Cuando hace unos días completé mi entrada sobre el álbum publicado por Vince Clarke y Paul Hartnoll, pensaba que ésa iba a ser la última entrada de este humilde blog en 2016. Sin embargo, el día de Navidad amaneció con el fallecimiento de George Michael, con apenas 53 años. No cabe duda de que este 2016 ha sido uno de los años más aciagos para el panorama musical contemporáneo si pensamos todas las figuras que nos han dejado (David Bowie, Prince, Leonard Cohen, Glenn Frey...), pero de entre todos probablemente el que menos parabienes vaya a generar sea Georgios Kyriacos Panayiotou. Precisamente por eso me he animado a escribir una entrada a modo de reconocimiento y pequeño homenaje.
Michael no fue un artista camaleónico a lo largo de varias décadas como Bowie, ni un creador stajanovista como Prince, ni un músico con aspiraciones de poeta como Cohen, ni el máximo exponente del rock genuinamente americano como Frey. Pero en mi opinión cantaba mucho mejor que Bowie, llenaba igual o mejor que Prince el escenario, componía unos temas más ricos musicalmente que Cohen y se arrimaba a otros géneros mejor que Frey. Y es que a pesar de que su imagen de sex-symbol para adolescentes le marcó (como no podía ser de otra manera) durante toda su carrera, conviene recordar que Michael era el compositor de la gran mayoría de los temas que interpretó (como Bowie), el principal instrumentista de los mejores álbumes de su discografía (como Prince), el letrista de todas esas canciones (como Cohen) y por supuesto el vocalista versátil que Frey nunca logró ser. Así que estamos hablando de un creador, músico y cantante de primer nivel.
Wham! fue el vehículo por el que Michael se dio a conocer, junto a Andrew Ridgeley. Un grupo por y para adolescentes, que explotaba la imagen de Michael por encima de la de su compañero, y cuya propuesta musical era el pop ochentero sin pretenciones. Un pop por cierto compuesto casi en exclusiva por Michael, y que junto a canciones idóneas para la potencial audiencia de la banda ("Young Guns (Go for It!)", "Club Tropicana" y sobre todo la que sigue amenizando muchas fiestas, "Wake Me Up Before You Go-Go") dejaba entrever el talento de Michael a la hora de entregar temas con otras miras ("Everything She Wants", "Careless Whisper", incluso la inevitable en estas fechas "Last Christmas"). Lo que sin duda contribuyó a la rápida disolución del dúo.
La memoria de George Michael estará inevitablemente ligada a la de "Faith", su álbum de debut 1987. Uno de los discos más vendidos de todos los tiempos, fue compuesto e interpretado prácticamente en su integridad por Michael, y afianzó su carrera como solista gracias a una serie de composiciones muy variadas, desde el rockabilly a las baladas soul pasando por el funk e incluso el synth-pop. Un álbum que ha soportado muy bien el paso del tiempo (pueden hacer la prueba ahora mismo si aún no lo conocen), con casi todos sus temas editados en formato sencillo y un poso de clasicismo incuestionable (parece imposible que "Kissing a fool" o "Faith" no sean versiones sino temas propios). Y que además contienen los que para mí fueron los dos mejores momentos de su carrera: la cuasi-autobiográfica "Father figure" y sobre todo el funk irresistible de "I want your sex", una composición formidable más allá de su incuestionable provocación.
Los restantes veintinueve años de carrera en solitario de Michael avanzaron a trancas y barrancas entre sus problemas personales y sus dificultades con las discográficas. "Listen without prejudice vol. I" (1990), su segundo álbum, estaba varios escalones por debajo de "Faith" a nivel creativo (probablemente de ahí el título) y encima careció de video-clips protagonizados por Michael que lo apoyaran, lo que explica su bajón comercial. Aunque contaba con algunos momentos billantes como "Waiting for that day" o "Heal the pain". Nunca hubo un volumen II, y a pesar de su memorable actuación en el homenaje a Freddy Mercury y de temas entregados con cuentagotas en diversos formatos en años posteriores, no fue hasta 1996 cuando vio la luz "Older", su tercer disco. Más maduro en el peor sentido de la palabra: muy lento en general, abonándose a las baladas y a la pose más seria y conservadora, aunque aún con un par de buenos momentos de funky y disco como "Star people" y sobre todo "Fastlove".
De hecho, en sus últimos veinte años Michael apenas publicó unas pocas canciones nuevas para recopilatorios o fines benéficos, y un único álbum más de canciones nuevas ("Patience", 2004), en el que adoptaba ya una defensa clara de la homosexualidad o de crítica política a la vez que extraía sus últimas gotas de inspiración en "Flawless (Go to the City)", probablemente el último momento interesante de su carrera, nuevamente abandonando la seriedad excesiva y reconvirtiendo un clásico bailable en un éxito contemporáneo.
Ese agotamiento creativo en sus últimos años (su último disco, "Symphonica" (2014) no era más que una revisión con orquesta sinfónica de viejos éxitos propios y ajenos) coincidió con su declive personal, tanto física como socialmente. Recluido en su mansión de Londres, descuidado en su apariencia, dependiente de las drogas y muy afectado por la muerte de sus parejas masculinas, la muerte lo ha encontrado en el punto más bajo de su existencia. Pero ello no debería hacernos olvidar su corto pero majestuoso legado, especialmente cuando fue capaz de hacer converger madurez, calidad y música de baile. Descanse en paz.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
lunes, 26 de diciembre de 2016
Vince Clarke & Paul Hartnoll: "2square" (2016)
De las numerosas colaboraciones que en el panorama musical internacional han dado fruto durante este 2016 que nos dejará en unos días, una de las más llamativas ha sido la de los británicos Vince Clarke y Paul Hartnoll. Por si no los ubican, Clarke lleva treinta años siendo el cerebro de Erasure, y anteriormente fue el co-fundador de los míticos Yazoo y el compositor de los primeros tiempos de Depeche Mode. Mientras que el mayor de los Hartnoll formó con su hermano Phil durante más de veinte años el dúo Orbital, uno de los principales referentes en la música techno a nivel mundial. Por lo que su talento creativo está fuera de toda duda, y lo que faltaba por comprobar era si el resultado ha sido una suma o, como sucedió hace unas pocas temporadas con el álbum conjunto de Vince Clarke y Martin L. Gore, una resta de talentos.
Desde que vio la luz este "2square" he leído varias críticas negativas. Que lógicamente si he decidido reseñar el álbum en este humilde blog, no comparto. En mi opinión se trata de un álbum correcto, de estilo definido, y que no va a defraudar ni a los seguidores históricos de Clarke ni, por supuesto, a los fans de Orbital. Es cierto que es un álbum relativamente corto (treinta y ocho minutos repartidos en ocho composiciones), que no aporta ninguna novedad al ya trillado panorama de la música electrónica del siglo XXI y que no todos sus temas rayan a la misma altura. Pero lo que está claro es que no se ha producido una resta de talentos, y que no hay espacio para los bostezos (a diferencia de otros álbumes de veteranos de la música electrónica que han visto la luz este 2016, como los de Jean Michel Jarre o Yello).
Si tenemos en cuenta que ni Clarke ni Hartnoll han ejercido nunca de cantantes, no nos sorprenderá que el resultado se parezca más a un álbum de Orbital que a cualquiera de los proyectos de Clarke. Eso es lo que sucede, pero la intervención de Clarke se deja sentir en ciertos guiños claramente pop, en la duración contenida de la mayoría de los temas, y en ciertos arpegios instrumentales como los que siempre se han hecho hueco en sus composiciones. Un buen ejemplo de esto (aunque también uno de los momentos menos inspirados) es "Better have a drink to think", el tema que abre el disco y que se publicó como sencillo de anticipo hace unos cuantos meses: un tempo relativamente alto si tenemos en cuenta la edad de sus creadores, y una facturación muy elaborada, pero al que lastra una progresión armónica no muy trabajada y que cede el protagonismo al sample vocal que repite una y otra vez el título hasta resultar fatigoso, y que sólo cuando desaparece permite apreciar unos intervalos instrumentales simplemente correctos.
Mucho mejor es en mi opinión "Zombie blip", segundo corte, eminentemente bailable, con una progresión armónica ahora sí muy trabajada y parte de la luminosidad pop de Clarke complementando las capas de sintetizadores de Hartnoll, y realzada por el certero pasaje para "coger fuerzas" a mitad del tema. Un escalón por debajo pero en un buen nivel se sitúa "The echoes", más atmosférico y de desarrollo más lento que las dos anteriores, que va creciendo gradualmente conforme el dúo va añadiendo instrumentos y en el que un sintetizador típico de Clarke desempeña el papel de las imaginarias armonías vocales en los minutos centrales. "Do-a-bong" es el tema más claramente Orbital de todo el álbum, con ese teclado principal que podría estar extraído perfectamente de su "Brown album" (1993), completado por otro sampling vocal que no resulta tan reiterativo como el del primer corte (entre otras razones porque toda la canción dura apenas tres minutos y medio).
