miércoles, 5 de agosto de 2015

Of Monsters and Men: "Beneath the skin" (2015)

Los islandeses Of Monsters And Men llamaron con fuerza la atención en el 2011 cuando su sencillo "Little talks" traspasó las fronteras de su pequeño país con su pop de influencias folk fuertemente personal y les abrió las puertas del todopoderoso mercado norteamericano. Casi un año más tarde vio la luz la versión internacional de su álbum de debut, "My head is an animal", enriquecida respecto a la original de su país con su otro sencillo emblemático, "Mountain sound". Que les aseguró un lugar preeminente en las listas de ventas de los mercados anglosajones, a la vez que una acogida favorable de la crítica especializada. Desde entonces hasta ahora han transcurrido más de tres años de silencio casi completo (solamente ha visto la luz el recomendable "Silhouettes" de la banda sonora de "The Hunger Games: Catching Fire", que reseñé en este mismo blog). Por lo que han corrido un alto riesgo de dejar pasar su momento hasta que por fin el mes pasado ha visto la luz este "Beneath the skin".

En mi opinión el principal fallo de "My head is animal" y la razón por la que no lo reseñé en este humilde blog era que sus dos sencillos de cabecera estaban relativamente alejados de los parámetros del grueso del álbum: frente al vigor, la rapidez y la contundencia de los mismos, el resto del álbum apostaba por una vena más intimista y un sonido más convencional, dejando la eficacia de las canciones en manos exclusivamente de la composición. Y aunque había buenos temas en esta vertiente (el tercer sencillo, "The king and the lionheart", posiblemente la mejor de todas ellas), el resultado era de media un tanto monótono y tendente a generar algún bostezo cuando flojeaba la inspiración.

Con todo esto en mente, afronté su retorno en formato sencillo hace unos meses con bastante excepticismo. Que se confirmó tras unas cuantas escuchas de "Crystal", el tema que abre el disco: el mismo sonido convencional de "My head is an animal", y una composición de una melancolía ortodoxa un tanto fallida. Con lo cual estuve a punto de no darle una oportunidad a "Beneath the skin" hace unas semanas. Menos mal que al final cambié de opinión.

Y no, no es que hayan retomado la senda de "Little talks", ni que hayan evolucionado su sonido, ni siquiera que hayan dejado atrás parte de su convencionalismo melancólico. En absoluto: estos dos años de trabajo sólo les han servido para reafirmarles en esos parámetros, de manera que cualquiera de los once temas que lo componen (trece en la edición deluxe) podría haber figurado en su álbum de debut. ¿Entonces? Pues desconozco cuántos temas habrán descartado antes de llegar al tracklist definitivo. Pero el caso es que la mayoría de ellos están a un nivel muy muy alto. Y ello esencialmente gracias a la valía de su composición. Pero es que, querido amigo, la inspiración a la hora de elegir las notas de la escala pentatónica sigue siendo la clave que distingue la buena música contemporánea.

Ya digo que "Crystal" es un tema demasiado anodino y una desacertada forma de arrancar el álbum. Pero la montaña rusa que comienza tras él asciende y asciende y parece que nunca va a bajar. La pendiente arranca con "Human", primer tema a dos voces (la habitual de Nanna Bryndís le cede el protagonismo a la de Ragnar Þórhallsson, el otro compositor principal de la banda): un medio tiempo intimista pero con cierta garra, con una bonita letra que contiene la frase que da título al álbum y el primero de los grandes estribillos de la banda apuntalan el tema. Prosigue con "Hunger", el cuarto sencillo, un tema más lento en su comienzo, que ya ha anticipado su gran carga sentimental merced a su inspirada melodía en las estrofas cuando entran el resto de los instrumentos. Aunque lo mejor es otro excelente estribillo, rematado tras casi cuatro minutos por una cautivadora parte instrumental que desemboca en una coda memorable ("I'm drowning, I'm drowning"). Sigue subiendo con "Wolves without teeth", cantada a dúo por Nanna y Ragnar, con toques folk y una percusión particularmente trabajada. Aunque su clave es su preciosa melodía, de la primera nota a la última, incluyendo uno de los mejores estribillos del álbum, que luce en todo su esplendor cuando lo repiten casi sin instrumentos cerca del final.

"Empire", quinto corte y tercer sencillo, es la cima de esa subida imparable y tal vez mi tema predilecto, con un comienzo vocal a cargo de Ragnar que da paso a ese precioso arpegio de guitarra con las notas del estribillo, ese formidable doble estribillo que pone los pelos de punto ("an empire for you, an empire for two"), y que desemboca en unos coreables "oohs". "Slow life", el tema más largo del álbum y sexto corte, les mantiene en lo más alto, con otras bonitas estrofas, otro melancólico estribillo y una preciosa coda de dos minutos sin cambiar de acordes pero que les permite exhibir toda su energía como banda, en la línea de los mejores Arcade Fire. Y "Organs", el séptimo corte, es una balada magistralmente cantada por Nanna con una preciosa letra de principio a fin sobre un fracaso amoroso (aunque con una última frase para la esperanza) y otra melodía de un extraordinario nivel, realzada por un certero cuarteto de cuerda.

"Black water", aun manteniendo el pabellón alto, es el primer descenso tras tantos temas inspirados seguidos: en esta oportunidad Ragnar canta unas estrofas intimistas que desembocan en un estribillo más luminoso interpretado por Nanna, aunque a la canción le falta crecer un poco conforme avance el minutaje. "Thousand eyes" sí que supone un bajón considerable; por así decirlo, es el tema más experimental del álbum: una gélida melodía apoyada por muy pocos instrumentos durante la primera mitad del minutaje, y un crescendo desasosegante durante la segunda. Tras este par de pequeños descensos el disco vuelve a remontar con "I of the storm", segundo sencillo y décimo corte, otra dosis de pura inspiración: las estrofas, los puentes y los estribillos poseen una gran carga emocional, la batería en las estrofas es original y hay incluso pequeños detalles electrónicos que enriquecen el tema en momentos puntuales. Y el último gran momento del álbum es "We sink", el tema que cierra la edición estándar. Que parte de un precioso arpegio de guitarra a lo Death Cab For Cutie, y que mediante otra certera progresión armónica desemboca en otro emocionante estribillo. Aunque lo mejor es el tramo del final que canta magistralmente Nanna ("I know that it's a waste of time...").

