"Evil friends" (2013), la anterior entrega de los estadounidenses Portugal. The Man, sigue siendo sin duda uno de los mejores álbumes en lo que llevamos de década. Quizá porque la banda ha sido consciente de su gran nivel y de lo complicado que iba a ser darle continuidad (a pesar de llevar ya siete álbumes oficiales publicados), el camino que han recorrido desde entonces hasta este verano de 2017 ha sido de lo más tortuoso. Porque desde el 2014 las huestes de John Gourley han ido compartiendo a través de las redes sociales información sobre sesiones de grabación, primero a las órdenes de Danger Mouse, más tarde anunciando un álbum doble "Gloomin' `+ doomin'" producido por Mike D de Beastie Boys (que el año pasado se redujo a álbum sencillo, y que al final ha quedado mayormente en una estantería), y finalmente con el productor John Hill, que son las que conforman la columna vertebral de este "Woodstock".
Curiosamente el resultado de tanta creatividad descartada y revisitada es un álbum corto, 38 minutos y sólo 10 temas: uno producido por Mike D, tres por Danger Mouse y el resto por John Hill, una diferencia de enfoques apreciable cuando se escucha de seguido, a pesar de que en las armonías de Portugal. The Man cabe casi todo. Así que habrá que estar atentos a que los decenas de temas que nunca han visto la luz puedan acabar saliendo en alguna edición pirata. Mientras tanto, lo que parece claro es que "Woodstock" queda sensiblemente por debajo de su antecesor, y traslada en algunos momentos la sensación de álbum rescatado a la carrera porque los plazos se echaban encima. Pero también es un álbum con dos o tres sencillos muy claros, razonablemente consistente a nivel estilístico con su predecesor, y sobre todo con la habilidad de la banda para juntar psicodelia, rock, pop, e incluso hip-hop y darle un barniz actual del que carecen por ejemplo los para mí sobrevalorados Tame Impala.
El álbum se abre con "Number one", la primera de las producciones de Danger Mouse y el tercer sencillo extraído: un intento de entrelazar el clásico "Motherless child" de Richie Havens con una composición propia, que resulta tan ambiciosa como fallida. Primero porque el tema original no es en mi opinión gran cosa a pesar de su fama, y segundo porque la nueva melodía compuesta para la ocasión no es especialmente brillante ni termina de encajar. Le sigue "Easy tiger", claramente más acertada, un medio tiempo con una impactante instrumentación a base de samplings superpuestos en el comienzo y en los estribillos y sus bonitas estrofas, típicas de la banda. El álbum sigue creciendo en "Live in the moment", uno de los mejores momentos además de quinto sencillo, más rápido y contundente, sobre una progresión armónica más simple pero certera, un excelente talento para armonizar instrumentos, una letra optimista y un estribillo acertado y fracamente tarareable.
Aunque lo que mejor demuestra que 2017 era el momento de Portugal. The Man y que había que publicar un álbum como fuera es el éxito arrollador de "Feel it still", el tema estrella del álbum. Que sin ser ni siquiera el mejor momento del disco engancha con su progresión armónica clásica sostenida por un efectivo bajo, sus aires sesenteros y su excelente instrumentación (a destacar la sección de viento). Y que de manera sorprendente les ha llevado a alcanzar el top 10 de las listas estadounidenses. Le sigue "Rich friends", cuarto sencillo y quizá el tema más rockero del álbum, con ese riff de guitarra que sostiene las un tanto largas estrofas y un estribillo certero que se inspira con naturalidad en los últimos años de los sesenta (además de un fantástico vídeo). "Keep on", el sexto corte, juega a mezclar un sugerente arpegio de guitarra en las estrofas con las distorsiones en el estribillo y con detalles de las bandas sonoras de los westerns, en un cóctel que sin llegar a la excelencia sí resulta razonablemente eficaz. Y "So young", segundo tema producido por Danger Mouse es una balada con un guiño a sus admirados Oasis en la letra, y con otro estribillo marca de la casa, intimista, correcta pero sin nada que le haga destacar.
"Mr. Lonely" es el último tema producido por Danger Mouse, y quizá el más prescindible de los tres por excesivamente cadencioso y hasta largo, a pesar de su atmósfera depresiva, sus slow strings, sus voces sampleadas y el rap a cargo de Fat Lip. Afortunadamente "Tidal wave" sube bastante el nivel, al volver a esos medios tiempos que tan bien dominan, fascinarnos con esa entrada al estribillo que es psicodelia pura y un estribillo brillante y capaz de incorporar unos violines sintetizados y una sección de viento sin que casi se noten. Aunque lo mejor es el cierre del álbum: "Noise pollution" es el sencillo que anticipó este "Woodstock" y la única producción de Mike D. Más sintético que el resto del álbum, e incluso bailable, con unos teclados originales y unos tremendos juegos vocales, una parte nueva que es todo un delirio y por encima de todo un estribillo infeccioso que gana con cada escucha.
Y así, en el mejor momento, termina este breve álbum que deja un poso de duda. Porque por personalidad y originalidad a la hora de instrumentar y explorar nuevas vías en el más que trillado panorama del pop-rock, el balance tiene que ser favorable. Pero no termina de desaparecer la duda de qué podría haber hecho el quinteto sin tanta creatividad fallida y tantas colaboraciones que no acabaron de explotar. Personalmente prefiero pensar que el éxito de "Feel it still" les habrá quitado presión y no tardarán otros cuatro años para entregar apenas una decena de canciones. Porque el panorama musical internacional les sigue necesitando.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
domingo, 12 de noviembre de 2017
domingo, 22 de octubre de 2017
Saint Etienne: "Home counties" (2017)
Otro de los esperados regresos de 2017 ha sido el del trío inglés Saint Etienne. Formados hace casi treinta años, y durante décadas portadores de la etiqueta de la banda más cool de la Islas, a estas alturas de su carrera nadie debe esperar grandes novedades en su propuesta, sólo que para su retorno hayan tenido inspiración suficiente. Porque su personalidad está tan marcada, y su propuesta tan pulida a lo largo de centenas de canciones, que no necesitan de influencias externas para seguir añadiendo canciones en su discografía. Eso fue lo que sucedió en 2012 con su anterior entrega, ese "Words and music" que rebosaba creatividad, contemporaneidad y grandes momentos, hasta el extremo de que en 2013 se completó con el más que digno "More words and music", de las mismas sesiones de grabación. No es desgraciadamente el caso de este "Home counties", aunque debemos reconocer que se trata de un álbum que se sitúa en un saludable nivel medio dentro de su extensa discografía (casi veinte álbumes de estudio entre oficiales, para fans y para mercados específicos).
Quizá lo que más llame la atención de "Home counties" es que, para elaborarlo, el trío se ha mirado sobre todo a sí mismo. Con lo cual han recuperado muchas de las señas de identidad de otros álbumes pretéritos: los originales interludios (hablados o musicales) entre las canciones "completas", la reflexión sobre los hábitos y la identidad de la Inglaterra más allá de Londres, las letras costumbristas, la fascinación por el pop arty de los sesenta o las bandas sonoras de las series de televisión de los primeros setenta... Es decir, como si lo que hubiera sucedido en el panorama musical en este último lustro no les interesara. Eso sí, sin quedarse en el siempre tentador ejercicio de estilo, sino recurriendo a composiciones mayoritariamente sólidas para desarrollarlo. Aunque alejándose quizá en exceso del pop bailable y decididamente electrónico que es en mi opinión donde mejor se desenvuelven, y sin contar además con sencillos tan redondos como "Tonight" o "I've got the music" con los que tan brillantemente se reivindicaron hace cinco años.
Porque entre los diecinueve temas (trece si excluimos los ya citados interludios), no hay temas de bandera ni que probablemente lleguen a formar parte de sus conciertos en años futuros. "Magpie eyes", el sencillo de presentación, construido sobre una poderosa línea de bajo y un ritmo binario contundente, se basa en una elaborada progresión armónica y una correcta melodía, pero se queda a medio camino entre bailable y reposado, sintético y acústico, y el estribillo psicodélico no juega del todo a su favor. Y "Dive", el sencillo que acaba de ver la luz hace unos días, sí apuesta más claramente por el ritmo pero se recrea tanto en esas bandas sonoras setenteras en su analógica instrumentacion (con su sección de viento, su percusión y sus coros femeninos) que a pesar de que la progresión armónica y la melodía son puro Saint Etienne, el resultado parece un agradable hallazgo de las sesiones de grabación del principio de su carrera más que un tema de 2017.
