jueves, 13 de abril de 2017

Carla: "Night thoughts" (2016)

Habitualmente cada año suelo, allá por el mes de marzo, echar la vista atrás para revisar en una entrada lo que nos haya deparado el panorama musical en España durante los doce meses precedentes. Pero me he dado cuenta de que ese vistazo cada vez era más parecido en los últimos años, pues ni a nivel creativo ni comercial percibo signos claros de cambio a mejor, así que este 2017 he preferido no repetirme. Afortunadamente, ese ejercicio de revisión me ha permitido localizar la excepción que confirma la regla. Y es que después de casi tres años voy a reseñar un álbum publicado en nuestro país, porque considero que tiene la calidad y la contemporaneidad suficiente para tener un hueco en este humilde blog. Se trata de "Night thoughts", de Carla (no confundir con el álbum continuista del mismo título que publicaron los británicos Suede en 2016). Carla es en realidad un dúo formado por Carla y Toni Serrat, hermanos de la también artista Joana Serrat. Un álbum que como digo vio la luz en 2016, pero en un ámbito bastante minoritario, por lo que no ha sido hasta hace unas semanas que ha caído en mis manos.

"Night thoughts" es un álbum relativamente corto (treinta y ocho minutos), que consta de once temas (los diez que figuran en la contraportada más uno oculto al final) de propuesta muy homogénea. En esencia es un álbum de pop contemporáneo, con un toque electrónico, continuas orfebrerías rítmicas, letras sensoriales y una saludable valentía experimental. Como ven, un álbum muy alejado de lo que suele ser habitual en nuestro país. Carla Serrat no posee una voz potente, pero sí modula muy bien para complementar la atmósfera de los temas (casi podríamos hablar de interpretaciones soul-pop). Además, para reforzar la experiencia de su música, las letras hablan sobre todo de la interacción entre nuestros sentidos y la naturaleza (hasta dos títulos utilizan la palabra "Forest"), empleando para ello un inglés razonablemente bien pronunciado. Y la instrumentación guarda un saludable término medio entre lo espartano y lo sobreproducido. Puestos a buscarle defectos, e echa de menos algo más de estructuración en algunos temas, que pudiera acercar al dúo a una mayor repercusión, y al menos un tema de bandera que tire del resto del álbum. Y probablemente le sobre homogeneidad, pues cuesta muchas escuchas distinguir claramente unos tema de otros.

Un buen ejemplo de estas virtudes y defectos es "No sun", la canción que abre el álbum: evocadora, sensitiva, pero también demasiado corta, casi a medio terminar. "The sea takes me", segundo corte, con una progresión armónica más definida y una estructura más clara entre su colchón de sintetizadores envolventes, supone una mejora incuestionable respecto al anterior, aunque el cambio de ritmo a mitad del tema (doblando los bpms) es el típico arabesco que gusta a la crítica pero le aleja del público masivo. Aún más recomendable resulta "In the forest", uno de los momentos álgidos del álbum, con sus acordes menores bien marcados desde el comienzo, su melodía más definida y su atmósfera de atardecer, sabiamente resaltada por esa elaborada batería que va y viene. El siguiente corte "Our time" es otra buena composición aunque quizá algo falta de personalidad: construida con unos mimbres muy similares a las anteriores, llama la atención un estribillo mucho más claro, y la sorpresa de su coda final.

"Hold dub", con la colaboración de Nuria Graham, empieza con todos los mimbres para ser otro de los mejores momentos del álbum: un tema reposado, envolvente, bien interpretado, pero su estructura simple y demasiado repetitiva (y eso a pesar de que sólo dura tres minutos) le resta puntos. "Turned into" arrima su propuesta a ritmos ligeramente más bailables, con su bajo sintetizado claramente perceptible y su caja de palmada en momentos puntuales, por lo que sin ser de los temas más destacables sí que oxigena el álbum en un momento muy adecuado. El séptimo corte, "Lies", vuelve a los ritmos sincopados deudores del drum&bass, y acentúa su vocación experimental, aunque el estribillo casi indescifrable juega en su contra.

Con "Lucky one" comienza indudablemente el mejor tramo del álbum. Es el tema más claramente electro-pop del disco, y probablemente el más bailable: el infalible bajo sintetizado da pie a la voz de Carla, y tras ella una batería que juega al despiste con su ritmo cuaternario que se convertirá en binario en la segunda estrofa. Un tema que además evoluciona con criterio hasta su adecuada coda final, aunque le falte una instrumentación más elaborada en este último tramo. "Let's burn a forest" es el tema más etéreo, casi una poesía interpretada por un astronauta desde el espacio, con la voz de Carla ensalzada por un precioso teclado en las estrofas, y posiblemente el estribillo más redondo del disco, que además ensalzan en su repetición final otro certero sintetizador y la exhibición final de la batería. Y "Night thoughts", el tema que da título al álbum y teóricamente lo cierra es, en mi opinión, su mejor momento: una mezcla entre el drum&bass de su sección rítmica y el chill-out de su progresión armónica y sus sonidos de la naturaleza, sobre el que Carla repite una melodía sencilla que no es sino una mera excusa para seguir haciendo crecer la canción durante casi tres minutos con una inteligencia poco habitual por estos lares para los pasajes instrumentales. Y encima con la sorpresa de un tema oculto de duración convencional tras un par de minutos, que si bien no es de lo mejor del disco (parece un tema de los Everything But The Girl menos electrónicos), se deja escuchar.