La edición deluxe se completa con dos temas adicionales, ninguno de ellos del nivel medio del álbum: "Backyard" es un tema cadencioso, con un toque atmosférico pero sin gancho. Y "Winter sound" es un tema muy en su estilo pero menor, con sus estrofas anodinas y un estribillo de acústica energía que sube el nivel pero no lo suficiente.

Sus detractores podrán argumentar que su producción es demasiado convencional, que se respira un aroma intimista y de fracaso en la gran mayoría de las canciones, que cuesta distinguir los temas entre sí, que tardan mucho tiempo en entregar nuevas creaciones... Yo mismo debo admitir que no es mi estilo predilecto, y que el día en que pierdan la inspiración compositiva estarán muestros. Pero lo que es incuestionable es que ocho temazos en tan sólo once canciones es un logro muy difícil de igualar. Así que candidatos al álbum del año. Quién lo iba a decir...

martes, 14 de julio de 2015

Florence + The Machine: "How big, how blue, how beautiful" (2015)

Si Florence + The Machine no existieran, habría que inventarlos. La banda capitaneada por la galesa Florence Welch es una de las propuestas más personales y al mismo tiempo talentosas del panorama musical internacional. Por eso tras casi cuatro años de silencio desde su segundo álbum, ese "Ceremonials" de 2011 con momentos formidables y otros simplemente correctos, es de agradecer que hace unas pocas semanas haya retornado con un nuevo disco. "How big, how blue, how beautiful" es el tercer álbum de su carrera, y el primero en el que el omnipresente Paul Epworth ha dejado paso a la producción de Markus Dravs, conocido sobre todo por sus trabajos para Arcade Fire. Un cambio sensible, que le ha restado a su sonido un punto de épica, le ha quitado protagonismo al arpa que tanta personalidad le daba a muchas de sus composiciones y posiblemente ha facilitado un mayor número de composiciones con más ritmo y más rockeras. Aunque el resultado final siga siendo brillante.

Eso sí, los álbumes de Florence + The Machine nunca se caracterizan por ser particularmente accesibles, y esta sensación es si cabe más acusada en "How big, how blue, how beautiful". Probablemente la primera escucha deje la sensación de que el grupo ha perdido la inspiración y con la excusa de un mayor acercamiento al rock se ha dejado llevar; es necesario darle al álbum varias oportunidades para que empiece a desplegar toda su carga emocional. A ello posiblemente contribuyan que los dos sencillos publicados hasta ahora, y también los dos primeros cortes del álbum, sean temas poco comerciales, aunque un buen reflejo del contenido del álbum: "Ship to wreck", segundo sencillo y tema que abre el disco, es un tema directo, rápido, con un punto a Chrissie Hynde, que permite a Florence exhibir toda la energía de sus cuerdas vocales, pero sin un estribillo tarareable y con una sensación de convencionalismo que lo aleja de la arrolladora personalidad de la banda y le resta puntos. Y "What kind of man", el tema que anticipó el álbum y segundo corte, sí que es una composición absolutamente personal, con ese primer minuto recomendable e intimista sostenido sólo por el teclado atmosférico de Isabella Summers y la voz de Welch, que sin previo aviso da paso a un poderoso tema de rock creado a partir de unos acordes interpretados por una guitarra distorsionada y a unos coros épicos. Pero una sección de viento un tanto cuestionable y una estructura demasiado poco convencional, con varios cambios de ritmo, la han alejado de convertirse en un éxito masivo.

El tercer corte es también el tema que da título al álbum: "How big, how blue, how beautiful". Éste sí es un tema 100% marca de la casa, con esa letra evocadora, ese comienzo parsimonioso y envolvente, esa producción abigarrada, esa bonita y variada melodía, ese cinematográfico minuto y medio instrumental con el que se cierra; no es de extrañar que dé título al álbum. Aunque para mí es todavía un punto superior "Queen of peace", otro tema absolutamente personal, que arranca con otro comienzo muy elaborado que da lugar a las mejores estrofas del álbum, plenas de esa sensibilidad tan difícil de conseguir, y que desembocan en un estribillo rebosante de energía. Aunque quizá la producción falle un tanto a la hora de hacer crecer el tema conforme avanza el minutaje. El quinto corte, "Various Storms & Saints" es otro excelente tema, oscuro y lento, con la voz de Florence menos arropada instrumentalmente (un arpegio de guitarra cumple esa función) pero cautivador con su derroche de tramos de melodías diferentes en distintas escalas.

La segunda joya del álbum es en mi opinión "Delilah", que desde su parsimonioso pero enérgico comienzo a tres voces atrapa con su fantástica progresión armónica, que acaba estallando en un ritmo trepidante y un estribillo, ahora sí, plenamente tarareable. Otro formidable tema es "Long and lost", alejado de los parámetros rápidos y rockeros por los que transita la mayor parte del álbum. Con un contrapunto entre una guitarra intermitente y la voz en este caso intimista y sensible de Florence, capaz de recorrer escalas con una naturalidad desconcertante. El octavo tema, "Caught", baja un poco el listón, por su mayor convencionalismo (me recuerda a las producciones de Jeff Lyne en los ochenta) y un estribillo menos inspirado que sus acertadas estrofas. "Third eye" es otro buen tema, del nivel de "Ship to wreck", con un comienzo que anticipa un nuevo himno, y una interesante guitarra acústica, pero al que le falla un poco el estribillo y el puente para situar al nivel de los mejores corte.