Ésta es la impresion que predomina a lo largo del álbum: prácticamente sin excepción todos los temas rayan a buen nivel, y son agradables de escuchar, pero el disco nunca llega a explotar. El momento en el que más se acerca a ello es en "Out of my mind", el décimo corte, también el más electrónico y claramente bailable del mismo, luminoso, con una progresión armónica infalible aunque simple (los acordes sólo cambian en la parte nueva), unas estrofas irreprochables y un estribillo algo inferior pero muy pegadizo. Momentos por encima de la media son también "Something new", segundo corte (y realmente la primera canción del disco) un tema pausado sobre otra inspirada composición (especialmente en las estrofas) y un bonito ejercicio de armonización entre el arpegio de guitarra, el piano y la sección de viento del final, "Heather", que recuerda instrumentalmente a la época de "Sound of water" (2000) por su frialdad, el desasosiego que evoca y sus sonidos electrónicos que no sintéticos, "Take it all in", una balada clásica con reminiscencias de finales de los sesenta, y "Unopened fan mail", otro tema reposado construido sobre otras meritorias progresión armónica y melodía, que sostiene una guitarra acústica y que destila aromas de bossa nova a lo Swing Out Sister.
Otras muchas canciones no despuntan pero tampoco desentonan. Es el caso de "Whyteleafe" con su elaborado clavicordio en el comienzo, su letra que rinde homenaje a ciudades de referencia en la cultura de las últimas décadas, y ese sonido que tanto recuerda a la época de "Good humor" (1988), "Underneath the apple tree" y su aproximación a los patrones musicales de The Supremes, "Train drivers in eyeliner", que podría ser un descarte del Magical Mystery Tour de The Beatles por su instrumentación, sus guiños y su letra, "After hebden" y sus "pa ra pa pa" entrelazos con flautas sintetizadas y un clavicordio en una mezcla aparentemente imposible... el álbum está tan elaborado que incluso uno de los interludios ("Church Pew Furniture Restorer") sorprende por la calidad de su instrumentación y su subyugante coro infantil. Sólo hay un tema que obliga a pulsar el forward: "Sweet Arcadia", casi ocho minutos muy lentos y declamados sobre sintetizadores tenebrosos y un solo de Hammond, que afortunadamente sitúan casi al final.
En definitiva, se nota que Sarah, Bob y Pet ya han cruzado la frontera de los cincuenta porque "Home counties" resulta más reposado y con la mirada más claramente puesta en otras décadas que otras entregas suyas anteriores. Pero como cuentan con esa enorme cultura musical y esa capacidad para asimilar el pop de casi cualquier momento, no es posible hablar de un álbum mediocre sino atemporal. Aquellos de sus fans que tengan la mente tan abierta como ellos seguro que sabrán sacarle partido. Incluso aunque difiera de las expectativas que se hubieran generado o de lo que les hubiera gustado que entregaran, como ha sido mi caso.
Quizá lo que más llame la atención de "Home counties" es que, para elaborarlo, el trío se ha mirado sobre todo a sí mismo. Con lo cual han recuperado muchas de las señas de identidad de otros álbumes pretéritos: los originales interludios (hablados o musicales) entre las canciones "completas", la reflexión sobre los hábitos y la identidad de la Inglaterra más allá de Londres, las letras costumbristas, la fascinación por el pop arty de los sesenta o las bandas sonoras de las series de televisión de los primeros setenta... Es decir, como si lo que hubiera sucedido en el panorama musical en este último lustro no les interesara. Eso sí, sin quedarse en el siempre tentador ejercicio de estilo, sino recurriendo a composiciones mayoritariamente sólidas para desarrollarlo. Aunque alejándose quizá en exceso del pop bailable y decididamente electrónico que es en mi opinión donde mejor se desenvuelven, y sin contar además con sencillos tan redondos como "Tonight" o "I've got the music" con los que tan brillantemente se reivindicaron hace cinco años.
Porque entre los diecinueve temas (trece si excluimos los ya citados interludios), no hay temas de bandera ni que probablemente lleguen a formar parte de sus conciertos en años futuros. "Magpie eyes", el sencillo de presentación, construido sobre una poderosa línea de bajo y un ritmo binario contundente, se basa en una elaborada progresión armónica y una correcta melodía, pero se queda a medio camino entre bailable y reposado, sintético y acústico, y el estribillo psicodélico no juega del todo a su favor. Y "Dive", el sencillo que acaba de ver la luz hace unos días, sí apuesta más claramente por el ritmo pero se recrea tanto en esas bandas sonoras setenteras en su analógica instrumentacion (con su sección de viento, su percusión y sus coros femeninos) que a pesar de que la progresión armónica y la melodía son puro Saint Etienne, el resultado parece un agradable hallazgo de las sesiones de grabación del principio de su carrera más que un tema de 2017.
Ésta es la impresion que predomina a lo largo del álbum: prácticamente sin excepción todos los temas rayan a buen nivel, y son agradables de escuchar, pero el disco nunca llega a explotar. El momento en el que más se acerca a ello es en "Out of my mind", el décimo corte, también el más electrónico y claramente bailable del mismo, luminoso, con una progresión armónica infalible aunque simple (los acordes sólo cambian en la parte nueva), unas estrofas irreprochables y un estribillo algo inferior pero muy pegadizo. Momentos por encima de la media son también "Something new", segundo corte (y realmente la primera canción del disco) un tema pausado sobre otra inspirada composición (especialmente en las estrofas) y un bonito ejercicio de armonización entre el arpegio de guitarra, el piano y la sección de viento del final, "Heather", que recuerda instrumentalmente a la época de "Sound of water" (2000) por su frialdad, el desasosiego que evoca y sus sonidos electrónicos que no sintéticos, "Take it all in", una balada clásica con reminiscencias de finales de los sesenta, y "Unopened fan mail", otro tema reposado construido sobre otras meritorias progresión armónica y melodía, que sostiene una guitarra acústica y que destila aromas de bossa nova a lo Swing Out Sister.
Otras muchas canciones no despuntan pero tampoco desentonan. Es el caso de "Whyteleafe" con su elaborado clavicordio en el comienzo, su letra que rinde homenaje a ciudades de referencia en la cultura de las últimas décadas, y ese sonido que tanto recuerda a la época de "Good humor" (1988), "Underneath the apple tree" y su aproximación a los patrones musicales de The Supremes, "Train drivers in eyeliner", que podría ser un descarte del Magical Mystery Tour de The Beatles por su instrumentación, sus guiños y su letra, "After hebden" y sus "pa ra pa pa" entrelazos con flautas sintetizadas y un clavicordio en una mezcla aparentemente imposible... el álbum está tan elaborado que incluso uno de los interludios ("Church Pew Furniture Restorer") sorprende por la calidad de su instrumentación y su subyugante coro infantil. Sólo hay un tema que obliga a pulsar el forward: "Sweet Arcadia", casi ocho minutos muy lentos y declamados sobre sintetizadores tenebrosos y un solo de Hammond, que afortunadamente sitúan casi al final.
En definitiva, se nota que Sarah, Bob y Pet ya han cruzado la frontera de los cincuenta porque "Home counties" resulta más reposado y con la mirada más claramente puesta en otras décadas que otras entregas suyas anteriores. Pero como cuentan con esa enorme cultura musical y esa capacidad para asimilar el pop de casi cualquier momento, no es posible hablar de un álbum mediocre sino atemporal. Aquellos de sus fans que tengan la mente tan abierta como ellos seguro que sabrán sacarle partido. Incluso aunque difiera de las expectativas que se hubieran generado o de lo que les hubiera gustado que entregaran, como ha sido mi caso.
sábado, 30 de septiembre de 2017
Beth Ditto: "Fake sugar" (2017)
Cuando ya hace cinco largos años reseñé el último álbum de los estadounidenses Gossip ("A joyful noise"), ya advertí que su salto mortal de la independencia al mainstream tenía pinta de resultar fallido porque, quizá por culpa de los coautores y co-productores Xenomania, el resultado les hacía perder buena parte de su acusada personalidad en aras de una propuesta más comercial. El pronóstico resultó acertado, y de hecho Gossip se han disuelto aparentemente. Y lo que ha visto la luz en este 2017 ha sido el debut en solitario de su cantante y líder, Beth Ditto. Que indudablemente es una de las mejores voces del panorama musical actual, pero de cuya propuesta musical no estaba claro qué esperar. Afortunadamente el resultado (este "Fake sugar" que ha visto la luz hace un trimestre) es, sin llegar a la excelencia, un inteligente paso adelante que supera indudablemente a "A joyful noise".
