Las revisiones anuales que diversas publicaciones y blogs especializados realizan de lo más interesante publicado a nivel musical en el año que acaba de terminar son una buena oportunidad de descubrir álbumes que habían pasado desapercibidos. Eso es lo que me ha sucedido con "Evolve", el segundo álbum de los para mí hasta ahora desconocidos Sinestar: un cuarteto de Bristol, Reino Unido, que, musicalmente hablando, proponen una llamativa mezcla entre Depeche Mode, And One y Erasure, con añadidos del eurobeat y del trance que coparon las listas de ventas en los noventa. Lo que provoca que este "Evolve" combine momentos en mi opinión interesantes y muy adecuados para actuaciones en directo con otros ramplones y casi casi prescindibles. Aunque como el álbum es bastante largo (catorce temas) hay argumentos suficientes para reseñarlo en este humilde blog.
Sinestar lo forman Iain Brownlie (voz, guitarra), Mark Trueman (sintetizadores), James Skuse (bajo) y Matt Mohangee (batería). Aunque el rol de los dos últimos es bastante discreto, puesto que en muchos temas se nota claramente que la percusión está creada con cajas, bombos y platillos programados, y la línea de bajo es generalmente sintetizada. Salvo que sean ellos quienes programen batería y bajo en todas esas composiciones, claro. Así que el grueso de su sonido recae en Brownlie (un vocalista de registro amplio pero con tendencia a enfatizar en exceso sus interpretaciones, un poco en la línea de Matt Belamy de Muse) y Mark Trueman (un teclista competente que siempre enriquece las canciones con arpegios y detalles certeros).
El álbum se abre con "Ready, set, go and die", una buena muestra del estilo predominante del álbum: tempo alto, bombo en primer plano orientado a la pista de baile, bajo sintetizado, una melodía elaborada, un teclado completando con acierto estrofa y estribillo... y un cierto sabor al eurobeat más previsible, sobre el cual la voz tendente al histrionismo Brownlie no termina de encajar, dos factores que restan puntos no sólo a éste sino a buena parte de los temas. En la misma línea sigue "The Madness Of Control", que bebe más claramente del eurobeat (¿recuerdan a Haddaway?), y se queda en mi opinión un escalón por debajo de su predecesora. "The Same Way" fue el sencillo que anticipó el álbum en 2015, y aun moviéndose en los mismos parámetros que las anteriores, me parece uno de los momentos más inspirados del álbum: un toque de oscuridad a lo Depeche Mode, que encaja mejor con la base contundente sobre la que se construye el tema, y que permite a Brownlie forzar menos la voz en las meritorias estrofas.
"Stop the clocks" es el primero de los temas claramente deudores de Vince Clarke y Andy Bell: un medio tiempo luminoso, de sintetizadores juguetones y estribillo pop correcto pero al que le falta magia. Más inspirado es el siguiente corte, quizá lo más brillante que "ha publicado Erasure" en el último lustro: "Heart to the fire" tiene ese comienzo puramente sintético tan habitual en el dúo que da pie a un precioso sintetizador que ensalza brillantemente los intervalos instrumentales, y que da pie a una inspirada melodía de puro pop atemporal. Con un estribillo de notas un poco menos forzadas sería un temazo incontestable. "Fortune faded", siguiente corte y segundo sencillo, vuelve a acelerar los bpms y a arrimarse en esta ocasión al techno alemán, a medio camino entre And One y Sash!, dando como resultado un tema machacón y para mi gusto bastante ramplón. "Running home" es un tema de instrumentación menos electrónica (ahora sí se escucha claramente una batería) y vocación más poppy, como lo refrenda la colaboración vocal de la para mí desconocida Hannah Brownlie, imagino que hermana de Iain. Aunque esto causa que el resultado sea un tanto anodino. "Falling" sea quizá junto "Heart to the fire" el mejor momento de todo el álbum: una progresión armónica tenebrosa e intensa sobre la que Brownlie no necesita forzar la voz, refrendada por un bajo sintetizado tan obsesivo como eficaz, y con pequeños toques de guitarra en los intervalos instrumentales que le sientan muy bien.
"Avoiding the silence" tiene un toque de electrónica escandinava en sus estrofas, aunque en el estribillo casi parece una versión de los olvidados Culture Beat, volviendo a quedarse a medio camino entre lo meritorio y lo ramplón. Le sigue "Time expired", el tema que más recuerda a Depeche Mode, más lento que el anterior, menos orientado instrumentalmente a la pista de baile, y nuevamente con unas estrofas más inspiradas que el estribillo. "The mirror song" juega a ser la canción más diferente del disco: también arranca como una composición inspirada en Erasure, hasta llegar a un estribillo en falsete propio del Andy Bell más sensiblero, pero hacia la mitad cambia de tonalidad y entran una batería "de verdad" y una guitarra distorsionada de fondo, que remata un pequeño rap con el que Brownlie se atreve para explotar al máximo el tema. Con lo que sin resultar brillante sí que aporta originalidad.
"Chemical romance" se acerca al Hi-NRG de principios de los ochenta con sus bases sintéticas y su melodía sencilla y un tanto obsesiva, en un estribillo sabiamente realzado por el cambio en la progresión armónica. "My perspective" regresa a la senda más transitada de "Evolve", a medio camino entre el synthpop y el eurobeat, nuevamente con los teclados de Trueman como mejor baza de un tema simplemente correcto. Y "Sentinel" es una forma no excesivamente brillante de cerrar este extenso álbum, con el segundo tema menos electrónico del mismo, ritmo cadencioso y una atmósfera ominosa, cuya mejor baza es el intervalo instrumental sobre el que finalmente Brownlie entona "We're trying...".
Si uno le concede varias oportunidades a "Evolve" y se abstrae de ciertas referencias casposas y de algunos momentos ramplones, en seguida empezarán a florecer virtudes suficientes como para no eliminarlo de nuestra discoteca particular. Lo que no tengo claro es qué evolución seguirá la banda: porque por propuesta este álbum debería haber tenido una difusión mucha mayor de la que en realidad ha alcanzado. Pero supongamos que esa escasa repercusión no cercena la banda, que el cuarteto aprende a separar mejor lo bueno de lo malo de su propuesta, y que Brownlie logra adaptar su voz al estilo de cada tema. Si todo ello sucede, estaremos ante una banda con un futuro muy prometedor. Pero no aventuremos el futuro y quedémonos de momento con lo más meritorio de su presente.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
domingo, 29 de enero de 2017
martes, 10 de enero de 2017
Las 20 mejores canciones internacionales de 2016
Como viene siendo ya tradición en este humilde blog ha llegado la hora de echar la vista atrás y proponer listas que nos permitan sintetizar lo mejor de este 2016 que acaba de finalizar. Una vez más rehusaré proponer una lista con los mejores álbumes del año, dado que el volumen de discos publicados excede ampliamente los cincuenta o sesenta que consigo escuchar. Pero una vez más vuelvo a proponer una lista con 20 canciones internacionales que recordar de este 2016. Con los dos criterios ya habituales: seleccionar temas que hayan visto la luz en formato sencillo/videoclip, y escoger una única canción por artista, para conseguir una panorámica lo más amplia posible del planeta musical contemporáneo. Como de costumbre siempre intentando localizar la emoción, el talento, la personalidad, la melodía y, al fin y al cabo, la calidad que siempre anhela encontrar este blog.
Ésta es la lista. Tras un 2015 un poco más electrónico que de costumbre, 2016 ha vuelto a ofrecer momentos destacados en una mayor variedad de estilos. Confirmando además que, como en temporadas anteriores, los E.E.U.U. siguen perdiendo relevancia creativa a costa de otros países muy pujantes musicalmente como Suecia o Australia.
1. The Hearing - "Backwards". La canción del año cautiva una y otra vez con su melodía imposible en las estrofas y el contraste con la frialdad genuinamente sueca de su teclado principal.
2. Tiny Fireflies - "Ghost". El mejor tema de dream pop en años, con armonías maravillosas y de una elegancia y una sensibilidad sublimes.
3. Mainland - "Not as cool as me". Rock, psicodelia, estribillo coreable y un riff de guitarra con el que increíblemente nadie antes había dado.
4. Clare Maguire - "Elizabeth Taylor". La mejor balada "clásica" del año: bonito piano, gran letra, certera sección de cuerda y formidable interpretación vocal.
5. Underworld - "Ova Nova". El mejor exponente de la "resurrección" de Karl Hyde y Rick Smith: 100% Underworld, 100% techno, 100% bailable, 100% adictivo.
6. Bleached - "Wednesday night melody". Indie-rock que rehúye la repetitividad y la suple con una sorprendente montaña rusa de partes casi imposibles de enlazar.
