Victoria Hesketh, más conocida como Little Boots, ha regresado hace un par de meses a la primera plana de la actualidad musical con la publicación de su tercer álbum de estudio, "Working girl". Un álbum que por segunda vez ha visto la luz en su propio sello discográfico, y con el que a mi entender la británica intenta auto-afirmarse en su estilo. Porque al éxito de crítica y ventas de "Hands" en 2009, con su propuesta actualizada, bailable y entonada del techno-pop de los ochenta, le sucedió un largo paréntesis de cuatro años que concluyó cuando "Nocturnes", un disco mucho más house, orientado a la electrónica más independiente y anodino, vio finalmente la luz prácticamente a la vez que el bootleg "Beat of your heart", el supuesto segundo disco grabado realmente como continuación estilística de "Hands" y que nunca llegó a publicarse por razones desconocidas (ya que sin llegar a la inspiración de "Hands" sí mantenía suficientemente el tipo). Con lo cual este tercer disco actúa a modo de consolidación de la propuesta de "Nocturnes", añadiéndole si cabe un toque más personal y reivindicativamente feminista a las letras, quedando por tanto en parámetros muy lejanos a los de su álbum de debut.
Lo que desgraciadamente es una mala noticia para sus seguidores. Porque una cosa es no querer terminar como un remedo de Kylie Minogue, y otra escorarse tanto en su propuesta que apenas logre comulgar con unos pocos miles de seguidores. Y es que Little Boots es una meritoria instrumentista, con una buena formación musical y una voz agradable (en ocasiones demasiado doblada). Pero si lo fía a todo a la pista de baile más fría y alternativa, y da la espalda a las armonías pop, esas cualidades son difíciles de exhibir. A pesar de que prácticamente cada uno de los temas cuente con un productor diferente, algo muy difícil de percibir en una propuesta de espectro tan limitado.
Y eso que el resultado final podía haber sido mucho peor de lo que al final ofrece este "Working girl". Me explico: el álbum fue precedido a finales de 2014 por el EP "Business pleasure", que ya anticipaba esa reafirmación estilística pero con escasa creatividad. Algo aplicable no sólo al sencillo que se extrajo de él (la experimental y superflua "Taste it"), sino también a los otros dos cortes que han acabado en el álbum (el house simplón de "Heroine" y la gélida y obsesiva "Business pleasure", que daba título al mismo), siendo curiosamente "Pretty tough" (el único con algo más de musicalidad), el tema que se ha quedado fuera. Es decir, una reafirmación de estilo a coste de vulgaridad y falta de sustancia. Afortunadamente entre el resto de temas hay dos o tres que dan el pego y sobre todo un par de buenas canciones, que nos demuestran que a Little Boots no se le ha olvidado componer.
Quitando las simpáticas "Intro" e "Interlude", piezas no musicales que simulan la interacción del oyente con el contestador del sello discográfico, el álbum consta de doce composiciones originales, una más en la edición Deluxe. Se abre con "Working girl", el tema que da título al disco y cuya versión acústica también cierra la edición Deluxe. Un tema presidido por un infeccioso loop sintetizado, y construido sobre una progresión armónica elaborada pero sin gancho, del que lo más salvable es un estribillo de aprobado raspado. "No pressure", tercer sencillo, se mueve en los mismos parámetros, aunque en este caso el colchón instrumental es un poquito menos espartano y el estribillo algo más eficaz en su incitación al baile. "Get things done", cuarto sencillo, es uno de los temas que dan el pego con su bajo slap delineando una progresión armónica ahora sí más cercana en las estrofas y en el estribillo. Aunque el estribillo tiene la frase que da título al tema encajada con calzador, lo que le resta algún que otro punto.
Tras ya la citada "Taste it" nos encontramos la con diferencia mejor composición del álbum: "Real girl" baja los bpm y nos ofrece un tema de pop del año 2015. Porque el pop con mayúsculas es el que mejor sigue dominando Little Boots, logrando que un loop de sintetizador infeccioso y que recuerda a los usados por Madonna en buena parte de "Rebel Heart" desemboque con naturalidad en un estribillo de pop cautivador llevado a su máxima expresión en la tercera repetición, cuando se elimina por unos segundos la programación de la batería. La ya citada "Heroine" baja muchos enteros, y el siguiente corte, "The game", imita sin disimulo los arreglos que hicieron Soul II Soul hace un cuarto de siglo en su mítica "Back to life", pero con una composición más floja que aquella. Menos mal que tras ella se encuentra "Help too", el segundo momento inspirado del álbum, y no porque sea uno de los más lentos, pero sí porque el contraste en las estrofas entre la programación de la percusión y los sintetizadores que van y vienen la hacen reconocible, y una vez que nos topamos con su preciosa entrada al estribillo ya nos predisponemos para disfrutar de sus meritorias armonías.
Nuevamente hay que superar el bajón que supone la ya citada "Business pleasure" para encontrarse con la atmosférica "Paradise", cuyo indie-house puede ser disfrutable en determinados momentos y circunstancias, sobre todo si nos dejamos llevar por su piano sintetizado en el correcto estribillo. "Better in the morning", el segundo sencillo, juega a la pretendida inocencia pop de por ejemplo Ariana Grande, pero modas al margen es un tema de una candidez impostada y una melodía excesivamente simple. Y "Desire", el tema adicional de la edición deluxe, podría ser el tercero que mantenga el tipo en determinadas pistas de baile, puesto que al esperable sonido espartano se le añade un curioso juego entre una programación que rehúye del ritmo binario y unos teclados que rehúsan completar los compases hasta llegar a un estribillo en el que, ver para creer, nos encontramos la única guitarra del álbum.
Con lo que al completar la escucha la sensación predominante es la de un álbum relativamente flojo, y quien sabe si la segunda y última oportunidad perdida de Victoria para consolidar su carrera. Una pena, porque como demuestra en momentos puntuales, sabe hacerlo mucho mejor, pero se la nota más preocupada por labrarse una personalidad propia en el panorama musical que por llenar sus discos de buenas canciones. Lo que en mi opinión no es a la larga una buena estrategia.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
domingo, 4 de octubre de 2015
domingo, 20 de septiembre de 2015
¿Es válida la música creada por DJs?
En la siguiente entrada voy a intentar dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿es válida la música creada por DJs? Una pregunta que, a pesar de los años transcurridos desde que los DJs abandonaron su mera faceta de seleccionadores de temas para adentrarse en la mera composición (hará cosa de tres decenios), sigue estando en el aire. No tanto en el terreno comercial, en el que DJs como los reflejados en la foto (Avicii, David Guetta, Tiesto, Calvin Harris, etc.) copan desde hace más de una década las listas de ventas (especialmente las de sencillos), sino en el terreno de la crítica especializada, buena parte de la cual aún les niega incluso el derecho a reflexionar sobre sus creaciones.
A ello contribuye de manera decisiva la capacidad de los DJs para interpretar en directo sus composiciones. Para la mayor parte de la crítica directo equivale a autenticidad. Esto es indudable para por ejemplo el jazz, pero en la música pop contemporánea ya no está tan claro. Porque incluso la mayor parte de las bandas de rock (que podrían ser las que más respetan actualmente el concepto del directo), no dudan en mejorar su sonido recurriendo a pistas pregrabadas, tales como coros adicionales, percusiones programadas, secciones orquestales demasiado caras para trasladarlas en una gira... Esta técnica de las pistas adicionales es llevada por los artistas de tendencias más electrónicas a un segundo estadio, en el que apenas hay uno o dos músicos tocando en directo delante del público (aunque la parte vocal sí suele ser respetada por el cantante de turno). En este sentido los DJs compositores van un paso más allá, y en su inmensa mayoría se limitan a reproducir sus composiciones en formato digital, sin más creatividad que una subida o bajada espóradica de alguna franja de frecuencias en su mesa de mezclas (por ejemplo para resaltar los bajos), o a lo sumo un enlace original con su siguiente tema. Demasiado poco para la crítica. Y menos aún si esa ausencia interpretativa queda sustituida por continuos saltos y frases que inciten al público o la pose de "fijaos qué trascendental y complejo es lo que estoy haciendo delante de todos vosotros", aunque sea una mera pantomima.
Ahora bien, otra parte de los analistas musicales (en la que humildemente me incluyo), asumen que, siendo relevante la interpretación en directo a la hora de lograr una mejor conexión con sus seguidores y favorecerle su reputación a cualquier artista, lo esencial de todo solista o banda es las canciones que componga (o le compongan). A modo de ejemplo basta decir que The Beatles, posiblemente la banda más unánimemente reconocida por su calidad en el panorama de la música contemporánea, prácticamente renunciaron a la interpretación en directo para la creación de lo más granado de su discografía. Porque aunque es meritorio y digno de elogio dominar un instrumento y exhibir ese talanto en lo alto de un escenario, para mí lo es más enfrentarse al pentagrama vacío o al silencio del estudio de grabación y seleccionar unas notas que provoquen posteriormente la emoción en millones de personas.