El penúltimo corte de la edición estándar, "St. Jude", es a mi modo de ver el tema más flojo del álbum, parsimonioso y sin magia. Afortunadamente el listón sube con el último corte, la larga "Mother", única contribución de Paul Epworth en la producción. Que nuevamente saca la vertiente rockera de Florence Welch, envolviéndola en trémolos y reminiscencias psicodélicas en los arreglos, en la letra y en el atmósferico tramo final. Y, como cabría esperar en un disco con tantas canciones inspiradas, los temas extra de la edición deluxe son también más que recomendables. "Hiding", quizá el tema más genuinamente pop del álbum, está construida sobre un precioso arpegio de piano, y es además uno de los cortes mejor producidos, enriqueciendo la canción con distintos guiños en la instrumentación y enlazando con maestría las diferentes partes. Al mismo nivel de las joyas del álbum se encuentra "Make up your mind", con su poderosa percusión desde el comienzo y su oscura y cautivadora progresión armónica, que desemboca sabiamente en un precioso y complejo estribillo, y al que pone la guinda un inesperado crescendo cerca del final. Y "Which witch", aparte de su elocuente título, apabulla con su atmósfera esotérica, casi de ceremonia colectiva de redención, con una instrumentación de un barroquismo sorprendente. Y eso que supuestamente es la versión demo del tema...

Una vez el melómano le ha cogido al punto a las canciones, "How big, how blue, how beatiful" se convierte en uno de esos álbumes que saltan casi sin querer de la estantería a nuestro reproductor favorito, y que crece, crece y sigue creciendo en nuestros oídos. Es cierto que no cuenta con sencillos comerciales, y que además la elección de los temas que lo han presentado en ese formato es cuestionable. Pero Florence + The Machine gozan de un merecido status de prestigio que les permite estos pequeños deslices si a cambio entregan un álbum de un excelente nivel medio. Como lo prueba que a pesar de su falta de comercialidad este disco acabe de llegar a lo más alto en las listas de ventas de E.E.U.U. y el Reino Unido. Y que para mí sea posiblemente el mejor en lo que llevamos de 2015, y con seguridad el mejor de su carrera. Así que la espera ha merecido la pena; ahora sólo cabe desear que les aguante la inspiración y las ganas de seguir marcando época.

sábado, 20 de junio de 2015

Brandon Flowers: "The Desired Effect" (2015)

El líder de The Killers parece sin terminar de encontrar su camino desde que su banda toco el cielo con aquel formidable "Day and age" (2008). Justo entonces, cuando The Killers estaban en lo más alto, Flowers interrumpió la andadura del grupo para publicar su debut en solitario, ese "Flamingo" (2010) que intercalaba algún momento brillante en un material bastante disperso y de irregular inspiración. Tras ese inoportuno interludio The Killers intentaron recuperar la inercia del éxito creativo y comercial, pero su "Battle born" de 2012 resultó ser de lejos su peor disco hasta la fecha, como ya reflejé en este mismo blog. Y no sólo dejó la puerta abierta a múltiples especulaciones sobre el futuro de la banda, sino que puso más difícil a Brandon recuperar su carrera en solitario. Tal vez por eso Flowers haya tardado casi tres años en darle continuidad al proyecto. Aunque desgraciadamente este "The desired effect", vuelve a quedarse a medio camino, sin definir del todo su estilo ni dar con la tecla que sitúe al grueso de sus temas en la senda de la calidad.

Sólo así puede entenderse que tras todo este tiempo el álbum contenga sólo diez temas y dure menos de cuarenta minutos. Es decir, lo mínimo para poder hablar de un retorno como tal. Ni siquiera la habitual edición deluxe aumenta en esta ocasión en demasía la oferta: únicamente dos temas adicionales. Con lo que el margen para temas menos afortunados es mínimo. Y sin embargo, a pesar de su corta extensión es difícil definir el estilo del álbum, que intenta arrimarse a muchos géneros diferentes con la voz de Brandon y el eclecticisimo de Ariel Rechtshaid a la producción como únicos elementos en común. Por intentar encontrar un denominador común a su contenido, lo calificaré de "ochentero", pues la mayoría de sus temas nos retrotraen a esa década de contrastes entre grandes canciones y grandes fiascos.

El comienzo del álbum es razonablemente alentador: "Dreams come true" no es una gran canción, pero el derroche de su sección de viento, su fastuosidad típica de Las Vegas y algna frase inesperada ("I don't waste my time, on "Where do I park the car?") hacen concebir la esperanza de un contenido brillante. El segundo corte fue también el primer sencillo, una elección en mi opinión muy acertada porque "Can't deny my love" es el tema más logrado del álbum. Un tema que sin poder catalogarse como synth-pop me recuerda en su poderoso estribillo a los primeros Pet Shop Boys, de los que Flowers es un admirador confeso (debe de ser por ese teclado orchestra hit que lo adorna), aunque con algún fraseo rápido muy en la línea de lo que en los últimos tiempos han hecho las Haim. El tercer corte y cuarto sencillo, "I can change" es, aunque su angelical comienzo no lo anticipe, una recreación un tanto embarullada del maravilloso "Smalltown boy" de los Bronski Beat. Eso sí, con una melodía diferente y una progresión armónica que a veces coincide con la de la original y a veces la cambia en una variante más agresiva. Pero claro, Flowers no es tan buen cantante como Somerville, ni el resultado es tan limpio, ni por supuesto la letra es tan brillante, por lo que el tema entretiene pero queda lejos de mejorar el original.

"Still want you" fue el cuestionable segundo sencillo, un tema relativamente lento y aun así bastante corto, con la ambientación hawaiana como mejor reclamo. "Between me and you" es la primera balada del disco, y podría encajar dentro del repertorio de lentos de The Killers, que nunca fueron su punto fuerte. Aunque debo reconocer la producción de Rechtshaid extrae todo lo que es posible extraer del tema. "Lonely town", el siguiente corte y tercer sencillo, sube razonablemente el nivel, con ese sonido a base de sintetizadores ochenteros y unas estrofas elegantes que tras casi dos minutos desembocan en un inesperado estribillo con toques gospel muy efectivo. Lo que sucede es que el álbum vuelve a decaer con "Diggi' up the heart", que me recuerda poderosamente a los devaneos electrónicos del pasteloso Billy Joel en la segunda mitad de los ochenta. "Never get you right" es de un nivel parecido, otro tema más bien lento bien producido pero sin ninguna parte que la saque de lo anodino. El penúltimo corte, "Untangled love" es, a pesar de su lento comienzo, el "tema más Killers" del disco, rápido, directo y hasta guitarrero, el estribillo está construido en dos partes con progresiones armónicas diferentes, la segunda de las cuales, a modo de coda, resulta interesante, y la parte nueva sí que recuerda a los habituales giros de la banda de Las Vegas.