Y es que para su carrera en solitario Ditto ha tenido la inteligencia de olvidarse del siempre mediatizado mercado musical, y se ha "limitado" a presentarnos su honesto y particular acercamiento a muchos de los estilos musicales con los que ya había coqueteado su banda, y que por lo que se ve son los que le dan sentido como artista. Para ello ha contratado a la compositora y productora estadounidense Jennifer Decilveo, quien co-escribe y produce diez de los doce temas de este versátil álbum. Que más bien parece un producto de largas sesiones de grabación con diversos colaboradores, dado que salvo por el hilo conductor que supone la voz de Ditto, cada tema posee diferencias notables con el anterior. Por eso el resultado no es del todo redondo, pero sí un soplo de aire fresco de principio a fin. Y es que en "Fake sugar" caben los setenta, los ochenta, los noventa, y caben desde Suicide hasta Blondie, desde el punk-rock hasta el house. Así que quien adquiera este disco debe tener buena cultura musical y apertura de miras si quiere disfrutarlo.
El álbum se abre con "Fire", el primer sencillo: un enérgico tema de rock (por algún estilo había que decidirse) sobre un contudente riff de guitarra, con guiños sureños, y razonablemente efectivo aunque limitado en su propuesta a causa de una progresión armónica tremendamente limitada. Le sigue "In and out", para mi gusto ligeramente superior, también mayoritariamente rockero, espartano al principio (sólo el arpegio de guitarra y la voz de Ditto), con más espacio luego para que Ditto explote sus cualidades vocales, y de influencia setentera en sus arreglos a lo largo del tema. El tercer corte es el que da título álbum, y curiosamente uno de los menos interesantes: una simplona caja de ritmos, una instrumentación que recuerda a las exploraciones surafricanas del "Graceland" de Paul Simon, y una melodía pop agradable pero sin gancho. En "Savoir faire" Ditto imposta, tras un desconcertante comienzo, y sobre un bajo que recuerda poderosamente a los de su banda, la altivez de Deborah Harry y la voz nasal de Eartha Kitt para desembocar un estribillo que podría haber sonado en la época dorada de Studio 54. Tan original como carente de magia.
Mucho mejor es "We could run", para mí incuestionablemente el mejor tema del álbum (y se ve que también de Ditto, pues hace apenas unos días la ha escogido como segundo sencillo). Ahora sí da con una progresión armónica luminosa, que realza una melodía de puro pop contemporáneo, y que se complementa con una mayor presencia de sintetizadores aunque sin renunciar a bajo, guitarra y batería reales. Un tema además compuesto para Nathan Howdeshell, guitarrista de Gossip, cuya marcha la dejó por lo visto tan tocada. Le sigue "Oo la la", algo así como glam-pop trasladado al año 2017 con diversos efectos electrónicos y rematado con alguna frase en francés, más original que disfrutable. "Go baby go" coquetea con el soul en su ambientación y con el rock en la contundencia de su estribillo, recordando a lo que hacían Roachford a finales de los ochenta y logrando un resultado aceptable. "Oh my God" es quizá el segundo momento más redondo del álbum, y el tema más genuinamente Gossip de todo el disco, con ese punk-rock arrastrado sobre un simple y efectivo riff de guitarra que permite a Ditto exhibir su rango vocal y su fuerza en notas altas, aunque tal vez le falte evolucionar un poco la instrumentación a lo largo del tema.
En el tercio final Ditto se reserva espacio para temas más reposados. El primero de ellos es "Love in real life", una balada de rock clásico con un buen estribillo y adornos psicodélicos que la intentan alejar de las baladas del heavy-metal de los ochenta en las que parece inspirarse. "Do you want to" cambia totalmente el registro y se acerca con brillantez al synth-pop de ese último álbum de Gossip, orientando el tema a la pista de baile con sus sintetizadores etéreos, sus intervalos instrumentales tras el estribillo e incluso un inesperado vocoder. "Lover" regresa a la senda del pop contemporáneo con una bonita melodía sobre un llamativo redoble de tambor, que incluso se permite subir un tono en la repetición final del estribillo como se solía hacer unas décadas atrás, si bien el ritmo binario en el estribillo le resta agilidad. Y el segundo tema lento es el que cierra el álbum: "Clouds (song for John)" es un tema íntimo, sin percusión, construido sobre un acertado arpegio de guitarra, pero al que le sobran "Oh oh ohs" y le falta un punto de emoción.
Como puede verse, "Fake sugar" es un álbum más ameno que disfrutable, más personal que inspirado, que probablemente no contente a todos los seguidores de Gossip. Pero debe reconocerse a Ditto que ha rebuscado con criterio en sus influencias para presentar su propuesta en solitario, y que ha huido del típico salto a la madurez de tantos otros líderes de bandas cuando debutan en solitario: serio, concienciado, reposado y... aburrido. Veremos cuánto tarda en darle una continuidad, y si para entonces se decanta más claramente por algún estilo.
Y es que para su carrera en solitario Ditto ha tenido la inteligencia de olvidarse del siempre mediatizado mercado musical, y se ha "limitado" a presentarnos su honesto y particular acercamiento a muchos de los estilos musicales con los que ya había coqueteado su banda, y que por lo que se ve son los que le dan sentido como artista. Para ello ha contratado a la compositora y productora estadounidense Jennifer Decilveo, quien co-escribe y produce diez de los doce temas de este versátil álbum. Que más bien parece un producto de largas sesiones de grabación con diversos colaboradores, dado que salvo por el hilo conductor que supone la voz de Ditto, cada tema posee diferencias notables con el anterior. Por eso el resultado no es del todo redondo, pero sí un soplo de aire fresco de principio a fin. Y es que en "Fake sugar" caben los setenta, los ochenta, los noventa, y caben desde Suicide hasta Blondie, desde el punk-rock hasta el house. Así que quien adquiera este disco debe tener buena cultura musical y apertura de miras si quiere disfrutarlo.
El álbum se abre con "Fire", el primer sencillo: un enérgico tema de rock (por algún estilo había que decidirse) sobre un contudente riff de guitarra, con guiños sureños, y razonablemente efectivo aunque limitado en su propuesta a causa de una progresión armónica tremendamente limitada. Le sigue "In and out", para mi gusto ligeramente superior, también mayoritariamente rockero, espartano al principio (sólo el arpegio de guitarra y la voz de Ditto), con más espacio luego para que Ditto explote sus cualidades vocales, y de influencia setentera en sus arreglos a lo largo del tema. El tercer corte es el que da título álbum, y curiosamente uno de los menos interesantes: una simplona caja de ritmos, una instrumentación que recuerda a las exploraciones surafricanas del "Graceland" de Paul Simon, y una melodía pop agradable pero sin gancho. En "Savoir faire" Ditto imposta, tras un desconcertante comienzo, y sobre un bajo que recuerda poderosamente a los de su banda, la altivez de Deborah Harry y la voz nasal de Eartha Kitt para desembocar un estribillo que podría haber sonado en la época dorada de Studio 54. Tan original como carente de magia.
Mucho mejor es "We could run", para mí incuestionablemente el mejor tema del álbum (y se ve que también de Ditto, pues hace apenas unos días la ha escogido como segundo sencillo). Ahora sí da con una progresión armónica luminosa, que realza una melodía de puro pop contemporáneo, y que se complementa con una mayor presencia de sintetizadores aunque sin renunciar a bajo, guitarra y batería reales. Un tema además compuesto para Nathan Howdeshell, guitarrista de Gossip, cuya marcha la dejó por lo visto tan tocada. Le sigue "Oo la la", algo así como glam-pop trasladado al año 2017 con diversos efectos electrónicos y rematado con alguna frase en francés, más original que disfrutable. "Go baby go" coquetea con el soul en su ambientación y con el rock en la contundencia de su estribillo, recordando a lo que hacían Roachford a finales de los ochenta y logrando un resultado aceptable. "Oh my God" es quizá el segundo momento más redondo del álbum, y el tema más genuinamente Gossip de todo el disco, con ese punk-rock arrastrado sobre un simple y efectivo riff de guitarra que permite a Ditto exhibir su rango vocal y su fuerza en notas altas, aunque tal vez le falte evolucionar un poco la instrumentación a lo largo del tema.
En el tercio final Ditto se reserva espacio para temas más reposados. El primero de ellos es "Love in real life", una balada de rock clásico con un buen estribillo y adornos psicodélicos que la intentan alejar de las baladas del heavy-metal de los ochenta en las que parece inspirarse. "Do you want to" cambia totalmente el registro y se acerca con brillantez al synth-pop de ese último álbum de Gossip, orientando el tema a la pista de baile con sus sintetizadores etéreos, sus intervalos instrumentales tras el estribillo e incluso un inesperado vocoder. "Lover" regresa a la senda del pop contemporáneo con una bonita melodía sobre un llamativo redoble de tambor, que incluso se permite subir un tono en la repetición final del estribillo como se solía hacer unas décadas atrás, si bien el ritmo binario en el estribillo le resta agilidad. Y el segundo tema lento es el que cierra el álbum: "Clouds (song for John)" es un tema íntimo, sin percusión, construido sobre un acertado arpegio de guitarra, pero al que le sobran "Oh oh ohs" y le falta un punto de emoción.