Y ahí es donde creo que esa parte mayoritaria de la crítica se equivoca. Porque dando por sentido que muchos de los DJs de éxito no serían capaces de tocar decentemente ningún instrumento, sí que saben lo que supone crear una canción a partir de la nada. Cierto es que con elementos que facilitan mucho su trabajo y que les abstraen de unos conocimientos musicales profundos (con el Pro-tools y los diversos auto-tunes a la cabeza de una lista muy larga), pero que por sí solos no son capaces de generar los temas con los que ellos amasan sus fortunas. Y que además también requieren unas habilidades no tanto musicales en el sentido tradicional, pero sí de programación, acústica y electrónica en general que aunque no me atreva a calificar como virtuosismo tampoco deben ser despreciados.
Aparte de por su incapacidad para interpretar en directo y por sus endebles conocimientos musicales, la tercera razón por la que mayoritariamente la música de los DJs de éxito es despreciada es por la vertiente lúdica de sus temas. Que es incuestionable: ritmos rápidos y simples (muchas veces copiados de otros DJs o repetidos n veces a lo largo de su discografía), progresiones armónicas sencillas o incluso inexistentes, reducido número de partes que se repiten durante muchos minutos, letras vanales o incluso hilarantes, sonidos histriónicos... Pero que no quita para que sea eficaz en su ámbito: la pista de baile (o por extensión el salón de casa). No debemos desdeñar que históricamente una de las funciones básicas de la música ha sido acompañar en los momentos de alegría al ser humano, favoreciéndole su desinhibición y eventual comunión con su prójimo, y no hay nada de malo en ello. Tan respetable es, por ejemplo, un complejo y cadencioso tema de quince minutos de Pink Floyd paladeado en silencio con nuestros auriculares favoritos, como un trallazo de David Guetta a las cuatro de la madrugada en compañía de los amigos. Todo es música.
Así que aunque por su simplicidad creativa y su reiteración estilística la música creada por DJs seguirá sin tener mención especial en este humilde blog, sí que nos posicionaremos siempre en una posición de respeto hacia sus creadores. Al fin y al cabo, como decía la islandesa Björk, cuando voy a una discoteca no me interesa el mensaje de la música que el DJ esté pinchando, pues seré yo quien ponga las palabras "flirteando" con la clientela o "desfasando" con los amigos. Lo que interesa es que anime a seguir con la fiesta. Y de eso saben mucho los DJs.
A ello contribuye de manera decisiva la capacidad de los DJs para interpretar en directo sus composiciones. Para la mayor parte de la crítica directo equivale a autenticidad. Esto es indudable para por ejemplo el jazz, pero en la música pop contemporánea ya no está tan claro. Porque incluso la mayor parte de las bandas de rock (que podrían ser las que más respetan actualmente el concepto del directo), no dudan en mejorar su sonido recurriendo a pistas pregrabadas, tales como coros adicionales, percusiones programadas, secciones orquestales demasiado caras para trasladarlas en una gira... Esta técnica de las pistas adicionales es llevada por los artistas de tendencias más electrónicas a un segundo estadio, en el que apenas hay uno o dos músicos tocando en directo delante del público (aunque la parte vocal sí suele ser respetada por el cantante de turno). En este sentido los DJs compositores van un paso más allá, y en su inmensa mayoría se limitan a reproducir sus composiciones en formato digital, sin más creatividad que una subida o bajada espóradica de alguna franja de frecuencias en su mesa de mezclas (por ejemplo para resaltar los bajos), o a lo sumo un enlace original con su siguiente tema. Demasiado poco para la crítica. Y menos aún si esa ausencia interpretativa queda sustituida por continuos saltos y frases que inciten al público o la pose de "fijaos qué trascendental y complejo es lo que estoy haciendo delante de todos vosotros", aunque sea una mera pantomima.
Ahora bien, otra parte de los analistas musicales (en la que humildemente me incluyo), asumen que, siendo relevante la interpretación en directo a la hora de lograr una mejor conexión con sus seguidores y favorecerle su reputación a cualquier artista, lo esencial de todo solista o banda es las canciones que componga (o le compongan). A modo de ejemplo basta decir que The Beatles, posiblemente la banda más unánimemente reconocida por su calidad en el panorama de la música contemporánea, prácticamente renunciaron a la interpretación en directo para la creación de lo más granado de su discografía. Porque aunque es meritorio y digno de elogio dominar un instrumento y exhibir ese talanto en lo alto de un escenario, para mí lo es más enfrentarse al pentagrama vacío o al silencio del estudio de grabación y seleccionar unas notas que provoquen posteriormente la emoción en millones de personas.
Y ahí es donde creo que esa parte mayoritaria de la crítica se equivoca. Porque dando por sentido que muchos de los DJs de éxito no serían capaces de tocar decentemente ningún instrumento, sí que saben lo que supone crear una canción a partir de la nada. Cierto es que con elementos que facilitan mucho su trabajo y que les abstraen de unos conocimientos musicales profundos (con el Pro-tools y los diversos auto-tunes a la cabeza de una lista muy larga), pero que por sí solos no son capaces de generar los temas con los que ellos amasan sus fortunas. Y que además también requieren unas habilidades no tanto musicales en el sentido tradicional, pero sí de programación, acústica y electrónica en general que aunque no me atreva a calificar como virtuosismo tampoco deben ser despreciados.
Aparte de por su incapacidad para interpretar en directo y por sus endebles conocimientos musicales, la tercera razón por la que mayoritariamente la música de los DJs de éxito es despreciada es por la vertiente lúdica de sus temas. Que es incuestionable: ritmos rápidos y simples (muchas veces copiados de otros DJs o repetidos n veces a lo largo de su discografía), progresiones armónicas sencillas o incluso inexistentes, reducido número de partes que se repiten durante muchos minutos, letras vanales o incluso hilarantes, sonidos histriónicos... Pero que no quita para que sea eficaz en su ámbito: la pista de baile (o por extensión el salón de casa). No debemos desdeñar que históricamente una de las funciones básicas de la música ha sido acompañar en los momentos de alegría al ser humano, favoreciéndole su desinhibición y eventual comunión con su prójimo, y no hay nada de malo en ello. Tan respetable es, por ejemplo, un complejo y cadencioso tema de quince minutos de Pink Floyd paladeado en silencio con nuestros auriculares favoritos, como un trallazo de David Guetta a las cuatro de la madrugada en compañía de los amigos. Todo es música.
Así que aunque por su simplicidad creativa y su reiteración estilística la música creada por DJs seguirá sin tener mención especial en este humilde blog, sí que nos posicionaremos siempre en una posición de respeto hacia sus creadores. Al fin y al cabo, como decía la islandesa Björk, cuando voy a una discoteca no me interesa el mensaje de la música que el DJ esté pinchando, pues seré yo quien ponga las palabras "flirteando" con la clientela o "desfasando" con los amigos. Lo que interesa es que anime a seguir con la fiesta. Y de eso saben mucho los DJs.
miércoles, 2 de septiembre de 2015
MS MR: "How does it feel" (2015)
El dúo neoyorkino formado por la personalísima Lizzy Plapinger (vocalista) y el teclista y producor Max Hershenow ha publicado hace pocas semanas "How does it feel", el segundo disco de su carrera. Un disco que llega dos años después del recomendable "Secondhand rapture", con el que ganaron el favor mayoritario de la crítica y que por caer demasiado tarde en mis manos no reseñé en este blog. Un periodo no demasiado largo si lo comparamos con el que otros artistas emplean en concluir el temido segundo álbum. Lo que parece una decisión consciente (y acertada) para seguir abriéndose camino en el complejo panorama del pop alternativo contemporáneo antes de que pase su momento.
Este segundo disco les muestra más versátiles y capaces de llegar a un público más amplio que el limitado a los sonidos electrónicos. Pero desde mi punto de vista adolece de una producción demasiado mate, que les resta energía. No es que sea partidario de los temas de volumen maximizado artificialmente que predominan actualmente en la lista de ventas, pues a mi modo de ver ese uso abusivo del volumen resta sensibilidad a las composiciones. Pero "How does it feel" se va al otro extremo: a pesar de estar grabado en un estudio de prestigio (el Electric Ladyland que creó Jimi Hendrix en 1968), la mayoría de las canciones adolecen de un sonido poco pulido, dificultando incluso la distinción de los instrumentos que las interpretan. Algo particularmente fácil de observar cuando escuchamos esos mismos temas en directo, con un sonido más penetrante y cautivador (especialmente ciertos sintetizadores). Otro detalle que le resta puntos es que absolutamente todas las composiciones tienen constreñida la parte instrumental. Es comprensible que los temas los sostenga la enérgica voz de Plapinger y sus letras tan personales, pero muchos de ellos darían más de sí si se reservaran unos cuantos compases para el lucimiento de los instrumentos que la arropan. Porque tal cual está planteado ahora el resultado parece más propio de una estrella de pop adolescente que debe cantar de principio a fin.
