Hoy les traigo por aquí el retorno de unos veteranos que son, además, viejos conocidos de este blog. Se trata del cuarteto australiano Cut Copy, que ha cumplido este año un cuarto de siglo de carrera. Un hito que han celebrado con "Moments", su séptimo álbum, y el primero en un lustro. Y que demuestra que, aunque su momento álgido de críticas y ventas ya pasó hace tiempo, la banda liderada por el cantante Dan Whitford aún tiene cosas que aportar al panorama musical contemporáneo. Eso sí, sin renunciar a su bagaje creativo, ni tampoco a la evolución estilística que se percibió en sus últimas entregas.
Y es que las primeras escuchas de las nueve canciones aquí encerradas nos retrotraen inevitablemente al de su anterior disco, "Freeze, Melt" (2020). Pero con la salvedad de que esa entrega sí priorizaba evolución sobre calidad, mientras que aquí su sonoridad ya está más consolidada, y a cambio hay una mayor inspiración creativa en las composiciones y una mayor naturalidad a la hora de entroncarlo con algunas de sus señas de identidad de álbumes anteriores, como el hedonismo, los estribillos irresistibles o los ritmos tribales. Por lo que su resultado es claramente superior al de su predecesor, y no desmerece del grueso de su discografía.
El álbum se abre con su primer sencillo y tema estrella, "Solid". Que refleja muy bien esa mezcla entre el pop nórdico y un tanto gélido de su anterior disco y los ritmos bailables que siempre les han caracterizado, y a la que me refería antes. Lo primero se aprecia en su espartano comienzo, con dos teclados volátiles en primer plano llevando la progresión armónica. Y lo segundo, a partir de la segunda estrofa, cuando entra la batería completa y el tema adquiere otra contundencia rítmica. Desde entonces el tema es un sube-y-baja continuo de teclados y efectos que lo enriquecen o lo desnudan para luego volverlo a vestir (con mención especial para la certera guitarra de Tim Hoey). Así hasta completar el que posiblemente sea su mejor sencillo en más de una década (ni siquiera ""Stars Last Me A Lifetime" de "Haiku From Zero", 2017, llega al mismo nivel). Le sigue "Belong To You", recientemente escogido también como segundo sencillo. Y en cuyo segundo estribillo colabora la cantante de folk estadounidense Kate Bollinger, en un salto estilístico notable. Su sonido entronca con el del tema anterior, pero sus estrofas son más sencillas y rítmicas, con ciertas reminiscencias funky. Afortunadamente en el estribillo el tema gana bastante, y más lo hace en ese segundo estribillo que comienza con el título del tema, pleno de dulzura y al que tan bien le sienta la steel guitar de Hoey. "Still See Love", tercer corte, es el primero en el que el cuarteto recupera su pasión por los ritmos tribales, algo que queda bien presente desde su mismo comienzo. Un bajo que es puro funky y unos teclados etéreos sostienen unas estrofas bailables que no hacen prever el atmosférico estribillo, casi exclusivamente instrumentado a base de teclados. El caso es que ese inusual contraste termina por funcionar, más aún cuando entra una marimba sintetizada que ya no deja de sonar hasta el final.
"When This Is Over" refrenda que "Moments" definitivamente supone una recuperación frente a "Freeze, Melt". Aunque musicalmente está plenamente emparentado con aquel: un medio tiempo frío y cadencioso a partes iguales. Especialmente interesante es la forma como lo van musicando, con teclados que van y vienen, y nada menos que tres guitarras diferentes, una de ellas acústica a partir de la segunda estrofa. Más la sorpesa que supone el coro infantil que canta la parte nueva (y que empieza con "One day I’ll meet you, over the water"), y la singular coda que lo remata, en unos acordes diferentes. La experimentación extrema da paso al que es mi momento favorito del disco: "Children of Fairlight", cuyo explícito título, por cierto, homenajea al archiconocido Fairlight, uno de los primeros sampleadores de la historia de la música electrónica. Otro tema rítmico y bailable sin necesidad de recurrir a un tempo muy alto, con unas estrofas de tan solo dos acordes cimentadas sobre un oscuro teclado, y un estribillo luminoso que llega de improviso. Lo demás es el gusto del que hacen gala para ir enriqueciendo la composición a partir de la segunda estrofa, con segundas voces, más teclados, una batería superpuesta al ritmo programado... Hoey y Browning. La extensa parte nueva desacelera y propone otra progresión armónica sobre un colchón de voces sampleadas... para regresar de nuevo a la apoteósica repetición final del disco, con el añadido de una guitarra eléctrica, y más voces infantiles en el peculiar cierre. A pesar de que se trata de la canción que da título al álbum, con "Moments" el disco empieza finalmente a decaer. En parte por su duración excesiva (casi ocho minutos), en parte por carecer de un estribillo de altos vuelos, en parte por unas estrofas más monótonas, el caso es que apenas pasa de corecto, ni siquiera con los tres minutos más experimentales (distintas progresión armónica y melodía) que lo rematan.