Desconozco si la propuesta musicla de Carla ha sido una aventura de los hermanos Serrat para dar salida a sus inquietudes musicales, o si esperan consolidarla en un futuro con un segundo álbum y un mayor esfuerzo promocional. Espero que sea lo segundo, porque en España estamos huérfanos de este tipo de creatividad, y la necesitamos.

sábado, 25 de marzo de 2017

The Magnetic Fields: "50 song memoir" (2017)

The Magnetic Fields, o lo que es lo mismo, el proyecto más importante de los varios que lidera el estadounidense Stephin Merrit, ha vuelto al primer plano de la actualidad tras nada menos que un lustro de silencio. Un silencio que no debe interpretarse como falta de creatividad, ya que como el título de su álbum de regreso explica, lo ha hecho con nada menos que cincuenta (¡cincuenta!) nuevas canciones. Un verdadero tour de force que probablemente no tendrá parangón en ningún otro álbum que publique este año ningún otro artista. Lo que ya predispone a "50 song memoir" a favor del melómano. Si además explicamos que esas cincuenta canciones son un homenaje autobiográfico que Merrit se hizo a sí mismo el día de su quincuagésimo cumpleaños, hasta llegar a completar una canción por año de su vida, entenderemos que estamos ante un álbum realmente único a nivel conceptual. Aunque por otra parte no es la primera vez que Merrit riza el rizo a estos niveles.

Y es que en 1999, tras cuatro años de silencio como The Magnetic Fields (no como otros proyectos), publicó "69 Love Songs", con nada menos que sesenta y nueve canciones con el amor como eje, que otorgaron un espaldarazo definitivo a su carrera tras casi una década en activo. Así que el reto, aun siendo tremendo, no era nuevo para él. Pero hay varias diferencias entre ambas monumentales obras, y adelanto ya que en mi opinión, y a pesar de las críticas que he leído en las últimas semanas, "50 Song Memoir" queda desafortunadamente muy por debajo de "69 Love songs", el cual contenía al menos veinticinco excelentes temas. Por varias razones que intentaré enumerar ahora.

La primera y más obvia razón es que, con el paso de los años, Merrit ha perdido buena parte de su magia para crear canciones de pop mágicas e intemporales. Cuando afrontó "69 Love Songs" estaba en su cima creativa (como otros tantos compositores pop que han dado lo mejor de sí mismos al final de su primera década en activo). Pero su descenso, primero con "i" (2004) y posteriormente con "Distortion" (2008), que ya estaban claramente más enfocados en su consistencia conceptual que en emocionar con composiciones memorables, ha sido cada vez más evidente. Aunque Merrit no se queda en blanco en el estudio, parece claro que ha perdido buena parte de su capacidad para distinguir un tema anodino de otro fascinante, si bien ello ha sucedido paralelamente a su crecimiento a la hora de acercar el synth-pop indie de sus orígenes a los más diversos estilos. Y claro, con cincuenta canciones por delante ese es un escollo muy importante.

Otra razón de peso para mi valoración es que en "50 Song Memoir" canta en su totalidad todos los temas del álbum. Yo descubrí a Merrit a principios de 1998 cuando alumbró su proyecto Future Bible Heroes, en el que los temas más conseguidos ("Lonely days", "Hopeless") estaban cantados por Claudia Gonson, cuya voz de tonos medios y matices melancólicos encajaba a la perfección con el synth-pop introspectivo y un tanto pesimista de las composiciones de Merrit, hasta crear verdaderos clásicos del indie de la época. De hecho, en "69 Love Songs" muchos de los mejores momentos no estaban cantados por Merrit (me vienen a la mente ahora "If You Don't Cry", cantada por la propia Gonson, o "No One Will Ever Love You", por otra voz femenina, Shirley Simms). Aquí no; aquí forzosamente debemos acostumbrarnos a su voz entre bajo y barítono, a menudo fuera de lugar entre sus experimentos pop y casi siempre sin la inflexión suficiente para emocionarnos.

