A pesar de la pandemia y el posterior confinamiento, algunos álbumes sí han respetado su fecha de publicación originalmente prevista y han visto la luz durante las últimas semanas. Tal es el caso de "Modern anxiety", el segundo álbum del australiano Josef Salvat. Un álbum que se ha hecho mucho de rogar (nada menos que cinco años desde su debut, el estupendo "Night swim") y que por su tardanza sembró en muchos la sombra de la duda sobre una carrera que había empezado muy prometedora. Dudas a las que contribuyeron un sencillo de adelanto que, además de dar título al álbum, se quedaba lejos del nivel del tema emblemático de su debut (el fantástico "Open season"), y un tracklist que, cuando fue anunciado, ofrecía solamente diez temas y poco más de treinta minutos de duración. A dos canciones por año de silencio.
Pese a lo cual después de unas cuantas escuchas el balance es lo suficientemente positivo como para merecer una entrada en este humilde blog. Es cierto que la elección de los sencillos no ha sido excesivamente certera, y que a menudo se aprecia la obsesión por seguir sonando "a la moda", pero Salvat sigue siendo un compositor de talento, tiene claro cómo quiere sonar, qué temas tratar en sus letras, y posee un registro vocal tan amplio como elegante que coloca siempre en primer plano. Sólo es cuestión de separar los momentos anodinos de los más inspirados. Y según están colocadas las canciones, ésa es una tarea fácil.
"Modern anxiety", el sencillo que anticipó el disco es, como decía, un tema relativamente pobre, que además se esfuerza indisimuladamente por seguir las modas, con su casi inevitable dembow marcando el ritmo, su auto-tune en las estrofas y una melodía sin mucho brillo, siendo lo más destacable esa letra que reflexiona sobre la ansiedad de la vida moderna. "Call on me", un medio tiempo con fuertes influencias R&B, posee unas estrofas más meritorias, y por momento recuerda a las producciones que hacía Dallas Austin a finales del siglo pasado, pero el estribillo espartano a varias voces post-procesadas es tan original como cansino. "In the afternoon", tercer corte, fue el segundo sencillo del álbum a principios de año, y sube un escalón respecto a los dos temas anteriores: otro medio tiempo cuyas estrofas van creciendo conforme se acerca el estribillo gracias a unos meritorios arreglos, pero al que le falta algo más de imaginación para sacar partido a su corto minutaje y deja una sensación de "falla algo". Afortunadamente "Alone" empieza el tramo del álbum en el que Salvat se suelta los corsés y se dedica a extraer lo mejor de sí mismo: un tema lento pero no una balada, envolvente a lo William Orbit, con una instrumentación justa pero original, unas estrofas muy cambiantes, un estribillo en falsete muy complicado de cantar, y un tramo final que es un saludable ejercicio de experimentación instrumental y adornos vocales.
"Playground love" es, ahora sí, una balada, pero no acaramelada sino melancólica e introspectiva, con una bonita letra que recuerda sus años en la escuela, y un estribillo casi a capella en el que Salvat exhibe todas sus cualidades vocales. Con el aliciente, además, de que la canción sí crece con inteligencia según avanza el minutaje mediante instrumentos que ocupan el espectro sin afectar a su propuesta. Al mismo nivel se sitúa "Melt", otro medio tiempo cuyas mejores bazas son su brilante estribillo y una instrumentación que es una pura exhibición de electrónica elegante, desde su estruendosa y siempre cambiante programación de percusión hasta su infeccioso bajo sintetizado. Pero que se complementa además con una parte nueva larga, ominosa y muy elaborada, y unas agresivas repeticiones finales del estribillo. Si bien mi tema favorito del álbum es "No vacancies": la mejor melodía del álbum desde la primera nota de su estrofa hasta la última de su estribillo, de una elegancia sublime, con una preciosa letra que es toda una implícita declaración de amor, y una guitarra que lleva todo el protagonismo instrumental pero que es sabiamente complementada por el número justo de elementos electrónicos.
"Paper moons" ha sido el reciente tercer sencillo, y sin llegar a situarse entre los mejores momentos del álbum, sí que me parece el momento más meritorio de los tres. Un tema claramente orientado a la pista de baile (ese bombo bien marcado desde el inicio), propone la superposición de vistas vocales reverberadas y alteradas sobre otro arpegio de guitarra que vertebra la canción, con una melodía que va creciendo hasta llegar a otro estribillo complejo y difícil de intrepretar, y una energía contenida que se acaba soltando justo después de su segunda repetición (eso sí, con una inesperada batería real para llevar el ritmo). "Human" es, como ya anticipa su piano al comienzo, el "baladón" del álbum, hasta el extremo de recordar a la apropiación que hizo Salvat del "Diamonds" de Rihanna hace unos cuantos años. A diferencia de aquél, el tema crece en texturas y oscuridad conforme va avanzando gracias a su meritoria producción, y eso hace que escape de lo previsible y se sitúe en lo meritorio. Sin olvidar ese inquietante "Who are you?" que precede a cada estribillo. Y el conjunto lo cierra "Enough", otro tema pausado pero mucho más luminoso, con la voz de Salvat apenas arropada por un original loop sintetizado hasta practicamente la mitad, y que luego cautiva con su sincopada percusión electrónica y un sintetizador acelerado que en principio no debería encajar muy bien pero que queda a las mil maravillas. Aunque es verdad que estructuralmente hablando apenas hay una estrofa, un estribillo y la coda final.
Y así en treinta y tres minutos despacha Salvat su regreso. Que no justifica tantos años de espera y que a diferencia de su disco de debut carece de un tema estrella que pueda sostener su carrera de cara al futuro. Y que además podía haber dado más de sí sólo con explotar instrumentalmente algunos tramos de sus diez composiciones. Pero a pesar de estas preocupantes conclusiones le sirve al australiano para reivindicarse como uno de los mejores crooners del panorama musical contemporáneo, por elegancia, cualidades vocales, temática y ganas de experimentar con la tecnología actual. Así que sáltense si quieren los primeros tres cortes, pero quédense con esos siete temas posteriores que reflejan lo mucho que el pop de autor todavía puede dar de sí.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
domingo, 21 de junio de 2020
domingo, 31 de mayo de 2020
From Apes To Angels: "Let the light in" (2020)
El confinamiento que en buena medida todavía padecemos sigue retrasando muchas de las novedades previstas para la presente primavera. Así que cada vez resulta más complicado encontrar nuevas propuestas que me llamen la atención. Afortunadamente el pasado 30 de marzo vio la luz (nunca mejor dicho) "Let the light in", el álbum de debut del dúo británico From Apes to Angels, formado por la vocalista Millie Gaum y el teclista Andrew Brassleay. Un debut que se ha encuadrado dentro del synth-wave de inspiración retro que tanto se está cultivando en todo el planeta durante los últimos años, y que personalmente me hastía un tanto cuando se trata de un mero revival. Afortunadamente no es el caso de este disco, que si bien se inspira en los ochenta en sus texturas y melodías, posee la personalidad suficiente como para no sonar obsoleto en 2020.
Eso sí, debo señalar que "Let the light in" no aspira a ser un éxito comercial, sino a crear su propio terreno de pop sobre un colchón electrónico al margen de las modas, con espacio suficiente para la excelente voz de Gaum y el talento suficiente para resistir el formato álbum, y la sensibilidad y la melancolía como mejores armas. Y a lo largo de sus doce cortes lo consigue en su mayor parte. Si bien es cierto que lo mejor del disco está al principio y al final, y el tramo central puede resultar un poco anodino.
El álbum lo abre "Head and heart", que curiosamente fue el primer tema de su carrera, pero es además su sencillo actual (en una nueva versión mejorada para la ocasión). Sin duda es uno de los mejores momentos del álbum, a la par que representativo de lo que nos vamos a encontrar: un colchón de sintetizadores de reminiscencias ochenteras arropando la voz de Gaum para construir un tema más cercano al intimismo que a la pista de baile, con las emociones a flor de piel y un saludable cambio de tonalidad cuando empieza aquello de "So call me in...". Le sigue "Motorway", que también vio la luz en formato sencillo hace unos meses y que, sin llegar a las excelencias del corte anterior, es otro recomendable ejercicio de pop tarareable, con más espacio para que Brassleay exhiba su colección de sintetizadores vintage, y un punto mayor de energía cada vez que Gaum repite aquello de "Give me a reason...". "Why don't you come back home" es un poco más arriesgada instrumentalmente, y por ello suena más contemporánea, sobre todo en la programación de su batería y en el jugetón bombo. Además, aunque pueden pasar desapercibidos, Brassleay hace coros en un tono muy bajo, y Gaum se dobla la voz hasta en tres ocasiones. A pesar de lo cual, el resultado es simplemente correcto, por debajo de los dos anteriores.