Centrándonos en las composiciones, el disco baja en mi opinión un peldaño respecto a su predecesor pero mantiene razonablemente el tipo. Se abre con la obsesiva "Painted", primer sencillo con unos logrados cambios de ritmo y eficaz en unas intensas estrofas sostenidas por el bajo eléctrico, pero al que no le sienta del todo bien el piano electrónico directamente inspirado en el euro-dance de los 90. Prosigue con "Criminals", también el segundo sencillo, un tema más atmosférico en las estrofas, con un estribillo más envolvente y un puente que recuerda a las Haim, pero al que posiblemente le falte algo de gancho para convertirse en una composición bandera de la banda. "No guilt in pleasure", tercer tema, es uno de los que mejor evidencia esa producción mate a la que aludía antes, con el teclado de Hershenow relegado a un segundo plano que le resta intensidad a su fenomenal estribillo. Aun así, la sugestiva letra, la excelente interpretación de Plapinger, la ingeniosa percusión y un muy elaborado puente la convierten en uno de los mejores momentos del álbum.
La cadenciosa "Wrong victory" cumple el expediente, especialmente en un estribillo con un original cambio de tonalidad al final, pero no entusiasma. "Tripolar", el quinto corte, es el tema que apuesta por un sonido menos electrónico (bajo, batería, guitarra y piano son reales), lo que le confiere personalidad, pero es el segundo tema seguido de ritmo más bien lento, lo que puede hacer asomar la sombra del aburrimiento. Afortunadamente "How does it feel", la canción que da título al disco, viene al rescate, con su ritmo más vivo, sus violines electrónicos sincopados y sus estrofas cargadas de tensión. Aunque siendo MS MR un grupo de estribillos, éste resulta sensual pero demasiado estridente a la hora de machacar una y otra vez la frase del título.
"Tunnels" es el primero de los dos temas que recuerdan poderosamente a los míticos Yazoo de principios de los ochenta: ese tapiz electrónico sencillo que creaba Vince Clarke, esa voz grave a lo Allison Moyet y esa melancolía poderosamente emotiva. Aquí además la batería es muy original en las estrofas, y el doble estribillo termina por redondear el resultado. Si bien mi tema favorito del álbum es "Leave me alone", otro homenaje accidental a Yazoo (recuerda poderosamente a "Anyone"): la mejor progresión armónica del álbum, una austeridad instrumental por momentos temerosa de romper el silencio, una letra impactante, y un estribillo sobrecogedor. El siguiente tema, "Reckless" retoma las referencias del euro-dance en los teclados, aunque huye del ritmo binario simplón y juega su baza en un estribillo que incita al baile.
"Cruel", antepenúltimo corte, nos propone un pop reposado de aromas ligeramente brasileños en las estrofas a lo Swing Out Sister, si bien su punto fuerte es su meritorio estribillo. "Pieces", sin llegar a ser un temazo, sube el nivel con una intimista y desgarradora estrofa realzada por una sección de cuerda y un ritmo original, que remata otro acertado estribillo. Y "All the things lost" juega a ser el clásico baladón sostenido por voz y piano con el que cerrar el álbum. Se trata de una bonita composición sobre una interesante y bien arreglada progresión armónica, pero para mi gusto le falta un estribillo con texto (no sólo sonidos) y valentía para hacerlo crecer como hicieron los británicos London Grammar con el relativamente similar "Nightcall", y no limitarse a acabarlo tras apenas tres minutos.
Sus cualidades como músicos y compositores, su excelente presencia y capacidad para llenar el escenario, su creatividad en cada composición (todas ellas con puentes claramente diferenciados de las estrofas y los estribillos, y muy elaborados)... son muchas las virtudes que poseen. Les falta centrar un poco más su estilo (que puede oscilar en demasía para el gran público), potenciar los temas más rápidos frente a los temas más lentos (a veces demasiado convencionales), dar más espacio a la instrumentación, y encontrar un productor que saque brillo a su sonido. Aun así no hay ningún tema realmente flojo, la mayoría cuenta con estribillos eficaces y hay al menos tres cortes de mucho nivel. Razones suficientes para incorporar el álbum a nuestra discoteca particular y para confiar en que puedan seguir creciendo.
Este segundo disco les muestra más versátiles y capaces de llegar a un público más amplio que el limitado a los sonidos electrónicos. Pero desde mi punto de vista adolece de una producción demasiado mate, que les resta energía. No es que sea partidario de los temas de volumen maximizado artificialmente que predominan actualmente en la lista de ventas, pues a mi modo de ver ese uso abusivo del volumen resta sensibilidad a las composiciones. Pero "How does it feel" se va al otro extremo: a pesar de estar grabado en un estudio de prestigio (el Electric Ladyland que creó Jimi Hendrix en 1968), la mayoría de las canciones adolecen de un sonido poco pulido, dificultando incluso la distinción de los instrumentos que las interpretan. Algo particularmente fácil de observar cuando escuchamos esos mismos temas en directo, con un sonido más penetrante y cautivador (especialmente ciertos sintetizadores). Otro detalle que le resta puntos es que absolutamente todas las composiciones tienen constreñida la parte instrumental. Es comprensible que los temas los sostenga la enérgica voz de Plapinger y sus letras tan personales, pero muchos de ellos darían más de sí si se reservaran unos cuantos compases para el lucimiento de los instrumentos que la arropan. Porque tal cual está planteado ahora el resultado parece más propio de una estrella de pop adolescente que debe cantar de principio a fin.
Centrándonos en las composiciones, el disco baja en mi opinión un peldaño respecto a su predecesor pero mantiene razonablemente el tipo. Se abre con la obsesiva "Painted", primer sencillo con unos logrados cambios de ritmo y eficaz en unas intensas estrofas sostenidas por el bajo eléctrico, pero al que no le sienta del todo bien el piano electrónico directamente inspirado en el euro-dance de los 90. Prosigue con "Criminals", también el segundo sencillo, un tema más atmosférico en las estrofas, con un estribillo más envolvente y un puente que recuerda a las Haim, pero al que posiblemente le falte algo de gancho para convertirse en una composición bandera de la banda. "No guilt in pleasure", tercer tema, es uno de los que mejor evidencia esa producción mate a la que aludía antes, con el teclado de Hershenow relegado a un segundo plano que le resta intensidad a su fenomenal estribillo. Aun así, la sugestiva letra, la excelente interpretación de Plapinger, la ingeniosa percusión y un muy elaborado puente la convierten en uno de los mejores momentos del álbum.
La cadenciosa "Wrong victory" cumple el expediente, especialmente en un estribillo con un original cambio de tonalidad al final, pero no entusiasma. "Tripolar", el quinto corte, es el tema que apuesta por un sonido menos electrónico (bajo, batería, guitarra y piano son reales), lo que le confiere personalidad, pero es el segundo tema seguido de ritmo más bien lento, lo que puede hacer asomar la sombra del aburrimiento. Afortunadamente "How does it feel", la canción que da título al disco, viene al rescate, con su ritmo más vivo, sus violines electrónicos sincopados y sus estrofas cargadas de tensión. Aunque siendo MS MR un grupo de estribillos, éste resulta sensual pero demasiado estridente a la hora de machacar una y otra vez la frase del título.
"Tunnels" es el primero de los dos temas que recuerdan poderosamente a los míticos Yazoo de principios de los ochenta: ese tapiz electrónico sencillo que creaba Vince Clarke, esa voz grave a lo Allison Moyet y esa melancolía poderosamente emotiva. Aquí además la batería es muy original en las estrofas, y el doble estribillo termina por redondear el resultado. Si bien mi tema favorito del álbum es "Leave me alone", otro homenaje accidental a Yazoo (recuerda poderosamente a "Anyone"): la mejor progresión armónica del álbum, una austeridad instrumental por momentos temerosa de romper el silencio, una letra impactante, y un estribillo sobrecogedor. El siguiente tema, "Reckless" retoma las referencias del euro-dance en los teclados, aunque huye del ritmo binario simplón y juega su baza en un estribillo que incita al baile.
"Cruel", antepenúltimo corte, nos propone un pop reposado de aromas ligeramente brasileños en las estrofas a lo Swing Out Sister, si bien su punto fuerte es su meritorio estribillo. "Pieces", sin llegar a ser un temazo, sube el nivel con una intimista y desgarradora estrofa realzada por una sección de cuerda y un ritmo original, que remata otro acertado estribillo. Y "All the things lost" juega a ser el clásico baladón sostenido por voz y piano con el que cerrar el álbum. Se trata de una bonita composición sobre una interesante y bien arreglada progresión armónica, pero para mi gusto le falta un estribillo con texto (no sólo sonidos) y valentía para hacerlo crecer como hicieron los británicos London Grammar con el relativamente similar "Nightcall", y no limitarse a acabarlo tras apenas tres minutos.