Una tercera razón a considerar es que, en parte a causa del tremendo esfuerzo que supone componer, instrumentar y grabar una cantidad tan ingente de temas, resulta bastante evidente que muchas de ellas no están demasiado trabajadas. Entiendo que en un álbum tan largo que haya canciones de corta duración puede ser hasta conveniente, pero es que cerca de la mitad de ellas duran claramente menos de tres minutos. Y con frecuencia nos topamos con la típica situación en la que, sin haber identificado una estructura clara y, de manera inesperada, ya nos topamos con un "chorus to fade" con el que finiquitar la canción. O más frecuentemente con otra: la instrumentación. Y es que aunque me descubro ante la versatilidad y la capacidad de trabajo de Merrit (que toca cerca de ¡cien instrumentos! a lo largo de estas dos horas y media), la gran mayoría de composiciones están desnudas en exceso para los estándares de este siglo XXI (es decir, con una desnudez similar a las de los mejores momentos de los Red Hot Chili Peppers con Rick Rubin pero sin contar como músicos de Flea o John Frusciante). No se trata de esperar que ahora Merrit se convierta en Trevor Horn, y de hecho "69 Love Songs" se movía en un nivel de riqueza instrumental semejante. Pero al igual que en otros ámbitos, la desnudez simplemente deja más al descubierto las carencias de sus composiciones.

Un último pero que ponerle a estas cincuenta canciones es relativo a la producción y los arreglos. Si se compara el sonido de "50 Song Memoir" con el de otros discos de Merrit (pongamos por caso "Get lost" (1995)) veremos que The Magnetic Fields han ido para atrás: saturaciones en la voz, pérdidas de tonalidad, menor nitidez sonora, instrumentación a veces no del todo armonizada, agudos poco limpios... Nuevamente hay que ponderar el esfuerzo realizado por Merrit, pero habría sido de agradecer que hubiera delegado íntegramente las labores de producción y que hubiera contratado un buen ingeniero de sonido para lograr un resultado más acorde a lo que permite la tecnología del año 2017.

Puede parecer por lo que he expuesto que todo en este larguísimo disco es negativo; tampoco es eso. Lo más meritorio es sin duda la elección de temáticas con las que Merrit cubre cada año de su vida: a veces autobiográficas, a veces del panorama musical de la época, a veces de momentos políticos o socialmente relevantes, a veces de lugares que tuvieron una significación especial, a veces incluso de referencias literarias... En ocasiones con letras (e incluso títulos) muy jugosas y disfrutables (mención especial para "81 - How to play the synthesizer"). Y que conforman un esfuerzo literario pocas veces igualado en el panorama musical (si me admiten la broma, igual hasta lo nominan para el Nobel 2017). Puestos a pedir, hubiera sido formidable que cada canción tuviera además una instrumentación y unos guiños acordes a su época (y creo que un Merrit más tutelado desde fuera sería capaz de ello), pero salvo en escasas excepciones eso no sucede.

Con lo que al final lo que toca es separar el grano de la paja. No es que no recomiende escuchar el disco entero; al contrario, hay que darle unas oportunidades para intentar generar nuestra propia playlist. Aunque debo confesar que la mía ha quedado realmente escasa: sólo he "salvado" doce temas, y de ellos creo que solamente hay cuatro con el nivel medio que tenía el Merrit de sus mejores tiempos: "76 Hustle 76", "92 Weird diseases", "93 me and Fred and Dave and Ted" y "08 Surfin". O lo que es lo mismo, un álbum de matrícula de honor en lo conceptual, pero solamente de aprobado raspado en cuanto a su resultado. Lástima.

domingo, 26 de febrero de 2017

Tiny Deaths: "Elegies" (2017)

El primer álbum que me ha animado a reseñar de este 2017 que está tardando en arrancar en cuanto a novedades musicales es el debut en formato álbum de los estadounidenses Tiny Deaths. Lo que constituye una notable casualidad, porque uno de los últimos álbumes que reseñé en 2016 en este humilde blog fue el de los también estadounidenses Tiny Fireflies. Pero es que además de compartir país, opera prima y la primera palabra de su nombre artístico, ambas bandas son también dúos chica/chico, ella voz solista y él guitarrista principal. Incluso a nivel artístico ambas bandas tienen una propuesta cercana, con el pop evocador como referencia, si bien Tiny Fireflies proponen un envoltorio más sintético y sofisticado, mientras que Tiny Deaths nos cautivan con su mayor desnudez instrumental y su mayor presencia de instrumentos reales. Como ven, un gran número de coincidencias que ponen de manifiesto que al margen de la vanalidad mayoritaria en la música estadounidense para las masas que se factura estos últimos años, están surgiendo en distintos puntos del país (Minneapolis en esta oportunidad, Chicago en el caso de Tiny Fireflies) bandas que se resisten a plegarse a esa vanalidad y nos devuelven la ilusión por la magia de la mejor música pop.