Y así, en treinta y cuatro irregulares minutos, nos plantamos en el tema que cierra el disco, "The Way It's Always Been", que pretende ocupar el lugar del típico tema sentimental, más bien lento y menos ornamentado que suele cerrar tantos y tantos álbumes. No es tampoco un mal tema, pero Rechtshaid está en esta oportunidad poco inspirado, por lo que al resultado le falta un poco de apoteosis para lograr lo que pretende (de hecho la versión en directo de la que adjunto el enlace, con solo una guitarra acústica en toda su extensión normal, y dos minutos de coda adicionales con todos los músicos, saca mucho más partido a la composición y a la voz de Flowers).

En resumen, un par de grandes canciones bien escogidas como sencillos, y otros dos o tres temas a los que les falta un peldaño para llegar a ese nivel. Un balance similar al de su álbum de debut y demasiado escaso para dar un espaldarazo claro a su carrera en solitario, a pesar de que en el Reino Unido el álbum ha vuelto a llegar al número uno en listas. Así que habrá que ver cuál es el siguiente movimiento de Flowers. Porque no lo tiene fácil.

sábado, 30 de mayo de 2015

Death Cab For Cutie: "Kintsugi" (2015)

Justo cuando se confirmaba que los estadounidenses Death Cab For Cutie estaban prontos a terminar su octavo álbum de estudio, su guitarrista principal y cofundador Chris Walla anunciaba que dejaría la banda tan pronto cuando el disco estuviera completado. Este acontecimiento, aparte de un golpe en la línea de flotación en la banda, daba a entrever fuertes tensiones durante la grabación y probablemente un disco no del gusto de todos los miembros. En otras palabras, un álbum menor y quizá el punto final para una de las bandas más talentosas e inspiradas en lo que llevamos de siglo. Esa fue al menos la expectativa con la que afronté la escucha de "Kintsugi" cuando vio la luz hace unas cuantas semanas. Pero la sorpresa es que, sin ser el mejor álbum de su carrera ni contener grandes sorpresas, sí que resulta superior a sus dos entregas anteriores ("Narrow stairs" del 2008 y "Codes and keys" del 2015), y contiene varias de las mejores composiciones de la banda.

A ello contribuyen de manera decisiva dos factores: el primero, que por primera vez en su carrera han contado con un productor externo para orientar y enriquecer su sonido. Y la labor de Rich Costey no puede ser más meritoria: todos los temas están explotados al máximo, enriquecidos para la ocasión con unos ornamentos imaginativos y originales que sin embargo no le restan personalidad alguna a la banda; y el segundo, que la banda retoma una costumbre en desuso en estas últimas décadas: colocar las mejores canciones todas seguidas desde el comienzo del disco. Con lo cual el álbum vence el escepticismo inicial del melómano, y aunque se vaya desinflando gradualmente hasta el final, la valoración es ya positiva.

Tanto es así que los cuatro sencillos que, en un intervalo de tiempo muy corto, se han extraído de Kintsugi", son precisamente las cuatro primeras canciones del disco. Lo que refleja que los artistas son mucho menos ingenuos de lo que pretenden, y que cuando tienen el control sobre qué canciones resaltar de sus álbums, lo tienen muy claro. Así, el álbum se abre con "No room in frame", en el que los efectos introducidos por Costey dan lugar a una bonita estrofa que, sin embargo, no hace presiagiar el formidable estribillo, con el intimismo y la sensibilidad que a veces bordan, y que es enriquecido en cada repetición con nuevos adornos y diferentes arpegios hasta ser rematado por un precioso crescendo instrumental de guitarras. Mejor es, si cabe, el segundo corte y primer sencillo del álbum: "Black sun" es una de las candidatas claras a mejor tema de 2015, un medio tiempo desasogante con una formidable progresión armónica en todas sus partes, enriquecido con su extraña letra llena de imágenes y metáforas, lleno de imaginación a la hora de instrumentar cada uno de los estribillos de manera diferente, y un maravilloso solo de guitarra ultra-distorsionada que pone los pelos de punta. "The Ghosts of Beverly Drive" es casi tan bueno, un tema más rápido que recuerda a los momentos más rockeros y directos de "Narrow stairs" en las estrofas, pero que en seguida da lugar a un excelente intervalo instrumental de lo que más tarde será el estribillo, con ese "I don't know why" plenamente coreable. Y el póker de temazos se remata con "Little Wanderer", quizá mi favorito de los cuatro, una historia de un amor imposible por la distancia que realza la fantástica progresión armónica, la maravillosa guitarra principal, esas armonías cargadas de sensibilidad tan inalcanzables para la mayoría de compositores y con las que Ben Gibbard aún consigue fascinarnos y una producción impresionante, que hace crecer el tema con una naturalidad apabullante y siempre cambiante. Una auténtica joya.

Está claro que mantener el nivel después de estas cuatro maravillas era misión imposible, pero es que las sucesivas escuchas de las siete canciones restantes no permite añadir ningún tema adicional al elenco. Quizá en uno de sus álbumes más flojos el quinto tema, la lenta, relativamente acústica, de tonos graves e introspectiva "You've Haunted Me All My Life" hubiera sido uno de sus puntos álgidos, pero aquí solamente cubre el expediente. Y el octavo corte, "Good Help (Is So Hard to Find)" parece la actualización de su "You are a tourist", por su ritmo binario marcado y sus guitarras de reminiscencias funky, que lo convierten en uno de los temas más bailables de su carrera, impresión realzada además por su estribillo colorido. Aunque posiblemente el mérito de que resulte un tema efectivo en su cometido sea más de la producción de Costey que de la propia composición.