Sus cualidades como músicos y compositores, su excelente presencia y capacidad para llenar el escenario, su creatividad en cada composición (todas ellas con puentes claramente diferenciados de las estrofas y los estribillos, y muy elaborados)... son muchas las virtudes que poseen. Les falta centrar un poco más su estilo (que puede oscilar en demasía para el gran público), potenciar los temas más rápidos frente a los temas más lentos (a veces demasiado convencionales), dar más espacio a la instrumentación, y encontrar un productor que saque brillo a su sonido. Aun así no hay ningún tema realmente flojo, la mayoría cuenta con estribillos eficaces y hay al menos tres cortes de mucho nivel. Razones suficientes para incorporar el álbum a nuestra discoteca particular y para confiar en que puedan seguir creciendo.
miércoles, 5 de agosto de 2015
Of Monsters and Men: "Beneath the skin" (2015)
Los islandeses Of Monsters And Men llamaron con fuerza la atención en el 2011 cuando su sencillo "Little talks" traspasó las fronteras de su pequeño país con su pop de influencias folk fuertemente personal y les abrió las puertas del todopoderoso mercado norteamericano. Casi un año más tarde vio la luz la versión internacional de su álbum de debut, "My head is an animal", enriquecida respecto a la original de su país con su otro sencillo emblemático, "Mountain sound". Que les aseguró un lugar preeminente en las listas de ventas de los mercados anglosajones, a la vez que una acogida favorable de la crítica especializada. Desde entonces hasta ahora han transcurrido más de tres años de silencio casi completo (solamente ha visto la luz el recomendable "Silhouettes" de la banda sonora de "The Hunger Games: Catching Fire", que reseñé en este mismo blog). Por lo que han corrido un alto riesgo de dejar pasar su momento hasta que por fin el mes pasado ha visto la luz este "Beneath the skin".
En mi opinión el principal fallo de "My head is animal" y la razón por la que no lo reseñé en este humilde blog era que sus dos sencillos de cabecera estaban relativamente alejados de los parámetros del grueso del álbum: frente al vigor, la rapidez y la contundencia de los mismos, el resto del álbum apostaba por una vena más intimista y un sonido más convencional, dejando la eficacia de las canciones en manos exclusivamente de la composición. Y aunque había buenos temas en esta vertiente (el tercer sencillo, "The king and the lionheart", posiblemente la mejor de todas ellas), el resultado era de media un tanto monótono y tendente a generar algún bostezo cuando flojeaba la inspiración.
Con todo esto en mente, afronté su retorno en formato sencillo hace unos meses con bastante excepticismo. Que se confirmó tras unas cuantas escuchas de "Crystal", el tema que abre el disco: el mismo sonido convencional de "My head is an animal", y una composición de una melancolía ortodoxa un tanto fallida. Con lo cual estuve a punto de no darle una oportunidad a "Beneath the skin" hace unas semanas. Menos mal que al final cambié de opinión.
Y no, no es que hayan retomado la senda de "Little talks", ni que hayan evolucionado su sonido, ni siquiera que hayan dejado atrás parte de su convencionalismo melancólico. En absoluto: estos dos años de trabajo sólo les han servido para reafirmarles en esos parámetros, de manera que cualquiera de los once temas que lo componen (trece en la edición deluxe) podría haber figurado en su álbum de debut. ¿Entonces? Pues desconozco cuántos temas habrán descartado antes de llegar al tracklist definitivo. Pero el caso es que la mayoría de ellos están a un nivel muy muy alto. Y ello esencialmente gracias a la valía de su composición. Pero es que, querido amigo, la inspiración a la hora de elegir las notas de la escala pentatónica sigue siendo la clave que distingue la buena música contemporánea.
Ya digo que "Crystal" es un tema demasiado anodino y una desacertada forma de arrancar el álbum. Pero la montaña rusa que comienza tras él asciende y asciende y parece que nunca va a bajar. La pendiente arranca con "Human", primer tema a dos voces (la habitual de Nanna Bryndís le cede el protagonismo a la de Ragnar Þórhallsson, el otro compositor principal de la banda): un medio tiempo intimista pero con cierta garra, con una bonita letra que contiene la frase que da título al álbum y el primero de los grandes estribillos de la banda apuntalan el tema. Prosigue con "Hunger", el cuarto sencillo, un tema más lento en su comienzo, que ya ha anticipado su gran carga sentimental merced a su inspirada melodía en las estrofas cuando entran el resto de los instrumentos. Aunque lo mejor es otro excelente estribillo, rematado tras casi cuatro minutos por una cautivadora parte instrumental que desemboca en una coda memorable ("I'm drowning, I'm drowning"). Sigue subiendo con "Wolves without teeth", cantada a dúo por Nanna y Ragnar, con toques folk y una percusión particularmente trabajada. Aunque su clave es su preciosa melodía, de la primera nota a la última, incluyendo uno de los mejores estribillos del álbum, que luce en todo su esplendor cuando lo repiten casi sin instrumentos cerca del final.
"Empire", quinto corte y tercer sencillo, es la cima de esa subida imparable y tal vez mi tema predilecto, con un comienzo vocal a cargo de Ragnar que da paso a ese precioso arpegio de guitarra con las notas del estribillo, ese formidable doble estribillo que pone los pelos de punto ("an empire for you, an empire for two"), y que desemboca en unos coreables "oohs". "Slow life", el tema más largo del álbum y sexto corte, les mantiene en lo más alto, con otras bonitas estrofas, otro melancólico estribillo y una preciosa coda de dos minutos sin cambiar de acordes pero que les permite exhibir toda su energía como banda, en la línea de los mejores Arcade Fire. Y "Organs", el séptimo corte, es una balada magistralmente cantada por Nanna con una preciosa letra de principio a fin sobre un fracaso amoroso (aunque con una última frase para la esperanza) y otra melodía de un extraordinario nivel, realzada por un certero cuarteto de cuerda.
"Black water", aun manteniendo el pabellón alto, es el primer descenso tras tantos temas inspirados seguidos: en esta oportunidad Ragnar canta unas estrofas intimistas que desembocan en un estribillo más luminoso interpretado por Nanna, aunque a la canción le falta crecer un poco conforme avance el minutaje. "Thousand eyes" sí que supone un bajón considerable; por así decirlo, es el tema más experimental del álbum: una gélida melodía apoyada por muy pocos instrumentos durante la primera mitad del minutaje, y un crescendo desasosegante durante la segunda. Tras este par de pequeños descensos el disco vuelve a remontar con "I of the storm", segundo sencillo y décimo corte, otra dosis de pura inspiración: las estrofas, los puentes y los estribillos poseen una gran carga emocional, la batería en las estrofas es original y hay incluso pequeños detalles electrónicos que enriquecen el tema en momentos puntuales. Y el último gran momento del álbum es "We sink", el tema que cierra la edición estándar. Que parte de un precioso arpegio de guitarra a lo Death Cab For Cutie, y que mediante otra certera progresión armónica desemboca en otro emocionante estribillo. Aunque lo mejor es el tramo del final que canta magistralmente Nanna ("I know that it's a waste of time...").
La edición deluxe se completa con dos temas adicionales, ninguno de ellos del nivel medio del álbum: "Backyard" es un tema cadencioso, con un toque atmosférico pero sin gancho. Y "Winter sound" es un tema muy en su estilo pero menor, con sus estrofas anodinas y un estribillo de acústica energía que sube el nivel pero no lo suficiente.
Sus detractores podrán argumentar que su producción es demasiado convencional, que se respira un aroma intimista y de fracaso en la gran mayoría de las canciones, que cuesta distinguir los temas entre sí, que tardan mucho tiempo en entregar nuevas creaciones... Yo mismo debo admitir que no es mi estilo predilecto, y que el día en que pierdan la inspiración compositiva estarán muestros. Pero lo que es incuestionable es que ocho temazos en tan sólo once canciones es un logro muy difícil de igualar. Así que candidatos al álbum del año. Quién lo iba a decir...
En mi opinión el principal fallo de "My head is animal" y la razón por la que no lo reseñé en este humilde blog era que sus dos sencillos de cabecera estaban relativamente alejados de los parámetros del grueso del álbum: frente al vigor, la rapidez y la contundencia de los mismos, el resto del álbum apostaba por una vena más intimista y un sonido más convencional, dejando la eficacia de las canciones en manos exclusivamente de la composición. Y aunque había buenos temas en esta vertiente (el tercer sencillo, "The king and the lionheart", posiblemente la mejor de todas ellas), el resultado era de media un tanto monótono y tendente a generar algún bostezo cuando flojeaba la inspiración.
Con todo esto en mente, afronté su retorno en formato sencillo hace unos meses con bastante excepticismo. Que se confirmó tras unas cuantas escuchas de "Crystal", el tema que abre el disco: el mismo sonido convencional de "My head is an animal", y una composición de una melancolía ortodoxa un tanto fallida. Con lo cual estuve a punto de no darle una oportunidad a "Beneath the skin" hace unas semanas. Menos mal que al final cambié de opinión.
Y no, no es que hayan retomado la senda de "Little talks", ni que hayan evolucionado su sonido, ni siquiera que hayan dejado atrás parte de su convencionalismo melancólico. En absoluto: estos dos años de trabajo sólo les han servido para reafirmarles en esos parámetros, de manera que cualquiera de los once temas que lo componen (trece en la edición deluxe) podría haber figurado en su álbum de debut. ¿Entonces? Pues desconozco cuántos temas habrán descartado antes de llegar al tracklist definitivo. Pero el caso es que la mayoría de ellos están a un nivel muy muy alto. Y ello esencialmente gracias a la valía de su composición. Pero es que, querido amigo, la inspiración a la hora de elegir las notas de la escala pentatónica sigue siendo la clave que distingue la buena música contemporánea.