7. School Of Seven Bells - "Ablaze". El mejor homenaje posible al tristemente fallecido Ben Curtis: optimista, envolvente, clásico y sin embargo contemporáneo.
8. Reed & Caroline - "Singularity we bond". Lo más sorprendente a nivel instrumental de 2016: el complejo buchla al servicio de una composición que sabe mezclar experimentación con armonías pop.
9. Hannah Peel - "Tenderly". Cómo construir una balada en 2016, enriqueciendo los inspirados pero inevitables piano y voz con una cautivadora atmósfera.
10. Pet Shop Boys - "Say it to me". Arrimándose al freestyle como no lo hacían desde "Domino dancing", el mejor sencillo (que no el mejor tema) de su meritorio "Super".
11. Ladyhawke - "Wild things". La neozelandesa Pip Brown acertó de pleno insuflándole luminosidad a su propuesta, como lo prueba este emotivo sencillo.
12. Rüfüs - "Say a prayer". Desde Australia, la calidad y la elegancia en la música de baile sin estridencias y con instrumentos reales.
13. Warpaint - "New song". Inclasificable canción de un inclasificable grupo de chicas que sin embargo entregó el mejor estribillo del año, por su melodía y su instrumentación.
14. Rick Astley - "Angels on my side". Otra resurrección inesperada. Su maravillosa voz al servicio de un tema con toques soul y mucho más ágil de lo que cabría esperar en un ya "cincuentón".
15. Josef Salvat - "Paradise". Otro tema con ritmo y de gran elegancia desde las antípodas: el mejor crooner en lo que llevamos de década.
16. Feeder - "Universe of life". Grant Nicholas regresó de su aventura acústica con dosis de rock duro lleno de energía pero sin perder la musicalidad.
17. I Am Snow Angel - "Keep you out". Julie Kathryn desnuda sus emociones mezclando elementos orgánicos y electrónica con gran talento.
18. Kolaj - "The touch". Pop perfecto de 2016, arrimándose a las modas mainstream pero sin sucumbir a ellas gracias a su certera guitarra y su melodía de notas altísimas.
19. Birdy - "Keeping Your Head Up". Con apenas 20 años Jasmine Van Den Bogaerde ya juega a ser Florence Welch con esta preciosa composición.
20. Radiohead - "Burn the witch". El mejor sencillo de los británicos en casi 20 años: únicos, sí, pero reconocibles y con el certero cambio de tonalidad en el estribillo para enganchar a las masas.
Seguro que echan de menos temas de gran calidad que se han quedado fuera (este año había mucho donde elegir). Pero creo que al menos ninguna de las canciones de esta lista sobra, y demuestra que si nos lo proponemos sigue siendo relativamente sencillo encontrar nuevas propuestas que nos cautiven.
Ésta es la lista. Tras un 2015 un poco más electrónico que de costumbre, 2016 ha vuelto a ofrecer momentos destacados en una mayor variedad de estilos. Confirmando además que, como en temporadas anteriores, los E.E.U.U. siguen perdiendo relevancia creativa a costa de otros países muy pujantes musicalmente como Suecia o Australia.
1. The Hearing - "Backwards". La canción del año cautiva una y otra vez con su melodía imposible en las estrofas y el contraste con la frialdad genuinamente sueca de su teclado principal.
2. Tiny Fireflies - "Ghost". El mejor tema de dream pop en años, con armonías maravillosas y de una elegancia y una sensibilidad sublimes.
3. Mainland - "Not as cool as me". Rock, psicodelia, estribillo coreable y un riff de guitarra con el que increíblemente nadie antes había dado.
4. Clare Maguire - "Elizabeth Taylor". La mejor balada "clásica" del año: bonito piano, gran letra, certera sección de cuerda y formidable interpretación vocal.
5. Underworld - "Ova Nova". El mejor exponente de la "resurrección" de Karl Hyde y Rick Smith: 100% Underworld, 100% techno, 100% bailable, 100% adictivo.
6. Bleached - "Wednesday night melody". Indie-rock que rehúye la repetitividad y la suple con una sorprendente montaña rusa de partes casi imposibles de enlazar.
7. School Of Seven Bells - "Ablaze". El mejor homenaje posible al tristemente fallecido Ben Curtis: optimista, envolvente, clásico y sin embargo contemporáneo.
8. Reed & Caroline - "Singularity we bond". Lo más sorprendente a nivel instrumental de 2016: el complejo buchla al servicio de una composición que sabe mezclar experimentación con armonías pop.
9. Hannah Peel - "Tenderly". Cómo construir una balada en 2016, enriqueciendo los inspirados pero inevitables piano y voz con una cautivadora atmósfera.
10. Pet Shop Boys - "Say it to me". Arrimándose al freestyle como no lo hacían desde "Domino dancing", el mejor sencillo (que no el mejor tema) de su meritorio "Super".
11. Ladyhawke - "Wild things". La neozelandesa Pip Brown acertó de pleno insuflándole luminosidad a su propuesta, como lo prueba este emotivo sencillo.
12. Rüfüs - "Say a prayer". Desde Australia, la calidad y la elegancia en la música de baile sin estridencias y con instrumentos reales.
13. Warpaint - "New song". Inclasificable canción de un inclasificable grupo de chicas que sin embargo entregó el mejor estribillo del año, por su melodía y su instrumentación.
14. Rick Astley - "Angels on my side". Otra resurrección inesperada. Su maravillosa voz al servicio de un tema con toques soul y mucho más ágil de lo que cabría esperar en un ya "cincuentón".
15. Josef Salvat - "Paradise". Otro tema con ritmo y de gran elegancia desde las antípodas: el mejor crooner en lo que llevamos de década.
16. Feeder - "Universe of life". Grant Nicholas regresó de su aventura acústica con dosis de rock duro lleno de energía pero sin perder la musicalidad.
17. I Am Snow Angel - "Keep you out". Julie Kathryn desnuda sus emociones mezclando elementos orgánicos y electrónica con gran talento.
18. Kolaj - "The touch". Pop perfecto de 2016, arrimándose a las modas mainstream pero sin sucumbir a ellas gracias a su certera guitarra y su melodía de notas altísimas.
19. Birdy - "Keeping Your Head Up". Con apenas 20 años Jasmine Van Den Bogaerde ya juega a ser Florence Welch con esta preciosa composición.
20. Radiohead - "Burn the witch". El mejor sencillo de los británicos en casi 20 años: únicos, sí, pero reconocibles y con el certero cambio de tonalidad en el estribillo para enganchar a las masas.
Seguro que echan de menos temas de gran calidad que se han quedado fuera (este año había mucho donde elegir). Pero creo que al menos ninguna de las canciones de esta lista sobra, y demuestra que si nos lo proponemos sigue siendo relativamente sencillo encontrar nuevas propuestas que nos cautiven.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
George Michael: el último de la lista
Cuando hace unos días completé mi entrada sobre el álbum publicado por Vince Clarke y Paul Hartnoll, pensaba que ésa iba a ser la última entrada de este humilde blog en 2016. Sin embargo, el día de Navidad amaneció con el fallecimiento de George Michael, con apenas 53 años. No cabe duda de que este 2016 ha sido uno de los años más aciagos para el panorama musical contemporáneo si pensamos todas las figuras que nos han dejado (David Bowie, Prince, Leonard Cohen, Glenn Frey...), pero de entre todos probablemente el que menos parabienes vaya a generar sea Georgios Kyriacos Panayiotou. Precisamente por eso me he animado a escribir una entrada a modo de reconocimiento y pequeño homenaje.
Michael no fue un artista camaleónico a lo largo de varias décadas como Bowie, ni un creador stajanovista como Prince, ni un músico con aspiraciones de poeta como Cohen, ni el máximo exponente del rock genuinamente americano como Frey. Pero en mi opinión cantaba mucho mejor que Bowie, llenaba igual o mejor que Prince el escenario, componía unos temas más ricos musicalmente que Cohen y se arrimaba a otros géneros mejor que Frey. Y es que a pesar de que su imagen de sex-symbol para adolescentes le marcó (como no podía ser de otra manera) durante toda su carrera, conviene recordar que Michael era el compositor de la gran mayoría de los temas que interpretó (como Bowie), el principal instrumentista de los mejores álbumes de su discografía (como Prince), el letrista de todas esas canciones (como Cohen) y por supuesto el vocalista versátil que Frey nunca logró ser. Así que estamos hablando de un creador, músico y cantante de primer nivel.
