas sonidos de láseres durante casi cinco inacabables minutos, probablemente piensen que me he equivocado al dedicarle una entrada a este disco.
Pero a partir de este punto el álbum, aunque sigue un tanto disperso, gana muchos enteros. "Human heart" es prácticamente una balada, construida eso si sobre un bombo marcado y una bonita progresión armónica que marca un piano electrónico (ahora sí, con varias partes bien enlazadas), que tarda casi minuto y medio en arrancar con su sensible melodía y otro minuto y medio más hasta que entra la caja, coincidiendo con un sintético e interesante intervalo instrumental, y que remata abusando del auto-tune, a lo Daft Punk. "Children" es el tema más largo del álbum: siete minutos (probablemente demasiados, aunque Goddard intenta que sucedan cosas a lo largo de toda su extensión) de techno espacial que nos retrotrae a los noventa con su superposición de sintetizadores y sus reminiscencias a Robert Miles (incluyendo el título) a partir de una progresión armónica inmutable. "Truth is light" es un medio tiempo sintético que nos recuerda a los que a veces entregaban Leftfield, por su introspección y su melodía suave arropada por arabescos de sintetizadores, aunque con la originalidad de una letra que es casi una oda a la luz. Y "Nothing moves", el octavo corte, se aproxima al trip-hop gracias a ese ritmo arrastrado, aunque progresión armónica y melodía la acercan al pop clásico, y los intervalos instrumentales a los que a menudo introduce Vince Clarke en sus canciones.
Tras estos dos temas de nivel correcto pero no espectaculares nos encontramos con la canción más claramente "Hot Chip" del álbum: "Electric lines", que también da título al álbum. En primer lugar porque Goddard recluta a Alexis Taylor, vocalista y compositor principal junto a él mismo de la banda británica. Y en segundo lugar por el resultado: un comienzo estimulante, que va entrando poco a poco, y que da pie a una letra fantástica en la que Taylor crea una analogía entre cómo las personas van cambiando como si fueran componente electrónicos que se actualizan conscientemente. Pero también una melodía exasperantemente simple (los dos mismos versos repetidos una y otra vez, hasta que por fin llega un estribillo... de un solo verso), y una obvia falta de recursos para hacer crecer el tema hasta donde prometía. Afortudamente justo a continuación irrumpe la joya del álbum: "Music is the answer", tercer sencillo y segunda colaboración con la vocalista SLO, que en realidad es una versión de la para mí desconocida Celeda. Otro tema de techno-pop intimista, con una percusión electrónica original, una melodía preciosa que evoluciona con inteligencia en cada una de sus partes y que defiende la música como solución a todos los males, y un estribillo con un cambio de tonalidad fantástico, que Goddard convierte en bailable con una naturalidad pasmosa. Aunque lo mejor es el intervalo instrumental tras el primer estribillo, donde Goddard explota al máximo su talento para adornar con pequeños fraseos vocales unas armonías de sintetizadores que recuerdan a Pet Shop Boys.
Tras esta maravilla de synth-pop el disco da un nuevo giro con "Funk you up", algo así como una recreación de los temas que pobablan el "Exit planet dust" de "The Chemical Brothers", con la misma propuesta monocorde aderazada con sintetizadores infecciosos y un ruidismo contagioso. Que no pasará a la historia pero resulta digna en sus tres minutos justos. "Bumps" es el penúltimo corte del álbum y una especie de homenaje a los Orbital más clásicos con su bombo marcado, su tempo que tan pronto sube como baja, sus cajas de música sintetizadas y su continuo esfuerzo por hacer evolucionar el tema. Y el álbum se cierra de manera desafortunada con una versión alargada (¡casi ocho minutos!) de "Lose your love", que como ya he explicado es en mi opinión uno de los momentos menos inspirados del disco, y que en versión extendida simplemente abunda en sus defectos.
Al terminar la escucha queda claro que el afán de Goddard por no dejarse de lado ninguno de sus géneros musicales de referencia ha primado sobre la elaboración de un álbum que reúna sólo aquellos en los que se desenvuelve mejor. Y además ha optado por elegir mayoritariamente sencillos que quizá sean los que más relevancia le vayan a otorga en la crítica especializada, pero que no son lo más representativo de su contenido, y su resultado es cuestionable. Pero también es cierto que sólo hay un tema que realmente sea de relleno, y que quitando aquellos en los que el sampling es el eje principal, el resto se mueve entre lo correcto y lo realmente inspirado, y sin sonar demasiado cercano a su banda de referencia. Así que el balance general es claramente favorable para todo el que guste del dance-pop en sentido amplio. Habrá que ver si alguna vez este "Electric lines" recibe una continuación, y si en ese caso volverá a predominar lo heterogéneo sobre lo inspirado.
sábado, 6 de mayo de 2017
Claire: "Tidal" (2017)
Para mí uno de los álbumes que más expectación despertaba en 2017 era el retorno de los alemanes Claire. Que pasa por ser una de las debilidades de este humilde blog desde que descubrí y reseñé "The great escape", su meritorio álbum de debut allá por 2013. Desde entonces el quinteto alemán ha alargado el momento de entregar el temido segundo álbum durante cuatro largos años, si bien es cierto que hicieron la espera más llevadera con "Raseiniai", su EP de finales de 2015 que incidía en muchas de las virtudes de su debut a la vez que expandía su propuesta, y que también reseñé en este mismo blog. Pero no ha sido hasta hace unas pocas semanas que ha visto la luz este "Tidal", que ya adelanto los confirma como uno de las bandas de mayor calidad del momento. Aunque hay algunas sombras que hacen que el álbum no sea todo lo redondo que podría haber sido.
El álbum muestra al quintento más seguro de sus posibilidades instrumentales, y prácticamente todos los temas son explotados al máximo, con duraciones que por tanto suelen ser altas. Al mismo tiempo evitan caer en la tentación de sobreproducir las canciones, empleando siempre el número justo de instrumentos para no sólo poder apreciarlos mejor individualmente, sino también aumentar la sensación de interpretación en directo al escucharlos. Ambos aciertos son decisivos para ensalzar unas composiciones en su mayoría inspiradas, con un menor peso de los medios tiempos que en anteriores entregas, y con los guiños suficientes a los sonidos más de moda para alejar los fantasmas de otras décadas. Aderezados además por la voz de Claire Buerkle, que ha crecido desde su debut para saber emocionar en cada perla del pop atemporal de la banda pese a su aparente gelidez germánica.
Una buena muestra de todo ello es "Friendly fire", el primer sencillo y tema con el que se abre el álbum: un tema rápido, directo, al principio casi espartano, una composición elaborada y con partes claramente diferenciadas que saben enlazar perfectamente con su estribillo clásico y disfrutable. Aunque quizá quede un escalón inferior de "Broken promised land" (el tema que abría su álbum de debut y el sencillo que les dio a conocer al gran público), lo cual siempre es peligroso a la hora de defender el siempre decisivo segundo álbum. Las sombras a las que me refería antes comienzan con "End up here", el segundo corte. No porque se trate de una mala composición o desentone con el estilo del álbum (de hecho es una buena composición, la instrumentación está muy conseguida dentro de su contención y el tono es relativamente luminoso), sino porque después de un comienzo tan rápido es una bajada de tempo brusca, y hace que el melómano se cuestione si el ritmo elevado de su sencilo de presentación es sólo un espejismo. Y la pregunta parece tener respuesta afirmativa, porque "No way to save it", siguiente corte, es incluso más lenta y se encuadra claramente dentro de los parámetros de una balada clásica. Eso sí, es una composición muy bonita, con otra gran instrumentación (especialmente en el colchón de sintetizadores en crescendo con el que envuelven la voz de Claire en el estribillo y en la sobredosis de percusiones distorsionadas a mitad del tema), y en otro punto del álbum habría resplandecido.
