viernes, 10 de agosto de 2018

Mating Ritual: "Light myself on fire" (2018)

Hace apenas un año que reseñé en este mismo blog "How you gonna stop it", el debut en formato álbum de los estadounidenses Mating Ritual, una de las bandas más interesantes que ha surgido por aquellas tierras en estos últimos años. Por eso fue para mí una sorpresa enterarme hace unos meses de que estaba a punto de ver la luz "Light myself on fire", su segundo álbum. Se ve que el carismático Ryan Marshall Lawhon, líder indiscutible de la banda, se había guardado en el cajón varios temas que no terminaban de encajar en el estilo general de su disco de debut, o tal vez que no quedó contento del todo con el resultado (o con la repercusión) del mismo. El caso es que ya podemos disfrutar de su segundo álbum, que aunque mantiene la personalidad del grupo refleja una clara vuelta de tuerca estilística, reduciendo el tono optimista de su debut, minimizando el número de baladas, acercándose a menudo a sonidos más electrónicos y al mismo tiempo dando rienda suelta a varios temas más rápidos y llenos de fuerza que cualquiera de su primer álbum.

A pesar de ser bastante corto (34 minutos y sólo 9 canciones, algo disculpable por su escaso periodo de gestación), se trata de un álbum con mucho nivel, y disfrutable prácticamente de principio a fin. Y es que Ryan ha tenido las ideas muy claras respecto a cómo orientar cada canción, y no hay hueco para lo previsible, ni tampoco para ejercicios experimentales de dudoso disfrute. Puestos a ponerle peros, la calidad del sonido es bastante deficiente para lo que suele ser habitual en 2018 (no sé si por la precariedad a la hora de grabar las canciones o por un voluntario ejercicio de estilo consistente en entregar un álbum "sucio" que nos retrotraiga a otras décadas). También se le puede objetar que echa mucho la vista atrás (aunque siempre sin llegar a plagiar sus obvias fuentes de inspiración). Y como en "How you gonna stop it", la peculiar voz de Lawhon (a veces en falsete, a veces doblada, siempre con una dicción discreta) no juega a favor del conjunto. Pero la capacidad de dar en la diana y de evocar emociones fuertes las ha conservado intactas.

Y eso que "Light Myself on Fire", el tema que lo abre y que da título al disco, no es probablemente su momento más inspirado. Un tema rápido, con aires new wave, un sonido realmente pobre y unas estrofas que siguen el punteo de la guitarra, pero también unos bonitos arpegios, un eficaz estribillo y sobre todo un meritorio tramo instrumental al final... que desgraciadamente cortan demasiado pronto, dejando la duración total del tema bien por debajo de los tres minutos. Pero el álbum ya sube el listón y lo mantiene prácticamente hasta el final: "U + Me Will Never Die" se apoya desde el comienzo en un ritmo contagioso, con un bajo slap y una batería compleja y realmente adecuada para la composición, y a pesar de la voz doblada de Lawhon y del falsete del estribillo, el conjunto es disfrutable, y sorprendente cuando añade un sintetizador prestado del trance y con el pitch a tope para los intervalos instrumentales. "Heaven's Lonely" puede, tras su original y sintético comienzo, parecer un tema más flojo que el anterior por sus estrofas más sencillas, pero el estribillo cae a plomo tras las voces distorsionadas y cautiva por su elegancia, y el riff de guitarra poderosamente distorsionada de los intervalos instrumentales hace el resto. "Low light" nos retrotrae a las mejores épocas de The Killers, cuando mezclaban energía con elegancia e instrumentos convencionales con guiños a las últimas tendencias, y la guitarra que da pie a su formidable estribillo nos recuerda poderosamente a los riffs de bajo de Peter Hook. Pero es que además la melodía de la segunda estrofa evoluciona respecto a la de la primera, la letra convence por la carga de desengaño que trasluce, el solo de guitarra es notable y encaja perfectamente en el conjunto, y las repeticiones del estribillo en plan intimista son un detallazo antes de la carga de adrenalina final.

"Stop Making Sense" mantiene el nivel a pesar de su acusada personalidad, algo así como el tema más étnico que han grabado nunca los californianos, con un giro claro hacia los instrumentos electrónicos (hasta el bajo está sintetizado, y sólo una guitarra acústica completa el conjunto) y un ritmo lento y pausado que sin embargo no da lugar a una balada sino a otro certero estribillo y a unos coros creados a partir del mismo que también encajan con la propuesta étnica. "Low Light" mantiene la inspiración y recupera las influencias de The Killers y Peter Hook, con otro estribillo infeccioso a la vez que lleno de rabia, otro interesante solo de guitarra y otra vez la repetición del estribillo prácticamente a capella antes del excelente crescendo final. "Splitting in Two" es el tema más decididamente sintético del álbum desde su original comienzo, con una excelente estructuración que desemboca en un estribillo que es prácticamente instrumental, sustentado por un precioso sintetizador a cargo de su hermano Taylor. Y que en su tramo final se convierte en un ominoso y cautivador ejercicio electrónico rematado con voces de ultratumba.

El último tercio de este notable álbum arranca con "Monster", que no sólo mantiene el nivel sino que es mi segundo tema favorito del mismo: un precioso tema de power pop cristalino que mezcla instrumentos tradicionales y adornos electrónicos y que me recuerda a los buenos tiempos de The Cure a finales de los ochenta, con una energía incontenible y un estribillo maravilloso (por ponerle algún pero, decir que la canción tal vez se "frena" demasiado en las estrofas). Pero mi tema preferido del álbum es sin duda "Lust + Commitment", el tema màs intimista del álbum. Una preciosa instrumentación electrónica y una melodía insuperable desde la primera nota de la estrofa hasta la última del estribillo, rematada por una letra que ayuda a que el conjunto ponga los pelos de punta de principio a fin. Y el broche lo pone "I Know so Much Less Than I Thought I Did", que tiene la pinta de tema escrito para llegar a nueve tema y poder pasar así del formato EP al formato álbum: una única frase, una superposición de sintetizadores y efectos que van creciendo y resultan evocadores y un final repentino.

