El regreso de Avec Sans tras su estupendo álbum de debut en 2016 se ha hecho mucho de rogar, probablemente demasiado. Y cuando por fin ha empezado a ser anticipado por los sencillos de rigor, ha sido para confirmar que no debíamos esperar la excelencia del primero. Porque los tres sencillos que han visto la luz a lo largo de los últimos meses quedan claramente por debajo que casi cualquiera de los de "Heartbreak Hi", evidenciando notables problemas de inspiración. Una impresión que se ha visto confirmada cuando hace unas semanas se ha publicado este "Succession": tan sólo nueve cortes y media hora es muy poco para un lustro de creación, se mire como se mire.
Si todavía esos seis temas que han completado la entrega hubieran mejorado el nivel de los tres ya conocidos, el disco aún podría haber evitado la temiada palabra: decepción. Que sin embargo es la sensación predominante tras unas cuantas escuchas. Tanto, que he estado a punto de no reseñarlo. Lo peor es que creo que podrían haber evitado este paso atrás si, al menos, hubieran añadido un par de temas de tempo alto y ritmo cuaternario que los entroncaran con los grandes momentos para las pistas de baile de su debut y sacaran "Succession" de la monotonía de ritmo pausado. Y si en estos cinco años no los han conseguido componer, que hubieran tirado de un par de versiones, pues el dúo ya nos ha demostrado su talento para apropiarse de canciones ajenas. Al final, he considerado que el 2021 sigue siendo un año especialmente flojo para el panorama musical, y la exhibición de ideas para instrumentar temas pop de Jack St. James y las cualidades vocales de Alice Fox aún son dignas de una reseña, por decepcionante que resulte.
Los dos minutos de "I will be with you", tercer sencillo, reflejan bien lo que nos vamos a encontrar en el álbum: electrónica de ultimísima generación arropando melodías agradables pero a veces un tanto edulcoradas, de tempo lento y percusiones escasas e intermitentes. Sin ser una maravilla, "Altitude", el sencillo que anticipó el álbum el año pasado, es uno de los momentos álgidos del álbum. Otra vez la instrumentación peca de variar excesivamente casi en cada compás, hasta el extremo de quedarse sólo la voz de Fox y un instrumento para llevar la progresión armónica hacia la mitad del tema, y el ritmo es excesivamente sincopado, pero el tempo está más alineado con los del primer álbum, el estribillo es luminoso, la parte nueva es bonita, y sobre todo los tramos instrumentales resultan disfrutables con ese original bajo sintetizado que recorre las escalas a toda velocidad. "Slow dance down", tercer corte y segundo sencillo extraído, insiste en el tempo lento para una melodía vocal post-procesada casi con tantos efectos como los que adornan toda la electrónica del tema. Que resulta agradable pero sin gancho a la vez que lastrado por ese ritmo sincopado que arranca, se detiene y salta una y otra vez.
Por si aún no habíamos tenido bastante lentitud, "All the while" baja incluso los bpms y nos ofrece una balada con una letra meritoria que va jugando con los distintos tiempos que puede significar "while" en cada estrofa, y unos adornos de reminiscencias étnicas a lo de Odesza, pero bastante monótona hasta su minuto final, donde una parte nueva más inspirada mejora un poco la impresión general. "Succession (What You Don't Know)", el tema que da título al álbum, se supone que debería ser uno de los momentos estelares, y aunque sigue sin llevar el tempo a niveles hedonistas, dentro de lo cabe la original percusión electrónica de sus estrofas y el largo y elaborado estribillo no están mal, pero su nivel a duras penas le habría permitido entrar en "Heartbreak Hi". "Tell me" avasalla desde el primer momento con su instrumentación tan creativa como entrecortada y chirriante, pero al menos llega a la categoría de medio tiempo, lo que ya es un logro ante tanta pausa, y su estribillo demuestra que a los británicos aún les llega alguna vez la inspiración, convirtiéndose en mi opinión en el segundo tema del álbum que cumple las expectativas que ellos mismos forjaron hace un lustro.
"Tokyo moon" inicia el último tercio del álbum sin moverse de los parámetros ya conocidos: sobredosis de ideas y efectos para envolver melodías bien interpretadas pero dependientes de la inspiración que en este caso sí posee el doble estribillo, si bien las anodinas estrofas y el continuo vaivén de percusión que va y viene lastra en parte el resultado. "Backtrack", inminente cuarto sencillo dentro de unos días, es probablemte la mejor canción de las seis que han completado el disco: otro medio tiempo, sí, pero la melodía ahora sí es inspirada de principio a fin, St. James está relativamente comedido con la instrumentación, mostrando todo lo que puede hacerse con la tecnología de 2021 pero sin apabullar, y el intervalo instrumental a lo future-bass (lo podría haber firmado Ilenium) rematan el segundo mejor momento del álbum. Que cierra "Little heart attack", cómo no otra balada de continuos detalles instrumentales y cierto tono apoteósico con reminiscencias a la música tradicional de las islas (el sintetizador que complementa los estribillos podría pasar por una gaita sintetizada), pero que pasa sin pena ni gloria.
En lugar de poner tanto foco en la instrumentación, que requiere innumerables escuchas en cada tema para familiarizarse con todos los cambios y todos los estimulantes sonidos que nos proponen, el dúo debería haber repartido esos esfuerzos en la creación de más y mejores canciones. Y no deberían haber perdido de vista que el trascendental segundo álbum es el que marca la carrera de cualquier artista, y si querían mantener a sus seguidores tendrían que haber ofrecido más temas de tempo alto, más en línea con su primer disco y más adecuados para conciertos y festivales. Ahora mismo los que hayan logrado mantener, que entre el lustro transcurrido y la parsimonia de las nuevas canciones no serán demasiados, estarán desconcertados ante la futura propuesta musical de la banda. O incluso respecto a su futuro en sí, pues el paso atrás ha sido muy peligrosos y, o reaccionan rápido, o podrían haber firmado su sentencia. Esperemos que reconozcan sus fallos, redoblen sus esfuerzos, y vuelvan por donde solían sin tener que esperar otros cinco años.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
jueves, 24 de junio de 2021
viernes, 28 de mayo de 2021
Shaed: "High dive" (2021)
Ha tenido que llegar el mes de mayo para que por fin pueda reseñar un álbum completo de este más que mediocre musicalmente hablando 2021. Les voy a presentar hoy "High dive", el debut en formato álbum del trío de Washington D.C. Shaed. Compuesto por los hermanos gemelos Max y Spencer Ernst, que se encargan de los distintos instrumentos, y de la vocalista Chelsea Lee, llevaban ya unos años editando sencillos y EPs de variable repercusión a excepción de "Trampoline", el sencillo con el que alcanzaron el puesto número 13 en las listas estadounidenses en 2019. A la hora de definir su propuesta, más que del indie pop con el que se les suele etiquetar, yo hablaría de pop a secas, con un uso muy discreto de los recursos tecnológicos disponibles actualmente y un estilo reconocible y directo.
Tan directo que, a pesar de que todas las canciones cuentan con sus estrofas, estribillos, partes nuevas, e incluso algunos intervalos instrumentales, la mayoría de ellas apenas llega a los tres minutos de duración. Se trata, pues, de pop hecho para impactar desde la primera escucha, sin respiro pero sin caer tampoco en lo obvio, sobre unas composiciones que oscilan entre lo correcto y lo inspirado. Así pues, a pesar de las trece canciones (doce si consideramos que la que da título al álbum, "High dive", está incluida por partida doble), el álbum no llega siquiera a los cuarenta minutos. Duración suficiente en todo caso para confirmar que estamos ante una banda menos encasillada de lo que sus primeros sencillos podrían indicar, y con talento suficiente para ir variando el registro de manera que el disco no resulte demasiado monótono ni predecible.
El álbum lo abre "Dizzy", nada menos que el quinto sencillo extraído ya del álbum, y que lo representa bastante bien: un medio tiempo con una instrumentación un tanto espartana pero eficaz, predilección por las cuerdas sintetizadas, una atmósfera cinematográfica, una melodía oscura y la excelente voz de Lee presidiendo el conjunto. Y todo ello en ciento sesenta segundos que no enamoran pero se dejan escuchar. Ligeramente superior es en mi opinión "Osaka", cuarto sencillo extraído: similar en propuesta, algo más cercana al dub con ese teclado tan característico a mitad de cada compás, una melodía que permite el lucimiento de Lee, una interesante letra que hace referencia a la ciudad japonesa, un poco habitual cambio de tonalidad hacia abajo antes del tramo final, y un bonito vídeo de dibujos animados. Tercer corte a la vez que tercer sencillo, "Part-time psycho", con la colaboración vocal del para mí desconocido Two Feet, es otro buen momento: un poquito más rápido y de ritmo binario más marcado, las cuerdas sintetizadas en acordes menores acentúan esa sensación de banda sonora de James Bond para el año 2021 (en especial en su parte instrumental), y otra melodía pop equilibrada y directa hace el resto. "High dive", el tema que da título al álbum, y con la colaboración vocal del cantante Lewis del Mar en la versión extraída como sexto sencillo, insiste en el formato medio tiempo de influencias dub, con una melodía en notas bajas en las estrofas que suben en el estribillo y que a mí me recuerda mucho a los buenos momentos de los británicos Morcheeba (casi podemos imaginar que Lee es en realidad Skye Edwards en una colaboración estelar). Quizá con el pero del poco afortunado arreglo que introduce la repetición final del estribillo, su tarareable melodía (como el silbido que incluyen se encarga de recordarnos) y su concisión aumentan la pegada del conjunto.
"I know nothing", quinto corte, es mi segundo tema favorito del álbum: el tema más rápido hasta ahora (sin ser de tempo exageradamente alto), es un saludable ejercicio de música disco de corte retro, con los violines imitando el sonido philly, el esencial piano en primer plano, el bajo rellenando los huecos de la batería con notas cortas y marcadas, la percusión que adorna el intervalo instrumental, la certera melodía de las estrofas, un brillante cambio de tonalidad en la parte nueva, y un estribillo muy simple pero enérgico. "Once upon a time" es, además del segundo sencillo, la primera y más clara balada del álbum, y posiblemente uno de sus momentos menos inspirados: convencional y muy bien interpretada vocalmente, le sobra ampulosidad y le falta un tanto de magia, siendo lo más interesante el sinfónico minuto instrumental del final. Afortunadamente a partir de ahí comienza a mi modo de ver el mejor tramo del disco: "Colorful" es el tema más bailable del álbum, con un potente bombo en primer plano, los ecos de la voz de Lee que van y vienen, ese estribillo en notas altas y poderosas que parece un himno, una melodía más reposada y sensible en las estrofas, la sección de cuerda sintetizada... y, al tratarse de la canción más larga del disco (la única que supera los cuatro minutos), una sugestiva coda ("it's over..."). "Trampoline" es, como comentaba al comienzo, el momento de más éxito de su carrera, y es lógico que a pesar de los dos años largos transcurridos desde su publicación hayan sucumbido a la tentación de incluirlo en su álbum. Entre el medio tiempo y un lento, es otra melodía elegante con una brillante interpretación de Lee y la instrumentación justa para arroparla. Aunque en realidad no posee nada especial que no tengan otros temas del disco, lo que demuestra que al final el éxito masivo es a menudo más una cuestión de suerte que de otra cosa.