Tiny Deaths lo constituyen Claire de Lune, una vocalista de voz cautivadora que no necesita forzar para trasladarnos a su pequeño mundo personal, y Grant Cutler, un compositor de gran sensibilidad. Proviniendo de una ciudad tan fría como Minneapolis sorprende la calidez de su música, ideal para refugiarse tras una jornada diaria llena de sobresaltos. Y que además va acompañada de una gran calidad, logrando unas armonías prácticamente perfectas con el número justo de instrumentos. Aunque "Elegies" también adolece de algún defecto. El más obvio es su duración: apenas veintiocho minutos en sólo ocho temas, el debut más corto que recuerdo en muchos años. Con el agravante de que cuatro de esos temas ya habían visto la luz en el EP "Night flowers", publicado hace justo un año. Aunque también debo señalar que no todos esos temas rayan a la misma altura, ya que hay al menos tres que son claramente más flojos. Pero claro, con canciones tan brillantes como las tres con las que se abre, se les disculpa casi cualquier cosa.

Porque "Wrong", su primer corte y tercer sencillo, cautiva desde la primera escucha con su comienzo directo, su bajo distorsionado y su arpegio de guitarra que recuerda a Chris Walla de Death Cab For Cutie, y nos devuelve la fe en el pop intemporal (a pesar de su progresión armónica relativamente simple). Porque "The gardener", segundo corte y segundo sencillo, a pesar de su simplicidad aparente (un ritmo binario sencillo, un bajo slap y la voz de de Lune) es incluso superior gracias a su extrema elegancia, a su certera calidez y sobre todo a su estribillo más definido. Y porque "Ever", el primer sencillo, es todavía más brillante, con su instrumentación a medio camino entre eléctrica y electrónica, la atmósfera que generan los coros de voces superpuestas, ese maravilloso estribillo ("We didn't have a prayer...") y los nuevos instrumentos y las alteraciones con que enriquecen la segunda estrofa, evidenciando hasta qué punto han trabajado la composición.

El resto del álbum lógicamente no mantiene el mismo nivel. "Summer" es una balada presidida por un Hammond actualizado, con un estribillo correcto pero que decae demasiado en sus estrofas espartanas y anodinas. "The tide" es claramente superior, y sin llegar al nivel de los primeros tres cortes sí explora con sensibilidad una melodía difícil y un ritmo sincopado, aunque no termine de crecer en su segunda mitad. "Away" es probablemente el tema más flojo del disco, con unas estrofas fatigosas a causa de su melodía repetitiva y su monótona guitarra, si bien los intervalos dedicados al estribillo nos confirman que podría haber sido una buena canción con unas estrofas más inspiradas. "Backwards" sorprende por su sintetizador preeminente y su programación electrónica, con una atmósfera muy similar a la de "Elias", de School of Seven Bells, otra banda chica/chico que reseñé en este mismo blog hace casi un año. Pero el tema se queda en poco más que eso, quizá porque estrofas y estribillos carecen de inspiración. Afortunadamente, y quizá sabedores del bajón del álbum en su tramo central, colocan al final del mismo "The singularity", el cuarto gran momento del mismo: otra balada de percusión programada muy sencilla, espartana, pero con una preciosa progresión armónica y los mejores arpegios de guitarra del álbum, además de su letra más sentimental (ese "maybe in another lifetime..." se clava como un puñal).

Para haber sido un gran disco, "Elegies" necesitaría haber incluido al menos un par más de buenos momentos. Se ve que a de Lune y a Cutler les cuesta componer canciones, porque han tardado tres años (desde que publicaron su primer EP) en grabar solamente ocho. Pero claro, si cuatro de ellas son tan fantásticas, quizá la explicación reside en que son tan autocríticos con ellos mismos que apenas escriben canciones que pasen el corte. Así que quedémonos con sus grandes momentos, y esperemos que tengan repercusión suficiente como para que se animen a darles continuidad, aunque tarden otros tres años. Talento les sobra.

martes, 14 de febrero de 2017

Sobre los artistas que se alinean a favor o en contra de una opción política

La relativamente reciente victoria del magnate Donald Trump en las elecciones a la presidencia de los E.E.U.U. ha otorgado una magnitud desconocidad a un fenómeno que siempre ha estado presente en la música contemporánea: el alineamiento de un buen número de artistas a favor (o en este caso en contra) de una opción política. Hasta un extremo tal que me ha parecido oportuno escribir una reseña al respecto. Por supuesto, no pretendo entrar a juzgar al magnate (bastante bombardeo hemos sufrido ya en las últimas semanas por parte de los medios de comunicación), ni posicionar políticamente a este humilde blog (cuyo contenido es exclusivamente la música, no la política). Pero sí reflexionar sobre estos artistas que adoptan una posicion tan beligerante.

Hace unos años ya reflexioné sobre un tema tangencial al de esta entrada, al tratar de los músicos "concienciados", cuestionándome si dicha actitud era elogiable o simplemente ventajista. Ahora pretendo ahondar en las supuestas ventajas que obtienen dichos artistas por posicionarse. Puesto que está claro que si la posición que defienden explícitamente alcanza o mantiene el poder, podrán beneficiarse de una mayor difusión en los medios de comunicación afines, facilidades para el acceso a determinados recintos, excepciones para organizar macroeventos, mayor relevancia en los premios musicales, e incluso potenciales subvenciones. En definitiva, podrán aumentar (de manera lícita) el dinero que generarán por el ejercicio de su actividad artística. Ahora bien, lo que deberían plantearse es si esa relevancia e ingresos adicionales compensarán los inconvenientes que generará la posición contraria si es que triunfa.