Me da rabia que Mating Ritual estén pasando tan desapercibidos internacionalmente. Porque a pesar de la premura en publicar este segundo disco, a Ryan le sobra talento y es capaz de moverse por espacios muy amplios, como lo prueba este meritorio álbum que probablemente contiene el mayor número de temas brillantes en un álbum en lo que llevamos de este apático 2018. A ver si esta entrada contribuye mínimamente a darles a conocer, para que no tiren la toalla. El panorama musical necesita bandas así.

domingo, 17 de junio de 2018

NoMBe: "They Might've Even Loved Me" (2018)

Quizá el mejor candidato a debut del año en lo que llevamos de este flojo 2018 sea la opera prima de NoMBe. "They Might've Even Loved Me" es la puesta en sociedad de Noah McBeth, un cantante, compositor y multi-instrumentista alemán afincado en Los Ángeles que es capaz de arrimarse y actualizar con un talento sorprendente muchos de los géneros tradicionalmente vinculados a la música negra, como el soul, el R&B o el rock. Y con una creatividad realmente desbordante: para darse a conocer nos propone nada menos que dieciocho temas (dieciséis si excluimos los dos interludios vocales), que ha ido entregando mes a mes en su cuenta de soundcloud desde 2017 hasta completar este largo, ambicioso y variopinto álbum.

En palabras del propio Noah este disco es un homenaje a las mujeres que han influido en su vida, a través de momentos y situaciones que tratan sobre el amor, la intimidad con la pareja o el sexo. Un disco que se va acercando a distintos estilos sin perder nunca la sensación de un todo común, aunque con los lógicos altibajos que tantos vaivenes suelen acarrear. Altibajos, eso sí, que nunca suponen un salto al vacío. Porque si bien muchos primeros álbumes acarrean el problema de la indefinición estilística de sus creadores (deseosos de mostrar su valía en su irrupción al panoraman musical), NoMBe convierte esa indefinición estilística en una baza a su favor, gracias a la voluntad en prácticamente cada tema de actualizar el sonido de esos géneros a los que se acerca. Y eso a pesar de que no posee una voz excesivamente personal, y al adaptarla a lo que cada tema requiere (haciéndola más susurrante, o grave, o incluso cantando en falsete) acentúa esa sensación de impersonalidad.

"Man up" es el tema que abre el disco: un medio tiempo sustentado en uno de los muchos riffs de guitarra que encontraremos en el álbum, y que sin ser de sus mejores momentos nos da una buena idea del nivel medio que nos vamos a encontrar en el disco: una interesante convivencia entre guitarra y Hammond por un lado, y sintetizadores de plena actualidad por otro. Le sigue "Wait", que no es el único sencillo del álbum pero sí el que se ha extraído ex professo para presentarlo, y que probablemente es uno de sus mejores temas: un tema de soul absolutamente contemporáneo, sensual, elegante, incluso bailable, de certero estribillo, y con el acierto de los arpegios de guitarra después de cada estribillo y el solo en su tramo final. "Eden", el tercer corte, baja el tempo, refuerza la instrumentación electrónica, completa su susurrante propuesta con la intervención vocal en estribillos y coros de Geneva White y las casi inevitables guitarras eléctricas primero y acústica después, y remata el conjunto con un original y repetitivo sintetizador en su tramo final. "Do Whatchu Want To Me" fue uno de los sencillos que anticipó el álbum, y aunque descoloca un poco con esos violines sintetizados que parecen sacados del sonido philly, resulta ser otro medio tiempo intimista con otro interesante solo de guitarra, que no raya a gran altura pero tampoco desentona.

Tras el vocal "Rush's interlude", NomBe sitúa "Young hearts", que empieza con un precioso arpegio de guitarra que recuerda poderosamente a las mejores baladas de Jimi Hendrix, para dar paso primero a un falsete que potencia la dulzura del tema pero le resta algo de cohesión con el resto del álbum, y después a una potente caja de ritmos y a un sintetizador que lidera el intervalo instrumental, reforzado después con la habitual guitarra del alemán, y con la sorpresa de la rabia que suelta a partir de la mitad de la segunda estrofa, cantando ya en su escala habitual. "Freak like me" insiste en las guitarras rockeras de aroma Hendrix, en un brillante medio tiempo arrastrado y contundente, que adorna con elementos contemporáneos, y con una parte nueva que evoluciona muy bien el conjunto. Aunque personalmente prefiero "Can't catch me": una mirada sin complejos al rock de mediados de los sesenta, con guitarras sucias y baterías mal grabadas, que no rechaza recurrir al mi-la-si que sustentó tantos miles y miles de temas de aquellos años, pero lo evoluciona con una naturalidad sorprendente hacia otras progresiones armónicas, si cabe con más garra y desenfado, hasta conseguir uno de los momentos álgidos del álbum.

El disco pega un giro muy grande en el siguiente corte, "Drama": un medio tiempo mezcla de R&B y soul, y con guitarras funky. Que rehúye de los ritmos sincopados que asfixian estos géneros en los últimos tiempos y los sustituye por un ritmo binario definido y de textura electrónica que en seguida complementa otro certero arpegio de guitarra, y cuyo único pero es que toda la melodía se limita a explotar durante casi cuatro minutos los mismos cuatro acordes. Le sigue "Signs", uno de los sencillos que anticipó el álbum, que a mí me recuerda a los años dorados de Arthur Lee (el mítico líder de Love), por su guitarra acelerada, su batería sesentera en un lateral y su estilo desenfadado, en lo que constituye más un notable ejercicio de estilo que un tema realmente disfrutable por el melómano medio del año 2018. "Bad girl" es, en cambio, otro de los mejores momentos del disco: superponiendo sobre la misma melodía un sintetizador, un silbido, una guitarra y unos coros, NoMBe da comienzo a un tema de soul oscuro con una fascinante instrumentación contemporánea (mezclando la guitarra acústica con un espectral bajo sintetizado). Y tras él otro cambio notable con "Jump right in", un tema cálido y sensual como aquellas baladas que solían hacer las mejores bandas del funky a principios de los ochenta, pero manteniendo la guitarra del alemán como signo de identidad y actualizando lo suficiente el sonido hasta el extremo de rematar el tema con un infeccioso sintetizador.