El resto sólo merecen frente a las anteriores el calificativo de composiciones de relleno. Por su falta de inspiración (la balada acústica "Hold No Guns"), por recorrer senderos ya muy transitados pero sin la inspiración suficiente ("Everything's a Ceiling"), por su melodía repetitiva y falta de personalidad ("El Dorado"), por su dosis de experimentación etérea a costa de la creatividad ("Ingenue"), o por comenzar con expectativas de gran balada y hacerla fracasar a base de repetir hasta el infinito las mismas notas de los dos primeros versos ("Binary sea"). Todos ellos temas correctos, que se dejan escuchar, pero difíciles de rememorar frente a los del comienzo.

Así que el último álbum con la composición habitual de la banda (y esperemos que no el último que publiquen) deja sensaciones encontradas. Porque no se acerca a "Plans" (2005), el disco más redondo de su carrera, pero sí que contiene cuatro maravillas para contentar a todos los fans que han esperado estos cuatro años. Lo que a estas alturas de su trayectoria y teniendo en cuenta la marcha de Walla tras la grabación del álbum, parece un balance más que suficiente para recomendar la escucha de este disco. O al menos de sus primeros diecisiete minutos...

domingo, 24 de mayo de 2015

Madonna: "Rebel heart" (2015)

A sus 57 años, la reina del pop sigue acudiendo con puntualidad a su cita con la creación musical. Menos de 3 años después del irregular y un tanto fallido "MDNA", en diciembre pasado nos desveló los seis primeros temas de lo que, hace un par de meses, se ha convertido en su decimotercer álbum de estudio. "Rebel heart" nos presenta a la diva con unas cuerdas vocales en buena forma, y tan esforzada por mantenerse en la brecha como siempre. Por ello sus cuatro colaboradores principales en la composición y la producción a lo largo del álbum son Diplo, Avicii, Kayne West y el compositor y productor Toby Gad. Cada uno en su estilo e idiosincrasia, pero todos ellos nombres de referencia en el panorama musical contemporáneo de estas últimas temporadas. El resultado es un álbum tremendamente largo (nada menos que 25 temas si a los 14 de la edición estándar sumamos las 11 nuevas composiciones de las distintas ediciones deluxe), mucho menos enfocado a las pistas de baile que sus tres entregas anteriores, y tan irregular como cabría esperar de unos colaboradores cuya fama es en mi opinión superior a su talento.

El álbum se abre con el primer sencillo y pretendido tema estrella del disco, ese "Living for love" que ya seleccioné en mi lista de mejores canciones de 2014, y que bajo el paraguas de Diplo nos presenta un tema bailable sobre el que se despliega una melodía clásica de la diva, sabiamente aderezada con una instrumentación de plena actualidad (un poco espartana para mi gusto) y unas briznas de gospel, que sin llegar a la categoría de clásico en su repertorio, podrá aparecer en su gira sin desmerecer de ellos. Le sigue "Devil pray", en mi opinión el mejor tema del álbum, un medio tiempo con una letra impactante y mordaz a tono con el título, y en el que Avicii baja las revoluciones y recurre a una certera guitarra acústica para resaltar la notable progresión armónica y equilibrar la parafernalia electrónica. Aunque el estribillo deficiente casi echa por tierra el resultado con sus simplones dos acordes y sus voces masculinas distorsionadas (menos mal que no se repite muchas veces). El tercer tema, "Ghosttown", es también el segundo sencillo, otro medio tiempo más luminoso y de pop "neutro", que me recuerda a "Rain", porque desempeña un rol similar en "Rebel heart" al que representaba aquél en un álbum tan escaso de momentos genuinamente pop como "Erotica". No es un temazo, pero cumple con su cometido.

"Unapologetic bitch" es probablemente la primera concesión al dub en la carrera de la Ciccione. De la mano de Diplo, esta especie de reggae del siglo XXI desentona menos de lo que cabría esperar y resulta relativamente efectivo gracias a su meritorio estribillo (vulgarismo incluido). Desgraciadamente, con "Illuminati" iniciamos la lista de momentos prescindibles del álbum: la primera aportación de Kayne West mantiene un nivel correcto en una de sus partes (podríamos llamarle el puente de la estrofa al estribillo) pero el resto de esta canción dedicada a la influyente secta norteamericana naufraga entre guiños y efectos sin una verdadera composición que la sostenga. Si cabe más prescindible aún es "Bitch I'm Madonna", con la colaboración de la irritante y carente de todo talento Nicki Minaj: un tema que podría haber firmado a solas la segunda por su estilo, sin apenas armonías ni musicalidad y sí el típico intervalo instrumental hiper-simple, paradigma de la falta de creatividad de las últimas temporadas.

Si resistimos a estos dos resbalones, nos toparemos con el mejor tramo del álbum, deudor de momentos clave en la carrera de la diva. Que se inicia con "Hold tight", un tema atmosférico, envolvente y con un punto de épica que recuerda claramente a la certera ambientación que creó William Orbit para Madonna en su álbum "Ray of light", con una melodía equiparable a la de muchos de los buenos momentos del mismo. Que continúa con "Joan of Arc", un tema claramente acústico en sus orígenes, que nos retrotrae a los estupendos momentos de pop delicado que enriquecían "American life", con una progresión armónica y un doble estribillo más que notable aunque sin la fantasía desbordante en la producción que aportó Mirwais. Y que se cierra con "Iconic", el que debería haber sido el mejor tema del disco, en la senda plenamente discotequera de "Confessions on a dancefloor" gracias a una excelente progresión armónica y a una melodía por momentos excepcional, pero que de manera absurda renuncia al ritmo binario y al bombo preeminente para rematar su subyugante crescendo en un ridículo estribillo a mitad de beats y carente de toda musicalidad (otra concesión innecesaria a las modas más absurdas) y terminar por hundirlo con intervalo rapeado sin sustancia alguna.