La segunda mitad del álbum arranca con el que es en mi opinión el otro gran momento del álbum: "The shortcut", construido sobre una elaborada progresión armónica de ocho compases, que se combina con intervalos monocordes para aumentar la sensación de ambientación espacial muy en la línea de "Wonky" (2012, el último álbum de Orbital), con el siempre efectivo crescendo en su parte intermedia y una certera superposición de diversos sintetizadores interpretando notas diferentes en su tramo final. "Single function" insiste en ese techno de facturación clásica y cercano a la pista de baile, y es otro buen momento del álbum, con las slow strings envolviendo un conjunto equilibrado de percusiones y sintetizadores. "All out" es el tema más personal del álbum, y también la canción con una parte vocal más larga, a medio camino entre el hip-hop y el dub, complementada con la instrumentación más pretendidamente orgánica, incluyendo un piano típico del acid-house. Y el álbum lo cierra "Underwater", que sin ser el mejor tema del disco sí que es un sencillo mucho más representativo e inspirado que el primer corte: una canción que nos retrotrae a la época dorada del intelligent techno, con instrumentos que van y vienen sobre una progresión armónica repetida constantemente pero elaborada, y a la que como mayor pero le sobran uno o dos minutos.
Con la gradual desaparición de instrumentos de "Underwater" termina este "2square" que, sin grandes aspiraciones, nos demuestra que la química entre estos dos "tótems" de las últimas décadas funciona a un nivel razonable, con una cohesión estilística incuestionable, un apego a las armonías muy de agradecer en estos tiempos de escasa musicalidad, la negativa a acomodarse en tempos lentos, y las suficientes dosis de creatividad. Así que personalmente espero que no se quede en un solo capítulo y que vuelvan a cruzar sus caminos en los próximos años. Porque yo al menos siempre acabo encontrando el momento para disfrutar de un disco de techno clásico como éste.
Desde que vio la luz este "2square" he leído varias críticas negativas. Que lógicamente si he decidido reseñar el álbum en este humilde blog, no comparto. En mi opinión se trata de un álbum correcto, de estilo definido, y que no va a defraudar ni a los seguidores históricos de Clarke ni, por supuesto, a los fans de Orbital. Es cierto que es un álbum relativamente corto (treinta y ocho minutos repartidos en ocho composiciones), que no aporta ninguna novedad al ya trillado panorama de la música electrónica del siglo XXI y que no todos sus temas rayan a la misma altura. Pero lo que está claro es que no se ha producido una resta de talentos, y que no hay espacio para los bostezos (a diferencia de otros álbumes de veteranos de la música electrónica que han visto la luz este 2016, como los de Jean Michel Jarre o Yello).
Si tenemos en cuenta que ni Clarke ni Hartnoll han ejercido nunca de cantantes, no nos sorprenderá que el resultado se parezca más a un álbum de Orbital que a cualquiera de los proyectos de Clarke. Eso es lo que sucede, pero la intervención de Clarke se deja sentir en ciertos guiños claramente pop, en la duración contenida de la mayoría de los temas, y en ciertos arpegios instrumentales como los que siempre se han hecho hueco en sus composiciones. Un buen ejemplo de esto (aunque también uno de los momentos menos inspirados) es "Better have a drink to think", el tema que abre el disco y que se publicó como sencillo de anticipo hace unos cuantos meses: un tempo relativamente alto si tenemos en cuenta la edad de sus creadores, y una facturación muy elaborada, pero al que lastra una progresión armónica no muy trabajada y que cede el protagonismo al sample vocal que repite una y otra vez el título hasta resultar fatigoso, y que sólo cuando desaparece permite apreciar unos intervalos instrumentales simplemente correctos.
Mucho mejor es en mi opinión "Zombie blip", segundo corte, eminentemente bailable, con una progresión armónica ahora sí muy trabajada y parte de la luminosidad pop de Clarke complementando las capas de sintetizadores de Hartnoll, y realzada por el certero pasaje para "coger fuerzas" a mitad del tema. Un escalón por debajo pero en un buen nivel se sitúa "The echoes", más atmosférico y de desarrollo más lento que las dos anteriores, que va creciendo gradualmente conforme el dúo va añadiendo instrumentos y en el que un sintetizador típico de Clarke desempeña el papel de las imaginarias armonías vocales en los minutos centrales. "Do-a-bong" es el tema más claramente Orbital de todo el álbum, con ese teclado principal que podría estar extraído perfectamente de su "Brown album" (1993), completado por otro sampling vocal que no resulta tan reiterativo como el del primer corte (entre otras razones porque toda la canción dura apenas tres minutos y medio).
La segunda mitad del álbum arranca con el que es en mi opinión el otro gran momento del álbum: "The shortcut", construido sobre una elaborada progresión armónica de ocho compases, que se combina con intervalos monocordes para aumentar la sensación de ambientación espacial muy en la línea de "Wonky" (2012, el último álbum de Orbital), con el siempre efectivo crescendo en su parte intermedia y una certera superposición de diversos sintetizadores interpretando notas diferentes en su tramo final. "Single function" insiste en ese techno de facturación clásica y cercano a la pista de baile, y es otro buen momento del álbum, con las slow strings envolviendo un conjunto equilibrado de percusiones y sintetizadores. "All out" es el tema más personal del álbum, y también la canción con una parte vocal más larga, a medio camino entre el hip-hop y el dub, complementada con la instrumentación más pretendidamente orgánica, incluyendo un piano típico del acid-house. Y el álbum lo cierra "Underwater", que sin ser el mejor tema del disco sí que es un sencillo mucho más representativo e inspirado que el primer corte: una canción que nos retrotrae a la época dorada del intelligent techno, con instrumentos que van y vienen sobre una progresión armónica repetida constantemente pero elaborada, y a la que como mayor pero le sobran uno o dos minutos.
Con la gradual desaparición de instrumentos de "Underwater" termina este "2square" que, sin grandes aspiraciones, nos demuestra que la química entre estos dos "tótems" de las últimas décadas funciona a un nivel razonable, con una cohesión estilística incuestionable, un apego a las armonías muy de agradecer en estos tiempos de escasa musicalidad, la negativa a acomodarse en tempos lentos, y las suficientes dosis de creatividad. Así que personalmente espero que no se quede en un solo capítulo y que vuelvan a cruzar sus caminos en los próximos años. Porque yo al menos siempre acabo encontrando el momento para disfrutar de un disco de techno clásico como éste.
domingo, 4 de diciembre de 2016
Tiny Fireflies: "The space between" (2016)
De los artistas que han debutado en formato álbum en este 2016 que se está acercando a su final, uno de los que más me han llamado la atención han sido los estadounidenses Tiny Fireflies. Que en realidad son un dúo de futuro incierto, puesto que sus dos componentes pertenecen a otras dos bandas: Kristine Capua (voz, teclados y compositora) es la líder de Tiny Objects, y Lisle Mitnik (guitarras, teclados, programaciones, producción) es parte de Fireflies. Pero la química entre ambos ha hecho que algo que empezó hace unos años en Chicago como un divertimento ocasional haya ido creciendo hasta que el pasado mes de enero viera la luz "The space between", un álbum completo de temas creados para la ocasión.
"The space between" cumple por los pelos con el mínimo contenido exigible a un álbum: apenas 9 temas nuevos (10 en la edición japonesa) y sólo 34 minutos de un dream-pop mayoritariamente nostálgico, triste, pero de una sensibilidad exquisita. Que no suena amateur a pesar de lo limitado de sus medios gracias a la inteligencia de Lisle como productor y sobre todo a Ian Catt, que les resultará familiar a quienes ya peinan canas por ser el ingeniero y productor adicional de los mejores momentos de los británicos Saint Etienne. Y que se convierte en la banda sonora ideal para un día frío y lluvioso como corresponde a esta época del año.