Wham! fue el vehículo por el que Michael se dio a conocer, junto a Andrew Ridgeley. Un grupo por y para adolescentes, que explotaba la imagen de Michael por encima de la de su compañero, y cuya propuesta musical era el pop ochentero sin pretenciones. Un pop por cierto compuesto casi en exclusiva por Michael, y que junto a canciones idóneas para la potencial audiencia de la banda ("Young Guns (Go for It!)", "Club Tropicana" y sobre todo la que sigue amenizando muchas fiestas, "Wake Me Up Before You Go-Go") dejaba entrever el talento de Michael a la hora de entregar temas con otras miras ("Everything She Wants", "Careless Whisper", incluso la inevitable en estas fechas "Last Christmas"). Lo que sin duda contribuyó a la rápida disolución del dúo.
La memoria de George Michael estará inevitablemente ligada a la de "Faith", su álbum de debut 1987. Uno de los discos más vendidos de todos los tiempos, fue compuesto e interpretado prácticamente en su integridad por Michael, y afianzó su carrera como solista gracias a una serie de composiciones muy variadas, desde el rockabilly a las baladas soul pasando por el funk e incluso el synth-pop. Un álbum que ha soportado muy bien el paso del tiempo (pueden hacer la prueba ahora mismo si aún no lo conocen), con casi todos sus temas editados en formato sencillo y un poso de clasicismo incuestionable (parece imposible que "Kissing a fool" o "Faith" no sean versiones sino temas propios). Y que además contienen los que para mí fueron los dos mejores momentos de su carrera: la cuasi-autobiográfica "Father figure" y sobre todo el funk irresistible de "I want your sex", una composición formidable más allá de su incuestionable provocación.
Los restantes veintinueve años de carrera en solitario de Michael avanzaron a trancas y barrancas entre sus problemas personales y sus dificultades con las discográficas. "Listen without prejudice vol. I" (1990), su segundo álbum, estaba varios escalones por debajo de "Faith" a nivel creativo (probablemente de ahí el título) y encima careció de video-clips protagonizados por Michael que lo apoyaran, lo que explica su bajón comercial. Aunque contaba con algunos momentos billantes como "Waiting for that day" o "Heal the pain". Nunca hubo un volumen II, y a pesar de su memorable actuación en el homenaje a Freddy Mercury y de temas entregados con cuentagotas en diversos formatos en años posteriores, no fue hasta 1996 cuando vio la luz "Older", su tercer disco. Más maduro en el peor sentido de la palabra: muy lento en general, abonándose a las baladas y a la pose más seria y conservadora, aunque aún con un par de buenos momentos de funky y disco como "Star people" y sobre todo "Fastlove".
De hecho, en sus últimos veinte años Michael apenas publicó unas pocas canciones nuevas para recopilatorios o fines benéficos, y un único álbum más de canciones nuevas ("Patience", 2004), en el que adoptaba ya una defensa clara de la homosexualidad o de crítica política a la vez que extraía sus últimas gotas de inspiración en "Flawless (Go to the City)", probablemente el último momento interesante de su carrera, nuevamente abandonando la seriedad excesiva y reconvirtiendo un clásico bailable en un éxito contemporáneo.
Ese agotamiento creativo en sus últimos años (su último disco, "Symphonica" (2014) no era más que una revisión con orquesta sinfónica de viejos éxitos propios y ajenos) coincidió con su declive personal, tanto física como socialmente. Recluido en su mansión de Londres, descuidado en su apariencia, dependiente de las drogas y muy afectado por la muerte de sus parejas masculinas, la muerte lo ha encontrado en el punto más bajo de su existencia. Pero ello no debería hacernos olvidar su corto pero majestuoso legado, especialmente cuando fue capaz de hacer converger madurez, calidad y música de baile. Descanse en paz.
Michael no fue un artista camaleónico a lo largo de varias décadas como Bowie, ni un creador stajanovista como Prince, ni un músico con aspiraciones de poeta como Cohen, ni el máximo exponente del rock genuinamente americano como Frey. Pero en mi opinión cantaba mucho mejor que Bowie, llenaba igual o mejor que Prince el escenario, componía unos temas más ricos musicalmente que Cohen y se arrimaba a otros géneros mejor que Frey. Y es que a pesar de que su imagen de sex-symbol para adolescentes le marcó (como no podía ser de otra manera) durante toda su carrera, conviene recordar que Michael era el compositor de la gran mayoría de los temas que interpretó (como Bowie), el principal instrumentista de los mejores álbumes de su discografía (como Prince), el letrista de todas esas canciones (como Cohen) y por supuesto el vocalista versátil que Frey nunca logró ser. Así que estamos hablando de un creador, músico y cantante de primer nivel.
Wham! fue el vehículo por el que Michael se dio a conocer, junto a Andrew Ridgeley. Un grupo por y para adolescentes, que explotaba la imagen de Michael por encima de la de su compañero, y cuya propuesta musical era el pop ochentero sin pretenciones. Un pop por cierto compuesto casi en exclusiva por Michael, y que junto a canciones idóneas para la potencial audiencia de la banda ("Young Guns (Go for It!)", "Club Tropicana" y sobre todo la que sigue amenizando muchas fiestas, "Wake Me Up Before You Go-Go") dejaba entrever el talento de Michael a la hora de entregar temas con otras miras ("Everything She Wants", "Careless Whisper", incluso la inevitable en estas fechas "Last Christmas"). Lo que sin duda contribuyó a la rápida disolución del dúo.
La memoria de George Michael estará inevitablemente ligada a la de "Faith", su álbum de debut 1987. Uno de los discos más vendidos de todos los tiempos, fue compuesto e interpretado prácticamente en su integridad por Michael, y afianzó su carrera como solista gracias a una serie de composiciones muy variadas, desde el rockabilly a las baladas soul pasando por el funk e incluso el synth-pop. Un álbum que ha soportado muy bien el paso del tiempo (pueden hacer la prueba ahora mismo si aún no lo conocen), con casi todos sus temas editados en formato sencillo y un poso de clasicismo incuestionable (parece imposible que "Kissing a fool" o "Faith" no sean versiones sino temas propios). Y que además contienen los que para mí fueron los dos mejores momentos de su carrera: la cuasi-autobiográfica "Father figure" y sobre todo el funk irresistible de "I want your sex", una composición formidable más allá de su incuestionable provocación.
Los restantes veintinueve años de carrera en solitario de Michael avanzaron a trancas y barrancas entre sus problemas personales y sus dificultades con las discográficas. "Listen without prejudice vol. I" (1990), su segundo álbum, estaba varios escalones por debajo de "Faith" a nivel creativo (probablemente de ahí el título) y encima careció de video-clips protagonizados por Michael que lo apoyaran, lo que explica su bajón comercial. Aunque contaba con algunos momentos billantes como "Waiting for that day" o "Heal the pain". Nunca hubo un volumen II, y a pesar de su memorable actuación en el homenaje a Freddy Mercury y de temas entregados con cuentagotas en diversos formatos en años posteriores, no fue hasta 1996 cuando vio la luz "Older", su tercer disco. Más maduro en el peor sentido de la palabra: muy lento en general, abonándose a las baladas y a la pose más seria y conservadora, aunque aún con un par de buenos momentos de funky y disco como "Star people" y sobre todo "Fastlove".
De hecho, en sus últimos veinte años Michael apenas publicó unas pocas canciones nuevas para recopilatorios o fines benéficos, y un único álbum más de canciones nuevas ("Patience", 2004), en el que adoptaba ya una defensa clara de la homosexualidad o de crítica política a la vez que extraía sus últimas gotas de inspiración en "Flawless (Go to the City)", probablemente el último momento interesante de su carrera, nuevamente abandonando la seriedad excesiva y reconvirtiendo un clásico bailable en un éxito contemporáneo.
Ese agotamiento creativo en sus últimos años (su último disco, "Symphonica" (2014) no era más que una revisión con orquesta sinfónica de viejos éxitos propios y ajenos) coincidió con su declive personal, tanto física como socialmente. Recluido en su mansión de Londres, descuidado en su apariencia, dependiente de las drogas y muy afectado por la muerte de sus parejas masculinas, la muerte lo ha encontrado en el punto más bajo de su existencia. Pero ello no debería hacernos olvidar su corto pero majestuoso legado, especialmente cuando fue capaz de hacer converger madurez, calidad y música de baile. Descanse en paz.
lunes, 26 de diciembre de 2016
Vince Clarke & Paul Hartnoll: "2square" (2016)
De las numerosas colaboraciones que en el panorama musical internacional han dado fruto durante este 2016 que nos dejará en unos días, una de las más llamativas ha sido la de los británicos Vince Clarke y Paul Hartnoll. Por si no los ubican, Clarke lleva treinta años siendo el cerebro de Erasure, y anteriormente fue el co-fundador de los míticos Yazoo y el compositor de los primeros tiempos de Depeche Mode. Mientras que el mayor de los Hartnoll formó con su hermano Phil durante más de veinte años el dúo Orbital, uno de los principales referentes en la música techno a nivel mundial. Por lo que su talento creativo está fuera de toda duda, y lo que faltaba por comprobar era si el resultado ha sido una suma o, como sucedió hace unas pocas temporadas con el álbum conjunto de Vince Clarke y Martin L. Gore, una resta de talentos.