Pero es que "Two steps back", el cuarto corte, vuelve a ser otro tema lento, inclinando en apariencia la balanza hacia un álbum muy pausado, casi "de madurez", en innegable contraste con su comienzo. Aunque se trata de otra excelente canción, con un estribillo de una frialdad emocionante y unos intervalos instrumentales presididos por un sintetizador que podría haber firmado Tygo. Y justo cuando ya nos disponemos a tumbarnos en el salón de nuestra casa para adaptarnos a la propuesta surgen el teclado rápido y el bombo que marcan el ritmo binario de "Say it" y nos vuelven a desconcertar. Aunque se trata de otro momento recomendable, sobre otra progresión armónica inspirada y bien desarrollada, en el que destaca la manera como mezclan los samplings, el bajo sintetizado, el sintetizador principal y la percusión después de cada estribillo. Y el descoloque es completo cuando, sin apenas preludio, Claire empieza a entonar la melodía de "Burn", otro tema de tempo alto, bailable, y probablemente mi favorito de todo el álbum: una excelente progresión armónica rematada por una melodía que no le va a la zaga, un equilibrio certero entre los distintos instrumentos y guiños contemporáneos como el crescendo antes del segundo estribillo o el gélido e inesperadamente largo interludio instrumental.
Tras dos temas tan trepidantes sí tiene sentido situar un medio tiempo de percusión marcada ("Masquerade"), aunque éste sorprenda por el predominio de las guitarras y su coqueteo con el funky, y acabe resultando uno de los momentos menos brillantes del álbum. La magia regresa con "Drowning", otra gran canción, que comienza como una balada en la que el silencio es casi tan esencial como la música, y va creciendo hasta convertirse en el primer estribillo en otro tema bailable que no renuncia a situar la guitarra eléctrica en primer plano, ni a la emocionante intepretación de Claire. "Back to shore" regresa, muchos temas después, al tempo pausado y las atmósferas evocadoras, recordando mucho a algunas de las composiciones de su álbum de debut, aunque con una mayor vocación experimental. "Treading water" recupera el mejor tono de "Tidal" con otra demostración de cómo armonizar la emotividad de las baladas con la contudencia de los ritmos bailables, los efectos electrónicos con la voz tan personal de Claire, y al tiempo disfrutar interpretando cada compás, hasta llegar a la brillante coda final. "The crash" es el ejercicio de nostalgia más evidente, algo así como una reivindicación del house de finales de los ochenta, edulcorado por unos coros infantiles que no terminan de encajar en el tema probablemente más prescindible del disco (y quizá por eso, también el más corto). Un disco que se cierra con "Come close", un baladón ubicado ahora sí en un momento lógico, sobrecogedor por su melancolía y su parquedad instrumental, que evoluciona con una naturalidad difícilmente explicable hacia el ritmo marcial y el loop de sintetizador de su tramo final.
Con lo que tras muchas escuchas lo que queda de este elaborado "Tidal" es que, si bien estamos seguramente ante uno de los mejores álbumes de la temporada, podría haber sido aún mejor distribuyendo con más lógica sus doce temas. Y quizá también eliminando uno o dos que bajan un poco el nivel, dejando por ejemplo diez pero verdaderamente meritorios. En todo caso, el álbum consolida a Claire como una de las mejores bandas del panorama contemporáneo: algo así como la versión mejorada de The XX, aunque sin el extra de relevancia a nivel de crítica y ventas que siempre supone provenir de un país anglosajón. Sólo confío en que esta indiferencia hacia su talento no les perjudique en el futuro, porque con una visibilidad adecuada creo que sería una banda de tirón a nivel internacional, y quizá sea eso a lo que aspiren. Así que espero que esta entrada pueda aportar un granito de arena en esa dirección.
El álbum muestra al quintento más seguro de sus posibilidades instrumentales, y prácticamente todos los temas son explotados al máximo, con duraciones que por tanto suelen ser altas. Al mismo tiempo evitan caer en la tentación de sobreproducir las canciones, empleando siempre el número justo de instrumentos para no sólo poder apreciarlos mejor individualmente, sino también aumentar la sensación de interpretación en directo al escucharlos. Ambos aciertos son decisivos para ensalzar unas composiciones en su mayoría inspiradas, con un menor peso de los medios tiempos que en anteriores entregas, y con los guiños suficientes a los sonidos más de moda para alejar los fantasmas de otras décadas. Aderezados además por la voz de Claire Buerkle, que ha crecido desde su debut para saber emocionar en cada perla del pop atemporal de la banda pese a su aparente gelidez germánica.
Una buena muestra de todo ello es "Friendly fire", el primer sencillo y tema con el que se abre el álbum: un tema rápido, directo, al principio casi espartano, una composición elaborada y con partes claramente diferenciadas que saben enlazar perfectamente con su estribillo clásico y disfrutable. Aunque quizá quede un escalón inferior de "Broken promised land" (el tema que abría su álbum de debut y el sencillo que les dio a conocer al gran público), lo cual siempre es peligroso a la hora de defender el siempre decisivo segundo álbum. Las sombras a las que me refería antes comienzan con "End up here", el segundo corte. No porque se trate de una mala composición o desentone con el estilo del álbum (de hecho es una buena composición, la instrumentación está muy conseguida dentro de su contención y el tono es relativamente luminoso), sino porque después de un comienzo tan rápido es una bajada de tempo brusca, y hace que el melómano se cuestione si el ritmo elevado de su sencilo de presentación es sólo un espejismo. Y la pregunta parece tener respuesta afirmativa, porque "No way to save it", siguiente corte, es incluso más lenta y se encuadra claramente dentro de los parámetros de una balada clásica. Eso sí, es una composición muy bonita, con otra gran instrumentación (especialmente en el colchón de sintetizadores en crescendo con el que envuelven la voz de Claire en el estribillo y en la sobredosis de percusiones distorsionadas a mitad del tema), y en otro punto del álbum habría resplandecido.
Pero es que "Two steps back", el cuarto corte, vuelve a ser otro tema lento, inclinando en apariencia la balanza hacia un álbum muy pausado, casi "de madurez", en innegable contraste con su comienzo. Aunque se trata de otra excelente canción, con un estribillo de una frialdad emocionante y unos intervalos instrumentales presididos por un sintetizador que podría haber firmado Tygo. Y justo cuando ya nos disponemos a tumbarnos en el salón de nuestra casa para adaptarnos a la propuesta surgen el teclado rápido y el bombo que marcan el ritmo binario de "Say it" y nos vuelven a desconcertar. Aunque se trata de otro momento recomendable, sobre otra progresión armónica inspirada y bien desarrollada, en el que destaca la manera como mezclan los samplings, el bajo sintetizado, el sintetizador principal y la percusión después de cada estribillo. Y el descoloque es completo cuando, sin apenas preludio, Claire empieza a entonar la melodía de "Burn", otro tema de tempo alto, bailable, y probablemente mi favorito de todo el álbum: una excelente progresión armónica rematada por una melodía que no le va a la zaga, un equilibrio certero entre los distintos instrumentos y guiños contemporáneos como el crescendo antes del segundo estribillo o el gélido e inesperadamente largo interludio instrumental.
