El primer álbum que me ha animado a reseñar de este 2017 que está tardando en arrancar en cuanto a novedades musicales es el debut en formato álbum de los estadounidenses Tiny Deaths. Lo que constituye una notable casualidad, porque uno de los últimos álbumes que reseñé en 2016 en este humilde blog fue el de los también estadounidenses Tiny Fireflies. Pero es que además de compartir país, opera prima y la primera palabra de su nombre artístico, ambas bandas son también dúos chica/chico, ella voz solista y él guitarrista principal. Incluso a nivel artístico ambas bandas tienen una propuesta cercana, con el pop evocador como referencia, si bien Tiny Fireflies proponen un envoltorio más sintético y sofisticado, mientras que Tiny Deaths nos cautivan con su mayor desnudez instrumental y su mayor presencia de instrumentos reales. Como ven, un gran número de coincidencias que ponen de manifiesto que al margen de la vanalidad mayoritaria en la música estadounidense para las masas que se factura estos últimos años, están surgiendo en distintos puntos del país (Minneapolis en esta oportunidad, Chicago en el caso de Tiny Fireflies) bandas que se resisten a plegarse a esa vanalidad y nos devuelven la ilusión por la magia de la mejor música pop.
Tiny Deaths lo constituyen Claire de Lune, una vocalista de voz cautivadora que no necesita forzar para trasladarnos a su pequeño mundo personal, y Grant Cutler, un compositor de gran sensibilidad. Proviniendo de una ciudad tan fría como Minneapolis sorprende la calidez de su música, ideal para refugiarse tras una jornada diaria llena de sobresaltos. Y que además va acompañada de una gran calidad, logrando unas armonías prácticamente perfectas con el número justo de instrumentos. Aunque "Elegies" también adolece de algún defecto. El más obvio es su duración: apenas veintiocho minutos en sólo ocho temas, el debut más corto que recuerdo en muchos años. Con el agravante de que cuatro de esos temas ya habían visto la luz en el EP "Night flowers", publicado hace justo un año. Aunque también debo señalar que no todos esos temas rayan a la misma altura, ya que hay al menos tres que son claramente más flojos. Pero claro, con canciones tan brillantes como las tres con las que se abre, se les disculpa casi cualquier cosa.
Porque "Wrong", su primer corte y tercer sencillo, cautiva desde la primera escucha con su comienzo directo, su bajo distorsionado y su arpegio de guitarra que recuerda a Chris Walla de Death Cab For Cutie, y nos devuelve la fe en el pop intemporal (a pesar de su progresión armónica relativamente simple). Porque "The gardener", segundo corte y segundo sencillo, a pesar de su simplicidad aparente (un ritmo binario sencillo, un bajo slap y la voz de de Lune) es incluso superior gracias a su extrema elegancia, a su certera calidez y sobre todo a su estribillo más definido. Y porque "Ever", el primer sencillo, es todavía más brillante, con su instrumentación a medio camino entre eléctrica y electrónica, la atmósfera que generan los coros de voces superpuestas, ese maravilloso estribillo ("We didn't have a prayer...") y los nuevos instrumentos y las alteraciones con que enriquecen la segunda estrofa, evidenciando hasta qué punto han trabajado la composición.
El resto del álbum lógicamente no mantiene el mismo nivel. "Summer" es una balada presidida por un Hammond actualizado, con un estribillo correcto pero que decae demasiado en sus estrofas espartanas y anodinas. "The tide" es claramente superior, y sin llegar al nivel de los primeros tres cortes sí explora con sensibilidad una melodía difícil y un ritmo sincopado, aunque no termine de crecer en su segunda mitad. "Away" es probablemente el tema más flojo del disco, con unas estrofas fatigosas a causa de su melodía repetitiva y su monótona guitarra, si bien los intervalos dedicados al estribillo nos confirman que podría haber sido una buena canción con unas estrofas más inspiradas. "Backwards" sorprende por su sintetizador preeminente y su programación electrónica, con una atmósfera muy similar a la de "Elias", de School of Seven Bells, otra banda chica/chico que reseñé en este mismo blog hace casi un año. Pero el tema se queda en poco más que eso, quizá porque estrofas y estribillos carecen de inspiración. Afortunadamente, y quizá sabedores del bajón del álbum en su tramo central, colocan al final del mismo "The singularity", el cuarto gran momento del mismo: otra balada de percusión programada muy sencilla, espartana, pero con una preciosa progresión armónica y los mejores arpegios de guitarra del álbum, además de su letra más sentimental (ese "maybe in another lifetime..." se clava como un puñal).
Para haber sido un gran disco, "Elegies" necesitaría haber incluido al menos un par más de buenos momentos. Se ve que a de Lune y a Cutler les cuesta componer canciones, porque han tardado tres años (desde que publicaron su primer EP) en grabar solamente ocho. Pero claro, si cuatro de ellas son tan fantásticas, quizá la explicación reside en que son tan autocríticos con ellos mismos que apenas escriben canciones que pasen el corte. Así que quedémonos con sus grandes momentos, y esperemos que tengan repercusión suficiente como para que se animen a darles continuidad, aunque tarden otros tres años. Talento les sobra.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
domingo, 26 de febrero de 2017
martes, 14 de febrero de 2017
Sobre los artistas que se alinean a favor o en contra de una opción política
La relativamente reciente victoria del magnate Donald Trump en las elecciones a la presidencia de los E.E.U.U. ha otorgado una magnitud desconocidad a un fenómeno que siempre ha estado presente en la música contemporánea: el alineamiento de un buen número de artistas a favor (o en este caso en contra) de una opción política. Hasta un extremo tal que me ha parecido oportuno escribir una reseña al respecto. Por supuesto, no pretendo entrar a juzgar al magnate (bastante bombardeo hemos sufrido ya en las últimas semanas por parte de los medios de comunicación), ni posicionar políticamente a este humilde blog (cuyo contenido es exclusivamente la música, no la política). Pero sí reflexionar sobre estos artistas que adoptan una posicion tan beligerante.
Hace unos años ya reflexioné sobre un tema tangencial al de esta entrada, al tratar de los músicos "concienciados", cuestionándome si dicha actitud era elogiable o simplemente ventajista. Ahora pretendo ahondar en las supuestas ventajas que obtienen dichos artistas por posicionarse. Puesto que está claro que si la posición que defienden explícitamente alcanza o mantiene el poder, podrán beneficiarse de una mayor difusión en los medios de comunicación afines, facilidades para el acceso a determinados recintos, excepciones para organizar macroeventos, mayor relevancia en los premios musicales, e incluso potenciales subvenciones. En definitiva, podrán aumentar (de manera lícita) el dinero que generarán por el ejercicio de su actividad artística. Ahora bien, lo que deberían plantearse es si esa relevancia e ingresos adicionales compensarán los inconvenientes que generará la posición contraria si es que triunfa.
Porque enemistarse con los centros de poder puede ser extremadamente peligroso: aunque las discográficas hayan perdido buena parte de su posición dominante, un artista "señalado" puede dejar de ser interesante para ellas; también puede dejar de ser atractivo para las radiofórmulas, que preferirán contenidos más neutros y accesibles; también para determinados promotores musicales u organizadores de conciertos, si la presencia del artista puede generar tensión o altercados; incluso si el tono de beligerancia ha sido elevado, puede que el artista quede vetado en las plataformas de streaming. En definitiva, su carrera musical puede quedar en entredicho.
Y lo que es peor aún: puede que seguidores habituales de ese intérprete o banda se alejen a la vista de ese posicionamiento férreo. Porque probablemente una parte considerable de sus seguidores sí comulguen (o al menos no se opongan) a la posición que haya resultado vencedora. Y no vean en ese intérprete un gurú omniscente que también resulta ser un experto en sociología, filosofía, ciencias políticas, etc. Menos aún si encima utiliza como argumentario tópicos manidos y superficiales como "falta de democracia", "marginación consciente", etc. Por lo que si el intérprete en cuestión genera rechazo en sus seguidores, corre serio riesgo de perderlos, y ya le sería difícil recuperarlos aunque musicalmente siguiera dando en el clavo.