Desde que vio la luz este "2square" he leído varias críticas negativas. Que lógicamente si he decidido reseñar el álbum en este humilde blog, no comparto. En mi opinión se trata de un álbum correcto, de estilo definido, y que no va a defraudar ni a los seguidores históricos de Clarke ni, por supuesto, a los fans de Orbital. Es cierto que es un álbum relativamente corto (treinta y ocho minutos repartidos en ocho composiciones), que no aporta ninguna novedad al ya trillado panorama de la música electrónica del siglo XXI y que no todos sus temas rayan a la misma altura. Pero lo que está claro es que no se ha producido una resta de talentos, y que no hay espacio para los bostezos (a diferencia de otros álbumes de veteranos de la música electrónica que han visto la luz este 2016, como los de Jean Michel Jarre o Yello).
Si tenemos en cuenta que ni Clarke ni Hartnoll han ejercido nunca de cantantes, no nos sorprenderá que el resultado se parezca más a un álbum de Orbital que a cualquiera de los proyectos de Clarke. Eso es lo que sucede, pero la intervención de Clarke se deja sentir en ciertos guiños claramente pop, en la duración contenida de la mayoría de los temas, y en ciertos arpegios instrumentales como los que siempre se han hecho hueco en sus composiciones. Un buen ejemplo de esto (aunque también uno de los momentos menos inspirados) es "Better have a drink to think", el tema que abre el disco y que se publicó como sencillo de anticipo hace unos cuantos meses: un tempo relativamente alto si tenemos en cuenta la edad de sus creadores, y una facturación muy elaborada, pero al que lastra una progresión armónica no muy trabajada y que cede el protagonismo al sample vocal que repite una y otra vez el título hasta resultar fatigoso, y que sólo cuando desaparece permite apreciar unos intervalos instrumentales simplemente correctos.
Mucho mejor es en mi opinión "Zombie blip", segundo corte, eminentemente bailable, con una progresión armónica ahora sí muy trabajada y parte de la luminosidad pop de Clarke complementando las capas de sintetizadores de Hartnoll, y realzada por el certero pasaje para "coger fuerzas" a mitad del tema. Un escalón por debajo pero en un buen nivel se sitúa "The echoes", más atmosférico y de desarrollo más lento que las dos anteriores, que va creciendo gradualmente conforme el dúo va añadiendo instrumentos y en el que un sintetizador típico de Clarke desempeña el papel de las imaginarias armonías vocales en los minutos centrales. "Do-a-bong" es el tema más claramente Orbital de todo el álbum, con ese teclado principal que podría estar extraído perfectamente de su "Brown album" (1993), completado por otro sampling vocal que no resulta tan reiterativo como el del primer corte (entre otras razones porque toda la canción dura apenas tres minutos y medio).
La segunda mitad del álbum arranca con el que es en mi opinión el otro gran momento del álbum: "The shortcut", construido sobre una elaborada progresión armónica de ocho compases, que se combina con intervalos monocordes para aumentar la sensación de ambientación espacial muy en la línea de "Wonky" (2012, el último álbum de Orbital), con el siempre efectivo crescendo en su parte intermedia y una certera superposición de diversos sintetizadores interpretando notas diferentes en su tramo final. "Single function" insiste en ese techno de facturación clásica y cercano a la pista de baile, y es otro buen momento del álbum, con las slow strings envolviendo un conjunto equilibrado de percusiones y sintetizadores. "All out" es el tema más personal del álbum, y también la canción con una parte vocal más larga, a medio camino entre el hip-hop y el dub, complementada con la instrumentación más pretendidamente orgánica, incluyendo un piano típico del acid-house. Y el álbum lo cierra "Underwater", que sin ser el mejor tema del disco sí que es un sencillo mucho más representativo e inspirado que el primer corte: una canción que nos retrotrae a la época dorada del intelligent techno, con instrumentos que van y vienen sobre una progresión armónica repetida constantemente pero elaborada, y a la que como mayor pero le sobran uno o dos minutos.
Con la gradual desaparición de instrumentos de "Underwater" termina este "2square" que, sin grandes aspiraciones, nos demuestra que la química entre estos dos "tótems" de las últimas décadas funciona a un nivel razonable, con una cohesión estilística incuestionable, un apego a las armonías muy de agradecer en estos tiempos de escasa musicalidad, la negativa a acomodarse en tempos lentos, y las suficientes dosis de creatividad. Así que personalmente espero que no se quede en un solo capítulo y que vuelvan a cruzar sus caminos en los próximos años. Porque yo al menos siempre acabo encontrando el momento para disfrutar de un disco de techno clásico como éste.
Desde que vio la luz este "2square" he leído varias críticas negativas. Que lógicamente si he decidido reseñar el álbum en este humilde blog, no comparto. En mi opinión se trata de un álbum correcto, de estilo definido, y que no va a defraudar ni a los seguidores históricos de Clarke ni, por supuesto, a los fans de Orbital. Es cierto que es un álbum relativamente corto (treinta y ocho minutos repartidos en ocho composiciones), que no aporta ninguna novedad al ya trillado panorama de la música electrónica del siglo XXI y que no todos sus temas rayan a la misma altura. Pero lo que está claro es que no se ha producido una resta de talentos, y que no hay espacio para los bostezos (a diferencia de otros álbumes de veteranos de la música electrónica que han visto la luz este 2016, como los de Jean Michel Jarre o Yello).
Si tenemos en cuenta que ni Clarke ni Hartnoll han ejercido nunca de cantantes, no nos sorprenderá que el resultado se parezca más a un álbum de Orbital que a cualquiera de los proyectos de Clarke. Eso es lo que sucede, pero la intervención de Clarke se deja sentir en ciertos guiños claramente pop, en la duración contenida de la mayoría de los temas, y en ciertos arpegios instrumentales como los que siempre se han hecho hueco en sus composiciones. Un buen ejemplo de esto (aunque también uno de los momentos menos inspirados) es "Better have a drink to think", el tema que abre el disco y que se publicó como sencillo de anticipo hace unos cuantos meses: un tempo relativamente alto si tenemos en cuenta la edad de sus creadores, y una facturación muy elaborada, pero al que lastra una progresión armónica no muy trabajada y que cede el protagonismo al sample vocal que repite una y otra vez el título hasta resultar fatigoso, y que sólo cuando desaparece permite apreciar unos intervalos instrumentales simplemente correctos.
Mucho mejor es en mi opinión "Zombie blip", segundo corte, eminentemente bailable, con una progresión armónica ahora sí muy trabajada y parte de la luminosidad pop de Clarke complementando las capas de sintetizadores de Hartnoll, y realzada por el certero pasaje para "coger fuerzas" a mitad del tema. Un escalón por debajo pero en un buen nivel se sitúa "The echoes", más atmosférico y de desarrollo más lento que las dos anteriores, que va creciendo gradualmente conforme el dúo va añadiendo instrumentos y en el que un sintetizador típico de Clarke desempeña el papel de las imaginarias armonías vocales en los minutos centrales. "Do-a-bong" es el tema más claramente Orbital de todo el álbum, con ese teclado principal que podría estar extraído perfectamente de su "Brown album" (1993), completado por otro sampling vocal que no resulta tan reiterativo como el del primer corte (entre otras razones porque toda la canción dura apenas tres minutos y medio).
La segunda mitad del álbum arranca con el que es en mi opinión el otro gran momento del álbum: "The shortcut", construido sobre una elaborada progresión armónica de ocho compases, que se combina con intervalos monocordes para aumentar la sensación de ambientación espacial muy en la línea de "Wonky" (2012, el último álbum de Orbital), con el siempre efectivo crescendo en su parte intermedia y una certera superposición de diversos sintetizadores interpretando notas diferentes en su tramo final. "Single function" insiste en ese techno de facturación clásica y cercano a la pista de baile, y es otro buen momento del álbum, con las slow strings envolviendo un conjunto equilibrado de percusiones y sintetizadores. "All out" es el tema más personal del álbum, y también la canción con una parte vocal más larga, a medio camino entre el hip-hop y el dub, complementada con la instrumentación más pretendidamente orgánica, incluyendo un piano típico del acid-house. Y el álbum lo cierra "Underwater", que sin ser el mejor tema del disco sí que es un sencillo mucho más representativo e inspirado que el primer corte: una canción que nos retrotrae a la época dorada del intelligent techno, con instrumentos que van y vienen sobre una progresión armónica repetida constantemente pero elaborada, y a la que como mayor pero le sobran uno o dos minutos.