Ya digo que "Crystal" es un tema demasiado anodino y una desacertada forma de arrancar el álbum. Pero la montaña rusa que comienza tras él asciende y asciende y parece que nunca va a bajar. La pendiente arranca con "Human", primer tema a dos voces (la habitual de Nanna Bryndís le cede el protagonismo a la de Ragnar Þórhallsson, el otro compositor principal de la banda): un medio tiempo intimista pero con cierta garra, con una bonita letra que contiene la frase que da título al álbum y el primero de los grandes estribillos de la banda apuntalan el tema. Prosigue con "Hunger", el cuarto sencillo, un tema más lento en su comienzo, que ya ha anticipado su gran carga sentimental merced a su inspirada melodía en las estrofas cuando entran el resto de los instrumentos. Aunque lo mejor es otro excelente estribillo, rematado tras casi cuatro minutos por una cautivadora parte instrumental que desemboca en una coda memorable ("I'm drowning, I'm drowning"). Sigue subiendo con "Wolves without teeth", cantada a dúo por Nanna y Ragnar, con toques folk y una percusión particularmente trabajada. Aunque su clave es su preciosa melodía, de la primera nota a la última, incluyendo uno de los mejores estribillos del álbum, que luce en todo su esplendor cuando lo repiten casi sin instrumentos cerca del final.
"Empire", quinto corte y tercer sencillo, es la cima de esa subida imparable y tal vez mi tema predilecto, con un comienzo vocal a cargo de Ragnar que da paso a ese precioso arpegio de guitarra con las notas del estribillo, ese formidable doble estribillo que pone los pelos de punto ("an empire for you, an empire for two"), y que desemboca en unos coreables "oohs". "Slow life", el tema más largo del álbum y sexto corte, les mantiene en lo más alto, con otras bonitas estrofas, otro melancólico estribillo y una preciosa coda de dos minutos sin cambiar de acordes pero que les permite exhibir toda su energía como banda, en la línea de los mejores Arcade Fire. Y "Organs", el séptimo corte, es una balada magistralmente cantada por Nanna con una preciosa letra de principio a fin sobre un fracaso amoroso (aunque con una última frase para la esperanza) y otra melodía de un extraordinario nivel, realzada por un certero cuarteto de cuerda.
"Black water", aun manteniendo el pabellón alto, es el primer descenso tras tantos temas inspirados seguidos: en esta oportunidad Ragnar canta unas estrofas intimistas que desembocan en un estribillo más luminoso interpretado por Nanna, aunque a la canción le falta crecer un poco conforme avance el minutaje. "Thousand eyes" sí que supone un bajón considerable; por así decirlo, es el tema más experimental del álbum: una gélida melodía apoyada por muy pocos instrumentos durante la primera mitad del minutaje, y un crescendo desasosegante durante la segunda. Tras este par de pequeños descensos el disco vuelve a remontar con "I of the storm", segundo sencillo y décimo corte, otra dosis de pura inspiración: las estrofas, los puentes y los estribillos poseen una gran carga emocional, la batería en las estrofas es original y hay incluso pequeños detalles electrónicos que enriquecen el tema en momentos puntuales. Y el último gran momento del álbum es "We sink", el tema que cierra la edición estándar. Que parte de un precioso arpegio de guitarra a lo Death Cab For Cutie, y que mediante otra certera progresión armónica desemboca en otro emocionante estribillo. Aunque lo mejor es el tramo del final que canta magistralmente Nanna ("I know that it's a waste of time...").
La edición deluxe se completa con dos temas adicionales, ninguno de ellos del nivel medio del álbum: "Backyard" es un tema cadencioso, con un toque atmosférico pero sin gancho. Y "Winter sound" es un tema muy en su estilo pero menor, con sus estrofas anodinas y un estribillo de acústica energía que sube el nivel pero no lo suficiente.
Sus detractores podrán argumentar que su producción es demasiado convencional, que se respira un aroma intimista y de fracaso en la gran mayoría de las canciones, que cuesta distinguir los temas entre sí, que tardan mucho tiempo en entregar nuevas creaciones... Yo mismo debo admitir que no es mi estilo predilecto, y que el día en que pierdan la inspiración compositiva estarán muestros. Pero lo que es incuestionable es que ocho temazos en tan sólo once canciones es un logro muy difícil de igualar. Así que candidatos al álbum del año. Quién lo iba a decir...
martes, 14 de julio de 2015
Florence + The Machine: "How big, how blue, how beautiful" (2015)
Si Florence + The Machine no existieran, habría que inventarlos. La banda capitaneada por la galesa Florence Welch es una de las propuestas más personales y al mismo tiempo talentosas del panorama musical internacional. Por eso tras casi cuatro años de silencio desde su segundo álbum, ese "Ceremonials" de 2011 con momentos formidables y otros simplemente correctos, es de agradecer que hace unas pocas semanas haya retornado con un nuevo disco. "How big, how blue, how beautiful" es el tercer álbum de su carrera, y el primero en el que el omnipresente Paul Epworth ha dejado paso a la producción de Markus Dravs, conocido sobre todo por sus trabajos para Arcade Fire. Un cambio sensible, que le ha restado a su sonido un punto de épica, le ha quitado protagonismo al arpa que tanta personalidad le daba a muchas de sus composiciones y posiblemente ha facilitado un mayor número de composiciones con más ritmo y más rockeras. Aunque el resultado final siga siendo brillante.
Eso sí, los álbumes de Florence + The Machine nunca se caracterizan por ser particularmente accesibles, y esta sensación es si cabe más acusada en "How big, how blue, how beautiful". Probablemente la primera escucha deje la sensación de que el grupo ha perdido la inspiración y con la excusa de un mayor acercamiento al rock se ha dejado llevar; es necesario darle al álbum varias oportunidades para que empiece a desplegar toda su carga emocional. A ello posiblemente contribuyan que los dos sencillos publicados hasta ahora, y también los dos primeros cortes del álbum, sean temas poco comerciales, aunque un buen reflejo del contenido del álbum: "Ship to wreck", segundo sencillo y tema que abre el disco, es un tema directo, rápido, con un punto a Chrissie Hynde, que permite a Florence exhibir toda la energía de sus cuerdas vocales, pero sin un estribillo tarareable y con una sensación de convencionalismo que lo aleja de la arrolladora personalidad de la banda y le resta puntos. Y "What kind of man", el tema que anticipó el álbum y segundo corte, sí que es una composición absolutamente personal, con ese primer minuto recomendable e intimista sostenido sólo por el teclado atmosférico de Isabella Summers y la voz de Welch, que sin previo aviso da paso a un poderoso tema de rock creado a partir de unos acordes interpretados por una guitarra distorsionada y a unos coros épicos. Pero una sección de viento un tanto cuestionable y una estructura demasiado poco convencional, con varios cambios de ritmo, la han alejado de convertirse en un éxito masivo.
El tercer corte es también el tema que da título al álbum: "How big, how blue, how beautiful". Éste sí es un tema 100% marca de la casa, con esa letra evocadora, ese comienzo parsimonioso y envolvente, esa producción abigarrada, esa bonita y variada melodía, ese cinematográfico minuto y medio instrumental con el que se cierra; no es de extrañar que dé título al álbum. Aunque para mí es todavía un punto superior "Queen of peace", otro tema absolutamente personal, que arranca con otro comienzo muy elaborado que da lugar a las mejores estrofas del álbum, plenas de esa sensibilidad tan difícil de conseguir, y que desembocan en un estribillo rebosante de energía. Aunque quizá la producción falle un tanto a la hora de hacer crecer el tema conforme avanza el minutaje. El quinto corte, "Various Storms & Saints" es otro excelente tema, oscuro y lento, con la voz de Florence menos arropada instrumentalmente (un arpegio de guitarra cumple esa función) pero cautivador con su derroche de tramos de melodías diferentes en distintas escalas.
La segunda joya del álbum es en mi opinión "Delilah", que desde su parsimonioso pero enérgico comienzo a tres voces atrapa con su fantástica progresión armónica, que acaba estallando en un ritmo trepidante y un estribillo, ahora sí, plenamente tarareable. Otro formidable tema es "Long and lost", alejado de los parámetros rápidos y rockeros por los que transita la mayor parte del álbum. Con un contrapunto entre una guitarra intermitente y la voz en este caso intimista y sensible de Florence, capaz de recorrer escalas con una naturalidad desconcertante. El octavo tema, "Caught", baja un poco el listón, por su mayor convencionalismo (me recuerda a las producciones de Jeff Lyne en los ochenta) y un estribillo menos inspirado que sus acertadas estrofas. "Third eye" es otro buen tema, del nivel de "Ship to wreck", con un comienzo que anticipa un nuevo himno, y una interesante guitarra acústica, pero al que le falla un poco el estribillo y el puente para situar al nivel de los mejores corte.
El penúltimo corte de la edición estándar, "St. Jude", es a mi modo de ver el tema más flojo del álbum, parsimonioso y sin magia. Afortunadamente el listón sube con el último corte, la larga "Mother", única contribución de Paul Epworth en la producción. Que nuevamente saca la vertiente rockera de Florence Welch, envolviéndola en trémolos y reminiscencias psicodélicas en los arreglos, en la letra y en el atmósferico tramo final. Y, como cabría esperar en un disco con tantas canciones inspiradas, los temas extra de la edición deluxe son también más que recomendables. "Hiding", quizá el tema más genuinamente pop del álbum, está construida sobre un precioso arpegio de piano, y es además uno de los cortes mejor producidos, enriqueciendo la canción con distintos guiños en la instrumentación y enlazando con maestría las diferentes partes. Al mismo nivel de las joyas del álbum se encuentra "Make up your mind", con su poderosa percusión desde el comienzo y su oscura y cautivadora progresión armónica, que desemboca sabiamente en un precioso y complejo estribillo, y al que pone la guinda un inesperado crescendo cerca del final. Y "Which witch", aparte de su elocuente título, apabulla con su atmósfera esotérica, casi de ceremonia colectiva de redención, con una instrumentación de un barroquismo sorprendente. Y eso que supuestamente es la versión demo del tema...