El último tercio del álbum arranca con "Gravity", también de más de siete minutos. Pero de mayor interés que su predecesor: más animado, con una potente base rítmica de reminiscencias étnicas, y un estribillo más disfrutable. Para justificar su duración el cuarteto recurre a un prolongado pasaje instrumental y monocorde hacia la mitad de la canción, y a una exploración instrumental final no muy alejada de la que podrían llevar a cabo los británicos Underworld. Sin que por ello alcance el nivel de otros cortes. El penúltimo tema, "More Alive", con su base rítmica que es puro house de finales de los ochenta a lo 808 State, es el último que destaca de "Moments". Más que sus melódicas estrofas y su correcto estribillo, lo que llama la atención es la cantidad de detalles que introducen en su instrumentación, en un trabajo de auténtica orfebrería. Y el cierre lo pone la atmosférica "Find A Place Among The Stars", cuya indietronica a mí me recuerda poderosamente a la del trío canadiense Braids. Nuevamente las estrofas pecan de simples en progresión armónica y melodía, y lo fían todo a un agradable estribillo y a otra exhibición de imaginación a la hora de instrumentar el tema con loops etéreos, samples diversos, guitarras esporádicas y teclados que apenas duran unos segundos. No es una gran canción a pesar de su adictiva coda final, pero sí resume perfectamente los pilares en los que se sostiene este "Moments".
La impresión tras múltiples escuchas es que les aprecia disfrutando con lo que hacen, y por eso se permiten salirse de convencionalismos a la hora de producir e instrumentar sus canciones con giros poco habituales. Supongo que la ambición por dar el salto de una banda alternativa a una comercial hace tiempo que la perdieron, y que les basta con ganarse la vida dignamente como músicos y entregar álbumes alineados con sus inquietudes y anhelos musicales. Reconozco que un enfoque así tiene el riesgo de que el público les pueda dar de lado, pero para los seguidores que aún mantienen, este "Moments" resultará, sin duda, un punto álgido en su carrera, que por otra parte siempre ha sido más de grandes canciones que de discos redondos (ni siquiera su álbum de referencia, "In Ghost Colours", 2008). Y aquí hay cuatro o cinco de ésas, ese synth-pop tribal y experimental que, sin embargo, también se puede bailar y cantar tanto en un garito indie como en un gran festival. Y eso ya es mucho.
Un aficionado a la música pop-rock contemporánea que no se resigna a que creer que ya no se publica música de calidad.
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jueves, 11 de diciembre de 2025
domingo, 15 de noviembre de 2020
Cut Copy: "Freeze, melt" (2020)
El pasado mes de agosto ha visto la luz "Freeze, melt", el sexto álbum de los australianos Cut Copy. Han pasado casi tres años de "Haiku from zero", la que era su irregular aunque por momentos brillante última entrega hasta la fecha. Este nuevo disco es el resultado de un punto de inflexión vital en la banda de Dan Whitford, su cantante y compositor principal, quien por motivos personales se mudó hace un tiempo de su Melbourne natal a la gélida Copenhague. Un cambio radical que se refleja claramente en el álbum: no es que hayan abandonado del todo su pop de detalles electrónicos y que se acerca con criterio a la pista de baile, pero se han internado por caminos más experimentales, con temas más largos y ambientales, a veces casi instrumentales, en un giro sin duda arriesgado pero del que han salido suficientemente airosos.