Como puede verse, "Fake sugar" es un álbum más ameno que disfrutable, más personal que inspirado, que probablemente no contente a todos los seguidores de Gossip. Pero debe reconocerse a Ditto que ha rebuscado con criterio en sus influencias para presentar su propuesta en solitario, y que ha huido del típico salto a la madurez de tantos otros líderes de bandas cuando debutan en solitario: serio, concienciado, reposado y... aburrido. Veremos cuánto tarda en darle una continuidad, y si para entonces se decanta más claramente por algún estilo.
lunes, 4 de septiembre de 2017
Furniteur: "Perfect lavender" (2017)
Una entrada más vengo a presentarles un álbum de debut. Ante la escasez de propuestas musicales interesantes por parte de artistas consolidados, lo más interesante de este 2017 está viniendo de nuevos artistas. En este caso se trata del debut del trío estadounidense Furniteur. Hecho a medida de Brittany Sims (voz y sintetizadores), aunque formalmente se hace acompañar de Mike Toohey (sintetizadores, guitarra) y Kevin Bayly (sintetizadores, guitarra), la banda ya debutó en 2014 con un EP que contenía la notable y quizá excesivamente deudora del italo-disco "Modern love". Casi tres años después ha visto finalmente la luz su debut en formato álbum. Aunque casi podríamos hablar de un mini-album, ya que como sucedió hace unos meses con Tiny Deaths, "Perfect lavender" sólo contiene ocho canciones, y dura poco más de treinta minutos. Menos mal que su propuesta tiene argumentos suficientes.
Quizá lo mejor del álbum sea también lo menos bueno: su obsesión por los ochenta. Más allá de la etérea voz de Sims (muy similar a la de Dot Allison, por cierto), los ocho temas no poseen una impronta demasiado personal. Y es que cada uno de ellos se arrima a un momento concreto de esa fructífera década, casi siempre con buenos resultados pero sin conformar un todo homogéneo. Por lo que más que de álbum deberíamos hablar de una simple colección de canciones. De las cuales nada menos que cinco han visto la luz en formato sencillo, lo que predispone a favor de su contenido. Tal es el caso de "Redundant buzz", el tema que abre el álbum, que sin ser mi tema favorito me parece una buena recreación de cómo podría haber sonado un tema perdido del "Low life" (1984) de New Order: parece que escucháramos a Gillian Gilbert con los teclados orquestales o a Peter Hook con los arpegios de bajo. Aunque el tema se sostiene por sí mismo, con su bonita melodía y el cambio de tonalidad en los estribillos. Más floja es en mi opinión "Brat" (palo de golf), otra canción también publicada en formato sencillo, construida sobre su poderosa batería (no programada), y sin progresión armónica que sostenga el tema más que en el simplemente correcto estribillo, que nos recuerda a Thomas Dolby.
"Air castles", tercer corte y también publicado en formato sencillo, parece otra cara B del "What have I done to deserve this?/A new life" (1987) de Pet Shop Boys: una caja de ritmos muy parecida a la del dúo británico en el comienzo, los mismos synclaviers en el estribillo y... todo hay que decirlo, una bonita progresión armónica, una melancólica letra ("Like we were meant to fall in love, building castles in clouds that never come down"), un cautivador estribillo, y unos meritorios intervalos instrumentales. De todas formas para mí la joya absoluta del álbum es "Swimming", extraída también en formato sencillo: un tecnológico bajo sintetizado que da paso a una dulcísima y difícil de interpretar melodía, muy en la línea del synth-pop escandinavo. Que además está perfectamente armonizada con los distintos sintetizadores y las capas de voces, y que se realza con unas inesperadas marimbas electrónicas en su tramo final.
El quinto sencillo y otro de los momentos álgidos del álbum es "Mysteries", un auténtico volantazo estilístico respecto a la dulzura del tema anterior: progresión armónica infecciosa, bajo sincopado que es puro electro, ritmo binario infalible para la pista de baile, y una interpretación vocal a cargo de Sims quizá demasiado etérea para la contundencia del tema. El resto del álbum lo completan los tres temas que no se han publicado en formato sencillo. En primer lugar, "Fault", otro salto estilístico respecto al tema precedente, con su intimista melodía y una notable instrumentación (a mencionar su arpegio de guitarra en el puente, sus redobles de caja, y ese solo de sintetizador que parece interpretado por Vince Clarke). Le sigue "All of the punks", cuyo bajo slap, su guitarra a lo Nile Rodgers y su batería no programada parecen extraídos de un álbum de rarezas de Chic. Y que además de esas influencias funky sorprende con un estribillo declamado en el que Sims juega a ser Deborah Harry. Y remata la terna y este breve álbum "Unforgettable", aglo así como una mezcla entre One Dove y Sheena Easton, sobre una correcta progresión armónica y con una melodía vocal que, aun siendo evocadora, no llega al nivel de los sintetizadores que realzan el estribillo. Y con el último detalle ochentero: ese solo de saxofón, que tanto se empleaba entonces y al que ahora nadie recurre.
Está claro que no estamos ante un álbum perfecto. Es cierto que todos los temas están muy bien armonizados, y la instrumentación va creciendo para sacar lo mejor de ellos. Pero están rematados con un espíritu demasiado retro, sin apenas añadir detalles de contemporaneidad que puedan quitarle a "Perfect lavender" la etiqueta de revival. Y eso, además de la escasa personalidad del conjunto y la muy minoritaria difusión del álbum, les hace correr el riesgo de quedarse en una aventura sin continuidad. Sería una pena, porque siete de sus ocho canciones merecen la pena.
Quizá lo mejor del álbum sea también lo menos bueno: su obsesión por los ochenta. Más allá de la etérea voz de Sims (muy similar a la de Dot Allison, por cierto), los ocho temas no poseen una impronta demasiado personal. Y es que cada uno de ellos se arrima a un momento concreto de esa fructífera década, casi siempre con buenos resultados pero sin conformar un todo homogéneo. Por lo que más que de álbum deberíamos hablar de una simple colección de canciones. De las cuales nada menos que cinco han visto la luz en formato sencillo, lo que predispone a favor de su contenido. Tal es el caso de "Redundant buzz", el tema que abre el álbum, que sin ser mi tema favorito me parece una buena recreación de cómo podría haber sonado un tema perdido del "Low life" (1984) de New Order: parece que escucháramos a Gillian Gilbert con los teclados orquestales o a Peter Hook con los arpegios de bajo. Aunque el tema se sostiene por sí mismo, con su bonita melodía y el cambio de tonalidad en los estribillos. Más floja es en mi opinión "Brat" (palo de golf), otra canción también publicada en formato sencillo, construida sobre su poderosa batería (no programada), y sin progresión armónica que sostenga el tema más que en el simplemente correcto estribillo, que nos recuerda a Thomas Dolby.
"Air castles", tercer corte y también publicado en formato sencillo, parece otra cara B del "What have I done to deserve this?/A new life" (1987) de Pet Shop Boys: una caja de ritmos muy parecida a la del dúo británico en el comienzo, los mismos synclaviers en el estribillo y... todo hay que decirlo, una bonita progresión armónica, una melancólica letra ("Like we were meant to fall in love, building castles in clouds that never come down"), un cautivador estribillo, y unos meritorios intervalos instrumentales. De todas formas para mí la joya absoluta del álbum es "Swimming", extraída también en formato sencillo: un tecnológico bajo sintetizado que da paso a una dulcísima y difícil de interpretar melodía, muy en la línea del synth-pop escandinavo. Que además está perfectamente armonizada con los distintos sintetizadores y las capas de voces, y que se realza con unas inesperadas marimbas electrónicas en su tramo final.
El quinto sencillo y otro de los momentos álgidos del álbum es "Mysteries", un auténtico volantazo estilístico respecto a la dulzura del tema anterior: progresión armónica infecciosa, bajo sincopado que es puro electro, ritmo binario infalible para la pista de baile, y una interpretación vocal a cargo de Sims quizá demasiado etérea para la contundencia del tema. El resto del álbum lo completan los tres temas que no se han publicado en formato sencillo. En primer lugar, "Fault", otro salto estilístico respecto al tema precedente, con su intimista melodía y una notable instrumentación (a mencionar su arpegio de guitarra en el puente, sus redobles de caja, y ese solo de sintetizador que parece interpretado por Vince Clarke). Le sigue "All of the punks", cuyo bajo slap, su guitarra a lo Nile Rodgers y su batería no programada parecen extraídos de un álbum de rarezas de Chic. Y que además de esas influencias funky sorprende con un estribillo declamado en el que Sims juega a ser Deborah Harry. Y remata la terna y este breve álbum "Unforgettable", aglo así como una mezcla entre One Dove y Sheena Easton, sobre una correcta progresión armónica y con una melodía vocal que, aun siendo evocadora, no llega al nivel de los sintetizadores que realzan el estribillo. Y con el último detalle ochentero: ese solo de saxofón, que tanto se empleaba entonces y al que ahora nadie recurre.