"Perfection" fue el segundo sencillo de su carrera hace unos años, y aquí encuentra hueco como cuarto corte. Puede recordar a Ladytron (o quizá más a Marnie en solitario), y no es una mala canción, pero el ritmo sincopado hace que la melodía principal parezca fuera de sitio, y la sobredosis de sintetizadores rellenando los huecos (muy elaborada por otra parte) no ocultan que a pesar de su pretendida oscuridad la progresión armónica no es la más inspirada del álbum. "Turn the dark on" fue el primer sencillo en anticipar el álbum como tal hace aproximadamente un año, y puede recordar a las Marsheaux menos bailables y más claramente melódicas de "Ath.Lon", lo que no necesariamente es un elogio, ya que el resultado puede pecar de empalagoso. "Thirty-two degrees about the celestial plane" es un tema de título casi más largo que su propia duración, aparte del único prácticamente instrumental del álbum. Pero no deja de ser otro ejercicio de pop con sintetizadores, muy alejado del techno, el ambient, el dark-wave o cualquier otro estilo instrumental creado con máquinas. Lo que no significa que sea un tema menor; al contrario, su luminosidad y sus armonías hacen que el tramo central del álbum resulte más llevadero. A continuación "No reason" nos ofrece los minutos más rápidos del álbum, y salvando las distancias, su mayor acercamiento a lo que podría ser el power-pop californiano si estuviera arropado por unas guitarras distorsionadas. Así se queda como un tema coreable para soltar algo de la melancolía acumulada de temas anteriores.
"Fly", el octavo corte, es otro de los mejores momentos del álbum: con la colaboración de la artista irlandesa Margaret O' Sullivan (o lo que es lo mismo, Femmepop) en la composición y la parte vocal, son posiblemente las mejores estrofas del álbum, de una elegancia y una sensibilidad maravillosas. Pero es que además el contraste entre las dos voces en el estribillo es el justo para distinguirlas sin que el resultado se resienta, y la parte nueva tras el segundo estribillo otra exhibición a la hora de seguir enriqueciendo las melodías vocales. "Works out" recuerda más a Furniteur, y se trata sin duda del tema más bailable del disco, con ese bombo casi continuo y los efectos que interrumpen ocasionalmente el desarrollo de la canción. La melodía de las estrofas, quizá de tono demasiado alto, le resta algún punto, pero el estribillo es efectivo y el resultado meritorio.
"Motorway (reprise)" es, pese a lo que su título pueda indicar, un mini instrumental que está sólo lejanamente emparentado con el segundo corte, y que añade un minuto al álbum sin mayor relevancia. "K.I.S.S", con la colaboración de la banda francesa de synth-wave Chrøønicv, es el penúltimo momento álgido del disco: otra declaración de amor envolvente e intimista a partir de una buena progresión armónica y una mejor melodía, que arranca con la estructura habitual estrofa-estribillo pero que a partir del "Well it's about time..." empieza a ser menos predecible en estructura e instrumentación, aunque igual de disfrutable. Y con buen criterio el disco lo cierran los siete minutos largos de "Grain barge", pues es el momento para jugar con desarrollos más lentos y finales apoteósicos. Así que si nos adaptamos a ellos, podremos disfrutar de ese equilibrado cruce entre melodía vocal y declamada, ese piano circular, ese sintetizador distorsionado en todo el medio del espectro, o incluso de una batería auténtica rematando el conjunto y mejorando la impresión global del álbum.
Es cierto que algún momento estelar más (o más claro) no le habría venido nada mal al conjunto, al igual que algún instrumento diferente (¿una guitarra por ejemplo?), o alguna apuesta más experimental. Tampoco habría estado de más haber echado un vistazo a sonidos más contemporáneos, en la línea de Avec Sans por ejemplo. Pero lo que está claro es que el dúo sabe qué propuesta quiere ofrecer y posee los mimbres para crearla. Con una difusión tan minoritaria (espero que esta reseña les ayude para conseguir al menos unas decenas de seguidores entre el público en español) es muy complicado predecir si el proyecto tendrá continuidad, así que de momento aprovechen esas tardes melancólicas y un tanto sin sentido que el confinamiento aún nos propone para rellenarlas con este disco sensible y evocador, que nos recuerda lo buena que puede llegar a ser la música pop para generar emociones.
Eso sí, debo señalar que "Let the light in" no aspira a ser un éxito comercial, sino a crear su propio terreno de pop sobre un colchón electrónico al margen de las modas, con espacio suficiente para la excelente voz de Gaum y el talento suficiente para resistir el formato álbum, y la sensibilidad y la melancolía como mejores armas. Y a lo largo de sus doce cortes lo consigue en su mayor parte. Si bien es cierto que lo mejor del disco está al principio y al final, y el tramo central puede resultar un poco anodino.
El álbum lo abre "Head and heart", que curiosamente fue el primer tema de su carrera, pero es además su sencillo actual (en una nueva versión mejorada para la ocasión). Sin duda es uno de los mejores momentos del álbum, a la par que representativo de lo que nos vamos a encontrar: un colchón de sintetizadores de reminiscencias ochenteras arropando la voz de Gaum para construir un tema más cercano al intimismo que a la pista de baile, con las emociones a flor de piel y un saludable cambio de tonalidad cuando empieza aquello de "So call me in...". Le sigue "Motorway", que también vio la luz en formato sencillo hace unos meses y que, sin llegar a las excelencias del corte anterior, es otro recomendable ejercicio de pop tarareable, con más espacio para que Brassleay exhiba su colección de sintetizadores vintage, y un punto mayor de energía cada vez que Gaum repite aquello de "Give me a reason...". "Why don't you come back home" es un poco más arriesgada instrumentalmente, y por ello suena más contemporánea, sobre todo en la programación de su batería y en el jugetón bombo. Además, aunque pueden pasar desapercibidos, Brassleay hace coros en un tono muy bajo, y Gaum se dobla la voz hasta en tres ocasiones. A pesar de lo cual, el resultado es simplemente correcto, por debajo de los dos anteriores.
"Perfection" fue el segundo sencillo de su carrera hace unos años, y aquí encuentra hueco como cuarto corte. Puede recordar a Ladytron (o quizá más a Marnie en solitario), y no es una mala canción, pero el ritmo sincopado hace que la melodía principal parezca fuera de sitio, y la sobredosis de sintetizadores rellenando los huecos (muy elaborada por otra parte) no ocultan que a pesar de su pretendida oscuridad la progresión armónica no es la más inspirada del álbum. "Turn the dark on" fue el primer sencillo en anticipar el álbum como tal hace aproximadamente un año, y puede recordar a las Marsheaux menos bailables y más claramente melódicas de "Ath.Lon", lo que no necesariamente es un elogio, ya que el resultado puede pecar de empalagoso. "Thirty-two degrees about the celestial plane" es un tema de título casi más largo que su propia duración, aparte del único prácticamente instrumental del álbum. Pero no deja de ser otro ejercicio de pop con sintetizadores, muy alejado del techno, el ambient, el dark-wave o cualquier otro estilo instrumental creado con máquinas. Lo que no significa que sea un tema menor; al contrario, su luminosidad y sus armonías hacen que el tramo central del álbum resulte más llevadero. A continuación "No reason" nos ofrece los minutos más rápidos del álbum, y salvando las distancias, su mayor acercamiento a lo que podría ser el power-pop californiano si estuviera arropado por unas guitarras distorsionadas. Así se queda como un tema coreable para soltar algo de la melancolía acumulada de temas anteriores.
"Fly", el octavo corte, es otro de los mejores momentos del álbum: con la colaboración de la artista irlandesa Margaret O' Sullivan (o lo que es lo mismo, Femmepop) en la composición y la parte vocal, son posiblemente las mejores estrofas del álbum, de una elegancia y una sensibilidad maravillosas. Pero es que además el contraste entre las dos voces en el estribillo es el justo para distinguirlas sin que el resultado se resienta, y la parte nueva tras el segundo estribillo otra exhibición a la hora de seguir enriqueciendo las melodías vocales. "Works out" recuerda más a Furniteur, y se trata sin duda del tema más bailable del disco, con ese bombo casi continuo y los efectos que interrumpen ocasionalmente el desarrollo de la canción. La melodía de las estrofas, quizá de tono demasiado alto, le resta algún punto, pero el estribillo es efectivo y el resultado meritorio.
"Motorway (reprise)" es, pese a lo que su título pueda indicar, un mini instrumental que está sólo lejanamente emparentado con el segundo corte, y que añade un minuto al álbum sin mayor relevancia. "K.I.S.S", con la colaboración de la banda francesa de synth-wave Chrøønicv, es el penúltimo momento álgido del disco: otra declaración de amor envolvente e intimista a partir de una buena progresión armónica y una mejor melodía, que arranca con la estructura habitual estrofa-estribillo pero que a partir del "Well it's about time..." empieza a ser menos predecible en estructura e instrumentación, aunque igual de disfrutable. Y con buen criterio el disco lo cierran los siete minutos largos de "Grain barge", pues es el momento para jugar con desarrollos más lentos y finales apoteósicos. Así que si nos adaptamos a ellos, podremos disfrutar de ese equilibrado cruce entre melodía vocal y declamada, ese piano circular, ese sintetizador distorsionado en todo el medio del espectro, o incluso de una batería auténtica rematando el conjunto y mejorando la impresión global del álbum.