Tras dos temas tan trepidantes sí tiene sentido situar un medio tiempo de percusión marcada ("Masquerade"), aunque éste sorprenda por el predominio de las guitarras y su coqueteo con el funky, y acabe resultando uno de los momentos menos brillantes del álbum. La magia regresa con "Drowning", otra gran canción, que comienza como una balada en la que el silencio es casi tan esencial como la música, y va creciendo hasta convertirse en el primer estribillo en otro tema bailable que no renuncia a situar la guitarra eléctrica en primer plano, ni a la emocionante intepretación de Claire. "Back to shore" regresa, muchos temas después, al tempo pausado y las atmósferas evocadoras, recordando mucho a algunas de las composiciones de su álbum de debut, aunque con una mayor vocación experimental. "Treading water" recupera el mejor tono de "Tidal" con otra demostración de cómo armonizar la emotividad de las baladas con la contudencia de los ritmos bailables, los efectos electrónicos con la voz tan personal de Claire, y al tiempo disfrutar interpretando cada compás, hasta llegar a la brillante coda final. "The crash" es el ejercicio de nostalgia más evidente, algo así como una reivindicación del house de finales de los ochenta, edulcorado por unos coros infantiles que no terminan de encajar en el tema probablemente más prescindible del disco (y quizá por eso, también el más corto). Un disco que se cierra con "Come close", un baladón ubicado ahora sí en un momento lógico, sobrecogedor por su melancolía y su parquedad instrumental, que evoluciona con una naturalidad difícilmente explicable hacia el ritmo marcial y el loop de sintetizador de su tramo final.
Con lo que tras muchas escuchas lo que queda de este elaborado "Tidal" es que, si bien estamos seguramente ante uno de los mejores álbumes de la temporada, podría haber sido aún mejor distribuyendo con más lógica sus doce temas. Y quizá también eliminando uno o dos que bajan un poco el nivel, dejando por ejemplo diez pero verdaderamente meritorios. En todo caso, el álbum consolida a Claire como una de las mejores bandas del panorama contemporáneo: algo así como la versión mejorada de The XX, aunque sin el extra de relevancia a nivel de crítica y ventas que siempre supone provenir de un país anglosajón. Sólo confío en que esta indiferencia hacia su talento no les perjudique en el futuro, porque con una visibilidad adecuada creo que sería una banda de tirón a nivel internacional, y quizá sea eso a lo que aspiren. Así que espero que esta entrada pueda aportar un granito de arena en esa dirección.
jueves, 13 de abril de 2017
Carla: "Night thoughts" (2016)
Habitualmente cada año suelo, allá por el mes de marzo, echar la vista atrás para revisar en una entrada lo que nos haya deparado el panorama musical en España durante los doce meses precedentes. Pero me he dado cuenta de que ese vistazo cada vez era más parecido en los últimos años, pues ni a nivel creativo ni comercial percibo signos claros de cambio a mejor, así que este 2017 he preferido no repetirme. Afortunadamente, ese ejercicio de revisión me ha permitido localizar la excepción que confirma la regla. Y es que después de casi tres años voy a reseñar un álbum publicado en nuestro país, porque considero que tiene la calidad y la contemporaneidad suficiente para tener un hueco en este humilde blog. Se trata de "Night thoughts", de Carla (no confundir con el álbum continuista del mismo título que publicaron los británicos Suede en 2016). Carla es en realidad un dúo formado por Carla y Toni Serrat, hermanos de la también artista Joana Serrat. Un álbum que como digo vio la luz en 2016, pero en un ámbito bastante minoritario, por lo que no ha sido hasta hace unas semanas que ha caído en mis manos.
"Night thoughts" es un álbum relativamente corto (treinta y ocho minutos), que consta de once temas (los diez que figuran en la contraportada más uno oculto al final) de propuesta muy homogénea. En esencia es un álbum de pop contemporáneo, con un toque electrónico, continuas orfebrerías rítmicas, letras sensoriales y una saludable valentía experimental. Como ven, un álbum muy alejado de lo que suele ser habitual en nuestro país. Carla Serrat no posee una voz potente, pero sí modula muy bien para complementar la atmósfera de los temas (casi podríamos hablar de interpretaciones soul-pop). Además, para reforzar la experiencia de su música, las letras hablan sobre todo de la interacción entre nuestros sentidos y la naturaleza (hasta dos títulos utilizan la palabra "Forest"), empleando para ello un inglés razonablemente bien pronunciado. Y la instrumentación guarda un saludable término medio entre lo espartano y lo sobreproducido. Puestos a buscarle defectos, e echa de menos algo más de estructuración en algunos temas, que pudiera acercar al dúo a una mayor repercusión, y al menos un tema de bandera que tire del resto del álbum. Y probablemente le sobre homogeneidad, pues cuesta muchas escuchas distinguir claramente unos tema de otros.
Un buen ejemplo de estas virtudes y defectos es "No sun", la canción que abre el álbum: evocadora, sensitiva, pero también demasiado corta, casi a medio terminar. "The sea takes me", segundo corte, con una progresión armónica más definida y una estructura más clara entre su colchón de sintetizadores envolventes, supone una mejora incuestionable respecto al anterior, aunque el cambio de ritmo a mitad del tema (doblando los bpms) es el típico arabesco que gusta a la crítica pero le aleja del público masivo. Aún más recomendable resulta "In the forest", uno de los momentos álgidos del álbum, con sus acordes menores bien marcados desde el comienzo, su melodía más definida y su atmósfera de atardecer, sabiamente resaltada por esa elaborada batería que va y viene. El siguiente corte "Our time" es otra buena composición aunque quizá algo falta de personalidad: construida con unos mimbres muy similares a las anteriores, llama la atención un estribillo mucho más claro, y la sorpresa de su coda final.
"Hold dub", con la colaboración de Nuria Graham, empieza con todos los mimbres para ser otro de los mejores momentos del álbum: un tema reposado, envolvente, bien interpretado, pero su estructura simple y demasiado repetitiva (y eso a pesar de que sólo dura tres minutos) le resta puntos. "Turned into" arrima su propuesta a ritmos ligeramente más bailables, con su bajo sintetizado claramente perceptible y su caja de palmada en momentos puntuales, por lo que sin ser de los temas más destacables sí que oxigena el álbum en un momento muy adecuado. El séptimo corte, "Lies", vuelve a los ritmos sincopados deudores del drum&bass, y acentúa su vocación experimental, aunque el estribillo casi indescifrable juega en su contra.