De hecho, si lo pensamos fríamente veremos que estos artistas que se posicionan tan nítidamente a nivel político pecan de una soberbia desmedida: porque piensan que sus incuestionables cualidades musicales van acompañadas de una autoridad similar en otros ámbitos. Casi como si fueran superhombres. En realidad, bastante difícil es ya destacar en una parcela de las artes o las ciencias como para convertirse en una autoridad en varias de ellas. Pero también porque valiéndose de su posición privilegiada como personajes públicos pueden posicionarse públicamente, esperando influir a los potenciales votantes de la opción que defienden. Aunque en realidad a nadie con un mínimo de grado de madurez le va a interesarse lo que, por ejemplo, piense Madonna sobre Donald Trump, por mucho que sea seguidor de la Ciccione.
En definitiva, en mi opinión a lo que a todo artista debería aspirar es a la mayor difusión y perdurabilidad de su obra. Por lo que cuanto más aséptica la haga respecto a otros ámbitos de la sociedad, y más genéricos sean los sentimientos que exprese, mayor audiencia logrará a lo largo del espacio y del tiempo, y por tanto mayores beneficios a todos los niveles. Dejemos la música para los músicos, y la política para los políticos.
Hace unos años ya reflexioné sobre un tema tangencial al de esta entrada, al tratar de los músicos "concienciados", cuestionándome si dicha actitud era elogiable o simplemente ventajista. Ahora pretendo ahondar en las supuestas ventajas que obtienen dichos artistas por posicionarse. Puesto que está claro que si la posición que defienden explícitamente alcanza o mantiene el poder, podrán beneficiarse de una mayor difusión en los medios de comunicación afines, facilidades para el acceso a determinados recintos, excepciones para organizar macroeventos, mayor relevancia en los premios musicales, e incluso potenciales subvenciones. En definitiva, podrán aumentar (de manera lícita) el dinero que generarán por el ejercicio de su actividad artística. Ahora bien, lo que deberían plantearse es si esa relevancia e ingresos adicionales compensarán los inconvenientes que generará la posición contraria si es que triunfa.
Porque enemistarse con los centros de poder puede ser extremadamente peligroso: aunque las discográficas hayan perdido buena parte de su posición dominante, un artista "señalado" puede dejar de ser interesante para ellas; también puede dejar de ser atractivo para las radiofórmulas, que preferirán contenidos más neutros y accesibles; también para determinados promotores musicales u organizadores de conciertos, si la presencia del artista puede generar tensión o altercados; incluso si el tono de beligerancia ha sido elevado, puede que el artista quede vetado en las plataformas de streaming. En definitiva, su carrera musical puede quedar en entredicho.
Y lo que es peor aún: puede que seguidores habituales de ese intérprete o banda se alejen a la vista de ese posicionamiento férreo. Porque probablemente una parte considerable de sus seguidores sí comulguen (o al menos no se opongan) a la posición que haya resultado vencedora. Y no vean en ese intérprete un gurú omniscente que también resulta ser un experto en sociología, filosofía, ciencias políticas, etc. Menos aún si encima utiliza como argumentario tópicos manidos y superficiales como "falta de democracia", "marginación consciente", etc. Por lo que si el intérprete en cuestión genera rechazo en sus seguidores, corre serio riesgo de perderlos, y ya le sería difícil recuperarlos aunque musicalmente siguiera dando en el clavo.
De hecho, si lo pensamos fríamente veremos que estos artistas que se posicionan tan nítidamente a nivel político pecan de una soberbia desmedida: porque piensan que sus incuestionables cualidades musicales van acompañadas de una autoridad similar en otros ámbitos. Casi como si fueran superhombres. En realidad, bastante difícil es ya destacar en una parcela de las artes o las ciencias como para convertirse en una autoridad en varias de ellas. Pero también porque valiéndose de su posición privilegiada como personajes públicos pueden posicionarse públicamente, esperando influir a los potenciales votantes de la opción que defienden. Aunque en realidad a nadie con un mínimo de grado de madurez le va a interesarse lo que, por ejemplo, piense Madonna sobre Donald Trump, por mucho que sea seguidor de la Ciccione.
En definitiva, en mi opinión a lo que a todo artista debería aspirar es a la mayor difusión y perdurabilidad de su obra. Por lo que cuanto más aséptica la haga respecto a otros ámbitos de la sociedad, y más genéricos sean los sentimientos que exprese, mayor audiencia logrará a lo largo del espacio y del tiempo, y por tanto mayores beneficios a todos los niveles. Dejemos la música para los músicos, y la política para los políticos.
domingo, 29 de enero de 2017
Sinestar - "Evolve" (2016)
Las revisiones anuales que diversas publicaciones y blogs especializados realizan de lo más interesante publicado a nivel musical en el año que acaba de terminar son una buena oportunidad de descubrir álbumes que habían pasado desapercibidos. Eso es lo que me ha sucedido con "Evolve", el segundo álbum de los para mí hasta ahora desconocidos Sinestar: un cuarteto de Bristol, Reino Unido, que, musicalmente hablando, proponen una llamativa mezcla entre Depeche Mode, And One y Erasure, con añadidos del eurobeat y del trance que coparon las listas de ventas en los noventa. Lo que provoca que este "Evolve" combine momentos en mi opinión interesantes y muy adecuados para actuaciones en directo con otros ramplones y casi casi prescindibles. Aunque como el álbum es bastante largo (catorce temas) hay argumentos suficientes para reseñarlo en este humilde blog.
Sinestar lo forman Iain Brownlie (voz, guitarra), Mark Trueman (sintetizadores), James Skuse (bajo) y Matt Mohangee (batería). Aunque el rol de los dos últimos es bastante discreto, puesto que en muchos temas se nota claramente que la percusión está creada con cajas, bombos y platillos programados, y la línea de bajo es generalmente sintetizada. Salvo que sean ellos quienes programen batería y bajo en todas esas composiciones, claro. Así que el grueso de su sonido recae en Brownlie (un vocalista de registro amplio pero con tendencia a enfatizar en exceso sus interpretaciones, un poco en la línea de Matt Belamy de Muse) y Mark Trueman (un teclista competente que siempre enriquece las canciones con arpegios y detalles certeros).
El álbum se abre con "Ready, set, go and die", una buena muestra del estilo predominante del álbum: tempo alto, bombo en primer plano orientado a la pista de baile, bajo sintetizado, una melodía elaborada, un teclado completando con acierto estrofa y estribillo... y un cierto sabor al eurobeat más previsible, sobre el cual la voz tendente al histrionismo Brownlie no termina de encajar, dos factores que restan puntos no sólo a éste sino a buena parte de los temas. En la misma línea sigue "The Madness Of Control", que bebe más claramente del eurobeat (¿recuerdan a Haddaway?), y se queda en mi opinión un escalón por debajo de su predecesora. "The Same Way" fue el sencillo que anticipó el álbum en 2015, y aun moviéndose en los mismos parámetros que las anteriores, me parece uno de los momentos más inspirados del álbum: un toque de oscuridad a lo Depeche Mode, que encaja mejor con la base contundente sobre la que se construye el tema, y que permite a Brownlie forzar menos la voz en las meritorias estrofas.