Es cierto que algún momento estelar más (o más claro) no le habría venido nada mal al conjunto, al igual que algún instrumento diferente (¿una guitarra por ejemplo?), o alguna apuesta más experimental. Tampoco habría estado de más haber echado un vistazo a sonidos más contemporáneos, en la línea de Avec Sans por ejemplo. Pero lo que está claro es que el dúo sabe qué propuesta quiere ofrecer y posee los mimbres para crearla. Con una difusión tan minoritaria (espero que esta reseña les ayude para conseguir al menos unas decenas de seguidores entre el público en español) es muy complicado predecir si el proyecto tendrá continuidad, así que de momento aprovechen esas tardes melancólicas y un tanto sin sentido que el confinamiento aún nos propone para rellenarlas con este disco sensible y evocador, que nos recuerda lo buena que puede llegar a ser la música pop para generar emociones.
domingo, 10 de mayo de 2020
Florian Schneider (1947-2020): el injustamente olvidado
Aparte de retrasar la publicación de muchos de los álbumes que estaban previstos para este segundo trimestre (algunos de los cuales deberían haber tenido ya su correspondiente entrada en este humilde blog), el confinamiento que sigue condicionando nuestras vidas nos dejó hace diez días la noticia del fallecimiento de Florian Schneider. Un fallecimiento que ha pasado de manera injustamente desapercibida para el gran público, razón por la cual me he decidido a dedicarle una entrada. Y es que para mí ha fallecido uno de los dos fundadores y líderes de la banda más influyente de todos los tiempos. Sí, tal cual. Kraftwerk.
Y es que aunque si pensamos en los artistas más influyentes de la música contemporánea probablemente nuestra memoria nos traiga los nombres de The Beatles, Bob Dylan, Elvis Presley, The Rolling Stones, David Bowie o Led Zeppelin, la realidad del año 2020 es tozuda. Y nos dice que la gran mayoría de los álbumes que se publican en el planeta están creados con instrumentos electrónicos. Una realidad que dura además varias décadas, y que refleja que los guitar hero hace tiempo que no son el espejo en el que se miran los creadores actuales. Y claro, si hablamos de pioneros en los instrumentos electrónicos, y en acercarlos a la música pop, de baile y experimental, dando lugar a géneros como el techno o el ambient, Kraftwerk fueron los primeros, y además los que más impacto han alcanzado desde casi sus comienzos.
Scheiner cofundó Kraftwerk junto a Ralf Hutter en 1970. Originarios de Dusseldorf y con formación musical clásica, estos dos particulares músicos se abstrayeron desde el principio de los estilos musicales predominantes, y empezaron un recorrido exploratorio por otros sonidos inéditos hasta entonces. Lógicamente sus dos primeros álbumes fueron más interesantes por sus experimentaciones que por sus resultados, pero ya en el tercero (de revelador título, "Ralf und Florian", 1973) su sonido empezaba a estar definido. Y con "Autobahn" (1974), sucedió lo inexplicable: el tema que daba título el álbum, con sus entonces ignotas repeticiones electrónicas, se convirtió en un éxito internacional, llegando al número 11 en el Reino Unido y al 25 en E.E.U.U.. Lo que refleja que incluso cuando nadie más se había acercado aún a estos terrenos musicales, Hutter y Schneider ya estaban alcanzando una repercusión mundial que indicaba por dónde podrían ir las nuevas músicas.
"Radio-activity" (1975), un álbum ya totalmente electrónico, los consolidó musicalmente, y estableció una costumbre que se mantuvo a partir de entonces con todos sus discos posteriores: siempre se editaron en dos versiones, una en alemán y otra en inglés para su publicación internacional. Pero más impacto tuvo su sexto álbum, "Trans-Europe Express" (1977), que combinó como ninguno de sus trabajos hasta entonces electrónica y melodías. Por aquellos años empezaron a surgir los primeros artistas que, fuertemente influenciados por los alemanes, comenzaban a recorrer estos nuevos territorios con gran éxito comercial, desde Gary Numan en el Reino Unido hasta la Yellow Magic Orchestra en Japón. Éxito comercial que en menor medida también seguía acompañando a los alemanes, por ejemplo con el tema que daba título a dicho álbum.
"The man-machine" (1978) es ya un álbum de electrónica tan rabiosamente actual que aún puede ser descubierto en 2020 por los aficionados más jóvenes al género. Top 10 en el Reino Unido, contiene además dos de los mayores himnos de su carrera "The robots", utilizada hasta la saciedad en multitud de programas y sintonías, y "The model", el mayor éxito de su trayectoria y lo más cercano al pop que grabaron jamás Hutter y Schneider. Temas que los consolidaron como los maestros indiscutibles de este nuevo estilo que a finales de los setenta y principios de los ochenta arrasó en todo el mundo, con bandas como O.M.D., Depeche Mode o Soft Cell. Precisamente en 1981 vio la luz su último gran disco, "Computer world", con una temática tecnológica e himnos como "Computer love", posteriormente adaptada por Coldplay para su éxito "Talk" o "Pocket calculator".
Tras el sencillo "Tour de France" en 1983, que no acabó formando parte de un álbum hasta 20 años más tarde, la banda publicó en 1986 el discreto "Electric cafe". Y desde entonces, se dedicó más a remasterizar y hacer giras con sus mejores clásicos que a la creación de nuevas canciones. Sólo "Tour de France Soundtracks", su último álbum, rompió en 2003 esta etapa, logrando además su primer número en álbumes en su Alemania natal. Tres años más tarde Scheneider dio (curiosamente en España) su último concierto como parte de Kraftwerk, que desde entonces es ya el proyecto en solitario del veterano Hutter. Poco se sabe de su vida en estos últimos años hasta que a principios de mayo se informó de su fallecimiento.
Es obvio que este teutón hierático, escasamente expresivo y poco dado a entrevistas se situó siempre en las antípodas de lo que el panorama musical esperaba. Pero la realidad es tozuda, y los cientos de versiones de temas de Kraftwerk, los millares de artistas que los citan como influencia, y sobre todo, la manera como mostraron que con esos extraños artilugios electrónicos se podían crear temas igual de emocionantes que con instrumentos acústicos y eléctricos, han situado a Schneider y a Hutter en los altares de la música contemporánea. Esta entrada pretende ser por una parte mi humilde homenaje, y por otra darlos a conocer a aquellos que aún no se hayan adentrado en su particular universo (para lo cual sugiero su "The mix", su álbum de 1991 en el que volvieron a grabar buena parte de sus mejores canciones con una tecnología mucho más avanzada que la de sus comienzos). No te olvidamos.
Y es que aunque si pensamos en los artistas más influyentes de la música contemporánea probablemente nuestra memoria nos traiga los nombres de The Beatles, Bob Dylan, Elvis Presley, The Rolling Stones, David Bowie o Led Zeppelin, la realidad del año 2020 es tozuda. Y nos dice que la gran mayoría de los álbumes que se publican en el planeta están creados con instrumentos electrónicos. Una realidad que dura además varias décadas, y que refleja que los guitar hero hace tiempo que no son el espejo en el que se miran los creadores actuales. Y claro, si hablamos de pioneros en los instrumentos electrónicos, y en acercarlos a la música pop, de baile y experimental, dando lugar a géneros como el techno o el ambient, Kraftwerk fueron los primeros, y además los que más impacto han alcanzado desde casi sus comienzos.
Scheiner cofundó Kraftwerk junto a Ralf Hutter en 1970. Originarios de Dusseldorf y con formación musical clásica, estos dos particulares músicos se abstrayeron desde el principio de los estilos musicales predominantes, y empezaron un recorrido exploratorio por otros sonidos inéditos hasta entonces. Lógicamente sus dos primeros álbumes fueron más interesantes por sus experimentaciones que por sus resultados, pero ya en el tercero (de revelador título, "Ralf und Florian", 1973) su sonido empezaba a estar definido. Y con "Autobahn" (1974), sucedió lo inexplicable: el tema que daba título el álbum, con sus entonces ignotas repeticiones electrónicas, se convirtió en un éxito internacional, llegando al número 11 en el Reino Unido y al 25 en E.E.U.U.. Lo que refleja que incluso cuando nadie más se había acercado aún a estos terrenos musicales, Hutter y Schneider ya estaban alcanzando una repercusión mundial que indicaba por dónde podrían ir las nuevas músicas.
"Radio-activity" (1975), un álbum ya totalmente electrónico, los consolidó musicalmente, y estableció una costumbre que se mantuvo a partir de entonces con todos sus discos posteriores: siempre se editaron en dos versiones, una en alemán y otra en inglés para su publicación internacional. Pero más impacto tuvo su sexto álbum, "Trans-Europe Express" (1977), que combinó como ninguno de sus trabajos hasta entonces electrónica y melodías. Por aquellos años empezaron a surgir los primeros artistas que, fuertemente influenciados por los alemanes, comenzaban a recorrer estos nuevos territorios con gran éxito comercial, desde Gary Numan en el Reino Unido hasta la Yellow Magic Orchestra en Japón. Éxito comercial que en menor medida también seguía acompañando a los alemanes, por ejemplo con el tema que daba título a dicho álbum.