Con "Lucky one" comienza indudablemente el mejor tramo del álbum. Es el tema más claramente electro-pop del disco, y probablemente el más bailable: el infalible bajo sintetizado da pie a la voz de Carla, y tras ella una batería que juega al despiste con su ritmo cuaternario que se convertirá en binario en la segunda estrofa. Un tema que además evoluciona con criterio hasta su adecuada coda final, aunque le falte una instrumentación más elaborada en este último tramo. "Let's burn a forest" es el tema más etéreo, casi una poesía interpretada por un astronauta desde el espacio, con la voz de Carla ensalzada por un precioso teclado en las estrofas, y posiblemente el estribillo más redondo del disco, que además ensalzan en su repetición final otro certero sintetizador y la exhibición final de la batería. Y "Night thoughts", el tema que da título al álbum y teóricamente lo cierra es, en mi opinión, su mejor momento: una mezcla entre el drum&bass de su sección rítmica y el chill-out de su progresión armónica y sus sonidos de la naturaleza, sobre el que Carla repite una melodía sencilla que no es sino una mera excusa para seguir haciendo crecer la canción durante casi tres minutos con una inteligencia poco habitual por estos lares para los pasajes instrumentales. Y encima con la sorpresa de un tema oculto de duración convencional tras un par de minutos, que si bien no es de lo mejor del disco (parece un tema de los Everything But The Girl menos electrónicos), se deja escuchar.
Desconozco si la propuesta musicla de Carla ha sido una aventura de los hermanos Serrat para dar salida a sus inquietudes musicales, o si esperan consolidarla en un futuro con un segundo álbum y un mayor esfuerzo promocional. Espero que sea lo segundo, porque en España estamos huérfanos de este tipo de creatividad, y la necesitamos.
"Night thoughts" es un álbum relativamente corto (treinta y ocho minutos), que consta de once temas (los diez que figuran en la contraportada más uno oculto al final) de propuesta muy homogénea. En esencia es un álbum de pop contemporáneo, con un toque electrónico, continuas orfebrerías rítmicas, letras sensoriales y una saludable valentía experimental. Como ven, un álbum muy alejado de lo que suele ser habitual en nuestro país. Carla Serrat no posee una voz potente, pero sí modula muy bien para complementar la atmósfera de los temas (casi podríamos hablar de interpretaciones soul-pop). Además, para reforzar la experiencia de su música, las letras hablan sobre todo de la interacción entre nuestros sentidos y la naturaleza (hasta dos títulos utilizan la palabra "Forest"), empleando para ello un inglés razonablemente bien pronunciado. Y la instrumentación guarda un saludable término medio entre lo espartano y lo sobreproducido. Puestos a buscarle defectos, e echa de menos algo más de estructuración en algunos temas, que pudiera acercar al dúo a una mayor repercusión, y al menos un tema de bandera que tire del resto del álbum. Y probablemente le sobre homogeneidad, pues cuesta muchas escuchas distinguir claramente unos tema de otros.
Un buen ejemplo de estas virtudes y defectos es "No sun", la canción que abre el álbum: evocadora, sensitiva, pero también demasiado corta, casi a medio terminar. "The sea takes me", segundo corte, con una progresión armónica más definida y una estructura más clara entre su colchón de sintetizadores envolventes, supone una mejora incuestionable respecto al anterior, aunque el cambio de ritmo a mitad del tema (doblando los bpms) es el típico arabesco que gusta a la crítica pero le aleja del público masivo. Aún más recomendable resulta "In the forest", uno de los momentos álgidos del álbum, con sus acordes menores bien marcados desde el comienzo, su melodía más definida y su atmósfera de atardecer, sabiamente resaltada por esa elaborada batería que va y viene. El siguiente corte "Our time" es otra buena composición aunque quizá algo falta de personalidad: construida con unos mimbres muy similares a las anteriores, llama la atención un estribillo mucho más claro, y la sorpresa de su coda final.
"Hold dub", con la colaboración de Nuria Graham, empieza con todos los mimbres para ser otro de los mejores momentos del álbum: un tema reposado, envolvente, bien interpretado, pero su estructura simple y demasiado repetitiva (y eso a pesar de que sólo dura tres minutos) le resta puntos. "Turned into" arrima su propuesta a ritmos ligeramente más bailables, con su bajo sintetizado claramente perceptible y su caja de palmada en momentos puntuales, por lo que sin ser de los temas más destacables sí que oxigena el álbum en un momento muy adecuado. El séptimo corte, "Lies", vuelve a los ritmos sincopados deudores del drum&bass, y acentúa su vocación experimental, aunque el estribillo casi indescifrable juega en su contra.
Con "Lucky one" comienza indudablemente el mejor tramo del álbum. Es el tema más claramente electro-pop del disco, y probablemente el más bailable: el infalible bajo sintetizado da pie a la voz de Carla, y tras ella una batería que juega al despiste con su ritmo cuaternario que se convertirá en binario en la segunda estrofa. Un tema que además evoluciona con criterio hasta su adecuada coda final, aunque le falte una instrumentación más elaborada en este último tramo. "Let's burn a forest" es el tema más etéreo, casi una poesía interpretada por un astronauta desde el espacio, con la voz de Carla ensalzada por un precioso teclado en las estrofas, y posiblemente el estribillo más redondo del disco, que además ensalzan en su repetición final otro certero sintetizador y la exhibición final de la batería. Y "Night thoughts", el tema que da título al álbum y teóricamente lo cierra es, en mi opinión, su mejor momento: una mezcla entre el drum&bass de su sección rítmica y el chill-out de su progresión armónica y sus sonidos de la naturaleza, sobre el que Carla repite una melodía sencilla que no es sino una mera excusa para seguir haciendo crecer la canción durante casi tres minutos con una inteligencia poco habitual por estos lares para los pasajes instrumentales. Y encima con la sorpresa de un tema oculto de duración convencional tras un par de minutos, que si bien no es de lo mejor del disco (parece un tema de los Everything But The Girl menos electrónicos), se deja escuchar.
Desconozco si la propuesta musicla de Carla ha sido una aventura de los hermanos Serrat para dar salida a sus inquietudes musicales, o si esperan consolidarla en un futuro con un segundo álbum y un mayor esfuerzo promocional. Espero que sea lo segundo, porque en España estamos huérfanos de este tipo de creatividad, y la necesitamos.
sábado, 25 de marzo de 2017
The Magnetic Fields: "50 song memoir" (2017)
The Magnetic Fields, o lo que es lo mismo, el proyecto más importante de los varios que lidera el estadounidense Stephin Merrit, ha vuelto al primer plano de la actualidad tras nada menos que un lustro de silencio. Un silencio que no debe interpretarse como falta de creatividad, ya que como el título de su álbum de regreso explica, lo ha hecho con nada menos que cincuenta (¡cincuenta!) nuevas canciones. Un verdadero tour de force que probablemente no tendrá parangón en ningún otro álbum que publique este año ningún otro artista. Lo que ya predispone a "50 song memoir" a favor del melómano. Si además explicamos que esas cincuenta canciones son un homenaje autobiográfico que Merrit se hizo a sí mismo el día de su quincuagésimo cumpleaños, hasta llegar a completar una canción por año de su vida, entenderemos que estamos ante un álbum realmente único a nivel conceptual. Aunque por otra parte no es la primera vez que Merrit riza el rizo a estos niveles.