Le sigue "No other way", el primer sencillo extraído del álbum a la vez que mi tema favorito del mismo, y que se quedó por muy poco fuera de mis listas de los mejores temas de 2020: el ritmo binario más claro y contundente del disco, unas estrofas oscuras y evocadoras sobre un espartano bajo, y un estribillo más colorido y elegante, con el juego de repetir la primera sílaba de algunas palabras para acabar de engancharnos, y quizá la mejor sección de cuerda del disco (en notas tan bajas que casi parece una guitarra funky). Y este tramo estelar lo redondea "Wish we had younger", posiblemente el momento que más licencias experimentales del disco se permite en su instrumentación, con una base en las estrofas que evoca a una música étnica postprocesada, y unos peculiares crescendos en el estribillo. Todo ello presidido por otra melodía pop nítida y sin descanso, con el acierto adicional de desdoblar la segunda estrofa con unas frases adicionales, y un ritmo lo suficientemente sincopado para no confundirlo con otros momentos del disco. "Visible woman", el penúltimo corte, es su segunda balada, y para mi gusto mucho más interesante que "Once upon a time": más sentida y natural, con una letra reivindicativa que encaja muy bien con las notas altas y poderosas de su estribillo ("I'm just a visible woman, I can't hide any longer, I'll keep my head above water, 'cause I'm just a visible woman") y las habituales y talentosas cuerdas sintetizadas liderando una instrumentación sencilla pero eficaz. Y en una decisión arriesgada, este "High dive" lo cierra una tercera balada cuando lo suyo hubiera sido subir el tempo y proponer un cierre apoteósico. En todo caso "Six in the morning" refleja bien el dolor y la soledad de esa hora de la madrugada, y la combinación de un elaborado arpegio de piano y cuerdas sabemos que siempre funciona, pero vuelve a resultar un momento un tanto obvio y un poco impersonal, aunque lo suficientemente inspirado como para que no sea necesario pulsar el forward.
Sin contar con ningún bombazo que le dé un salto radical a su carrera, esta inmersión profunda en el singular mundo del trío estadounidense vuelve a confirmar que lo que se echa de menos en el panorama musical actual es simplemente una buena dosis de melodías que nos acompañen, que se adhieran a nuestro cerebro, y que nos vuelvan a recordar la magia del pop de toda la vida. Sin excesos, minutos de relleno o claudicación ante las modas. Habrá que ver si al menos Shaed logra la repercusión esperada, y su carrera musical se consolida sin necesidad de esperar muchos años a una segunda entrega. Porque ahora mismo, a pesar de los miles de artistas que siguen en activo en su país, tienen poca competencia, y están en condiciones de aprovechar esa baza.
Tan directo que, a pesar de que todas las canciones cuentan con sus estrofas, estribillos, partes nuevas, e incluso algunos intervalos instrumentales, la mayoría de ellas apenas llega a los tres minutos de duración. Se trata, pues, de pop hecho para impactar desde la primera escucha, sin respiro pero sin caer tampoco en lo obvio, sobre unas composiciones que oscilan entre lo correcto y lo inspirado. Así pues, a pesar de las trece canciones (doce si consideramos que la que da título al álbum, "High dive", está incluida por partida doble), el álbum no llega siquiera a los cuarenta minutos. Duración suficiente en todo caso para confirmar que estamos ante una banda menos encasillada de lo que sus primeros sencillos podrían indicar, y con talento suficiente para ir variando el registro de manera que el disco no resulte demasiado monótono ni predecible.
El álbum lo abre "Dizzy", nada menos que el quinto sencillo extraído ya del álbum, y que lo representa bastante bien: un medio tiempo con una instrumentación un tanto espartana pero eficaz, predilección por las cuerdas sintetizadas, una atmósfera cinematográfica, una melodía oscura y la excelente voz de Lee presidiendo el conjunto. Y todo ello en ciento sesenta segundos que no enamoran pero se dejan escuchar. Ligeramente superior es en mi opinión "Osaka", cuarto sencillo extraído: similar en propuesta, algo más cercana al dub con ese teclado tan característico a mitad de cada compás, una melodía que permite el lucimiento de Lee, una interesante letra que hace referencia a la ciudad japonesa, un poco habitual cambio de tonalidad hacia abajo antes del tramo final, y un bonito vídeo de dibujos animados. Tercer corte a la vez que tercer sencillo, "Part-time psycho", con la colaboración vocal del para mí desconocido Two Feet, es otro buen momento: un poquito más rápido y de ritmo binario más marcado, las cuerdas sintetizadas en acordes menores acentúan esa sensación de banda sonora de James Bond para el año 2021 (en especial en su parte instrumental), y otra melodía pop equilibrada y directa hace el resto. "High dive", el tema que da título al álbum, y con la colaboración vocal del cantante Lewis del Mar en la versión extraída como sexto sencillo, insiste en el formato medio tiempo de influencias dub, con una melodía en notas bajas en las estrofas que suben en el estribillo y que a mí me recuerda mucho a los buenos momentos de los británicos Morcheeba (casi podemos imaginar que Lee es en realidad Skye Edwards en una colaboración estelar). Quizá con el pero del poco afortunado arreglo que introduce la repetición final del estribillo, su tarareable melodía (como el silbido que incluyen se encarga de recordarnos) y su concisión aumentan la pegada del conjunto.
"I know nothing", quinto corte, es mi segundo tema favorito del álbum: el tema más rápido hasta ahora (sin ser de tempo exageradamente alto), es un saludable ejercicio de música disco de corte retro, con los violines imitando el sonido philly, el esencial piano en primer plano, el bajo rellenando los huecos de la batería con notas cortas y marcadas, la percusión que adorna el intervalo instrumental, la certera melodía de las estrofas, un brillante cambio de tonalidad en la parte nueva, y un estribillo muy simple pero enérgico. "Once upon a time" es, además del segundo sencillo, la primera y más clara balada del álbum, y posiblemente uno de sus momentos menos inspirados: convencional y muy bien interpretada vocalmente, le sobra ampulosidad y le falta un tanto de magia, siendo lo más interesante el sinfónico minuto instrumental del final. Afortunadamente a partir de ahí comienza a mi modo de ver el mejor tramo del disco: "Colorful" es el tema más bailable del álbum, con un potente bombo en primer plano, los ecos de la voz de Lee que van y vienen, ese estribillo en notas altas y poderosas que parece un himno, una melodía más reposada y sensible en las estrofas, la sección de cuerda sintetizada... y, al tratarse de la canción más larga del disco (la única que supera los cuatro minutos), una sugestiva coda ("it's over..."). "Trampoline" es, como comentaba al comienzo, el momento de más éxito de su carrera, y es lógico que a pesar de los dos años largos transcurridos desde su publicación hayan sucumbido a la tentación de incluirlo en su álbum. Entre el medio tiempo y un lento, es otra melodía elegante con una brillante interpretación de Lee y la instrumentación justa para arroparla. Aunque en realidad no posee nada especial que no tengan otros temas del disco, lo que demuestra que al final el éxito masivo es a menudo más una cuestión de suerte que de otra cosa.
Le sigue "No other way", el primer sencillo extraído del álbum a la vez que mi tema favorito del mismo, y que se quedó por muy poco fuera de mis listas de los mejores temas de 2020: el ritmo binario más claro y contundente del disco, unas estrofas oscuras y evocadoras sobre un espartano bajo, y un estribillo más colorido y elegante, con el juego de repetir la primera sílaba de algunas palabras para acabar de engancharnos, y quizá la mejor sección de cuerda del disco (en notas tan bajas que casi parece una guitarra funky). Y este tramo estelar lo redondea "Wish we had younger", posiblemente el momento que más licencias experimentales del disco se permite en su instrumentación, con una base en las estrofas que evoca a una música étnica postprocesada, y unos peculiares crescendos en el estribillo. Todo ello presidido por otra melodía pop nítida y sin descanso, con el acierto adicional de desdoblar la segunda estrofa con unas frases adicionales, y un ritmo lo suficientemente sincopado para no confundirlo con otros momentos del disco. "Visible woman", el penúltimo corte, es su segunda balada, y para mi gusto mucho más interesante que "Once upon a time": más sentida y natural, con una letra reivindicativa que encaja muy bien con las notas altas y poderosas de su estribillo ("I'm just a visible woman, I can't hide any longer, I'll keep my head above water, 'cause I'm just a visible woman") y las habituales y talentosas cuerdas sintetizadas liderando una instrumentación sencilla pero eficaz. Y en una decisión arriesgada, este "High dive" lo cierra una tercera balada cuando lo suyo hubiera sido subir el tempo y proponer un cierre apoteósico. En todo caso "Six in the morning" refleja bien el dolor y la soledad de esa hora de la madrugada, y la combinación de un elaborado arpegio de piano y cuerdas sabemos que siempre funciona, pero vuelve a resultar un momento un tanto obvio y un poco impersonal, aunque lo suficientemente inspirado como para que no sea necesario pulsar el forward.
Sin contar con ningún bombazo que le dé un salto radical a su carrera, esta inmersión profunda en el singular mundo del trío estadounidense vuelve a confirmar que lo que se echa de menos en el panorama musical actual es simplemente una buena dosis de melodías que nos acompañen, que se adhieran a nuestro cerebro, y que nos vuelvan a recordar la magia del pop de toda la vida. Sin excesos, minutos de relleno o claudicación ante las modas. Habrá que ver si al menos Shaed logra la repercusión esperada, y su carrera musical se consolida sin necesidad de esperar muchos años a una segunda entrega. Porque ahora mismo, a pesar de los miles de artistas que siguen en activo en su país, tienen poca competencia, y están en condiciones de aprovechar esa baza.
viernes, 23 de abril de 2021
Más de 50.000 páginas vistas
Con la presente entrada interrumpo mis habituales reseñas de las novedades musicales que me han llamado la atención para resaltar un hecho que, para mí al menos, es muy especial. Y es que ayer este blog superó las 50.000 páginas vistas. Un hito sobre el que quería reflexionar unos minutos.
En agosto hará diez años desde que arranqué "pop, rock y más" dándole la bienvenida a todo aquel melómano anónimo que se tropezara con alguna de mis entradas. Desconocía entonces qué acogida iba a tener, pero sí que asumía que sería un blog bastante minoritario. La razón obvia para ello era que, al ignorar la para mí más que mediocre calidad que tanto entonces como ahora ofrecen la inmensa mayoría de propuestas musicales de consumo masivo, el blog iba a consistir esencialmente un reducto de artistas y temas igualmente disponibles para el aficionado español, pero mucho menos conocidos. No me equivoqué en mis expectativas, porque el arranque del blog fue lento e incluso hoy en día entre las doscientas entradas del blog las hay que no han alcanzado más que unas decenas de visitas.