Porque enemistarse con los centros de poder puede ser extremadamente peligroso: aunque las discográficas hayan perdido buena parte de su posición dominante, un artista "señalado" puede dejar de ser interesante para ellas; también puede dejar de ser atractivo para las radiofórmulas, que preferirán contenidos más neutros y accesibles; también para determinados promotores musicales u organizadores de conciertos, si la presencia del artista puede generar tensión o altercados; incluso si el tono de beligerancia ha sido elevado, puede que el artista quede vetado en las plataformas de streaming. En definitiva, su carrera musical puede quedar en entredicho.

Y lo que es peor aún: puede que seguidores habituales de ese intérprete o banda se alejen a la vista de ese posicionamiento férreo. Porque probablemente una parte considerable de sus seguidores sí comulguen (o al menos no se opongan) a la posición que haya resultado vencedora. Y no vean en ese intérprete un gurú omniscente que también resulta ser un experto en sociología, filosofía, ciencias políticas, etc. Menos aún si encima utiliza como argumentario tópicos manidos y superficiales como "falta de democracia", "marginación consciente", etc. Por lo que si el intérprete en cuestión genera rechazo en sus seguidores, corre serio riesgo de perderlos, y ya le sería difícil recuperarlos aunque musicalmente siguiera dando en el clavo.

De hecho, si lo pensamos fríamente veremos que estos artistas que se posicionan tan nítidamente a nivel político pecan de una soberbia desmedida: porque piensan que sus incuestionables cualidades musicales van acompañadas de una autoridad similar en otros ámbitos. Casi como si fueran superhombres. En realidad, bastante difícil es ya destacar en una parcela de las artes o las ciencias como para convertirse en una autoridad en varias de ellas. Pero también porque valiéndose de su posición privilegiada como personajes públicos pueden posicionarse públicamente, esperando influir a los potenciales votantes de la opción que defienden. Aunque en realidad a nadie con un mínimo de grado de madurez le va a interesarse lo que, por ejemplo, piense Madonna sobre Donald Trump, por mucho que sea seguidor de la Ciccione.

En definitiva, en mi opinión a lo que a todo artista debería aspirar es a la mayor difusión y perdurabilidad de su obra. Por lo que cuanto más aséptica la haga respecto a otros ámbitos de la sociedad, y más genéricos sean los sentimientos que exprese, mayor audiencia logrará a lo largo del espacio y del tiempo, y por tanto mayores beneficios a todos los niveles. Dejemos la música para los músicos, y la política para los políticos.

domingo, 29 de enero de 2017

Sinestar - "Evolve" (2016)

Las revisiones anuales que diversas publicaciones y blogs especializados realizan de lo más interesante publicado a nivel musical en el año que acaba de terminar son una buena oportunidad de descubrir álbumes que habían pasado desapercibidos. Eso es lo que me ha sucedido con "Evolve", el segundo álbum de los para mí hasta ahora desconocidos Sinestar: un cuarteto de Bristol, Reino Unido, que, musicalmente hablando, proponen una llamativa mezcla entre Depeche Mode, And One y Erasure, con añadidos del eurobeat y del trance que coparon las listas de ventas en los noventa. Lo que provoca que este "Evolve" combine momentos en mi opinión interesantes y muy adecuados para actuaciones en directo con otros ramplones y casi casi prescindibles. Aunque como el álbum es bastante largo (catorce temas) hay argumentos suficientes para reseñarlo en este humilde blog.

Sinestar lo forman Iain Brownlie (voz, guitarra), Mark Trueman (sintetizadores), James Skuse (bajo) y Matt Mohangee (batería). Aunque el rol de los dos últimos es bastante discreto, puesto que en muchos temas se nota claramente que la percusión está creada con cajas, bombos y platillos programados, y la línea de bajo es generalmente sintetizada. Salvo que sean ellos quienes programen batería y bajo en todas esas composiciones, claro. Así que el grueso de su sonido recae en Brownlie (un vocalista de registro amplio pero con tendencia a enfatizar en exceso sus interpretaciones, un poco en la línea de Matt Belamy de Muse) y Mark Trueman (un teclista competente que siempre enriquece las canciones con arpegios y detalles certeros).

El álbum se abre con "Ready, set, go and die", una buena muestra del estilo predominante del álbum: tempo alto, bombo en primer plano orientado a la pista de baile, bajo sintetizado, una melodía elaborada, un teclado completando con acierto estrofa y estribillo... y un cierto sabor al eurobeat más previsible, sobre el cual la voz tendente al histrionismo Brownlie no termina de encajar, dos factores que restan puntos no sólo a éste sino a buena parte de los temas. En la misma línea sigue "The Madness Of Control", que bebe más claramente del eurobeat (¿recuerdan a Haddaway?), y se queda en mi opinión un escalón por debajo de su predecesora. "The Same Way" fue el sencillo que anticipó el álbum en 2015, y aun moviéndose en los mismos parámetros que las anteriores, me parece uno de los momentos más inspirados del álbum: un toque de oscuridad a lo Depeche Mode, que encaja mejor con la base contundente sobre la que se construye el tema, y que permite a Brownlie forzar menos la voz en las meritorias estrofas.