Con la gradual desaparición de instrumentos de "Underwater" termina este "2square" que, sin grandes aspiraciones, nos demuestra que la química entre estos dos "tótems" de las últimas décadas funciona a un nivel razonable, con una cohesión estilística incuestionable, un apego a las armonías muy de agradecer en estos tiempos de escasa musicalidad, la negativa a acomodarse en tempos lentos, y las suficientes dosis de creatividad. Así que personalmente espero que no se quede en un solo capítulo y que vuelvan a cruzar sus caminos en los próximos años. Porque yo al menos siempre acabo encontrando el momento para disfrutar de un disco de techno clásico como éste.
domingo, 4 de diciembre de 2016
Tiny Fireflies: "The space between" (2016)
De los artistas que han debutado en formato álbum en este 2016 que se está acercando a su final, uno de los que más me han llamado la atención han sido los estadounidenses Tiny Fireflies. Que en realidad son un dúo de futuro incierto, puesto que sus dos componentes pertenecen a otras dos bandas: Kristine Capua (voz, teclados y compositora) es la líder de Tiny Objects, y Lisle Mitnik (guitarras, teclados, programaciones, producción) es parte de Fireflies. Pero la química entre ambos ha hecho que algo que empezó hace unos años en Chicago como un divertimento ocasional haya ido creciendo hasta que el pasado mes de enero viera la luz "The space between", un álbum completo de temas creados para la ocasión.
"The space between" cumple por los pelos con el mínimo contenido exigible a un álbum: apenas 9 temas nuevos (10 en la edición japonesa) y sólo 34 minutos de un dream-pop mayoritariamente nostálgico, triste, pero de una sensibilidad exquisita. Que no suena amateur a pesar de lo limitado de sus medios gracias a la inteligencia de Lisle como productor y sobre todo a Ian Catt, que les resultará familiar a quienes ya peinan canas por ser el ingeniero y productor adicional de los mejores momentos de los británicos Saint Etienne. Y que se convierte en la banda sonora ideal para un día frío y lluvioso como corresponde a esta época del año.
"Stay", el tema que abre el álbum, representa perfectamente lo que nos vamos a encontrar: muchas slow strings en el Roland de Kristine marcando los acordes, muchos arpegios de steel guitar de Lisle, bajos sintetizados y baterías programadas, voces intimistas que se doblan una y otra vez... En esta oportunidad la composición es de las más inspiradas, con una excelente progresión armónica y una melodía que no le va a la zaga, con el único pero de una estructura excesivamente corta: sólo una estrofa, un estribillo no muy definido y una excelente coda, que sin embargo deja la impresión de que el tema podía haber dado más de sí. "Taken", segundo corte, fue el primer sencillo que se extrajo, hace ya un año, y mi segundo tema favorito: otro medio tiempo de pop atmosférico, envolvente, con una estructura que ahora sí aprovecha mejor la canción (entrada, estrofa, puente, estribillo, intervalo instrumental), una sensacional melodía, unas armonías maravillosas, unos preciosos pasajes instrumentales y una letra triste que no puede encajar mejor con el conjunto. Aunque puestos a resaltar una joya, esa es en mi opinión "Ghost", el segundo sencillo extraído del álbum, un tema de tempo más alto que empieza directamente con la voz de Kristine entonando una formidable melodía de principio a fin, que pone los pelos de punta cuando en el estribillo afirma "All I want is to take these memories of you and throw them away", para dejar después que las dos guitarras de Lisle se recreen hasta la siguiente estrofa. Por ponerle algún pero, la batería programada peca de simplona en el estribillo y los overdubs, pero no cabe duda de que formará parte de mi lista de mejores canciones de 2016, y llega mucho más lejos de lo que por ejemplo Wild Nothings serán capaz de alcanzar nunca.
Para cualquier álbum sería prácticamente imposible mantener el nivel de estos tres temazos. Eso le sucede a "The space between", aunque afortunadamente ninguno de sus cortes desentona del resto. De una de las frases de "Melody", su cuarto corte, toma el álbum el título. Es una balada que se mueve por los mismos parámetros en cuanto a instrumentación y melancolía, pero que se sostenta sobre unas estrofas con un punto "sensiblero" y un estribillo menos inspirado. "Brightest star" es, sin llegar al nivel de la tripleta inicial, otra muy buena canción, quizá la más claramente techno-pop del álbum a lo Pet Shop Boys (sobre todo en las estrofas), aunque en el estribillo suenen a ellos mismos merced a una melodía de notas altas difíciles de interpretar, y enriquezcan la canción con una segunda estrofa de notas diferentes a la de la primera. "If it's true" supone un cambio de registro, pues aunque con mimbres parecidos a los del resto de canciones propone una melodía más optimista y una letra más vitalista, resultando un tema que oxigena el álbum pero que no llega a la altura de sus mejores momentos.
El tercio final lo inicia "Alive", el tema más largo del álbum, con el omnipresente Roland y la voz de Kristine liderando desde el comienzo el penúltimo gran momento del álbum, sobre todo en su melancólico estribillo, que da sentido a la desolación que Kristine entona en la letra. "Youth" es la segunda y última dosis de optimismo entre tanta decepción: una canción que reivindica su juventud y sus ganas de protagonizar emociones mediante otra certera progresión armónica y una inspirada melodía. El cierre lo pone "Wake up", que a pesar de ser el tema más lento del álbum no termina de funcionar como colofón, ya que le falta un punto de inspiración y resulta un tanto derivativo en su desarrollo.
Si pasamos por alto el escaso margen de sorpresa en la instrumentación y el escaso minutaje, terminaremos por apreciar "The space between" como uno de los debuts de más talento que ha dado el año: dos canciones maravillosas y otras cuatro excelentes es algo complicado de encontrar en álbumes mucho más largos y con mayores medios. Más aún cuando lo que buscan es algo tan difícil de conseguir como la emoción del melómano. La pena es que ni siquiera hay certeza de que el proyecto se vaya a consolidar en años venideros, y menos cuando su repercusión ha sido tan limitada a nivel de crítica y público. Déjemos emocionar por Kristine y Lisle en todo caso, ya veremos el futuro lo que les deparará.
"The space between" cumple por los pelos con el mínimo contenido exigible a un álbum: apenas 9 temas nuevos (10 en la edición japonesa) y sólo 34 minutos de un dream-pop mayoritariamente nostálgico, triste, pero de una sensibilidad exquisita. Que no suena amateur a pesar de lo limitado de sus medios gracias a la inteligencia de Lisle como productor y sobre todo a Ian Catt, que les resultará familiar a quienes ya peinan canas por ser el ingeniero y productor adicional de los mejores momentos de los británicos Saint Etienne. Y que se convierte en la banda sonora ideal para un día frío y lluvioso como corresponde a esta época del año.
"Stay", el tema que abre el álbum, representa perfectamente lo que nos vamos a encontrar: muchas slow strings en el Roland de Kristine marcando los acordes, muchos arpegios de steel guitar de Lisle, bajos sintetizados y baterías programadas, voces intimistas que se doblan una y otra vez... En esta oportunidad la composición es de las más inspiradas, con una excelente progresión armónica y una melodía que no le va a la zaga, con el único pero de una estructura excesivamente corta: sólo una estrofa, un estribillo no muy definido y una excelente coda, que sin embargo deja la impresión de que el tema podía haber dado más de sí. "Taken", segundo corte, fue el primer sencillo que se extrajo, hace ya un año, y mi segundo tema favorito: otro medio tiempo de pop atmosférico, envolvente, con una estructura que ahora sí aprovecha mejor la canción (entrada, estrofa, puente, estribillo, intervalo instrumental), una sensacional melodía, unas armonías maravillosas, unos preciosos pasajes instrumentales y una letra triste que no puede encajar mejor con el conjunto. Aunque puestos a resaltar una joya, esa es en mi opinión "Ghost", el segundo sencillo extraído del álbum, un tema de tempo más alto que empieza directamente con la voz de Kristine entonando una formidable melodía de principio a fin, que pone los pelos de punta cuando en el estribillo afirma "All I want is to take these memories of you and throw them away", para dejar después que las dos guitarras de Lisle se recreen hasta la siguiente estrofa. Por ponerle algún pero, la batería programada peca de simplona en el estribillo y los overdubs, pero no cabe duda de que formará parte de mi lista de mejores canciones de 2016, y llega mucho más lejos de lo que por ejemplo Wild Nothings serán capaz de alcanzar nunca.
