viernes, 3 de mayo de 2019

Pet Shop Boys: "Agenda" (2019)

Cuando los seguidores del carismático dúo británico contábamos las semanas para que viera la luz el anunciado último álbum de su trilogía a medias con Stuart Price, Pet Shop Boys se han quedado con nosotros publicando por sorpresa un EP... con la producción de Tim Powell. Una nueva jugada a la que ya debiéramos estar acostumbrados los que conocemos su habitual tendencia a epatar e ir contra corriente, pero que en esta oportunidad viene justificada más que nunca por la situación política en su país. Y es que el Brexit tiene convulsionado al Reino Unido, y Neil Tennant y Chris Lowe no han querido quedarse al margen de esa situación. Y lo han hecho como siempre con suma inteligencia: publicando este materail justo cuando los plazos para la salida vencían (en teoría) y evitando contaminar políticamente su próximo álbum con Stuart Price.

Como digo, para producir los trece minutos de esta mini-entrega, los británicos han reclutado a Tim Powell, ex-miembro del equipo de productores Xenomania, el cual produjo para ellos "Yes" en el año 2009. Y el resultado de su trabajo a los mandos ha sido en mi opinión superior al de aquél álbum, porque esta "agenda" sí suena plenamente a Pet Shop Boys, la orientación comercial de los temas no es tan obvia como ls de aquel album un tanto impersonal, y no hay concesiones a las modas más actuales. De hecho, los melómanos más jóvenes podrán objetar que Pet Shop Boys, quienes durante muchos años estuvieron a la vanguardia instrumental, suenan en 2019 un tanto rancios. Pero no hay que olvidar que estamos ante dos sesentones, por lo que mejor ser prácticos y contentarse con que suenen a ellos mismos, aunque sus sintetizadores y sus cajas de ritmos ya no encierren nada nuevo.

¿Y las canciones? Pues afortunadamente ninguna de las cuatro desmerece el grueso de su discografía. El tema estrella es obviamente "Give stupidity a chance". Ya habían hablado de la estupidez en su para mí superior "I'm with stupid" de 2006, pero ahora centran la estupidez en la decisión de los británicos de abandonar la Unión Europea, decisión que ellos reprueban en una letra que es un finísimo diágnostico de la política y la sociedad no sólo inglesa sino occidental. Y que causa que la música pase a un segundo plano, aunque se trata de una de esas melodías de pop matemáticamente perfecto que saben hacer como nadie, y que cuesta creer que nadie haya compuesto hasta ahora. Eso sí, la instrumentación es solamente correcta, la pista de baile queda lejos, y las dos cosas lastran un poco el resultado. Por eso mi tema favorito del EP es "On social media": más bailable, con su bajo sintetizado deudor del house, sus palmadas enlatadas, sus overdubs de percusión, su piano electrónico... todo de hace treinta años, sí, pero todo infalible en sus manos, sobre todo si como es el caso se pone al servicio de otra excelente melodía, incluyendo tres estrofas completas, dos partes nuevas y otro de sus genuinos coros masculinos, todo ello coronado por una excelente y mordaz letra sobre el uso actual de las redez sociales.

"What Are We Going to Do About the Rich?" es mi segundo pasaje favorito, y para mi gusto el de mejor comienzo, con su sección de cuerda primero y de viento después dando paso al tema de tempo más alto, y con una letra tan crítica y trascendente como la del resto del EP. Que vertebra otra bien elaborada melodía, con un estribillo tal vez un pelín obvio (incluyendo una subida de tono al final), que se ve compensado con creces por esa parte nueva en la que Neil medio canta medio declama sus aceradas consignas. Y cierra el disco la casi esperable balada, "The Forgotten Child". Perfectamente digna de sus grandes momentos intimistas, con su melodía de tonos más bajos, sus violines, los bongos que la acompañan durante toda su duración, el inevitable piano, y el trozo final instrumental con sorpresa incluida (caja de ritmos, teclado juguetón, synclavier y coros).

Mi principal miedo cuando supe de la inminente publicación de este EP fue que la fuerte componente política de las letras pudiera haber eclipsado las progresiones armónicas y las melodías que siempre han caracterizado al dúo. Pero no ha sido el caso: se ve que han esperado lo suficiente a tener buenas composiciones que pudieran sustentar su mensaje. Así que aunque es obvio que este EP no les va a granjear nuevos seguidores, sí que podrá figurar sin complejos junto al grueso de su discografía. Y además hace concecibir muy buenas esperanzas sobre su próximo álbum dentro de unos meses. Así que vuelvo a ponerme a contar las semanas.

lunes, 22 de abril de 2019

Lydmor: "I Told You I'd Tell Them Our Story" (2018)

Adentrándonos en la segunda mitad del mes de abril aún sigo reseñando álbumes que vieron la luz en 2018, y que por unas circunstancias u otras no he descubierto hasta hace apenas unos meses. Voy a hablarles hoy de "I Told You I'd Tell Them Our Story", el tercer álbum de la danesa Lydmor, que vio la luz a finales del pasado mes de septiembre. Hacía tiempo que no reseñaba en este blog un álbum procedente de Escandinavia, que como saben muchos aficionados a la música vanguardista es un territorio particularmente propicio, con Suecia claramente a la cabeza. Esta vez sin embargo no se trata de un artista sueco, sino de una solista danesa, que desgraciadamente aún sigue siendo marginal a nivel internacional. Y digo desgraciadamente porque, sin llegar a ser mi disco favorito de 2018, sí que lo considero uno de sus grandes momentos.