Una vez el melómano le ha cogido al punto a las canciones, "How big, how blue, how beatiful" se convierte en uno de esos álbumes que saltan casi sin querer de la estantería a nuestro reproductor favorito, y que crece, crece y sigue creciendo en nuestros oídos. Es cierto que no cuenta con sencillos comerciales, y que además la elección de los temas que lo han presentado en ese formato es cuestionable. Pero Florence + The Machine gozan de un merecido status de prestigio que les permite estos pequeños deslices si a cambio entregan un álbum de un excelente nivel medio. Como lo prueba que a pesar de su falta de comercialidad este disco acabe de llegar a lo más alto en las listas de ventas de E.E.U.U. y el Reino Unido. Y que para mí sea posiblemente el mejor en lo que llevamos de 2015, y con seguridad el mejor de su carrera. Así que la espera ha merecido la pena; ahora sólo cabe desear que les aguante la inspiración y las ganas de seguir marcando época.
Eso sí, los álbumes de Florence + The Machine nunca se caracterizan por ser particularmente accesibles, y esta sensación es si cabe más acusada en "How big, how blue, how beautiful". Probablemente la primera escucha deje la sensación de que el grupo ha perdido la inspiración y con la excusa de un mayor acercamiento al rock se ha dejado llevar; es necesario darle al álbum varias oportunidades para que empiece a desplegar toda su carga emocional. A ello posiblemente contribuyan que los dos sencillos publicados hasta ahora, y también los dos primeros cortes del álbum, sean temas poco comerciales, aunque un buen reflejo del contenido del álbum: "Ship to wreck", segundo sencillo y tema que abre el disco, es un tema directo, rápido, con un punto a Chrissie Hynde, que permite a Florence exhibir toda la energía de sus cuerdas vocales, pero sin un estribillo tarareable y con una sensación de convencionalismo que lo aleja de la arrolladora personalidad de la banda y le resta puntos. Y "What kind of man", el tema que anticipó el álbum y segundo corte, sí que es una composición absolutamente personal, con ese primer minuto recomendable e intimista sostenido sólo por el teclado atmosférico de Isabella Summers y la voz de Welch, que sin previo aviso da paso a un poderoso tema de rock creado a partir de unos acordes interpretados por una guitarra distorsionada y a unos coros épicos. Pero una sección de viento un tanto cuestionable y una estructura demasiado poco convencional, con varios cambios de ritmo, la han alejado de convertirse en un éxito masivo.
El tercer corte es también el tema que da título al álbum: "How big, how blue, how beautiful". Éste sí es un tema 100% marca de la casa, con esa letra evocadora, ese comienzo parsimonioso y envolvente, esa producción abigarrada, esa bonita y variada melodía, ese cinematográfico minuto y medio instrumental con el que se cierra; no es de extrañar que dé título al álbum. Aunque para mí es todavía un punto superior "Queen of peace", otro tema absolutamente personal, que arranca con otro comienzo muy elaborado que da lugar a las mejores estrofas del álbum, plenas de esa sensibilidad tan difícil de conseguir, y que desembocan en un estribillo rebosante de energía. Aunque quizá la producción falle un tanto a la hora de hacer crecer el tema conforme avanza el minutaje. El quinto corte, "Various Storms & Saints" es otro excelente tema, oscuro y lento, con la voz de Florence menos arropada instrumentalmente (un arpegio de guitarra cumple esa función) pero cautivador con su derroche de tramos de melodías diferentes en distintas escalas.
La segunda joya del álbum es en mi opinión "Delilah", que desde su parsimonioso pero enérgico comienzo a tres voces atrapa con su fantástica progresión armónica, que acaba estallando en un ritmo trepidante y un estribillo, ahora sí, plenamente tarareable. Otro formidable tema es "Long and lost", alejado de los parámetros rápidos y rockeros por los que transita la mayor parte del álbum. Con un contrapunto entre una guitarra intermitente y la voz en este caso intimista y sensible de Florence, capaz de recorrer escalas con una naturalidad desconcertante. El octavo tema, "Caught", baja un poco el listón, por su mayor convencionalismo (me recuerda a las producciones de Jeff Lyne en los ochenta) y un estribillo menos inspirado que sus acertadas estrofas. "Third eye" es otro buen tema, del nivel de "Ship to wreck", con un comienzo que anticipa un nuevo himno, y una interesante guitarra acústica, pero al que le falla un poco el estribillo y el puente para situar al nivel de los mejores corte.
El penúltimo corte de la edición estándar, "St. Jude", es a mi modo de ver el tema más flojo del álbum, parsimonioso y sin magia. Afortunadamente el listón sube con el último corte, la larga "Mother", única contribución de Paul Epworth en la producción. Que nuevamente saca la vertiente rockera de Florence Welch, envolviéndola en trémolos y reminiscencias psicodélicas en los arreglos, en la letra y en el atmósferico tramo final. Y, como cabría esperar en un disco con tantas canciones inspiradas, los temas extra de la edición deluxe son también más que recomendables. "Hiding", quizá el tema más genuinamente pop del álbum, está construida sobre un precioso arpegio de piano, y es además uno de los cortes mejor producidos, enriqueciendo la canción con distintos guiños en la instrumentación y enlazando con maestría las diferentes partes. Al mismo nivel de las joyas del álbum se encuentra "Make up your mind", con su poderosa percusión desde el comienzo y su oscura y cautivadora progresión armónica, que desemboca sabiamente en un precioso y complejo estribillo, y al que pone la guinda un inesperado crescendo cerca del final. Y "Which witch", aparte de su elocuente título, apabulla con su atmósfera esotérica, casi de ceremonia colectiva de redención, con una instrumentación de un barroquismo sorprendente. Y eso que supuestamente es la versión demo del tema...
Una vez el melómano le ha cogido al punto a las canciones, "How big, how blue, how beatiful" se convierte en uno de esos álbumes que saltan casi sin querer de la estantería a nuestro reproductor favorito, y que crece, crece y sigue creciendo en nuestros oídos. Es cierto que no cuenta con sencillos comerciales, y que además la elección de los temas que lo han presentado en ese formato es cuestionable. Pero Florence + The Machine gozan de un merecido status de prestigio que les permite estos pequeños deslices si a cambio entregan un álbum de un excelente nivel medio. Como lo prueba que a pesar de su falta de comercialidad este disco acabe de llegar a lo más alto en las listas de ventas de E.E.U.U. y el Reino Unido. Y que para mí sea posiblemente el mejor en lo que llevamos de 2015, y con seguridad el mejor de su carrera. Así que la espera ha merecido la pena; ahora sólo cabe desear que les aguante la inspiración y las ganas de seguir marcando época.
sábado, 20 de junio de 2015
Brandon Flowers: "The Desired Effect" (2015)
El líder de The Killers parece sin terminar de encontrar su camino desde que su banda toco el cielo con aquel formidable "Day and age" (2008). Justo entonces, cuando The Killers estaban en lo más alto, Flowers interrumpió la andadura del grupo para publicar su debut en solitario, ese "Flamingo" (2010) que intercalaba algún momento brillante en un material bastante disperso y de irregular inspiración. Tras ese inoportuno interludio The Killers intentaron recuperar la inercia del éxito creativo y comercial, pero su "Battle born" de 2012 resultó ser de lejos su peor disco hasta la fecha, como ya reflejé en este mismo blog. Y no sólo dejó la puerta abierta a múltiples especulaciones sobre el futuro de la banda, sino que puso más difícil a Brandon recuperar su carrera en solitario. Tal vez por eso Flowers haya tardado casi tres años en darle continuidad al proyecto. Aunque desgraciadamente este "The desired effect", vuelve a quedarse a medio camino, sin definir del todo su estilo ni dar con la tecla que sitúe al grueso de sus temas en la senda de la calidad.
Sólo así puede entenderse que tras todo este tiempo el álbum contenga sólo diez temas y dure menos de cuarenta minutos. Es decir, lo mínimo para poder hablar de un retorno como tal. Ni siquiera la habitual edición deluxe aumenta en esta ocasión en demasía la oferta: únicamente dos temas adicionales. Con lo que el margen para temas menos afortunados es mínimo. Y sin embargo, a pesar de su corta extensión es difícil definir el estilo del álbum, que intenta arrimarse a muchos géneros diferentes con la voz de Brandon y el eclecticisimo de Ariel Rechtshaid a la producción como únicos elementos en común. Por intentar encontrar un denominador común a su contenido, lo calificaré de "ochentero", pues la mayoría de sus temas nos retrotraen a esa década de contrastes entre grandes canciones y grandes fiascos.