Y es que en 1999, tras cuatro años de silencio como The Magnetic Fields (no como otros proyectos), publicó "69 Love Songs", con nada menos que sesenta y nueve canciones con el amor como eje, que otorgaron un espaldarazo definitivo a su carrera tras casi una década en activo. Así que el reto, aun siendo tremendo, no era nuevo para él. Pero hay varias diferencias entre ambas monumentales obras, y adelanto ya que en mi opinión, y a pesar de las críticas que he leído en las últimas semanas, "50 Song Memoir" queda desafortunadamente muy por debajo de "69 Love songs", el cual contenía al menos veinticinco excelentes temas. Por varias razones que intentaré enumerar ahora.
La primera y más obvia razón es que, con el paso de los años, Merrit ha perdido buena parte de su magia para crear canciones de pop mágicas e intemporales. Cuando afrontó "69 Love Songs" estaba en su cima creativa (como otros tantos compositores pop que han dado lo mejor de sí mismos al final de su primera década en activo). Pero su descenso, primero con "i" (2004) y posteriormente con "Distortion" (2008), que ya estaban claramente más enfocados en su consistencia conceptual que en emocionar con composiciones memorables, ha sido cada vez más evidente. Aunque Merrit no se queda en blanco en el estudio, parece claro que ha perdido buena parte de su capacidad para distinguir un tema anodino de otro fascinante, si bien ello ha sucedido paralelamente a su crecimiento a la hora de acercar el synth-pop indie de sus orígenes a los más diversos estilos. Y claro, con cincuenta canciones por delante ese es un escollo muy importante.
Otra razón de peso para mi valoración es que en "50 Song Memoir" canta en su totalidad todos los temas del álbum. Yo descubrí a Merrit a principios de 1998 cuando alumbró su proyecto Future Bible Heroes, en el que los temas más conseguidos ("Lonely days", "Hopeless") estaban cantados por Claudia Gonson, cuya voz de tonos medios y matices melancólicos encajaba a la perfección con el synth-pop introspectivo y un tanto pesimista de las composiciones de Merrit, hasta crear verdaderos clásicos del indie de la época. De hecho, en "69 Love Songs" muchos de los mejores momentos no estaban cantados por Merrit (me vienen a la mente ahora "If You Don't Cry", cantada por la propia Gonson, o "No One Will Ever Love You", por otra voz femenina, Shirley Simms). Aquí no; aquí forzosamente debemos acostumbrarnos a su voz entre bajo y barítono, a menudo fuera de lugar entre sus experimentos pop y casi siempre sin la inflexión suficiente para emocionarnos.
Una tercera razón a considerar es que, en parte a causa del tremendo esfuerzo que supone componer, instrumentar y grabar una cantidad tan ingente de temas, resulta bastante evidente que muchas de ellas no están demasiado trabajadas. Entiendo que en un álbum tan largo que haya canciones de corta duración puede ser hasta conveniente, pero es que cerca de la mitad de ellas duran claramente menos de tres minutos. Y con frecuencia nos topamos con la típica situación en la que, sin haber identificado una estructura clara y, de manera inesperada, ya nos topamos con un "chorus to fade" con el que finiquitar la canción. O más frecuentemente con otra: la instrumentación. Y es que aunque me descubro ante la versatilidad y la capacidad de trabajo de Merrit (que toca cerca de ¡cien instrumentos! a lo largo de estas dos horas y media), la gran mayoría de composiciones están desnudas en exceso para los estándares de este siglo XXI (es decir, con una desnudez similar a las de los mejores momentos de los Red Hot Chili Peppers con Rick Rubin pero sin contar como músicos de Flea o John Frusciante). No se trata de esperar que ahora Merrit se convierta en Trevor Horn, y de hecho "69 Love Songs" se movía en un nivel de riqueza instrumental semejante. Pero al igual que en otros ámbitos, la desnudez simplemente deja más al descubierto las carencias de sus composiciones.
Un último pero que ponerle a estas cincuenta canciones es relativo a la producción y los arreglos. Si se compara el sonido de "50 Song Memoir" con el de otros discos de Merrit (pongamos por caso "Get lost" (1995)) veremos que The Magnetic Fields han ido para atrás: saturaciones en la voz, pérdidas de tonalidad, menor nitidez sonora, instrumentación a veces no del todo armonizada, agudos poco limpios... Nuevamente hay que ponderar el esfuerzo realizado por Merrit, pero habría sido de agradecer que hubiera delegado íntegramente las labores de producción y que hubiera contratado un buen ingeniero de sonido para lograr un resultado más acorde a lo que permite la tecnología del año 2017.
Puede parecer por lo que he expuesto que todo en este larguísimo disco es negativo; tampoco es eso. Lo más meritorio es sin duda la elección de temáticas con las que Merrit cubre cada año de su vida: a veces autobiográficas, a veces del panorama musical de la época, a veces de momentos políticos o socialmente relevantes, a veces de lugares que tuvieron una significación especial, a veces incluso de referencias literarias... En ocasiones con letras (e incluso títulos) muy jugosas y disfrutables (mención especial para "81 - How to play the synthesizer"). Y que conforman un esfuerzo literario pocas veces igualado en el panorama musical (si me admiten la broma, igual hasta lo nominan para el Nobel 2017). Puestos a pedir, hubiera sido formidable que cada canción tuviera además una instrumentación y unos guiños acordes a su época (y creo que un Merrit más tutelado desde fuera sería capaz de ello), pero salvo en escasas excepciones eso no sucede.
Con lo que al final lo que toca es separar el grano de la paja. No es que no recomiende escuchar el disco entero; al contrario, hay que darle unas oportunidades para intentar generar nuestra propia playlist. Aunque debo confesar que la mía ha quedado realmente escasa: sólo he "salvado" doce temas, y de ellos creo que solamente hay cuatro con el nivel medio que tenía el Merrit de sus mejores tiempos: "76 Hustle 76", "92 Weird diseases", "93 me and Fred and Dave and Ted" y "08 Surfin". O lo que es lo mismo, un álbum de matrícula de honor en lo conceptual, pero solamente de aprobado raspado en cuanto a su resultado. Lástima.
Y es que en 1999, tras cuatro años de silencio como The Magnetic Fields (no como otros proyectos), publicó "69 Love Songs", con nada menos que sesenta y nueve canciones con el amor como eje, que otorgaron un espaldarazo definitivo a su carrera tras casi una década en activo. Así que el reto, aun siendo tremendo, no era nuevo para él. Pero hay varias diferencias entre ambas monumentales obras, y adelanto ya que en mi opinión, y a pesar de las críticas que he leído en las últimas semanas, "50 Song Memoir" queda desafortunadamente muy por debajo de "69 Love songs", el cual contenía al menos veinticinco excelentes temas. Por varias razones que intentaré enumerar ahora.