Si hubiera perseguido algún fin crematístico tal circunstancia habría resultado lógicamente decepcionante, pero dado que lo único que pretendía era seguir compartiendo mi pasión por la música por vía telemática (ya que por cuestiones personales la vía directa con amigos y conocidos había quedado muy reducida), en ningún momento me planteé abandonarlo. Al contrario, el blog ha sido y es un acicate para seguir interesándome por muchos de los álbumes que ven la luz semanalmente en el panorama musical occidental. Y escribir entradas a un ritmo de casi dos al mes durante una década ha supuesto un placer con el que emocionarme a la vez que intentaba que ese melómano anónimo también pudiera llegar a emocionarse con mis reseñas.
A pesar de los comienzos titubeantes y de la difusión minoritaria de la mayoría de artistas que me gustan en la actualidad, la tendencia de visitas al blog ha sido casi siempre creciente. Conforme pasaban los años fui interpretando este hecho como un reflejo de que los pocos lectores que se acercaban al blog no quedaban descontentos; al contrario, las entradas que lo conforman cada vez iban figurando más arriba en los resultados de búsquedas de google. Todo ello me animó a intentar argumentar cada vez con más claridad por qué determinado tema o por qué determinado álbum rozaban la excelencia o habían supuesto una bajada de nivel. Entonces y ahora no me limito a decir "esto es bueno" o "esto no me gusta", sino que intento que el lector del blog pueda apreciar al escuchar la pieza en cuestión las virtudes o defectos (en el plano creativo, interpretativo, instrumental, experimental, etc.) que yo aprecio.
De hecho, echando la vista atrás puedo ver que las entradas más populares a lo largo de estos últimos diez años han sido una mezcla de todos los ámbitos que he tratado. Entre ellas ha habido espacio para reflexiones sobre instrumentos que estaban de capa caída (entre otras, "La lenta muerte de la guitarra como instrumento de referencia de la música contemporánea", más vigente incluso en 2021 que cuando la escribí en 2012), las casi siempre populares listas sobre las veinte mejores canciones internacionales de cada año (con especial éxito de lectores para la más reciente, "las 20 mejores canciones internacionales de 2020"), reseñas post-mortem de algunas figuras clave en la historia de la música a las que sin embargo los medios de consumo masivo no les otorgaron la importancia que merecían (caso, por ejemplo, de "Florian Schneider (1947-2020): el injustamente olvidado") y, por supuesto, algunas entradas de artistas minoritarios que, ya sea por la ausencia de otras reseñas disponibles en internet en español, ya porque la reseña gustó en forma y fondo, han superado ellas solas las mil visitas (la más popular a día de hoy es "Odyssey", del dúo femenino Kaleida).
50.000 visitas en menos de una década es mucho más de lo que jamás esperé alcanzar. Pero si la tendencia sigue así, y por mi parte el amor por la música continúa intacto, todo apunta a que no tendré que esperar otros nueve años para llegar a la mágica cifra de las 100.000 visitas. Sólo espero que la vida me dé salud para ello, y que las cada vez más escasas obras dignas de mención de estos últimos tiempos den paso gradualmente a un nuevo florecimiento musical a nivel internacional. Yo seguiré por aquí para contárselo.
En agosto hará diez años desde que arranqué "pop, rock y más" dándole la bienvenida a todo aquel melómano anónimo que se tropezara con alguna de mis entradas. Desconocía entonces qué acogida iba a tener, pero sí que asumía que sería un blog bastante minoritario. La razón obvia para ello era que, al ignorar la para mí más que mediocre calidad que tanto entonces como ahora ofrecen la inmensa mayoría de propuestas musicales de consumo masivo, el blog iba a consistir esencialmente un reducto de artistas y temas igualmente disponibles para el aficionado español, pero mucho menos conocidos. No me equivoqué en mis expectativas, porque el arranque del blog fue lento e incluso hoy en día entre las doscientas entradas del blog las hay que no han alcanzado más que unas decenas de visitas.
Si hubiera perseguido algún fin crematístico tal circunstancia habría resultado lógicamente decepcionante, pero dado que lo único que pretendía era seguir compartiendo mi pasión por la música por vía telemática (ya que por cuestiones personales la vía directa con amigos y conocidos había quedado muy reducida), en ningún momento me planteé abandonarlo. Al contrario, el blog ha sido y es un acicate para seguir interesándome por muchos de los álbumes que ven la luz semanalmente en el panorama musical occidental. Y escribir entradas a un ritmo de casi dos al mes durante una década ha supuesto un placer con el que emocionarme a la vez que intentaba que ese melómano anónimo también pudiera llegar a emocionarse con mis reseñas.
A pesar de los comienzos titubeantes y de la difusión minoritaria de la mayoría de artistas que me gustan en la actualidad, la tendencia de visitas al blog ha sido casi siempre creciente. Conforme pasaban los años fui interpretando este hecho como un reflejo de que los pocos lectores que se acercaban al blog no quedaban descontentos; al contrario, las entradas que lo conforman cada vez iban figurando más arriba en los resultados de búsquedas de google. Todo ello me animó a intentar argumentar cada vez con más claridad por qué determinado tema o por qué determinado álbum rozaban la excelencia o habían supuesto una bajada de nivel. Entonces y ahora no me limito a decir "esto es bueno" o "esto no me gusta", sino que intento que el lector del blog pueda apreciar al escuchar la pieza en cuestión las virtudes o defectos (en el plano creativo, interpretativo, instrumental, experimental, etc.) que yo aprecio.
De hecho, echando la vista atrás puedo ver que las entradas más populares a lo largo de estos últimos diez años han sido una mezcla de todos los ámbitos que he tratado. Entre ellas ha habido espacio para reflexiones sobre instrumentos que estaban de capa caída (entre otras, "La lenta muerte de la guitarra como instrumento de referencia de la música contemporánea", más vigente incluso en 2021 que cuando la escribí en 2012), las casi siempre populares listas sobre las veinte mejores canciones internacionales de cada año (con especial éxito de lectores para la más reciente, "las 20 mejores canciones internacionales de 2020"), reseñas post-mortem de algunas figuras clave en la historia de la música a las que sin embargo los medios de consumo masivo no les otorgaron la importancia que merecían (caso, por ejemplo, de "Florian Schneider (1947-2020): el injustamente olvidado") y, por supuesto, algunas entradas de artistas minoritarios que, ya sea por la ausencia de otras reseñas disponibles en internet en español, ya porque la reseña gustó en forma y fondo, han superado ellas solas las mil visitas (la más popular a día de hoy es "Odyssey", del dúo femenino Kaleida).
50.000 visitas en menos de una década es mucho más de lo que jamás esperé alcanzar. Pero si la tendencia sigue así, y por mi parte el amor por la música continúa intacto, todo apunta a que no tendré que esperar otros nueve años para llegar a la mágica cifra de las 100.000 visitas. Sólo espero que la vida me dé salud para ello, y que las cada vez más escasas obras dignas de mención de estos últimos tiempos den paso gradualmente a un nuevo florecimiento musical a nivel internacional. Yo seguiré por aquí para contárselo.
domingo, 18 de abril de 2021
Josef Salvat: "The close Le Reveil" (2021)
El año 2021 está siendo sin duda el más decepcionante en cuanto a novedades musicales desde que arranqué este humilde blog hace ya una década. Entiendo que la pandemia y el confinamiento han dificultado la creatividad durante muchos meses, y han aconsejado posponer determinados lanzamientos a la espera de una época más propicia. Pero ello ha provocado que casi todos los álbumes que han visto la luz en estos primeros cien días hayan sido de "artistas menores", y por más que les he dado una oportunidad ha varias decenas de ellos, aún no he dado con un álbum completo de canciones nuevas que reseñar. Y viendo las nuevas creaciones anunciadas, el panorama de aquí al verano no es mucho más alentador.
Otro fenómeno ligado a esta pandemia que todo lo ha trastocado ha sido la popularización del EP (Extended Play) como formato para dar salida a la creatividad del pasado ejercicio. Se ve que muchos artistas han intentado aprovechar el parón para explorar nuevos caminos y, o bien no han llegado a crear material suficiente como para publicar álbumes completos, o bien no desean asumir el riesgo de que esas canciones creadas en circunstancias especiales (con menos medios, más íntimas) pasen a formar parte de su discografía de lanzamientos completos. Los EPs abundan; lo malo es que para la mayoría de los melómanos quince o veinte minutos de sus artistas favoritos suelen saber a demasiado poco.
Uno de los artistas que sigo en este blog desde que comenzó su carrera y que se ha apuntado a esta moda de los EPs es el australiano Josef Salvat. El crooner ha publicado hace escasas fechas "The close Le Reveil". Un lanzamiento sorpresa teniendo en cuenta que se cumple justo un año desde el lanzamiento de "Modern Anxiety", su segundo álbum. Que, además, había tardado nada menos que cuatro años en ver la luz desde que debutó con "Night swim" (2016). Lo lógico habría sido esperar al menos otro año más para escuchar nuevas canciones de Salvat pero, quizá por el confinamiento, quizá porque el segundo álbum se ha quedado lejos de la repercusión del primero (aunque, como reseñé en su momento, no se trataba de un mal disco), el caso es que ya tenemos aquí su nuevo material. Y, lo que es más reseñable, aunque se trata de un EP, son ocho nuevos cortes (seis canciones completas y dos intervalos menores) que completan veinteséis minutos de duración. Si recordamos que "Modern anxiety" contenía sólo dos temas más y duraba apenas treinta y tres minutos, casi podremos asumir que "The close Le Reveil" es más el tercer álbum del australiano que un simple EP.
Una asunción que se sustenta, además, en lo elaborado de los temas que contiene. A menudo los EPs sirven para formatos más íntimos, para versiones de otros artistas, o simplemente para recuperar temas descartados en su momento. No es el caso de este "The close Le Reveil": el disco está constituido sólo por temas nuevos, y forma un todo bien cohesionado y lo suficientemente variado para que sus seguidores no sientan que no reciben lo suficiente por su dinero. De hecho, con sólo un tema más que hubiera contenido ya habría llegado a la media hora, y hablaríamos a todos los efectos del nuevo álbum de Salvat. En todo caso, los ocho cortes dejan buen sabor de boca. Aunque no debemos considerar los sesenta y nueve segundos "Voice Memo 06.08.20" como una canción representativa: se trata de una mera introducción en la que sobre un loop electrónico y los coros de Salvat, la voz de una chica reprende a su pareja. El álbum comienza realmente con el segundo corte, "First time": el hecho de tratarse de una balada y de comenzar con poco más que el piano y la voz del australiano puede hacernos pensar que el EP va a ser eso, espartano e íntimo. Pero nada más lejos de la realidad. De hecho, la desgarradora tristeza de sus dos minutos iniciales va creciendo gradualmente hasta transformarse, cuando aún quedan dos minutos y entra el platillo de la batería electrónica, en un tema bailable, de percusión contundente, muy conseguido. Lógico que haya sido elegido como el sencillo de presentación del EP.