El comienzo del álbum es razonablemente alentador: "Dreams come true" no es una gran canción, pero el derroche de su sección de viento, su fastuosidad típica de Las Vegas y algna frase inesperada ("I don't waste my time, on "Where do I park the car?") hacen concebir la esperanza de un contenido brillante. El segundo corte fue también el primer sencillo, una elección en mi opinión muy acertada porque "Can't deny my love" es el tema más logrado del álbum. Un tema que sin poder catalogarse como synth-pop me recuerda en su poderoso estribillo a los primeros Pet Shop Boys, de los que Flowers es un admirador confeso (debe de ser por ese teclado orchestra hit que lo adorna), aunque con algún fraseo rápido muy en la línea de lo que en los últimos tiempos han hecho las Haim. El tercer corte y cuarto sencillo, "I can change" es, aunque su angelical comienzo no lo anticipe, una recreación un tanto embarullada del maravilloso "Smalltown boy" de los Bronski Beat. Eso sí, con una melodía diferente y una progresión armónica que a veces coincide con la de la original y a veces la cambia en una variante más agresiva. Pero claro, Flowers no es tan buen cantante como Somerville, ni el resultado es tan limpio, ni por supuesto la letra es tan brillante, por lo que el tema entretiene pero queda lejos de mejorar el original.
"Still want you" fue el cuestionable segundo sencillo, un tema relativamente lento y aun así bastante corto, con la ambientación hawaiana como mejor reclamo. "Between me and you" es la primera balada del disco, y podría encajar dentro del repertorio de lentos de The Killers, que nunca fueron su punto fuerte. Aunque debo reconocer la producción de Rechtshaid extrae todo lo que es posible extraer del tema. "Lonely town", el siguiente corte y tercer sencillo, sube razonablemente el nivel, con ese sonido a base de sintetizadores ochenteros y unas estrofas elegantes que tras casi dos minutos desembocan en un inesperado estribillo con toques gospel muy efectivo. Lo que sucede es que el álbum vuelve a decaer con "Diggi' up the heart", que me recuerda poderosamente a los devaneos electrónicos del pasteloso Billy Joel en la segunda mitad de los ochenta. "Never get you right" es de un nivel parecido, otro tema más bien lento bien producido pero sin ninguna parte que la saque de lo anodino. El penúltimo corte, "Untangled love" es, a pesar de su lento comienzo, el "tema más Killers" del disco, rápido, directo y hasta guitarrero, el estribillo está construido en dos partes con progresiones armónicas diferentes, la segunda de las cuales, a modo de coda, resulta interesante, y la parte nueva sí que recuerda a los habituales giros de la banda de Las Vegas.
Y así, en treinta y cuatro irregulares minutos, nos plantamos en el tema que cierra el disco, "The Way It's Always Been", que pretende ocupar el lugar del típico tema sentimental, más bien lento y menos ornamentado que suele cerrar tantos y tantos álbumes. No es tampoco un mal tema, pero Rechtshaid está en esta oportunidad poco inspirado, por lo que al resultado le falta un poco de apoteosis para lograr lo que pretende (de hecho la versión en directo de la que adjunto el enlace, con solo una guitarra acústica en toda su extensión normal, y dos minutos de coda adicionales con todos los músicos, saca mucho más partido a la composición y a la voz de Flowers).
En resumen, un par de grandes canciones bien escogidas como sencillos, y otros dos o tres temas a los que les falta un peldaño para llegar a ese nivel. Un balance similar al de su álbum de debut y demasiado escaso para dar un espaldarazo claro a su carrera en solitario, a pesar de que en el Reino Unido el álbum ha vuelto a llegar al número uno en listas. Así que habrá que ver cuál es el siguiente movimiento de Flowers. Porque no lo tiene fácil.
Sólo así puede entenderse que tras todo este tiempo el álbum contenga sólo diez temas y dure menos de cuarenta minutos. Es decir, lo mínimo para poder hablar de un retorno como tal. Ni siquiera la habitual edición deluxe aumenta en esta ocasión en demasía la oferta: únicamente dos temas adicionales. Con lo que el margen para temas menos afortunados es mínimo. Y sin embargo, a pesar de su corta extensión es difícil definir el estilo del álbum, que intenta arrimarse a muchos géneros diferentes con la voz de Brandon y el eclecticisimo de Ariel Rechtshaid a la producción como únicos elementos en común. Por intentar encontrar un denominador común a su contenido, lo calificaré de "ochentero", pues la mayoría de sus temas nos retrotraen a esa década de contrastes entre grandes canciones y grandes fiascos.
El comienzo del álbum es razonablemente alentador: "Dreams come true" no es una gran canción, pero el derroche de su sección de viento, su fastuosidad típica de Las Vegas y algna frase inesperada ("I don't waste my time, on "Where do I park the car?") hacen concebir la esperanza de un contenido brillante. El segundo corte fue también el primer sencillo, una elección en mi opinión muy acertada porque "Can't deny my love" es el tema más logrado del álbum. Un tema que sin poder catalogarse como synth-pop me recuerda en su poderoso estribillo a los primeros Pet Shop Boys, de los que Flowers es un admirador confeso (debe de ser por ese teclado orchestra hit que lo adorna), aunque con algún fraseo rápido muy en la línea de lo que en los últimos tiempos han hecho las Haim. El tercer corte y cuarto sencillo, "I can change" es, aunque su angelical comienzo no lo anticipe, una recreación un tanto embarullada del maravilloso "Smalltown boy" de los Bronski Beat. Eso sí, con una melodía diferente y una progresión armónica que a veces coincide con la de la original y a veces la cambia en una variante más agresiva. Pero claro, Flowers no es tan buen cantante como Somerville, ni el resultado es tan limpio, ni por supuesto la letra es tan brillante, por lo que el tema entretiene pero queda lejos de mejorar el original.
"Still want you" fue el cuestionable segundo sencillo, un tema relativamente lento y aun así bastante corto, con la ambientación hawaiana como mejor reclamo. "Between me and you" es la primera balada del disco, y podría encajar dentro del repertorio de lentos de The Killers, que nunca fueron su punto fuerte. Aunque debo reconocer la producción de Rechtshaid extrae todo lo que es posible extraer del tema. "Lonely town", el siguiente corte y tercer sencillo, sube razonablemente el nivel, con ese sonido a base de sintetizadores ochenteros y unas estrofas elegantes que tras casi dos minutos desembocan en un inesperado estribillo con toques gospel muy efectivo. Lo que sucede es que el álbum vuelve a decaer con "Diggi' up the heart", que me recuerda poderosamente a los devaneos electrónicos del pasteloso Billy Joel en la segunda mitad de los ochenta. "Never get you right" es de un nivel parecido, otro tema más bien lento bien producido pero sin ninguna parte que la saque de lo anodino. El penúltimo corte, "Untangled love" es, a pesar de su lento comienzo, el "tema más Killers" del disco, rápido, directo y hasta guitarrero, el estribillo está construido en dos partes con progresiones armónicas diferentes, la segunda de las cuales, a modo de coda, resulta interesante, y la parte nueva sí que recuerda a los habituales giros de la banda de Las Vegas.
Y así, en treinta y cuatro irregulares minutos, nos plantamos en el tema que cierra el disco, "The Way It's Always Been", que pretende ocupar el lugar del típico tema sentimental, más bien lento y menos ornamentado que suele cerrar tantos y tantos álbumes. No es tampoco un mal tema, pero Rechtshaid está en esta oportunidad poco inspirado, por lo que al resultado le falta un poco de apoteosis para lograr lo que pretende (de hecho la versión en directo de la que adjunto el enlace, con solo una guitarra acústica en toda su extensión normal, y dos minutos de coda adicionales con todos los músicos, saca mucho más partido a la composición y a la voz de Flowers).
En resumen, un par de grandes canciones bien escogidas como sencillos, y otros dos o tres temas a los que les falta un peldaño para llegar a ese nivel. Un balance similar al de su álbum de debut y demasiado escaso para dar un espaldarazo claro a su carrera en solitario, a pesar de que en el Reino Unido el álbum ha vuelto a llegar al número uno en listas. Así que habrá que ver cuál es el siguiente movimiento de Flowers. Porque no lo tiene fácil.
sábado, 30 de mayo de 2015
Death Cab For Cutie: "Kintsugi" (2015)
Justo cuando se confirmaba que los estadounidenses Death Cab For Cutie estaban prontos a terminar su octavo álbum de estudio, su guitarrista principal y cofundador Chris Walla anunciaba que dejaría la banda tan pronto cuando el disco estuviera completado. Este acontecimiento, aparte de un golpe en la línea de flotación en la banda, daba a entrever fuertes tensiones durante la grabación y probablemente un disco no del gusto de todos los miembros. En otras palabras, un álbum menor y quizá el punto final para una de las bandas más talentosas e inspiradas en lo que llevamos de siglo. Esa fue al menos la expectativa con la que afronté la escucha de "Kintsugi" cuando vio la luz hace unas cuantas semanas. Pero la sorpresa es que, sin ser el mejor álbum de su carrera ni contener grandes sorpresas, sí que resulta superior a sus dos entregas anteriores ("Narrow stairs" del 2008 y "Codes and keys" del 2015), y contiene varias de las mejores composiciones de la banda.