Tras el segundo interludio ("A million miles from crescent skies"), el tramo final del disco arranca con "Sex", también sugestiva y envolvente y en la que Noah se arrima al synth-wave tan de moda, manteniendo el tempo arrastrado salvo cuando se adivina el tramo instrumental, y repetiendo voces y ondas sintetizadas en el tramo final, a lo Illenium. "Rocky horror" es una perdonable concesión a la ambición del alemán, que aquí nos muestra cómo crea y es capaz de defender sus canciones solamente con su voz y una guitarra acústica, que resulta correcta pero limitada al renunciar a instrumentarla y ponerla al nivel de otros temas del álbum. "Summer's gone" es el penúltimo gran momento del álbum: otro riff de guitarra, otra colección de efectos, y unos acordes mayores (eso sí, repetidos sin fin) que convierten este cadencioso tema en prácticamente infalible, sobre todo cuando NoMBe declama en estilo netamente caribeño. Si bien el último gran momento es "Milk and coffee", con la contudencia de un tema de rock, un riff de sintetizador que también refuerza su energía, la batería arrastrada muy presente, quizá el mejor estribillo del disco, y la extrañe mezcla entre el sintetizador estridente y el piano en sus tramos instrumentales. El cierre lo pone "Sex on drugs", una balada de título sugerente y voz en falsete, pero solamente aceptable dentro del nivel medio del álbum.

Después de unas cuantas escuchas, lo que perdura de este "They Might've Even Loved Me" no son los cinco o seis temas claramente por encima de la media, sino la impresión de que se trata de un disco brillante a la hora de abarcar un amplio espectro de géneros, siempre con un sonido contemporáneo y una calidad incuestionable en todas las composiciones, sin ninguna que desentone. Habrá que ver si logra la repercusión suficiente como para que su creador se estabilice en el panorama musical, ni si al suceder eso orientará un poco más su propuesta musical. Algo parecido a lo que en su momento sucedió con los británicos Roachford hace justo treinta años, con un punto de partida y una propuesta relativemente cercana y que fueron capaces de labrarse una larga carrera. De momento quedémos con esta hora de música fresca y disfrutable, y ya veremos si llega lo demás.

domingo, 13 de mayo de 2018

Kaleida: "Tear the roots" (2017)

En el otoño del año pasado vio la luz el álbum de debut del dúo londinense Kaleida. Formado por Christina Wood (voz) y la alemana Cicely Goulder (teclados, producción), no se trata de un dúo femenino al uso. Es decir, no optan por una imagen agresiva, ni por un pop de contenido sexual y mensajes feministas. Al contrario, lo que nos ha estado proponiendo el dúo desde que debutó con su primer EP "Think" hace un par de temporadas es un pop barroco y minimalista a la vez, sobre un colchón electrónico reducido a la mínima expresión posible. Todo un ejercicio de estilo en una época en la que las canciones se pueden enriquecer con más y más pistas sin tener que arruinarse en tecnología.

Reducir el número de instrumentos al mínimo no es sin embargo algo nuevo en el pop electrónico: ahí tenemos a los australianos Rüfus sin ir más lejos. Pero Kaleida llevan la idea al extremo: quizá movidas por la búsqueda de la sensibilidad como leif motiv a lo The XX, Goulder y Wood instrumentan sus canciones con percusiones sencillas, una línea de bajo sobre la que desarrollar las progresiones armónicas y apenas algún sintetizador adicional, casi siempre poco estridente. Eso sí, la voz de Wood, una mezcla entre Florence Welch y Elena Tonra de Daughter, está siempre en primer plano, y a menudo está doblada en tonos diferentes, o incluso pre-sintetizada y luego añadida a las pistas vocales. Lo que podría llegar a interpretarse como una contradicción en un sonido por lo demás tan espartano. O también como un refuerzo de su personalidad muscial.

Al final lo que importa es el resultado. Y la razón por la que estoy reseñando este álbum en mayo aunque lo escuché por primera vez en octubre es precisamente que "Tear the roots" es un disco en el que a menudo predominan sus virtudes, pero en otras ocasiones ganan sus defectos, lo que ha hecho que me haya acercado y alejado de él varias veces a lo largo de estos meses. Pero al final la personalidad musical del dúo se ha impuesto, y aquí estoy dedicándoles una entrada completa. Quizá si hubieran aprovechado más temas de sus dos EPs previos para el álbum (sólo uno de sus once temas ha acabado aquí, las otras diez canciones fueron escritas ex professo para "Tear the roots") el balance habría sido más claramente favorable.

El disco lo abre "Convolution", que quizá sea una apuesta demasiado arriesgada, pues sus dos primeros minutos son prácticamente un loop en el que Wood repite hasta el hartazgo aquello de "Hockey season", en la mejor tradición de la fría música electrónica alemana. Es cierto que luego quedan otros tres minutos con una cierta estructura de canción, una progresión armónica decente y una parte vocal elaborada (no sabría si calificarla de estrofa o de estribillo), pero el resultado no es del todo redondo. Bastante más satisfactorio es "Echo saw you", el segundo corte, melancólico y espartano, pero con una melodía tan difícil de interpretar como evocadora y una sensibilidad que recuerda a los mejores tiempos de Everything But The Girl. Incluso el sencillo piano que tímidamente aparece para remarcar los acordes en el tramo final resulta efectivo para rematar uno de los mejores temas del año pasado, que ya formó parte de mi lista de mejores canciones de 2017. Lo malo es que el álbum vuelve a encallar en el siguiente corte, "All the pretty pieces", que mantiene el estilo de los dos temas anteriores pero resulta monótono porque repite una y otra vez el mismo tramo vocal, además de un tanto impostado en la tristeza extrema que traslada la interpretación vocal de Wood.