"Stay", el tema que abre el álbum, representa perfectamente lo que nos vamos a encontrar: muchas slow strings en el Roland de Kristine marcando los acordes, muchos arpegios de steel guitar de Lisle, bajos sintetizados y baterías programadas, voces intimistas que se doblan una y otra vez... En esta oportunidad la composición es de las más inspiradas, con una excelente progresión armónica y una melodía que no le va a la zaga, con el único pero de una estructura excesivamente corta: sólo una estrofa, un estribillo no muy definido y una excelente coda, que sin embargo deja la impresión de que el tema podía haber dado más de sí. "Taken", segundo corte, fue el primer sencillo que se extrajo, hace ya un año, y mi segundo tema favorito: otro medio tiempo de pop atmosférico, envolvente, con una estructura que ahora sí aprovecha mejor la canción (entrada, estrofa, puente, estribillo, intervalo instrumental), una sensacional melodía, unas armonías maravillosas, unos preciosos pasajes instrumentales y una letra triste que no puede encajar mejor con el conjunto. Aunque puestos a resaltar una joya, esa es en mi opinión "Ghost", el segundo sencillo extraído del álbum, un tema de tempo más alto que empieza directamente con la voz de Kristine entonando una formidable melodía de principio a fin, que pone los pelos de punta cuando en el estribillo afirma "All I want is to take these memories of you and throw them away", para dejar después que las dos guitarras de Lisle se recreen hasta la siguiente estrofa. Por ponerle algún pero, la batería programada peca de simplona en el estribillo y los overdubs, pero no cabe duda de que formará parte de mi lista de mejores canciones de 2016, y llega mucho más lejos de lo que por ejemplo Wild Nothings serán capaz de alcanzar nunca.
Para cualquier álbum sería prácticamente imposible mantener el nivel de estos tres temazos. Eso le sucede a "The space between", aunque afortunadamente ninguno de sus cortes desentona del resto. De una de las frases de "Melody", su cuarto corte, toma el álbum el título. Es una balada que se mueve por los mismos parámetros en cuanto a instrumentación y melancolía, pero que se sostenta sobre unas estrofas con un punto "sensiblero" y un estribillo menos inspirado. "Brightest star" es, sin llegar al nivel de la tripleta inicial, otra muy buena canción, quizá la más claramente techno-pop del álbum a lo Pet Shop Boys (sobre todo en las estrofas), aunque en el estribillo suenen a ellos mismos merced a una melodía de notas altas difíciles de interpretar, y enriquezcan la canción con una segunda estrofa de notas diferentes a la de la primera. "If it's true" supone un cambio de registro, pues aunque con mimbres parecidos a los del resto de canciones propone una melodía más optimista y una letra más vitalista, resultando un tema que oxigena el álbum pero que no llega a la altura de sus mejores momentos.
El tercio final lo inicia "Alive", el tema más largo del álbum, con el omnipresente Roland y la voz de Kristine liderando desde el comienzo el penúltimo gran momento del álbum, sobre todo en su melancólico estribillo, que da sentido a la desolación que Kristine entona en la letra. "Youth" es la segunda y última dosis de optimismo entre tanta decepción: una canción que reivindica su juventud y sus ganas de protagonizar emociones mediante otra certera progresión armónica y una inspirada melodía. El cierre lo pone "Wake up", que a pesar de ser el tema más lento del álbum no termina de funcionar como colofón, ya que le falta un punto de inspiración y resulta un tanto derivativo en su desarrollo.
Si pasamos por alto el escaso margen de sorpresa en la instrumentación y el escaso minutaje, terminaremos por apreciar "The space between" como uno de los debuts de más talento que ha dado el año: dos canciones maravillosas y otras cuatro excelentes es algo complicado de encontrar en álbumes mucho más largos y con mayores medios. Más aún cuando lo que buscan es algo tan difícil de conseguir como la emoción del melómano. La pena es que ni siquiera hay certeza de que el proyecto se vaya a consolidar en años venideros, y menos cuando su repercusión ha sido tan limitada a nivel de crítica y público. Déjemos emocionar por Kristine y Lisle en todo caso, ya veremos el futuro lo que les deparará.
"The space between" cumple por los pelos con el mínimo contenido exigible a un álbum: apenas 9 temas nuevos (10 en la edición japonesa) y sólo 34 minutos de un dream-pop mayoritariamente nostálgico, triste, pero de una sensibilidad exquisita. Que no suena amateur a pesar de lo limitado de sus medios gracias a la inteligencia de Lisle como productor y sobre todo a Ian Catt, que les resultará familiar a quienes ya peinan canas por ser el ingeniero y productor adicional de los mejores momentos de los británicos Saint Etienne. Y que se convierte en la banda sonora ideal para un día frío y lluvioso como corresponde a esta época del año.
"Stay", el tema que abre el álbum, representa perfectamente lo que nos vamos a encontrar: muchas slow strings en el Roland de Kristine marcando los acordes, muchos arpegios de steel guitar de Lisle, bajos sintetizados y baterías programadas, voces intimistas que se doblan una y otra vez... En esta oportunidad la composición es de las más inspiradas, con una excelente progresión armónica y una melodía que no le va a la zaga, con el único pero de una estructura excesivamente corta: sólo una estrofa, un estribillo no muy definido y una excelente coda, que sin embargo deja la impresión de que el tema podía haber dado más de sí. "Taken", segundo corte, fue el primer sencillo que se extrajo, hace ya un año, y mi segundo tema favorito: otro medio tiempo de pop atmosférico, envolvente, con una estructura que ahora sí aprovecha mejor la canción (entrada, estrofa, puente, estribillo, intervalo instrumental), una sensacional melodía, unas armonías maravillosas, unos preciosos pasajes instrumentales y una letra triste que no puede encajar mejor con el conjunto. Aunque puestos a resaltar una joya, esa es en mi opinión "Ghost", el segundo sencillo extraído del álbum, un tema de tempo más alto que empieza directamente con la voz de Kristine entonando una formidable melodía de principio a fin, que pone los pelos de punta cuando en el estribillo afirma "All I want is to take these memories of you and throw them away", para dejar después que las dos guitarras de Lisle se recreen hasta la siguiente estrofa. Por ponerle algún pero, la batería programada peca de simplona en el estribillo y los overdubs, pero no cabe duda de que formará parte de mi lista de mejores canciones de 2016, y llega mucho más lejos de lo que por ejemplo Wild Nothings serán capaz de alcanzar nunca.
Para cualquier álbum sería prácticamente imposible mantener el nivel de estos tres temazos. Eso le sucede a "The space between", aunque afortunadamente ninguno de sus cortes desentona del resto. De una de las frases de "Melody", su cuarto corte, toma el álbum el título. Es una balada que se mueve por los mismos parámetros en cuanto a instrumentación y melancolía, pero que se sostenta sobre unas estrofas con un punto "sensiblero" y un estribillo menos inspirado. "Brightest star" es, sin llegar al nivel de la tripleta inicial, otra muy buena canción, quizá la más claramente techno-pop del álbum a lo Pet Shop Boys (sobre todo en las estrofas), aunque en el estribillo suenen a ellos mismos merced a una melodía de notas altas difíciles de interpretar, y enriquezcan la canción con una segunda estrofa de notas diferentes a la de la primera. "If it's true" supone un cambio de registro, pues aunque con mimbres parecidos a los del resto de canciones propone una melodía más optimista y una letra más vitalista, resultando un tema que oxigena el álbum pero que no llega a la altura de sus mejores momentos.
El tercio final lo inicia "Alive", el tema más largo del álbum, con el omnipresente Roland y la voz de Kristine liderando desde el comienzo el penúltimo gran momento del álbum, sobre todo en su melancólico estribillo, que da sentido a la desolación que Kristine entona en la letra. "Youth" es la segunda y última dosis de optimismo entre tanta decepción: una canción que reivindica su juventud y sus ganas de protagonizar emociones mediante otra certera progresión armónica y una inspirada melodía. El cierre lo pone "Wake up", que a pesar de ser el tema más lento del álbum no termina de funcionar como colofón, ya que le falta un punto de inspiración y resulta un tanto derivativo en su desarrollo.
Si pasamos por alto el escaso margen de sorpresa en la instrumentación y el escaso minutaje, terminaremos por apreciar "The space between" como uno de los debuts de más talento que ha dado el año: dos canciones maravillosas y otras cuatro excelentes es algo complicado de encontrar en álbumes mucho más largos y con mayores medios. Más aún cuando lo que buscan es algo tan difícil de conseguir como la emoción del melómano. La pena es que ni siquiera hay certeza de que el proyecto se vaya a consolidar en años venideros, y menos cuando su repercusión ha sido tan limitada a nivel de crítica y público. Déjemos emocionar por Kristine y Lisle en todo caso, ya veremos el futuro lo que les deparará.
domingo, 13 de noviembre de 2016
Feeder: "All bright electric" (2016)
Hace unas pocas semanas ha visto la luz "All bright electric", el noveno álbum de estudio de la banda galesa de rock Feeder. Una banda que siempre ha sido una de mis debilidades, pues considero a Grant Nicholas uno de los mejores creadores de música rock de este siglo veintiuno. Su nuevo álbum llega cuatro años después de "Generation freakshow", que ya reseñé en este mismo blog, y dos después de "Yorktown heights", la primera aventura en solitario de Grant Nicholas. Por lo que ha supuesto el reencuentro de la banda con las guitarras distorsionadas y los riffs contundentes tras un paréntesis considerable. Reencuentro que por cierto ha sido saludado por sus fans con un nuevo top ten en la lista británica de álbumes.