Muchas cosas sorprenden favorablemente en este álbum. Quizá la más inesperada sea la calidad de los textos. Sin ser el inglés su idioma nativo, la danesa lo emplea con una solvencia tremenda, usando términos y construyendo frases netamente más elaboradas y evocadoras que la inmensa mayoría de artistas anglosajones. Semejante nivel de sorpresa genera la producción: nada de usar la tecnología para evocar al pasado como otras muchas bandas nórdicas; la instrumentación es de plena actualidad, abierta a las últimas modas y tendencias sin sucumbir a ellas, y el sonido es limpio, cristalino, intachable. Una tercera sorpresa es la capacidad para hacer evolucionar las composiciones: eso de que tras el primer estribillo ya hemos escuchado el noventa por ciento de la canción no aplica aquí; más vale tener los oídos abiertos y escuchar con atención hasta el final para no dejar de descubrir giros, guiños, cambios, detalles que enriquecen cada composición.

Todo ello se aprecia en el tema que abre el álbum: "The mansion", un medio tiempo luminoso y no especialmente inspirado a nivel compositivo, pero con una excelente instrumentación (con mención especial para la percusión), que tras casi tres minutos cambia la progresión armónica sobre la misma melodía, llevando así el tema a terrenos más oscuros; y que medio minuto más tarde se convierte en un llenapistas al doblar sin previo aviso el bombo. Igual de original pero mucho más brillante es "Money towers", primer sencillo del álbum, y que formó parte de mi lista de mejores canciones de 2018. Para mí el mejor tema de synth-pop del año pasado: contemporáneo a más no poder en su sonido (no falta ni el dembow típico del reguetón ni el tramo instrumental de reminiscencias étnicas tras cada estribillo), con una gelidez nórdica elegantísima y una letra devastadora que encaja estupendamente con la atmósfera de la canción. El siguiente corte, "Killing time", fue también el siguiente sencillo en ver la luz: otro medio tiempo elegante, con una estrofa bonita y elaborada y un estribillo minimalista en el que cobran protagonismo las voces post-procesadas y los sintetizadores reproducidos al revés. "Claudia", siguiente corte, fue a su vez el tercer sencillo del disco. Casi una balada por su tempo (que no por su estilo), su gelidez cortante se multiplica cuando a partir del segundo estribillo entra un bajo distorsionado y un extenso pasaje declamado en el que la mujer protagonista que vende sus servicios se revela ante el sometimiento del dinero; a partir de ahí el tema es crudo, casi desabrido y profundamente impactante gracias a su sobredimensionado sintetizador del tramo final.

"Dim" vuelve a los medios tiempos sobre una original programación, sincopada y minimalista a partes iguales, proponiendo una estrofa y un estribillo muy elaborados, más propios de un cabaret a altas horas de la madrugada, que juega con el melómano con aquello del "fo-fo-follow you..." que tanto parece otra palabra mucho más fuerte. Tras el breve interludio que supone "Shuidan Lu" llega mi segundo momento favorito del álbum, "Soft islands". Ahora sí es una auténtica balada, que empieza sin tregua con la voz de Lydmor y un teclado para llevar los acordes, pero que cuando llega el primer estribillo ya se ha enriquecido con múltiples voces, una percusión tan extraña como certera y un par de sintetizadores que complementan sin hacerse notar. Y durante otros cuatro minutos el tema no deja de crecer: un arpegio de piano, el bombo, una letra que cautiva hasta el desasosiego con su dolorosa y repetitiva "water's too close to the ceiling", y que la danesa usa con maestría para convertir la balada en un aceleradísimo tema que mezcla a partes iguales trance en sus chirriantes sintetizadores y drum&bass en su imposible ritmo. Después de semejante exhibición el contrapunto lo pone "Nostalgia", el tema más convencional del álbum. No por la original instrumentación con la que nos atrapa desde el comienzo, sino por tratarse de un medio tiempo de pop dulce, algo así como si Nelly Furtado hubiera sido capaz de actualizarse hasta el año 2018, incluyendo el certero teclado que orla los ecos de Lydmor en su tramo final. "Queen of the night" es el segundo y último interludio, que da paso al tercio final del álbum.

Un tercio que no desmerece del resto del disco y que se abre con "UOME", en mi opinión el tercer mejor momento del disco. Arrimándose de nuevo a la pista de baile con el dembow y un sintetizador en trémolo protagonista tras cada estribillo como en "Money towers", es un tema más cálido y tarareable, que vuelve a cautivar por su formidable instrumentación y que contiene la doble sorpresa de una guitarra y una excelente segunda voz en los estribillos, antes de desnudar el tema y añadir un nuevo teclado a lo Rüfüs du Sol para su tramo final. "Trembling" baja solamente un poquito el nivel: otro medio tiempo más, con una melodía de notas muy altas en el estribillo sobre un jugetón synclavier que se adhiere sin remedio a nuestro cerebro, y al que sólo le lastra un poco su estrofa un tanto anodina, que Lydmor sabiamente esconde tras el primer estribillo y que rehúsa repetir, proponiéndonos en su lugar un sintetizador a lo chill-wave que repite las notas del synclavier. Y el cierre lo pone "Shanghai roar", para mi gusto el cuarto mejor momento del disco: una balada con una melodía preciosa (sobre todo en las estrofas), en la que el bajo sintetizado que entra en la tercera estrofa y el sintetizador que repite la voz post-procesada de la danesa ponen los elementos de originalidad, y el largo intervalo cuasi instrumental la emoción.