Para cualquier álbum sería prácticamente imposible mantener el nivel de estos tres temazos. Eso le sucede a "The space between", aunque afortunadamente ninguno de sus cortes desentona del resto. De una de las frases de "Melody", su cuarto corte, toma el álbum el título. Es una balada que se mueve por los mismos parámetros en cuanto a instrumentación y melancolía, pero que se sostenta sobre unas estrofas con un punto "sensiblero" y un estribillo menos inspirado. "Brightest star" es, sin llegar al nivel de la tripleta inicial, otra muy buena canción, quizá la más claramente techno-pop del álbum a lo Pet Shop Boys (sobre todo en las estrofas), aunque en el estribillo suenen a ellos mismos merced a una melodía de notas altas difíciles de interpretar, y enriquezcan la canción con una segunda estrofa de notas diferentes a la de la primera. "If it's true" supone un cambio de registro, pues aunque con mimbres parecidos a los del resto de canciones propone una melodía más optimista y una letra más vitalista, resultando un tema que oxigena el álbum pero que no llega a la altura de sus mejores momentos.
El tercio final lo inicia "Alive", el tema más largo del álbum, con el omnipresente Roland y la voz de Kristine liderando desde el comienzo el penúltimo gran momento del álbum, sobre todo en su melancólico estribillo, que da sentido a la desolación que Kristine entona en la letra. "Youth" es la segunda y última dosis de optimismo entre tanta decepción: una canción que reivindica su juventud y sus ganas de protagonizar emociones mediante otra certera progresión armónica y una inspirada melodía. El cierre lo pone "Wake up", que a pesar de ser el tema más lento del álbum no termina de funcionar como colofón, ya que le falta un punto de inspiración y resulta un tanto derivativo en su desarrollo.
Si pasamos por alto el escaso margen de sorpresa en la instrumentación y el escaso minutaje, terminaremos por apreciar "The space between" como uno de los debuts de más talento que ha dado el año: dos canciones maravillosas y otras cuatro excelentes es algo complicado de encontrar en álbumes mucho más largos y con mayores medios. Más aún cuando lo que buscan es algo tan difícil de conseguir como la emoción del melómano. La pena es que ni siquiera hay certeza de que el proyecto se vaya a consolidar en años venideros, y menos cuando su repercusión ha sido tan limitada a nivel de crítica y público. Déjemos emocionar por Kristine y Lisle en todo caso, ya veremos el futuro lo que les deparará.
domingo, 13 de noviembre de 2016
Feeder: "All bright electric" (2016)
Hace unas pocas semanas ha visto la luz "All bright electric", el noveno álbum de estudio de la banda galesa de rock Feeder. Una banda que siempre ha sido una de mis debilidades, pues considero a Grant Nicholas uno de los mejores creadores de música rock de este siglo veintiuno. Su nuevo álbum llega cuatro años después de "Generation freakshow", que ya reseñé en este mismo blog, y dos después de "Yorktown heights", la primera aventura en solitario de Grant Nicholas. Por lo que ha supuesto el reencuentro de la banda con las guitarras distorsionadas y los riffs contundentes tras un paréntesis considerable. Reencuentro que por cierto ha sido saludado por sus fans con un nuevo top ten en la lista británica de álbumes.
El principal problema de "All bright electric" es precisamente "Yorktown heights". Lo explico. Nicholas es el alma mater de Feeder (a día de hoy la banda es prácticamente un dúo, con el bajista Taka Hirose como único acompañante regular de Nicholas), por lo que no es fácil crear un proyecto en solitario que se distinga lo suficiente de su banda. Para tal fin en "Yorktown heights" Nicholas optó mayoritariamente por los sonidos acústicos y las composiciones intimistas. Por lo que ahora para "All bright electric" ha optado, como el título del álbum bien indica, por las guitarras eléctricas distorsionadas y los sonidos contundentes. Y aunque gracias a su talento creativo se desenvuelve bien en ambas esferas, es justo entre ambas donde yo creo que Nicholas ha dado históricamente lo mejor. Así que sin ser un álbum tan rocoso como "Renegades", a "All bright electric" le sobra en mi opinión contundencia y le falta sensibilidad. Pero no por ello es un mal álbum.
La edición deluxe de "All bright electric" se compone de nada menos que catorce temas, en su mayor parte de un rock expansivo, instrumentado para poder ser interpretado en directo, sin ningún tema de bandera, sin secciones de cuerda o ritmos programados como en otros álbumes, y unas lejanas influencias de la música hindú. Quizá consciente de que no es un disco que enamore a la primera toma, Nicholas ha situado los dos sencillos extraídos del mismo justo al comienzo: "Universe of life" es un tema crudo, con nervio en unas estrofas construidas sobre un poderoso riff de guitarra, un estribillo de reminiscencias hindúes y una parte nueva que enriquece hábilmente la composición. "Eskimo" se retrotrae un poco en las estrofas a las influencias del rock americano de siempre, de manera similar a como lo hacía Noel Gallagher en muchas de sus composiciones de la última época de Oasis, aunque lo complementa con un estribillo marca de la casa y una parte nueva que mejora el tema complementando guitarras distorsionadas con compases que son pura psicodelia. "Geezer" retoma esas influencias psicodélicas y esos leves influjos hindúes para instrumentar composición oscura, con un punto "arrastrado" a la que cuesta cogerle el punto pero que tras varias escuchas cumple con su rabia contenida.
"Paperweight" sigue en la misma línea de los temas anteriores: mucha distorsión, un sonido casi de primera toma y solamente un buen estribillo como argumento. "Infrared-ultraviolet" oxigena un poco el álbum, pues baja el tempo, recurre a una instrumentación más variada y abunda en esa línea expansiva a la que antes apuntaba, siendo el primero de sus dos estribillos el más interesante por intensidad y juego de voces. "Oh Mary" promete con su precioso arpegio de guitarra acústica al comienzo convertirse en un nuevo clásico de la banda, y tanto la progresión armónica como la melodía están bien desarrolladas, pero a la canción le falta culminar lo planteado, y se echa de menos a toda la banda explotando la composición en el tramo final. "The impossible" vuelve a la senda de los cuatro primeros cortes del disco con su rock desazonado, su progresión armónica oscura y sus cascadas de guitarras, siendo otro buen estribillo lo que sostiene el tema. "Divide the minority" es teóricamente el tema más experimental del álbum y el de mayor contenido reivindicativo en su letra, pero su relativamente arriesgada apuesta cuenta con otro buen estribillo y una ingeniosa parte nueva para evitar que fracase.
"Angels and Lullaby's", con su comienzo más propio de una fábula medieval, puede despistar, pero luego da lugar a unas bonitas estrofas, que en este caso no termina de rematar un estribillo en falsete que probablemente no era lo más conveniente. "Holy water" recupera la senda principal del álbum, proponiendo un medio tiempo con mucha distorsión y estrofas casi monocordes, si bien nuevamente otro eficaz estribillo mucho más musical justifica la composición. Y la edición estándar se cierra con "Hundred liars": casi una balada, de instrumentación muy similar a la del resto del álbum, su mayor aliciente es ese primer estribillo encajado de manera casi imposibile ("Love is not a criminal...") sobre el riff de guitarra, en contraposición a un segundo estribillo que vuelve a ser marca de la casa.
Los tres temas de la edición deluxe suenan más a los Feeder "de toda la vida", sin forzar su registro hacia la contundencia como en los once temas anteriores. Y sin que baje el nivel compositivo: "Another day on earth" es un tema de pop clásico, construido sobre un piano que no deja de sonar en toda la canción y que recuerda a los Coldplay de sus primeros tiempos. "Slint" es otro medio tiempo, con unos coros psicodélicos y unos giros en la melodía hasta llegar a su apoteósico estribillo que recuerdan mucho a los de "AKA... Broken arrow", de Noel Gallagher. Y tal vez de manera sorprendente el álbum se cierra con mi tema favorito: "Eyes to the sky", una declaración de honestidad en su letra, con una progresión armónica sencilla pero efectiva y resaltada el teclado que adorna la voz de Nicholas tanto en las estrofas como en su mágico estribillo. Sólo le sobra la voz demasiado susurrante de Nicholas en las estrofas; y sólo le falta sacarle más jugo a la composición en su tramo final para estar ante otro de sus memorables himnos.
Estos temas de la edición deluxe, aunque mejoran la impresión general del álbum, tienen paradójicamente el efecto de cuestionar qué habría sido del mismo si Nicholas no hubiera tomado de antemano la decisión sobre el estilo que predominaría. Porque aunque "All bright electric" sea un álbum sólido, con buenas dosis de rabia, sin temas de relleno, directo y homogéneo, le vendría bien algún tema más que equilibrara la balanza ante tanto nervio, que se distinguiera más del resto, y que pudiera funcionar como sencillo "de tirón" para levantar y no sólo mantener la carrera de los galeses. Que por otra parte podrá durar todo lo que Nicholas quiera, porque después de cerca de veinte años aún mantiene la frescura creativa. A ver si le dura.