"Stop the clocks" es el primero de los temas claramente deudores de Vince Clarke y Andy Bell: un medio tiempo luminoso, de sintetizadores juguetones y estribillo pop correcto pero al que le falta magia. Más inspirado es el siguiente corte, quizá lo más brillante que "ha publicado Erasure" en el último lustro: "Heart to the fire" tiene ese comienzo puramente sintético tan habitual en el dúo que da pie a un precioso sintetizador que ensalza brillantemente los intervalos instrumentales, y que da pie a una inspirada melodía de puro pop atemporal. Con un estribillo de notas un poco menos forzadas sería un temazo incontestable. "Fortune faded", siguiente corte y segundo sencillo, vuelve a acelerar los bpms y a arrimarse en esta ocasión al techno alemán, a medio camino entre And One y Sash!, dando como resultado un tema machacón y para mi gusto bastante ramplón. "Running home" es un tema de instrumentación menos electrónica (ahora sí se escucha claramente una batería) y vocación más poppy, como lo refrenda la colaboración vocal de la para mí desconocida Hannah Brownlie, imagino que hermana de Iain. Aunque esto causa que el resultado sea un tanto anodino. "Falling" sea quizá junto "Heart to the fire" el mejor momento de todo el álbum: una progresión armónica tenebrosa e intensa sobre la que Brownlie no necesita forzar la voz, refrendada por un bajo sintetizado tan obsesivo como eficaz, y con pequeños toques de guitarra en los intervalos instrumentales que le sientan muy bien.
"Avoiding the silence" tiene un toque de electrónica escandinava en sus estrofas, aunque en el estribillo casi parece una versión de los olvidados Culture Beat, volviendo a quedarse a medio camino entre lo meritorio y lo ramplón. Le sigue "Time expired", el tema que más recuerda a Depeche Mode, más lento que el anterior, menos orientado instrumentalmente a la pista de baile, y nuevamente con unas estrofas más inspiradas que el estribillo. "The mirror song" juega a ser la canción más diferente del disco: también arranca como una composición inspirada en Erasure, hasta llegar a un estribillo en falsete propio del Andy Bell más sensiblero, pero hacia la mitad cambia de tonalidad y entran una batería "de verdad" y una guitarra distorsionada de fondo, que remata un pequeño rap con el que Brownlie se atreve para explotar al máximo el tema. Con lo que sin resultar brillante sí que aporta originalidad.
"Chemical romance" se acerca al Hi-NRG de principios de los ochenta con sus bases sintéticas y su melodía sencilla y un tanto obsesiva, en un estribillo sabiamente realzado por el cambio en la progresión armónica. "My perspective" regresa a la senda más transitada de "Evolve", a medio camino entre el synthpop y el eurobeat, nuevamente con los teclados de Trueman como mejor baza de un tema simplemente correcto. Y "Sentinel" es una forma no excesivamente brillante de cerrar este extenso álbum, con el segundo tema menos electrónico del mismo, ritmo cadencioso y una atmósfera ominosa, cuya mejor baza es el intervalo instrumental sobre el que finalmente Brownlie entona "We're trying...".
Si uno le concede varias oportunidades a "Evolve" y se abstrae de ciertas referencias casposas y de algunos momentos ramplones, en seguida empezarán a florecer virtudes suficientes como para no eliminarlo de nuestra discoteca particular. Lo que no tengo claro es qué evolución seguirá la banda: porque por propuesta este álbum debería haber tenido una difusión mucha mayor de la que en realidad ha alcanzado. Pero supongamos que esa escasa repercusión no cercena la banda, que el cuarteto aprende a separar mejor lo bueno de lo malo de su propuesta, y que Brownlie logra adaptar su voz al estilo de cada tema. Si todo ello sucede, estaremos ante una banda con un futuro muy prometedor. Pero no aventuremos el futuro y quedémonos de momento con lo más meritorio de su presente.
Sinestar lo forman Iain Brownlie (voz, guitarra), Mark Trueman (sintetizadores), James Skuse (bajo) y Matt Mohangee (batería). Aunque el rol de los dos últimos es bastante discreto, puesto que en muchos temas se nota claramente que la percusión está creada con cajas, bombos y platillos programados, y la línea de bajo es generalmente sintetizada. Salvo que sean ellos quienes programen batería y bajo en todas esas composiciones, claro. Así que el grueso de su sonido recae en Brownlie (un vocalista de registro amplio pero con tendencia a enfatizar en exceso sus interpretaciones, un poco en la línea de Matt Belamy de Muse) y Mark Trueman (un teclista competente que siempre enriquece las canciones con arpegios y detalles certeros).
El álbum se abre con "Ready, set, go and die", una buena muestra del estilo predominante del álbum: tempo alto, bombo en primer plano orientado a la pista de baile, bajo sintetizado, una melodía elaborada, un teclado completando con acierto estrofa y estribillo... y un cierto sabor al eurobeat más previsible, sobre el cual la voz tendente al histrionismo Brownlie no termina de encajar, dos factores que restan puntos no sólo a éste sino a buena parte de los temas. En la misma línea sigue "The Madness Of Control", que bebe más claramente del eurobeat (¿recuerdan a Haddaway?), y se queda en mi opinión un escalón por debajo de su predecesora. "The Same Way" fue el sencillo que anticipó el álbum en 2015, y aun moviéndose en los mismos parámetros que las anteriores, me parece uno de los momentos más inspirados del álbum: un toque de oscuridad a lo Depeche Mode, que encaja mejor con la base contundente sobre la que se construye el tema, y que permite a Brownlie forzar menos la voz en las meritorias estrofas.
"Stop the clocks" es el primero de los temas claramente deudores de Vince Clarke y Andy Bell: un medio tiempo luminoso, de sintetizadores juguetones y estribillo pop correcto pero al que le falta magia. Más inspirado es el siguiente corte, quizá lo más brillante que "ha publicado Erasure" en el último lustro: "Heart to the fire" tiene ese comienzo puramente sintético tan habitual en el dúo que da pie a un precioso sintetizador que ensalza brillantemente los intervalos instrumentales, y que da pie a una inspirada melodía de puro pop atemporal. Con un estribillo de notas un poco menos forzadas sería un temazo incontestable. "Fortune faded", siguiente corte y segundo sencillo, vuelve a acelerar los bpms y a arrimarse en esta ocasión al techno alemán, a medio camino entre And One y Sash!, dando como resultado un tema machacón y para mi gusto bastante ramplón. "Running home" es un tema de instrumentación menos electrónica (ahora sí se escucha claramente una batería) y vocación más poppy, como lo refrenda la colaboración vocal de la para mí desconocida Hannah Brownlie, imagino que hermana de Iain. Aunque esto causa que el resultado sea un tanto anodino. "Falling" sea quizá junto "Heart to the fire" el mejor momento de todo el álbum: una progresión armónica tenebrosa e intensa sobre la que Brownlie no necesita forzar la voz, refrendada por un bajo sintetizado tan obsesivo como eficaz, y con pequeños toques de guitarra en los intervalos instrumentales que le sientan muy bien.
"Avoiding the silence" tiene un toque de electrónica escandinava en sus estrofas, aunque en el estribillo casi parece una versión de los olvidados Culture Beat, volviendo a quedarse a medio camino entre lo meritorio y lo ramplón. Le sigue "Time expired", el tema que más recuerda a Depeche Mode, más lento que el anterior, menos orientado instrumentalmente a la pista de baile, y nuevamente con unas estrofas más inspiradas que el estribillo. "The mirror song" juega a ser la canción más diferente del disco: también arranca como una composición inspirada en Erasure, hasta llegar a un estribillo en falsete propio del Andy Bell más sensiblero, pero hacia la mitad cambia de tonalidad y entran una batería "de verdad" y una guitarra distorsionada de fondo, que remata un pequeño rap con el que Brownlie se atreve para explotar al máximo el tema. Con lo que sin resultar brillante sí que aporta originalidad.
"Chemical romance" se acerca al Hi-NRG de principios de los ochenta con sus bases sintéticas y su melodía sencilla y un tanto obsesiva, en un estribillo sabiamente realzado por el cambio en la progresión armónica. "My perspective" regresa a la senda más transitada de "Evolve", a medio camino entre el synthpop y el eurobeat, nuevamente con los teclados de Trueman como mejor baza de un tema simplemente correcto. Y "Sentinel" es una forma no excesivamente brillante de cerrar este extenso álbum, con el segundo tema menos electrónico del mismo, ritmo cadencioso y una atmósfera ominosa, cuya mejor baza es el intervalo instrumental sobre el que finalmente Brownlie entona "We're trying...".