"HeartBreakCity" es un medio tiempo correcto co-escrito junto a Avicii, con un toque melodramático que posiblemente habría sido más apropiado al final del álbum. "Body Shop" es el tercer tema en el que merece la pena pulsar el botón de "forward", un tema pop cursi y amanerado en el que Tobi Gad naufraga espectacularmente. Mejor también saltarse "Holy water", producida por West y que amaga con ser un tema de puro trance al comienzo pero al que nuevamente la concesión a las modas lo convierten en una composición ralentizada, fría y con un estribillo cargante. "Inside Out" sube un poco el listón, a pesar de que sigue sin acelerar el tempo para salir de la monotonía rítmica que preside el disco, pero su estribillo recurre a una progresión armónica tan gastada en infinidad de temas como efectiva. Y "Wash All Over Me" le permite a Avicii cerrar el álbum con una balada construida a base de un inevitable piano, pero con un despliegue de detalles en cada tramo no siempre evidentes que la hace original: sólo le falla una melodía que no acaba de emocionar, aunque el estribillo evita que sea un tema fallido.

Entre los once temas adicionales de la edición deluxe más completa no encontraremos ninguna joya destinada a convertirse en clásico oculto de la diva. Pero sí que nos toparemos con cuatro temas que deberían haber reemplazado a los cuatro en los que he sugerido pulsar el botón de forward: "Messiah" es una nueva balada firmada por Avicii, más espartana en la instrumentación que sus compañeras de la edición original, pero con una progresión armónica introspectiva y con más gancho y sobre todo una melodía más redonda que aquellas. "Rebel heart" es curiosamente el tema que da título al disco (llama la atención, pues, que no forme parte de la edición estándar), y que juega las bazas de una letra obviamente autobiográfica en la que Madonna nos explica cómo logró encontrarse a sí misma y una guitarra acústica para crear un tema pop sosegado y limpio. "Beautiful scars" parece haberse fijado en el revival setentero de los últimos Daft Punk para entregar un tema que nos retrotrae al sonido philly de hace casi cuarenta años, con sus violines y su bajo slap, aportando una nota de color y vivacidad a un disco demasiado lento. Y especialmente "Addicted", que podría haber figurado sin desmerecer en "Confessions on a dancefloor", un sabio equilibrio entre guitarras, melodía, sintetizadores estridentes y un ritmo sencillo, menos deudor de las últimas tendencias y más efectivo que la mayoría de ellas.

Del resto, citar la letra de la si cabe más autobiográfica y auto-suficiente "Veni vidi vici", en la que la diva se muestra a sí misma como una artista plena de éxito y recurre a los títulos de muchos de sus clásicos para argumentar las razones del mismo, y acaba con la progresión armónica de su mítico "Holiday". También la broma de "Autotune baby", que es efectivamente eso, un tema construido a través de los llantos post-procesados de un bebé. "S.E.X.", su acercamiento veinte años después a la senda de "Justify my love" y "Erotica". Y "Borrowed time", el enésimo medio-tiempo de pop correcto y con confesiones autobiográficas pero carente de la suficiente chispa.

Por la reseña individual de cada uno de los temas puede dar la impresión de que "Rebel heart" es un álbum peor de lo que en realidad es. Le sobra minutaje incluso a la edición estándar, la selección de los catorce temas no es en absoluto acertada, se abusa de los medios tiempos y de los estribillos sin musicalidad y falta al menos un auténtico tema de bandera que se pueda convertir en clásico. Pero seleccionándolos convenientemente hay suficiente material para construir un álbum decente, superior a su fallido "MDNA" y relativamente disfrutable de principio a fin. Y no podemos descartar que una remezcla inspirada de "Devil pray" o "Iconic" los rescate y convierta en clásicos inesperados, pues tienen mimbres para ello. Si no, "Rebel heart" quedará como un álbum correcto sin más, y me temo que dentro de una década nadie se acordará de citar este álbum a la hora de reseñar la discografía de la Ciccione.

domingo, 19 de abril de 2015

Noel Gallagher's High Flying Birds: "Chasing yesterday" (2015)

Al cerebro de Oasis cada vez le cuesta más componer canciones a un ritmo medianamente aceptable. En todo el siglo XXI los tres álbumes que publicó su banda sólo contenían 5 o 6 temas de su autoría. Y desde que inició su carrera en solitario hace más de un lustro éste es sólo su segundo álbum, cuatro años después del que dio nombre a su banda actual. A pesar de ello, la edición original sólo contiene 10 nuevos temas, y hay que irse a la consabida edición deluxe para rascar otros cuatro temas más rescatados (que no todos compuestos) para la ocasión. Prueba evidente de que la frescura creativa que tuvo en los noventa desapareció hace tiempo, aunque quizá la verdadera razón es que su inmenso ego ya no le demanda seguir superándose, y su carrera en solitario es sólo una forma de no dejar de mantener un tren de vida por otra parte menos salvaje que en su juventud.

Ahora bien, incluso en esta circunstancia un nuevo álbum de alguien que ha sido capaz de crear ya uno de los legados más impresionantes de la música popular contemporánea no deja de ser un acontecimiento. Aunque sí nos da pistas sobre lo que nos podemos esperar. Efectivamente, Noel no se plantea evolucionar a estas alturas, y se mueve cómodo por ese rock de patrones clásicos y ambientación un tanto retro, que sólo en ocasiones se desliza hacia el pop medianamente luminoso o deja hueco a algún detalle contemporáneo. Si bien es cierto que el sonido sí es un poco más nítido de lo habitual, quizá su mayor concesión a la tecnología del año 2015. En todo caso el potencial receptor de "Chasing yesterday" debe esperar, sobre todo, buenas canciones de pop-rock que se podrían haber compuesto en cualquier momento de los últimos cincuenta años.