Está claro que no estamos ante un álbum perfecto. Es cierto que todos los temas están muy bien armonizados, y la instrumentación va creciendo para sacar lo mejor de ellos. Pero están rematados con un espíritu demasiado retro, sin apenas añadir detalles de contemporaneidad que puedan quitarle a "Perfect lavender" la etiqueta de revival. Y eso, además de la escasa personalidad del conjunto y la muy minoritaria difusión del álbum, les hace correr el riesgo de quedarse en una aventura sin continuidad. Sería una pena, porque siete de sus ocho canciones merecen la pena.
jueves, 24 de agosto de 2017
Álbumes decepcionantes de este 2017
Este 2017 se presentaba hace unos meses como uno de los potencialmente más fructíferos de las últimas temporadas musicales, dado que varios de los artistas que tradicionalmente he reseñado en este humilde blog publicaban sus nuevos y esperados trabajos. Sin embargo, al final en mis últimas entradas he hablado casi en exclusiva de álbumes de debut. La razón es obvia: con honrosas excepciones, la mayoría de esos retornos no han respondido a las expectativas, y por ello he decidido no dedicarles entradas individuales. Hasta que hace unos días, al echar la vista atrás aprovechando el periodo vacacional, me he dado cuenta de que son tantos que quizá mereciera agruparlos en una entrada, que al menos refleje que el blog no se ha olvidado de ellos, y que aún espera que puedan remontar el vuelo.
Quizá la mayor decepción hayan sido los británicos Alt-J. Después de dos álbumes con gran personalidad y muchos momentos destacables ("An awesome way", de 2012 y "This is all yours", de 2014), su "Relaxer" de hace unos pocos meses ha bajado muchísimo el nivel. Aún mantienen su personalidad acusada, con los originales juegos instrumentales y corales respaldando los recorridos vocales por la escala pentatónica de Joe Newman, pero la inspiración se les ha evaporado. Algo ya evidente desde el mayor tiempo que han tardado en publicar este tercer álbum respecto a sus dos predecesores, y su mucho menor contenido ("Relaxer" dura veinticinco minutos menos que "This is all yours", y contiene seis temas menos...). Y que se confirma por la irregularidad de los cuatro sencillos extraídos (la lenta y bastante aburrida "3WW" y la cadenciosa y reiterativa "Adeline" distan mucho de "In Cold Blood", quizá el tema que mejor enlaza con los discos anteriores, y "Deadcrush", el tema más interesante por su intensidad de principio a fin). Y que se reafirma cuando se descubre que uno de sus ocho cortes es una muy desafortunada versión de "House of the Rising Sun", que popularizaron The Animals. Todos sabemos que el trío británico puede dar mucho más de sí.
Otra decepción ha sido el retorno del trío californiano Haim. "Something to tell you" también mantiene el estilo de pop colorista, con referencias a los sesenta y los ochenta y las melodías de muchas notas por verso que las caracteriza, pero de nuevo faltan canciones que lo sostengan. Los sencillos extraídos ("Want You Back" y "Little of Your Love") podrían figurar a lo sumo como temas para completar un Extended Play de su "Days are gone" de 2013, pero no se acercan al nivel de "The wire" o "Falling", por poner un par de ejemplos de sus mejores momentos. No sólo eso: la mayoría de los cortes son extrañamente cortos, y sólo a base de repetir con ligeras variaciones los estribillos consiguen llegar a la duración mínima esperable. Tan poca sustancia hay en el álbum que hay que esperar al penúltimo corte ("Right now", una balada que no desentona en su peculiar estilo), para encontrar el único momento realmente descatable.
En menor medida, también ha supuesto una decepción "World be gone", el decimoséptimo álbum de estudio de Erasure. Es cierto que tras más de treinta años de carrera nadie espera otra entrega que se acerque al nivel de "The circus", "Chorus" o "The innocents", pero por ejemplo su anterior entrega ("The Violet Flame", 2014) no desmerecía con el grueso de su carrera y contenía dos o tres buenos momentos. Pero este "World be gone" baja sensiblemente el nivel. Y es que bajo la apariencia de un álbum de madurez, apoyado en textos supuestamente más críticos con la realidad de nuestros días, bajan el tempo de casi todos los temas y enlazan balada con balada, dejando los dos únicos temas medianamente hedonistas y bailables ("Love you to the sky" y "Just a little love", por cierto los dos momentos más dignos) para abrir y cerrar el álbum. Entre medias, más de media hora de pop lento y anodino, cuando no directamente aburrido.
Otra decepción más ha sido el regreso de la estadounidense Michelle Branch, tras nada menos que ¡catorce! años de silencio. La cantautora debutó a comienzos de siglo con dos álbumes de pop rock contundente ("The spirit room", 2001, y "Hotel paper", 2003), muy del gusto del público americano de la época, y la suficiente inspiración en sus mejores momentos para augurarle una larga carrera. Pero se ve que no daba con la tecla con la que continuarlas, y su tercera entrega se ha ido alargando año tras año hasta que por fin en 2017 ha visto la luz este "Hopeless romantic", que se aparta de sus dos primeras entregas con un sonido menos distorsionado y una propuesta más reposada. Y que a pesar de un primer sencillo (de idéntico título) meritorio gracias a su efectiva progresión armónica, no justifica la espera por la escasa personalidad del conjunto. No sorprende que haya tardado tanto en encontrar discográfica para publicarlo.
Aunque me he fijado en estos cuatro ejemplos, ha habido más regresos que no han respondido a las expectativas: Kasabian, Aphex Twin... incluso Imagine Dragons, Portugal. The Man, o Saint Etienne han publicado discos que, sin ser realmente decepcionantes en comparación con el nivel medio de sus carreras, tampoco se han acercado a sus mejores momentos. Y es que parece que el panorama musical en este 2017, con tan pocas ventas físicas, tantos "dinosaurios" rentabilizando canciones de hace varias décadas en giras inacabables, y tanto streaming, no resulta lo suficientemente motivador para que artistas ya consagrados se esfuercen por dar lo mejor de sí mismos. A ver qué sucede con otros artistas fijos de este blog (The Killers, Cut Copy, Liam Gallagher) que publicarán sus nuevas entregas en próximos meses. Me espero cualquier cosa.
Quizá la mayor decepción hayan sido los británicos Alt-J. Después de dos álbumes con gran personalidad y muchos momentos destacables ("An awesome way", de 2012 y "This is all yours", de 2014), su "Relaxer" de hace unos pocos meses ha bajado muchísimo el nivel. Aún mantienen su personalidad acusada, con los originales juegos instrumentales y corales respaldando los recorridos vocales por la escala pentatónica de Joe Newman, pero la inspiración se les ha evaporado. Algo ya evidente desde el mayor tiempo que han tardado en publicar este tercer álbum respecto a sus dos predecesores, y su mucho menor contenido ("Relaxer" dura veinticinco minutos menos que "This is all yours", y contiene seis temas menos...). Y que se confirma por la irregularidad de los cuatro sencillos extraídos (la lenta y bastante aburrida "3WW" y la cadenciosa y reiterativa "Adeline" distan mucho de "In Cold Blood", quizá el tema que mejor enlaza con los discos anteriores, y "Deadcrush", el tema más interesante por su intensidad de principio a fin). Y que se reafirma cuando se descubre que uno de sus ocho cortes es una muy desafortunada versión de "House of the Rising Sun", que popularizaron The Animals. Todos sabemos que el trío británico puede dar mucho más de sí.
Otra decepción ha sido el retorno del trío californiano Haim. "Something to tell you" también mantiene el estilo de pop colorista, con referencias a los sesenta y los ochenta y las melodías de muchas notas por verso que las caracteriza, pero de nuevo faltan canciones que lo sostengan. Los sencillos extraídos ("Want You Back" y "Little of Your Love") podrían figurar a lo sumo como temas para completar un Extended Play de su "Days are gone" de 2013, pero no se acercan al nivel de "The wire" o "Falling", por poner un par de ejemplos de sus mejores momentos. No sólo eso: la mayoría de los cortes son extrañamente cortos, y sólo a base de repetir con ligeras variaciones los estribillos consiguen llegar a la duración mínima esperable. Tan poca sustancia hay en el álbum que hay que esperar al penúltimo corte ("Right now", una balada que no desentona en su peculiar estilo), para encontrar el único momento realmente descatable.