No obstante, lo primero que sorprende de este "Freeze, melt", es la escasez de temas que lo componen: sólo ocho cortes, su álbum más escaso de contenido hasta la fecha. Una circunstancia que se compensa en parte por esa mayor duración de muchos de sus temas a la que aludía antes, y que consigue que el resultado total llegue por poco a los cuarenta minutos. También sorprende la desnudez de muchas de sus canciones, probablemente deseada aunque tal vez tenga que ver también que el álbum se grabó en poco más de una semana. En todo caso, una vuelta de tuerca mayor de lo esperable a estas alturas de su carrera. Y que probablemente explique por qué han creado un vídeo para acompañar cada tema, tratando de crear un concepto audiovisual novedoso y homogéneo.
Quizá para que al seguidor de la banda este nuevo álbum no se le haga muy duro, los tres sencillos extraídos van seguidos al comienzo del mismo. Abre veda "Cold water", segundo sencillo, construido a partir de un obsesivo loop sintetizado muy evocador, y sobre el que poco a poco entran más instrumentos sin abandonar su sonido espartano, entre ellos una batería electrónica muy sencilla, aunque lo que llama la atención además de su correcta melodía son los dos teclados, uno rápido y otro melódico, que llenan su minuto final. Superior es a mi modo de ver el tercer sencillo, "Like breaking glass", posiblemente el mejor momento del disco. Una melodía luminosa, un par de teclados complicados y juguetones en estrofas y estribillos, y sobre todo esa percusión obsesiva que tanto recuerda al "Shout" de Tears For Fears pero que tan eficaz resulta para resaltar la composición. Además es de los temas de estructura más claramente pop del disco, con su secuencia de estrofas y estribillos, su parte nueva, su intervalo instrumental con coros... y por tanto el más accesible. "Love is all we share" es el sencillo que anticipó el álbum la pasada primavera, y un excelente aviso del giro estilístico que se avecinaba: una balada con sintetizadores envolventes y temática romántica, con una melodía de notas muy largas y un teclado principal reconocible que sirve de gancho a los cambios de tonalidad que introduce Whitford con aquello de "Nobody knows". Aunque está claro que seis minutos son demasiados para tanto pasaje instrumental que repote aquello de "Only love" una y otra vez.
"Stop, horizon" podría pasar por un tema de la primera década de The Orb (incluso por su título), con su arpegio de guitarra postprocesado una y otra vez para crear una base sobre la que ir añadiendo diversos sintetizadores... aunque después de casi tres minutos aparece una pequeña parte cantada por Whitford, y en los últimos cien segundos una batería razonablemente convencional que acercan el tema a una elegante sesión de chill-out. "Running in the grass" vuelve a apostar por una percusión sencilla y muy en primer plano para vertebrar un tema en el que los distintos teclados van entrando muy poco a poco, hasta que finalmente aparece la voz de Whitford para ofrecernos una melodía sin mucho gancho en las estrofas, y sólo un poco más interesante en los "ooh" del estribillo y en esa parte nueva tan difícil de encajar en el conjunto como el piano final. "A perfect day" es en mi opinión el segundo mejor momento del disco: de duración más contenida y mejor emparentado con su legado de temas pop sintéticos, su estructura clásica, su bonita melodía y su brillante despliegue instrumental (con la sorpresa de esa percusión a mitad del tema que antecede a esa preciosa parte nueva que se alarga hasta el final) hacen que gane con cada escucha.
Justo cuando le empezamos a coger el gusto al álbum se acerca el final. Y lo hace con el penúltimo corte y para mí su tercer mejor momento: "Rain" evoca su título con una certera combinación de sintetizadores antes de dar paso a una interpretación vocal completa de Whitford (aunque no estructurada en las habituales estrofas y estribillos). Destaca especialmente esa melodía de notas más bajas de lo habitual y la guitarra eléctrica que le añade un punto de dramatismo a su tramo final. Y el cierre lo pone "In transit", ahora sí un tema de ambient puro, netamente instrumental, gélido, pausado, con sorpresas como esa guitarra acústica que pone el contrapunto cerca del final, pero que obviamente es una canción menor.