Si uno le concede varias oportunidades a "Evolve" y se abstrae de ciertas referencias casposas y de algunos momentos ramplones, en seguida empezarán a florecer virtudes suficientes como para no eliminarlo de nuestra discoteca particular. Lo que no tengo claro es qué evolución seguirá la banda: porque por propuesta este álbum debería haber tenido una difusión mucha mayor de la que en realidad ha alcanzado. Pero supongamos que esa escasa repercusión no cercena la banda, que el cuarteto aprende a separar mejor lo bueno de lo malo de su propuesta, y que Brownlie logra adaptar su voz al estilo de cada tema. Si todo ello sucede, estaremos ante una banda con un futuro muy prometedor. Pero no aventuremos el futuro y quedémonos de momento con lo más meritorio de su presente.
martes, 10 de enero de 2017
Las 20 mejores canciones internacionales de 2016
Como viene siendo ya tradición en este humilde blog ha llegado la hora de echar la vista atrás y proponer listas que nos permitan sintetizar lo mejor de este 2016 que acaba de finalizar. Una vez más rehusaré proponer una lista con los mejores álbumes del año, dado que el volumen de discos publicados excede ampliamente los cincuenta o sesenta que consigo escuchar. Pero una vez más vuelvo a proponer una lista con 20 canciones internacionales que recordar de este 2016. Con los dos criterios ya habituales: seleccionar temas que hayan visto la luz en formato sencillo/videoclip, y escoger una única canción por artista, para conseguir una panorámica lo más amplia posible del planeta musical contemporáneo. Como de costumbre siempre intentando localizar la emoción, el talento, la personalidad, la melodía y, al fin y al cabo, la calidad que siempre anhela encontrar este blog.
Ésta es la lista. Tras un 2015 un poco más electrónico que de costumbre, 2016 ha vuelto a ofrecer momentos destacados en una mayor variedad de estilos. Confirmando además que, como en temporadas anteriores, los E.E.U.U. siguen perdiendo relevancia creativa a costa de otros países muy pujantes musicalmente como Suecia o Australia.
1. The Hearing - "Backwards". La canción del año cautiva una y otra vez con su melodía imposible en las estrofas y el contraste con la frialdad genuinamente sueca de su teclado principal.
2. Tiny Fireflies - "Ghost". El mejor tema de dream pop en años, con armonías maravillosas y de una elegancia y una sensibilidad sublimes.
3. Mainland - "Not as cool as me". Rock, psicodelia, estribillo coreable y un riff de guitarra con el que increíblemente nadie antes había dado.
4. Clare Maguire - "Elizabeth Taylor". La mejor balada "clásica" del año: bonito piano, gran letra, certera sección de cuerda y formidable interpretación vocal.
5. Underworld - "Ova Nova". El mejor exponente de la "resurrección" de Karl Hyde y Rick Smith: 100% Underworld, 100% techno, 100% bailable, 100% adictivo.
6. Bleached - "Wednesday night melody". Indie-rock que rehúye la repetitividad y la suple con una sorprendente montaña rusa de partes casi imposibles de enlazar.
7. School Of Seven Bells - "Ablaze". El mejor homenaje posible al tristemente fallecido Ben Curtis: optimista, envolvente, clásico y sin embargo contemporáneo.
8. Reed & Caroline - "Singularity we bond". Lo más sorprendente a nivel instrumental de 2016: el complejo buchla al servicio de una composición que sabe mezclar experimentación con armonías pop.
9. Hannah Peel - "Tenderly". Cómo construir una balada en 2016, enriqueciendo los inspirados pero inevitables piano y voz con una cautivadora atmósfera.
10. Pet Shop Boys - "Say it to me". Arrimándose al freestyle como no lo hacían desde "Domino dancing", el mejor sencillo (que no el mejor tema) de su meritorio "Super".
11. Ladyhawke - "Wild things". La neozelandesa Pip Brown acertó de pleno insuflándole luminosidad a su propuesta, como lo prueba este emotivo sencillo.
12. Rüfüs - "Say a prayer". Desde Australia, la calidad y la elegancia en la música de baile sin estridencias y con instrumentos reales.
13. Warpaint - "New song". Inclasificable canción de un inclasificable grupo de chicas que sin embargo entregó el mejor estribillo del año, por su melodía y su instrumentación.
14. Rick Astley - "Angels on my side". Otra resurrección inesperada. Su maravillosa voz al servicio de un tema con toques soul y mucho más ágil de lo que cabría esperar en un ya "cincuentón".
15. Josef Salvat - "Paradise". Otro tema con ritmo y de gran elegancia desde las antípodas: el mejor crooner en lo que llevamos de década.
16. Feeder - "Universe of life". Grant Nicholas regresó de su aventura acústica con dosis de rock duro lleno de energía pero sin perder la musicalidad.
17. I Am Snow Angel - "Keep you out". Julie Kathryn desnuda sus emociones mezclando elementos orgánicos y electrónica con gran talento.
18. Kolaj - "The touch". Pop perfecto de 2016, arrimándose a las modas mainstream pero sin sucumbir a ellas gracias a su certera guitarra y su melodía de notas altísimas.
19. Birdy - "Keeping Your Head Up". Con apenas 20 años Jasmine Van Den Bogaerde ya juega a ser Florence Welch con esta preciosa composición.
20. Radiohead - "Burn the witch". El mejor sencillo de los británicos en casi 20 años: únicos, sí, pero reconocibles y con el certero cambio de tonalidad en el estribillo para enganchar a las masas.
Seguro que echan de menos temas de gran calidad que se han quedado fuera (este año había mucho donde elegir). Pero creo que al menos ninguna de las canciones de esta lista sobra, y demuestra que si nos lo proponemos sigue siendo relativamente sencillo encontrar nuevas propuestas que nos cautiven.
Ésta es la lista. Tras un 2015 un poco más electrónico que de costumbre, 2016 ha vuelto a ofrecer momentos destacados en una mayor variedad de estilos. Confirmando además que, como en temporadas anteriores, los E.E.U.U. siguen perdiendo relevancia creativa a costa de otros países muy pujantes musicalmente como Suecia o Australia.
1. The Hearing - "Backwards". La canción del año cautiva una y otra vez con su melodía imposible en las estrofas y el contraste con la frialdad genuinamente sueca de su teclado principal.
2. Tiny Fireflies - "Ghost". El mejor tema de dream pop en años, con armonías maravillosas y de una elegancia y una sensibilidad sublimes.
3. Mainland - "Not as cool as me". Rock, psicodelia, estribillo coreable y un riff de guitarra con el que increíblemente nadie antes había dado.
4. Clare Maguire - "Elizabeth Taylor". La mejor balada "clásica" del año: bonito piano, gran letra, certera sección de cuerda y formidable interpretación vocal.
5. Underworld - "Ova Nova". El mejor exponente de la "resurrección" de Karl Hyde y Rick Smith: 100% Underworld, 100% techno, 100% bailable, 100% adictivo.
6. Bleached - "Wednesday night melody". Indie-rock que rehúye la repetitividad y la suple con una sorprendente montaña rusa de partes casi imposibles de enlazar.
7. School Of Seven Bells - "Ablaze". El mejor homenaje posible al tristemente fallecido Ben Curtis: optimista, envolvente, clásico y sin embargo contemporáneo.
8. Reed & Caroline - "Singularity we bond". Lo más sorprendente a nivel instrumental de 2016: el complejo buchla al servicio de una composición que sabe mezclar experimentación con armonías pop.
9. Hannah Peel - "Tenderly". Cómo construir una balada en 2016, enriqueciendo los inspirados pero inevitables piano y voz con una cautivadora atmósfera.
10. Pet Shop Boys - "Say it to me". Arrimándose al freestyle como no lo hacían desde "Domino dancing", el mejor sencillo (que no el mejor tema) de su meritorio "Super".
11. Ladyhawke - "Wild things". La neozelandesa Pip Brown acertó de pleno insuflándole luminosidad a su propuesta, como lo prueba este emotivo sencillo.
12. Rüfüs - "Say a prayer". Desde Australia, la calidad y la elegancia en la música de baile sin estridencias y con instrumentos reales.