En menor medida, también ha supuesto una decepción "World be gone", el decimoséptimo álbum de estudio de Erasure. Es cierto que tras más de treinta años de carrera nadie espera otra entrega que se acerque al nivel de "The circus", "Chorus" o "The innocents", pero por ejemplo su anterior entrega ("The Violet Flame", 2014) no desmerecía con el grueso de su carrera y contenía dos o tres buenos momentos. Pero este "World be gone" baja sensiblemente el nivel. Y es que bajo la apariencia de un álbum de madurez, apoyado en textos supuestamente más críticos con la realidad de nuestros días, bajan el tempo de casi todos los temas y enlazan balada con balada, dejando los dos únicos temas medianamente hedonistas y bailables ("Love you to the sky" y "Just a little love", por cierto los dos momentos más dignos) para abrir y cerrar el álbum. Entre medias, más de media hora de pop lento y anodino, cuando no directamente aburrido.
Otra decepción más ha sido el regreso de la estadounidense Michelle Branch, tras nada menos que ¡catorce! años de silencio. La cantautora debutó a comienzos de siglo con dos álbumes de pop rock contundente ("The spirit room", 2001, y "Hotel paper", 2003), muy del gusto del público americano de la época, y la suficiente inspiración en sus mejores momentos para augurarle una larga carrera. Pero se ve que no daba con la tecla con la que continuarlas, y su tercera entrega se ha ido alargando año tras año hasta que por fin en 2017 ha visto la luz este "Hopeless romantic", que se aparta de sus dos primeras entregas con un sonido menos distorsionado y una propuesta más reposada. Y que a pesar de un primer sencillo (de idéntico título) meritorio gracias a su efectiva progresión armónica, no justifica la espera por la escasa personalidad del conjunto. No sorprende que haya tardado tanto en encontrar discográfica para publicarlo.
Aunque me he fijado en estos cuatro ejemplos, ha habido más regresos que no han respondido a las expectativas: Kasabian, Aphex Twin... incluso Imagine Dragons, Portugal. The Man, o Saint Etienne han publicado discos que, sin ser realmente decepcionantes en comparación con el nivel medio de sus carreras, tampoco se han acercado a sus mejores momentos. Y es que parece que el panorama musical en este 2017, con tan pocas ventas físicas, tantos "dinosaurios" rentabilizando canciones de hace varias décadas en giras inacabables, y tanto streaming, no resulta lo suficientemente motivador para que artistas ya consagrados se esfuercen por dar lo mejor de sí mismos. A ver qué sucede con otros artistas fijos de este blog (The Killers, Cut Copy, Liam Gallagher) que publicarán sus nuevas entregas en próximos meses. Me espero cualquier cosa.
lunes, 14 de agosto de 2017
Little Cub: "Still life" (2017)
Hubo un tiempo en que las Islas Británicas marcaban la pauta en cuanto a la evolución de la música pop, y prácticamente todos los años surgía una banda cuya repercusión y trayectoria perduraba a lo largo de los años. Sin embargo, con la llegada del siglo XXI la cantidad y sobre todo la calidad de las nuevas propuestas ensalzadas de manera desmesurada por el Melody Maker pegó un bajón que continúa hasta nuestros días (baste pensar en bandas que apuntaban muy alto en los últimos dos decenios pero no han llegado a ese nivel, desde The Artic Monkeys hasta Foals). De hecho, en lo que va de década sólo salvaría de la quema a los personalísimos Alt-J (a pesar de la notable decepción de su reciente "Relaxer"). Por eso es reconfortante toparse con una nueva banda británica que en mi opinión por fin responde a la expectación generada: el trío londinense Little Cub. Formado por Dominic Gore, cantante y letrista, y los multi-instrumentistas Duncan Tootill y Ady Acolatse, son una formación sorprendentemente madura, capaz de instrumentar y producir con elegancia y personalidad todas sus composiciones.
Me da la impresión de que la crítica especializada ha errado el tiro en cuanto al estilo y las referencias de la banda. Ante todo, porque hablan de Little Cub como una banda de música electrónica (!!), sin darse cuenta de en el año 2017 la inmensa mayoría de los álbumes que se publican se sustentan como es natural en las nuevas tecnologías. Y hablan de New Order como una referencia continua, algo que siendo un admirador de los mancunianos no termino de ver. Para mí, Little Cub es una banda de pop sofisticado, pero pop en sentido tradicional, con guitarras, bajo y batería. Otra cosa es que su capacidad instrumental haga que prácticamente todo cambie a lo largo del desarrollo de una composición, y al bajo slap le sustituya en un momento dado un bajo sintetizado, por ejemplo. Pero la ausencia de instrumentos reales, el minutaje excesivo, los bombos sobredimensionados, el auto-tune más juguetón, y todo lo que solemos asociar a la electrónica, está ausente de "Still life". Y en cuanto a las referencias, para mí la más evidente es los alemanes The Notwist (y no sólo por la similitud vocal entre Markus Acher, su cantante, y Dominic Gore), sino porque aunque no reniegan de los instrumentos electrónicos, emplean mayoritariamente instrumentos reales. Y muestran lo mejor de sí mismos en composiciones delicadas, melancólicas, con la sensibilidad a flor de piel y orfebrerías instrumentales que conviene disfrutar con nuestros mejores auriculares.
"Still life" no es un álbum largo (11 temas, 42 minutos), y como buen debut ha sido el fruto de muchos sencillos publicados en los últimos doce meses (hasta un total de cinco). Por lo que es difícil que si esos sencillos nos han llamado la atención quedemos defraudados con el resultado. Aunque es necesario reconocer que el grupo instrumenta mejor que compone, y compone mejor las progresiones armónicas que las melodías. No es el caso de "Too much love", tema de apertura, tercer sencillo publicado y uno de los mejores momentos del álbum: que empieza como un medio tiempo envolvente sobre elaborados arpegios de guitarra, y continúa con su extensa confesión hasta que, hacia la mitad, cambia de tonalidad y acerca el tema a las pistas de baile más indie superponiendo intetizadores, reforzando los platillos, y proponiendo uno de los mejores estribillos del álbum. Le sigue "My nature", segundo sencillo, quizá un poquitín inferior a la anterior pero muy interesante con su atmósfera inquietante y sus sintetizadores que van subiendo de volumen, creando una especie de trip-hop contemporáneo cada vez más intenso que a veces se transforma en un tema pop con bajo y batería reales, y que sorprende con un cambio de tonalidad pasados dos minutos que hace las veces de estribillo.
"Breathing space" es el último sencillo hasta la fecha, y quizá el menos interesante: un arpegio de sintetizador durante las estrofas que acaba resultando un poco cansino, un estribillo sin mucho gancho, y los intervalos instrumentales sobre el mismo acorde como pasajes más relevantes. "Mulberry" baja el tempo y sube la inspiración en una balada muy en la línea de The Notwist, con instrumentos que parecen no querer romper el silencio y ese precioso "Deep grooves that could hide all manner of things" que da paso a las dos guitarras eléctricas que se entrecruzan sin pisarse durante el excelente minuto final. Aunque quizá el mejor tema del álbum sea "Death Of A Football Manager", la historia del suicido del ex-futbolista y entrenador galés Gary Spee, relatada sobre una original batería, recurriendo nuevamente a los sintetizadores envolventes y a una pesimismo que pone los pelos de punta en su excelente estribillo ("only an act of love"), y manteniendo el listón hasta el final gracias a sus preciosas guitarras.
"Hypnotise" fue el cuarto sencillo, y aunque queda lejos de los mejores momentos del álbum por su melodía un tanto repetitiva, no desentona con esa especie de redoble de tambor que vertebra todo el tema y ese tramo final con los loops reproducidos al revés y sus sintetizadores acuosos. "Closing time" es quizá el tema más experimental dentro de un disco que se aleja siempre de los arreglos convencionales, con sólo la voz doblada y el bajo y la batería durante las estrofas, amen de unos espartanos intervalos instrumentales que se acercan a la indietrónica más bailable en su tramo final. "October" es el segundo tema lento, un tema correcto con lejanos guiños ochenteros y sin mayores sorpresas. "Loveless" fue el primer sencillo de su carrera, y sigue siendo una de sus mejores canciones: a pesar de su batería real de ritmo originalmente sincopado, quizá sea el tema más "electrónico" del disco a gracias su bajo sintetizado y a los múltiples teclados que la adornan, aunque lo mejor sea la cautivadora progresión armónica de su sencillo y eficaz estribillo, que recrean en el tramo final subiendo la intensidad en un elegante crescendo.