"I Told You I'd Tell Them Our Story" no es un álbum largo (cuarenta y dos minutos y sólo diez temas completos), por lo que no hay espacio para el aburrimiento... igual que empieza se va, dejándonos eso sí con ganas de más. Sólo le falta algún tema más accesible para el gran público, que pudiera hacer de gancho. Y es una pena, porque bien publicitado este álbum sin duda habría sido uno de los discos de cabecera de muchos críticos y de público asiduo a festivales de música independiente. Lo bueno es que a la danesa no parece afectarle la escasa repercusión de sus trabajos. Así que espero que dentro de otros dos o tres años Lydmor le dé continuidad a este disco. Y que sea capaz de alcanzar un nivel de inspiración similar. Será un gran disco.

domingo, 7 de abril de 2019

¿De verdad es el reguetón el nuevo pop?

A lo mejor a los seguidores de este humilde blog la pregunta les parece de respuesta obvia, o incluso fuera de lugar. Pero en los últimos tiempos he escuchado cada vez más voces que defienden el reguetón como el nuevo pop mundial. Tal cual. Y no sólo artistas directamente vinculados al género, sino otros que sólo se han acercado a él esporádicamente, o en forma de colaboraciones. Lo que es más: ya he leído varias veces en prensa musical especializada a críticos que defienden el reguetón como un género que combina expresión popular con calidad. Como si negarse a abrazarlo fuera tener la misma actitud que tuvieron nuestros bisabuelos en los años cincuenta cuando se escandalizaban con el auge del rock&roll. Así que creo que la pregunta es procedente. Y esta entrada es mi respuesta.

Históricamente el reguetón surgió como un género relativamente marginal en Centroamérica (particularmente en Panamá), como una mezcla de los jamaicanos reggae y dancehall. Y conforme se fue expandiendo por el Caribe primero y por Hispanoamérica después fue incorporando cada vez más elementos del para mí denostado hip-hop, hasta el punto de que en la actualidad la mayoría de sus intérpretes declaman más que cantan, si acaso dejando un estribillo cantado para hacer la canción menos monótona.

El primer problema es precisamente ése: la monotonía. Al renunciar a progresiones armónicas medianamente elaboradas (o al carecer de talento para crearlas en la mayoría de sus artistas), la dificultad de rellenar cuatro minutos sin que suceda prácticamente nada es muy grande. Y para combatir este inconveniente lo que se suele hacer es, sobre una base musical recurrente, que a menudo repite una y otra vez el mismo compás sin piedad, añadir unas "estrofas" declamadas, sin apenas melodía (cosa lógica, al no haber progresión armónica desarrollada que permita escribir una auténtica partitura), y cuya única baza para evitar el lógico hastío es epatar con unas frases más o menos impactantes.

Porque el segundo problema del reguetón son las letras. Sorprende que en un mundo occidental tan concienciado actualmente en denunciar la posición histórica en segundo plano de la mujer, y que apuesta por continuas movilizaciones y medidas sociales para corregirla (ese feminismo que, bien entendido, es tan reivindicable), el reguetón destaque justo por lo contrario. En su inmensa mayoría las letras del reguetón son machistas, irrespetuosas, zafias, soeces... Escuchen si no a Daddy Yankee, a Don Omar, a J Balvin, o a Maluma. Asusta escuchar a nuestros chavales de seis u ocho años declamar esas letras sin entender realmente toda la carga simbólica reprobable que contienen. Y sorprende también que el feminismo exacerbado que en algunos países está proliferando no arremeta sin piedad contra el género como una de sus primeras prioridades.

Más aún cuando esas letras infames vienen acompañadas de un tercer problema: la imagen. Conscientes de que la propuesta musical es en el mejor de los casos endeble, los artistas de reguetón intentar contrarrestarla siempre que pueden con unos vídeos tan fastuosos como frívolos. En los que nuevamente la mujer aparece como un objeto de consumo, siempre enfocada con planos más sexuales que sensuales, con especial predilección por sus atributos más característicos. Y en los que además el panorama lo completa un lujo desenfrenado, una ostentación irreverente que contrasta con la entre regular y mala situación económica de prácticamente todos los países en los que se crea reguetón. Aquello de "dime de lo que presumes y te diré de lo que careces" viene al pelo en este caso, en los que el reguetón emprende una defensa de valores en las antípodas de las sociedades contemporáneas.

Por lo que intentar presentar a este género escaso de musicalidad, machista y frívolo como el nuevo pop se me antoja un despropósito. Siguiendo el paralelismo con los años cincuenta, el rock&roll tuvo un impacto social igual o mayor que el del reguetón, musicalmente era menos limitado y culturalmente menos irrespetuoso con los valores sociales. Pero incluso asumiendo cierto paralelismo, en unos cuantos años el rock&roll enriqueció el mi-la-si de tantas y tantas canciones, añadió otros instrumentos a la guitarra eléctrica, el bajo y la batería con el que había comenzado y propuso unas letras más ricas en matices y estados de ánimo. En otras palabras, se convirtió en ese pop que relució como ningún otro género en los años sesenta. Mientras que el reguetón, a pesar de los años que lleva expandiéndose por emisoras comerciales y garitos de escaso gusto, se ha mantenido firme en su propuesta, sin asomo de un crecimiento musical que lo pueda dignificar.