13. Warpaint - "New song". Inclasificable canción de un inclasificable grupo de chicas que sin embargo entregó el mejor estribillo del año, por su melodía y su instrumentación.
14. Rick Astley - "Angels on my side". Otra resurrección inesperada. Su maravillosa voz al servicio de un tema con toques soul y mucho más ágil de lo que cabría esperar en un ya "cincuentón".
15. Josef Salvat - "Paradise". Otro tema con ritmo y de gran elegancia desde las antípodas: el mejor crooner en lo que llevamos de década.
16. Feeder - "Universe of life". Grant Nicholas regresó de su aventura acústica con dosis de rock duro lleno de energía pero sin perder la musicalidad.
17. I Am Snow Angel - "Keep you out". Julie Kathryn desnuda sus emociones mezclando elementos orgánicos y electrónica con gran talento.
18. Kolaj - "The touch". Pop perfecto de 2016, arrimándose a las modas mainstream pero sin sucumbir a ellas gracias a su certera guitarra y su melodía de notas altísimas.
19. Birdy - "Keeping Your Head Up". Con apenas 20 años Jasmine Van Den Bogaerde ya juega a ser Florence Welch con esta preciosa composición.
20. Radiohead - "Burn the witch". El mejor sencillo de los británicos en casi 20 años: únicos, sí, pero reconocibles y con el certero cambio de tonalidad en el estribillo para enganchar a las masas.
Seguro que echan de menos temas de gran calidad que se han quedado fuera (este año había mucho donde elegir). Pero creo que al menos ninguna de las canciones de esta lista sobra, y demuestra que si nos lo proponemos sigue siendo relativamente sencillo encontrar nuevas propuestas que nos cautiven.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
George Michael: el último de la lista
Cuando hace unos días completé mi entrada sobre el álbum publicado por Vince Clarke y Paul Hartnoll, pensaba que ésa iba a ser la última entrada de este humilde blog en 2016. Sin embargo, el día de Navidad amaneció con el fallecimiento de George Michael, con apenas 53 años. No cabe duda de que este 2016 ha sido uno de los años más aciagos para el panorama musical contemporáneo si pensamos todas las figuras que nos han dejado (David Bowie, Prince, Leonard Cohen, Glenn Frey...), pero de entre todos probablemente el que menos parabienes vaya a generar sea Georgios Kyriacos Panayiotou. Precisamente por eso me he animado a escribir una entrada a modo de reconocimiento y pequeño homenaje.
Michael no fue un artista camaleónico a lo largo de varias décadas como Bowie, ni un creador stajanovista como Prince, ni un músico con aspiraciones de poeta como Cohen, ni el máximo exponente del rock genuinamente americano como Frey. Pero en mi opinión cantaba mucho mejor que Bowie, llenaba igual o mejor que Prince el escenario, componía unos temas más ricos musicalmente que Cohen y se arrimaba a otros géneros mejor que Frey. Y es que a pesar de que su imagen de sex-symbol para adolescentes le marcó (como no podía ser de otra manera) durante toda su carrera, conviene recordar que Michael era el compositor de la gran mayoría de los temas que interpretó (como Bowie), el principal instrumentista de los mejores álbumes de su discografía (como Prince), el letrista de todas esas canciones (como Cohen) y por supuesto el vocalista versátil que Frey nunca logró ser. Así que estamos hablando de un creador, músico y cantante de primer nivel.
Wham! fue el vehículo por el que Michael se dio a conocer, junto a Andrew Ridgeley. Un grupo por y para adolescentes, que explotaba la imagen de Michael por encima de la de su compañero, y cuya propuesta musical era el pop ochentero sin pretenciones. Un pop por cierto compuesto casi en exclusiva por Michael, y que junto a canciones idóneas para la potencial audiencia de la banda ("Young Guns (Go for It!)", "Club Tropicana" y sobre todo la que sigue amenizando muchas fiestas, "Wake Me Up Before You Go-Go") dejaba entrever el talento de Michael a la hora de entregar temas con otras miras ("Everything She Wants", "Careless Whisper", incluso la inevitable en estas fechas "Last Christmas"). Lo que sin duda contribuyó a la rápida disolución del dúo.
La memoria de George Michael estará inevitablemente ligada a la de "Faith", su álbum de debut 1987. Uno de los discos más vendidos de todos los tiempos, fue compuesto e interpretado prácticamente en su integridad por Michael, y afianzó su carrera como solista gracias a una serie de composiciones muy variadas, desde el rockabilly a las baladas soul pasando por el funk e incluso el synth-pop. Un álbum que ha soportado muy bien el paso del tiempo (pueden hacer la prueba ahora mismo si aún no lo conocen), con casi todos sus temas editados en formato sencillo y un poso de clasicismo incuestionable (parece imposible que "Kissing a fool" o "Faith" no sean versiones sino temas propios). Y que además contienen los que para mí fueron los dos mejores momentos de su carrera: la cuasi-autobiográfica "Father figure" y sobre todo el funk irresistible de "I want your sex", una composición formidable más allá de su incuestionable provocación.
Los restantes veintinueve años de carrera en solitario de Michael avanzaron a trancas y barrancas entre sus problemas personales y sus dificultades con las discográficas. "Listen without prejudice vol. I" (1990), su segundo álbum, estaba varios escalones por debajo de "Faith" a nivel creativo (probablemente de ahí el título) y encima careció de video-clips protagonizados por Michael que lo apoyaran, lo que explica su bajón comercial. Aunque contaba con algunos momentos billantes como "Waiting for that day" o "Heal the pain". Nunca hubo un volumen II, y a pesar de su memorable actuación en el homenaje a Freddy Mercury y de temas entregados con cuentagotas en diversos formatos en años posteriores, no fue hasta 1996 cuando vio la luz "Older", su tercer disco. Más maduro en el peor sentido de la palabra: muy lento en general, abonándose a las baladas y a la pose más seria y conservadora, aunque aún con un par de buenos momentos de funky y disco como "Star people" y sobre todo "Fastlove".
De hecho, en sus últimos veinte años Michael apenas publicó unas pocas canciones nuevas para recopilatorios o fines benéficos, y un único álbum más de canciones nuevas ("Patience", 2004), en el que adoptaba ya una defensa clara de la homosexualidad o de crítica política a la vez que extraía sus últimas gotas de inspiración en "Flawless (Go to the City)", probablemente el último momento interesante de su carrera, nuevamente abandonando la seriedad excesiva y reconvirtiendo un clásico bailable en un éxito contemporáneo.
Ese agotamiento creativo en sus últimos años (su último disco, "Symphonica" (2014) no era más que una revisión con orquesta sinfónica de viejos éxitos propios y ajenos) coincidió con su declive personal, tanto física como socialmente. Recluido en su mansión de Londres, descuidado en su apariencia, dependiente de las drogas y muy afectado por la muerte de sus parejas masculinas, la muerte lo ha encontrado en el punto más bajo de su existencia. Pero ello no debería hacernos olvidar su corto pero majestuoso legado, especialmente cuando fue capaz de hacer converger madurez, calidad y música de baile. Descanse en paz.
Michael no fue un artista camaleónico a lo largo de varias décadas como Bowie, ni un creador stajanovista como Prince, ni un músico con aspiraciones de poeta como Cohen, ni el máximo exponente del rock genuinamente americano como Frey. Pero en mi opinión cantaba mucho mejor que Bowie, llenaba igual o mejor que Prince el escenario, componía unos temas más ricos musicalmente que Cohen y se arrimaba a otros géneros mejor que Frey. Y es que a pesar de que su imagen de sex-symbol para adolescentes le marcó (como no podía ser de otra manera) durante toda su carrera, conviene recordar que Michael era el compositor de la gran mayoría de los temas que interpretó (como Bowie), el principal instrumentista de los mejores álbumes de su discografía (como Prince), el letrista de todas esas canciones (como Cohen) y por supuesto el vocalista versátil que Frey nunca logró ser. Así que estamos hablando de un creador, músico y cantante de primer nivel.