"Swimming upstream" sí que es ese baladón melancólico sobre una pareja que nada a contracorriente para intentar continuar: piano, guitarra acústica y la estupenda interpretación vocal de Salvat. Pero Salvat no es el típico crooner soso, e incluso en el tema más intimista (y conservador) del disco añade una batería, sus voces haciendo coros, una coda con otra melodía... "One more night" es para mi gusto el mejor momento del EP: su precioso, elaborado y cinematográficamente inquietante comienzo da paso a un tempo alto y a un tenebroso colchón de bajo sintetizado y sintetizador oscuro que se adhiere a nuestro cerebro y lleva la desasosegante melodía a otra dimensión. El cambio de tonalidad de la segunda estrofa, resaltado al dejar sólo la voz de Salvat y el piano, es genial, y la sensual letra muy adecuadada al conjunto. Por ponerle algún pero, el estribillo en notas tan altas y sobre la misma progresión armónica de la estrofa acaba volviendo la canción un poco monótona conforme avanza el minutaje. Tras este temazo, "Photos" es el segundo interludio del EP, un colchón electrónico sobre el que Salvat canta una dulce melodía que sin duda podría haber explotado más de los cincuenta y ocho segundos que dura.
"Peaches" es un medio tiempo de pop luminoso y original instrumentación que no formará parte de lo mejor de su carrera pero que tampoco desentona en ella. Aunque queda bastante por debajo de "Carry on", una de esas melodías de pop sesentero tan perfectas que parece mentira que no se trate de una versión. Con una instrumentación menos electrónica que no le resta protagonismo y una duración contenida, es el último gran momento del EP. Porque "I miss you", a pesar de su elaborado arpegio de piano, su sección de cuerda, su guitarra acústica de complmento y su sinceras letra y melodía vocal, es el tema más flojo, en el límite de lo sensiblero.
En todo caso, después de unas cuantas escuchas queda claro que el australiano no sólo no ha perdido la inspiración durante la pandemia, sino que incluso ha conseguido superar el nivel medio de "Modern anxiety". Mejor que pensar en que podría haber sido el grueso de un gran álbum, quedémonos con que este "The close Le Reveil" alberga cuatro o cinco temas que sin duda son de lo mejor que puede ofrecer la música pop elegante e intemporal en este 2021. Que ya es bastante.
Otro fenómeno ligado a esta pandemia que todo lo ha trastocado ha sido la popularización del EP (Extended Play) como formato para dar salida a la creatividad del pasado ejercicio. Se ve que muchos artistas han intentado aprovechar el parón para explorar nuevos caminos y, o bien no han llegado a crear material suficiente como para publicar álbumes completos, o bien no desean asumir el riesgo de que esas canciones creadas en circunstancias especiales (con menos medios, más íntimas) pasen a formar parte de su discografía de lanzamientos completos. Los EPs abundan; lo malo es que para la mayoría de los melómanos quince o veinte minutos de sus artistas favoritos suelen saber a demasiado poco.
Uno de los artistas que sigo en este blog desde que comenzó su carrera y que se ha apuntado a esta moda de los EPs es el australiano Josef Salvat. El crooner ha publicado hace escasas fechas "The close Le Reveil". Un lanzamiento sorpresa teniendo en cuenta que se cumple justo un año desde el lanzamiento de "Modern Anxiety", su segundo álbum. Que, además, había tardado nada menos que cuatro años en ver la luz desde que debutó con "Night swim" (2016). Lo lógico habría sido esperar al menos otro año más para escuchar nuevas canciones de Salvat pero, quizá por el confinamiento, quizá porque el segundo álbum se ha quedado lejos de la repercusión del primero (aunque, como reseñé en su momento, no se trataba de un mal disco), el caso es que ya tenemos aquí su nuevo material. Y, lo que es más reseñable, aunque se trata de un EP, son ocho nuevos cortes (seis canciones completas y dos intervalos menores) que completan veinteséis minutos de duración. Si recordamos que "Modern anxiety" contenía sólo dos temas más y duraba apenas treinta y tres minutos, casi podremos asumir que "The close Le Reveil" es más el tercer álbum del australiano que un simple EP.
Una asunción que se sustenta, además, en lo elaborado de los temas que contiene. A menudo los EPs sirven para formatos más íntimos, para versiones de otros artistas, o simplemente para recuperar temas descartados en su momento. No es el caso de este "The close Le Reveil": el disco está constituido sólo por temas nuevos, y forma un todo bien cohesionado y lo suficientemente variado para que sus seguidores no sientan que no reciben lo suficiente por su dinero. De hecho, con sólo un tema más que hubiera contenido ya habría llegado a la media hora, y hablaríamos a todos los efectos del nuevo álbum de Salvat. En todo caso, los ocho cortes dejan buen sabor de boca. Aunque no debemos considerar los sesenta y nueve segundos "Voice Memo 06.08.20" como una canción representativa: se trata de una mera introducción en la que sobre un loop electrónico y los coros de Salvat, la voz de una chica reprende a su pareja. El álbum comienza realmente con el segundo corte, "First time": el hecho de tratarse de una balada y de comenzar con poco más que el piano y la voz del australiano puede hacernos pensar que el EP va a ser eso, espartano e íntimo. Pero nada más lejos de la realidad. De hecho, la desgarradora tristeza de sus dos minutos iniciales va creciendo gradualmente hasta transformarse, cuando aún quedan dos minutos y entra el platillo de la batería electrónica, en un tema bailable, de percusión contundente, muy conseguido. Lógico que haya sido elegido como el sencillo de presentación del EP.
"Swimming upstream" sí que es ese baladón melancólico sobre una pareja que nada a contracorriente para intentar continuar: piano, guitarra acústica y la estupenda interpretación vocal de Salvat. Pero Salvat no es el típico crooner soso, e incluso en el tema más intimista (y conservador) del disco añade una batería, sus voces haciendo coros, una coda con otra melodía... "One more night" es para mi gusto el mejor momento del EP: su precioso, elaborado y cinematográficamente inquietante comienzo da paso a un tempo alto y a un tenebroso colchón de bajo sintetizado y sintetizador oscuro que se adhiere a nuestro cerebro y lleva la desasosegante melodía a otra dimensión. El cambio de tonalidad de la segunda estrofa, resaltado al dejar sólo la voz de Salvat y el piano, es genial, y la sensual letra muy adecuadada al conjunto. Por ponerle algún pero, el estribillo en notas tan altas y sobre la misma progresión armónica de la estrofa acaba volviendo la canción un poco monótona conforme avanza el minutaje. Tras este temazo, "Photos" es el segundo interludio del EP, un colchón electrónico sobre el que Salvat canta una dulce melodía que sin duda podría haber explotado más de los cincuenta y ocho segundos que dura.
"Peaches" es un medio tiempo de pop luminoso y original instrumentación que no formará parte de lo mejor de su carrera pero que tampoco desentona en ella. Aunque queda bastante por debajo de "Carry on", una de esas melodías de pop sesentero tan perfectas que parece mentira que no se trate de una versión. Con una instrumentación menos electrónica que no le resta protagonismo y una duración contenida, es el último gran momento del EP. Porque "I miss you", a pesar de su elaborado arpegio de piano, su sección de cuerda, su guitarra acústica de complmento y su sinceras letra y melodía vocal, es el tema más flojo, en el límite de lo sensiblero.
En todo caso, después de unas cuantas escuchas queda claro que el australiano no sólo no ha perdido la inspiración durante la pandemia, sino que incluso ha conseguido superar el nivel medio de "Modern anxiety". Mejor que pensar en que podría haber sido el grueso de un gran álbum, quedémonos con que este "The close Le Reveil" alberga cuatro o cinco temas que sin duda son de lo mejor que puede ofrecer la música pop elegante e intemporal en este 2021. Que ya es bastante.
viernes, 2 de abril de 2021
The Weeknd: "The highlights" (2021)
La presente entrada es excepcional en este humilde blog por múltiples razones. La primera y más evidente, porque hacía prácticamente una década que no reseñaba un álbum recopilatorio. La segunda, porque es el primer disco de este 2021 que reseño, después de haberlo intentado con casi veinte novedades que desgraciadamente no han pasado mi filtro de un nivel medio de calidad adecuado. Y la tercera, porque no se trata de un artista más o menos minoritario, sino de uno de los más relevantes a nivel comercial en el panorama actual. Por todo lo anterior, entiendo que una entrada para The Weeknd pueda chirriar a los seguidores habituales de este blog. Intentaré explicar el porqué.
Quizá si empiezo diciendo que "Blinding lights" formó recientemente parte de mi lista de otros veinticinco temas recomendables de 2020, la cosa empiece a entenderse. Otra razón de peso es que, en una época en el que la música comercial está tan contaminada por géneros tan poco interesantes desde el punto de vista creativo como el reguetón o el trap, que un artista triunfe masivamente con composiciones de ritmo cuaternario, con letras educadas y evocadoras, y melodías con estrofas y estribillos definidos y trabajados, es un motivo de esperanza ante tanta canción ramplona. Por mucho que The Weeknd imite descaradamente a Michael Jackson, o se inspire sin disimulo en los sonidos más ochenteros. Una última razón es que, aun siendo cierto todo lo anterior, un álbum entero de The Weeknd puede ser demasiado duro para melómanos exigentes, con demasiados momentos edulcorados o faltos de riesgo, pero una selección de lo más destacado de su producción evita ese problema, ayudando a dejar una buena impresión.
En cuanto al tracklist, en general es adecuado pero un tanto desconcertante. Lo primero que llama la atención es que no se ha incluido ni un solo tema nuevo que pueda dinamizar las ventas (quizá porque la compañia no lo consideró necesario, o porque la duración del álbum era ya de setenta y siete minutos). Lo segundo es que se han quedado fuera todas las canciones de su álbum de debut, "Kiss land" (2013), pero sin embargo sí han entrado dos meritorias composiciones de su anterior en el tiempo mixtape de debut, "House of balloons" (2011). Lo tercero es que no hay ningún tipo de orden (ni cronológico, ni por origen de los temas), y por ejemplo las composiciones de su exitoso "After hours" (2020) lo abren y cierran. Y lo cuarto es que se ha sido valiente a la hora de rescatar temas de EPs ("My dear melancholy", 2018), bandas sonoras, o colaboraciones con otros artistas (Kendrick Lamar, Ariana Grande), lo que completa la perspectiva musical del conjunto.
Asegurando el tiro, el disco lo abre "Save your tears", tal vez el segundo mejor momento de "After hours": Max Martin, el compositor que más números uno ha conseguido en E.E.U.U. en la historia, en su máxima expresión, con un tema completamente ochentero como suele ser costumbre en él, de sonido muy pobre (por más que regule uno los agudos no acaba de sonar bien), pero con un ritmo infeccioso de bajo y teclado, una bonita melodía de partes claramente diferenciadas (en especial una meritoria parte nueva que repite en dos ocasiones) y unos adecuados vocoders rematando el conjunto al final. Si bien el tema con el que Martin ha conseguido llevar a Abel Tesfaye a otra dimensión es el segundo corte, la radiadísima "Blinding lights". Que sí, que "se inspira" en el ritmo del "Take on me" (1986) de A-HA, y que bordea el plagio de "Perfect world" (2014) de Broken Bells en su estribillo. Pero que no deja de contar en su melodía principal instrumental con un sintetizador súper pegadizo, y que al fin y al cabo reluce en las listas de éxitos de 2020 frente a tantas pseudo canciones monocordes. No obstante, a pesar de tratarse de un recopilatorio, no es oro todo lo que reluce, como lo refleja "In your eyes", un medio tiempo agradable pero evidentemente menor de su "After hours" (a pesar de su meritorio saxofón).