La primera y más obvia razón es que, con el paso de los años, Merrit ha perdido buena parte de su magia para crear canciones de pop mágicas e intemporales. Cuando afrontó "69 Love Songs" estaba en su cima creativa (como otros tantos compositores pop que han dado lo mejor de sí mismos al final de su primera década en activo). Pero su descenso, primero con "i" (2004) y posteriormente con "Distortion" (2008), que ya estaban claramente más enfocados en su consistencia conceptual que en emocionar con composiciones memorables, ha sido cada vez más evidente. Aunque Merrit no se queda en blanco en el estudio, parece claro que ha perdido buena parte de su capacidad para distinguir un tema anodino de otro fascinante, si bien ello ha sucedido paralelamente a su crecimiento a la hora de acercar el synth-pop indie de sus orígenes a los más diversos estilos. Y claro, con cincuenta canciones por delante ese es un escollo muy importante.
Otra razón de peso para mi valoración es que en "50 Song Memoir" canta en su totalidad todos los temas del álbum. Yo descubrí a Merrit a principios de 1998 cuando alumbró su proyecto Future Bible Heroes, en el que los temas más conseguidos ("Lonely days", "Hopeless") estaban cantados por Claudia Gonson, cuya voz de tonos medios y matices melancólicos encajaba a la perfección con el synth-pop introspectivo y un tanto pesimista de las composiciones de Merrit, hasta crear verdaderos clásicos del indie de la época. De hecho, en "69 Love Songs" muchos de los mejores momentos no estaban cantados por Merrit (me vienen a la mente ahora "If You Don't Cry", cantada por la propia Gonson, o "No One Will Ever Love You", por otra voz femenina, Shirley Simms). Aquí no; aquí forzosamente debemos acostumbrarnos a su voz entre bajo y barítono, a menudo fuera de lugar entre sus experimentos pop y casi siempre sin la inflexión suficiente para emocionarnos.
Una tercera razón a considerar es que, en parte a causa del tremendo esfuerzo que supone componer, instrumentar y grabar una cantidad tan ingente de temas, resulta bastante evidente que muchas de ellas no están demasiado trabajadas. Entiendo que en un álbum tan largo que haya canciones de corta duración puede ser hasta conveniente, pero es que cerca de la mitad de ellas duran claramente menos de tres minutos. Y con frecuencia nos topamos con la típica situación en la que, sin haber identificado una estructura clara y, de manera inesperada, ya nos topamos con un "chorus to fade" con el que finiquitar la canción. O más frecuentemente con otra: la instrumentación. Y es que aunque me descubro ante la versatilidad y la capacidad de trabajo de Merrit (que toca cerca de ¡cien instrumentos! a lo largo de estas dos horas y media), la gran mayoría de composiciones están desnudas en exceso para los estándares de este siglo XXI (es decir, con una desnudez similar a las de los mejores momentos de los Red Hot Chili Peppers con Rick Rubin pero sin contar como músicos de Flea o John Frusciante). No se trata de esperar que ahora Merrit se convierta en Trevor Horn, y de hecho "69 Love Songs" se movía en un nivel de riqueza instrumental semejante. Pero al igual que en otros ámbitos, la desnudez simplemente deja más al descubierto las carencias de sus composiciones.
Un último pero que ponerle a estas cincuenta canciones es relativo a la producción y los arreglos. Si se compara el sonido de "50 Song Memoir" con el de otros discos de Merrit (pongamos por caso "Get lost" (1995)) veremos que The Magnetic Fields han ido para atrás: saturaciones en la voz, pérdidas de tonalidad, menor nitidez sonora, instrumentación a veces no del todo armonizada, agudos poco limpios... Nuevamente hay que ponderar el esfuerzo realizado por Merrit, pero habría sido de agradecer que hubiera delegado íntegramente las labores de producción y que hubiera contratado un buen ingeniero de sonido para lograr un resultado más acorde a lo que permite la tecnología del año 2017.
Puede parecer por lo que he expuesto que todo en este larguísimo disco es negativo; tampoco es eso. Lo más meritorio es sin duda la elección de temáticas con las que Merrit cubre cada año de su vida: a veces autobiográficas, a veces del panorama musical de la época, a veces de momentos políticos o socialmente relevantes, a veces de lugares que tuvieron una significación especial, a veces incluso de referencias literarias... En ocasiones con letras (e incluso títulos) muy jugosas y disfrutables (mención especial para "81 - How to play the synthesizer"). Y que conforman un esfuerzo literario pocas veces igualado en el panorama musical (si me admiten la broma, igual hasta lo nominan para el Nobel 2017). Puestos a pedir, hubiera sido formidable que cada canción tuviera además una instrumentación y unos guiños acordes a su época (y creo que un Merrit más tutelado desde fuera sería capaz de ello), pero salvo en escasas excepciones eso no sucede.
Con lo que al final lo que toca es separar el grano de la paja. No es que no recomiende escuchar el disco entero; al contrario, hay que darle unas oportunidades para intentar generar nuestra propia playlist. Aunque debo confesar que la mía ha quedado realmente escasa: sólo he "salvado" doce temas, y de ellos creo que solamente hay cuatro con el nivel medio que tenía el Merrit de sus mejores tiempos: "76 Hustle 76", "92 Weird diseases", "93 me and Fred and Dave and Ted" y "08 Surfin". O lo que es lo mismo, un álbum de matrícula de honor en lo conceptual, pero solamente de aprobado raspado en cuanto a su resultado. Lástima.
domingo, 26 de febrero de 2017
Tiny Deaths: "Elegies" (2017)
El primer álbum que me ha animado a reseñar de este 2017 que está tardando en arrancar en cuanto a novedades musicales es el debut en formato álbum de los estadounidenses Tiny Deaths. Lo que constituye una notable casualidad, porque uno de los últimos álbumes que reseñé en 2016 en este humilde blog fue el de los también estadounidenses Tiny Fireflies. Pero es que además de compartir país, opera prima y la primera palabra de su nombre artístico, ambas bandas son también dúos chica/chico, ella voz solista y él guitarrista principal. Incluso a nivel artístico ambas bandas tienen una propuesta cercana, con el pop evocador como referencia, si bien Tiny Fireflies proponen un envoltorio más sintético y sofisticado, mientras que Tiny Deaths nos cautivan con su mayor desnudez instrumental y su mayor presencia de instrumentos reales. Como ven, un gran número de coincidencias que ponen de manifiesto que al margen de la vanalidad mayoritaria en la música estadounidense para las masas que se factura estos últimos años, están surgiendo en distintos puntos del país (Minneapolis en esta oportunidad, Chicago en el caso de Tiny Fireflies) bandas que se resisten a plegarse a esa vanalidad y nos devuelven la ilusión por la magia de la mejor música pop.
Tiny Deaths lo constituyen Claire de Lune, una vocalista de voz cautivadora que no necesita forzar para trasladarnos a su pequeño mundo personal, y Grant Cutler, un compositor de gran sensibilidad. Proviniendo de una ciudad tan fría como Minneapolis sorprende la calidez de su música, ideal para refugiarse tras una jornada diaria llena de sobresaltos. Y que además va acompañada de una gran calidad, logrando unas armonías prácticamente perfectas con el número justo de instrumentos. Aunque "Elegies" también adolece de algún defecto. El más obvio es su duración: apenas veintiocho minutos en sólo ocho temas, el debut más corto que recuerdo en muchos años. Con el agravante de que cuatro de esos temas ya habían visto la luz en el EP "Night flowers", publicado hace justo un año. Aunque también debo señalar que no todos esos temas rayan a la misma altura, ya que hay al menos tres que son claramente más flojos. Pero claro, con canciones tan brillantes como las tres con las que se abre, se les disculpa casi cualquier cosa.