Wham! fue el vehículo por el que Michael se dio a conocer, junto a Andrew Ridgeley. Un grupo por y para adolescentes, que explotaba la imagen de Michael por encima de la de su compañero, y cuya propuesta musical era el pop ochentero sin pretenciones. Un pop por cierto compuesto casi en exclusiva por Michael, y que junto a canciones idóneas para la potencial audiencia de la banda ("Young Guns (Go for It!)", "Club Tropicana" y sobre todo la que sigue amenizando muchas fiestas, "Wake Me Up Before You Go-Go") dejaba entrever el talento de Michael a la hora de entregar temas con otras miras ("Everything She Wants", "Careless Whisper", incluso la inevitable en estas fechas "Last Christmas"). Lo que sin duda contribuyó a la rápida disolución del dúo.
La memoria de George Michael estará inevitablemente ligada a la de "Faith", su álbum de debut 1987. Uno de los discos más vendidos de todos los tiempos, fue compuesto e interpretado prácticamente en su integridad por Michael, y afianzó su carrera como solista gracias a una serie de composiciones muy variadas, desde el rockabilly a las baladas soul pasando por el funk e incluso el synth-pop. Un álbum que ha soportado muy bien el paso del tiempo (pueden hacer la prueba ahora mismo si aún no lo conocen), con casi todos sus temas editados en formato sencillo y un poso de clasicismo incuestionable (parece imposible que "Kissing a fool" o "Faith" no sean versiones sino temas propios). Y que además contienen los que para mí fueron los dos mejores momentos de su carrera: la cuasi-autobiográfica "Father figure" y sobre todo el funk irresistible de "I want your sex", una composición formidable más allá de su incuestionable provocación.
Los restantes veintinueve años de carrera en solitario de Michael avanzaron a trancas y barrancas entre sus problemas personales y sus dificultades con las discográficas. "Listen without prejudice vol. I" (1990), su segundo álbum, estaba varios escalones por debajo de "Faith" a nivel creativo (probablemente de ahí el título) y encima careció de video-clips protagonizados por Michael que lo apoyaran, lo que explica su bajón comercial. Aunque contaba con algunos momentos billantes como "Waiting for that day" o "Heal the pain". Nunca hubo un volumen II, y a pesar de su memorable actuación en el homenaje a Freddy Mercury y de temas entregados con cuentagotas en diversos formatos en años posteriores, no fue hasta 1996 cuando vio la luz "Older", su tercer disco. Más maduro en el peor sentido de la palabra: muy lento en general, abonándose a las baladas y a la pose más seria y conservadora, aunque aún con un par de buenos momentos de funky y disco como "Star people" y sobre todo "Fastlove".
De hecho, en sus últimos veinte años Michael apenas publicó unas pocas canciones nuevas para recopilatorios o fines benéficos, y un único álbum más de canciones nuevas ("Patience", 2004), en el que adoptaba ya una defensa clara de la homosexualidad o de crítica política a la vez que extraía sus últimas gotas de inspiración en "Flawless (Go to the City)", probablemente el último momento interesante de su carrera, nuevamente abandonando la seriedad excesiva y reconvirtiendo un clásico bailable en un éxito contemporáneo.
Ese agotamiento creativo en sus últimos años (su último disco, "Symphonica" (2014) no era más que una revisión con orquesta sinfónica de viejos éxitos propios y ajenos) coincidió con su declive personal, tanto física como socialmente. Recluido en su mansión de Londres, descuidado en su apariencia, dependiente de las drogas y muy afectado por la muerte de sus parejas masculinas, la muerte lo ha encontrado en el punto más bajo de su existencia. Pero ello no debería hacernos olvidar su corto pero majestuoso legado, especialmente cuando fue capaz de hacer converger madurez, calidad y música de baile. Descanse en paz.
lunes, 26 de diciembre de 2016
Vince Clarke & Paul Hartnoll: "2square" (2016)
De las numerosas colaboraciones que en el panorama musical internacional han dado fruto durante este 2016 que nos dejará en unos días, una de las más llamativas ha sido la de los británicos Vince Clarke y Paul Hartnoll. Por si no los ubican, Clarke lleva treinta años siendo el cerebro de Erasure, y anteriormente fue el co-fundador de los míticos Yazoo y el compositor de los primeros tiempos de Depeche Mode. Mientras que el mayor de los Hartnoll formó con su hermano Phil durante más de veinte años el dúo Orbital, uno de los principales referentes en la música techno a nivel mundial. Por lo que su talento creativo está fuera de toda duda, y lo que faltaba por comprobar era si el resultado ha sido una suma o, como sucedió hace unas pocas temporadas con el álbum conjunto de Vince Clarke y Martin L. Gore, una resta de talentos.
Desde que vio la luz este "2square" he leído varias críticas negativas. Que lógicamente si he decidido reseñar el álbum en este humilde blog, no comparto. En mi opinión se trata de un álbum correcto, de estilo definido, y que no va a defraudar ni a los seguidores históricos de Clarke ni, por supuesto, a los fans de Orbital. Es cierto que es un álbum relativamente corto (treinta y ocho minutos repartidos en ocho composiciones), que no aporta ninguna novedad al ya trillado panorama de la música electrónica del siglo XXI y que no todos sus temas rayan a la misma altura. Pero lo que está claro es que no se ha producido una resta de talentos, y que no hay espacio para los bostezos (a diferencia de otros álbumes de veteranos de la música electrónica que han visto la luz este 2016, como los de Jean Michel Jarre o Yello).
Si tenemos en cuenta que ni Clarke ni Hartnoll han ejercido nunca de cantantes, no nos sorprenderá que el resultado se parezca más a un álbum de Orbital que a cualquiera de los proyectos de Clarke. Eso es lo que sucede, pero la intervención de Clarke se deja sentir en ciertos guiños claramente pop, en la duración contenida de la mayoría de los temas, y en ciertos arpegios instrumentales como los que siempre se han hecho hueco en sus composiciones. Un buen ejemplo de esto (aunque también uno de los momentos menos inspirados) es "Better have a drink to think", el tema que abre el disco y que se publicó como sencillo de anticipo hace unos cuantos meses: un tempo relativamente alto si tenemos en cuenta la edad de sus creadores, y una facturación muy elaborada, pero al que lastra una progresión armónica no muy trabajada y que cede el protagonismo al sample vocal que repite una y otra vez el título hasta resultar fatigoso, y que sólo cuando desaparece permite apreciar unos intervalos instrumentales simplemente correctos.
Mucho mejor es en mi opinión "Zombie blip", segundo corte, eminentemente bailable, con una progresión armónica ahora sí muy trabajada y parte de la luminosidad pop de Clarke complementando las capas de sintetizadores de Hartnoll, y realzada por el certero pasaje para "coger fuerzas" a mitad del tema. Un escalón por debajo pero en un buen nivel se sitúa "The echoes", más atmosférico y de desarrollo más lento que las dos anteriores, que va creciendo gradualmente conforme el dúo va añadiendo instrumentos y en el que un sintetizador típico de Clarke desempeña el papel de las imaginarias armonías vocales en los minutos centrales. "Do-a-bong" es el tema más claramente Orbital de todo el álbum, con ese teclado principal que podría estar extraído perfectamente de su "Brown album" (1993), completado por otro sampling vocal que no resulta tan reiterativo como el del primer corte (entre otras razones porque toda la canción dura apenas tres minutos y medio).
La segunda mitad del álbum arranca con el que es en mi opinión el otro gran momento del álbum: "The shortcut", construido sobre una elaborada progresión armónica de ocho compases, que se combina con intervalos monocordes para aumentar la sensación de ambientación espacial muy en la línea de "Wonky" (2012, el último álbum de Orbital), con el siempre efectivo crescendo en su parte intermedia y una certera superposición de diversos sintetizadores interpretando notas diferentes en su tramo final. "Single function" insiste en ese techno de facturación clásica y cercano a la pista de baile, y es otro buen momento del álbum, con las slow strings envolviendo un conjunto equilibrado de percusiones y sintetizadores. "All out" es el tema más personal del álbum, y también la canción con una parte vocal más larga, a medio camino entre el hip-hop y el dub, complementada con la instrumentación más pretendidamente orgánica, incluyendo un piano típico del acid-house. Y el álbum lo cierra "Underwater", que sin ser el mejor tema del disco sí que es un sencillo mucho más representativo e inspirado que el primer corte: una canción que nos retrotrae a la época dorada del intelligent techno, con instrumentos que van y vienen sobre una progresión armónica repetida constantemente pero elaborada, y a la que como mayor pero le sobran uno o dos minutos.