El escaso éxito comercial cosechado por "Freeze, melt" (el menor desde que rompieron techo con "In Ghost Colours" allá por 2008) evidencia que el giro musical no ha sido muy bien acogido por sus cada vez más escasos seguidores. Está claro que no es un disco fácil, y que no funciona como antídoto para estos meses tan depresivos que nos está dejando la pandemia. Pero si le damos una oportunidad a sus pasajes derivativos y nos aferramos a los temas que entroncan con su discografía previa, es un álbum interesante, razonablemente disfrutable, y que a pesar de su sonido menos elaborado posee muchos detalles por descubrir en sucesivas escuchas. La duda es si refleja un cambio permanente en la banda, o si será un disco del que renieguen en un futuro. O quien sabe si incluso el último de su carrera. Veremos.
No obstante, lo primero que sorprende de este "Freeze, melt", es la escasez de temas que lo componen: sólo ocho cortes, su álbum más escaso de contenido hasta la fecha. Una circunstancia que se compensa en parte por esa mayor duración de muchos de sus temas a la que aludía antes, y que consigue que el resultado total llegue por poco a los cuarenta minutos. También sorprende la desnudez de muchas de sus canciones, probablemente deseada aunque tal vez tenga que ver también que el álbum se grabó en poco más de una semana. En todo caso, una vuelta de tuerca mayor de lo esperable a estas alturas de su carrera. Y que probablemente explique por qué han creado un vídeo para acompañar cada tema, tratando de crear un concepto audiovisual novedoso y homogéneo.
Quizá para que al seguidor de la banda este nuevo álbum no se le haga muy duro, los tres sencillos extraídos van seguidos al comienzo del mismo. Abre veda "Cold water", segundo sencillo, construido a partir de un obsesivo loop sintetizado muy evocador, y sobre el que poco a poco entran más instrumentos sin abandonar su sonido espartano, entre ellos una batería electrónica muy sencilla, aunque lo que llama la atención además de su correcta melodía son los dos teclados, uno rápido y otro melódico, que llenan su minuto final. Superior es a mi modo de ver el tercer sencillo, "Like breaking glass", posiblemente el mejor momento del disco. Una melodía luminosa, un par de teclados complicados y juguetones en estrofas y estribillos, y sobre todo esa percusión obsesiva que tanto recuerda al "Shout" de Tears For Fears pero que tan eficaz resulta para resaltar la composición. Además es de los temas de estructura más claramente pop del disco, con su secuencia de estrofas y estribillos, su parte nueva, su intervalo instrumental con coros... y por tanto el más accesible. "Love is all we share" es el sencillo que anticipó el álbum la pasada primavera, y un excelente aviso del giro estilístico que se avecinaba: una balada con sintetizadores envolventes y temática romántica, con una melodía de notas muy largas y un teclado principal reconocible que sirve de gancho a los cambios de tonalidad que introduce Whitford con aquello de "Nobody knows". Aunque está claro que seis minutos son demasiados para tanto pasaje instrumental que repote aquello de "Only love" una y otra vez.
"Stop, horizon" podría pasar por un tema de la primera década de The Orb (incluso por su título), con su arpegio de guitarra postprocesado una y otra vez para crear una base sobre la que ir añadiendo diversos sintetizadores... aunque después de casi tres minutos aparece una pequeña parte cantada por Whitford, y en los últimos cien segundos una batería razonablemente convencional que acercan el tema a una elegante sesión de chill-out. "Running in the grass" vuelve a apostar por una percusión sencilla y muy en primer plano para vertebrar un tema en el que los distintos teclados van entrando muy poco a poco, hasta que finalmente aparece la voz de Whitford para ofrecernos una melodía sin mucho gancho en las estrofas, y sólo un poco más interesante en los "ooh" del estribillo y en esa parte nueva tan difícil de encajar en el conjunto como el piano final. "A perfect day" es en mi opinión el segundo mejor momento del disco: de duración más contenida y mejor emparentado con su legado de temas pop sintéticos, su estructura clásica, su bonita melodía y su brillante despliegue instrumental (con la sorpresa de esa percusión a mitad del tema que antecede a esa preciosa parte nueva que se alarga hasta el final) hacen que gane con cada escucha.
Justo cuando le empezamos a coger el gusto al álbum se acerca el final. Y lo hace con el penúltimo corte y para mí su tercer mejor momento: "Rain" evoca su título con una certera combinación de sintetizadores antes de dar paso a una interpretación vocal completa de Whitford (aunque no estructurada en las habituales estrofas y estribillos). Destaca especialmente esa melodía de notas más bajas de lo habitual y la guitarra eléctrica que le añade un punto de dramatismo a su tramo final. Y el cierre lo pone "In transit", ahora sí un tema de ambient puro, netamente instrumental, gélido, pausado, con sorpresas como esa guitarra acústica que pone el contrapunto cerca del final, pero que obviamente es una canción menor.