¿Significa eso que todo lo que ha surgido del reguetón es despreciable musical y culturalemente? No, creo que hay al menos ha aportado dos elementos positivos. El primero es el dembow, el famosísimo ritmo que vertebra todas las canciones del género. Un ritmo que repetido hasta la saciedad hastía, pero que usado con mesura es útil y por ello se ha expandido hasta otros géneros musicales mucho más interesantes, proponiendo así una percusión alternativa al quizá demasiado trillado "cuatro por cuatro". Pongo aquí como ejemplo una de las canciones que propuse en mi lista de mejores canciones del año pasado: "Money towers", de Lydmor. Aun con su parafernalia electrónica de gran riqueza y su emocionante frialdad, si nos fijamos veremos que su percusión es simplemente una versión tamizada del famoso dembow. Y el segundo elemento es la relevancia que gracias al género ha adquirido el español en lugares donde tradicionalmente era un obstáculo musicalmente hablando, como los países anglosajones o el este asiático. No cabe duda de que nuestro idioma es la mayor riqueza cultural que podemos seguir aportando al planeta a pesar de nuestra nula relevancia internacional, y el reguetón ha actuado aquí como inesperado vehículo patrocinador.

Ha habido épocas a lo largo de la historia de la música en las que popularidad y calidad han ido de la mano, mientras que en otras los entendidos musicales se rasgaban las vestiduras ante los gustos de la "plebe". Y no sólo con la música; en otros artes como la pintura o la escultura hoy veneramos a artistas que fueron rechazados por sus contemporáneos, mientras que los favoritos de aquel entonces descansan hoy en el más absoluto de los olvidos. En mi opinión con la música popular contemporánea estamos en uno de esos periodos en los que desgraciadamente popularidad y calidad no van de la mano. No hay nada insoslayable en ello; de hecho ésa es la razón principal que me animó hace muchos años a iniciar este humilde blog. Pero pretender que algo (el reguetón en este caso) es bueno (como el pop) simplemente porque cada vez gusta a un número mayor de gente es un argumento insostenible. Así que no, no busquen Vds. el nuevo pop en el reguetón; inténtelo en cambio en propuestas minoritarias, en webs especializadas, o en festivales alternativos. Tendrán mucho más éxito.

sábado, 16 de marzo de 2019

Let's Eat Grandma: "I'm all ears" (2018)

Quizá la mayor confirmación del año que nos dejó hace un par de meses fue la del dúo inglés Let's Eat Grandma. Formado por las todavía adolescentes Rosa Walton y Jenny Hollingworth, habían debutado en 2016 con "I, gemini", un álbum aún inmaduro pero que ya dejaba entrever un talento insospechado para su corta edad gracias a ese pop entre experimental y psicódelico que daba lo mejor de sí en los temas más largos como "Eat Shiitake Mushrooms". Pero podía quedar la duda de si se trataban de otro hype adolescente de corto recorrido, o incluso de cuál era su mérito real en tan elaborada propuesta. Sin embargo con este "I'm all ears" cualquier duda ha quedado disipada, porque las británicas no sólo han mantenido sus señas de identidad, sino que han hecho su propuesta más atrevida, y si cabe con mayores dosis de inspiración. Hasta lograr un disco que no es perfecto pero que contiene muchos momentos fascinantes.

Su comienzo es ya de hecho a la vez desconcertante y cautivador. Porque los dos minutos instrumentales de la ominosa "Whitewater", con su equilibrio entre teclados infecciosos, bajo sintetizado y un desasosegante violín es lo más alejado que uno podría esperar de un disco de pop de dos chicas de menos de veinte años. "Hot pink", segundo corte y tema que anticipó el álbum, sí que responde a esos patrones pop y al estilo del dúo, pero a pesar de la cálida melodía de sus estrofas y el arriesgadísimo estribillo sin instrumentos armónicos y con sobredosis de percusiones discordantes, no es uno de los mejores momentos del disco, aunque contiene la sorpresa de una coda de "caja de música" que mejora la impresión final. Más certera es "It's not just me", tercer sencillo, también pop y de estructura convencional para lo que son ellas, con una letra llamativamente madura sobre los sentimientos aún no correspondidos, bien instrumentada y tarareable. Aunque el tema estrella del álbum (y uno de los mejores de 2018 según reflejé en mi lista de canciones internacionales) es sin duda "Falling into me", también segundo sencillo. Sin tregua ya desde el comienzo con la melodía vocal, tras el primer minuto de puro pop deriva hacia una vertiente casi techno en su extraño y sin embargo infeccioso estribillo. Y desde ahí se convierte en un carrusel impresionante de casi cuatro minutos de partes diferentes que se van anidando, con cambios de progresión armónica y de ritmo incluidos, siendo mi parte favorita cuando a partir del cuarto minuto entran los teclados distorsionados y en trémolo, en un tramo (casi) final oscuro y adictivo a partes iguales. Aunque el saxofón con el que remachan la canción casi está a la misma altura.

Tras semejante despligue es imposible mantener el nivel, pero "Snakes & Ladders" es un tema muy recomendable: una balada en acordes menores con aroma a finales de los sesenta gracias a su guitarra rasgada y a su Hammond, sobre una estructura relativamente convencional (incluyendo un sencillo pero efectivo intervalo instrumental que empieza con un solo de guitarra y acaba con unas cuerdas sintetizadas), y que como cabía esperar deriva con una brillante nueva progresión armónica y nuevas melodías en sus últimos tres minutos (con mención especial para el arpegio de bajo del tramno final). Después del interludio de "Missed Call (1)", "I Will Be Waiting" es, pese a su menor duración, otro tema "marca de la casa", lento pero con una instrumentación muy elaborada de teclados superpuestos y con las voces de Walton y Hollingworth relevándose, que de pronto se convierte en bailable gracias a su batería y a una nueva melodía sin apenas pausas para coger aire, hasta que el xilófono primero y el piano después toman el relevo en una preciosa parte instrumental... que a su vez evoluciona en otra parte más luminosa y pop con la que cierran un nuevo derroche de ideas. "The Cat's Pyjamas" es un nuevo interludio que recrea la música de las atracciones de feria de hace un siglo, y con el que dan paso al último tercio del álbum.