"Stop the clocks" es el primero de los temas claramente deudores de Vince Clarke y Andy Bell: un medio tiempo luminoso, de sintetizadores juguetones y estribillo pop correcto pero al que le falta magia. Más inspirado es el siguiente corte, quizá lo más brillante que "ha publicado Erasure" en el último lustro: "Heart to the fire" tiene ese comienzo puramente sintético tan habitual en el dúo que da pie a un precioso sintetizador que ensalza brillantemente los intervalos instrumentales, y que da pie a una inspirada melodía de puro pop atemporal. Con un estribillo de notas un poco menos forzadas sería un temazo incontestable. "Fortune faded", siguiente corte y segundo sencillo, vuelve a acelerar los bpms y a arrimarse en esta ocasión al techno alemán, a medio camino entre And One y Sash!, dando como resultado un tema machacón y para mi gusto bastante ramplón. "Running home" es un tema de instrumentación menos electrónica (ahora sí se escucha claramente una batería) y vocación más poppy, como lo refrenda la colaboración vocal de la para mí desconocida Hannah Brownlie, imagino que hermana de Iain. Aunque esto causa que el resultado sea un tanto anodino. "Falling" sea quizá junto "Heart to the fire" el mejor momento de todo el álbum: una progresión armónica tenebrosa e intensa sobre la que Brownlie no necesita forzar la voz, refrendada por un bajo sintetizado tan obsesivo como eficaz, y con pequeños toques de guitarra en los intervalos instrumentales que le sientan muy bien.

"Avoiding the silence" tiene un toque de electrónica escandinava en sus estrofas, aunque en el estribillo casi parece una versión de los olvidados Culture Beat, volviendo a quedarse a medio camino entre lo meritorio y lo ramplón. Le sigue "Time expired", el tema que más recuerda a Depeche Mode, más lento que el anterior, menos orientado instrumentalmente a la pista de baile, y nuevamente con unas estrofas más inspiradas que el estribillo. "The mirror song" juega a ser la canción más diferente del disco: también arranca como una composición inspirada en Erasure, hasta llegar a un estribillo en falsete propio del Andy Bell más sensiblero, pero hacia la mitad cambia de tonalidad y entran una batería "de verdad" y una guitarra distorsionada de fondo, que remata un pequeño rap con el que Brownlie se atreve para explotar al máximo el tema. Con lo que sin resultar brillante sí que aporta originalidad.

"Chemical romance" se acerca al Hi-NRG de principios de los ochenta con sus bases sintéticas y su melodía sencilla y un tanto obsesiva, en un estribillo sabiamente realzado por el cambio en la progresión armónica. "My perspective" regresa a la senda más transitada de "Evolve", a medio camino entre el synthpop y el eurobeat, nuevamente con los teclados de Trueman como mejor baza de un tema simplemente correcto. Y "Sentinel" es una forma no excesivamente brillante de cerrar este extenso álbum, con el segundo tema menos electrónico del mismo, ritmo cadencioso y una atmósfera ominosa, cuya mejor baza es el intervalo instrumental sobre el que finalmente Brownlie entona "We're trying...".

Si uno le concede varias oportunidades a "Evolve" y se abstrae de ciertas referencias casposas y de algunos momentos ramplones, en seguida empezarán a florecer virtudes suficientes como para no eliminarlo de nuestra discoteca particular. Lo que no tengo claro es qué evolución seguirá la banda: porque por propuesta este álbum debería haber tenido una difusión mucha mayor de la que en realidad ha alcanzado. Pero supongamos que esa escasa repercusión no cercena la banda, que el cuarteto aprende a separar mejor lo bueno de lo malo de su propuesta, y que Brownlie logra adaptar su voz al estilo de cada tema. Si todo ello sucede, estaremos ante una banda con un futuro muy prometedor. Pero no aventuremos el futuro y quedémonos de momento con lo más meritorio de su presente.

martes, 10 de enero de 2017

Las 20 mejores canciones internacionales de 2016

Como viene siendo ya tradición en este humilde blog ha llegado la hora de echar la vista atrás y proponer listas que nos permitan sintetizar lo mejor de este 2016 que acaba de finalizar. Una vez más rehusaré proponer una lista con los mejores álbumes del año, dado que el volumen de discos publicados excede ampliamente los cincuenta o sesenta que consigo escuchar. Pero una vez más vuelvo a proponer una lista con 20 canciones internacionales que recordar de este 2016. Con los dos criterios ya habituales: seleccionar temas que hayan visto la luz en formato sencillo/videoclip, y escoger una única canción por artista, para conseguir una panorámica lo más amplia posible del planeta musical contemporáneo. Como de costumbre siempre intentando localizar la emoción, el talento, la personalidad, la melodía y, al fin y al cabo, la calidad que siempre anhela encontrar este blog.