El principal problema de "All bright electric" es precisamente "Yorktown heights". Lo explico. Nicholas es el alma mater de Feeder (a día de hoy la banda es prácticamente un dúo, con el bajista Taka Hirose como único acompañante regular de Nicholas), por lo que no es fácil crear un proyecto en solitario que se distinga lo suficiente de su banda. Para tal fin en "Yorktown heights" Nicholas optó mayoritariamente por los sonidos acústicos y las composiciones intimistas. Por lo que ahora para "All bright electric" ha optado, como el título del álbum bien indica, por las guitarras eléctricas distorsionadas y los sonidos contundentes. Y aunque gracias a su talento creativo se desenvuelve bien en ambas esferas, es justo entre ambas donde yo creo que Nicholas ha dado históricamente lo mejor. Así que sin ser un álbum tan rocoso como "Renegades", a "All bright electric" le sobra en mi opinión contundencia y le falta sensibilidad. Pero no por ello es un mal álbum.
La edición deluxe de "All bright electric" se compone de nada menos que catorce temas, en su mayor parte de un rock expansivo, instrumentado para poder ser interpretado en directo, sin ningún tema de bandera, sin secciones de cuerda o ritmos programados como en otros álbumes, y unas lejanas influencias de la música hindú. Quizá consciente de que no es un disco que enamore a la primera toma, Nicholas ha situado los dos sencillos extraídos del mismo justo al comienzo: "Universe of life" es un tema crudo, con nervio en unas estrofas construidas sobre un poderoso riff de guitarra, un estribillo de reminiscencias hindúes y una parte nueva que enriquece hábilmente la composición. "Eskimo" se retrotrae un poco en las estrofas a las influencias del rock americano de siempre, de manera similar a como lo hacía Noel Gallagher en muchas de sus composiciones de la última época de Oasis, aunque lo complementa con un estribillo marca de la casa y una parte nueva que mejora el tema complementando guitarras distorsionadas con compases que son pura psicodelia. "Geezer" retoma esas influencias psicodélicas y esos leves influjos hindúes para instrumentar composición oscura, con un punto "arrastrado" a la que cuesta cogerle el punto pero que tras varias escuchas cumple con su rabia contenida.
"Paperweight" sigue en la misma línea de los temas anteriores: mucha distorsión, un sonido casi de primera toma y solamente un buen estribillo como argumento. "Infrared-ultraviolet" oxigena un poco el álbum, pues baja el tempo, recurre a una instrumentación más variada y abunda en esa línea expansiva a la que antes apuntaba, siendo el primero de sus dos estribillos el más interesante por intensidad y juego de voces. "Oh Mary" promete con su precioso arpegio de guitarra acústica al comienzo convertirse en un nuevo clásico de la banda, y tanto la progresión armónica como la melodía están bien desarrolladas, pero a la canción le falta culminar lo planteado, y se echa de menos a toda la banda explotando la composición en el tramo final. "The impossible" vuelve a la senda de los cuatro primeros cortes del disco con su rock desazonado, su progresión armónica oscura y sus cascadas de guitarras, siendo otro buen estribillo lo que sostiene el tema. "Divide the minority" es teóricamente el tema más experimental del álbum y el de mayor contenido reivindicativo en su letra, pero su relativamente arriesgada apuesta cuenta con otro buen estribillo y una ingeniosa parte nueva para evitar que fracase.
"Angels and Lullaby's", con su comienzo más propio de una fábula medieval, puede despistar, pero luego da lugar a unas bonitas estrofas, que en este caso no termina de rematar un estribillo en falsete que probablemente no era lo más conveniente. "Holy water" recupera la senda principal del álbum, proponiendo un medio tiempo con mucha distorsión y estrofas casi monocordes, si bien nuevamente otro eficaz estribillo mucho más musical justifica la composición. Y la edición estándar se cierra con "Hundred liars": casi una balada, de instrumentación muy similar a la del resto del álbum, su mayor aliciente es ese primer estribillo encajado de manera casi imposibile ("Love is not a criminal...") sobre el riff de guitarra, en contraposición a un segundo estribillo que vuelve a ser marca de la casa.
Los tres temas de la edición deluxe suenan más a los Feeder "de toda la vida", sin forzar su registro hacia la contundencia como en los once temas anteriores. Y sin que baje el nivel compositivo: "Another day on earth" es un tema de pop clásico, construido sobre un piano que no deja de sonar en toda la canción y que recuerda a los Coldplay de sus primeros tiempos. "Slint" es otro medio tiempo, con unos coros psicodélicos y unos giros en la melodía hasta llegar a su apoteósico estribillo que recuerdan mucho a los de "AKA... Broken arrow", de Noel Gallagher. Y tal vez de manera sorprendente el álbum se cierra con mi tema favorito: "Eyes to the sky", una declaración de honestidad en su letra, con una progresión armónica sencilla pero efectiva y resaltada el teclado que adorna la voz de Nicholas tanto en las estrofas como en su mágico estribillo. Sólo le sobra la voz demasiado susurrante de Nicholas en las estrofas; y sólo le falta sacarle más jugo a la composición en su tramo final para estar ante otro de sus memorables himnos.
Estos temas de la edición deluxe, aunque mejoran la impresión general del álbum, tienen paradójicamente el efecto de cuestionar qué habría sido del mismo si Nicholas no hubiera tomado de antemano la decisión sobre el estilo que predominaría. Porque aunque "All bright electric" sea un álbum sólido, con buenas dosis de rabia, sin temas de relleno, directo y homogéneo, le vendría bien algún tema más que equilibrara la balanza ante tanto nervio, que se distinguiera más del resto, y que pudiera funcionar como sencillo "de tirón" para levantar y no sólo mantener la carrera de los galeses. Que por otra parte podrá durar todo lo que Nicholas quiera, porque después de cerca de veinte años aún mantiene la frescura creativa. A ver si le dura.
martes, 1 de noviembre de 2016
Rick Astley: "50" (2016)
Seguramente alguno de los lectores de este humilde blog se van a rasgar las vestiduras cuando vean que dedico una entrada al nuevo álbum de Rick Astley: les sonará a adolescente, trasnochado, carente de talento... Lo sé, pero uno de los criterios que rigen este blog es la reseña de lo más relevante que suceda en el ámbito musical contemporáneo, independientemente de su origen indie o mainstream. Y la de Rick Astley es una de las resurrecciones más notables de la historia de la música contemporánea. El adolescente que arrasó en todo el mundo gracias a la factoría de los en mi opinión excesivamente denostados Stock, Aitken & Waterman (hasta en la Motown había tándems de compositores para otros artistas), mostró desde su álbum de debut en 1987 su capacidad para componer temas propios, que sobre la lógica base pop añadía otros ingredientes de soul o R&B. Así hasta que en 1991 tuvo con "Free" la valentía de publicar un disco de canciones propias, alcanzando la madurez como artista a costa de renunciar conscientemente al éxito masivo. Desde entonces no puede decirse que se retirara, sino que simplemente fue honesto con su creatividad y con su vida personal, respetando ambas y sin buscar mantenerse en el candelero a toda costa. Sólo así puede explicarse que cada muchos años añadiera una nueva muesca a su discografía, hasta que coincidiendo con su quincuagésimo cumpleaños ha publicado hace unos pocos meses su séptimo álbum de estudio, este "50" que lo muestra pleno como creador, ajeno a las modas pero no a su tiempo, y maduro para llevar su carrera musical exactamente por donde quiere.
"50" no pretende revolucionar el panorama musical, pero tampoco mirar al pasado con excesiva nostalgia. Astley es un compositor efectivo, de gustos definidos y que sabe sacar partido a su excelente voz (inusual en los tiempos que corren por su tonalidad grave y profunda). Conoce los géneros por los que se puede mover y lo hace con soltura, aporta unos textos lógicamente más maduros que hace treinta años y se rodea de una banda de buenos instrumentistas. El resultado es un álbum para todos los públicos, menos lento de lo que cabría pensar en todo un "cincuentón", relativamente poco empalagoso, y que no rehúye algún guiño a los sonidos contemporáneos (pero tranquilícense, aquí no hay auto-tune ni aprendices de raperos rellenando las partes nuevas). Además, carece de temas de relleno, lo que permite escucharlo de principio a fin.