"The man-machine" (1978) es ya un álbum de electrónica tan rabiosamente actual que aún puede ser descubierto en 2020 por los aficionados más jóvenes al género. Top 10 en el Reino Unido, contiene además dos de los mayores himnos de su carrera "The robots", utilizada hasta la saciedad en multitud de programas y sintonías, y "The model", el mayor éxito de su trayectoria y lo más cercano al pop que grabaron jamás Hutter y Schneider. Temas que los consolidaron como los maestros indiscutibles de este nuevo estilo que a finales de los setenta y principios de los ochenta arrasó en todo el mundo, con bandas como O.M.D., Depeche Mode o Soft Cell. Precisamente en 1981 vio la luz su último gran disco, "Computer world", con una temática tecnológica e himnos como "Computer love", posteriormente adaptada por Coldplay para su éxito "Talk" o "Pocket calculator".
Tras el sencillo "Tour de France" en 1983, que no acabó formando parte de un álbum hasta 20 años más tarde, la banda publicó en 1986 el discreto "Electric cafe". Y desde entonces, se dedicó más a remasterizar y hacer giras con sus mejores clásicos que a la creación de nuevas canciones. Sólo "Tour de France Soundtracks", su último álbum, rompió en 2003 esta etapa, logrando además su primer número en álbumes en su Alemania natal. Tres años más tarde Scheneider dio (curiosamente en España) su último concierto como parte de Kraftwerk, que desde entonces es ya el proyecto en solitario del veterano Hutter. Poco se sabe de su vida en estos últimos años hasta que a principios de mayo se informó de su fallecimiento.
Es obvio que este teutón hierático, escasamente expresivo y poco dado a entrevistas se situó siempre en las antípodas de lo que el panorama musical esperaba. Pero la realidad es tozuda, y los cientos de versiones de temas de Kraftwerk, los millares de artistas que los citan como influencia, y sobre todo, la manera como mostraron que con esos extraños artilugios electrónicos se podían crear temas igual de emocionantes que con instrumentos acústicos y eléctricos, han situado a Schneider y a Hutter en los altares de la música contemporánea. Esta entrada pretende ser por una parte mi humilde homenaje, y por otra darlos a conocer a aquellos que aún no se hayan adentrado en su particular universo (para lo cual sugiero su "The mix", su álbum de 1991 en el que volvieron a grabar buena parte de sus mejores canciones con una tecnología mucho más avanzada que la de sus comienzos). No te olvidamos.
domingo, 26 de abril de 2020
Echo Machine: "Instant transmissions" (2020)
De todos los álbumes de debut que he tenido la oportunidad de escuchar en estos casi cuatro meses de atípico y confinado 2020, el de Echo Machine ha sido sin duda el que más me ha llamado la atención. El cuarteto escocés ha surgido de las cenizas de The Mirror Trap, una banda escocesa que estuvo en activo durante casi una década, durante la que grabó tres álbumes que nunca acabaron de hacerles un nombre en la música indie de las islas británicos. En este nuevo proyecto, liderados por el carismático y notable vocalista Gary Moore, la prensa musical los ha etiquetado como synth-pop, en una muestra más en mi opinión de lo perdido que está el sector a la hora de etiquetar la música contemporánea.
Porque sonidos sintéticos apenas encontraremos en "Instant transmissions". Ni tampoco piezas para dejarnos llevar en los clubs nocturnos. Ni siquiera bombos prominentes o largos pasajes instrumentales. No, definitivamente Echo Machine no hacen synth-pop. Más bien podríamos hablar de un indie-rock contemporáneo, con lo que ello supone a la hora de recurrir a determinados recursos electrónicos para que suenen como guitarras o baterías reales, el cual se acerca al pop si es necesario y sabe echar la vista atrás para coger inspiración. De hecho, las tres referencias fundamentales que ayudan a situarlos son, por este orden: Los Killers más agresivos y contundentes, los Simple Minds más épicos, y los Editors más acelerados. Aunque en el fondo la banda suena a ella misma. Y con muchos momentos notables.
Esa energía rockera queda patente desde su primer corte, la muy recomensable "Less alone": batería programada contundente, unas estrofas de melodías brillantes e infecciosas con la voz de Moore recordando a Brandon Flowers, un estribillo coreable y unos teclados que se confunden con la guitarra principal en su afán por añadir nervio. "Chameleon" fue el primer sencillo en anticipar el disco, y repite esa senda épica de guitarras contundentes y efectos variopintos que recuerdan a sus compatriotas Simple Minds en su etapa de los noventa. Aunque lo que de verdad da sentido al tema es ese estribillo donde la voz de Moore compite en protagonismo con el sintetizador principal, sobre todo cuando en el tramo final empieza aquello de "God knows...". "Headlights" es el sencillo actual, y sin duda uno de los momentos álgidos del disco: contundentes intervalos instrumentales y unas estrofas que miran de tú a tú a lo mejor de los ochenta. El estribillo es cierto que repite la misma progresión armónica, pero al menos desentona, y para los que se puedan quejar de esa repetición, Echo Machine añaden más adeltante un segundo estribillo más épico y ruidista si cabe con otra progresión armónica... y todo ello en apenas dos minutos y medio. La cuarta canción, "I was never here" es la primera que baja un tanto el nivel: intenta ser más elegante (con un deje a los "New Romantics" en las estrofas), pero eso contrasta en exceso con un estribillo tan distorsionado por el bajo y el sintetizador principal que cuesta distinguir las frases de Moore.
"Drug of choice" es probablemente mi tema favorito del álbum: un sigiloso teclado al comienzo no hace presagiar la contundecia de su intervalo instrumental, ni las estrofas más desgarradoras del álbum (con la voz distorsionada de Moore presidiendo una instrumentación menos distorsionada de lo habitual), y un sintetizador principal que resulta ser lo mejor de sus complejos y cambiantes estribillos. "Automatic love" fue el segundo sencillo en anticipar el álbum, y es claramente el tema que más recuerda a The Editors, con su tempo alto, su programación contudente y su cadencia obsesiva. Es sin duda otro de los grandes pasajes del álbum, si bien prefiero las estrofas y las guitarras imposibles de los intervalos instrumentales a su estribillo no excesivamente elaborado (para compensar, el tramo que empieza con "I never wanna leave..." que remata el último medio minuto es realmente recomendable). "The western way" transita por los ya conocidos parámetros de épica y contundencia, pero el tempo más bajo no juega a su favor, y su grandiosidad llega a sonar un tanto impostada. Por el contrario "The road", octavo corte, que fue el tercer sencillo hace un par de meses y que mantiene las mismas señas de identidad, consigue con pequeños detalles como la doble caja en las estrofas y sobre todo la ausencia de un estribillo cantado tras la primera estrofa resultar diferente. Y cuando Moore empieza con "Show me where the road is" no podemos dejar de disfrutar de unos tramos que recrean a los The Killers en su primera época, y el notable (aunque excesivamente corto) intervalo instrumental del final termina por convencernos de su calidad.
El último tercio del álbum es probablemente el más flojo, que no decepcionante. "Nightlife" intenta aturdir con su bajo distorsionado al frente, pero su frío estribillo no termina de cuajar, aunque instrumentalmente el tema está muy trabajado y va creciendo conforme avanza. "In flight" sube un poco el nivel con su tremendismo y su contundente bateria programada, pero la meritoria melodía vocal queda un tanto oculta entre tanto ruido, y acaban despachando el tema en sólo ¡ciento cuarenta segundos!. Y el álbum lo cierra "When they come", que juega la carta del tempo más pausado y la batería a lo heavy metal de los ochenta para tratar de diferenciarse de sus anteriores, si bien no puede ocultar que es un momento correcto pero un tanto impersonal y menos inspirado que la mayoría.
Algunos defectos obvios de "Instant transmissions" podrían haber tenido fácil solución: hay varios temas que piden a gritos una coda final o una tercera repetición del estribillo, y sólo con eso el álbum habría durado algo más que esos escasos treinta y un minutos. Las frecuencias medias también podrían estar al menos en ocasiones menos sobredimensionadas: el disco habría perdido algo de ruidismo rock pero habría ganado en matices y se habrían podido apreciar mejor sus armonías. También habría venido bien algún cambio más nítido de registro, quizá bajando más el tempo o adentrándose en terrenos más experimentales. Pero en un álbum de debut la necesidad de crear unas señas de identidad es muy poderosa, y a ella sin duda han sucumbido los escoceses. Que quizá no cambien el mundo con estos once cortes que transmiten frustración y rabia existencial, pero que gustarán de igual forma a nostálgicos de los ochenta y noventa, y a aquellos que necesitan dar salida a ese exceso de adrenalina contenida en cuatro paredes durante tantas semanas. Aburguesados abstenerse.