Más interesante es "Can't feel my face", de su segundo álbum "Beauty Behind the Madness": Tesfaye juega a ser Michael Jackson en el tono de su voz de su estribillo, en el groove de sus estrofas y en los efectos que añade el siempre solvente Martin, todo lo cual le proporcionó el segundo número uno de su carrera en E.E.U.U. Le sigue "I feel it coming", de "Starboy" (2016), que fue una de las dos colaboraciones con el dúo francés Daft Punk, una especial de funky-soul bastante retro y más meloso que interesante. "Starboy" fue la otra colaboración con Daft Punk, un nuevo número a nivel mundial a pesar de la instrumentación un tanto conservadora para lo que se espera de los franceses, y una melodía en acordes menores que tampoco es nada del otro mundo.
Un momento notable del disco es sin duda "Pray for me", la colaboración de Tesfaye con el rapero Kendrick Lamar para la banda sonora de la película "Black Panther" (2018). La parte declamada de Lamar es corta, hacia la mitad, y no nos impide disfrutar de estrofas, estribillos y una coda final completa en una evocadora y triste melodía, sobre una percusión simplona pero efectiva, y con algunos efectos sonoros epatantes que sin embargo entroncan con la atmósfera general del tema. "Heartless" es otro tema mas de "After hours", un tanto anodino salvo por un bonito aunque excesivamente reiterado estribillo. "Often", de "Beauty Behind the Madness", es un medio tiempo interesante a nivel instrumental con sus ritmos sincopados y sus samples, pero poco inspirado compositivamente. "Heartless", de "Beauty Behind the Madness", con sus efectos ruidistas, es un momento más recomendable, una melodía mucho más oscura de lo habitual en sus estrofas y ya sí reconocible en el estribillo (y familiar por todos los anuncios de televisión que la han utilizado), aunque la producción del tema no ayuda a que crezca todo lo que podría conforme avanza el minutaje.
"Call Out My Name", del EP "My Dear Melancholy" (2018), es una balada menos espartana instrumentalmente de lo que cabría esperar en un producto de consumo masivo, y Tesfaye la interpreta bien con su voz un tanto quebradiza de tonos altos y timbre casi femenino. Pero creativamente tampoco es nada del otro jueves. Le sigue "The hills", de "Beauty Behind the Madness", que no sube el tempo lo que debería y que a pesar de su melodía soul de notas altas no evita que el recopilatorio se atragante un tanto con la sobredosis de azúcar y falta de riesgo. "Earned It", de la película "Fifty Shades of Grey" (2014), con su sección de cuerda sintetizada como principal baza, ahonda esa sensación de aburrimiento, de que para triunfar en las listas hay que sonar serio, soso, por lo que sugiero pulsar directamente el "forward". La cosa se entona un poco con el corte número catorce, "Love Me Harder", del segundo disco de Ariana Grande "My Everything" (2014). Que tampoco es nada especial, pero al menos sube el tempo después de tres temas seguidos a prueba de insomnio y se deja bailar, aparte de que no abusa de voces desdobladas y auto-tune tanto como es habitual en la menuda cantante estadounidense.
Llegados a este punto uno podría plantearse cómo he decidido reseñar "The highlights" si solo he destacado hasta ahora cinco temas de catorce. La explicación es que el tramo final pega un subidón que mejora notablemente la impresión final, coincidiendo, cómo no, con tres de los cortes de menor éxito del recopilatorio. Empezando por "Acquainted", la mejor canción de "Beauty Behind the Madness": un medio tiempo oscuro, sincopado y de percusiones juguetonas como cabría esperar, sostenido por su estupenda melodía (un estribillo que demuestra que se puede emocionar sin caer en las notas altas y la exhibición vocal), y los casi dos minutos de experimentación (¡por fin!), en realidad una composición diferente adosada con buen criterio al final del tema principal. "Wicked games", de "House of balloons" (2011), muestra probablemente cómo habría sido la carrera del canadiense si no hubiera priorizado comercialidad sobre calidad. Es casi un tema de rock sin instrumentación de rock, aunque la rabia contenida se trasluce por todos sus poros. Además, en ella Tesfaye muestra que ya en sus orígenes andaba sobrado de talento para interpretar sus composiciones. "The Morning", también de "House of balloons", muy original con el solo de guitarra eléctrica al comienzo (sí, sí, han leído bien), muestra que este instrumento podría haberse usado bastante más para mejorar muchos de los temas ya reseñados. La melodía quizá sea un tanto repetitiva en estrofas como estribillos, pero ese defecto se convierte en una virtud como canción pop que aspira a que la tarareemos desde que la escuchamos hasta que nos vamos a dormir. Y el despliegue lo cierra "After hours", que da título a su último disco, y que curiosamente hasta donde yo sé no ha visto la luz en formato sencillo. Sin embargo se trata de un momento muy interesante, que empieza sin sorpresas, lento y con efectos sincopados, pero que sí evoluciona en sus arreglos con muy buen criterio, y se convierte en un tema no rápido pero sí bailable, tenebroso, con una nueva melodía de tonos altos pero nada evidente, y con detalles como el sonido de la la aguja de un tocadiscos recorriendo la superficie de un vinilo.
Al final, coincidirán conmigo en que nueve o diez momentos son más que suficientes para pasar un rato agradable con el canadiense, e incluso entretenerse en apreciar aquellos temas mejor producidos e instrumentados. Además, es un álbum muy adecuado si nos rodeamos de personas con un paladar musical menos exigente que el nuestro, pues esos momentos anodinos o directamente aburridos que también nos encontramos serán seguramente del gusto de nuestro entorno. Y es que desde mi punto de vista, todo éxito en ventas de The Weeknd en el tiempo presente es una pequeña victoria de la música popular con mayúsculas frente a tantos pseudo artistas que nos intentan convencer que la falta de musicalidad es en sí una virtud de la nueva música. Así que quítense los prejuicios de en medio, vean su actuación en la reciente Super Bowl si no lo han hecho aún, y háganse con este recopilatorio válido para casi cualquier momento y circunstancia. Nunca sobrará en su particular discoteca.
Quizá si empiezo diciendo que "Blinding lights" formó recientemente parte de mi lista de otros veinticinco temas recomendables de 2020, la cosa empiece a entenderse. Otra razón de peso es que, en una época en el que la música comercial está tan contaminada por géneros tan poco interesantes desde el punto de vista creativo como el reguetón o el trap, que un artista triunfe masivamente con composiciones de ritmo cuaternario, con letras educadas y evocadoras, y melodías con estrofas y estribillos definidos y trabajados, es un motivo de esperanza ante tanta canción ramplona. Por mucho que The Weeknd imite descaradamente a Michael Jackson, o se inspire sin disimulo en los sonidos más ochenteros. Una última razón es que, aun siendo cierto todo lo anterior, un álbum entero de The Weeknd puede ser demasiado duro para melómanos exigentes, con demasiados momentos edulcorados o faltos de riesgo, pero una selección de lo más destacado de su producción evita ese problema, ayudando a dejar una buena impresión.
En cuanto al tracklist, en general es adecuado pero un tanto desconcertante. Lo primero que llama la atención es que no se ha incluido ni un solo tema nuevo que pueda dinamizar las ventas (quizá porque la compañia no lo consideró necesario, o porque la duración del álbum era ya de setenta y siete minutos). Lo segundo es que se han quedado fuera todas las canciones de su álbum de debut, "Kiss land" (2013), pero sin embargo sí han entrado dos meritorias composiciones de su anterior en el tiempo mixtape de debut, "House of balloons" (2011). Lo tercero es que no hay ningún tipo de orden (ni cronológico, ni por origen de los temas), y por ejemplo las composiciones de su exitoso "After hours" (2020) lo abren y cierran. Y lo cuarto es que se ha sido valiente a la hora de rescatar temas de EPs ("My dear melancholy", 2018), bandas sonoras, o colaboraciones con otros artistas (Kendrick Lamar, Ariana Grande), lo que completa la perspectiva musical del conjunto.
Asegurando el tiro, el disco lo abre "Save your tears", tal vez el segundo mejor momento de "After hours": Max Martin, el compositor que más números uno ha conseguido en E.E.U.U. en la historia, en su máxima expresión, con un tema completamente ochentero como suele ser costumbre en él, de sonido muy pobre (por más que regule uno los agudos no acaba de sonar bien), pero con un ritmo infeccioso de bajo y teclado, una bonita melodía de partes claramente diferenciadas (en especial una meritoria parte nueva que repite en dos ocasiones) y unos adecuados vocoders rematando el conjunto al final. Si bien el tema con el que Martin ha conseguido llevar a Abel Tesfaye a otra dimensión es el segundo corte, la radiadísima "Blinding lights". Que sí, que "se inspira" en el ritmo del "Take on me" (1986) de A-HA, y que bordea el plagio de "Perfect world" (2014) de Broken Bells en su estribillo. Pero que no deja de contar en su melodía principal instrumental con un sintetizador súper pegadizo, y que al fin y al cabo reluce en las listas de éxitos de 2020 frente a tantas pseudo canciones monocordes. No obstante, a pesar de tratarse de un recopilatorio, no es oro todo lo que reluce, como lo refleja "In your eyes", un medio tiempo agradable pero evidentemente menor de su "After hours" (a pesar de su meritorio saxofón).
Más interesante es "Can't feel my face", de su segundo álbum "Beauty Behind the Madness": Tesfaye juega a ser Michael Jackson en el tono de su voz de su estribillo, en el groove de sus estrofas y en los efectos que añade el siempre solvente Martin, todo lo cual le proporcionó el segundo número uno de su carrera en E.E.U.U. Le sigue "I feel it coming", de "Starboy" (2016), que fue una de las dos colaboraciones con el dúo francés Daft Punk, una especial de funky-soul bastante retro y más meloso que interesante. "Starboy" fue la otra colaboración con Daft Punk, un nuevo número a nivel mundial a pesar de la instrumentación un tanto conservadora para lo que se espera de los franceses, y una melodía en acordes menores que tampoco es nada del otro mundo.