Que empieza con "Cool & Collected", probablemente el tema más experimental de un álbum ya de por sí poco convencional. Y es que sus altísimas notas en las casi desnudas estrofas del comienzo no hacen entrever los nueve minutos de psicodelia contempóranea que nos esperan, con protagonismo especial en esta oportunidad para las guitarras que se entrecruzan, el estribillo como elemento vertebrador, y la habitual exhibición de nuevos tramos a partir de nuevos acordes y melodías durante la segunda mitad del mismo. Aunque prefiero "Ava", la balada "clásica" del álbum y también su cuarto sencillo: tan sólo tres minutos con Walton al piano y esa voz tan típicamente inglesa de Hollingworth mostrando sus no siempre reconocidas cualidades vocales. Y para cerrar el álbum, los nada menos que once minutos de "Donnie Darko", otra tremenda exhibición del dúo, construida a partir de un arpegio de guitarra de Walton al que la voz de Hollingworth se le suma casi dos minutos más tarde, y que tras casi otros dos minutos da paso a ese piano house que convierte la canción en obsesivamente bailable gracias también a las declamaciones de Walton. Excesivamente larga sin duda, pero bien ubicada para cerrar el disco como perfecto ejemplo de todo lo que han crecido en un par de años.

Porque ésa es la impresión que deja "I'm all ears" después de un buen montón de escuchas en las que no dejan de descubrirse detalles compositivos e instrumentales: que el dúo ha adquirido una madurez musical como probablemente no se había visto en décadas para dos compositoras, intérpretes y cantantes tan jóvenes. Hasta el punto de entregar seis o siete canciones de una riqueza creativa y una ambición estilística muy por encima de la mayoría de álbumes de los últimos años. Así que si Vds. consiguen vencer su resistencia a tomarse en serio a esta banda de nombre infantil y presencia juguetona, seguro que acaban disfrutando con su derroche de talento. Habrá que ver si cuando crucen la frontera de los veinte años se aburguesan, o por el contrario siguen manteniendo sus señas de identidad y sus inquietudes intactas. Porque el techo del "mejor álbum internacional del año" no les queda ya muy lejos.

lunes, 4 de marzo de 2019

Chvrches: "Love is dead" (2018)

Hace algo más de un lustro reseñé en este mismo blog el álbum de debut del trío escocés Chvrches. Entonces traté de explicar las razones por las que que a pesar del reconocimiento casi unánime de la crítica, "The bones of what you believe" me pareció un disco correcto y agradable, pero poco más. Un par de años más tarde publicaron "Every Open Eye", un álbum que ni siquiera llegué a reseñar aquí, pues a pesar de la avalancha de sencillos sólo encontré un tema que en mi opinión realmente mereciera la fama que ya se habían ganado (ese "Never Ending Circles" que pasó tan desapercibido incluso para sus seguidores). Así que cuando hace casi nueve meses vio la luz este "Love is dead", no albergaba grandes expectativas sobre él. Y sin embargo aquí estoy reseñándolo.

Seguramente una parte no desdeñable de esta mejora radica en que por primera vez los escoceses se han abierto a colaborar con un productor externo. Y para ello han reclutado a Greg Kurstin, uno de los productores más laureados de los últimos años gracias a sus trabajos para Adele, Sia o Kelly Clarkson. Con estas referencias podría pensarse que el sonido de los escoces se podría haber desnaturalizado para hacerse más del gusto del gran público. Pero el efecto ha sido justo el contrario: la mano de Kurstin se nota en que les ha pulido alguno de sus defectos más recurrentes y ha potenciado sus virtudes. Lo que se aprecia especialmente en las composiciones más intimistas, que ahora por fin sí son capaces de sobrecogernos. Aunque tampoco podemos hablar de un disco redondo, pues la personalidad de la banda es muy fuerte y les sigue constando reconocer los mejores temas que componen.

El disco se abre con "Graffiti", quinto sencillo y un ejemplo de que todavía les cuesta quitarse esas cosas que tanto les lastran: un medio tiempo correcto, sí, pero con su tendencia a la estridencia en las frecuencias medias, una melodía que fuerza a la voz de Lauren Mayberry a gritar demasiado y una instrumentación un tanto anodina, sobre todo en la percusión. Más interesante aunque sin terminar de afinar el tiro es "Get out", el sencillo que anticipó el álbum hace justamente un año: un buen estribillo como contrapunto a la estridencia marca de la casa y a unas estrofas un tanto anodinas. Pero la mano de Greg Kurstin se empieza a notar en cuanto comienza la primera estrofa de "Deliverance": una Mayberry mucho menos "gritona" sobre unos instrumentos que no compiten por hacerse notar y un estribillo más comedido y elegante, aunque la entrada al estribillo sea "puro Chvrches". Y la cosa acaba de entonarse con "My enemy": una balada profunda, alejada de su ruidismo, con una percusión mucho más elaborada, la acertada intervención vocal en las estrofas de Matt Berninger (el cantante de The National), y un bonito (y contemporáneo) intervalo instrumental antes del estribillo final.