Porque sonidos sintéticos apenas encontraremos en "Instant transmissions". Ni tampoco piezas para dejarnos llevar en los clubs nocturnos. Ni siquiera bombos prominentes o largos pasajes instrumentales. No, definitivamente Echo Machine no hacen synth-pop. Más bien podríamos hablar de un indie-rock contemporáneo, con lo que ello supone a la hora de recurrir a determinados recursos electrónicos para que suenen como guitarras o baterías reales, el cual se acerca al pop si es necesario y sabe echar la vista atrás para coger inspiración. De hecho, las tres referencias fundamentales que ayudan a situarlos son, por este orden: Los Killers más agresivos y contundentes, los Simple Minds más épicos, y los Editors más acelerados. Aunque en el fondo la banda suena a ella misma. Y con muchos momentos notables.
Esa energía rockera queda patente desde su primer corte, la muy recomensable "Less alone": batería programada contundente, unas estrofas de melodías brillantes e infecciosas con la voz de Moore recordando a Brandon Flowers, un estribillo coreable y unos teclados que se confunden con la guitarra principal en su afán por añadir nervio. "Chameleon" fue el primer sencillo en anticipar el disco, y repite esa senda épica de guitarras contundentes y efectos variopintos que recuerdan a sus compatriotas Simple Minds en su etapa de los noventa. Aunque lo que de verdad da sentido al tema es ese estribillo donde la voz de Moore compite en protagonismo con el sintetizador principal, sobre todo cuando en el tramo final empieza aquello de "God knows...". "Headlights" es el sencillo actual, y sin duda uno de los momentos álgidos del disco: contundentes intervalos instrumentales y unas estrofas que miran de tú a tú a lo mejor de los ochenta. El estribillo es cierto que repite la misma progresión armónica, pero al menos desentona, y para los que se puedan quejar de esa repetición, Echo Machine añaden más adeltante un segundo estribillo más épico y ruidista si cabe con otra progresión armónica... y todo ello en apenas dos minutos y medio. La cuarta canción, "I was never here" es la primera que baja un tanto el nivel: intenta ser más elegante (con un deje a los "New Romantics" en las estrofas), pero eso contrasta en exceso con un estribillo tan distorsionado por el bajo y el sintetizador principal que cuesta distinguir las frases de Moore.
"Drug of choice" es probablemente mi tema favorito del álbum: un sigiloso teclado al comienzo no hace presagiar la contundecia de su intervalo instrumental, ni las estrofas más desgarradoras del álbum (con la voz distorsionada de Moore presidiendo una instrumentación menos distorsionada de lo habitual), y un sintetizador principal que resulta ser lo mejor de sus complejos y cambiantes estribillos. "Automatic love" fue el segundo sencillo en anticipar el álbum, y es claramente el tema que más recuerda a The Editors, con su tempo alto, su programación contudente y su cadencia obsesiva. Es sin duda otro de los grandes pasajes del álbum, si bien prefiero las estrofas y las guitarras imposibles de los intervalos instrumentales a su estribillo no excesivamente elaborado (para compensar, el tramo que empieza con "I never wanna leave..." que remata el último medio minuto es realmente recomendable). "The western way" transita por los ya conocidos parámetros de épica y contundencia, pero el tempo más bajo no juega a su favor, y su grandiosidad llega a sonar un tanto impostada. Por el contrario "The road", octavo corte, que fue el tercer sencillo hace un par de meses y que mantiene las mismas señas de identidad, consigue con pequeños detalles como la doble caja en las estrofas y sobre todo la ausencia de un estribillo cantado tras la primera estrofa resultar diferente. Y cuando Moore empieza con "Show me where the road is" no podemos dejar de disfrutar de unos tramos que recrean a los The Killers en su primera época, y el notable (aunque excesivamente corto) intervalo instrumental del final termina por convencernos de su calidad.
El último tercio del álbum es probablemente el más flojo, que no decepcionante. "Nightlife" intenta aturdir con su bajo distorsionado al frente, pero su frío estribillo no termina de cuajar, aunque instrumentalmente el tema está muy trabajado y va creciendo conforme avanza. "In flight" sube un poco el nivel con su tremendismo y su contundente bateria programada, pero la meritoria melodía vocal queda un tanto oculta entre tanto ruido, y acaban despachando el tema en sólo ¡ciento cuarenta segundos!. Y el álbum lo cierra "When they come", que juega la carta del tempo más pausado y la batería a lo heavy metal de los ochenta para tratar de diferenciarse de sus anteriores, si bien no puede ocultar que es un momento correcto pero un tanto impersonal y menos inspirado que la mayoría.
Algunos defectos obvios de "Instant transmissions" podrían haber tenido fácil solución: hay varios temas que piden a gritos una coda final o una tercera repetición del estribillo, y sólo con eso el álbum habría durado algo más que esos escasos treinta y un minutos. Las frecuencias medias también podrían estar al menos en ocasiones menos sobredimensionadas: el disco habría perdido algo de ruidismo rock pero habría ganado en matices y se habrían podido apreciar mejor sus armonías. También habría venido bien algún cambio más nítido de registro, quizá bajando más el tempo o adentrándose en terrenos más experimentales. Pero en un álbum de debut la necesidad de crear unas señas de identidad es muy poderosa, y a ella sin duda han sucumbido los escoceses. Que quizá no cambien el mundo con estos once cortes que transmiten frustración y rabia existencial, pero que gustarán de igual forma a nostálgicos de los ochenta y noventa, y a aquellos que necesitan dar salida a ese exceso de adrenalina contenida en cuatro paredes durante tantas semanas. Aburguesados abstenerse.
viernes, 10 de abril de 2020
Un paréntesis: Olympia
Tras casi nueve años de darle continuidad a este blog voy a aprovechar el parón que para todos ha supuesto la catástrofe del coronavirus para hacer también un paréntesis en mis habituales reseñas y listas. Un paréntesis que se ha producido en parte por el confinamiento, y en parte también porque los álbumes que he escuchado más detenidamente en estas últimas semanas con idea de reseñarlos aquí ("Ceremony", de Phantogram, "Miss Anthropocene", de Grimes, y "Womb", de Purity Ring) no han llegado en mi opinión al nivel esperado (aunque todos ellos contienen grandes canciones, que posiblemente figuren en mi lista de mejores canciones de 2020). Así que mientras intento hacerme con el ilusionante "Chromatopia", el segundo álbum de NomBe, que ha visto la luz hace justo una semana, voy a aprovechar para tratar un tema distinto: mi propia música.
Como tantos niños a principios de los ochenta, me enganché a la música a través de la radio, esa FM que entonces parecía tener el sonido más nítido que uno pudiera imaginar. Esperaba horas enteras con mis casettes grabables para poder capturar las canciones que me fascinaban, y era feliz si el locutor de turno la dejaba entera hasta el final, o mejor aún si no hablaba encima. Aquellos fueron unos años creativamente vibrantes tanto dentro como fuera de España, y esa creatividad hizo que la fascinación por la música cuajara con una intensidad que aún perdura cuarenta años más tarde. Luego vino mi Primera Comunión, y con ella el primer teclado de juguete. Ni siquiera era polifónico, pero mi curiosidad y cierto sentido musical innato hicieron que por mí mismo aprendiera y empezara a tocar canciones que me fascinaban entonces y me siguen gustando ahora, como el "Maid of Orleans" de Orchestral Manoeuvres In The Dark. Año y medio más tarde vino el primer casette que me regalaron mis padres, "Suspense", de Azul y Negro, que sigue siendo uno de mis álbumes preferidos de artistas españoles. Un par de años después me regalaron un Casio PT-20, ya con la posibilidad de tocar acordes (prefijados a la izquierda, por cierto), y mis habilidades musicales crecieron notablemente.
Aunque nunca estudié música, aprendí a leer pentagramas a la vez que me hacía un adulto y expandía mi cultura musical, que pasó de Pet Shop Boys a Franco Battiato, de Radio Futura a The Beatles, de Jimi Hendrix a Kraftwerk. Así hasta que en 1995, en plena carrera universitaria y ya con un teclado musical GeneralMusic que compré en una tienda muy cercana a la Plaza de Ópera aquí en Madrid, empecé a crear mis propias canciones. Grabé un total de diez hasta 1998, instrumentales, todas tocadas exclusivamente con ese teclado, y sin programación alguna que aliviara mis limitaciones al interpretarlas (como me equivocara, la pista correspondiente se quedaba para siempre con el error), y como no cabían tantas en la memoria del teclado, las fui volcando a una casette que aún conservo (así como los MP3s correspondientes, con un sonido realmente pobre...). Justo cuando empecé mi primer trabajo a tiempo completo pasé a la siguiente fase en mi crecimiento musical: HAL-9000, una banda amateur con mi buen amigo y compañero de carrera Luis. Sólo con 2 casettes y un puñado de guitarras, teclados e instrumentos caseros, grabamos pista a pista y canción a canción un álbum entero de versiones: R.E.M., The Cranberries, Depeche Mode, The Cure, New Order... También conservo los MP3s de aquellas diez canciones, en las que por primera vez y a pesar de mi voz grave y escasa de registros me encargaba de la parte vocal.