"Snow" es el tercer y último tema lento, más etéreo que los anteriores y con menos tirón, quizá por la ausencia de percusión, un estribillo más flojo que las estrofas, y una mayor convencionalidad a la hora de instrumentar. Y "Television" cierra este meritorio álbum con un panorama gélido que va cogiendo fuerza mientras que las voces de Dominic se siguen superponiendo y distorsionando, hasta llegar a un pasaje instrumental excelente con todos los instrumentos brillando en armonía. Porque al final eso es lo que permanece de estas once canciones: la capacidad del trío para armonizar los cambios continuos de instrumentación dentro de una misma canción. Se les podrá reprochar cierta homogeneidad en sus composiciones, cierta monotonía en las interpretaciones vocales de Dominic, o la dificultad que tendrán a la hora de interpretar los temas en directo. Pero si no estamos hablando del mejor álbum que va a ver la luz en mi humilde opinión en este 2017 por talento, personalidad y creatividad, poco le va a faltar. Así que a ver si tienen algo más de repercusión popular, porque se lo merecen.
Me da la impresión de que la crítica especializada ha errado el tiro en cuanto al estilo y las referencias de la banda. Ante todo, porque hablan de Little Cub como una banda de música electrónica (!!), sin darse cuenta de en el año 2017 la inmensa mayoría de los álbumes que se publican se sustentan como es natural en las nuevas tecnologías. Y hablan de New Order como una referencia continua, algo que siendo un admirador de los mancunianos no termino de ver. Para mí, Little Cub es una banda de pop sofisticado, pero pop en sentido tradicional, con guitarras, bajo y batería. Otra cosa es que su capacidad instrumental haga que prácticamente todo cambie a lo largo del desarrollo de una composición, y al bajo slap le sustituya en un momento dado un bajo sintetizado, por ejemplo. Pero la ausencia de instrumentos reales, el minutaje excesivo, los bombos sobredimensionados, el auto-tune más juguetón, y todo lo que solemos asociar a la electrónica, está ausente de "Still life". Y en cuanto a las referencias, para mí la más evidente es los alemanes The Notwist (y no sólo por la similitud vocal entre Markus Acher, su cantante, y Dominic Gore), sino porque aunque no reniegan de los instrumentos electrónicos, emplean mayoritariamente instrumentos reales. Y muestran lo mejor de sí mismos en composiciones delicadas, melancólicas, con la sensibilidad a flor de piel y orfebrerías instrumentales que conviene disfrutar con nuestros mejores auriculares.
"Still life" no es un álbum largo (11 temas, 42 minutos), y como buen debut ha sido el fruto de muchos sencillos publicados en los últimos doce meses (hasta un total de cinco). Por lo que es difícil que si esos sencillos nos han llamado la atención quedemos defraudados con el resultado. Aunque es necesario reconocer que el grupo instrumenta mejor que compone, y compone mejor las progresiones armónicas que las melodías. No es el caso de "Too much love", tema de apertura, tercer sencillo publicado y uno de los mejores momentos del álbum: que empieza como un medio tiempo envolvente sobre elaborados arpegios de guitarra, y continúa con su extensa confesión hasta que, hacia la mitad, cambia de tonalidad y acerca el tema a las pistas de baile más indie superponiendo intetizadores, reforzando los platillos, y proponiendo uno de los mejores estribillos del álbum. Le sigue "My nature", segundo sencillo, quizá un poquitín inferior a la anterior pero muy interesante con su atmósfera inquietante y sus sintetizadores que van subiendo de volumen, creando una especie de trip-hop contemporáneo cada vez más intenso que a veces se transforma en un tema pop con bajo y batería reales, y que sorprende con un cambio de tonalidad pasados dos minutos que hace las veces de estribillo.
"Breathing space" es el último sencillo hasta la fecha, y quizá el menos interesante: un arpegio de sintetizador durante las estrofas que acaba resultando un poco cansino, un estribillo sin mucho gancho, y los intervalos instrumentales sobre el mismo acorde como pasajes más relevantes. "Mulberry" baja el tempo y sube la inspiración en una balada muy en la línea de The Notwist, con instrumentos que parecen no querer romper el silencio y ese precioso "Deep grooves that could hide all manner of things" que da paso a las dos guitarras eléctricas que se entrecruzan sin pisarse durante el excelente minuto final. Aunque quizá el mejor tema del álbum sea "Death Of A Football Manager", la historia del suicido del ex-futbolista y entrenador galés Gary Spee, relatada sobre una original batería, recurriendo nuevamente a los sintetizadores envolventes y a una pesimismo que pone los pelos de punta en su excelente estribillo ("only an act of love"), y manteniendo el listón hasta el final gracias a sus preciosas guitarras.
"Hypnotise" fue el cuarto sencillo, y aunque queda lejos de los mejores momentos del álbum por su melodía un tanto repetitiva, no desentona con esa especie de redoble de tambor que vertebra todo el tema y ese tramo final con los loops reproducidos al revés y sus sintetizadores acuosos. "Closing time" es quizá el tema más experimental dentro de un disco que se aleja siempre de los arreglos convencionales, con sólo la voz doblada y el bajo y la batería durante las estrofas, amen de unos espartanos intervalos instrumentales que se acercan a la indietrónica más bailable en su tramo final. "October" es el segundo tema lento, un tema correcto con lejanos guiños ochenteros y sin mayores sorpresas. "Loveless" fue el primer sencillo de su carrera, y sigue siendo una de sus mejores canciones: a pesar de su batería real de ritmo originalmente sincopado, quizá sea el tema más "electrónico" del disco a gracias su bajo sintetizado y a los múltiples teclados que la adornan, aunque lo mejor sea la cautivadora progresión armónica de su sencillo y eficaz estribillo, que recrean en el tramo final subiendo la intensidad en un elegante crescendo.
"Snow" es el tercer y último tema lento, más etéreo que los anteriores y con menos tirón, quizá por la ausencia de percusión, un estribillo más flojo que las estrofas, y una mayor convencionalidad a la hora de instrumentar. Y "Television" cierra este meritorio álbum con un panorama gélido que va cogiendo fuerza mientras que las voces de Dominic se siguen superponiendo y distorsionando, hasta llegar a un pasaje instrumental excelente con todos los instrumentos brillando en armonía. Porque al final eso es lo que permanece de estas once canciones: la capacidad del trío para armonizar los cambios continuos de instrumentación dentro de una misma canción. Se les podrá reprochar cierta homogeneidad en sus composiciones, cierta monotonía en las interpretaciones vocales de Dominic, o la dificultad que tendrán a la hora de interpretar los temas en directo. Pero si no estamos hablando del mejor álbum que va a ver la luz en mi humilde opinión en este 2017 por talento, personalidad y creatividad, poco le va a faltar. Así que a ver si tienen algo más de repercusión popular, porque se lo merecen.
sábado, 15 de julio de 2017
Mating Ritual: "How you gonna stop it" (2017)
Estos últimos meses están siendo poco fructíferos en cuanto a artistas consolidados que publiquen nuevos álbumes interesantes, pero en cambio están permitiendo que florezca un puñado de artistas que están haciendo crecer mi esperanza en que el panorama musical está empezando a invertir su tendencia decadente de este siglo XXI. Son muchos los álbumes de debut que he reseñado últimamente, y uno que se añade ahora a la lista es el de Mating Ritual, el alter ego del compositor y productor californiano Ryan Marshall Lawhon. Que ya había iniciado su andadura musical en compañía de su hermano Taylor como parte del poco conocido proyecto KO KO, y que tras publicar varios sencillos y un EP más que interesante desde 2015, ha presentado el pasado mes de junio su primer álbum: "How you gonna stop it".
A pesar de ser un proyecto en solitario, y de que en sus primeras entregas su pop estaba mayormente tecnificado, "How you gonna stop it" es un álbum de pop-rock cuyo sonido es el esperable en una banda consolidada con guitarras, bajo, batería, teclados y secuenciadores (estos últimos a cargo de Taylor). Que además suena homogéneo de principio a fin, a pesar del largo proceso de gestación del mismo. Las referencias a la hora de situar "How you gonna stop it": desde los Imagine Dragons menos comerciales hasta los Walk The Moon más profundos, pasando por los Coldplay menos histriónicos, y guiños a muchas bandas británicas de los ochenta. Es decir, una coctelera de pop con toques rock mayoritamente luminoso y con letras que se mueven entre lo optimista y lo reflexivo. Y que a pesar de transitar por sendas ya muy gastadas por décadas de propuestas similares, suena original y fresco.