Porque "Wrong", su primer corte y tercer sencillo, cautiva desde la primera escucha con su comienzo directo, su bajo distorsionado y su arpegio de guitarra que recuerda a Chris Walla de Death Cab For Cutie, y nos devuelve la fe en el pop intemporal (a pesar de su progresión armónica relativamente simple). Porque "The gardener", segundo corte y segundo sencillo, a pesar de su simplicidad aparente (un ritmo binario sencillo, un bajo slap y la voz de de Lune) es incluso superior gracias a su extrema elegancia, a su certera calidez y sobre todo a su estribillo más definido. Y porque "Ever", el primer sencillo, es todavía más brillante, con su instrumentación a medio camino entre eléctrica y electrónica, la atmósfera que generan los coros de voces superpuestas, ese maravilloso estribillo ("We didn't have a prayer...") y los nuevos instrumentos y las alteraciones con que enriquecen la segunda estrofa, evidenciando hasta qué punto han trabajado la composición.
El resto del álbum lógicamente no mantiene el mismo nivel. "Summer" es una balada presidida por un Hammond actualizado, con un estribillo correcto pero que decae demasiado en sus estrofas espartanas y anodinas. "The tide" es claramente superior, y sin llegar al nivel de los primeros tres cortes sí explora con sensibilidad una melodía difícil y un ritmo sincopado, aunque no termine de crecer en su segunda mitad. "Away" es probablemente el tema más flojo del disco, con unas estrofas fatigosas a causa de su melodía repetitiva y su monótona guitarra, si bien los intervalos dedicados al estribillo nos confirman que podría haber sido una buena canción con unas estrofas más inspiradas. "Backwards" sorprende por su sintetizador preeminente y su programación electrónica, con una atmósfera muy similar a la de "Elias", de School of Seven Bells, otra banda chica/chico que reseñé en este mismo blog hace casi un año. Pero el tema se queda en poco más que eso, quizá porque estrofas y estribillos carecen de inspiración. Afortunadamente, y quizá sabedores del bajón del álbum en su tramo central, colocan al final del mismo "The singularity", el cuarto gran momento del mismo: otra balada de percusión programada muy sencilla, espartana, pero con una preciosa progresión armónica y los mejores arpegios de guitarra del álbum, además de su letra más sentimental (ese "maybe in another lifetime..." se clava como un puñal).
Para haber sido un gran disco, "Elegies" necesitaría haber incluido al menos un par más de buenos momentos. Se ve que a de Lune y a Cutler les cuesta componer canciones, porque han tardado tres años (desde que publicaron su primer EP) en grabar solamente ocho. Pero claro, si cuatro de ellas son tan fantásticas, quizá la explicación reside en que son tan autocríticos con ellos mismos que apenas escriben canciones que pasen el corte. Así que quedémonos con sus grandes momentos, y esperemos que tengan repercusión suficiente como para que se animen a darles continuidad, aunque tarden otros tres años. Talento les sobra.
Tiny Deaths lo constituyen Claire de Lune, una vocalista de voz cautivadora que no necesita forzar para trasladarnos a su pequeño mundo personal, y Grant Cutler, un compositor de gran sensibilidad. Proviniendo de una ciudad tan fría como Minneapolis sorprende la calidez de su música, ideal para refugiarse tras una jornada diaria llena de sobresaltos. Y que además va acompañada de una gran calidad, logrando unas armonías prácticamente perfectas con el número justo de instrumentos. Aunque "Elegies" también adolece de algún defecto. El más obvio es su duración: apenas veintiocho minutos en sólo ocho temas, el debut más corto que recuerdo en muchos años. Con el agravante de que cuatro de esos temas ya habían visto la luz en el EP "Night flowers", publicado hace justo un año. Aunque también debo señalar que no todos esos temas rayan a la misma altura, ya que hay al menos tres que son claramente más flojos. Pero claro, con canciones tan brillantes como las tres con las que se abre, se les disculpa casi cualquier cosa.
Porque "Wrong", su primer corte y tercer sencillo, cautiva desde la primera escucha con su comienzo directo, su bajo distorsionado y su arpegio de guitarra que recuerda a Chris Walla de Death Cab For Cutie, y nos devuelve la fe en el pop intemporal (a pesar de su progresión armónica relativamente simple). Porque "The gardener", segundo corte y segundo sencillo, a pesar de su simplicidad aparente (un ritmo binario sencillo, un bajo slap y la voz de de Lune) es incluso superior gracias a su extrema elegancia, a su certera calidez y sobre todo a su estribillo más definido. Y porque "Ever", el primer sencillo, es todavía más brillante, con su instrumentación a medio camino entre eléctrica y electrónica, la atmósfera que generan los coros de voces superpuestas, ese maravilloso estribillo ("We didn't have a prayer...") y los nuevos instrumentos y las alteraciones con que enriquecen la segunda estrofa, evidenciando hasta qué punto han trabajado la composición.
El resto del álbum lógicamente no mantiene el mismo nivel. "Summer" es una balada presidida por un Hammond actualizado, con un estribillo correcto pero que decae demasiado en sus estrofas espartanas y anodinas. "The tide" es claramente superior, y sin llegar al nivel de los primeros tres cortes sí explora con sensibilidad una melodía difícil y un ritmo sincopado, aunque no termine de crecer en su segunda mitad. "Away" es probablemente el tema más flojo del disco, con unas estrofas fatigosas a causa de su melodía repetitiva y su monótona guitarra, si bien los intervalos dedicados al estribillo nos confirman que podría haber sido una buena canción con unas estrofas más inspiradas. "Backwards" sorprende por su sintetizador preeminente y su programación electrónica, con una atmósfera muy similar a la de "Elias", de School of Seven Bells, otra banda chica/chico que reseñé en este mismo blog hace casi un año. Pero el tema se queda en poco más que eso, quizá porque estrofas y estribillos carecen de inspiración. Afortunadamente, y quizá sabedores del bajón del álbum en su tramo central, colocan al final del mismo "The singularity", el cuarto gran momento del mismo: otra balada de percusión programada muy sencilla, espartana, pero con una preciosa progresión armónica y los mejores arpegios de guitarra del álbum, además de su letra más sentimental (ese "maybe in another lifetime..." se clava como un puñal).
Para haber sido un gran disco, "Elegies" necesitaría haber incluido al menos un par más de buenos momentos. Se ve que a de Lune y a Cutler les cuesta componer canciones, porque han tardado tres años (desde que publicaron su primer EP) en grabar solamente ocho. Pero claro, si cuatro de ellas son tan fantásticas, quizá la explicación reside en que son tan autocríticos con ellos mismos que apenas escriben canciones que pasen el corte. Así que quedémonos con sus grandes momentos, y esperemos que tengan repercusión suficiente como para que se animen a darles continuidad, aunque tarden otros tres años. Talento les sobra.
martes, 14 de febrero de 2017
Sobre los artistas que se alinean a favor o en contra de una opción política
La relativamente reciente victoria del magnate Donald Trump en las elecciones a la presidencia de los E.E.U.U. ha otorgado una magnitud desconocidad a un fenómeno que siempre ha estado presente en la música contemporánea: el alineamiento de un buen número de artistas a favor (o en este caso en contra) de una opción política. Hasta un extremo tal que me ha parecido oportuno escribir una reseña al respecto. Por supuesto, no pretendo entrar a juzgar al magnate (bastante bombardeo hemos sufrido ya en las últimas semanas por parte de los medios de comunicación), ni posicionar políticamente a este humilde blog (cuyo contenido es exclusivamente la música, no la política). Pero sí reflexionar sobre estos artistas que adoptan una posicion tan beligerante.