Siguiendo los vaivenes que caracterizan este disco, el cuarto tema, "Division", remonta el vuelo y es quizá mi momento favorito: una progresión armónica que nos resultará familiar por otras grandes canciones pero que resulta muy efectiva, unas estrofas y un estribillo tan oscuros como adictivos, y un puente instrumental final (prácticamente la línea de bajo y las voces sintetizadas mezclada con la voz real) tan sencillo como meritorio (por ponerle un pero, el sintetizador final que remarca los acordes es disonante con la progresión armónica principal en algunos compases). Ahora el álbum no pega tanto bajón porque "Free", la siguiente canción, es una balada con voz y piano (además de algunos adornos electrónicos) que no inventa nada pero resulta agradable y, en sus estrofas, casi notable. Aunque notablemente inferior a "Think", el tema con el que se dieron a conocer, y el único de sus dos EPs que ha sobrevivido hasta este álbum de debut. Que empieza con una caja ritmos que es puro house de finales de los ochenta, sigue con una estrofa larga, elaborada y correcta y remata con un estribillo extenso y con un muy original cambio de tonalidad en el medio. Si a eso le añadimos que la instrumentación evoluciona más que en otras canciones (sin exagerar tampoco), entenderemos por qué sigue siendo su canción de referencia. El problema es que el siguiente tema, "Coco", vuelve a bajar el listón, resultando otra vez frío a la vez que trágico e insulso con su melodía reiterativa de notas altas.

El tramo final del disco se mueve en la misma irregularidad: el siguiente corte, "Meter", es otra gran canción, y mi segundo momento favorito. Con los mismos ingredientes (voces sintetizadas, acordes sustentados por el bajo sintetizado, ritmo contenido, percusión sencilla), su eficaz estrofa prepara el terreno para un maravilloso estribillo (ese "Keep the needle running" se adhiere sin remedio a nuestro cerebro), y el sencillo puente instrumental y la repetición del estribillo sin armonía alguna nos acaban de emocionar. "House of pulp" es el único tema que cambia el registro, pues aun siendo espartano y estructurado en torno a las voces de Wood como de costumbre, se orienta hace un estilo más claramente pop, menos introspectivo y tenebroso, con un resultado agradable y que oxigena el conjunto. Pero luego nos topamos con el último patinazo del disco: Wood y GOulder intentan llevar el gran éxito pop de mediados de los ochente "99 luftballons" de los alemanes Nena a su terreno, y lo hacen transformando su vitalista y casi punk progresión armónica en otra de acordes menores que le quita toda la chispa, y encima lo ralentizan hasta convertirlo en aburrido. Afortunadamente el disco se cierra con el tema que da título al álbum, "Tear the roots", que como cabía esperar es una buena canción. Claramente deudor de los Portishead de "Dummy", es un tema de trip-hop nocturno, relativamente desnudo, de interpretación vocal muy complicada (también emulando a Beth Gibbons) y con las sorpresas de una viola para resaltar la progresión armónica en el estribillo y un violín para el cautivador intervalo instrumental.

Esa alternancia entre momentos un tanto pesados y grandes canciones hace que al final cueste formular una opinión global sobre "Tear the roots". Una solución puede ser transformarlo en un mini LP disfrutable de principio a fin, o pulsar el forward en varias ocasiones. Porque cuando dan con la tecla su propuesta es cautivadora y casi brillante, pero ellas mismas no parecen ser capaces de darse cuenta. Algo parecido sucede con la voz de Wood: sus cualidades están fuera de toda duda, y sus interpretaciones a veces son casi perfectas, pero otras se quedan en la forma y no suenan del todo creíbles, y su dicción tampoco es la mejor. Incluso con la instrumentación de Goulder, correcta en general pero a la que con frecuencia se le echa de menos algo más de riesgo. Si a todo ello le añadimos que el álbum no ha tenido demasiada repercusión, nos quedará la duda sobre si este "Tear the roots" tendrá alguna vez continuidad. Esperemos que, si llega ese momento, sepan distinguir mejor el grano de la paja: ahí estará la clave de su carrera.

lunes, 30 de abril de 2018

Geowulf: "Great big blue" (2018)

Una de las pocas propuestas que ha conseguido llamar mi atención en este 2018 al que tanto le está costando despegar en cuanto a novedades interesantes ha sido el debut de Geowulf. El dúo originario de Noosa, Australia, formado por Star Kendrick (vocalista y compositora) y Toma Banjanin (compositor e instrumentista principal) se trasladó a Londres para lanzar su carrera discográfica. Que se ha ido desarrollando poco a poco desde que debutaron en 2016 con el sencillo "Saltwater", acumulando nuevos sencillos y EPs hasta llegar a este "Great big blue" con el que han inaugurado su carrera en formato álbum hace un par de meses. Un álbum que incluye todos esos sencillos y que por tanto constituye una apuesta relativamente segura respecto a lo que nos vamos a encontrar.

Las etiquetas más empleadas al hablar de "Great big blue" hablan a partes iguales de dream pop e indie pop, que efectivamente orientan lo que nos vamos a encontrar pero que en mi opinión se quedan un poco escasas, porque también vamos a identificar con referencias a los años sesenta y algún que otro pequeño guiño al Caribe o a California. Sus once canciones están todas trabajadas por igual, y a pesar del tiempo transcurrido hasta que el álbum ha quedado completado, forman un todo consistente y equilibrado. Eso sí, no debemos esperar propuestas innovadores ni experimentos sonoros. Aquí lo que da sentido al resultado es la inspiración de las composiciones y la habilidad a la hora de desarrollarlas. Algo parecido a lo que les sucede a Of Monsters and Men, aunque no se trate de propuestas del todo similares.