El principal problema de "All bright electric" es precisamente "Yorktown heights". Lo explico. Nicholas es el alma mater de Feeder (a día de hoy la banda es prácticamente un dúo, con el bajista Taka Hirose como único acompañante regular de Nicholas), por lo que no es fácil crear un proyecto en solitario que se distinga lo suficiente de su banda. Para tal fin en "Yorktown heights" Nicholas optó mayoritariamente por los sonidos acústicos y las composiciones intimistas. Por lo que ahora para "All bright electric" ha optado, como el título del álbum bien indica, por las guitarras eléctricas distorsionadas y los sonidos contundentes. Y aunque gracias a su talento creativo se desenvuelve bien en ambas esferas, es justo entre ambas donde yo creo que Nicholas ha dado históricamente lo mejor. Así que sin ser un álbum tan rocoso como "Renegades", a "All bright electric" le sobra en mi opinión contundencia y le falta sensibilidad. Pero no por ello es un mal álbum.
La edición deluxe de "All bright electric" se compone de nada menos que catorce temas, en su mayor parte de un rock expansivo, instrumentado para poder ser interpretado en directo, sin ningún tema de bandera, sin secciones de cuerda o ritmos programados como en otros álbumes, y unas lejanas influencias de la música hindú. Quizá consciente de que no es un disco que enamore a la primera toma, Nicholas ha situado los dos sencillos extraídos del mismo justo al comienzo: "Universe of life" es un tema crudo, con nervio en unas estrofas construidas sobre un poderoso riff de guitarra, un estribillo de reminiscencias hindúes y una parte nueva que enriquece hábilmente la composición. "Eskimo" se retrotrae un poco en las estrofas a las influencias del rock americano de siempre, de manera similar a como lo hacía Noel Gallagher en muchas de sus composiciones de la última época de Oasis, aunque lo complementa con un estribillo marca de la casa y una parte nueva que mejora el tema complementando guitarras distorsionadas con compases que son pura psicodelia. "Geezer" retoma esas influencias psicodélicas y esos leves influjos hindúes para instrumentar composición oscura, con un punto "arrastrado" a la que cuesta cogerle el punto pero que tras varias escuchas cumple con su rabia contenida.
"Paperweight" sigue en la misma línea de los temas anteriores: mucha distorsión, un sonido casi de primera toma y solamente un buen estribillo como argumento. "Infrared-ultraviolet" oxigena un poco el álbum, pues baja el tempo, recurre a una instrumentación más variada y abunda en esa línea expansiva a la que antes apuntaba, siendo el primero de sus dos estribillos el más interesante por intensidad y juego de voces. "Oh Mary" promete con su precioso arpegio de guitarra acústica al comienzo convertirse en un nuevo clásico de la banda, y tanto la progresión armónica como la melodía están bien desarrolladas, pero a la canción le falta culminar lo planteado, y se echa de menos a toda la banda explotando la composición en el tramo final. "The impossible" vuelve a la senda de los cuatro primeros cortes del disco con su rock desazonado, su progresión armónica oscura y sus cascadas de guitarras, siendo otro buen estribillo lo que sostiene el tema. "Divide the minority" es teóricamente el tema más experimental del álbum y el de mayor contenido reivindicativo en su letra, pero su relativamente arriesgada apuesta cuenta con otro buen estribillo y una ingeniosa parte nueva para evitar que fracase.
"Angels and Lullaby's", con su comienzo más propio de una fábula medieval, puede despistar, pero luego da lugar a unas bonitas estrofas, que en este caso no termina de rematar un estribillo en falsete que probablemente no era lo más conveniente. "Holy water" recupera la senda principal del álbum, proponiendo un medio tiempo con mucha distorsión y estrofas casi monocordes, si bien nuevamente otro eficaz estribillo mucho más musical justifica la composición. Y la edición estándar se cierra con "Hundred liars": casi una balada, de instrumentación muy similar a la del resto del álbum, su mayor aliciente es ese primer estribillo encajado de manera casi imposibile ("Love is not a criminal...") sobre el riff de guitarra, en contraposición a un segundo estribillo que vuelve a ser marca de la casa.
Los tres temas de la edición deluxe suenan más a los Feeder "de toda la vida", sin forzar su registro hacia la contundencia como en los once temas anteriores. Y sin que baje el nivel compositivo: "Another day on earth" es un tema de pop clásico, construido sobre un piano que no deja de sonar en toda la canción y que recuerda a los Coldplay de sus primeros tiempos. "Slint" es otro medio tiempo, con unos coros psicodélicos y unos giros en la melodía hasta llegar a su apoteósico estribillo que recuerdan mucho a los de "AKA... Broken arrow", de Noel Gallagher. Y tal vez de manera sorprendente el álbum se cierra con mi tema favorito: "Eyes to the sky", una declaración de honestidad en su letra, con una progresión armónica sencilla pero efectiva y resaltada el teclado que adorna la voz de Nicholas tanto en las estrofas como en su mágico estribillo. Sólo le sobra la voz demasiado susurrante de Nicholas en las estrofas; y sólo le falta sacarle más jugo a la composición en su tramo final para estar ante otro de sus memorables himnos.
Estos temas de la edición deluxe, aunque mejoran la impresión general del álbum, tienen paradójicamente el efecto de cuestionar qué habría sido del mismo si Nicholas no hubiera tomado de antemano la decisión sobre el estilo que predominaría. Porque aunque "All bright electric" sea un álbum sólido, con buenas dosis de rabia, sin temas de relleno, directo y homogéneo, le vendría bien algún tema más que equilibrara la balanza ante tanto nervio, que se distinguiera más del resto, y que pudiera funcionar como sencillo "de tirón" para levantar y no sólo mantener la carrera de los galeses. Que por otra parte podrá durar todo lo que Nicholas quiera, porque después de cerca de veinte años aún mantiene la frescura creativa. A ver si le dura.
El principal problema de "All bright electric" es precisamente "Yorktown heights". Lo explico. Nicholas es el alma mater de Feeder (a día de hoy la banda es prácticamente un dúo, con el bajista Taka Hirose como único acompañante regular de Nicholas), por lo que no es fácil crear un proyecto en solitario que se distinga lo suficiente de su banda. Para tal fin en "Yorktown heights" Nicholas optó mayoritariamente por los sonidos acústicos y las composiciones intimistas. Por lo que ahora para "All bright electric" ha optado, como el título del álbum bien indica, por las guitarras eléctricas distorsionadas y los sonidos contundentes. Y aunque gracias a su talento creativo se desenvuelve bien en ambas esferas, es justo entre ambas donde yo creo que Nicholas ha dado históricamente lo mejor. Así que sin ser un álbum tan rocoso como "Renegades", a "All bright electric" le sobra en mi opinión contundencia y le falta sensibilidad. Pero no por ello es un mal álbum.
La edición deluxe de "All bright electric" se compone de nada menos que catorce temas, en su mayor parte de un rock expansivo, instrumentado para poder ser interpretado en directo, sin ningún tema de bandera, sin secciones de cuerda o ritmos programados como en otros álbumes, y unas lejanas influencias de la música hindú. Quizá consciente de que no es un disco que enamore a la primera toma, Nicholas ha situado los dos sencillos extraídos del mismo justo al comienzo: "Universe of life" es un tema crudo, con nervio en unas estrofas construidas sobre un poderoso riff de guitarra, un estribillo de reminiscencias hindúes y una parte nueva que enriquece hábilmente la composición. "Eskimo" se retrotrae un poco en las estrofas a las influencias del rock americano de siempre, de manera similar a como lo hacía Noel Gallagher en muchas de sus composiciones de la última época de Oasis, aunque lo complementa con un estribillo marca de la casa y una parte nueva que mejora el tema complementando guitarras distorsionadas con compases que son pura psicodelia. "Geezer" retoma esas influencias psicodélicas y esos leves influjos hindúes para instrumentar composición oscura, con un punto "arrastrado" a la que cuesta cogerle el punto pero que tras varias escuchas cumple con su rabia contenida.