"Forever" es un tema acertadamente más rápido aunque no bailable, con una excelente entrada al estribillo y un estribillo que podría haber interpretado Annie Lennox, y la sorpresa de su guitarra final. "Never say die", tercer sencillo, ya sí que muestra al trío totalmente contenido, tratando de cautivar y no de aturdir, arrancando con un juguetón teclado sobre el que nos envuelve la voz ¡susurrante! de Mayberry, y que acaba en un original estribillo con ritmo... ¡cuaternario! Aunque la joya absoluta del álbum es "Miracles", en mi opinión la mejor canción internacional de 2018. Una canción que parece una balada al comienzo, un tema pop durante su desarrollo y un rock arrastrado en su estribillo, con una melodía maravillosa desde la primera nota hasta la última, y probablemente la mejor instrumentación que han creado nunca, mezclando trémolos, baterías con palmada, bajo slap y coros distorsionados, en un cóctel imposible a priori y sin embargo irresistible. "Graves" baja como no podía ser de otra manera el listón, si bien nos propone un doble estribillo muy elaborado, adornado en todo momento por unos arpegios de bajo "a lo Peter Hook" muy interesantes a cargo de Iain Cook.

"Heaven/Hell" es mi tercer momento favorito del álbum: un comienzo sintético, la voz de Mayberry especialmente contenida al comienzo (aunque luego recuerde mucho a Katy Perry), y sobre todo un largo y cautivador estribillo que por sí solo justificaría el tema, si bien el intervalo instrumental con un sintetizador principal y dos adicionales jugueteando a toda velocidad no le anda a la zaga. "God's plan", con la voz de Martin Doherty, es quizá el momento más flojo del álbum. No hay color entre su mediocre voz y las cualidades vocales de Mayberry. Pero es que además la percusión es casi "de demo", y el sintetizador principal que lo acompaña resulta cansino. Afortunadamente al rescate viene "Really Gone", el segundo gran momento del álbum, una balada que pone los pelos de punta gracias a la escalofriante honestidad de su letra, a lo inspirado de su melodía y a la gran interpretación vocal de Mayberry sobre un par de sintetizadores sencillo y eficaz a partes iguales. Y tras un minuto de interludio ("ii") el disco se cierra con "Wanderland", un tema rápido, marca de la casa, que podría haber figurado en cualquiera de sus dos discos anteriores, eficaz para rematar el conjunto sin lastrarlo y sin complicarse en exceso gracias a su arrastrado y elaborado estribilo y a sus movidos intervalos instrumentales.

Como puede verse, no todos los doce temas (excluyendo el interludio) rayan a la misma altura, y los momentos formidables compiten con otros en el límite de lo anodino, si bien la identidad de la banda permanece intacta tanto en unos como en otros. Pero puestas en la balanza, las grandes canciones pesan lo suficiente como para hacerle a "Love is dead" un hueco en nuestra discoteca. Para posteriores entregas quedan las dudas de si volverán a colaborar con un productor "de fuera" que les enriquezca sin asfixiarlos, y de si sabrán moldear su sonido para no recaer en esa "saturación sonora" a la que tanto tienden. Personalmente me conformaría con que sean capaces de entregar otro par de temazos como "Miracle" y "Really Gone"; eso ya sería suficiente para asegurarles otro hueco entre las mejores canciones de años futuros.

sábado, 16 de febrero de 2019

Reed & Caroline - "Hello science" (2018)

A finales del año pasado vio la luz uno de los álbumes que más me han gustado del 2018: el segundo disco del dúo neoyorkino Reed & Caroline. "Hello science" toma el testigo de su álbum de debut, "Buchla and singing" (2016), pero potencia las virtudes y reduce el carácter experimental de aquél. Porque aunque su primer disco constituyó un saludable ejercicio de estilo que intentaba crear un pop electrónico a partir de un instrumento tan difícil y poco convencional como el buchla (uno de los primeros sintetizadores analógicos de la historia), y que fue capaz de entregar momentos puntuales muy brillantes, como el sencillo estrella ("Singularity (we bond)", que ocupó el octavo puesto en mi lista de mejores canciones internacionales de 2016), o "Electrons", tremendamente singular y a la vez bailable, el álbum en su conjunto giraba demasiado en torno a las posibilidades del buchla, y resultaba más experimental que disfrutable de principio a fin. Y esa fue la razón por la que en su momento no le dediqué una entrada independiente.

Por eso es de agradecer que para este "Hello science" el dúo haya relajado su vertiente experimental y haya potenciado la composición de canciones pop, que podrían pasar por "convencionales" si no fuera por sus personalísimos arreglos. Y que además hayan creado un álbum conceptual como hacía tiempo que no veía: todos y cada uno de los temas tratan de una manera u otra de la CIENCIA, con mayúsculas: desde astronomía hasta informática, desde telecomunicaciones hasta geometría. Con un alarde creativo en sus textos nada habitual. Y todo ello con la excelente voz de Caroline Gould y la inteligencia a la hora de instrumentar de Reed Hays.