"Sunday" es el tema que abre el disco, también su quinto y último sencillo y el tema que contiene la frase que da título al álbum. Un medio tiempo (casi lento) evocador, bien estructurado como todo el álbum, con un correcto solo de guitarra antes de los estribillos finales, que sin embargo me parece un tanto justo de inspiración como para ser el siempre crítico primer corte. Le sigue "Saltwater", el primer sencillo de su carrera, que arranca sobre una discretísima caja de ritmos, convence con una bonita estrofa (realzada por un certero teclado en la segunda repetición), nos propone un estribillo que, sin ser infalible, nos traslada el aroma del mar, y remata el conjunto con un bonito puente instrumental presidido por un teclado diferente. "Get you", el tercer corte, fue también el tercer sencillo de su carrera. Su original inicio de referencias caribeñas da paso a otra estrofa marca de la casa, que encaja a la perfección con la dulce voz de Kendrick, si bien el estribillo baja un poco el listón (quizá por eso se inventan una especie de segundo estribillo antes de las repeticiones finales).

"Greatest fool" acelera un poco el tempo, se da una vuelta por California en el arpegio de guitarra que arropa el inicio y los estribillos de coche descapotable, lo complementa con otra estrofa delicada e intimista marca de la casa, y lo expande con un largo intervalo instrumental casi hasta el final. "Hideway" es uno de esos temas de pop intemporal que tan bien se les da a Saint Etienne (de hecho podemos imaginarnos al trío británico interpretándolo), y en este caso lo mejor no son sus largas estrofas sino un estribillo elaborado que complementa un teclado casi imposible. "Only high", el sexto corte, vuelve a las referencias sesenteras en su comienzo, pero en seguida deja salir su vena dramática gracias a su certero estribillo y sobre todo a ese tramo final en el que las repeticiones de su título no dejan de emocionarnos. "Drink too much" fue el cuarto sencillo y, en mi opinión, es el segundo mejor momento del álbum: su bajo slap, su pandereta, sus ligeros riesgos (para lo que es Geowulf) en la instrumentación, la preciosa coda final, y sobre todo su maravilloso e infeccioso estribillo hacen de esta suerte de pop bailable una de esas canciones que resiste el paso de los años.

Porque para mí el mejor momento del álbum es sin discusión "Don't talk about you": un medio tiempo melancólico en el que Kendrick nos regala su mejor interpretación, con unas estrofas elengatísimas de esas que casi nunca salen, unas entradas al estribillo que ya podrían ser el propio estribillo del nivel que tienen, y un estribillo "real" que es si cabe superior. Si a eso le añadimos los teclados que Banjanin desliza por el tema como si fueran nenúfares, tendremos un resultado realmente maravilloso. "Won't look back" es lógico que baje un poco el nivel: el tema más largo y lento del disco y el más claramente ochentero gracias a su bajo sintetizado, es por lo demás una buena composición, en especial su susurrado y efectivo estribillo, y la introspectiva coda vocal de su tramo final. "Summer fling" repite en las marimbas al comienzo, y nos propone una atmósfera ominosa en línea con su título (casi de indie rock) con otra excelente estrofa de corte clásico, otro buen estribillo y otro buen ejercicio de instrumentación, que pueden pasar desapercibidos por su posición en el álbum pero que resultan claramente reivindicables. Y el álbum se cierra con "Work in progress", otro tema lógicamente melancólico en un álbum tan evocador, quizá no especialmente inspirado en sus estrofas pero de estribillo aceptablemente eficaz.

"Great big blue" es un álbum de pequeños pasajes que conviene ir descubriendo poco a poco. Porque aunque en las primeras escuchas pueda no parecer obvio, cada tema encierra su personalidad y sus sensibilidades propias. Si a ello le añadimos un tema maravilloso, otro muy bueno, una buena colección de estrofas y estribillos y un talento incuestionable a la hora de ir creciendo y desarrollando los temas, no será de extrañar que puede convertirse en nuestra banda sonora ideal de final de verano, de domingo por la tarde, de día lluvioso o de tantos otros momentos de melancolía y soledad. Habrá que confiar primero en que Kendrick y Banjanin quieran darle una continuidad, y segundo en que se tomen el tiempo necesario para ello. Porque su receta de buenas composiciones es de las que nunca falla.

sábado, 31 de marzo de 2018

Illenium: "Awake" (2017)

Como ya he comentado en otras oportunidades en este blog, el ascenso de los DJs al estrellato musical ha sido uno de los fenómenos más notables en este siglo XXI. Y aunque en su mayor parte ha sido a costa de devaluar la creatividad musical con composiciones muy simples, a menudo monocordes, sin apenas más que un estribillo, casi siempre con el bombo sobredimensionado, es necesario reconocer que un puñado de alumnos aventajados han superado esas restricciones y se han adentrado de lleno en el mundo de la composición (entendida en sentido riguroso), con resultados a veces interesantes y ocasionalmente brillantes.

Tal es el caso del álbum que les reseño hoy: "Awake", del estadounidense Nick Miller, conocido profesionalmente como Illenium. Un álbum, el segundo de su carrera, que indudablemente se beneficia del tremendo éxito de "A moment apart", de los también norteamericanos Odesza, que ya reseñé en este mismo blog, y que como él, bebe de guiños étnicos convenientemente sometidos al future bass que tanto está triunfando al otro lado del Atlántico. Pero que no se queda ahí solamente, sino que se rodea de un puñado de cantantes solventes, y no tiene inconvenientes en incorporar un par de temas compuestos por otros creadores a su disco, para entregar un álbum compositivamente irreprochable. Que además sabe evitar algunos de los clichés que alejan a la música electrónica del éxito masivo: temas largos, transiciones lentas, tempos demasiado altos, ausencia de voces humanas. Y que por tanto logra un álbum tan apto para todos los públicos que funciona mejor en el salón de casa o en una sala de conciertos que en la pista de baile. Lo que da una idea de lo que se aleja este "Awake" de los álbumes habitualmente facturados por los DJs de todo el mundo.