¿Y las hay? Pues sí, pero el resultado final del álbum tampoco pasará a la historia, y se queda en un nivel muy parejo al de su álbum de debut en solitario. El intento de "originalidad" en esta oportunidad es su acercamiento a un rock progresivo, con intervalos instrumentales relativamente largos, deudor en parte de los setenta. Intento que se hace particularmente evidente en "Riverman", tema que abre el disco y tercer sencillo publicado hasta la fecha: un tema que comienza como otros muchos de Noel, con una guitarra acústica que desgrana una producción armónica típica, que prolonga con un estribillo melancólico aceptable, y que parte en dos mediante un solo de guitarra correcto aunque con un estilo poco frecuente. Es un tema aceptable, pero carece de la inspiración suficiente para perdurar. Claramente mejor es "In the heat of the moment", primer sencillo del álbum y que ya seleccioné como uno de los mejores del año pasado en mi lista de 2014, y que resalta una progresión armónica con mucho más nervio por medio de un bajo eléctrico que remeda a uno electrónico, un teclado que aporta unas campanadas muy oportunas y una percusión basada en unas curiosas castañuelas. Aunque todo ello no bastaría para dar lugar a un tema formidable; de ello se encarga un maravilloso estribillo, con esa subida de una octava en las notas más largas tan conocida y tan emocionante.

Aunque no he encontrado ningún video que la ilustre, "The girl with X-Ray eyes" es el segundo gran momento del álbum: un medio tiempo introvertido, emocionante desde el primer acorde, con unos arreglos excelentes para encajar las diferentes partes, y curiosamente solo dos bonitas estrofas y dos mejores estribillos (complementados por un solo de guitarra en trémolo, que recuerda poderosamente al de Clapton en "While my guitar gently weeps", de sus adorados Beatles). "Lock all the doors" es un tema de puro rock: muy rápido, ruidista, saturado de guitarras distorsionadas, con un estribillo que se acerca al power pop estadounidense, efectivo pero sin mayor inspiración, siendo lo más interesante la progresión armónica que crea a propósito para el solo de guitarra. "The dying of the light" es el tercer gran momento del álbum, otro medio tiempo marca de la casa con una letra un tanto agónica sobre cómo la vida va pasando, en el que la clave es una vez más la fantástica progresión armónica que construye Noel, cómo la va evolucionando en las distintas partes y la armoniza inteligentemente con una melodía que le saca todo el partido a su rango vocal.

"The right stuff", sexto corte, es un tema que juega a ser instrumental sin serlo, y que adorna su relativa simplicidad compositiva con pequeños detalles de inspiración hindú. Podría haber servido para cerrar el álbum, pero es demasiado largo y alejado de la estructura del resto de canciones para ubicarlo en un sitio tan delicado. "While the song remains the same" es otro medio tiempo correcto, cuya mayor aportación es su comienzo atmosférico, construido sobre dos interesantes sintetizadores. Luego es cierto que la batería es original, que el estribillo engancha y que el solo de guitarra es certero, pero sabiendo a lo que puede llegar Noel tampoco pasará a lo más destacado de su discografía. "The mexican" es el tema decididamente más retro, cantado en su integridad a dos voces con la para mí desconocida Vula Malinga, casi monocorde hasta que llega la parte nueva, mucho más inspirada y emocionante que el resto, pero demasiado tardía para levantar la canción. "You know we can't go back" es el cuarto y último gran momento del tracklist oficial, el tema más decididamente pop del disco (podría ser perfectamente un tema de la época "What's the story? (Morning glory)"), rápido, directo, vitalista en su melodía y en su letra, que nuevamente nos regala un puente con unos acordes diferentes en uno de sus dos solos de guitarra. "The ballad of the mighty I", último tema y segundo sencillo, sufre del mismo mal que "Riverman": ante todo no es una balada, pero además juega a ser el otro exponente de la vertiente "original" del álbum, y durante toda su estrofa parece que va a desembocar en un fantástico estribillo, pero éste nunca acaba de llegar, perdido en fraseos no del todo enlazados con la progresión armónica, y con una inapreciable aportación del ex-Smiths Johnny Marr a la guitarra.

Afortunadamente, la edición deluxe más completa de "Chasing yesterday" permite mejorar el sabor de boca que deja. Porque aparte de una prescindible remezcla de "In the heat of the moment", Gallagher nos ofrece tres temas nuevos adicionales: "Do the damage", una canción con una producción definitivamente anacrónica, pero tan mordaz y tan efectivo con sus rasgueos de guitarra, su estribillo sensual y su saxofón que incluso posee un videoclip oficial propio, y hubiera hecho mejor papel que "The mexican" o "Lock all the doors" en la edición estándar. Mejor aún es "Freeky teeth", su inevitable acercamiento a la rocosa ambientación del lejano oeste a lo "Son of nature" o "Waiting for the rapture" de su última época en Oasis, pero con una excelente composición, que evoluciona de manera inteligente en sus diversas partes, y una letra particularmente inspirada (tan redondo es el tema que lo está interpretando en directo como parte de su gira actual). Y "Leave my guitar alone" es toda una declaración de autenticidad, anteponiendo en un tema poco electrificado, muy armonioso y deudor de su época más poppy su preciado instrumento a cualquier otra posesión. La edición deluxe se completa con "Revolution Song", que no es más que una puesta al día de "Solve my mystery", un viejo tema de las sesiones de "Standing on the shoulder of giants" de 1999 y ya conocida por los fans de Oasis en su versión demo. Gallagher lo mejora acelerando un poco el tempo, electrificando los arreglos y enriqueciendo el puente instrumental, aunque no logra convertirlo en un clásico de la banda.

Que Noel desempolve viejas canciones de Oasis demuestra que le cuesta encontrar la inspiración. Porque aunque en el álbum no hay ningún tema que desentone, sólo hay en mi opinión cuatro temas realmente destacables, que se convierten en seis o siete en la edición deluxe: sin duda son más temas recomendables que en cualquiera de los álbumes de Oasis de este siglo, en los que Noel cedió parte de la responsabilidad compositiva al resto de miembros de la banda. Y un bagaje suficiente para ganar por goleada a la inmensa mayoría de álbumes que se publiquen en este 2015. Pero sigue sin llegar a regalarnos su álbum definitivo. O tal vez es que yo sea demasiado exigente con un artista cercano a la cincuentena y sin necesidad alguna de evolucionar ni reivindicarse.

domingo, 5 de abril de 2015

Las "ediciones deluxe"

A raíz de la reseña que hice hace unos días sobre el segundo álbum de Imagine Dragons, en el que abiertamente mostraba mi predilección por varios de los temas que aparecen sólo en la edición deluxe, me he animado a escribir una entrada específica sobre este fenómeno de las "Deluxe editions", cada vez más frecuente.