De ahí nos lanzamos a crear nuestras propias canciones, ahora por fin con un ordenador y un programa de creación y grabación musical mínimamente decente (Harmony). Grabamos cuatro canciones, considero que ahora sí bastante dignas, pero la dificultad para compaginar nuestras cada vez mayores exigencias laborales unido al tiempo creciente que dedicaba a mi entonces novia y ahora esposa, lo dejamos tácitamente. Ese paso a la vida casera en pareja trajo consigo una nueva fase en mi evolución musical: los programas profesionales de creación musical, FruityLoops y sobre todo Cubase. Con ellos recuperé otra vez el gusto por componer e instrumentar mis creaciones. Aunque el inglés de mi mujer no era ni es su fuerte, la convencí para que cantara mis nuevos temas porque su voz era mucho más adecuada para su estilo que la mía. Y hasta que mi hija mayor vino al mundo, Ana y yo grabamos un total de cuatro canciones, ya bajo el nombre de Olympia, y con el mejor sonido que había conseguido hasta entonces.
Mi hija mayor salió guerrera y fueron unos años difíciles, con falta de sueño y muchas horas extra en el trabajo. Además, mi madre enfermó de gravedad, mi otra hija vino a completar la familia cuando parecía que empezábamos a levantar cabeza, y aunque ocasionalmente registré ideas para varias canciones, no llegué a completar ninguna en casi diez años. De hecho durante esos años mis blogs (éste y el de literatura de ciencia-ficción) fueron dos de las escasas vías de escape para mis pasiones. Pero la experiencia me ha enseñado que en la vida después de una etapa más dura siempre viene otra más llevadera, y desde hace casi dos años he vuelto a tener tiempo para crear, lo que significa que la música ha vuelto a ocupar el lugar que merecía.
Eso sí, ya no he querido "forzar" a mi mujer a cantar en esta nueva etapa creativa, por lo que Olympia ha pasado a ser mi proyecto en solitario, a pesar de las limitaciones vocales a las que ya he aludido. Eso sí, como tenía material a medias y unas ganas locas de recuperar esta faceta, me ha llevado poco más de medio año completar y publicar siete nuevas canciones. Ahora estoy empezando una octava, aunque aún está en fase muy preliminar. Es muy difícil juzgarse a uno mismo, pero sí puedo decir que al menos algunas de las ideas básicas que persigo en este blog (temas cuya instrumentación crezca según avance, cierto interés por no sonar demasiado convencional, progresiones armónicas que no repitan los mismos cuatro acordes de principio a fin) son también parte de mi leif motiv como creador.
¿Qué pretendo al crearlas y publicarlas? En realidad, sólo dar salida a mi expresividad, y darlas a conocer. Afortunadamente mi trabajo me da la estabilidad económica, y mi mujer y mis hijas la estabilidad emocional. Pero la vida es corta, y cuanto más se explore uno a sí mismo, pienso que más conforme se irá al otro mundo. Así que hoy hago visible en este blog esas últimas canciones de la refundada Olympia, ordenadas cronológicamente:
"No more drugs"
"Finer feelings"
"Here to stay"
"Pandemic confinement"
"Empty people"
"Life is magic"
"We all must die"
De esta forma hoy he dejado constancia aquí de otra faceta de este humilde "bloguero". Pero no se preocupen, que en la próxima entrada volveré a la normalidad, con artistas profesionales y espero la emoción y el talento que siempre intento localizar y compartir.
Como tantos niños a principios de los ochenta, me enganché a la música a través de la radio, esa FM que entonces parecía tener el sonido más nítido que uno pudiera imaginar. Esperaba horas enteras con mis casettes grabables para poder capturar las canciones que me fascinaban, y era feliz si el locutor de turno la dejaba entera hasta el final, o mejor aún si no hablaba encima. Aquellos fueron unos años creativamente vibrantes tanto dentro como fuera de España, y esa creatividad hizo que la fascinación por la música cuajara con una intensidad que aún perdura cuarenta años más tarde. Luego vino mi Primera Comunión, y con ella el primer teclado de juguete. Ni siquiera era polifónico, pero mi curiosidad y cierto sentido musical innato hicieron que por mí mismo aprendiera y empezara a tocar canciones que me fascinaban entonces y me siguen gustando ahora, como el "Maid of Orleans" de Orchestral Manoeuvres In The Dark. Año y medio más tarde vino el primer casette que me regalaron mis padres, "Suspense", de Azul y Negro, que sigue siendo uno de mis álbumes preferidos de artistas españoles. Un par de años después me regalaron un Casio PT-20, ya con la posibilidad de tocar acordes (prefijados a la izquierda, por cierto), y mis habilidades musicales crecieron notablemente.
Aunque nunca estudié música, aprendí a leer pentagramas a la vez que me hacía un adulto y expandía mi cultura musical, que pasó de Pet Shop Boys a Franco Battiato, de Radio Futura a The Beatles, de Jimi Hendrix a Kraftwerk. Así hasta que en 1995, en plena carrera universitaria y ya con un teclado musical GeneralMusic que compré en una tienda muy cercana a la Plaza de Ópera aquí en Madrid, empecé a crear mis propias canciones. Grabé un total de diez hasta 1998, instrumentales, todas tocadas exclusivamente con ese teclado, y sin programación alguna que aliviara mis limitaciones al interpretarlas (como me equivocara, la pista correspondiente se quedaba para siempre con el error), y como no cabían tantas en la memoria del teclado, las fui volcando a una casette que aún conservo (así como los MP3s correspondientes, con un sonido realmente pobre...). Justo cuando empecé mi primer trabajo a tiempo completo pasé a la siguiente fase en mi crecimiento musical: HAL-9000, una banda amateur con mi buen amigo y compañero de carrera Luis. Sólo con 2 casettes y un puñado de guitarras, teclados e instrumentos caseros, grabamos pista a pista y canción a canción un álbum entero de versiones: R.E.M., The Cranberries, Depeche Mode, The Cure, New Order... También conservo los MP3s de aquellas diez canciones, en las que por primera vez y a pesar de mi voz grave y escasa de registros me encargaba de la parte vocal.
De ahí nos lanzamos a crear nuestras propias canciones, ahora por fin con un ordenador y un programa de creación y grabación musical mínimamente decente (Harmony). Grabamos cuatro canciones, considero que ahora sí bastante dignas, pero la dificultad para compaginar nuestras cada vez mayores exigencias laborales unido al tiempo creciente que dedicaba a mi entonces novia y ahora esposa, lo dejamos tácitamente. Ese paso a la vida casera en pareja trajo consigo una nueva fase en mi evolución musical: los programas profesionales de creación musical, FruityLoops y sobre todo Cubase. Con ellos recuperé otra vez el gusto por componer e instrumentar mis creaciones. Aunque el inglés de mi mujer no era ni es su fuerte, la convencí para que cantara mis nuevos temas porque su voz era mucho más adecuada para su estilo que la mía. Y hasta que mi hija mayor vino al mundo, Ana y yo grabamos un total de cuatro canciones, ya bajo el nombre de Olympia, y con el mejor sonido que había conseguido hasta entonces.
Mi hija mayor salió guerrera y fueron unos años difíciles, con falta de sueño y muchas horas extra en el trabajo. Además, mi madre enfermó de gravedad, mi otra hija vino a completar la familia cuando parecía que empezábamos a levantar cabeza, y aunque ocasionalmente registré ideas para varias canciones, no llegué a completar ninguna en casi diez años. De hecho durante esos años mis blogs (éste y el de literatura de ciencia-ficción) fueron dos de las escasas vías de escape para mis pasiones. Pero la experiencia me ha enseñado que en la vida después de una etapa más dura siempre viene otra más llevadera, y desde hace casi dos años he vuelto a tener tiempo para crear, lo que significa que la música ha vuelto a ocupar el lugar que merecía.
Eso sí, ya no he querido "forzar" a mi mujer a cantar en esta nueva etapa creativa, por lo que Olympia ha pasado a ser mi proyecto en solitario, a pesar de las limitaciones vocales a las que ya he aludido. Eso sí, como tenía material a medias y unas ganas locas de recuperar esta faceta, me ha llevado poco más de medio año completar y publicar siete nuevas canciones. Ahora estoy empezando una octava, aunque aún está en fase muy preliminar. Es muy difícil juzgarse a uno mismo, pero sí puedo decir que al menos algunas de las ideas básicas que persigo en este blog (temas cuya instrumentación crezca según avance, cierto interés por no sonar demasiado convencional, progresiones armónicas que no repitan los mismos cuatro acordes de principio a fin) son también parte de mi leif motiv como creador.