Como todo álbum de consumo masivo, los dos sencillos estelares son los dos temas del principio (otra razón para que Vds. se rasguen las vestiduras...). El primero, "Keep singing", una balada correcta de reminiscencias soul, con una melodía muy difícil de interpretar, la guitarra eléctrica prevaleciendo en los muchos compases instrumentales y una letra que habla de un hombre hecho a sí mismo. Mejor en mi opinión es "Angels on my side", el segundo sencillo, más rápido que el anterior, con una estrofa que anticipa perfectamente su brillante estribill, realzado por el Hammond, y que en el tramo final recrea con los coros femeninos como si de un gospel se tratara. "Wish away" es otro tema lento, construido sobre un bonito arpegio de guitarra eléctrica interpretado por él mismo, que parece que va a resultar meloso cuando entra la parte vocal, pero se mantiene en un meritorio tono contenido, perfecto para la penúltima escena de una película romántica de Hollywood.
"This old house" cambia el estilo, y propone un tema rápido, sobre un riff de bajo que es casi el único instrumento junto a la batería y la voz de Rick en la primera mitad de las estrofas. Un piano deudor del house, sintetizadores programados rellenado huecos, y la ausencia de un estribillo definido hacen de este tema intenso uno de los de más personalidad del álbum. "Pieces" es uno de los momentos que menos me convence, algo así como un medio tiempo a lo Oasis no del todo bien digerido, y quizá el único corte un tanto empalagoso, aunque progresión armónica y melodía sean irreprochables. "Dance", recién publicada como tercer sencillo, es la canción que mejor emparenta este disco con sus dos primeros álbumes, con caja y bombo marcados y estribillo bailable, aunque también hay intervalos gospel y curiosamente la letra sea un diálogo entre Dios y el Diablo. "I Like the Sun" es otro de mis momentos favoritos, un tema más oscuro, con un piano remarcando los acordes menores, una sección de cuerda sintetizada y una estrofa que va creciendo hasta llegar a ese estribillo que resulta ser más un diálogo entre Rick y el coro que otra cosa.
"Somebody loves me" es el tema más rockero del álbum, una canción lent con reminiscencias blues, construida sobre un riff de guitarra y platillos complementados por la voz plena de garra de Astley, que interpreta otra melodía bastante inspirada. "Let it rain", que ya formaba parte de su penúltimo y nunca editado álbum, es otro buen momento, una balada profunda, sobre una progresión armónica quizá un tanto convencional pero que brilla gracias al contraste entre la voz de Astley y los coros femeninos, nuevamente deudores del gospel. "Pray with me", en mi opinión un escalón inferior a las dos anteriores pero en todavía en un buen nivel, es otro tema a medio camino entre el pop y el soul, que no rehúye de las guitarras eléctricas ni de un tempo más rápido de lo que muchos esperarían. "Coming home tonight", penúltimo corte, es mi tema favorito del álbum: unas fantásticas e inquietantes estrofas, que dan paso a un más que decente estribillo, y que remata una parte nueva de armonías casi cinematográficas. Y el álbum se cierra con "Let it be tonight", un duodécimo corte correcto pero un tanto previsible: lento, reflexivo, sobre un piano ahora sí demasiado convencional (menos mal que los efectos en la voz de las repeticiones del estribillo a lo Herbie Hancock le dan un punto de originalidad).
Entregar tras tantos años de ausencia un álbum que respete su personalidad, sin apenas altibajos y con la suficiente versatilidad para acercarse a otros estilos sin abandonar el pop, no es nada sencillo. Si además se hace sin que la voz de Astley fatigue por omnipresente, con una producción equilibrada y respetuosa con el pasado pero no nostálgica, y con unos textos más profundos de lo habitual en el mundillo pop, tal vez entenderán por qué este álbum ha pasado mi criba y ha llegado a este humilde blog. Creo que ni el propio Astley sabe ni cuándo habrá una continuación. Y probablemente ni le importe; a estas alturas de su vida y su carrera, la honestidad es el valor que le da sentido como creador e intérprete. Y hechos como el número uno en el Reino Unido son sólo un detalle que refleja que al margen de las modas el éxito también puede seguir sonriendo a quienes miran con naturalidad a su público.
"50" no pretende revolucionar el panorama musical, pero tampoco mirar al pasado con excesiva nostalgia. Astley es un compositor efectivo, de gustos definidos y que sabe sacar partido a su excelente voz (inusual en los tiempos que corren por su tonalidad grave y profunda). Conoce los géneros por los que se puede mover y lo hace con soltura, aporta unos textos lógicamente más maduros que hace treinta años y se rodea de una banda de buenos instrumentistas. El resultado es un álbum para todos los públicos, menos lento de lo que cabría pensar en todo un "cincuentón", relativamente poco empalagoso, y que no rehúye algún guiño a los sonidos contemporáneos (pero tranquilícense, aquí no hay auto-tune ni aprendices de raperos rellenando las partes nuevas). Además, carece de temas de relleno, lo que permite escucharlo de principio a fin.
Como todo álbum de consumo masivo, los dos sencillos estelares son los dos temas del principio (otra razón para que Vds. se rasguen las vestiduras...). El primero, "Keep singing", una balada correcta de reminiscencias soul, con una melodía muy difícil de interpretar, la guitarra eléctrica prevaleciendo en los muchos compases instrumentales y una letra que habla de un hombre hecho a sí mismo. Mejor en mi opinión es "Angels on my side", el segundo sencillo, más rápido que el anterior, con una estrofa que anticipa perfectamente su brillante estribill, realzado por el Hammond, y que en el tramo final recrea con los coros femeninos como si de un gospel se tratara. "Wish away" es otro tema lento, construido sobre un bonito arpegio de guitarra eléctrica interpretado por él mismo, que parece que va a resultar meloso cuando entra la parte vocal, pero se mantiene en un meritorio tono contenido, perfecto para la penúltima escena de una película romántica de Hollywood.
"This old house" cambia el estilo, y propone un tema rápido, sobre un riff de bajo que es casi el único instrumento junto a la batería y la voz de Rick en la primera mitad de las estrofas. Un piano deudor del house, sintetizadores programados rellenado huecos, y la ausencia de un estribillo definido hacen de este tema intenso uno de los de más personalidad del álbum. "Pieces" es uno de los momentos que menos me convence, algo así como un medio tiempo a lo Oasis no del todo bien digerido, y quizá el único corte un tanto empalagoso, aunque progresión armónica y melodía sean irreprochables. "Dance", recién publicada como tercer sencillo, es la canción que mejor emparenta este disco con sus dos primeros álbumes, con caja y bombo marcados y estribillo bailable, aunque también hay intervalos gospel y curiosamente la letra sea un diálogo entre Dios y el Diablo. "I Like the Sun" es otro de mis momentos favoritos, un tema más oscuro, con un piano remarcando los acordes menores, una sección de cuerda sintetizada y una estrofa que va creciendo hasta llegar a ese estribillo que resulta ser más un diálogo entre Rick y el coro que otra cosa.
"Somebody loves me" es el tema más rockero del álbum, una canción lent con reminiscencias blues, construida sobre un riff de guitarra y platillos complementados por la voz plena de garra de Astley, que interpreta otra melodía bastante inspirada. "Let it rain", que ya formaba parte de su penúltimo y nunca editado álbum, es otro buen momento, una balada profunda, sobre una progresión armónica quizá un tanto convencional pero que brilla gracias al contraste entre la voz de Astley y los coros femeninos, nuevamente deudores del gospel. "Pray with me", en mi opinión un escalón inferior a las dos anteriores pero en todavía en un buen nivel, es otro tema a medio camino entre el pop y el soul, que no rehúye de las guitarras eléctricas ni de un tempo más rápido de lo que muchos esperarían. "Coming home tonight", penúltimo corte, es mi tema favorito del álbum: unas fantásticas e inquietantes estrofas, que dan paso a un más que decente estribillo, y que remata una parte nueva de armonías casi cinematográficas. Y el álbum se cierra con "Let it be tonight", un duodécimo corte correcto pero un tanto previsible: lento, reflexivo, sobre un piano ahora sí demasiado convencional (menos mal que los efectos en la voz de las repeticiones del estribillo a lo Herbie Hancock le dan un punto de originalidad).
Entregar tras tantos años de ausencia un álbum que respete su personalidad, sin apenas altibajos y con la suficiente versatilidad para acercarse a otros estilos sin abandonar el pop, no es nada sencillo. Si además se hace sin que la voz de Astley fatigue por omnipresente, con una producción equilibrada y respetuosa con el pasado pero no nostálgica, y con unos textos más profundos de lo habitual en el mundillo pop, tal vez entenderán por qué este álbum ha pasado mi criba y ha llegado a este humilde blog. Creo que ni el propio Astley sabe ni cuándo habrá una continuación. Y probablemente ni le importe; a estas alturas de su vida y su carrera, la honestidad es el valor que le da sentido como creador e intérprete. Y hechos como el número uno en el Reino Unido son sólo un detalle que refleja que al margen de las modas el éxito también puede seguir sonriendo a quienes miran con naturalidad a su público.
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