"Paperweight" sigue en la misma línea de los temas anteriores: mucha distorsión, un sonido casi de primera toma y solamente un buen estribillo como argumento. "Infrared-ultraviolet" oxigena un poco el álbum, pues baja el tempo, recurre a una instrumentación más variada y abunda en esa línea expansiva a la que antes apuntaba, siendo el primero de sus dos estribillos el más interesante por intensidad y juego de voces. "Oh Mary" promete con su precioso arpegio de guitarra acústica al comienzo convertirse en un nuevo clásico de la banda, y tanto la progresión armónica como la melodía están bien desarrolladas, pero a la canción le falta culminar lo planteado, y se echa de menos a toda la banda explotando la composición en el tramo final. "The impossible" vuelve a la senda de los cuatro primeros cortes del disco con su rock desazonado, su progresión armónica oscura y sus cascadas de guitarras, siendo otro buen estribillo lo que sostiene el tema. "Divide the minority" es teóricamente el tema más experimental del álbum y el de mayor contenido reivindicativo en su letra, pero su relativamente arriesgada apuesta cuenta con otro buen estribillo y una ingeniosa parte nueva para evitar que fracase.
"Angels and Lullaby's", con su comienzo más propio de una fábula medieval, puede despistar, pero luego da lugar a unas bonitas estrofas, que en este caso no termina de rematar un estribillo en falsete que probablemente no era lo más conveniente. "Holy water" recupera la senda principal del álbum, proponiendo un medio tiempo con mucha distorsión y estrofas casi monocordes, si bien nuevamente otro eficaz estribillo mucho más musical justifica la composición. Y la edición estándar se cierra con "Hundred liars": casi una balada, de instrumentación muy similar a la del resto del álbum, su mayor aliciente es ese primer estribillo encajado de manera casi imposibile ("Love is not a criminal...") sobre el riff de guitarra, en contraposición a un segundo estribillo que vuelve a ser marca de la casa.
Los tres temas de la edición deluxe suenan más a los Feeder "de toda la vida", sin forzar su registro hacia la contundencia como en los once temas anteriores. Y sin que baje el nivel compositivo: "Another day on earth" es un tema de pop clásico, construido sobre un piano que no deja de sonar en toda la canción y que recuerda a los Coldplay de sus primeros tiempos. "Slint" es otro medio tiempo, con unos coros psicodélicos y unos giros en la melodía hasta llegar a su apoteósico estribillo que recuerdan mucho a los de "AKA... Broken arrow", de Noel Gallagher. Y tal vez de manera sorprendente el álbum se cierra con mi tema favorito: "Eyes to the sky", una declaración de honestidad en su letra, con una progresión armónica sencilla pero efectiva y resaltada el teclado que adorna la voz de Nicholas tanto en las estrofas como en su mágico estribillo. Sólo le sobra la voz demasiado susurrante de Nicholas en las estrofas; y sólo le falta sacarle más jugo a la composición en su tramo final para estar ante otro de sus memorables himnos.
Estos temas de la edición deluxe, aunque mejoran la impresión general del álbum, tienen paradójicamente el efecto de cuestionar qué habría sido del mismo si Nicholas no hubiera tomado de antemano la decisión sobre el estilo que predominaría. Porque aunque "All bright electric" sea un álbum sólido, con buenas dosis de rabia, sin temas de relleno, directo y homogéneo, le vendría bien algún tema más que equilibrara la balanza ante tanto nervio, que se distinguiera más del resto, y que pudiera funcionar como sencillo "de tirón" para levantar y no sólo mantener la carrera de los galeses. Que por otra parte podrá durar todo lo que Nicholas quiera, porque después de cerca de veinte años aún mantiene la frescura creativa. A ver si le dura.
martes, 1 de noviembre de 2016
Rick Astley: "50" (2016)
Seguramente alguno de los lectores de este humilde blog se van a rasgar las vestiduras cuando vean que dedico una entrada al nuevo álbum de Rick Astley: les sonará a adolescente, trasnochado, carente de talento... Lo sé, pero uno de los criterios que rigen este blog es la reseña de lo más relevante que suceda en el ámbito musical contemporáneo, independientemente de su origen indie o mainstream. Y la de Rick Astley es una de las resurrecciones más notables de la historia de la música contemporánea. El adolescente que arrasó en todo el mundo gracias a la factoría de los en mi opinión excesivamente denostados Stock, Aitken & Waterman (hasta en la Motown había tándems de compositores para otros artistas), mostró desde su álbum de debut en 1987 su capacidad para componer temas propios, que sobre la lógica base pop añadía otros ingredientes de soul o R&B. Así hasta que en 1991 tuvo con "Free" la valentía de publicar un disco de canciones propias, alcanzando la madurez como artista a costa de renunciar conscientemente al éxito masivo. Desde entonces no puede decirse que se retirara, sino que simplemente fue honesto con su creatividad y con su vida personal, respetando ambas y sin buscar mantenerse en el candelero a toda costa. Sólo así puede explicarse que cada muchos años añadiera una nueva muesca a su discografía, hasta que coincidiendo con su quincuagésimo cumpleaños ha publicado hace unos pocos meses su séptimo álbum de estudio, este "50" que lo muestra pleno como creador, ajeno a las modas pero no a su tiempo, y maduro para llevar su carrera musical exactamente por donde quiere.
"50" no pretende revolucionar el panorama musical, pero tampoco mirar al pasado con excesiva nostalgia. Astley es un compositor efectivo, de gustos definidos y que sabe sacar partido a su excelente voz (inusual en los tiempos que corren por su tonalidad grave y profunda). Conoce los géneros por los que se puede mover y lo hace con soltura, aporta unos textos lógicamente más maduros que hace treinta años y se rodea de una banda de buenos instrumentistas. El resultado es un álbum para todos los públicos, menos lento de lo que cabría pensar en todo un "cincuentón", relativamente poco empalagoso, y que no rehúye algún guiño a los sonidos contemporáneos (pero tranquilícense, aquí no hay auto-tune ni aprendices de raperos rellenando las partes nuevas). Además, carece de temas de relleno, lo que permite escucharlo de principio a fin.
Como todo álbum de consumo masivo, los dos sencillos estelares son los dos temas del principio (otra razón para que Vds. se rasguen las vestiduras...). El primero, "Keep singing", una balada correcta de reminiscencias soul, con una melodía muy difícil de interpretar, la guitarra eléctrica prevaleciendo en los muchos compases instrumentales y una letra que habla de un hombre hecho a sí mismo. Mejor en mi opinión es "Angels on my side", el segundo sencillo, más rápido que el anterior, con una estrofa que anticipa perfectamente su brillante estribill, realzado por el Hammond, y que en el tramo final recrea con los coros femeninos como si de un gospel se tratara. "Wish away" es otro tema lento, construido sobre un bonito arpegio de guitarra eléctrica interpretado por él mismo, que parece que va a resultar meloso cuando entra la parte vocal, pero se mantiene en un meritorio tono contenido, perfecto para la penúltima escena de una película romántica de Hollywood.
"This old house" cambia el estilo, y propone un tema rápido, sobre un riff de bajo que es casi el único instrumento junto a la batería y la voz de Rick en la primera mitad de las estrofas. Un piano deudor del house, sintetizadores programados rellenado huecos, y la ausencia de un estribillo definido hacen de este tema intenso uno de los de más personalidad del álbum. "Pieces" es uno de los momentos que menos me convence, algo así como un medio tiempo a lo Oasis no del todo bien digerido, y quizá el único corte un tanto empalagoso, aunque progresión armónica y melodía sean irreprochables. "Dance", recién publicada como tercer sencillo, es la canción que mejor emparenta este disco con sus dos primeros álbumes, con caja y bombo marcados y estribillo bailable, aunque también hay intervalos gospel y curiosamente la letra sea un diálogo entre Dios y el Diablo. "I Like the Sun" es otro de mis momentos favoritos, un tema más oscuro, con un piano remarcando los acordes menores, una sección de cuerda sintetizada y una estrofa que va creciendo hasta llegar a ese estribillo que resulta ser más un diálogo entre Rick y el coro que otra cosa.
"Somebody loves me" es el tema más rockero del álbum, una canción lent con reminiscencias blues, construida sobre un riff de guitarra y platillos complementados por la voz plena de garra de Astley, que interpreta otra melodía bastante inspirada. "Let it rain", que ya formaba parte de su penúltimo y nunca editado álbum, es otro buen momento, una balada profunda, sobre una progresión armónica quizá un tanto convencional pero que brilla gracias al contraste entre la voz de Astley y los coros femeninos, nuevamente deudores del gospel. "Pray with me", en mi opinión un escalón inferior a las dos anteriores pero en todavía en un buen nivel, es otro tema a medio camino entre el pop y el soul, que no rehúye de las guitarras eléctricas ni de un tempo más rápido de lo que muchos esperarían. "Coming home tonight", penúltimo corte, es mi tema favorito del álbum: unas fantásticas e inquietantes estrofas, que dan paso a un más que decente estribillo, y que remata una parte nueva de armonías casi cinematográficas. Y el álbum se cierra con "Let it be tonight", un duodécimo corte correcto pero un tanto previsible: lento, reflexivo, sobre un piano ahora sí demasiado convencional (menos mal que los efectos en la voz de las repeticiones del estribillo a lo Herbie Hancock le dan un punto de originalidad).