El álbum lo abre la simpática y coreable "I wear glasses", un medio tiempo que no esconde la procedencia californiana de Ryan, y que cautiva por la habilidad con la que se complementan los diferentes instrumentos, además de por los coros en falsete que rematan la canción en su tramo final. Le sigue "Second chance", uno de mis temas favoritos del álbum, una preciosa melodía fantásticamente instrumentada (mención especial para la percusión y la batería, y la manera como los sintetizadores complementan a la guitarra), que toma aire en cada estrofa para ir creciendo en el puente, brillando en el estribillo y fascinando en el intervalo instrumental posterior, aunque lo mejor es la coda primero cantada y luego instrumental en la que se nota lo bien que funcionan como banda. El tercer corte es el tema que da título al álbum: "How you gonna stop it" es un bonito tema de power pop sin llegar a ser lo mejor del disco, cuyo rasgo más característico es la velocidad a la que canta Ryan en parte de las estrofas (es casi imposible entenderle).
"Cold" es un tema más lento y más electrónico, además de la primera colaboración en la parte vocal de la para mí desconocida Lizzy Land, y que aunque agradable carece de la magia de cortes anteriores. "Drunk" es otro de los mejores momentos del disco: un comienzo que es puro Coldplay, parsimonioso, envolvente y con la melodía vocal subiendo y bajando por la escala sin freno, que pasados dos minutos desemboca, sobre la misma progresión armónica y teclados principales, en un medio tiempo de batería y bajo marcados. Y que a partir del cuarto minuto se convierte en un precioso tramo final instrumental, que igual deja sola la voz y la guitarra de Ryan que sube en un crescendo irresistible. Le sigue "American muscle", otro corte de power pop con un característico riff, otra original percusión, y un coro lleno de energía a lo Walk The Moon, aunque suena a veces un tanto hueco. "Thief" cambia completamente el registro y acerca a los angelinos a las baladas sintéticas de Pet Shop Boys (algo a lo que contribuye la voz doblada y distorsionada de Ryan), si bien el resultado sólo supera el aprobado a partir del cambio de tonalidad del tramo final.
El tramo final del álbum lo inaugura la segunda colaboración vocal de Lizzy Land (mucho más apreciable que la primera): "Night lies", otra vez un tema reposado, relativamente electrónico, con una bonita progresión armónica y sobre todo un estribillo coreable muy a lo Imagine Dragons, que se prolonga en el sintetizado intervalo instrumental posterior. "Villain" empieza casi como un homenaje a los Thompson Twins, y en seguida se revela como el tema más claramente bailable del álbum, con su ritmo binario marcado, y un colchón de sintetizadores arropando a un coro de voces en el estribillo, todo lo cual le confiere cierta similitud al "New song" de Warpaint (que seleccioné entre las mejores canciones de 2016). "I'm just alright" recupera la senda de los medios tiempos más claramente guitarreros, y nos ofrece la letra más claramente personal de Ryan (en la que se cuestiona recurrentemente su lugar y su misión en el mundo), aunque tanta repetición de la frase que da título al tema puede llegar a cansar. Y "Swim" cierra el álbum con la balada de turno, probablemente menos emotiva de lo que a Ryan le hubiera gustado, pero digna a pesar de su abrupto final gracias al contraste entre su guitarra eléctrica de notas largas y su teclado a lo Coldplay.
Indudablemente el álbum no es redondo de principio a fin, las interpretaciones vocales de Ryan oscilan entre lo aceptable y lo mejorable (aparte de que se agradecería una mejor dicción), y tras un comienzo muy brillante, va enlazando momentos interesantes con otros simplemente correctos. Pero cuando da con la inspiración sus canciones son muy poderosas evocando emociones. Además la banda las hace crecer con unas interpretaciones muy inteligentes y buenas dosis de talento. Supongo que una mayor difusión de la que hasta ahora ha tenido el álbum ayudaría a darle continuidad al proyecto de Ryan, y a que diera rienda suelta a todo el talento que lleva dentro. Ojalá esta reseña contribuya mínimamente a ello.
A pesar de ser un proyecto en solitario, y de que en sus primeras entregas su pop estaba mayormente tecnificado, "How you gonna stop it" es un álbum de pop-rock cuyo sonido es el esperable en una banda consolidada con guitarras, bajo, batería, teclados y secuenciadores (estos últimos a cargo de Taylor). Que además suena homogéneo de principio a fin, a pesar del largo proceso de gestación del mismo. Las referencias a la hora de situar "How you gonna stop it": desde los Imagine Dragons menos comerciales hasta los Walk The Moon más profundos, pasando por los Coldplay menos histriónicos, y guiños a muchas bandas británicas de los ochenta. Es decir, una coctelera de pop con toques rock mayoritamente luminoso y con letras que se mueven entre lo optimista y lo reflexivo. Y que a pesar de transitar por sendas ya muy gastadas por décadas de propuestas similares, suena original y fresco.
El álbum lo abre la simpática y coreable "I wear glasses", un medio tiempo que no esconde la procedencia californiana de Ryan, y que cautiva por la habilidad con la que se complementan los diferentes instrumentos, además de por los coros en falsete que rematan la canción en su tramo final. Le sigue "Second chance", uno de mis temas favoritos del álbum, una preciosa melodía fantásticamente instrumentada (mención especial para la percusión y la batería, y la manera como los sintetizadores complementan a la guitarra), que toma aire en cada estrofa para ir creciendo en el puente, brillando en el estribillo y fascinando en el intervalo instrumental posterior, aunque lo mejor es la coda primero cantada y luego instrumental en la que se nota lo bien que funcionan como banda. El tercer corte es el tema que da título al álbum: "How you gonna stop it" es un bonito tema de power pop sin llegar a ser lo mejor del disco, cuyo rasgo más característico es la velocidad a la que canta Ryan en parte de las estrofas (es casi imposible entenderle).
"Cold" es un tema más lento y más electrónico, además de la primera colaboración en la parte vocal de la para mí desconocida Lizzy Land, y que aunque agradable carece de la magia de cortes anteriores. "Drunk" es otro de los mejores momentos del disco: un comienzo que es puro Coldplay, parsimonioso, envolvente y con la melodía vocal subiendo y bajando por la escala sin freno, que pasados dos minutos desemboca, sobre la misma progresión armónica y teclados principales, en un medio tiempo de batería y bajo marcados. Y que a partir del cuarto minuto se convierte en un precioso tramo final instrumental, que igual deja sola la voz y la guitarra de Ryan que sube en un crescendo irresistible. Le sigue "American muscle", otro corte de power pop con un característico riff, otra original percusión, y un coro lleno de energía a lo Walk The Moon, aunque suena a veces un tanto hueco. "Thief" cambia completamente el registro y acerca a los angelinos a las baladas sintéticas de Pet Shop Boys (algo a lo que contribuye la voz doblada y distorsionada de Ryan), si bien el resultado sólo supera el aprobado a partir del cambio de tonalidad del tramo final.
El tramo final del álbum lo inaugura la segunda colaboración vocal de Lizzy Land (mucho más apreciable que la primera): "Night lies", otra vez un tema reposado, relativamente electrónico, con una bonita progresión armónica y sobre todo un estribillo coreable muy a lo Imagine Dragons, que se prolonga en el sintetizado intervalo instrumental posterior. "Villain" empieza casi como un homenaje a los Thompson Twins, y en seguida se revela como el tema más claramente bailable del álbum, con su ritmo binario marcado, y un colchón de sintetizadores arropando a un coro de voces en el estribillo, todo lo cual le confiere cierta similitud al "New song" de Warpaint (que seleccioné entre las mejores canciones de 2016). "I'm just alright" recupera la senda de los medios tiempos más claramente guitarreros, y nos ofrece la letra más claramente personal de Ryan (en la que se cuestiona recurrentemente su lugar y su misión en el mundo), aunque tanta repetición de la frase que da título al tema puede llegar a cansar. Y "Swim" cierra el álbum con la balada de turno, probablemente menos emotiva de lo que a Ryan le hubiera gustado, pero digna a pesar de su abrupto final gracias al contraste entre su guitarra eléctrica de notas largas y su teclado a lo Coldplay.
Indudablemente el álbum no es redondo de principio a fin, las interpretaciones vocales de Ryan oscilan entre lo aceptable y lo mejorable (aparte de que se agradecería una mejor dicción), y tras un comienzo muy brillante, va enlazando momentos interesantes con otros simplemente correctos. Pero cuando da con la inspiración sus canciones son muy poderosas evocando emociones. Además la banda las hace crecer con unas interpretaciones muy inteligentes y buenas dosis de talento. Supongo que una mayor difusión de la que hasta ahora ha tenido el álbum ayudaría a darle continuidad al proyecto de Ryan, y a que diera rienda suelta a todo el talento que lleva dentro. Ojalá esta reseña contribuya mínimamente a ello.
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