Así, este álbum de nada menos que trece composiciones solamente dura cuarenta y siete minutos, y apenas contiene tres temas instrumentales (por cierto, de tres minutos como mucho). El resto son temas con comienzos instrumentales, estrofas y estribillos, aunque también con ondas de sonido, pitches y bombos ralentizados en los crescendos instrumentales que llevan al apogeo cada uno de los temas, como el dubstep y el future bass demandan. Por eso es fácil entender los nada menos que cinco sencillos que se han ido extrayendo de "Awake", todos ellos perfectamente válidos para radios y canales musicales mainstream. No es uno de ellos (aunque podría serlo perfectamente) "Needed you", la canción que abre el álbum, interpretada y compuesta mayormente por Dia Frampton: coros étnicos etéreos, un bonito sintetizador de entrada y una melodía pausada, y el "truco" más repetido en "Awake": un colchón electrónico que la va envolviendo y amenaza con estallar en un crescendo de tempo muy alto para en realidad frenar en el apogeo instrumental. "Crawl outta love", siguiente corte, sí vio la luz como sencillo (el cuarto). Con la interpretación vocal de Annika Wells, es un tema instrumentalmente algo más clásico (podemos escuchar el piano que sostiene las relativamente desnudas estrofas), que con su bonita melodía y su apogeo instrumental relativamente lento se mueve por parámetros similares a la anterior. Tras él, los dos minutos de "No time like now", primer tema "instrumental" (abundan los samples vocales), sobre un arpegio de guitarra a lo Death Cab For Cutie y una batería pretendidamente real intentan cambiar un poco el tercio aunque sin conseguirlo del todo.

Es por ello que "Free fall", el cuarto corte, interpretado por RUNN, resulta muy agradable por sí mismo con su intimista melodía sobre un arpegio de guitarra, pero resulta un tanto repetitivo, en especial en ese apogeo instrumental tan efectivo como poco original. Así que aunque quizá sea un tema inferior, "Where'd you go", el siguiente corte, una colaboración con el también productor Said The Sky, se agradece como un soplo de aire fresco: claramente más bailable, construida sobre una sencilla pero efectiva producción armónica, y con los habituales samplings y coros étnicos, ameniza el álbum sin desentonar. "Fractures", el sexto corte, interpretado por NEVVE fue el primer sencillo del álbum, y formó parte de mi lista de mejores canciones internacionales de 2017: sin renunciar al estilo general de todo el disco, aporta en su excelente melodía una sensibilidad digna de los mejores momentos de The Cranberries, y un ritmo menos lento y sincopado, que le sienta muy bien a su habitual profusión de ondas de sonido.

"Leaving", quinto sencillo, con la interpretación vocal del relativamente cercano estilísticamente EDEN, se mueve por los mismos parámetros que el resto de temas vocales anteriores, con el mismo ritmo lento y atmósfera intimista, sólo que las voces masculinas le hacen perder en mi opinión emotividad frente a las voces femeninas. "Lost", con la interpretación de Emilie Brandt, sube el listón hasta llegar a ser otro de los mejores momentos del álbum: nuevamente una progresión armónica construida sobre un arpegio de guitarra, pero con una melodía fantástica, una letra de desamor a flor de piel, y un pequeño tramo en el que por fin Miller abraza el ritmo binario sin complejos. "Sound of waking away" fue el tercer sencillo, y pese a la relativa reiteración en la propuesta, se trata de otro momento de notable inspiración, además de la mejor interpretación vocal del disco, a cargo de Kerli: en especial la entrada al habitual apogeo instrumental es realmente impresionante.

"Taking me higher", el último tema "instrumental", vuelve a tener la misión de dar variedad al álbum: y su sencillo ritmo binario, relativamente más rápido a pesar de detenerse en varias ocasiones, resulta suficiente para ello, aunque se trate de un momento claramente menor. "Beautiful creatures", interpretado por MAX es, además del penúltimo corte, la segunda composición no escrita por Miller. Aunque cueste decirlo: otro arpegio de guitarra para comenzar, otra apoteosis instrumental en ocho compases tras el estribillo... Sólo la atmósfera más optimista, la menor tendencia a frenar el ritmo (aunque al final caiga en la tentación), y los coros "de anuncio de refresco de cola" nos lo indican, a pesar de lo cual se trata de otra buena canción. Y el cierre lo pone "Let you go", cantada por Ember Island: tan melancólica como cabría esperar, es la más contenida instrumentalmente del disco, sin percusión casi hasta el final, ni crescendos de sintetizadores, y sólo el minuto final para alejarla de una balada clásica de las radiofórmulas estadounidenses.

No quisiera haber dado la impresión de que el álbum carezca de calidad. Todo lo contrario, es un disco al que, tema a tema, cabe ponerle pocos defectos. Estos surgen más cuando las canciones se colocan unas al lado de otras: reiteración en la propuesta, previsibilidad en los crescendos, excesivo hincapié en los ritmos lentos, falta de personalidad de algunas composiciones... Está claro que Illenium ha primado afirmar su personalidad musical en el siempre difícil segundo álbum frente a la asunción de riesgos (entendiendo que su manera de instrumentar sus casi siempre notables compasiciones ya puede resultar arriesgada a oídos de muchos). Pero si se abre un poco a otros estilos y mantiene su nivel compositivo, puede entregar uno de los álbumes del año en cualquier momento. De momento ya ha superado en mi opinión a Odesza, su reconocida fuente de inspiración. Así que veremos hasta dónde es capaz de llegar.

domingo, 25 de febrero de 2018

Sylvan Esso: "What now" (2017)

Uno de los álbumes más originales de este 2017 que nos dejó hace unas cuantas semanas fue "What now", el segundo álbum del dúo estadounidense Sylvan Esso. La banda formada por la cantante Amelia Meath y el productor Nick Sanborn ya habían causado en 2014 una buena impresión con su homónimo álbum de debut. Pero los sencillos que anticiparon este "What now" ya presagiaron un notable crecimiento de su propuesta musical, crecimiento que confirmó definitivamente este "What now" que vio la luz hace unos meses. Un álbum que ha sido refrendado por un razonable éxito comercial (top 40 en su país), unas críticas mayoritariamente favorables y el reconocimiento reciente de su nominación a los por otra parte desprestigiados Premios Grammy.