Un momento notable del disco es sin duda "Pray for me", la colaboración de Tesfaye con el rapero Kendrick Lamar para la banda sonora de la película "Black Panther" (2018). La parte declamada de Lamar es corta, hacia la mitad, y no nos impide disfrutar de estrofas, estribillos y una coda final completa en una evocadora y triste melodía, sobre una percusión simplona pero efectiva, y con algunos efectos sonoros epatantes que sin embargo entroncan con la atmósfera general del tema. "Heartless" es otro tema mas de "After hours", un tanto anodino salvo por un bonito aunque excesivamente reiterado estribillo. "Often", de "Beauty Behind the Madness", es un medio tiempo interesante a nivel instrumental con sus ritmos sincopados y sus samples, pero poco inspirado compositivamente. "Heartless", de "Beauty Behind the Madness", con sus efectos ruidistas, es un momento más recomendable, una melodía mucho más oscura de lo habitual en sus estrofas y ya sí reconocible en el estribillo (y familiar por todos los anuncios de televisión que la han utilizado), aunque la producción del tema no ayuda a que crezca todo lo que podría conforme avanza el minutaje.
"Call Out My Name", del EP "My Dear Melancholy" (2018), es una balada menos espartana instrumentalmente de lo que cabría esperar en un producto de consumo masivo, y Tesfaye la interpreta bien con su voz un tanto quebradiza de tonos altos y timbre casi femenino. Pero creativamente tampoco es nada del otro jueves. Le sigue "The hills", de "Beauty Behind the Madness", que no sube el tempo lo que debería y que a pesar de su melodía soul de notas altas no evita que el recopilatorio se atragante un tanto con la sobredosis de azúcar y falta de riesgo. "Earned It", de la película "Fifty Shades of Grey" (2014), con su sección de cuerda sintetizada como principal baza, ahonda esa sensación de aburrimiento, de que para triunfar en las listas hay que sonar serio, soso, por lo que sugiero pulsar directamente el "forward". La cosa se entona un poco con el corte número catorce, "Love Me Harder", del segundo disco de Ariana Grande "My Everything" (2014). Que tampoco es nada especial, pero al menos sube el tempo después de tres temas seguidos a prueba de insomnio y se deja bailar, aparte de que no abusa de voces desdobladas y auto-tune tanto como es habitual en la menuda cantante estadounidense.
Llegados a este punto uno podría plantearse cómo he decidido reseñar "The highlights" si solo he destacado hasta ahora cinco temas de catorce. La explicación es que el tramo final pega un subidón que mejora notablemente la impresión final, coincidiendo, cómo no, con tres de los cortes de menor éxito del recopilatorio. Empezando por "Acquainted", la mejor canción de "Beauty Behind the Madness": un medio tiempo oscuro, sincopado y de percusiones juguetonas como cabría esperar, sostenido por su estupenda melodía (un estribillo que demuestra que se puede emocionar sin caer en las notas altas y la exhibición vocal), y los casi dos minutos de experimentación (¡por fin!), en realidad una composición diferente adosada con buen criterio al final del tema principal. "Wicked games", de "House of balloons" (2011), muestra probablemente cómo habría sido la carrera del canadiense si no hubiera priorizado comercialidad sobre calidad. Es casi un tema de rock sin instrumentación de rock, aunque la rabia contenida se trasluce por todos sus poros. Además, en ella Tesfaye muestra que ya en sus orígenes andaba sobrado de talento para interpretar sus composiciones. "The Morning", también de "House of balloons", muy original con el solo de guitarra eléctrica al comienzo (sí, sí, han leído bien), muestra que este instrumento podría haberse usado bastante más para mejorar muchos de los temas ya reseñados. La melodía quizá sea un tanto repetitiva en estrofas como estribillos, pero ese defecto se convierte en una virtud como canción pop que aspira a que la tarareemos desde que la escuchamos hasta que nos vamos a dormir. Y el despliegue lo cierra "After hours", que da título a su último disco, y que curiosamente hasta donde yo sé no ha visto la luz en formato sencillo. Sin embargo se trata de un momento muy interesante, que empieza sin sorpresas, lento y con efectos sincopados, pero que sí evoluciona en sus arreglos con muy buen criterio, y se convierte en un tema no rápido pero sí bailable, tenebroso, con una nueva melodía de tonos altos pero nada evidente, y con detalles como el sonido de la la aguja de un tocadiscos recorriendo la superficie de un vinilo.
Al final, coincidirán conmigo en que nueve o diez momentos son más que suficientes para pasar un rato agradable con el canadiense, e incluso entretenerse en apreciar aquellos temas mejor producidos e instrumentados. Además, es un álbum muy adecuado si nos rodeamos de personas con un paladar musical menos exigente que el nuestro, pues esos momentos anodinos o directamente aburridos que también nos encontramos serán seguramente del gusto de nuestro entorno. Y es que desde mi punto de vista, todo éxito en ventas de The Weeknd en el tiempo presente es una pequeña victoria de la música popular con mayúsculas frente a tantos pseudo artistas que nos intentan convencer que la falta de musicalidad es en sí una virtud de la nueva música. Así que quítense los prejuicios de en medio, vean su actuación en la reciente Super Bowl si no lo han hecho aún, y háganse con este recopilatorio válido para casi cualquier momento y circunstancia. Nunca sobrará en su particular discoteca.
domingo, 7 de marzo de 2021
Boston Manor: "GLUE" (2020)
Otro de los álbumes que he descubierto hace unas semanas, revisando las listas de los mejores discos de 2020 de un buen número de webs especializadas, ha sido "GLUE", el tercer álbum de los británicos Boston Manor. Que, a pesar de su relativamente escasa visibilidad para la crítica, para mí es sin duda el mejor disco de rock no ya del pasado año, sino de los últimos ejercicios. Entendiendo rock en sentido amplio, es decir, una energía y una intensidad guitarrera que igual se acerca al hardcore, que al grunge o al punk. "GLUE" es pues un disco muy variado, disfrutable de principio a fin y con el mérito adicional de que en ningún momento la banda pierde su personalidad al acercarse a uno u otro estilo.
A ello contribuyen de manera decisiva la capacidad del grupo para, a partir de unas composiciones siempre bien trabajadas de base, asimilar influencias de toda la música hecha con guitarras en los últimos cincuenta años. Sin rehuir el uso de instrumentos y recursos complementarios a los habituales en una banda de rock (guitarras eléctricas, bajo y batería), pero siempre con la habilidad de que esos complementos no diluyan la intensidad de su sonido. Al mismo nivel de excelencia raya la voz de Henry Cox, un cantante capaz de chillar de la manera más virulenta posible un verso y de cantar con una voz excelentemente modulada el siguiente. Y tampoco podemos olvidar unas letras que en su mayoría no se quedan en los tópicos habituales y reflejan situaciones de desconcierto, de desánimo, evocando emociones plenamente contemporáneas y muy presentes en nuestras grandes ciudades.
El álbum lo abre Everything is ordinary", el sencillo que anticipó el álbum hace justo un año. Una apuesta arriesgada, ya que no es precisamente un buen reflejo de todo lo que encierra "GLUE", aunque sí una manera eficaz de satisfacer a sus fans más agresivos: tempo altísimo, voces distorsionadas, guitarras hirientes, chillidos en el estribillo... Incluso el videoclip es tan frenético que no es apto para personas fotosensibles. Pero todo ello, no lo olvidemos, arropando una meritoria composición, con sus partes diferenciadas y una melodía adecuada para aprovechar la progresión armónica. Le sigue "1's & 0's", con su comienzo industrial y su desarrollo que es puro hardcore, delirante en las estrofas y sin embargo con un contudente estribillo que es capaz de conjugar de manera inverosímil una frase vociferada y otra estupendamente cantada, lo que refleja las armonías subyacentes en él. "Plasticine dreams" fue el quinto sencillo, y supone un cambio radical de estilo, con una melodía que recuerda a Oasis y unas distorsiones a lo Stone Temple Pilots, mucho más asequible para todo tipo de amantes del rock. Tanto que formó parte de mi lista de mejores canciones internacionales de 2020. Le sigue "Terrible love", un tema de atmósfera y letra desoladoras, sobre una instrumentación convencional, que juega con los cambios de ritmo (más alto en las estrofas, más pausado en los estribillos), que no llega en mi opinión al nivel de los mejores momentos del álbum pero se deja escuchar.
"On a high ledge", quinto corte, fue también el tercer sencillo, una confesión de un hijo a su padre sobre su tormentoso mundo interior, con unos estribillos cada vez más furiosos, una original batería y una apreciable parafernalia de adornos electrónicos que, sin embargo, no le hacen perder contundencia al tema. "Only1" nos retrotrae desde el mismo comienzo al grunge de principios de los noventa, con una nueva exhibición de Cox a la hora de intercalar frases declamadas y otras vociferadas, unas estrofras crudas y desasosegantes y uno de los mejores estribillos de todo el disco, todo ello complementado por un solo de guitarra con el "wah wah" como referencia, que en su segunda repetición también sirve de cierre. "You and me and the class war" es, aparte de lo que su provocativo título ya anticipa, un tema de punk clásico por ritmo e instrumentación en su mayor parte, aunque su lento estribillo le da un toque de originalidad, y el crescendo tras su meritorio tramo instrumental nos permite soltar toda la rabia acumulada. "Playing God" es otro buen momento del disco, que en este caso recuerda a los mejores tiempos de Staind, antes de que se acomodaran: rock pesado, oscuro, con melodía de notas graves en la estrofa y un estribillo de notas más altas muy recomendable. Aunque quizá le falta evolucionar un poco conforme avanza el minutaje.
A pesar de no haber sido extraído como sencillo, "Brand new kids", el noveno corte, es para mí sin duda el mejor momento del álbum: ese doble piano del comienzo ya indica la calidad de la progresión armónica, y la contundencia de sus intervalos instrumentales sin renunciar a la ayuda de la electrónica recuerda a los mejores momentos de Garbage. Aunque lo mejor es su maravilloso y provocativo estribillo ("I'm in love with a drug & it loves me too", ahí queda eso). "Ratking", décimo corte y cuarto sencillo, que entra a tope sin previo aviso, es otro medio tiempo sobre una elaborada composición, con un excelente arpegio de guitarra en las estrofas, toda la distorsión posible en su eficaz estribillo y un bonito intervalo instrumental sin necesidad de tirar de virtuosismo.
El excelente estado creativo de los británicos queda reflejado en que a estas alturas del álbum (diez cortes9 aún quedan otras tres canciones para rematar el conjunto. La primera de ellas, "Stuck in the mud", es mi segundo momento favorito del disco. Podemos referirnos a ella como la balada del disco, en la que Cox se luce como nunca en la parte vocal, con otra letra de desazón que da que pensar y una preciosa melodía que, una vez más, pone de manifiesto la variedad de registros de la banda y su capacidad para extraer lo mejor de cada composición (como lo refleja el detalle de que sólo en la repetición final del estribillo entran todos los instrumentos). "Liquid" fue un sencillo con la colaboración de John Floriani que la banda publicó aisladamente a mediados de 2019, y que acabó formando parte de "GLUE" casi un año más tarde. Recuerda en este caso a los Offspring más serios de mediados de los noventa, con otra oscura y meritoria progresión armónica, unos certeros arreglos y el detalle de mezclar las dos líneas melódicas vocales en el tramo final. Y el cierre a tanta creatividad lo pone "Monolith", el tema más largo del disco, una especie de punk sintético (con bajo sintetizado y todos) y unos exabruptos ("Fuck you too") y unos chillidos que nos recuerdan que la banda sigue sin acomodarse en sonidos más complacientes. Si bien sus dos minutos finales, una pequeña sinfonía urbana sin apenas parte vocal que termina en un solitario piano, nos demuestra que pueden ir mucho más allá de los postulados del género.