Ésta es la lista. Tras un 2015 un poco más electrónico que de costumbre, 2016 ha vuelto a ofrecer momentos destacados en una mayor variedad de estilos. Confirmando además que, como en temporadas anteriores, los E.E.U.U. siguen perdiendo relevancia creativa a costa de otros países muy pujantes musicalmente como Suecia o Australia.

1. The Hearing - "Backwards". La canción del año cautiva una y otra vez con su melodía imposible en las estrofas y el contraste con la frialdad genuinamente sueca de su teclado principal.
2. Tiny Fireflies - "Ghost". El mejor tema de dream pop en años, con armonías maravillosas y de una elegancia y una sensibilidad sublimes.
3. Mainland - "Not as cool as me". Rock, psicodelia, estribillo coreable y un riff de guitarra con el que increíblemente nadie antes había dado.
4. Clare Maguire - "Elizabeth Taylor". La mejor balada "clásica" del año: bonito piano, gran letra, certera sección de cuerda y formidable interpretación vocal.
5. Underworld - "Ova Nova". El mejor exponente de la "resurrección" de Karl Hyde y Rick Smith: 100% Underworld, 100% techno, 100% bailable, 100% adictivo.
6. Bleached - "Wednesday night melody". Indie-rock que rehúye la repetitividad y la suple con una sorprendente montaña rusa de partes casi imposibles de enlazar.
7. School Of Seven Bells - "Ablaze". El mejor homenaje posible al tristemente fallecido Ben Curtis: optimista, envolvente, clásico y sin embargo contemporáneo.
8. Reed & Caroline - "Singularity we bond". Lo más sorprendente a nivel instrumental de 2016: el complejo buchla al servicio de una composición que sabe mezclar experimentación con armonías pop.
9. Hannah Peel - "Tenderly". Cómo construir una balada en 2016, enriqueciendo los inspirados pero inevitables piano y voz con una cautivadora atmósfera.
10. Pet Shop Boys - "Say it to me". Arrimándose al freestyle como no lo hacían desde "Domino dancing", el mejor sencillo (que no el mejor tema) de su meritorio "Super".
11. Ladyhawke - "Wild things". La neozelandesa Pip Brown acertó de pleno insuflándole luminosidad a su propuesta, como lo prueba este emotivo sencillo.
12. Rüfüs - "Say a prayer". Desde Australia, la calidad y la elegancia en la música de baile sin estridencias y con instrumentos reales.
13. Warpaint - "New song". Inclasificable canción de un inclasificable grupo de chicas que sin embargo entregó el mejor estribillo del año, por su melodía y su instrumentación.
14. Rick Astley - "Angels on my side". Otra resurrección inesperada. Su maravillosa voz al servicio de un tema con toques soul y mucho más ágil de lo que cabría esperar en un ya "cincuentón".
15. Josef Salvat - "Paradise". Otro tema con ritmo y de gran elegancia desde las antípodas: el mejor crooner en lo que llevamos de década.
16. Feeder - "Universe of life". Grant Nicholas regresó de su aventura acústica con dosis de rock duro lleno de energía pero sin perder la musicalidad.
17. I Am Snow Angel - "Keep you out". Julie Kathryn desnuda sus emociones mezclando elementos orgánicos y electrónica con gran talento.
18. Kolaj - "The touch". Pop perfecto de 2016, arrimándose a las modas mainstream pero sin sucumbir a ellas gracias a su certera guitarra y su melodía de notas altísimas.
19. Birdy - "Keeping Your Head Up". Con apenas 20 años Jasmine Van Den Bogaerde ya juega a ser Florence Welch con esta preciosa composición.
20. Radiohead - "Burn the witch". El mejor sencillo de los británicos en casi 20 años: únicos, sí, pero reconocibles y con el certero cambio de tonalidad en el estribillo para enganchar a las masas.

Seguro que echan de menos temas de gran calidad que se han quedado fuera (este año había mucho donde elegir). Pero creo que al menos ninguna de las canciones de esta lista sobra, y demuestra que si nos lo proponemos sigue siendo relativamente sencillo encontrar nuevas propuestas que nos cautiven.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

George Michael: el último de la lista

Cuando hace unos días completé mi entrada sobre el álbum publicado por Vince Clarke y Paul Hartnoll, pensaba que ésa iba a ser la última entrada de este humilde blog en 2016. Sin embargo, el día de Navidad amaneció con el fallecimiento de George Michael, con apenas 53 años. No cabe duda de que este 2016 ha sido uno de los años más aciagos para el panorama musical contemporáneo si pensamos todas las figuras que nos han dejado (David Bowie, Prince, Leonard Cohen, Glenn Frey...), pero de entre todos probablemente el que menos parabienes vaya a generar sea Georgios Kyriacos Panayiotou. Precisamente por eso me he animado a escribir una entrada a modo de reconocimiento y pequeño homenaje.