Un alarde que se pone de manifiesto desde el comienzo, con su primer sencillo y también tema estrella: "Before" (que ocupó el tercer lugar en mi lista de mejores canciones internacionales de 2018) es una excelente composición de estructura clásica, con una melodía de estas que sorprenden que no sea una versión, ni que nadie la hubiera compuesto hasta ahora, sobre la que Gould canta la que es probablemente la mejor letra de 2018, sobre la composición de cada objeto del universo y el papel que el pequeño ser humano representa a su lado, con un original cuarteto de cuerda sintetizado, y los habituales sintetizadores juguetones que en principio no podrían encajar con el cuarteto, y que sin embargo lo complementan fantásticamente. "Dark matter", segundo corte y segundo sencillo, es otro tema de atmósfera espacial, pero mucho más rápido, algo así como power pop del siglo XXII con sus tres estrofas y su parte nueva, realzado por unos originales bajos sintetizados que sustentan las estrofas y complementan la melodía en el estribillo. "Buoyancy", el tema más bailable del álbum, empieza como un tema de techno-pop de los ochenta, pero en seguida se convierte en un llenapistas de una Tierra futura, con su base rítmica que es puro house gracias a su bombo prominente y a sus platillos arrastrados, sobre la que se despliega su melodía infecciosa y elegante a partes iguales.

"Another solar system", cuarto corte, es otra excelente canción, optimista e innovadora a partes iguales, que trata de trasladar la emoción de descubrir un nuevo sistema solar en el que la humanidad pueda empezar de nuevo, y a la vez lo hace con un estribillo tarareable a dos voces. Sin llegar en mi opinión al nivel de los cuatro temas anteriores, "It's science" es algo así como el Eleanor Rigby de Reed & Caroline, nuevamente usando el cuarteto de cuerda sintetizado pero esta vez dejándolo como único acompañamiento a la voz de Gould para explicar el procedimiento científico. "Digital trash", el sexto corte, es otro ejercicio de orquesta sintetizada, un medio tiempo intimista con acordes menores y batería contundente que recuerda al "Happiness is an option" de Pet Shop Boys. Claramente superior es "Ocean", un medio tiempo con una preciosa letra sobre los océanos, una estructura de canción pop intachable, y una melodía adictiva de principio a fin que recalca certeramente la doble caja que utilizan en el estribillo, como si estuviéramos en un festival musical del próximo siglo. Le sigue "Entropy", quizá el tema más lento del disco y, salvo algunos efectos típicos de Hays, el más convencional en su instrumentación, por lo que resulta de los menos interesantes.

El último tercio del disco, probablemente su tramo más flojo, lo abre "Computers", que sin duda sube el nivel de los dos temas anteriores, además de contar con el comienzo más inspirado del disco (que por cierto ya se ha usado como sintonía televisiva). Un medio tiempo arrastrado que engancha poco a poco, y en el que la voz de Hays distorsionada por el vocoder a lo Daft Punk funciona como original contrapunto a la dulce voz de Gould. "Internet of things" llama más la atención por la rotunda actualidad del título y la originalidad de la letra que por la inspiración de su progresión ármonica y su melodía. Aunque no estamos ni mucho menos ante una mala composición, pues está trabajada en sus distintas partes al mismo nivel que la mayoría de sus compañeras, e incluso incluye un extraño sampling vocal antes de la tercera estrofa. "Continuous interfold" es la mayor concesión del dúo a su tendencia a la experimentación: un minuto y medio de interludio a base de frases sueltas y efectos, sin que podamos hablar de una verdadera canción y sí de una clara tentación para pulsar el botón de forward. Y el álbum lo cierra la juguetona "Metatron", nuevamente más interesante por su letra de referencias geométricas y por su superposición de pistas vocales distorsionadas que por sus estrofas y estribillo.

Como puede verse, aún quedan en "Hello science" tres o cuatro canciones en las que el esfuerzo está más puesto en las formas que en el fondo. Y la mayoría de los temas son quizá demasiado cortos, con la duración justa para la estructura habitual de canción pop y cero espacio para intervalos instrumentales, crescendos, codas u otras licencias. Pero en general el disco está lleno de pop clásico construido sobre buenas melodías, y eso juega claramente a su favor. Claro está que esas melodías quedan realzadas por la calidad de Gould como cantante y por la personalísima parafernalia instrumental del dúo. Por lo que el resultado es claramente disfrutable, a diferencia de otros álbumes conceptuales que sólo apetece escuchar en circunstancias muy puntuales. Sólo me preocupa la escasísima repercusión del disco, no ya en listas y festival sino incluso en los medios especializados. Porque pocas cosas dio el anodino musicalmente hablando año pasado más cautivadoras que este homenaje a la ciencia. Así que espero que esa indiferencia no arruine su carrera musical. No se lo merecen.

domingo, 3 de febrero de 2019

Otras 20 canciones más que interesantes de 2018

Como ya anticipaba en mi anterior entrada, dedicada a las en mi opinión 20 mejores canciones internacionales de 2018, el año ha sido lo suficientemente interesante a nivel de sencillos/videoclips como para proponer otra lista con 20 canciones adicionales. Que si bien no llegan a los niveles de excelencia de aquéllas, sí que merecen una reseña. Es cierto que el 2018 no ha sido un año en el que hayan abundado los álbumes de gran nivel, pero también es verdad que las plataformas de streaming y las redes sociales están favoreciendo en estos últimos años la preeminencia del formato sencillo: tres o cuatro minutos de un cierto artista, que siempre podremos enlazar con otro tema que nos guste de otro artista. Y este fenómeno, que para mí es más negativo que positivo porque siempre he preferido un buen álbum a una "simple" colección de canciones, posibilita en cambio que proliferen canciones de artistas a los que el formato álbum les puede venir grande en un momento dado, pero sí que poseen la inspiración y el talento suficiente como para entregar una canción más que interesante.