A ello contribuyen de manera decisiva dos factores: el primero, que por primera vez en su carrera han contado con un productor externo para orientar y enriquecer su sonido. Y la labor de Rich Costey no puede ser más meritoria: todos los temas están explotados al máximo, enriquecidos para la ocasión con unos ornamentos imaginativos y originales que sin embargo no le restan personalidad alguna a la banda; y el segundo, que la banda retoma una costumbre en desuso en estas últimas décadas: colocar las mejores canciones todas seguidas desde el comienzo del disco. Con lo cual el álbum vence el escepticismo inicial del melómano, y aunque se vaya desinflando gradualmente hasta el final, la valoración es ya positiva.
Tanto es así que los cuatro sencillos que, en un intervalo de tiempo muy corto, se han extraído de Kintsugi", son precisamente las cuatro primeras canciones del disco. Lo que refleja que los artistas son mucho menos ingenuos de lo que pretenden, y que cuando tienen el control sobre qué canciones resaltar de sus álbums, lo tienen muy claro. Así, el álbum se abre con "No room in frame", en el que los efectos introducidos por Costey dan lugar a una bonita estrofa que, sin embargo, no hace presiagiar el formidable estribillo, con el intimismo y la sensibilidad que a veces bordan, y que es enriquecido en cada repetición con nuevos adornos y diferentes arpegios hasta ser rematado por un precioso crescendo instrumental de guitarras. Mejor es, si cabe, el segundo corte y primer sencillo del álbum: "Black sun" es una de las candidatas claras a mejor tema de 2015, un medio tiempo desasogante con una formidable progresión armónica en todas sus partes, enriquecido con su extraña letra llena de imágenes y metáforas, lleno de imaginación a la hora de instrumentar cada uno de los estribillos de manera diferente, y un maravilloso solo de guitarra ultra-distorsionada que pone los pelos de punta. "The Ghosts of Beverly Drive" es casi tan bueno, un tema más rápido que recuerda a los momentos más rockeros y directos de "Narrow stairs" en las estrofas, pero que en seguida da lugar a un excelente intervalo instrumental de lo que más tarde será el estribillo, con ese "I don't know why" plenamente coreable. Y el póker de temazos se remata con "Little Wanderer", quizá mi favorito de los cuatro, una historia de un amor imposible por la distancia que realza la fantástica progresión armónica, la maravillosa guitarra principal, esas armonías cargadas de sensibilidad tan inalcanzables para la mayoría de compositores y con las que Ben Gibbard aún consigue fascinarnos y una producción impresionante, que hace crecer el tema con una naturalidad apabullante y siempre cambiante. Una auténtica joya.
Está claro que mantener el nivel después de estas cuatro maravillas era misión imposible, pero es que las sucesivas escuchas de las siete canciones restantes no permite añadir ningún tema adicional al elenco. Quizá en uno de sus álbumes más flojos el quinto tema, la lenta, relativamente acústica, de tonos graves e introspectiva "You've Haunted Me All My Life" hubiera sido uno de sus puntos álgidos, pero aquí solamente cubre el expediente. Y el octavo corte, "Good Help (Is So Hard to Find)" parece la actualización de su "You are a tourist", por su ritmo binario marcado y sus guitarras de reminiscencias funky, que lo convierten en uno de los temas más bailables de su carrera, impresión realzada además por su estribillo colorido. Aunque posiblemente el mérito de que resulte un tema efectivo en su cometido sea más de la producción de Costey que de la propia composición.
El resto sólo merecen frente a las anteriores el calificativo de composiciones de relleno. Por su falta de inspiración (la balada acústica "Hold No Guns"), por recorrer senderos ya muy transitados pero sin la inspiración suficiente ("Everything's a Ceiling"), por su melodía repetitiva y falta de personalidad ("El Dorado"), por su dosis de experimentación etérea a costa de la creatividad ("Ingenue"), o por comenzar con expectativas de gran balada y hacerla fracasar a base de repetir hasta el infinito las mismas notas de los dos primeros versos ("Binary sea"). Todos ellos temas correctos, que se dejan escuchar, pero difíciles de rememorar frente a los del comienzo.
Así que el último álbum con la composición habitual de la banda (y esperemos que no el último que publiquen) deja sensaciones encontradas. Porque no se acerca a "Plans" (2005), el disco más redondo de su carrera, pero sí que contiene cuatro maravillas para contentar a todos los fans que han esperado estos cuatro años. Lo que a estas alturas de su trayectoria y teniendo en cuenta la marcha de Walla tras la grabación del álbum, parece un balance más que suficiente para recomendar la escucha de este disco. O al menos de sus primeros diecisiete minutos...
A ello contribuyen de manera decisiva dos factores: el primero, que por primera vez en su carrera han contado con un productor externo para orientar y enriquecer su sonido. Y la labor de Rich Costey no puede ser más meritoria: todos los temas están explotados al máximo, enriquecidos para la ocasión con unos ornamentos imaginativos y originales que sin embargo no le restan personalidad alguna a la banda; y el segundo, que la banda retoma una costumbre en desuso en estas últimas décadas: colocar las mejores canciones todas seguidas desde el comienzo del disco. Con lo cual el álbum vence el escepticismo inicial del melómano, y aunque se vaya desinflando gradualmente hasta el final, la valoración es ya positiva.
Tanto es así que los cuatro sencillos que, en un intervalo de tiempo muy corto, se han extraído de Kintsugi", son precisamente las cuatro primeras canciones del disco. Lo que refleja que los artistas son mucho menos ingenuos de lo que pretenden, y que cuando tienen el control sobre qué canciones resaltar de sus álbums, lo tienen muy claro. Así, el álbum se abre con "No room in frame", en el que los efectos introducidos por Costey dan lugar a una bonita estrofa que, sin embargo, no hace presiagiar el formidable estribillo, con el intimismo y la sensibilidad que a veces bordan, y que es enriquecido en cada repetición con nuevos adornos y diferentes arpegios hasta ser rematado por un precioso crescendo instrumental de guitarras. Mejor es, si cabe, el segundo corte y primer sencillo del álbum: "Black sun" es una de las candidatas claras a mejor tema de 2015, un medio tiempo desasogante con una formidable progresión armónica en todas sus partes, enriquecido con su extraña letra llena de imágenes y metáforas, lleno de imaginación a la hora de instrumentar cada uno de los estribillos de manera diferente, y un maravilloso solo de guitarra ultra-distorsionada que pone los pelos de punta. "The Ghosts of Beverly Drive" es casi tan bueno, un tema más rápido que recuerda a los momentos más rockeros y directos de "Narrow stairs" en las estrofas, pero que en seguida da lugar a un excelente intervalo instrumental de lo que más tarde será el estribillo, con ese "I don't know why" plenamente coreable. Y el póker de temazos se remata con "Little Wanderer", quizá mi favorito de los cuatro, una historia de un amor imposible por la distancia que realza la fantástica progresión armónica, la maravillosa guitarra principal, esas armonías cargadas de sensibilidad tan inalcanzables para la mayoría de compositores y con las que Ben Gibbard aún consigue fascinarnos y una producción impresionante, que hace crecer el tema con una naturalidad apabullante y siempre cambiante. Una auténtica joya.
Está claro que mantener el nivel después de estas cuatro maravillas era misión imposible, pero es que las sucesivas escuchas de las siete canciones restantes no permite añadir ningún tema adicional al elenco. Quizá en uno de sus álbumes más flojos el quinto tema, la lenta, relativamente acústica, de tonos graves e introspectiva "You've Haunted Me All My Life" hubiera sido uno de sus puntos álgidos, pero aquí solamente cubre el expediente. Y el octavo corte, "Good Help (Is So Hard to Find)" parece la actualización de su "You are a tourist", por su ritmo binario marcado y sus guitarras de reminiscencias funky, que lo convierten en uno de los temas más bailables de su carrera, impresión realzada además por su estribillo colorido. Aunque posiblemente el mérito de que resulte un tema efectivo en su cometido sea más de la producción de Costey que de la propia composición.
El resto sólo merecen frente a las anteriores el calificativo de composiciones de relleno. Por su falta de inspiración (la balada acústica "Hold No Guns"), por recorrer senderos ya muy transitados pero sin la inspiración suficiente ("Everything's a Ceiling"), por su melodía repetitiva y falta de personalidad ("El Dorado"), por su dosis de experimentación etérea a costa de la creatividad ("Ingenue"), o por comenzar con expectativas de gran balada y hacerla fracasar a base de repetir hasta el infinito las mismas notas de los dos primeros versos ("Binary sea"). Todos ellos temas correctos, que se dejan escuchar, pero difíciles de rememorar frente a los del comienzo.
Así que el último álbum con la composición habitual de la banda (y esperemos que no el último que publiquen) deja sensaciones encontradas. Porque no se acerca a "Plans" (2005), el disco más redondo de su carrera, pero sí que contiene cuatro maravillas para contentar a todos los fans que han esperado estos cuatro años. Lo que a estas alturas de su trayectoria y teniendo en cuenta la marcha de Walla tras la grabación del álbum, parece un balance más que suficiente para recomendar la escucha de este disco. O al menos de sus primeros diecisiete minutos...
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