Con la gradual desaparición de instrumentos de "Underwater" termina este "2square" que, sin grandes aspiraciones, nos demuestra que la química entre estos dos "tótems" de las últimas décadas funciona a un nivel razonable, con una cohesión estilística incuestionable, un apego a las armonías muy de agradecer en estos tiempos de escasa musicalidad, la negativa a acomodarse en tempos lentos, y las suficientes dosis de creatividad. Así que personalmente espero que no se quede en un solo capítulo y que vuelvan a cruzar sus caminos en los próximos años. Porque yo al menos siempre acabo encontrando el momento para disfrutar de un disco de techno clásico como éste.
Desde que vio la luz este "2square" he leído varias críticas negativas. Que lógicamente si he decidido reseñar el álbum en este humilde blog, no comparto. En mi opinión se trata de un álbum correcto, de estilo definido, y que no va a defraudar ni a los seguidores históricos de Clarke ni, por supuesto, a los fans de Orbital. Es cierto que es un álbum relativamente corto (treinta y ocho minutos repartidos en ocho composiciones), que no aporta ninguna novedad al ya trillado panorama de la música electrónica del siglo XXI y que no todos sus temas rayan a la misma altura. Pero lo que está claro es que no se ha producido una resta de talentos, y que no hay espacio para los bostezos (a diferencia de otros álbumes de veteranos de la música electrónica que han visto la luz este 2016, como los de Jean Michel Jarre o Yello).
Si tenemos en cuenta que ni Clarke ni Hartnoll han ejercido nunca de cantantes, no nos sorprenderá que el resultado se parezca más a un álbum de Orbital que a cualquiera de los proyectos de Clarke. Eso es lo que sucede, pero la intervención de Clarke se deja sentir en ciertos guiños claramente pop, en la duración contenida de la mayoría de los temas, y en ciertos arpegios instrumentales como los que siempre se han hecho hueco en sus composiciones. Un buen ejemplo de esto (aunque también uno de los momentos menos inspirados) es "Better have a drink to think", el tema que abre el disco y que se publicó como sencillo de anticipo hace unos cuantos meses: un tempo relativamente alto si tenemos en cuenta la edad de sus creadores, y una facturación muy elaborada, pero al que lastra una progresión armónica no muy trabajada y que cede el protagonismo al sample vocal que repite una y otra vez el título hasta resultar fatigoso, y que sólo cuando desaparece permite apreciar unos intervalos instrumentales simplemente correctos.
Mucho mejor es en mi opinión "Zombie blip", segundo corte, eminentemente bailable, con una progresión armónica ahora sí muy trabajada y parte de la luminosidad pop de Clarke complementando las capas de sintetizadores de Hartnoll, y realzada por el certero pasaje para "coger fuerzas" a mitad del tema. Un escalón por debajo pero en un buen nivel se sitúa "The echoes", más atmosférico y de desarrollo más lento que las dos anteriores, que va creciendo gradualmente conforme el dúo va añadiendo instrumentos y en el que un sintetizador típico de Clarke desempeña el papel de las imaginarias armonías vocales en los minutos centrales. "Do-a-bong" es el tema más claramente Orbital de todo el álbum, con ese teclado principal que podría estar extraído perfectamente de su "Brown album" (1993), completado por otro sampling vocal que no resulta tan reiterativo como el del primer corte (entre otras razones porque toda la canción dura apenas tres minutos y medio).
La segunda mitad del álbum arranca con el que es en mi opinión el otro gran momento del álbum: "The shortcut", construido sobre una elaborada progresión armónica de ocho compases, que se combina con intervalos monocordes para aumentar la sensación de ambientación espacial muy en la línea de "Wonky" (2012, el último álbum de Orbital), con el siempre efectivo crescendo en su parte intermedia y una certera superposición de diversos sintetizadores interpretando notas diferentes en su tramo final. "Single function" insiste en ese techno de facturación clásica y cercano a la pista de baile, y es otro buen momento del álbum, con las slow strings envolviendo un conjunto equilibrado de percusiones y sintetizadores. "All out" es el tema más personal del álbum, y también la canción con una parte vocal más larga, a medio camino entre el hip-hop y el dub, complementada con la instrumentación más pretendidamente orgánica, incluyendo un piano típico del acid-house. Y el álbum lo cierra "Underwater", que sin ser el mejor tema del disco sí que es un sencillo mucho más representativo e inspirado que el primer corte: una canción que nos retrotrae a la época dorada del intelligent techno, con instrumentos que van y vienen sobre una progresión armónica repetida constantemente pero elaborada, y a la que como mayor pero le sobran uno o dos minutos.
Con la gradual desaparición de instrumentos de "Underwater" termina este "2square" que, sin grandes aspiraciones, nos demuestra que la química entre estos dos "tótems" de las últimas décadas funciona a un nivel razonable, con una cohesión estilística incuestionable, un apego a las armonías muy de agradecer en estos tiempos de escasa musicalidad, la negativa a acomodarse en tempos lentos, y las suficientes dosis de creatividad. Así que personalmente espero que no se quede en un solo capítulo y que vuelvan a cruzar sus caminos en los próximos años. Porque yo al menos siempre acabo encontrando el momento para disfrutar de un disco de techno clásico como éste.
domingo, 4 de diciembre de 2016
Tiny Fireflies: "The space between" (2016)
De los artistas que han debutado en formato álbum en este 2016 que se está acercando a su final, uno de los que más me han llamado la atención han sido los estadounidenses Tiny Fireflies. Que en realidad son un dúo de futuro incierto, puesto que sus dos componentes pertenecen a otras dos bandas: Kristine Capua (voz, teclados y compositora) es la líder de Tiny Objects, y Lisle Mitnik (guitarras, teclados, programaciones, producción) es parte de Fireflies. Pero la química entre ambos ha hecho que algo que empezó hace unos años en Chicago como un divertimento ocasional haya ido creciendo hasta que el pasado mes de enero viera la luz "The space between", un álbum completo de temas creados para la ocasión.
"The space between" cumple por los pelos con el mínimo contenido exigible a un álbum: apenas 9 temas nuevos (10 en la edición japonesa) y sólo 34 minutos de un dream-pop mayoritariamente nostálgico, triste, pero de una sensibilidad exquisita. Que no suena amateur a pesar de lo limitado de sus medios gracias a la inteligencia de Lisle como productor y sobre todo a Ian Catt, que les resultará familiar a quienes ya peinan canas por ser el ingeniero y productor adicional de los mejores momentos de los británicos Saint Etienne. Y que se convierte en la banda sonora ideal para un día frío y lluvioso como corresponde a esta época del año.