Hace unos años ya reflexioné sobre un tema tangencial al de esta entrada, al tratar de los músicos "concienciados", cuestionándome si dicha actitud era elogiable o simplemente ventajista. Ahora pretendo ahondar en las supuestas ventajas que obtienen dichos artistas por posicionarse. Puesto que está claro que si la posición que defienden explícitamente alcanza o mantiene el poder, podrán beneficiarse de una mayor difusión en los medios de comunicación afines, facilidades para el acceso a determinados recintos, excepciones para organizar macroeventos, mayor relevancia en los premios musicales, e incluso potenciales subvenciones. En definitiva, podrán aumentar (de manera lícita) el dinero que generarán por el ejercicio de su actividad artística. Ahora bien, lo que deberían plantearse es si esa relevancia e ingresos adicionales compensarán los inconvenientes que generará la posición contraria si es que triunfa.
Porque enemistarse con los centros de poder puede ser extremadamente peligroso: aunque las discográficas hayan perdido buena parte de su posición dominante, un artista "señalado" puede dejar de ser interesante para ellas; también puede dejar de ser atractivo para las radiofórmulas, que preferirán contenidos más neutros y accesibles; también para determinados promotores musicales u organizadores de conciertos, si la presencia del artista puede generar tensión o altercados; incluso si el tono de beligerancia ha sido elevado, puede que el artista quede vetado en las plataformas de streaming. En definitiva, su carrera musical puede quedar en entredicho.
Y lo que es peor aún: puede que seguidores habituales de ese intérprete o banda se alejen a la vista de ese posicionamiento férreo. Porque probablemente una parte considerable de sus seguidores sí comulguen (o al menos no se opongan) a la posición que haya resultado vencedora. Y no vean en ese intérprete un gurú omniscente que también resulta ser un experto en sociología, filosofía, ciencias políticas, etc. Menos aún si encima utiliza como argumentario tópicos manidos y superficiales como "falta de democracia", "marginación consciente", etc. Por lo que si el intérprete en cuestión genera rechazo en sus seguidores, corre serio riesgo de perderlos, y ya le sería difícil recuperarlos aunque musicalmente siguiera dando en el clavo.
De hecho, si lo pensamos fríamente veremos que estos artistas que se posicionan tan nítidamente a nivel político pecan de una soberbia desmedida: porque piensan que sus incuestionables cualidades musicales van acompañadas de una autoridad similar en otros ámbitos. Casi como si fueran superhombres. En realidad, bastante difícil es ya destacar en una parcela de las artes o las ciencias como para convertirse en una autoridad en varias de ellas. Pero también porque valiéndose de su posición privilegiada como personajes públicos pueden posicionarse públicamente, esperando influir a los potenciales votantes de la opción que defienden. Aunque en realidad a nadie con un mínimo de grado de madurez le va a interesarse lo que, por ejemplo, piense Madonna sobre Donald Trump, por mucho que sea seguidor de la Ciccione.
En definitiva, en mi opinión a lo que a todo artista debería aspirar es a la mayor difusión y perdurabilidad de su obra. Por lo que cuanto más aséptica la haga respecto a otros ámbitos de la sociedad, y más genéricos sean los sentimientos que exprese, mayor audiencia logrará a lo largo del espacio y del tiempo, y por tanto mayores beneficios a todos los niveles. Dejemos la música para los músicos, y la política para los políticos.
Hace unos años ya reflexioné sobre un tema tangencial al de esta entrada, al tratar de los músicos "concienciados", cuestionándome si dicha actitud era elogiable o simplemente ventajista. Ahora pretendo ahondar en las supuestas ventajas que obtienen dichos artistas por posicionarse. Puesto que está claro que si la posición que defienden explícitamente alcanza o mantiene el poder, podrán beneficiarse de una mayor difusión en los medios de comunicación afines, facilidades para el acceso a determinados recintos, excepciones para organizar macroeventos, mayor relevancia en los premios musicales, e incluso potenciales subvenciones. En definitiva, podrán aumentar (de manera lícita) el dinero que generarán por el ejercicio de su actividad artística. Ahora bien, lo que deberían plantearse es si esa relevancia e ingresos adicionales compensarán los inconvenientes que generará la posición contraria si es que triunfa.
Porque enemistarse con los centros de poder puede ser extremadamente peligroso: aunque las discográficas hayan perdido buena parte de su posición dominante, un artista "señalado" puede dejar de ser interesante para ellas; también puede dejar de ser atractivo para las radiofórmulas, que preferirán contenidos más neutros y accesibles; también para determinados promotores musicales u organizadores de conciertos, si la presencia del artista puede generar tensión o altercados; incluso si el tono de beligerancia ha sido elevado, puede que el artista quede vetado en las plataformas de streaming. En definitiva, su carrera musical puede quedar en entredicho.
Y lo que es peor aún: puede que seguidores habituales de ese intérprete o banda se alejen a la vista de ese posicionamiento férreo. Porque probablemente una parte considerable de sus seguidores sí comulguen (o al menos no se opongan) a la posición que haya resultado vencedora. Y no vean en ese intérprete un gurú omniscente que también resulta ser un experto en sociología, filosofía, ciencias políticas, etc. Menos aún si encima utiliza como argumentario tópicos manidos y superficiales como "falta de democracia", "marginación consciente", etc. Por lo que si el intérprete en cuestión genera rechazo en sus seguidores, corre serio riesgo de perderlos, y ya le sería difícil recuperarlos aunque musicalmente siguiera dando en el clavo.
De hecho, si lo pensamos fríamente veremos que estos artistas que se posicionan tan nítidamente a nivel político pecan de una soberbia desmedida: porque piensan que sus incuestionables cualidades musicales van acompañadas de una autoridad similar en otros ámbitos. Casi como si fueran superhombres. En realidad, bastante difícil es ya destacar en una parcela de las artes o las ciencias como para convertirse en una autoridad en varias de ellas. Pero también porque valiéndose de su posición privilegiada como personajes públicos pueden posicionarse públicamente, esperando influir a los potenciales votantes de la opción que defienden. Aunque en realidad a nadie con un mínimo de grado de madurez le va a interesarse lo que, por ejemplo, piense Madonna sobre Donald Trump, por mucho que sea seguidor de la Ciccione.
En definitiva, en mi opinión a lo que a todo artista debería aspirar es a la mayor difusión y perdurabilidad de su obra. Por lo que cuanto más aséptica la haga respecto a otros ámbitos de la sociedad, y más genéricos sean los sentimientos que exprese, mayor audiencia logrará a lo largo del espacio y del tiempo, y por tanto mayores beneficios a todos los niveles. Dejemos la música para los músicos, y la política para los políticos.
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