"What now" es un álbum corto (los estrictos diez temas de rigor y apenas treinta y seis minutos) pero con espacio suficiente para que el dúo sobrepase la habitual temática mainstream y deconstruya el synth-pop con un cuestionamiento permanente de sonidos, melodías y percusiones. Que no siempre raya a la misma altura, pero que tiene la virtud de ofrecer algo interesante en cada uno de sus en general breves temas. Y el defecto de que cuesta encontrar una canción bandera que pueda enganchar con un gusto más mayoritario. Pero la inteligencia con la que elaboran su cóctel de Roisin Murphy, Thomas Dolby, Lamb, la Björk de la primera época y otras influencias del dance, el pop y la electrónica de las últimas cuatro décadas, sin renunciar a su fuerte personalidad, resulta del gusto de melómanos que gustan de propuestas originales.

El comienzo ya pone en guardia respecto a sus intenciones de emocionar sin renunciar a transgredir. "Sound" es un muy arriesgado primer corte, que ofrece una respuesta cruda a la pregunta que da título al disco: un tema corto, con la voz ultra distorsionada de Meath como referente principal, sin percusión, y un casi inexistente colchón instrumental consistente en puntuales compases marcados por un discreto sintetizador y una serie de ruidos percutivos como complemento. Tras la cual nos topamos con el mejor tramo del álbum: sus cuatro sencillos. El último en orden cronológico y primero en orden de reproducción es "The glow": su comienzo simulando un láser que salta en la reproducción de una guitarra acústica confirma que lo del riesgo va en serio, pero su bonita melodía, su estructura convencional con estrofas, estribillos y parte nueva y la originalidad que consigue la combinación de guitarra acústica, sintetizadores chirriantes y percusiones impredecibles logran un resultado muy interesante. "Die young" es, si se permite retorcer la palabra, la primera "balada" del álbum, una confesión sincera de amor sobre una preciosa y estupendamente interpretada melodía principal que progresa sobre una complicada instrumentación (que incluso cuando llevan a vivo con una banda completa cautiva por la original interpretación de sus instrumentos), y que formó parte de mi lista de mejores canciones de 2017.

El siguiente tema es para mí el otro mejor momento del álbum, y también el sencillo que anticipó el álbum: "Radio" es una mordaz visión del mundo de las radiofórmulas, planteada como una infecciosa pieza de pop bailable, con un punto delirante muy caracteristico. Que sostiene un bajo sintetizado muy efectivo y que va creciendo instrumentalmente poco a poco hasta terminar en una última repetición del estribillo realmente brillante. A un nivel inferior pero aún reseñable se sitúa "Kick jump twist", o cómo construir unas estrofas sobre una jugetona programación de videojuego, para luego estallar en un desquiciante estribillo sobre un poderoso sintetizador, y volver a la carga durante el resto del tema con toda la pirotecnia de efectos y pequeños detalles.

La segunda mitad del año es menos redonda, pero el sexto corte, "Song", es un tema de progresión armónica y melodía pop irreprochables y muy trabajadas, primero sobre una guitarra y después sobre un bajo distorsionado, y quizá el tema menos arriesgado desde un punto de vista instrumental. "Just dancing" insiste en los sonidos infecciosos y las percusiones originales, y propone un segundo estribillo tremendamente bailable que demuestra lo trabajado que está compositivamente el tema, aunque el resultado es menos redondo que el de cualquiera de los sencillos. "Signal" también está construida sobre una elaborada composición, pero baja el tempo y minimiza las estridencias, al tiempo que propone un estribillo en falsete digno pero particularmente a contracorriente. "Slack Jaw", un título muy original (algo así como mandíbula floja), es una pesimista canción prácticamente a capella que permite apreciar la estupenda voz de Meath, pero supone un contraste tan alto con el resto del álbum que es difícil que enganche. Mejor encaja "Rewind", la canción que cierra el disco: quizá la podríamos definir como la otra balada del álbum, también fría y un tanto chirriante en las estrofas, pero con un melódico y poderoso estribillo que le ayuda a cerrar el álbum con buena nota, tanto en sus repeticiones vocales como en el brillante tramo instrumental.

Si en las primeras escuchas el álbum no nos decepciona, seguro que tendrá un lugar destacado en nuestra discoteca reciente. Porque a su talento vocal e instrumental el dúo de Durham suma una rara habilidad para expandir tendencias e ir a contracorriente sin que dejemos de orientarnos en sus canciones. Y además con honestidad y un punto mordaz que es de agradecer. Aunque el éxito de su propuesta depende más que en otras de que sigan siendo capaces de componer seis o siete grandes temas por álbum, independientemente de cómo los interpreten luego. Así que confiemos en que les aguante la buena forma creativa; el resto de ingredientes ya los tienen.

sábado, 17 de febrero de 2018

Lorde: "Melodrama" (2017)

Sin lugar a dudas, el álbum más interesante que nos dejó la música mainstream en el 2017 que se marchó hace unas pocas semanas fue "Melodrama", de la neozelandesa Lorde. Un álbum que alcanzó el número 1 tanto en E.E.U.U. como en las antípodas, y todo ello a pesar de no ser una propuesta femenina escorada hacia el pop chicloso (como por ejemplo el de Kesha) o insípido (como el de Taylor Swift). Incluso a pesar de la imagen de la propia Lorde (con gancho pero no una belleza y con un punto de locura). No sólo eso: "Melodrama" ha conjugado ese éxito comercial masivo con el reconocimiento casi unánime de la crítica, siendo elegido álbum del año por medios tan dispares como el NME o Rolling Stones. Con lo complicado que resulta compaginar ambos reconocimentos.