Entregar tras tantos años de ausencia un álbum que respete su personalidad, sin apenas altibajos y con la suficiente versatilidad para acercarse a otros estilos sin abandonar el pop, no es nada sencillo. Si además se hace sin que la voz de Astley fatigue por omnipresente, con una producción equilibrada y respetuosa con el pasado pero no nostálgica, y con unos textos más profundos de lo habitual en el mundillo pop, tal vez entenderán por qué este álbum ha pasado mi criba y ha llegado a este humilde blog. Creo que ni el propio Astley sabe ni cuándo habrá una continuación. Y probablemente ni le importe; a estas alturas de su vida y su carrera, la honestidad es el valor que le da sentido como creador e intérprete. Y hechos como el número uno en el Reino Unido son sólo un detalle que refleja que al margen de las modas el éxito también puede seguir sonriendo a quienes miran con naturalidad a su público.
"50" no pretende revolucionar el panorama musical, pero tampoco mirar al pasado con excesiva nostalgia. Astley es un compositor efectivo, de gustos definidos y que sabe sacar partido a su excelente voz (inusual en los tiempos que corren por su tonalidad grave y profunda). Conoce los géneros por los que se puede mover y lo hace con soltura, aporta unos textos lógicamente más maduros que hace treinta años y se rodea de una banda de buenos instrumentistas. El resultado es un álbum para todos los públicos, menos lento de lo que cabría pensar en todo un "cincuentón", relativamente poco empalagoso, y que no rehúye algún guiño a los sonidos contemporáneos (pero tranquilícense, aquí no hay auto-tune ni aprendices de raperos rellenando las partes nuevas). Además, carece de temas de relleno, lo que permite escucharlo de principio a fin.
Como todo álbum de consumo masivo, los dos sencillos estelares son los dos temas del principio (otra razón para que Vds. se rasguen las vestiduras...). El primero, "Keep singing", una balada correcta de reminiscencias soul, con una melodía muy difícil de interpretar, la guitarra eléctrica prevaleciendo en los muchos compases instrumentales y una letra que habla de un hombre hecho a sí mismo. Mejor en mi opinión es "Angels on my side", el segundo sencillo, más rápido que el anterior, con una estrofa que anticipa perfectamente su brillante estribill, realzado por el Hammond, y que en el tramo final recrea con los coros femeninos como si de un gospel se tratara. "Wish away" es otro tema lento, construido sobre un bonito arpegio de guitarra eléctrica interpretado por él mismo, que parece que va a resultar meloso cuando entra la parte vocal, pero se mantiene en un meritorio tono contenido, perfecto para la penúltima escena de una película romántica de Hollywood.
"This old house" cambia el estilo, y propone un tema rápido, sobre un riff de bajo que es casi el único instrumento junto a la batería y la voz de Rick en la primera mitad de las estrofas. Un piano deudor del house, sintetizadores programados rellenado huecos, y la ausencia de un estribillo definido hacen de este tema intenso uno de los de más personalidad del álbum. "Pieces" es uno de los momentos que menos me convence, algo así como un medio tiempo a lo Oasis no del todo bien digerido, y quizá el único corte un tanto empalagoso, aunque progresión armónica y melodía sean irreprochables. "Dance", recién publicada como tercer sencillo, es la canción que mejor emparenta este disco con sus dos primeros álbumes, con caja y bombo marcados y estribillo bailable, aunque también hay intervalos gospel y curiosamente la letra sea un diálogo entre Dios y el Diablo. "I Like the Sun" es otro de mis momentos favoritos, un tema más oscuro, con un piano remarcando los acordes menores, una sección de cuerda sintetizada y una estrofa que va creciendo hasta llegar a ese estribillo que resulta ser más un diálogo entre Rick y el coro que otra cosa.
"Somebody loves me" es el tema más rockero del álbum, una canción lent con reminiscencias blues, construida sobre un riff de guitarra y platillos complementados por la voz plena de garra de Astley, que interpreta otra melodía bastante inspirada. "Let it rain", que ya formaba parte de su penúltimo y nunca editado álbum, es otro buen momento, una balada profunda, sobre una progresión armónica quizá un tanto convencional pero que brilla gracias al contraste entre la voz de Astley y los coros femeninos, nuevamente deudores del gospel. "Pray with me", en mi opinión un escalón inferior a las dos anteriores pero en todavía en un buen nivel, es otro tema a medio camino entre el pop y el soul, que no rehúye de las guitarras eléctricas ni de un tempo más rápido de lo que muchos esperarían. "Coming home tonight", penúltimo corte, es mi tema favorito del álbum: unas fantásticas e inquietantes estrofas, que dan paso a un más que decente estribillo, y que remata una parte nueva de armonías casi cinematográficas. Y el álbum se cierra con "Let it be tonight", un duodécimo corte correcto pero un tanto previsible: lento, reflexivo, sobre un piano ahora sí demasiado convencional (menos mal que los efectos en la voz de las repeticiones del estribillo a lo Herbie Hancock le dan un punto de originalidad).
Entregar tras tantos años de ausencia un álbum que respete su personalidad, sin apenas altibajos y con la suficiente versatilidad para acercarse a otros estilos sin abandonar el pop, no es nada sencillo. Si además se hace sin que la voz de Astley fatigue por omnipresente, con una producción equilibrada y respetuosa con el pasado pero no nostálgica, y con unos textos más profundos de lo habitual en el mundillo pop, tal vez entenderán por qué este álbum ha pasado mi criba y ha llegado a este humilde blog. Creo que ni el propio Astley sabe ni cuándo habrá una continuación. Y probablemente ni le importe; a estas alturas de su vida y su carrera, la honestidad es el valor que le da sentido como creador e intérprete. Y hechos como el número uno en el Reino Unido son sólo un detalle que refleja que al margen de las modas el éxito también puede seguir sonriendo a quienes miran con naturalidad a su público.
domingo, 16 de octubre de 2016
Sobre el premio Nobel de literatura para Bob Dylan
En la presente entrada abandono temporalmente las habituales reseñas sobre lo en mi opinión más interesante del panorama musical contemporáneo para reflexionar sobre uno de los asuntos más comentados en los últimos días: la concesión del premio Nobel de literatura de 2016 al estadounidense Bob Dylan. Sé que soy poco original al reflexionar sobre este asunto, pero me parece de la suficiente entidad como para dedicarle unos párrafos.
Antes que nada debo empezar por un aspecto subjetivo: no me gusta Bob Dylan. Llámenme insensible, inculto, desautorizado para mantener ningún blog sobre música contemporánea... Reconozco que ha escrito un puñado de clásicos que forman ya parte de la música del siglo XX (desde "Blowin' in the wind" a "Lay Lady lay") o que otros han convertido en clásicos inmortales ("A Hard Rain's a-Gonna Fall", "All along the watchtower"...), y que todos ellos están más allá de cualquier crítica por mi parte. Pero a lo largo de sus casi cuarenta álbumes de estudio abundan en mi opinión los temas anodinos instrumentalmente, no siempre inspirados compositivamente y sobre todo muy mal cantados. Creo que conviene aquí recuperar mi entrada sobre la fórmula matemática para valorar la canción contemporánea, y entender así que por mucho que una letra pueda transmitir, su peso sobre la canción es en mi opinión relativamente pequeño. Por supuesto me descubro ante un compositor capaz de crear una obra tan extensa. Pero simplemente no me gusta.
Ahora bien, el motivo por el que Bob Dylan está tan presente en la actualidad es la obtención del premio Nobel de literatura. Esencialmente por los textos de sus cientos de canciones. No conozco lo suficiente la literatura contemporánea para valorar si los textos tienen la calidad poética suficiente para merecerlo frente a otros miles de escritores líricos a nivel mundial. Así que no voy a detenerme a ello en esta entrada. Sí sé que en los últimos tiempos la academia sueca ha combinado premios que me han parecido incuestionables (Imre Kertész, Doris Lessing, Camilo José Cela) con otros menos inspirados (Jose Saramago, Gabriel García Márquez, Toni Morrison...). Por lo que no estoy seguro de que la reputación del premio atraviese su mejor momento. En todo caso la academia sueca se ha abstraído de la manifestación artística principal de Dylan (la música, aunque cabe recordar que también dedica tiempo a la pintura) y ha premiado los textos que apoyan sus partituras.