El escaso éxito comercial cosechado por "Freeze, melt" (el menor desde que rompieron techo con "In Ghost Colours" allá por 2008) evidencia que el giro musical no ha sido muy bien acogido por sus cada vez más escasos seguidores. Está claro que no es un disco fácil, y que no funciona como antídoto para estos meses tan depresivos que nos está dejando la pandemia. Pero si le damos una oportunidad a sus pasajes derivativos y nos aferramos a los temas que entroncan con su discografía previa, es un álbum interesante, razonablemente disfrutable, y que a pesar de su sonido menos elaborado posee muchos detalles por descubrir en sucesivas escuchas. La duda es si refleja un cambio permanente en la banda, o si será un disco del que renieguen en un futuro. O quien sabe si incluso el último de su carrera. Veremos.
domingo, 26 de noviembre de 2017
Cut Copy: "Haiku from zero" (2017)
Una de las debilidades históricas de este humilde blog son los australianos Cut Copy desde que en 2008 publicaron "In ghost colours", uno de los grandes álbumes de la primera década del presente siglo. Desde entonces no han alcanzado el mismo nivel ni con "Zonoscope" (2011) ni con "Free Your Mind" (2013), pero estos dos razonablemente brillantes álbumes sí les han permitido consolidar una carrera a nivel internacional. Por lo que cada nueva entrega de la banda de Dan Whitford aún despierta mi expectación. Aunque este "Haiku from zero" se ha hecho más de rogar de lo que esperaba: cuatro largos años para entregar el álbum más corto de su carrera, sólo 9 canciones y sólo 42 minutos. Con lo cual cuando el pasado verano se anunció el tracklist empecé a desconfianzar de la calidad de este nuevo álbum.
Una desconfianza que se ha revelado parcialmente justificada. Porque el álbum queda lejos de su obra maestra, y lo que es peor, carece de ningún tema bandera que tire del conjunto. Como lo prueba que sólo haya alcanzado el puesto 59 de las listas de su país, frente al número 1 de "In ghost colours" o el 3 de "Zonoscope". Además, hay algunos momentos anodinos, y una tendencia más marcada de lo que es costumbre a rellenar con "ooohs" y coros acentuados ciertas carencias a la hora de armonizar textos y melodías. Afortunadamente el disco resulta interesante por lo que supone a nivel evolutivo para la banda, cada vez más alejada de lo que se entiende por el synth-pop para coquetear con el funky, los ritmos tribales o el pop californiano, y por su inteligencia a la hora de armonizar e instrumentar las composiciones, logrando resultados muy interesantes pese a no tratarse de unos virtuosos.
El álbum lo abre "Standing in the middle of the field", también seleccionado (a mi modo de manera equivocada) como segundo sencillo. Un tema bastante largo (cerca de seis minutos), con un loop de una marimba electrónica que intenta darle un toque exótico a la canción y que puede llegar a fatigar, una letra que se repite en ambas estrofas, y sólo su olfato para sostener instrumentalmente el tema a partir del espartano intervalo previo a los dos minutos finales. Aunque más flojo es mi opinión "Counting down", el siguiente corte, de notas tan altas que Dan tiene que interpretarlo a dos voces en unas estrofas interesantes melódicamente pero que no terminan de casar con el rotundo y anodino estribillo, por no hablar del parón que supone la parte nueva. Menos mal que el álbum empieza a remontar con "Black rainbows", que será el tercer sencillo dentro de unos días: algo más rápido que el anterior, con un encaje mucho mejor entre unas estrofas correctas y un estribillo doble que ahora sí recuerda que los australianos son capaces de hacerlos y muy buenos, sobre todo si está Tim Hoey para enriquecerlo con su guitarra.