Incluso bajo los cánones de este humilde blog considero que "Melodrama" tiene el nivel suficiente como para merecer una entrada independiente en esta lista. Aunque seré más comedido en mis parabienes. Porque el segundo álbum de Lorde tiene varios buenos temas, el gancho de la arrolladora personalidad de Ella Marija, la facilidad con la se desenvuelve en notas bajas y altas, la colaboración en la producción y la composición del hoy altamente reputado Jack Antonoff (líder de Bleachers), y el aliciente de unos textos y unas vivencias que la han hecho madurar notablemente desde que sorprendió en 2013 con su "Pure heroine" a los 17 añitos. Pero eso no quiere decir que se trate de un álbum redondo, porque no todos los temas rayan a la misma altura, la instrumentación es a menudo tirando a espartana o demasiado convencional, y se echa en falta algo de riesgo a lo largo de sus once (en realidad doce) canciones.

Un buen ejemplo de lo bueno y lo malo que comento es "Green light", el tema que abre el disco y lógicamente en estos casos también el primer sencillo: un tema que juega al despiste con su inicio de voz y piano y ambiente de balada convencional, pero que cuando empieza aquello de "But I hear sounds in my mind" se convierte un tema bailable y con un enérgico estribillo... aunque el piano electrónico que la sostiene está ya más que visto desde hace décadas, y la instrumentación no termina de crecer como cabría esperar. Mucho más interesante es el siguiente corte, "Sober", una canción más oscura y sugestiva, arriesgada en su instrumentación (los bongos a modo de única percusión durante la mayor parte del tema, la sección de viento en el estribillo que provoca un contraste tremendo con el resto de instrumentos), y con una parte nueva muy interesante, a la que sólo le falta un minuto más para explotar todas sus hallazgos. "Homemade dynamite", tercer corte y también tercer sencillo, se pliega a las modas como lo refleja ese ritmo sincopado más propio del trap, y coquetea con el R&B en un estribillo de voces superpuestas y notas muy altas, pero una buena melodía garantiza que llegue a puerto. Aunque más redondo resulta "The louvre", sobre una progresión armónica inspirada y una melodía de estructura atemporal, que remata una coda final sobre un arpegio de guitarra sencillo pero efectivo.

Con "Liability" comienza la parte más personal del álbum, pero también la más irregular en cuanto a resultados. Porque se trata de una balada convencional de voz y piano, de letra muy interesante acerca de sus relaciones sentimentales truncadas por su sentido de la responsabilidad, pero previsible y con un punto sensiblero. "Hard feelings/Loveless" es, como su propio título indica, dos temas enlazados en uno: "Hard feelings" es una canción completa, nuevamente un medio tiempo de influencias R&B en la instrumentación y melodía pop, cuyo tramo más interesante surge con los sintetizadores chirriantes que sostienen su largo intervalo instrumental, mientras que "Loveless" son dos minutos construidos sobre una caja de ritmos excesivamente simple y en las que la voz de Lorde adopta una pose cándida para mostrar la indiferencia que le provocan los rechazos de su pareja, relatados en sendas estrofas. Mucho más inspirada resulta "Sober II (Melodrama)", que pese a lo que su título indica no tiene nada que ver con "Sober". Y que aunque recuerde quizá demasiado al "Frozen" de Madonna con su sección de cuerda, sus acordes menores y la manera como la batería entra en momentos puntuales, convence con su excelente melodía, quizá la mejor interpretación vocal del álbum y la rabia contenida que encierra.

"Writer in the dark" vuelve a insistir en el comienzo con balada y piano, que más tarde sólo completará una sección de cuerda, pero sorprende con esa interpretación vocal a lo Tori Amos y un estribillo a dos voces de tintes psicodélicos. "Supercut" oxigena el álbum tras tanta balada y tanto medio tiempo con su ritmo bailable y su bombo binario casi desde el comienzo; es cierto que la melodía tal vez sea demasiado pop para el colchón de inspiración techno que la envuelve, pero le permite a la neozelandesa dar rienda suelta a toda la energía que encierra. El penúltimo corte, "Liability (Reprise)", sí que es una recreación del tema original, tirando de auto-tune y voces superpuestas pero sin superar a la original ni conseguir tampoco un gran momento. Afortunadamente el álbum se cierra con "Perfect places", el segundo sencillo (colocado en un lugar francamente extraño, por cierto). Y que junto a "Sober" es para mí el otro gran momento del disco (ya la seleccioné para mi lista de 20 mejores canciones de 2017): una estrofa que empieza sin previo aviso a recorrer una bonita melodía, mejorada en el excelente puente y rematada en un precioso estribillo al que el coro de voces le saca el máximo partido. Que luego gana con cada nueva escucha (la reflexiva y a la vez exhuberante letra, el extraño sintetizador que adorna el estribillo, la guitarra que lo completa en las repeticiones finales...).

Y justo cuando más enganchado te tiene, "Melodrama" te suelta sin previo aviso. Con lo que la sensación que predomina es la de un puñado de buenas canciones, otras demasiado pegadas a las modas actuales o demasiado convencionales en estructura e instrmentación, que podía haber dado más de sí si Antonoff hubiera explotado más muchas de las composiciones (algunas terminan demasiado pronto, o apenas evolucionan instrumentalmente). Pero también la de un álbum que resistirá con buena nota el paso de los años, y no hará sonrojarse a los melómanos futuros cuando revisen los álbumes que triunfaban en las listas de ventas en 2017. Lo que ya es decir mucho. Así que unámonos a las mayorías, disfrutemos de "Sober", "Perfect places" y "Melodrama", y confiemos en que Lorde mantenga este difícil equilibrio entre crítica y ventas en su siguiente entrega.

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