La lista que les propongo ahora es eso: una colección de 20 temas de artistas que no figuraron en mi anterior lista pero que merecen una reseña. Con los mismos criterios ya conocidos: una sola canción por artista, que haya visto la luz en formato sencillo o videoclip, y que no corresponda a artistas españoles. Buscando, como siempre, la creatividad, la originalidad, la calidad en la interpretación y la capacidad de emocionarnos. Y sin ningún otro criterio para presentarlas, ni de país de origen, ni de nuevos artistas frente a artistas consagrados, ni de estilo. Solamente 20 grandes canciones:

Death Cab For Cutie - "I dreamt we spoke again". El mejor sencillo de un álbum mucho mejor de lo que sus supuestos temas estrella anticiparon. Su personalísimo pop melancólico puede seguir existiendo sin Chris Walla.

Jenn Champion - "Coming for You". Una veterana de la escena alternativa que por fin dio el salto a la primera división con este intimista temazo de pop atemporal.

Rezz x Blanke - "Mixed signals". Una de las colaboraciones más interesantes del año pasado: Rezz aporta EDM y new beat, Blanke ambient a lo Aphex Twin. Y el resultado es brutal, sobre todo si se escucha a todo volumen.

Morgxn - "Carry the weight". Otro de los debuts más interesantes del año pasado. El estadounidense Morgan Karr nos cautivó con este medio tiempo que mezcla a partes iguales indie pop y R&B del siglo XXI, con coros soul en el estribillo incluidos.

Colouring - "Time". Otro debut mas, muy en la línea de las playlists de Mr. Suicide Sheep por envolvente y elegante, pero con guitarras, apta para la pista de baile y hasta con un estribillo en falsete. Esperando a que publique su primer álbum.

Emika - "Run". Desde el Reino Unido pero con una fuerte influencia de su República Checa natal, el tema más gélidamente adictivo del año pasado. Pop electrónico que no mira al pasado.

Empress Of - "I don't even smoke weed". Un trallazo de pop bailable que recuperó para el año 2018 el freestyle que arrasaba en Miami a mediados de los ochenta. Irresistible.

Promenade Cinema - "Polaroid stranger". Recuperando la oscuridad del techno-pop de bandas de principios de los ochenta como Ultravox o B-Movie, pero actualizando el sonido con clase y una evocadora melodía.

MGMT - "Me and Michael". Tras prácticamente una década por fin los estadounidenses publicaron un sencillo que pudiera mirar a los ojos a su casi mítico "Kids". Indie pop para todos los públicos.

Leon Else - "My kind of love". Mi tema favorito de todos los que he podido escuchar de bandas sonoras de películas y series de televisión el pasado año. O como demostrar que en el siglo XXI los hombres pueden seguir cantando temas de pop bailable con voz masculina y tonos graves.

Fischerspooner - "Have fun tonight". El inesperado retorno del dúo de Nueva York, después de casi una década y bajo los auspicios de Michael Stripe de R.E.M. como productor ejecutivo. Electroclash gay para altas horas de la madrugada.

Rolling Blackouts Coastal Fever - "Talking straight". Desde Australia, indie rock sin sorpresas pero con una capacidad inesperada de sonar frescos y disfrutables. ¿Será por su certero estribillo? ¿O por sus excelentes intervalos instrumentales?

Tiny Deaths - "Us". Su segundo álbum bajó mucho el nivel de su excelente opera prima, pero al menos contenía este desasogante tema de electrónica casera y extraña melodía.

Years and Years - "Sanctify". Una de las mayores esperanzas del pop británico del último lustro regresó con mucho menor impacto comercial del que se esperaba. Y eso a pesar de este notable tema, que podía haber firmado el propio Michael Jackson.

Holychild - "Bathroom bitch". Tres intensísimos minutos de power pop que no le hace ascos a las posibilidades instrumentales del año 2018. Esperemos que el resto de su segundo álbum esté a un nivel similar, sería uno de los discos de 2019.

IAMX - "Alive in new light". Chris Corner sigue a lo suyo: en su octavo álbum en solitario volvió a mezclar trip-hop y dark cabaret, no siempre inspirado pero con momentos tan sobrecogedores (y difíciles de cantar) como éste.

Janelle Monáe - "Make me feel". Vale que sus acordes son esencialmente los mi-la-si que desde hace más de sesenta años se han usado en miles y miles de canciones de blues y rock&roll, y que el estilo bordea el plagio del "Kiss" de Prince, pero aun así suena moderno y resulta infalible para la pista de baile.

Roosevelt - "Losing touch". El alemán Marius Lauber es capaz de mirar al italo disco de mediados de los ochenta y actualizarlo a nuestros días envuelto en electrónica indie. Ideal para espabilarse después de un madrugón.

Miriam Bryant - "Black car". La cantante sueca sabe mezclar en este medio tiempo soul y pop a partes iguales, y dotarlo de personalidad con esa voz grave y a contracorriente que tanto se agradece.

Rick Astley - "Try". El londinense retornó a rebufo de su "50" de 2016 con un disco mucho menos inspirado, pero que contenía esta balada de arreglos rockeros, meritoria y deudora de los Coldplay más clásicos a partes iguales. Y cantando mejor que Chris Martin.

Como ven, una mezcla curiosa de grandes nombres, retornos inesperados, propuestas minoritarias y mainstream, nuevos artistas que vienen pisando fuerte... Y que una vez más pone de manifiesto que, si lo intentamos, a pesar de tanto hip-hop, tanto reguetón y tanto revival, aún podemos emocionarnos con la música popular contemporánea.

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