Que internet ha convulsionado los cimientos del panorama musical no lo duda nadie: ahora se adquiere más música a través de la red que en las tiendas físicas, se visualizan más vídeos musicales en youtube que en la MTV, se comparte una cantidad de contenidos infinitamente mayor que cuando usábamos casettes regabables, las emisoras radiadas pierden cada vez más cuota frente a las emisoras online... En todo caso lo que más ha puesto en peligro la red de redes es el milmillonario negocio que rodeaba a la música popular contemporánea. Y una de las armas que la industria había identificado y que ha ganado fuerza en estos años para combatir esa situación, es la de las ediciones deluxe.

Quizá la principal razón para la existencia de dichas ediciones es la necesidad de darle al potencial comprador de un nuevo lanzamiento musical un argumento más que le disuada de obtenerlo por alguno de los innumerables e inagotables mecanismos de compartición de contenidos ya existentes. Asi, adicionalmente a los libretos con los textos, fotografías exclusivas, firmas originales y demás ganchos, la edición deluxe se plantea como el acceso a un material creado o al menos supervisado por el artista en cuestión, pero al que no tendrían acceso quienes obtuvieran de manera más o menos alegal la edición estándar. Aunque a nadie le escapa que, en cuanto esa edición deluxe alcanza una tirada suficiente, aparece alguien que lo obtiene y lo comparte con sus allegados, y así hasta el infinito, con lo que el contenido de las ediciones deluxe deja por lo general de ser exclusivo incluso a las pocas horas de publicarse. Incluso aunque la edición deluxe sólo se haya publicado en un determinado país (hay excepciones entre artistas más o menos minoritarios, que pueden publicar ese contenido adicional en formatos poco frecuentes, y del que sí cuesta obtener los temas extra buscados).

Así que asumiendo que el motivo principal que justificaba la existencia de estas ediciones ha desaparecido, ¿por qué están yendo claramente a más? La respuesta en mi opinión hay que buscarla desde un punto de vista positivo, y ahí lo que sale beneficiado es la creatividad del artista. Porque a nadie le escapa que la capacidad máxima de un CD estándar es de 80 minutos, ni que lo habitual para un álbum de composiciones propias en el año 2015 oscila entre las ocho y las trece o catorce composiciones. Restricciones que pueden no encajar con el momento creativo del creador, o simplemente con el enfoque que desee darle a su obra. Las ediciones deluxe permiten entonces completar su propuesta con diversas aportaciones: remezclas de uno o más de los temas (de calidad habitualmente inferior y por lo general poco emparentadas con los originales), versiones en directo de temas de ese mismo álbum o de otros anteriores (habitualmente demasiado similares al original y no completamente auténticas, pues suelen estar remasterizadas con posterioridad en el estudio), o versiones acústicas/demos de uno o más de los temas del álbum (habitualmente más interesantes para conocer el embrión compositivo de los mismas antes de que los arreglos y la producción los vistieran que por un disfrute comparable al de las versiones definitivas).

Esos son los complementos menos interesantes, pero con suerte también nos podremos encontrar con otros mucho más llamativos: temas del artista en cuestión que hayan visto la luz en diversos entornos desde su anterior álbum y que resulta cómodo tener ahora centralizados (temas para videojuegos, bandas sonoras, fines benéficos...), temas grabados durante las mismas sesiones que el álbum pero que hayan formado o vayan a formar parte de los sencillos publicados a partir del mismo, o en el mejor de los casos temas de esas mismas sesiones que simplemente hayan quedado fuera de la selección definitiva (por alejarse de los parámetros del álbum, por exceso de minutaje, incluso por desentonar con estilo mayoritario del artista). Es en estos casos cuando las ediciones deluxe cobran su máxima expresión, y la razón por la que se han abierto hueco en el convulso panorama musical estos últimos años.

Con lo cual, conocedor de que el cometido de un buen porcentaje de los melómanos actuales es localizar la edición deluxe más completa posible, los artistas no escatiman en dichas entregas: ya vengo años reseñando álbumes en los que considero de manera natural la edición deluxe como la más distribuida, y evalúo los temas que la conforman con el mismo rigor que el resto. Porque quien más quien menos ya incluye al menos un par de temas adicionales en las mismas. Pero se están dando casos en que los obsequios van más allá: si antes los temas excedentes de una sesión de grabación de un álbum quedaban en los archivos de la compañía durante varios años hasta que con suerte veían la luz (caso por ejemplo de las "Lost sirens" de New Order, que se publicaron en 2013 pese a pertenecer a las sesiones de 2005), o eran presentados meses más tarde por el mismo artista (caso por ejemplo de las "More words and music" de Saint Etienne, diez temas de las sesiones de "Words and music" de 2012 que fueron publicadas como un álbum adicional casi un año después), ahora nos los podemos encontrar a la vez que el álbum original (por ejemplo en el "Smoke+mirrors" de Imagine Dragons que reseñé hace sólo unos días había cuatro temas nuevos y cuatro más ya publicados en otros entornos). Pero la tendencia es tan imparable que en el "Rebel heart" que Madonna acaba de publicar hace unos días, los catorce temas originales de la edición estándar se convierten en nada menos que veinticinco (remezclas aparte) en la edición deluxe más completa que se ha publicado. Lo que prueba que el tirón de las ediciones deluxe está provocando que, casi sin darnos cuenta, estemos volviendo a los "discos dobles" de los que ya nadie se acordaba. Lo que sin duda obligará a separar mejor el grano de la paja al receptor, pero al menos tiempo le permitirá disfrutar de pasajes que de otra forma podrían no haber visto la luz jamás, a menudo más personales y liberados. Así que gracias por existir, ediciones deluxe.

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