¿Qué pretendo al crearlas y publicarlas? En realidad, sólo dar salida a mi expresividad, y darlas a conocer. Afortunadamente mi trabajo me da la estabilidad económica, y mi mujer y mis hijas la estabilidad emocional. Pero la vida es corta, y cuanto más se explore uno a sí mismo, pienso que más conforme se irá al otro mundo. Así que hoy hago visible en este blog esas últimas canciones de la refundada Olympia, ordenadas cronológicamente:
"No more drugs"
"Finer feelings"
"Here to stay"
"Pandemic confinement"
"Empty people"
"Life is magic"
"We all must die"
De esta forma hoy he dejado constancia aquí de otra faceta de este humilde "bloguero". Pero no se preocupen, que en la próxima entrada volveré a la normalidad, con artistas profesionales y espero la emoción y el talento que siempre intento localizar y compartir.
domingo, 22 de marzo de 2020
Noel Gallagher's High Flying Birds: "Blue moon rising (EP)" (2020)
Está por ver cómo afectará esta crisis del coronavirus en la que el planeta entero está inmerso a las novedades musicales previstas para los próximos meses. Pero de momento el panorama musical sigue con su calendario de novedades, y hace unos días ha visto la luz "Blue moon rising", el tercer EP de Noel Gallagher y sus High Flying Birds. Un EP ya anticipado hace meses cuando reseñé sus dos EPs de 2019, y que contra lo que algunos medios habían difundido sí prosigue esa estela de "evolución" musical en su propuesta, es decir, avanzar desde sus referencias clásicas en los sesenta y los setenta a los "más recientes" ochenta y principios de los noventa. Aunque con matices.
"Blue moon rising" es lógicamente el tema estrella y el que abre el EP. A priori ya podemos decir que, a diferencia de los dos sencillos anteriores, no bebe tan claramente de sus fuentes ochenteras, y aunque tampoco suena contemporáneo, sí que se puede apreciar ese intento de Gallagher por sonar más reciente que en Oasis. Por ejemplo, los teclados que adornan las estrofas tienen más peso que las guitarras, y la batería está mejor grabada y suena más nítida. En realidad es una buena composición, aunque las estrofas pecan un poco de simplonas para intentar potenciar su groove, y el estribillo no pasa de correcto. Lo realmente meritorio es el intervalo instrumental que entra a los dos minutos, con una progresión armónica diferente, un dramatismo a lo Talk Talk en su sonido y la lejana voz de Gallagher cantando aquello de "Some of us needing..."; una pena que no lo aproveche más de ahí al final. El segundo corte, "Wandering star", es un tema lento de toques psicodélicos con sus campanas y sus pa-pa-ra-rá ya desde el comienzo, menos disruptivo con el legado del mancuniano que el anterior y que tira más de oficio que de inspiración para justificar sus casi cuatro minutos.
"Come on outside" es el tercer y último tema nuevo del EP, y aquí no hay evolución posible: un medio tiempo clásico de inspiración setentera y que recuerda a algunas de las composiciones de Gallagher para los últimos tres álbumes de Oasis. Aunque esto no es malo en absoluto: se trata de una canción meritoria (aparte de su poco adecuado mensaje para estos tiempos de confinamiento), con unas estrofas oscuras y un estribillo lleno de esa rabia contenida que tan bien sabe capturar con la ayuda de los pertinentes coros (aparte de quizá su mejor interpretación vocal en los tres EPs), y un final apoteósico con un teclado tan sencillo como efectivo. Y, dejando aparte la poco interesante versión 7" de "Blue moon rising", el EP lo cierra una remezcla del mismo tema (The Reflex Revision), que quizá sea también la mejor que han albergado sus EPs: razonablemente respetuosa con el original, reforzando su vertiente bailable y sobre todo recreando y expandiendo esa excelente parte instrumental a la que aludía antes.
Y es que sin ser una maravilla, seguramente Gallagher haya entregado el mejor de sus tres EPs. Nueve temas en un año, que prácticamente equivalen a lo que habría sido su cuarto álbum. Y que colocados juntos en una playlist alcanzan un nivel superior al de su fallido "Who built the moon?". Veremos si con este EP Gallagher cierra la trilogía, si los usa para publicar un álbum completo o si se olvida de ellos y vuelve al formato tradicional. De momento la experiencia ha tenido más luces que sombras.
"Blue moon rising" es lógicamente el tema estrella y el que abre el EP. A priori ya podemos decir que, a diferencia de los dos sencillos anteriores, no bebe tan claramente de sus fuentes ochenteras, y aunque tampoco suena contemporáneo, sí que se puede apreciar ese intento de Gallagher por sonar más reciente que en Oasis. Por ejemplo, los teclados que adornan las estrofas tienen más peso que las guitarras, y la batería está mejor grabada y suena más nítida. En realidad es una buena composición, aunque las estrofas pecan un poco de simplonas para intentar potenciar su groove, y el estribillo no pasa de correcto. Lo realmente meritorio es el intervalo instrumental que entra a los dos minutos, con una progresión armónica diferente, un dramatismo a lo Talk Talk en su sonido y la lejana voz de Gallagher cantando aquello de "Some of us needing..."; una pena que no lo aproveche más de ahí al final. El segundo corte, "Wandering star", es un tema lento de toques psicodélicos con sus campanas y sus pa-pa-ra-rá ya desde el comienzo, menos disruptivo con el legado del mancuniano que el anterior y que tira más de oficio que de inspiración para justificar sus casi cuatro minutos.
"Come on outside" es el tercer y último tema nuevo del EP, y aquí no hay evolución posible: un medio tiempo clásico de inspiración setentera y que recuerda a algunas de las composiciones de Gallagher para los últimos tres álbumes de Oasis. Aunque esto no es malo en absoluto: se trata de una canción meritoria (aparte de su poco adecuado mensaje para estos tiempos de confinamiento), con unas estrofas oscuras y un estribillo lleno de esa rabia contenida que tan bien sabe capturar con la ayuda de los pertinentes coros (aparte de quizá su mejor interpretación vocal en los tres EPs), y un final apoteósico con un teclado tan sencillo como efectivo. Y, dejando aparte la poco interesante versión 7" de "Blue moon rising", el EP lo cierra una remezcla del mismo tema (The Reflex Revision), que quizá sea también la mejor que han albergado sus EPs: razonablemente respetuosa con el original, reforzando su vertiente bailable y sobre todo recreando y expandiendo esa excelente parte instrumental a la que aludía antes.
Y es que sin ser una maravilla, seguramente Gallagher haya entregado el mejor de sus tres EPs. Nueve temas en un año, que prácticamente equivalen a lo que habría sido su cuarto álbum. Y que colocados juntos en una playlist alcanzan un nivel superior al de su fallido "Who built the moon?". Veremos si con este EP Gallagher cierra la trilogía, si los usa para publicar un álbum completo o si se olvida de ellos y vuelve al formato tradicional. De momento la experiencia ha tenido más luces que sombras.
domingo, 8 de marzo de 2020
La Roux: "Supervision" (2020)
Una de las novedades más esperadas de las últimas semanas ha sido "Supervision", el tercer álbum de LaRoux. Quizá por tratarse ya del proyecto en solitario de Elly Jackson (Ben Langmaid, teclista y compositor principal de su excelente primer álbum y de buena parte del segundo, dejó el dúo hace siete años), la londinense ha tardado casi seis años en darle continuidad a su irregular "Trouble in paradise" (2014). Una demora que no va de la mano del volumen de canciones que alberga el disco: solamente ocho, lo que significa poco más de una nueva composición por año de silencio... Estos dos hechos (el que se haya convertido en el proyecto en solitario de Jackson, y la escasez de temas) me habían predispuesto negativamente respecto a lo que podría esperar. Pero por otro lado la producción a cargo de Dan Carey, uno de los productores más reputados del momento (y artífice por ejemplo del aclamado debut de Fontaines D.C. hace solo unos meses), me había hecho concebir esperanzas de que podría tratarse de un álbum a la altura de su mítico "La Roux" (2009). Además, su sencillo de adelanto ("International woman of leisure"), me pareció muy agradable, aunque un tanto limitado. Pero desgraciadamente la realidad se ha impuesto, y "Supervision" es el peor álbum en la carrera de la británica.
En realidad no se trata de un mal álbum, y contiene dos o tres canciones que recuerdan el impacto que en su momento tuvo la banda. Pero por estilo e instrumentación está mucho más cerca de "Trouble in paradise" que de "La Roux", y eso ya en sí es un punto en contra. No sólo eso: Dan Carey probablemente haya hecho su peor trabajo como productor: la instrumentación no es que sea espartana, es que llega a cansar por repetitiva. Las programaciones de batería (¡el LinnDrum de los años 80!), suenan particularmente pobres en 2020, sobre todo si como es el caso se limitan a repetir el mismo loop con escasas variaciones del principio al final de cada tema. Y las composiciones explotan sin tregua progresiones armónicas de tres o cuatro acordes que se repiten sin más complicaciones.