Ahí radica el problema: en premiar a un artista por una actividad que no es a la que se ha dedicado. Porque si Dylan hubiera querido ser poeta no se habría llevado su guitarra y su armónica de su Duluth natal a Nueva York a principios de los sesenta. Pero no fue así, y su actividad durante estas décadas le han convertido en uno de los máximos exponentes de los denominados (en mi opinión de manera bastante inexacta) cantautores. Es decir, no se está reconociendo la obra completa de un artista, sino una parte de la misma. Lo cual no está claro si es realmente un reconocimiento a sus textos o un descrédito a sus partituras. Eso es lo que en mi opinión hace que naufrague la concesión de este premio.
Otra cosa sería que la academia sueca hubiera hecho lo que nuestros cada vez más prestigiosos premios Príncipe de Asturias españoles, que le concedieron a Dylan el premio "de las artes" en 2007. Que no sólo reconocía una fracción de su obra, sino toda ella en su conjunto, sin sesgarla artificialmente. Pero la academia sueca carece de este premio (tal vez habría que preguntarle al filántropo sueco Alfred Nobel por qué la literatura sí tenía entidad para merecer un premio y la música no cuando los creó). Con lo que si quieren premiar a los grandes nombres de la música contemporánea del último siglo (habría muchos y merecidos candidatos), más valdría que crearan un premio específico para la música, o que generalizaran el de la literatura para reconocer a los seis artes en sentido amplio (en mi opinión considerar al cine como el séptimo arte es excesivo). Pero este apaño de premiar unos textos sin música de unos de los cantautores más relevantes de todos los tiempos suena, más que a injusto, a sectario. Y así es difícil mantener el prestigio de unos premios, que al fin y al cabo como todos los premios son siempre subjetivos.
Antes que nada debo empezar por un aspecto subjetivo: no me gusta Bob Dylan. Llámenme insensible, inculto, desautorizado para mantener ningún blog sobre música contemporánea... Reconozco que ha escrito un puñado de clásicos que forman ya parte de la música del siglo XX (desde "Blowin' in the wind" a "Lay Lady lay") o que otros han convertido en clásicos inmortales ("A Hard Rain's a-Gonna Fall", "All along the watchtower"...), y que todos ellos están más allá de cualquier crítica por mi parte. Pero a lo largo de sus casi cuarenta álbumes de estudio abundan en mi opinión los temas anodinos instrumentalmente, no siempre inspirados compositivamente y sobre todo muy mal cantados. Creo que conviene aquí recuperar mi entrada sobre la fórmula matemática para valorar la canción contemporánea, y entender así que por mucho que una letra pueda transmitir, su peso sobre la canción es en mi opinión relativamente pequeño. Por supuesto me descubro ante un compositor capaz de crear una obra tan extensa. Pero simplemente no me gusta.
Ahora bien, el motivo por el que Bob Dylan está tan presente en la actualidad es la obtención del premio Nobel de literatura. Esencialmente por los textos de sus cientos de canciones. No conozco lo suficiente la literatura contemporánea para valorar si los textos tienen la calidad poética suficiente para merecerlo frente a otros miles de escritores líricos a nivel mundial. Así que no voy a detenerme a ello en esta entrada. Sí sé que en los últimos tiempos la academia sueca ha combinado premios que me han parecido incuestionables (Imre Kertész, Doris Lessing, Camilo José Cela) con otros menos inspirados (Jose Saramago, Gabriel García Márquez, Toni Morrison...). Por lo que no estoy seguro de que la reputación del premio atraviese su mejor momento. En todo caso la academia sueca se ha abstraído de la manifestación artística principal de Dylan (la música, aunque cabe recordar que también dedica tiempo a la pintura) y ha premiado los textos que apoyan sus partituras.
Ahí radica el problema: en premiar a un artista por una actividad que no es a la que se ha dedicado. Porque si Dylan hubiera querido ser poeta no se habría llevado su guitarra y su armónica de su Duluth natal a Nueva York a principios de los sesenta. Pero no fue así, y su actividad durante estas décadas le han convertido en uno de los máximos exponentes de los denominados (en mi opinión de manera bastante inexacta) cantautores. Es decir, no se está reconociendo la obra completa de un artista, sino una parte de la misma. Lo cual no está claro si es realmente un reconocimiento a sus textos o un descrédito a sus partituras. Eso es lo que en mi opinión hace que naufrague la concesión de este premio.
Otra cosa sería que la academia sueca hubiera hecho lo que nuestros cada vez más prestigiosos premios Príncipe de Asturias españoles, que le concedieron a Dylan el premio "de las artes" en 2007. Que no sólo reconocía una fracción de su obra, sino toda ella en su conjunto, sin sesgarla artificialmente. Pero la academia sueca carece de este premio (tal vez habría que preguntarle al filántropo sueco Alfred Nobel por qué la literatura sí tenía entidad para merecer un premio y la música no cuando los creó). Con lo que si quieren premiar a los grandes nombres de la música contemporánea del último siglo (habría muchos y merecidos candidatos), más valdría que crearan un premio específico para la música, o que generalizaran el de la literatura para reconocer a los seis artes en sentido amplio (en mi opinión considerar al cine como el séptimo arte es excesivo). Pero este apaño de premiar unos textos sin música de unos de los cantautores más relevantes de todos los tiempos suena, más que a injusto, a sectario. Y así es difícil mantener el prestigio de unos premios, que al fin y al cabo como todos los premios son siempre subjetivos.
martes, 11 de octubre de 2016
Train To Spain: "What's all about" (2015)
Ante todo debo disculparme por reseñar, en un blog que pretende hacerse eco de lo más reseñable del panorama musical contemporáneo, un álbum que vio la luz hace casi año y medio. A veces entre lo más minoritario del pop rock contemporáneo encuentro propuestas que me parecen interesantes y prefiero compartirlas aunque sea con retraso. Así que voy a reseñar hoy el álbum de debut de Train To Spain, un trío sueco formado por Helena Wigeborn (voz, teclista y compositora), Jonas Rasmusson (teclista principal y compositor) y Lars Netzel (teclista y productor de apoyo) que debutaron de manera muy minoritaria a mediados de 2015 con este "What's all about" que hoy reseño. Un álbum con un innegable matiz amateur pero que demuestra inteligencia y gusto a la hora de rebuscar en los ochenta. Y muy especialmente en el italo-disco.
Porque aunque la crítica especializada los ha encuadrado en el techno-pop en general y en el eurobeat de principios de los noventa en particular, para mí es claro que a lo que más se asemeja su propuesta es al italo-disco que pobló las listas de casi todo el planeta a mediados de los ochenta. Un subgénero muy denostado por razones obvias (artistas de quita y pon prácticamente para cada sencillo, propuesta completamente hedonista, inglés mal pronunciado, letras muy simples...), pero que sin embargo figura entre mis pequeños placeres prohibidos por la cantidad de nuevas ideas que pusieron en circulación en apenas tres o cuatro temporadas (baste recordar ahora lo lejos que llegaron nombre como por ejemplo Baltimora, Den Harrow o Spagna). Las percusiones y programaciones de Train To Spain no tienen nada del bombo maximizado y los 130 bpms del eurobeat, pero sí de esas cajas de ritmos simplonas y esos ritmos más cadenciosos que también encajaban con los fairlights y los A-Linn de la época. Así que si recuerdan con nostalgia ese sonido, pueden ahorrarse el resto de la reseña y hacerse con este "What's all about".
No obstante el trío sueco pule alguna de los defectos más obvios del género: la pronunciación y la entonación de Helena son intachables (Suecia no es Italia en cuestión de inglés, dirán algunos), el álbum no está concebido como una irregular colección de sencillos sino como un todo con entidad propia, y las letras son a veces más profundas de lo que su envoltorio musical nos haría pensar. No es el caso de "Blipblop", una progresión armónica sencilla pero efectiva, sintetizadores contundentes que a veces lideran varios tramos, letra orientada al fin de semana, vocoder para dar entrada al estribillo, un ritmo infeccioso y efectivo, y un eficaz tramo final que remata uno de los mejores momentos del álbum. "Keep on running", uno de los temas editados en formato sencillo, es otro de los mejores momentos: ahora sí con el ritmo y la caja habitual del italo-disco, una melodía muy bonita en estrofas y estribillo, y la sorpresa-homenaje de ese segundo estribillo con el sampling del clásico "Small town boy" de Bronskie Beat de fondo. "Passion" mantiene el sonido homogeneo de sus predecesoras, pero tanto la progresión armónica como la melodía se sitúan un escalón por debajo, aunque aun así se deja escuchar. "All about", además de dar título al álbum, es el otro tema que vio la luz en formato sencillo, una elección en mi opinión discutible, porque las estrofas no están muy bien armonizadas, aunque el eficaz estribillo sí que hace que el tema remonte.