Aunque curiosamente para mí el mejor momento del álbum es un cuarto corte por el que la banda no parece apostar (es la canción más corta y la menos elaborada instrumentalmente, casi parece una demo): "Stars last me a lifetime" demuestra que aún saben hacer temas introspectivos, de emoción a flor de piel, bien instrumentados y bailables. Más que su brillante estribillo, lo mejor es ese sintetizador que lo adorna en medio de cada compás, con el volumen justo para que se note sin destacar, y esa magia que conserva de primera toma no excesivamente trabajada en el estudio. "Airborne" fue el sencillo elegido para presentar el álbum, una decisión arriesgada por ser el tema que más se aleja de lo habitual en la banda, dado que acercándose sin complejo a una suerte de funky del siglo XXI (aunque sin llegar al plagio a-lo-Mark-Ronson). No figurará entre los mejores sencillos de la banda, pero su bajo sincopado, sus coros femeninos, sus samplings para dotarle de modernidad, el parón de la parte nueva sólo con el piano y la voz, y sobre todo ese "That don’t stop me" que repiten hasta la saciedad ganan con cada escucha.
Una vez superado el mejor tramo del álbum, la cuesta abajo no es muy pronunciada: "No fixed destination" es un tema aparentemente anodino y que vuelve a insistir en los "oh oh oh", pero con unas curiosas reminiscencias al pop de la Costa Oeste americana y un buen estribillo, que como de costumbre queda resaltado por la certera instrumentación. "Memories we share" repite la idea de "Standing..." partiendo de un loop sincopado (esta vez menos cansino) y las voces masculinas a modo de coro (que esta vez al menos sí cantan una letra real)... para pegar el cambiazo en un puente y un coro que no tienen nada que ver pero que lo acercan a los sonidos tradicionales de la banda, entre el synth-pop y la inditrónica deudores de los trucos de las pistas de baile de hace unos años. "Living upside down" es otro tema relativamente flojo, en el que tiran de oficio en sus anodinas, monocordes y largas estrofas, para encajarlo lo mejor posible con un estribillo que tira de coros a lo Heaven 17 y de imaginación instrumentar para sostenerlo. Y para cerrar el álbum el cuarteto australiano intenta lo que nunca antes habían hecho en "Tied to the weather": una composición sin percusión ni guitarras, solamente a base de sintetizadores creados procesando la voz de Dan, en una especie de "balada" experimental con unas estrofas aceptables, un original colchón electrónico y un estupendo estribillo, que permiten cerrar el álbum con un sabor de boca mejor de lo que cabría esperar por el nivel medio del álbum.
Cuatro años de espera para tres grandes momentos y otros tantos estribillos puede saber a poco. Pero es cierto que como los australianos funcionan como una auténtica banda y todos contribuyen a evolucionar y enriquecer los temas con inteligencia y olvidándose de clichés, sus composiciones siempre ganan con cada escucha. Y como además se mueven de manera tangencial a las ventas, no parece importarles asumir el riesgo de explorar nuevos terrenos, lo que implica que cada nueva entrega mantiene su personalidad propia dentro de la discografía de la banda. Así que con eso nos debemos quedar de este "Haiku from zero" que probablemente les reste seguidores, pero que demuestra que aún creen en lo que hacen. Aunque resulta incierto predecir su siguiente movimiento; tal vez carreras en solitario para profundizar en esa evolución que este álbum deja entrever.
Una desconfianza que se ha revelado parcialmente justificada. Porque el álbum queda lejos de su obra maestra, y lo que es peor, carece de ningún tema bandera que tire del conjunto. Como lo prueba que sólo haya alcanzado el puesto 59 de las listas de su país, frente al número 1 de "In ghost colours" o el 3 de "Zonoscope". Además, hay algunos momentos anodinos, y una tendencia más marcada de lo que es costumbre a rellenar con "ooohs" y coros acentuados ciertas carencias a la hora de armonizar textos y melodías. Afortunadamente el disco resulta interesante por lo que supone a nivel evolutivo para la banda, cada vez más alejada de lo que se entiende por el synth-pop para coquetear con el funky, los ritmos tribales o el pop californiano, y por su inteligencia a la hora de armonizar e instrumentar las composiciones, logrando resultados muy interesantes pese a no tratarse de unos virtuosos.