Con sus dos primeros álbumes Boston Manor ya habían demostrado su variedad de registro y su capacidad de entregar temas de talento, pero la cantidad y calidad de la gran parte de temas de este "GLUE" los ha confirmado como uno de los mejores grupos de rock de la actualidad. Es cierto que algunas canciones pueden resultar demasiado contundentes para amantes del rock más convencional, mientras que otras pueden ser demasiado melódicas para los que gusten de ir a un concierto "a darlo todo" delante del escenario. Pero en mi opinión el álbum mantiene un acertado equilibrio entre todas esas influencias, y dado que su contenido es amplio, siempre podemos pulsar el "forward" en los dos o tres temas que menos nos gusten y aun así disfrutar de las restantes diez u once canciones. La única pena es que siguen siendo un grupo demasiado minoritario para sus méritos, y muchos amantes del rock de los últimos cuarenta años desconocen por completo su existencia. Así que espero que esta entrada les ayude aunque sea mínimamente a aumentar su repercusión.
A ello contribuyen de manera decisiva la capacidad del grupo para, a partir de unas composiciones siempre bien trabajadas de base, asimilar influencias de toda la música hecha con guitarras en los últimos cincuenta años. Sin rehuir el uso de instrumentos y recursos complementarios a los habituales en una banda de rock (guitarras eléctricas, bajo y batería), pero siempre con la habilidad de que esos complementos no diluyan la intensidad de su sonido. Al mismo nivel de excelencia raya la voz de Henry Cox, un cantante capaz de chillar de la manera más virulenta posible un verso y de cantar con una voz excelentemente modulada el siguiente. Y tampoco podemos olvidar unas letras que en su mayoría no se quedan en los tópicos habituales y reflejan situaciones de desconcierto, de desánimo, evocando emociones plenamente contemporáneas y muy presentes en nuestras grandes ciudades.
El álbum lo abre Everything is ordinary", el sencillo que anticipó el álbum hace justo un año. Una apuesta arriesgada, ya que no es precisamente un buen reflejo de todo lo que encierra "GLUE", aunque sí una manera eficaz de satisfacer a sus fans más agresivos: tempo altísimo, voces distorsionadas, guitarras hirientes, chillidos en el estribillo... Incluso el videoclip es tan frenético que no es apto para personas fotosensibles. Pero todo ello, no lo olvidemos, arropando una meritoria composición, con sus partes diferenciadas y una melodía adecuada para aprovechar la progresión armónica. Le sigue "1's & 0's", con su comienzo industrial y su desarrollo que es puro hardcore, delirante en las estrofas y sin embargo con un contudente estribillo que es capaz de conjugar de manera inverosímil una frase vociferada y otra estupendamente cantada, lo que refleja las armonías subyacentes en él. "Plasticine dreams" fue el quinto sencillo, y supone un cambio radical de estilo, con una melodía que recuerda a Oasis y unas distorsiones a lo Stone Temple Pilots, mucho más asequible para todo tipo de amantes del rock. Tanto que formó parte de mi lista de mejores canciones internacionales de 2020. Le sigue "Terrible love", un tema de atmósfera y letra desoladoras, sobre una instrumentación convencional, que juega con los cambios de ritmo (más alto en las estrofas, más pausado en los estribillos), que no llega en mi opinión al nivel de los mejores momentos del álbum pero se deja escuchar.
"On a high ledge", quinto corte, fue también el tercer sencillo, una confesión de un hijo a su padre sobre su tormentoso mundo interior, con unos estribillos cada vez más furiosos, una original batería y una apreciable parafernalia de adornos electrónicos que, sin embargo, no le hacen perder contundencia al tema. "Only1" nos retrotrae desde el mismo comienzo al grunge de principios de los noventa, con una nueva exhibición de Cox a la hora de intercalar frases declamadas y otras vociferadas, unas estrofras crudas y desasosegantes y uno de los mejores estribillos de todo el disco, todo ello complementado por un solo de guitarra con el "wah wah" como referencia, que en su segunda repetición también sirve de cierre. "You and me and the class war" es, aparte de lo que su provocativo título ya anticipa, un tema de punk clásico por ritmo e instrumentación en su mayor parte, aunque su lento estribillo le da un toque de originalidad, y el crescendo tras su meritorio tramo instrumental nos permite soltar toda la rabia acumulada. "Playing God" es otro buen momento del disco, que en este caso recuerda a los mejores tiempos de Staind, antes de que se acomodaran: rock pesado, oscuro, con melodía de notas graves en la estrofa y un estribillo de notas más altas muy recomendable. Aunque quizá le falta evolucionar un poco conforme avanza el minutaje.
A pesar de no haber sido extraído como sencillo, "Brand new kids", el noveno corte, es para mí sin duda el mejor momento del álbum: ese doble piano del comienzo ya indica la calidad de la progresión armónica, y la contundencia de sus intervalos instrumentales sin renunciar a la ayuda de la electrónica recuerda a los mejores momentos de Garbage. Aunque lo mejor es su maravilloso y provocativo estribillo ("I'm in love with a drug & it loves me too", ahí queda eso). "Ratking", décimo corte y cuarto sencillo, que entra a tope sin previo aviso, es otro medio tiempo sobre una elaborada composición, con un excelente arpegio de guitarra en las estrofas, toda la distorsión posible en su eficaz estribillo y un bonito intervalo instrumental sin necesidad de tirar de virtuosismo.
El excelente estado creativo de los británicos queda reflejado en que a estas alturas del álbum (diez cortes9 aún quedan otras tres canciones para rematar el conjunto. La primera de ellas, "Stuck in the mud", es mi segundo momento favorito del disco. Podemos referirnos a ella como la balada del disco, en la que Cox se luce como nunca en la parte vocal, con otra letra de desazón que da que pensar y una preciosa melodía que, una vez más, pone de manifiesto la variedad de registros de la banda y su capacidad para extraer lo mejor de cada composición (como lo refleja el detalle de que sólo en la repetición final del estribillo entran todos los instrumentos). "Liquid" fue un sencillo con la colaboración de John Floriani que la banda publicó aisladamente a mediados de 2019, y que acabó formando parte de "GLUE" casi un año más tarde. Recuerda en este caso a los Offspring más serios de mediados de los noventa, con otra oscura y meritoria progresión armónica, unos certeros arreglos y el detalle de mezclar las dos líneas melódicas vocales en el tramo final. Y el cierre a tanta creatividad lo pone "Monolith", el tema más largo del disco, una especie de punk sintético (con bajo sintetizado y todos) y unos exabruptos ("Fuck you too") y unos chillidos que nos recuerdan que la banda sigue sin acomodarse en sonidos más complacientes. Si bien sus dos minutos finales, una pequeña sinfonía urbana sin apenas parte vocal que termina en un solitario piano, nos demuestra que pueden ir mucho más allá de los postulados del género.
Con sus dos primeros álbumes Boston Manor ya habían demostrado su variedad de registro y su capacidad de entregar temas de talento, pero la cantidad y calidad de la gran parte de temas de este "GLUE" los ha confirmado como uno de los mejores grupos de rock de la actualidad. Es cierto que algunas canciones pueden resultar demasiado contundentes para amantes del rock más convencional, mientras que otras pueden ser demasiado melódicas para los que gusten de ir a un concierto "a darlo todo" delante del escenario. Pero en mi opinión el álbum mantiene un acertado equilibrio entre todas esas influencias, y dado que su contenido es amplio, siempre podemos pulsar el "forward" en los dos o tres temas que menos nos gusten y aun así disfrutar de las restantes diez u once canciones. La única pena es que siguen siendo un grupo demasiado minoritario para sus méritos, y muchos amantes del rock de los últimos cuarenta años desconocen por completo su existencia. Así que espero que esta entrada les ayude aunque sea mínimamente a aumentar su repercusión.
domingo, 14 de febrero de 2021
Eleventyseven: "Basic glitches" (2020)
Durante las últimas de semanas de 2020 aproveché, como acostumbro a hacer, para revisar varios sitios musicales de referencia en internet, en busca de álbumes que figurasen entre las listas de los mejores del año, pero que para mí hubieran pasado desapercibidos hasta entonces. Fue así como descubrí "Basic glitches", el sexto álbum de la banda estadounidense Eleventyseven. Que además de un disco recomendable, ha constituido una agradable sorpresa digna de su propia reseña en este humilde blog.
Y es que apenas recordaba nada de ellos, tan sólo "Love in your arms", seguramente su tema más conocido. Y que en mi opinión representaba bastante bien su propuesta musical hace algo más de una década: punk-pop luminoso y coreable típicamente americano, pero un tanto escaso de personalidad, algo que intentaban remediar con ciertos detalles contemporáneos como voces distorsionadas o algún que otro teclado estridente. Lo cierto es que desde su formación en 2002 Eleventyseven nunca llegó a ser un grupo de masas, y después de cuatro álbumes con una base de fans fiel pero sin visos de crecer significativamente, se separaron en 2014. Su cantante y compositor principal Matt Langston y su bajista Davey Davenport retomaron brevemente el proyecto en 2017 para un quinto álbum publicado gracias a una campaña de Kickstarter, pero en 2018 la cosa parecía definitivamente muerta. Hasta que a finales de 2019, y ya convertido en su proyecto personal, Langston anunció el sexto álbum de la banda, o lo que es lo mismo, su proyecto en solitario utilizando el nombre del grupo en intento por mantener a sus seguidores.
Eso sí, para sus fieles este "Basic glitches" puede haber sido un álbum difícil de digerir. Porque sin ser un salto tan radical como el que hay entre el rock espartano de los Red Hot Chili Peppers y los discos de electrónica y ambient de su guitarrista John Frusciante en solitario, el giro estilístico de Eleventyseven nos lo recuerda bastante. Langston se olvida de las guitarras (no hay una sola en todo el álbum) y abraza definitivamente los instrumentos electrónicos que había usado hasta ahora como edulcorante. El resultado es un disco que curiosamente es más variado a nivel estilístico que sonoro: si admitimos que la tecnología puede crear temas con nervio, aquí sigue habiendo rock y power-pop en dosis suficientes. Pero también hay electro-pop, dance-pop e incluso un par de homenajes a bandas estadounidenses que han dejado su poso en la música pero nunca llegaron a ser realmente masivas. Él lo hace todo: composición, instrumentación, grabación, mezclas... Con los medios justos, eso sí compensados por sus evidentes ganas de seguir dedicándose a la música a partir de la evolución de su propuesta. Esa ilusión es precisamente la que tira del álbum hacia arriba.