El problema principal del tramo central álbum es que, aunque mantiene un estilo cohesionado, no contiene ningún tema que destaque sobre el resto, por lo que cuesta que adquieran itendidad propia. "Screw it up" es un buen ejemplo: sobredosis de sintetizadores, una bonita estrofa, un estribillo que no desentona, una parte nueva correctamente elaborada, pero nada realmente diferenciador. En la misma línea aunque un poquito más inspirada se sitúa para mi gusto "Adam", una canción de la que destaca el sintético teclado que lidera las partes instrumentales y con el que "dialoga" Helena en el estribilllo. "Pressure" insiste en ese ritmo cadencioso tan típico del italo-disco, y propone otra buena combinación de estrofas y estribillo, aunque le falta algo (tal vez en la instrumentación) que le haga destacar sobre el conjunto. Y "Grab and touch" es más interesante por su letra mordaz y feminista ("Sometimes I wonder if your brain is right", "Are you talking to me 'cause my dress is tight?") que por su inspiración, ya que tanto la progresión armónica como la melodía principal se quedan en simplemente correctas.
El tercio final del álbum viene marcado por "Work harder", noveno corte y mi tercer tema favorito del álbum. Y eso que ni los intervalos instrumentales ni la melodía de las estrofas rayan a gran altura (falta contundencia en la percusión y algo más de hilazón entre los versos), pero una vez llega el puente ("your job is your life") todo queda en segundo plano ante el excelente estribillo doble. Que es cierto que reúsa una progresión armónica usada hasta la saciedad (la primera vez que yo la escuché fue en el "In the night" de Pet Shop Boys), pero que la explota con mucha inteligencia. "Remind myself" baja varios peldaños, un tema correcto al que la melodía de notas altas que obliga a Helena a cantar casi en falsete le afecta negativamente. Y "Martin, David and Fletch" es en mi opinión la canción más floja del álbum, escasa de melodía y más repetitiva que de costumbre. Un obvio homenaje a los Depeche Mode, cuando curiosamente ni en el resto del álbum ni en este tema en particular se podría adivinar que fuera una de sus influencias directas.
"What's all about" supone pues un sano ejercicio de revival y dignificación de un subgénero denostado, con suficiente inspiración compositiva y personalidad, y sin temas que obliguen a pulsar el "forward". Falta algún tema más que destaque sobre el conjunto y pueda ampliar su propuesta a un público más masivo. Aunque esa misma carencia les sitúa en una encrucijada delicada: si pretenden para aumentar su audiencia desprenderse de ese sonido casi de demo, pueden perder por el camino buena parte de su personalidad y convertirse en un grupo de dance-pop más. Pero en estos tiempos de abuso de auto-tune y volúmenes maximizados no parece fácil que se abran hueco si cierran la puerta a las modas. Personalmente prefiero que se queden en el nicho que se han creado (y su sencillo de anticipo "Believe in love" de hace unos meses eso sugiere) y que se tomen el tiempo necesario para componer otra decena de canciones sólidas que nos retrotraigan a épocas en las que el hedonismo escapaba a la hegemonía anglosajona.
Porque aunque la crítica especializada los ha encuadrado en el techno-pop en general y en el eurobeat de principios de los noventa en particular, para mí es claro que a lo que más se asemeja su propuesta es al italo-disco que pobló las listas de casi todo el planeta a mediados de los ochenta. Un subgénero muy denostado por razones obvias (artistas de quita y pon prácticamente para cada sencillo, propuesta completamente hedonista, inglés mal pronunciado, letras muy simples...), pero que sin embargo figura entre mis pequeños placeres prohibidos por la cantidad de nuevas ideas que pusieron en circulación en apenas tres o cuatro temporadas (baste recordar ahora lo lejos que llegaron nombre como por ejemplo Baltimora, Den Harrow o Spagna). Las percusiones y programaciones de Train To Spain no tienen nada del bombo maximizado y los 130 bpms del eurobeat, pero sí de esas cajas de ritmos simplonas y esos ritmos más cadenciosos que también encajaban con los fairlights y los A-Linn de la época. Así que si recuerdan con nostalgia ese sonido, pueden ahorrarse el resto de la reseña y hacerse con este "What's all about".
No obstante el trío sueco pule alguna de los defectos más obvios del género: la pronunciación y la entonación de Helena son intachables (Suecia no es Italia en cuestión de inglés, dirán algunos), el álbum no está concebido como una irregular colección de sencillos sino como un todo con entidad propia, y las letras son a veces más profundas de lo que su envoltorio musical nos haría pensar. No es el caso de "Blipblop", una progresión armónica sencilla pero efectiva, sintetizadores contundentes que a veces lideran varios tramos, letra orientada al fin de semana, vocoder para dar entrada al estribillo, un ritmo infeccioso y efectivo, y un eficaz tramo final que remata uno de los mejores momentos del álbum. "Keep on running", uno de los temas editados en formato sencillo, es otro de los mejores momentos: ahora sí con el ritmo y la caja habitual del italo-disco, una melodía muy bonita en estrofas y estribillo, y la sorpresa-homenaje de ese segundo estribillo con el sampling del clásico "Small town boy" de Bronskie Beat de fondo. "Passion" mantiene el sonido homogeneo de sus predecesoras, pero tanto la progresión armónica como la melodía se sitúan un escalón por debajo, aunque aun así se deja escuchar. "All about", además de dar título al álbum, es el otro tema que vio la luz en formato sencillo, una elección en mi opinión discutible, porque las estrofas no están muy bien armonizadas, aunque el eficaz estribillo sí que hace que el tema remonte.
El problema principal del tramo central álbum es que, aunque mantiene un estilo cohesionado, no contiene ningún tema que destaque sobre el resto, por lo que cuesta que adquieran itendidad propia. "Screw it up" es un buen ejemplo: sobredosis de sintetizadores, una bonita estrofa, un estribillo que no desentona, una parte nueva correctamente elaborada, pero nada realmente diferenciador. En la misma línea aunque un poquito más inspirada se sitúa para mi gusto "Adam", una canción de la que destaca el sintético teclado que lidera las partes instrumentales y con el que "dialoga" Helena en el estribilllo. "Pressure" insiste en ese ritmo cadencioso tan típico del italo-disco, y propone otra buena combinación de estrofas y estribillo, aunque le falta algo (tal vez en la instrumentación) que le haga destacar sobre el conjunto. Y "Grab and touch" es más interesante por su letra mordaz y feminista ("Sometimes I wonder if your brain is right", "Are you talking to me 'cause my dress is tight?") que por su inspiración, ya que tanto la progresión armónica como la melodía principal se quedan en simplemente correctas.
El tercio final del álbum viene marcado por "Work harder", noveno corte y mi tercer tema favorito del álbum. Y eso que ni los intervalos instrumentales ni la melodía de las estrofas rayan a gran altura (falta contundencia en la percusión y algo más de hilazón entre los versos), pero una vez llega el puente ("your job is your life") todo queda en segundo plano ante el excelente estribillo doble. Que es cierto que reúsa una progresión armónica usada hasta la saciedad (la primera vez que yo la escuché fue en el "In the night" de Pet Shop Boys), pero que la explota con mucha inteligencia. "Remind myself" baja varios peldaños, un tema correcto al que la melodía de notas altas que obliga a Helena a cantar casi en falsete le afecta negativamente. Y "Martin, David and Fletch" es en mi opinión la canción más floja del álbum, escasa de melodía y más repetitiva que de costumbre. Un obvio homenaje a los Depeche Mode, cuando curiosamente ni en el resto del álbum ni en este tema en particular se podría adivinar que fuera una de sus influencias directas.
"What's all about" supone pues un sano ejercicio de revival y dignificación de un subgénero denostado, con suficiente inspiración compositiva y personalidad, y sin temas que obliguen a pulsar el "forward". Falta algún tema más que destaque sobre el conjunto y pueda ampliar su propuesta a un público más masivo. Aunque esa misma carencia les sitúa en una encrucijada delicada: si pretenden para aumentar su audiencia desprenderse de ese sonido casi de demo, pueden perder por el camino buena parte de su personalidad y convertirse en un grupo de dance-pop más. Pero en estos tiempos de abuso de auto-tune y volúmenes maximizados no parece fácil que se abran hueco si cierran la puerta a las modas. Personalmente prefiero que se queden en el nicho que se han creado (y su sencillo de anticipo "Believe in love" de hace unos meses eso sugiere) y que se tomen el tiempo necesario para componer otra decena de canciones sólidas que nos retrotraigan a épocas en las que el hedonismo escapaba a la hegemonía anglosajona.
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