Michael no fue un artista camaleónico a lo largo de varias décadas como Bowie, ni un creador stajanovista como Prince, ni un músico con aspiraciones de poeta como Cohen, ni el máximo exponente del rock genuinamente americano como Frey. Pero en mi opinión cantaba mucho mejor que Bowie, llenaba igual o mejor que Prince el escenario, componía unos temas más ricos musicalmente que Cohen y se arrimaba a otros géneros mejor que Frey. Y es que a pesar de que su imagen de sex-symbol para adolescentes le marcó (como no podía ser de otra manera) durante toda su carrera, conviene recordar que Michael era el compositor de la gran mayoría de los temas que interpretó (como Bowie), el principal instrumentista de los mejores álbumes de su discografía (como Prince), el letrista de todas esas canciones (como Cohen) y por supuesto el vocalista versátil que Frey nunca logró ser. Así que estamos hablando de un creador, músico y cantante de primer nivel.

Wham! fue el vehículo por el que Michael se dio a conocer, junto a Andrew Ridgeley. Un grupo por y para adolescentes, que explotaba la imagen de Michael por encima de la de su compañero, y cuya propuesta musical era el pop ochentero sin pretenciones. Un pop por cierto compuesto casi en exclusiva por Michael, y que junto a canciones idóneas para la potencial audiencia de la banda ("Young Guns (Go for It!)", "Club Tropicana" y sobre todo la que sigue amenizando muchas fiestas, "Wake Me Up Before You Go-Go") dejaba entrever el talento de Michael a la hora de entregar temas con otras miras ("Everything She Wants", "Careless Whisper", incluso la inevitable en estas fechas "Last Christmas"). Lo que sin duda contribuyó a la rápida disolución del dúo.

La memoria de George Michael estará inevitablemente ligada a la de "Faith", su álbum de debut 1987. Uno de los discos más vendidos de todos los tiempos, fue compuesto e interpretado prácticamente en su integridad por Michael, y afianzó su carrera como solista gracias a una serie de composiciones muy variadas, desde el rockabilly a las baladas soul pasando por el funk e incluso el synth-pop. Un álbum que ha soportado muy bien el paso del tiempo (pueden hacer la prueba ahora mismo si aún no lo conocen), con casi todos sus temas editados en formato sencillo y un poso de clasicismo incuestionable (parece imposible que "Kissing a fool" o "Faith" no sean versiones sino temas propios). Y que además contienen los que para mí fueron los dos mejores momentos de su carrera: la cuasi-autobiográfica "Father figure" y sobre todo el funk irresistible de "I want your sex", una composición formidable más allá de su incuestionable provocación.

Los restantes veintinueve años de carrera en solitario de Michael avanzaron a trancas y barrancas entre sus problemas personales y sus dificultades con las discográficas. "Listen without prejudice vol. I" (1990), su segundo álbum, estaba varios escalones por debajo de "Faith" a nivel creativo (probablemente de ahí el título) y encima careció de video-clips protagonizados por Michael que lo apoyaran, lo que explica su bajón comercial. Aunque contaba con algunos momentos billantes como "Waiting for that day" o "Heal the pain". Nunca hubo un volumen II, y a pesar de su memorable actuación en el homenaje a Freddy Mercury y de temas entregados con cuentagotas en diversos formatos en años posteriores, no fue hasta 1996 cuando vio la luz "Older", su tercer disco. Más maduro en el peor sentido de la palabra: muy lento en general, abonándose a las baladas y a la pose más seria y conservadora, aunque aún con un par de buenos momentos de funky y disco como "Star people" y sobre todo "Fastlove".

De hecho, en sus últimos veinte años Michael apenas publicó unas pocas canciones nuevas para recopilatorios o fines benéficos, y un único álbum más de canciones nuevas ("Patience", 2004), en el que adoptaba ya una defensa clara de la homosexualidad o de crítica política a la vez que extraía sus últimas gotas de inspiración en "Flawless (Go to the City)", probablemente el último momento interesante de su carrera, nuevamente abandonando la seriedad excesiva y reconvirtiendo un clásico bailable en un éxito contemporáneo.

Ese agotamiento creativo en sus últimos años (su último disco, "Symphonica" (2014) no era más que una revisión con orquesta sinfónica de viejos éxitos propios y ajenos) coincidió con su declive personal, tanto física como socialmente. Recluido en su mansión de Londres, descuidado en su apariencia, dependiente de las drogas y muy afectado por la muerte de sus parejas masculinas, la muerte lo ha encontrado en el punto más bajo de su existencia. Pero ello no debería hacernos olvidar su corto pero majestuoso legado, especialmente cuando fue capaz de hacer converger madurez, calidad y música de baile. Descanse en paz.

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