"Stay", el tema que abre el álbum, representa perfectamente lo que nos vamos a encontrar: muchas slow strings en el Roland de Kristine marcando los acordes, muchos arpegios de steel guitar de Lisle, bajos sintetizados y baterías programadas, voces intimistas que se doblan una y otra vez... En esta oportunidad la composición es de las más inspiradas, con una excelente progresión armónica y una melodía que no le va a la zaga, con el único pero de una estructura excesivamente corta: sólo una estrofa, un estribillo no muy definido y una excelente coda, que sin embargo deja la impresión de que el tema podía haber dado más de sí. "Taken", segundo corte, fue el primer sencillo que se extrajo, hace ya un año, y mi segundo tema favorito: otro medio tiempo de pop atmosférico, envolvente, con una estructura que ahora sí aprovecha mejor la canción (entrada, estrofa, puente, estribillo, intervalo instrumental), una sensacional melodía, unas armonías maravillosas, unos preciosos pasajes instrumentales y una letra triste que no puede encajar mejor con el conjunto. Aunque puestos a resaltar una joya, esa es en mi opinión "Ghost", el segundo sencillo extraído del álbum, un tema de tempo más alto que empieza directamente con la voz de Kristine entonando una formidable melodía de principio a fin, que pone los pelos de punta cuando en el estribillo afirma "All I want is to take these memories of you and throw them away", para dejar después que las dos guitarras de Lisle se recreen hasta la siguiente estrofa. Por ponerle algún pero, la batería programada peca de simplona en el estribillo y los overdubs, pero no cabe duda de que formará parte de mi lista de mejores canciones de 2016, y llega mucho más lejos de lo que por ejemplo Wild Nothings serán capaz de alcanzar nunca.
Para cualquier álbum sería prácticamente imposible mantener el nivel de estos tres temazos. Eso le sucede a "The space between", aunque afortunadamente ninguno de sus cortes desentona del resto. De una de las frases de "Melody", su cuarto corte, toma el álbum el título. Es una balada que se mueve por los mismos parámetros en cuanto a instrumentación y melancolía, pero que se sostenta sobre unas estrofas con un punto "sensiblero" y un estribillo menos inspirado. "Brightest star" es, sin llegar al nivel de la tripleta inicial, otra muy buena canción, quizá la más claramente techno-pop del álbum a lo Pet Shop Boys (sobre todo en las estrofas), aunque en el estribillo suenen a ellos mismos merced a una melodía de notas altas difíciles de interpretar, y enriquezcan la canción con una segunda estrofa de notas diferentes a la de la primera. "If it's true" supone un cambio de registro, pues aunque con mimbres parecidos a los del resto de canciones propone una melodía más optimista y una letra más vitalista, resultando un tema que oxigena el álbum pero que no llega a la altura de sus mejores momentos.
El tercio final lo inicia "Alive", el tema más largo del álbum, con el omnipresente Roland y la voz de Kristine liderando desde el comienzo el penúltimo gran momento del álbum, sobre todo en su melancólico estribillo, que da sentido a la desolación que Kristine entona en la letra. "Youth" es la segunda y última dosis de optimismo entre tanta decepción: una canción que reivindica su juventud y sus ganas de protagonizar emociones mediante otra certera progresión armónica y una inspirada melodía. El cierre lo pone "Wake up", que a pesar de ser el tema más lento del álbum no termina de funcionar como colofón, ya que le falta un punto de inspiración y resulta un tanto derivativo en su desarrollo.
Si pasamos por alto el escaso margen de sorpresa en la instrumentación y el escaso minutaje, terminaremos por apreciar "The space between" como uno de los debuts de más talento que ha dado el año: dos canciones maravillosas y otras cuatro excelentes es algo complicado de encontrar en álbumes mucho más largos y con mayores medios. Más aún cuando lo que buscan es algo tan difícil de conseguir como la emoción del melómano. La pena es que ni siquiera hay certeza de que el proyecto se vaya a consolidar en años venideros, y menos cuando su repercusión ha sido tan limitada a nivel de crítica y público. Déjemos emocionar por Kristine y Lisle en todo caso, ya veremos el futuro lo que les deparará.
"The space between" cumple por los pelos con el mínimo contenido exigible a un álbum: apenas 9 temas nuevos (10 en la edición japonesa) y sólo 34 minutos de un dream-pop mayoritariamente nostálgico, triste, pero de una sensibilidad exquisita. Que no suena amateur a pesar de lo limitado de sus medios gracias a la inteligencia de Lisle como productor y sobre todo a Ian Catt, que les resultará familiar a quienes ya peinan canas por ser el ingeniero y productor adicional de los mejores momentos de los británicos Saint Etienne. Y que se convierte en la banda sonora ideal para un día frío y lluvioso como corresponde a esta época del año.
"Stay", el tema que abre el álbum, representa perfectamente lo que nos vamos a encontrar: muchas slow strings en el Roland de Kristine marcando los acordes, muchos arpegios de steel guitar de Lisle, bajos sintetizados y baterías programadas, voces intimistas que se doblan una y otra vez... En esta oportunidad la composición es de las más inspiradas, con una excelente progresión armónica y una melodía que no le va a la zaga, con el único pero de una estructura excesivamente corta: sólo una estrofa, un estribillo no muy definido y una excelente coda, que sin embargo deja la impresión de que el tema podía haber dado más de sí. "Taken", segundo corte, fue el primer sencillo que se extrajo, hace ya un año, y mi segundo tema favorito: otro medio tiempo de pop atmosférico, envolvente, con una estructura que ahora sí aprovecha mejor la canción (entrada, estrofa, puente, estribillo, intervalo instrumental), una sensacional melodía, unas armonías maravillosas, unos preciosos pasajes instrumentales y una letra triste que no puede encajar mejor con el conjunto. Aunque puestos a resaltar una joya, esa es en mi opinión "Ghost", el segundo sencillo extraído del álbum, un tema de tempo más alto que empieza directamente con la voz de Kristine entonando una formidable melodía de principio a fin, que pone los pelos de punta cuando en el estribillo afirma "All I want is to take these memories of you and throw them away", para dejar después que las dos guitarras de Lisle se recreen hasta la siguiente estrofa. Por ponerle algún pero, la batería programada peca de simplona en el estribillo y los overdubs, pero no cabe duda de que formará parte de mi lista de mejores canciones de 2016, y llega mucho más lejos de lo que por ejemplo Wild Nothings serán capaz de alcanzar nunca.
Para cualquier álbum sería prácticamente imposible mantener el nivel de estos tres temazos. Eso le sucede a "The space between", aunque afortunadamente ninguno de sus cortes desentona del resto. De una de las frases de "Melody", su cuarto corte, toma el álbum el título. Es una balada que se mueve por los mismos parámetros en cuanto a instrumentación y melancolía, pero que se sostenta sobre unas estrofas con un punto "sensiblero" y un estribillo menos inspirado. "Brightest star" es, sin llegar al nivel de la tripleta inicial, otra muy buena canción, quizá la más claramente techno-pop del álbum a lo Pet Shop Boys (sobre todo en las estrofas), aunque en el estribillo suenen a ellos mismos merced a una melodía de notas altas difíciles de interpretar, y enriquezcan la canción con una segunda estrofa de notas diferentes a la de la primera. "If it's true" supone un cambio de registro, pues aunque con mimbres parecidos a los del resto de canciones propone una melodía más optimista y una letra más vitalista, resultando un tema que oxigena el álbum pero que no llega a la altura de sus mejores momentos.
El tercio final lo inicia "Alive", el tema más largo del álbum, con el omnipresente Roland y la voz de Kristine liderando desde el comienzo el penúltimo gran momento del álbum, sobre todo en su melancólico estribillo, que da sentido a la desolación que Kristine entona en la letra. "Youth" es la segunda y última dosis de optimismo entre tanta decepción: una canción que reivindica su juventud y sus ganas de protagonizar emociones mediante otra certera progresión armónica y una inspirada melodía. El cierre lo pone "Wake up", que a pesar de ser el tema más lento del álbum no termina de funcionar como colofón, ya que le falta un punto de inspiración y resulta un tanto derivativo en su desarrollo.
Si pasamos por alto el escaso margen de sorpresa en la instrumentación y el escaso minutaje, terminaremos por apreciar "The space between" como uno de los debuts de más talento que ha dado el año: dos canciones maravillosas y otras cuatro excelentes es algo complicado de encontrar en álbumes mucho más largos y con mayores medios. Más aún cuando lo que buscan es algo tan difícil de conseguir como la emoción del melómano. La pena es que ni siquiera hay certeza de que el proyecto se vaya a consolidar en años venideros, y menos cuando su repercusión ha sido tan limitada a nivel de crítica y público. Déjemos emocionar por Kristine y Lisle en todo caso, ya veremos el futuro lo que les deparará.
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