Un buen ejemplo de ello es "21st century", la canción que abre el disco: un medio tiempo de influencias funky gracias a la omnipresente guitarra eléctrica de Jackson y una monótona caja de ritmos que al menos cambia su progresión armónica de base en el estribillo, y cuyo mayor logro es la capacidad de Jackson de crear nuevas melodías vocales sobre ella. Algo parecida, aunque de resultado un poco más inspirado, es "Do you feel": nuevamente un bajo sencillo y la poco elaborada caja de ritmos dan comienzo a una guitarra casi idéntica a la del tema anterior, y poco después ya a la voz de Jackson. Y de ahí la sucesión de melodías vocales sobre esa incansible progresión armónica, sin que sea fácil decir qué es estrofa, qué es puente, qué es estribillo (así de simples son los arreglos), si bien la parte en la que Jackson empieza con aquello de "Do you feel like you've forgotten something..." acaba siendo reconocible y lo más disfrutable del tema. "Automatic driver", el segundo sencillo, es probablemente el segundo mejor momento del álbum y uno de los pocos que recuerda el nivel de LaRoux hace unos años. No es que nada cambie respecto a los dos temas anteriores: medio tiempo, caja de ritmos sencilla, arreglos poco elaborados, pero la luminosa progresión armónica de tres acordes mayores hasta casi el final, y lo que el bajo, la percusión y la guitarra eléctrica enriquecen en directo la simpleza instrumental de la versión del álbum hacen el resto.
"International woman of leisure" fue el sencillo que anticipó el disco, y como anticipaba antes es su mejor canción: ahora sí arranca con un teclado principal de sonido juguetón que recuerda a los de sus inicios, y que convive con esos parámetros ya conocidos de programación, bajo y guitarra sobre otra sencilla pero efectiva progresión armónica que permite a Jackson lucir sus dotes vocales en unas estrofas de notas altísimas. "Everything I live for" mantiene exactamente el mismo registro, pero su simple y a la vez luminosa progresión armónica junto con todas las melodías que Jackson dibuja sobre ella (con mención especial a aquella que empieza con "if you really think..." cerca del final) ayudan a que sea el tercer momento destacable del álbum. Aunque le falta crecer conforme avanza y le sobra minutaje. "Otherside", otro medio tiempo más que arranca con la caja de ritmo, es claramente el momento más funky del disco, buscando la sensualidad por encima de la energía pop. No es un mal tema, y su bajo es sin duda el mejor del disco, pero se queda a la mitad de lo que podría haber dado de sí con otra vuelta de tuerca en la composición y en la producción.
La cuesta abajo de "Supervision" empieza con su séptimo corte, "He rides". Otra vez la misma fórmula ya comentada de temas anteriores, y las bazas de la calidez del funky-pop de su atmósfera, la sucesión de melodías diferentes sobre la misma progresión armónica y las voces superpuestas de Jackson para mantener un tema que pese a todo resulta anodino frente a otros momentos. Aunque más cuestionable es "Gullible fool", la balada del disco además de su último corte: desnuda de instrumentos en su primer tramo, deja ver que se trata de una melodía agradable y bien interpretada pero que no acierta a evocar un sentimiento concreto. Y cuando por fin entran el resto de instrumentos descubrimos que ni siquiera aquí se salen lo más mínimo del guión ya conocido. Además, la versión del álbum alarga innecesariamente el tramo instrumental final hasta superar los siete minutos, con la clara intención de que "Supervision" cruce la frontera de los cuarenta minutos y no se le pueda criticar la escasez de minutaje.
Y así, sin apenas cambiar el registro, se desvanece "Supervision". Un álbum que peca de monótono, simple en la composición y espartano en la instrumentación. Y que apenas se sostiene gracias a tres o cuatro buenos momentos (bastante similares entre sí, por cierto) y a la voz de Jackson. Los fans de la banda disfrutarán de esas pocas canciones, y añadiéndoles sus clásicos de hace una década la gira de La Roux en directo probablemente cuaje lo suficiente. Pero el futuro del proyecto es bastante incierto: desde luego si Jackson vuelve a necesitar seis años para una entrega tan espartana y monocolor no tengo muy claro que muchos fans se acuerden de ella en 2026. Esperemos que este periodo haya sido solamente un bache, que reclute a otro productor más creativo y que más pronto que tarde publique otro disco que suba el listón.
En realidad no se trata de un mal álbum, y contiene dos o tres canciones que recuerdan el impacto que en su momento tuvo la banda. Pero por estilo e instrumentación está mucho más cerca de "Trouble in paradise" que de "La Roux", y eso ya en sí es un punto en contra. No sólo eso: Dan Carey probablemente haya hecho su peor trabajo como productor: la instrumentación no es que sea espartana, es que llega a cansar por repetitiva. Las programaciones de batería (¡el LinnDrum de los años 80!), suenan particularmente pobres en 2020, sobre todo si como es el caso se limitan a repetir el mismo loop con escasas variaciones del principio al final de cada tema. Y las composiciones explotan sin tregua progresiones armónicas de tres o cuatro acordes que se repiten sin más complicaciones.
Un buen ejemplo de ello es "21st century", la canción que abre el disco: un medio tiempo de influencias funky gracias a la omnipresente guitarra eléctrica de Jackson y una monótona caja de ritmos que al menos cambia su progresión armónica de base en el estribillo, y cuyo mayor logro es la capacidad de Jackson de crear nuevas melodías vocales sobre ella. Algo parecida, aunque de resultado un poco más inspirado, es "Do you feel": nuevamente un bajo sencillo y la poco elaborada caja de ritmos dan comienzo a una guitarra casi idéntica a la del tema anterior, y poco después ya a la voz de Jackson. Y de ahí la sucesión de melodías vocales sobre esa incansible progresión armónica, sin que sea fácil decir qué es estrofa, qué es puente, qué es estribillo (así de simples son los arreglos), si bien la parte en la que Jackson empieza con aquello de "Do you feel like you've forgotten something..." acaba siendo reconocible y lo más disfrutable del tema. "Automatic driver", el segundo sencillo, es probablemente el segundo mejor momento del álbum y uno de los pocos que recuerda el nivel de LaRoux hace unos años. No es que nada cambie respecto a los dos temas anteriores: medio tiempo, caja de ritmos sencilla, arreglos poco elaborados, pero la luminosa progresión armónica de tres acordes mayores hasta casi el final, y lo que el bajo, la percusión y la guitarra eléctrica enriquecen en directo la simpleza instrumental de la versión del álbum hacen el resto.
"International woman of leisure" fue el sencillo que anticipó el disco, y como anticipaba antes es su mejor canción: ahora sí arranca con un teclado principal de sonido juguetón que recuerda a los de sus inicios, y que convive con esos parámetros ya conocidos de programación, bajo y guitarra sobre otra sencilla pero efectiva progresión armónica que permite a Jackson lucir sus dotes vocales en unas estrofas de notas altísimas. "Everything I live for" mantiene exactamente el mismo registro, pero su simple y a la vez luminosa progresión armónica junto con todas las melodías que Jackson dibuja sobre ella (con mención especial a aquella que empieza con "if you really think..." cerca del final) ayudan a que sea el tercer momento destacable del álbum. Aunque le falta crecer conforme avanza y le sobra minutaje. "Otherside", otro medio tiempo más que arranca con la caja de ritmo, es claramente el momento más funky del disco, buscando la sensualidad por encima de la energía pop. No es un mal tema, y su bajo es sin duda el mejor del disco, pero se queda a la mitad de lo que podría haber dado de sí con otra vuelta de tuerca en la composición y en la producción.
La cuesta abajo de "Supervision" empieza con su séptimo corte, "He rides". Otra vez la misma fórmula ya comentada de temas anteriores, y las bazas de la calidez del funky-pop de su atmósfera, la sucesión de melodías diferentes sobre la misma progresión armónica y las voces superpuestas de Jackson para mantener un tema que pese a todo resulta anodino frente a otros momentos. Aunque más cuestionable es "Gullible fool", la balada del disco además de su último corte: desnuda de instrumentos en su primer tramo, deja ver que se trata de una melodía agradable y bien interpretada pero que no acierta a evocar un sentimiento concreto. Y cuando por fin entran el resto de instrumentos descubrimos que ni siquiera aquí se salen lo más mínimo del guión ya conocido. Además, la versión del álbum alarga innecesariamente el tramo instrumental final hasta superar los siete minutos, con la clara intención de que "Supervision" cruce la frontera de los cuarenta minutos y no se le pueda criticar la escasez de minutaje.
Y así, sin apenas cambiar el registro, se desvanece "Supervision". Un álbum que peca de monótono, simple en la composición y espartano en la instrumentación. Y que apenas se sostiene gracias a tres o cuatro buenos momentos (bastante similares entre sí, por cierto) y a la voz de Jackson. Los fans de la banda disfrutarán de esas pocas canciones, y añadiéndoles sus clásicos de hace una década la gira de La Roux en directo probablemente cuaje lo suficiente. Pero el futuro del proyecto es bastante incierto: desde luego si Jackson vuelve a necesitar seis años para una entrega tan espartana y monocolor no tengo muy claro que muchos fans se acuerden de ella en 2026. Esperemos que este periodo haya sido solamente un bache, que reclute a otro productor más creativo y que más pronto que tarde publique otro disco que suba el listón.
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