El álbum lo abre "Standing in the middle of the field", también seleccionado (a mi modo de manera equivocada) como segundo sencillo. Un tema bastante largo (cerca de seis minutos), con un loop de una marimba electrónica que intenta darle un toque exótico a la canción y que puede llegar a fatigar, una letra que se repite en ambas estrofas, y sólo su olfato para sostener instrumentalmente el tema a partir del espartano intervalo previo a los dos minutos finales. Aunque más flojo es mi opinión "Counting down", el siguiente corte, de notas tan altas que Dan tiene que interpretarlo a dos voces en unas estrofas interesantes melódicamente pero que no terminan de casar con el rotundo y anodino estribillo, por no hablar del parón que supone la parte nueva. Menos mal que el álbum empieza a remontar con "Black rainbows", que será el tercer sencillo dentro de unos días: algo más rápido que el anterior, con un encaje mucho mejor entre unas estrofas correctas y un estribillo doble que ahora sí recuerda que los australianos son capaces de hacerlos y muy buenos, sobre todo si está Tim Hoey para enriquecerlo con su guitarra.
Aunque curiosamente para mí el mejor momento del álbum es un cuarto corte por el que la banda no parece apostar (es la canción más corta y la menos elaborada instrumentalmente, casi parece una demo): "Stars last me a lifetime" demuestra que aún saben hacer temas introspectivos, de emoción a flor de piel, bien instrumentados y bailables. Más que su brillante estribillo, lo mejor es ese sintetizador que lo adorna en medio de cada compás, con el volumen justo para que se note sin destacar, y esa magia que conserva de primera toma no excesivamente trabajada en el estudio. "Airborne" fue el sencillo elegido para presentar el álbum, una decisión arriesgada por ser el tema que más se aleja de lo habitual en la banda, dado que acercándose sin complejo a una suerte de funky del siglo XXI (aunque sin llegar al plagio a-lo-Mark-Ronson). No figurará entre los mejores sencillos de la banda, pero su bajo sincopado, sus coros femeninos, sus samplings para dotarle de modernidad, el parón de la parte nueva sólo con el piano y la voz, y sobre todo ese "That don’t stop me" que repiten hasta la saciedad ganan con cada escucha.
Una vez superado el mejor tramo del álbum, la cuesta abajo no es muy pronunciada: "No fixed destination" es un tema aparentemente anodino y que vuelve a insistir en los "oh oh oh", pero con unas curiosas reminiscencias al pop de la Costa Oeste americana y un buen estribillo, que como de costumbre queda resaltado por la certera instrumentación. "Memories we share" repite la idea de "Standing..." partiendo de un loop sincopado (esta vez menos cansino) y las voces masculinas a modo de coro (que esta vez al menos sí cantan una letra real)... para pegar el cambiazo en un puente y un coro que no tienen nada que ver pero que lo acercan a los sonidos tradicionales de la banda, entre el synth-pop y la inditrónica deudores de los trucos de las pistas de baile de hace unos años. "Living upside down" es otro tema relativamente flojo, en el que tiran de oficio en sus anodinas, monocordes y largas estrofas, para encajarlo lo mejor posible con un estribillo que tira de coros a lo Heaven 17 y de imaginación instrumentar para sostenerlo. Y para cerrar el álbum el cuarteto australiano intenta lo que nunca antes habían hecho en "Tied to the weather": una composición sin percusión ni guitarras, solamente a base de sintetizadores creados procesando la voz de Dan, en una especie de "balada" experimental con unas estrofas aceptables, un original colchón electrónico y un estupendo estribillo, que permiten cerrar el álbum con un sabor de boca mejor de lo que cabría esperar por el nivel medio del álbum.
Cuatro años de espera para tres grandes momentos y otros tantos estribillos puede saber a poco. Pero es cierto que como los australianos funcionan como una auténtica banda y todos contribuyen a evolucionar y enriquecer los temas con inteligencia y olvidándose de clichés, sus composiciones siempre ganan con cada escucha. Y como además se mueven de manera tangencial a las ventas, no parece importarles asumir el riesgo de explorar nuevos terrenos, lo que implica que cada nueva entrega mantiene su personalidad propia dentro de la discografía de la banda. Así que con eso nos debemos quedar de este "Haiku from zero" que probablemente les reste seguidores, pero que demuestra que aún creen en lo que hacen. Aunque resulta incierto predecir su siguiente movimiento; tal vez carreras en solitario para profundizar en esa evolución que este álbum deja entrever.
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