Con buen criterio Langston sitúa "Killing my vibe", su primer sencillo, al comienzo del álbum. Es el tema más contundente del disco, y el que mejor debería satisfacer a sus seguidores de toda la vida: un medio tiempo muy bien interpretado y con unos coros muy oportunos, que recurre a electrónica ruidista y a arriesgados efectos para potenciar la rabia contenida que encierra su sencilla pero eficaz progresión armónica. "Fear the fire" cambia de registro aunque no tanto de tempo y con casi los mismos mimbres que su predecesor nos ofrece un tema de puro electro-pop, con voces tremendamente distorsionadas, un estribillo optimista y cautivador y una parte nueva que es una exhibición a la hora de sacar a flote una nueva melodía entre sintetizadores omnipresentes. "Birthrite" vuelve a ser un tema de rock electrónico inquietante que podrían firmar los Fall Out Boy más arriesgados, como lo demuestra ese bombo doblado y esos sintetizadores inverosímiles que aproximan la composición a la pista de baile. Aunque para mí el mejor momento del disco es sin duda "Skip", el cuarto corte, pop melancólico y elegante a lo Lorde aunque de sonido aún más contemporáneo, una melodía muy bien trabajada que va creciendo desde la primera nota de la estrofa hasta llegar a un estribillo en acordes menores que, es cierto, recordará a otros muchos, pero que con esas preciosas repeticiones de "For the end of the ad" nos transportará a otra dimensión.
El resto del álbum no llega a mantener el nivel de su primer tercio, aunque en realidad no hay canciones que desentonen. "Letterman jacket" es un tema rápido que acerca a Eleventyseven al hyper-pop, si bien la base de su composición es el power-pop tradicional de la banda. Para mi gusto resulta correcto melódicamente pero un tanto blando, por momentos demasiado obvio, y un poquito largo. Le sigue "Cookie", el segundo y último sencillo extraído, que baja el tempo y sube un poco el nivel. Aunque es cierto que usa y abusa de la misma progresión armónica en estrofas y estribillo, estructurada eso sí sobre un pegadizo loop de synclavier, y puede llegar a cansar. "Battlecats" sí que recupera el mejor nivel del álbum, con su calidez rockera y su energía contenida conseguidas mediante un eficaz loop de bajo sintético, su ácida letra ("Garth Brooks came to level up your night life") y su ausencia de un estribillo vocal. Y "Shelf life", el octavo corte, se vuelve a aproximar al electro-pop, pero lo hace con un precioso teclado inicial y una melodía menos obvia que la de "Letterman jacket", por lo que resulta más recomendable que ésta, a pesar de que la belleza de su estribillo está justo en el límite de lo excesivamente comercial.
"Dizzy" es el penúltimo corte oficial de "Basic glitches", a la vez que un nuevo momento destacable: otro medio tiempo de pop envolvente, más melódico y menos chirriante que la mayoría de los anteriores, con una letra que es un canto a la desesperanza y una parte nueva que contiene un bonito y muy largo solo de sintetizador. "Natsunoyo" nos propone, como su título parece indicar, una juguetona melodía de reminiscencias asiáticas en su teclado principal. Y da lugar a lo que podríamos definir como la aproximación de Langston al K-pop que tan de moda está últimamente: bailable y entretenida. Y aunque en principio el diso termina aquí, en realidad lo completan dos versiones: "Teenage dirtbag", un tema desenfadado original de Wheatus, al que Langston despoja de distorsiones guitarreras (reemplazadas por un colchón de sintetizadores envolventes), y "Girl U want", un tema de 1980 de los inclasificables Devo, que cambia notablemente en la versión de Langston, perdiendo ritmo y ganando en experimentación electrónica. Dos ejercicios de estilo interesantes pero que no mejoran ni los originales ni la impresión global del álbum.
Y es que lo mejor de este inesperado "Basic glitches" es su capacidad para generar buenos temas sin encasillarse en un estilo en concreto. Por supuesto las limitaciones de un proyecto completamente en solitario condicionan un sonido que seguramente se habría beneficiado de contar con una banda de apoyo. Pero Langston es inteligente a la hora de armonizar e instrumentar sus composiciones, las interpreta con solvencia e incluso es capaz de mostrarnos su virtuosismo en tres o cuatro ocasiones. No hay gran tema que tire del conjunto, pero sí muchos que ganan con cada nueva escucha. La duda es si considerará la repercusión obtenida suficiente para seguir publicando canciones, o si éste habrá sido su canto del cisne tras prácticamente dos décadas en activo. Esperemos que lo primero; el giro estilístico ha merecido la pena.
Y es que apenas recordaba nada de ellos, tan sólo "Love in your arms", seguramente su tema más conocido. Y que en mi opinión representaba bastante bien su propuesta musical hace algo más de una década: punk-pop luminoso y coreable típicamente americano, pero un tanto escaso de personalidad, algo que intentaban remediar con ciertos detalles contemporáneos como voces distorsionadas o algún que otro teclado estridente. Lo cierto es que desde su formación en 2002 Eleventyseven nunca llegó a ser un grupo de masas, y después de cuatro álbumes con una base de fans fiel pero sin visos de crecer significativamente, se separaron en 2014. Su cantante y compositor principal Matt Langston y su bajista Davey Davenport retomaron brevemente el proyecto en 2017 para un quinto álbum publicado gracias a una campaña de Kickstarter, pero en 2018 la cosa parecía definitivamente muerta. Hasta que a finales de 2019, y ya convertido en su proyecto personal, Langston anunció el sexto álbum de la banda, o lo que es lo mismo, su proyecto en solitario utilizando el nombre del grupo en intento por mantener a sus seguidores.
Eso sí, para sus fieles este "Basic glitches" puede haber sido un álbum difícil de digerir. Porque sin ser un salto tan radical como el que hay entre el rock espartano de los Red Hot Chili Peppers y los discos de electrónica y ambient de su guitarrista John Frusciante en solitario, el giro estilístico de Eleventyseven nos lo recuerda bastante. Langston se olvida de las guitarras (no hay una sola en todo el álbum) y abraza definitivamente los instrumentos electrónicos que había usado hasta ahora como edulcorante. El resultado es un disco que curiosamente es más variado a nivel estilístico que sonoro: si admitimos que la tecnología puede crear temas con nervio, aquí sigue habiendo rock y power-pop en dosis suficientes. Pero también hay electro-pop, dance-pop e incluso un par de homenajes a bandas estadounidenses que han dejado su poso en la música pero nunca llegaron a ser realmente masivas. Él lo hace todo: composición, instrumentación, grabación, mezclas... Con los medios justos, eso sí compensados por sus evidentes ganas de seguir dedicándose a la música a partir de la evolución de su propuesta. Esa ilusión es precisamente la que tira del álbum hacia arriba.
Con buen criterio Langston sitúa "Killing my vibe", su primer sencillo, al comienzo del álbum. Es el tema más contundente del disco, y el que mejor debería satisfacer a sus seguidores de toda la vida: un medio tiempo muy bien interpretado y con unos coros muy oportunos, que recurre a electrónica ruidista y a arriesgados efectos para potenciar la rabia contenida que encierra su sencilla pero eficaz progresión armónica. "Fear the fire" cambia de registro aunque no tanto de tempo y con casi los mismos mimbres que su predecesor nos ofrece un tema de puro electro-pop, con voces tremendamente distorsionadas, un estribillo optimista y cautivador y una parte nueva que es una exhibición a la hora de sacar a flote una nueva melodía entre sintetizadores omnipresentes. "Birthrite" vuelve a ser un tema de rock electrónico inquietante que podrían firmar los Fall Out Boy más arriesgados, como lo demuestra ese bombo doblado y esos sintetizadores inverosímiles que aproximan la composición a la pista de baile. Aunque para mí el mejor momento del disco es sin duda "Skip", el cuarto corte, pop melancólico y elegante a lo Lorde aunque de sonido aún más contemporáneo, una melodía muy bien trabajada que va creciendo desde la primera nota de la estrofa hasta llegar a un estribillo en acordes menores que, es cierto, recordará a otros muchos, pero que con esas preciosas repeticiones de "For the end of the ad" nos transportará a otra dimensión.
El resto del álbum no llega a mantener el nivel de su primer tercio, aunque en realidad no hay canciones que desentonen. "Letterman jacket" es un tema rápido que acerca a Eleventyseven al hyper-pop, si bien la base de su composición es el power-pop tradicional de la banda. Para mi gusto resulta correcto melódicamente pero un tanto blando, por momentos demasiado obvio, y un poquito largo. Le sigue "Cookie", el segundo y último sencillo extraído, que baja el tempo y sube un poco el nivel. Aunque es cierto que usa y abusa de la misma progresión armónica en estrofas y estribillo, estructurada eso sí sobre un pegadizo loop de synclavier, y puede llegar a cansar. "Battlecats" sí que recupera el mejor nivel del álbum, con su calidez rockera y su energía contenida conseguidas mediante un eficaz loop de bajo sintético, su ácida letra ("Garth Brooks came to level up your night life") y su ausencia de un estribillo vocal. Y "Shelf life", el octavo corte, se vuelve a aproximar al electro-pop, pero lo hace con un precioso teclado inicial y una melodía menos obvia que la de "Letterman jacket", por lo que resulta más recomendable que ésta, a pesar de que la belleza de su estribillo está justo en el límite de lo excesivamente comercial.
"Dizzy" es el penúltimo corte oficial de "Basic glitches", a la vez que un nuevo momento destacable: otro medio tiempo de pop envolvente, más melódico y menos chirriante que la mayoría de los anteriores, con una letra que es un canto a la desesperanza y una parte nueva que contiene un bonito y muy largo solo de sintetizador. "Natsunoyo" nos propone, como su título parece indicar, una juguetona melodía de reminiscencias asiáticas en su teclado principal. Y da lugar a lo que podríamos definir como la aproximación de Langston al K-pop que tan de moda está últimamente: bailable y entretenida. Y aunque en principio el diso termina aquí, en realidad lo completan dos versiones: "Teenage dirtbag", un tema desenfadado original de Wheatus, al que Langston despoja de distorsiones guitarreras (reemplazadas por un colchón de sintetizadores envolventes), y "Girl U want", un tema de 1980 de los inclasificables Devo, que cambia notablemente en la versión de Langston, perdiendo ritmo y ganando en experimentación electrónica. Dos ejercicios de estilo interesantes pero que no mejoran ni los originales ni la impresión global del álbum.
Y es que lo mejor de este inesperado "Basic glitches" es su capacidad para generar buenos temas sin encasillarse en un estilo en concreto. Por supuesto las limitaciones de un proyecto completamente en solitario condicionan un sonido que seguramente se habría beneficiado de contar con una banda de apoyo. Pero Langston es inteligente a la hora de armonizar e instrumentar sus composiciones, las interpreta con solvencia e incluso es capaz de mostrarnos su virtuosismo en tres o cuatro ocasiones. No hay gran tema que tire del conjunto, pero sí muchos que ganan con cada nueva escucha. La duda es si considerará la repercusión obtenida suficiente para seguir publicando canciones, o si éste habrá sido su canto del cisne tras prácticamente dos décadas en activo. Esperemos que lo primero; el giro estilístico ha merecido la pena.
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